Susurro Mojado en la Azotea
Dos vecinas calientes se comen el coño mojado en la azotea hasta correrse gritando.
La azotea del edificio antiguo olía a alquitrán caliente y a jazmín silvestre que trepaba por la barandilla oxidada. Lucía se acomodó en la silla de plástico, el vestido corto subiendo por sus muslos morenos y curvos, y sirvió más vino tinto en los vasos de plástico. Valeria, de pie junto a ella, se secó el sudor del cuello con el dorso de la mano; los tatuajes de enredaderas y serpientes se movían sobre sus brazos atlética cada vez que se movía. La fiesta de abajo se había cancelado por el corte de luz, y ahora solo quedaban ellas dos, el calor de julio aplastándoles la piel y el cielo lleno de luces de la ciudad.
—Joder, este calor me está matando —murmuró Lucía, pasando la lengua por el borde del vaso—. Me siento… inquieta. Como si la ropa me sobrara.
Valeria se rio bajito y se sentó enfrente, las piernas abiertas bajo la falda ligera. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Lucía demasiado tiempo.
—Yo también. Llevo semanas sin poder dormir. Me despierto empapada y no es solo del calor. Fantaseo… contigo. Con tocarte. Pensaba que era cosa mía, pero miras así y se me olvidan las palabras.
Lucía sintió un cosquilleo bajo el ombligo. Sonrió, ladeó la cabeza y dejó que su rodilla rozara la de Valeria “por accidente”. El contacto duró un segundo de más.
—No es solo tuyo —susurró—. Yo también. Cuando te veo subir las escaleras con esa camiseta pegada, me muerdo el labio y me imagino pasando la mano por tus tetas, bajando… Me corre un escalofrío solo de pensarlo.
El aire se espesó. Las miradas se cruzaron otra vez, pesadas, húmedas. Valeria acercó la silla. Sus dedos rozaron los de Lucía al coger la botella, y el roce se transformó en un roce deliberado de muslos.
—Dímelo más claro —pidió Valeria, voz ronca—. Quiero oírlo.
Lucía tragó saliva. El vestido se le pegaba a la entrepierna.
—Estoy mojada solo de imaginarte desnuda aquí, con las luces de abajo iluminándote los tatuajes. Empapada, Valeria. El coño latiéndome.
Valeria se inclinó hasta que sus labios quedaron a un suspiro de distancia. El aliento a vino y menta les rozó la boca.
—Llevo semanas masturbándome pensando en tu boca —susurró contra los labios de Lucía—. En cómo chuparías. En meterte los dedos mientras te miro. Anoche me corrí tres veces con tu nombre en la lengua.
La mano de Valeria tomó la de Lucía con firmeza suave y la guió bajo la falda. Lucía sintió primero el calor de la piel interna del muslo, luego el algodón de las bragas, y al fin la humedad espesa que las empapaba. Valeria no llevaba nada debajo. Los dedos de Lucía se hundieron un poco, sintiendo los pliegues hinchados y resbaladizos.
—Tócalo —gimió Valeria—. Siente lo que me haces.
Lucía deslizó dos dedos entre los labios hinchados, recogiendo el jugo caliente. Valeria jadeó y cerró la distancia: el beso fue hambriento, lenguas chocando, dientes rozando labios. Lucía gimió dentro de la boca de Valeria mientras le acariciaba el coño abierto, y Valeria le agarró la nuca para profundizar el beso hasta que el sabor a vino se mezcló con saliva y deseo puro.
No hubo más palabras. Valeria se levantó de un tirón, empujó a Lucía contra la pared de ladrillo caliente de la azotea y le subió el vestido hasta la cintura. Las bragas de Lucía cayeron al suelo con un tirón. Valeria se arrodilló entre esas piernas curvilíneas, separó los muslos con las manos y clavó la lengua en el coño ya goteante. Lucía gritó bajito, agarrándole el pelo corto, empujando las caderas hacia adelante.
—Así… joder, chúpame el clítoris —suplicó Lucía, la voz quebrada.
Valeria obedeció con avidez: lengua plana y ancha barriendo desde la entrada hasta el botón hinchado, chupando con fuerza rítmica mientras dos dedos se hundían profundo, curvándose contra el punto suave. El sonido húmedo de la lengua y los dedos llenaba la noche. Lucía se arqueó, tetas pesadas temblando bajo el vestido, uñas clavándose en el cuero cabelludo de Valeria. Cada lametón sacaba más jugo; Valeria lo bebía, gimiendo contra la carne, el olor a coño excitado subiendole a la cabeza.
Cuando Lucía estuvo temblando al borde, Valeria se apartó solo lo suficiente para tumbarse de espaldas sobre la manta que habían traído. Lucía no dudó: se sentó a horcajadas sobre su cara, bajando el coño directo a la boca abierta. Valeria la agarró por las nalgas y la atrajo con fuerza, lengua enterrada otra vez. Lucía cabalgó esa boca con movimientos desesperados, frotando el clítoris contra la nariz y los labios, gimiendo alto, sin importarle si alguien abajo oía.
—Cómeme… más fuerte… me voy a correr en tu lengua —jadeó, las manos apoyadas en el pecho tatuado de Valeria.
Se movieron juntas, sudor mezclándose. Luego Lucía bajó, se colocó de lado y enganchó una pierna sobre la cadera de Valeria. Las dos juntaron los coños, labios hinchados y mojados rozándose, clítoris hinchados frotándose en círculos salvajes. El roce era eléctrico, resbaladizo, imperfecto y perfecto a la vez. Se agarraban de las caderas, empujaban, gemían al unísono mientras el roce de carne contra carne las llevaba más alto.
—Más fuerte, joder, frota así —rugió Valeria, clavando las uñas en el culo de Lucía.
El orgasmo las golpeó casi al mismo tiempo: Lucía gritó primero, el cuerpo convulsionando, el coño contrayéndose y soltando un chorro caliente contra el de Valeria. Valeria la siguió con un gemido gutural, caderas sacudiéndose, el clítoris latiendo contra el de Lucía mientras se corrían juntas, jugos mezclándose, gritos ahogados en el calor de la noche. Se quedaron temblando, todavía unidas, respirando a bocanadas.
Después se abrazaron sudorosas bajo las luces de la ciudad. Valeria le besó la frente, luego la boca, lenta y tierna, saboreando el resto de sus propios jugos en los labios de Lucía.
—Esta no será la última noche en la azotea —prometió, voz ronca contra su oído—. Quiero más. Quiero despertarte con la lengua mañana y follarte otra vez contra esta misma pared.
Lucía sonrió, le lame los labios todavía brillantes de sus jugos y deslizó una mano entre los muslos de Valeria otra vez, encontrándola todavía hinchada y sensible. El roce suave arrancó un nuevo escalofrío. Abajo, en el edificio, una luz se encendió de repente. Valeria miró hacia la puerta de la azotea, luego de nuevo a Lucía, los ojos brillantes de algo más que deseo: una promesa sin cumplir del todo, una hambre que apenas empezaba a morder.
Valeria no apartó la mirada de la puerta más que un segundo. El resplandor amarillo que se filtraba por debajo del umbral parecía un aviso, pero el hambre en sus ojos lo convirtió en combustible. Lucía sintió cómo los dedos de Valeria se cerraban con más fuerza alrededor de su muñeca, guiándola otra vez entre sus muslos abiertos. Estaba empapada, hinchada, el clítoris latiendo todavía contra la yema de los dedos de Lucía como un corazón pequeño y desesperado.
—Que se joda la luz —susurró Valeria contra su boca—. Quiero que me folles ahora mismo con la mano entera. Quiero que me abras hasta que grite.
Lucía no necesitaba que se lo pidiera dos veces. Deslizó tres dedos de golpe, empujando hasta los nudillos dentro de aquel coño caliente y resbaladizo. Valeria arqueó la espalda contra la manta, un gemido gutural escapándosele entre los dientes. El jugo le corría por la muñeca a Lucía, espeso, oloroso a sexo puro. Lucía curvó los dedos, buscando ese punto esponjoso, y lo encontró: Valeria dio un respingo, las uñas clavándose en los hombros de Lucía.
—Así… joder, más profundo —jadeó Valeria, las caderas empujando al ritmo de la mano—. Métemelos todos. Quiero sentirte hasta el fondo.
Lucía obedeció. Cuatro dedos ahora, el pulgar frotando el clítoris hinchado en círculos rápidos y brutales. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos que llenaban la azotea junto con los jadeos entrecortados de Valeria. Lucía se inclinó y le chupó un pezón tatuado, tirando de él con los dientes mientras la mano martilleaba dentro. Valeria olía a sudor, a vino y a su propio orgasmo anterior; Lucía lo inhaló como si fuera aire puro.
—Te voy a hacer correrte otra vez —murmuró Lucía contra la piel—. Y después te voy a montar la cara hasta que me tragues todo.
Valeria soltó una risa rota que se convirtió en grito cuando Lucía aceleró. Los dedos entraban y salían con violencia controlada, el talón de la mano aplastando el monte de Venus. Valeria abrió más las piernas, una rodilla doblada, ofreciéndose sin vergüenza. Lucía metió la lengua en su boca al mismo tiempo que el pulgar apretaba más fuerte el botón hinchado. Valeria se corrió con un espasmo violento, el coño contrayéndose en oleadas fuertes alrededor de los dedos, un chorro caliente salpicando el muslo de Lucía. Gritó el nombre de Lucía sin cuidado, la voz quebrada por el placer.
Pero no se detuvieron. Apenas Valeria dejó de temblar, empujó a Lucía de espaldas sobre la manta y se arrodilló entre sus piernas. El vestido de Lucía ya era un trapo inútil arrugado en la cintura; Valeria se lo quitó del todo y lo tiró a un lado. Las tetas pesadas de Lucía quedaron expuestas al aire nocturno, pezones duros y oscuros. Valeria se las chupó una tras otra, mordisqueando, mientras dos dedos se hundían de nuevo en el coño de Lucía, todavía sensible y goteante del primer orgasmo.
—Mira cómo me mojas la mano —dijo Valeria, sacando los dedos y mostrándoselos brillantes a Lucía antes de chuparlos con deliberación lenta—. Sabes a puta caliente. Quiero más.
Se bajó de un plumazo y abrió a Lucía con ambas manos, los pulgares separando los labios hinchados. La lengua entró plana, ancha, lamiendo desde el agujero hasta el clítoris en una pasada larga y sucia. Lucía se agarró a la cabeza de Valeria, empujándola más contra su coño. Valeria chupó el clítoris con fuerza rítmica, metiendo la lengua dentro a ratos, follándola con ella. Los sonidos eran obscenos: chupeteos, jadeos, el golpeteo ocasional de los dientes contra la carne sensible cuando Valeria se ponía demasiado voraz.
Lucía cabalgó esa boca. Levantó las caderas, frotándose desesperada contra la lengua y la nariz de Valeria. El calor del ladrillo bajo la manta le quemaba la espalda, pero el fuego entre las piernas era peor. Sentía cómo el segundo orgasmo se construía, más pesado, más profundo.
—Méteme los dedos otra vez… joder, así —suplicó.
Valeria metió tres de golpe y los curvó sin piedad mientras la boca no dejaba de trabajar el clítoris. Lucía se corrió gritando, las piernas temblando alrededor de la cabeza de Valeria, el coño soltando más jugo que Valeria bebió con ruidos voraces. No le dio tiempo a bajar: Valeria se subió encima, se sentó a horcajadas sobre el muslo de Lucía y empezó a frotarse el coño mojado contra la piel suave y morena. El roce era resbaladizo, el clítoris de Valeria deslizándose arriba y abajo por el muslo mientras ella se inclinaba a chupar las tetas de Lucía otra vez.
—Siente cómo me corre por tu pierna —gimió Valeria—. Estoy hecha un puto desastre por ti.
Lucía levantó la rodilla para darle más presión y Valeria se frotó más fuerte, más rápido. Al mismo tiempo, Lucía metió la mano entre los cuerpos y le metió dos dedos a Valeria por detrás, encontrando el agujero del culo y empujando solo la yema, suficiente para arrancarle un grito agudo. Valeria se corrió otra vez así, cabalgando el muslo y los dedos, el cuerpo entero sacudiéndose, los tatuajes brillando de sudor bajo las luces de la ciudad.
Cuando recuperó el aliento, Valeria se giró y se colocó en 69 encima de Lucía, el coño goteante justo sobre la boca abierta. Lucía levantó la cabeza y la atrapó con la lengua de inmediato, chupando los labios hinchados, metiendo la lengua lo más hondo que pudo. Valeria se dobló sobre ella y le devolvió el favor: boca abierta, lengua enterrada, dedos de ambas manos abriendo y follando al mismo tiempo. Se comieron el coño la una a la otra con una urgencia animal, jugos corriendo por barbillas y mejillas, gemidos vibrando contra la carne mojada.
Lucía sentía el orgasmo de Valeria en la lengua: las contracciones, el pulso, el sabor más intenso cuando se corría directo en su boca. Ella misma estaba al borde otra vez; Valeria se lo dio chupándole el clítoris sin descanso mientras le metía cuatro dedos y los movía en círculo. Lucía gritó contra el coño de Valeria, el cuerpo entero convulsionando, un chorrito caliente saliendo y mojando la cara de Valeria. Se quedaron así un rato, lamiéndose lentas, limpiándose mutuamente, saboreando cada resto.
Pero la luz de abajo seguía encendida. De pronto se oyeron pasos lejanos en la escalera de servicio. Valeria levantó la cabeza, los labios brillantes de jugos, y miró a Lucía con una sonrisa sucia y peligrosa.
—Todavía no hemos terminado —susurró, metiéndole dos dedos otra vez a Lucía solo para sentirla contraerse—. Quiero que me folles el culo con la lengua. Quiero que me dejes marcada. Y si alguien sube… que mire. Que vea cómo me comes hasta que no pueda más.
Lucía sintió un escalofrío nuevo, más oscuro, más caliente. Se incorporó, empujó a Valeria de rodillas y de codos sobre la manta, abriéndole las nalgas con ambas manos. El agujero rosado y apretado se contrajo bajo su mirada. Lucía escupió sobre él y bajó la cara, la lengua plana recorriendo desde el coño todavía goteante hasta el culo, empujando, abriendo, follándolo con la lengua mientras una mano volvía a meterse entre las piernas de Valeria para frotarle el clítoris sin piedad.
Valeria empujó hacia atrás, ofreciéndose, gimiendo alto otra vez.
—Más… joder, métela toda. Cómeme el culo como si fuera tu puta.
Lucía lo hizo. Lengua rígida entrando, saliendo, girando. Los dedos de la otra mano se hundían en el coño al mismo tiempo, follándola por los dos agujeros. El sabor era íntimo, prohibido, adictivo. Valeria temblaba, las piernas abiertas al máximo, el sudor corriendo por la espalda tatuada. Lucía la sintió acercarse otra vez y aceleró, chupando el borde del culo mientras los dedos martilleaban el punto G.
Los pasos en la escalera se detuvieron un momento. Luego continuaron, más cerca. Valeria miró por encima del hombro, los ojos vidriosos de placer, y sonrió con la boca abierta.
—Que suban —jadeó—. Quiero que me vean correrme en tu lengua otra vez. No pares. No te atrevas a parar.
Lucía no paró. Se clavó más, la cara enterrada entre las nalgas de Valeria, tragando cada gemido, cada contracción. El hambre solo crecía. El aire de la azotea olía a sexo crudo y a la amenaza de ser descubiertas, y las dos lo bebían como si fuera el mejor vino. Valeria se corrió una vez más con un grito ahogado, el culo apretándose alrededor de la lengua de Lucía, el coño inundándole la mano. Pero cuando intentó girarse para devolverle el favor, Lucía la detuvo con una mano firme en la nuca, manteniéndola así, abierta, expuesta.
—Todavía no —dijo Lucía, voz ronca, los labios brillantes—. Quiero probarte más. Quiero que me ruegues. Y si esa puerta se abre… te voy a follar más fuerte para que quien sea lo oiga todo.
Valeria soltó una risa temblorosa, el cuerpo todavía convulsionando en post-orgasmo, y empujó el culo hacia atrás otra vez, ofreciéndose sin vergüenza.
—Entonces cómeme hasta que no pueda ni hablar —desafió—. Estoy tuya. Toda. Aquí. Ahora.
Los pasos se acercaban más. El corazón de Lucía latía desbocado entre las piernas. Bajó la cara de nuevo, la lengua lista, los dedos ya dentro, y el hambre que apenas empezaba a morder se abrió de golpe, lista para devorar lo que viniera.
Lucía hundió la lengua más profundo en el culo apretado de Valeria, saboreando el sabor íntimo y salado mientras los cuatro dedos martilleaban el coño goteante. Valeria empujaba el culo hacia atrás con desesperación, las nalgas temblando, los tatuajes de serpientes brillando de sudor bajo las luces lejanas de la ciudad. Los pasos en la escalera se acercaban, lentos, inevitables, y el sonido metálico de una llave rozando una barandilla hizo que el corazón de Lucía latiera entre las piernas como un tambor.
—No pares… joder, no pares ahora —gimió Valeria, la voz rota, la cara apoyada contra la manta—. Si suben, que me vean con la lengua de mi vecina enterrada en el culo. Quiero que me marquen. Quiero que me dejen hecha una puta.
Lucía no contestó con palabras. Escupió otra vez sobre el agujero rosado y lo abrió con los pulgares, empujando la lengua rígida dentro y fuera con fuerza rítmica mientras el pulgar de la otra mano aplastaba el clítoris hinchado de Valeria en círculos brutales. El jugo le corría por la muñeca, espeso, caliente, oliendo a sexo crudo. Valeria se corrió otra vez con un grito ahogado que se perdió en el calor de julio, el culo contrayéndose alrededor de la lengua, el coño inundándole la mano a Lucía en oleadas fuertes. Pero Lucía no la dejó bajar. La mantuvo de rodillas y codos, abierta, expuesta, y le metió los dedos otra vez hasta los nudillos, curvándolos contra ese punto esponjoso que hacía a Valeria arch earse y gemir como una animal en celo.
Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta de la azotea. Se oyó una tos, el crujido de madera vieja. Lucía levantó la cara, los labios brillantes de saliva y jugos, y miró a Valeria con una sonrisa sucia. Sin soltarla, le susurró al oído mientras le follaba el culo con dos dedos ahora, lentos y profundos:
—Escúchalos. Están ahí. Y yo te estoy abriendo el culo como si fueras mía. Di que te gusta. Di que quieres más aunque nos vean.
—Me encanta… me encanta que me folles así —jadeó Valeria, empujando hacia atrás, tragándose los dedos—. Quiero tu lengua otra vez. Quiero que me chupes el culo hasta que me corra en tu cara. Y si abren esa puerta… gritaré tu nombre para que lo oigan todo el puto edificio.
Lucía obedeció. Bajó la cara de nuevo, la lengua plana lamiendo desde el coño todavía convulsivo hasta el culo, empujando, girando, follándolo sin piedad. Al mismo tiempo le metió tres dedos en el coño y los movió en tijera, abriéndola, estirándola. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, gemidos guturales, el roce de carne contra carne. Valeria temblaba entera, las piernas abiertas al máximo, el sudor corriendo por la espalda tatuada hasta perderse entre las nalgas. Lucía sentía el orgasmo de Valeria construyéndose otra vez, más pesado, más sucio, y aceleró, chupando el borde del culo mientras los dedos martilleaban.
La manilla de la puerta se movió. Un clic suave. Luego silencio. Los pasos se alejaron de nuevo, bajando la escalera con prisa, como si quien fuera hubiera oído algo y decidido no mirar. El alivio fue un fuego nuevo. Lucía soltó una risa baja contra la carne de Valeria y la giró de golpe, tumbándola de espaldas sobre la manta. Se subió a horcajadas sobre su cara sin esperar, bajando el coño empapado directo a la boca abierta.
—Ahora me comes tú —ordenó Lucía, la voz ronca, las manos apoyadas en el pecho tatuado de Valeria—. Chúpame hasta que me tragues todo. Quiero correrme en tu lengua mientras todavía hueles a mi saliva en tu culo.
Valeria agarró las nalgas de Lucía con ambas manos y la atrajo con fuerza, la lengua enterrada de inmediato. Lamió con avidez, plana y ancha, desde la entrada hasta el clítoris hinchado, chupando con fuerza rítmica, metiendo la lengua dentro a ratos para follarla. Lucía cabalgó esa boca con movimientos desesperados, frotando el clítoris contra la nariz y los labios, gimiendo alto, sin importarle ya si alguien volvía. El calor del ladrillo le quemaba las rodillas, pero el fuego entre las piernas era peor. Sentía cómo el orgasmo se construía, pesado, eléctrico.
—Así… joder, más fuerte… méteme los dedos —suplicó Lucía, arqueándose.
Valeria metió cuatro de golpe y los curvó sin piedad mientras la boca no dejaba de trabajar el botón hinchado. Lucía se corrió gritando, las piernas temblando alrededor de la cabeza de Valeria, el coño soltando un chorro caliente que Valeria bebió con ruidos voraces, tragando, lamiendo, limpiando. No le dio tiempo a bajar del todo: Valeria la empujó hacia atrás, se incorporó y se colocó de lado, enganchando una pierna sobre la cadera de Lucía. Juntaron los coños otra vez, labios hinchados y mojados rozándose, clítoris frotándose en círculos salvajes y resbaladizos. El roce era imperfecto, eléctrico, perfecto. Se agarraban de las caderas, empujaban, gemían al unísono.
—Frota más duro… así, joder, siente cómo me mojas —rugió Valeria, clavando las uñas en el culo de Lucía—. Quiero correrme contra tu coño otra vez. Quiero que nuestros jugos se mezclen hasta que no sepamos de quién es cada gota.
Lucía levantó la cadera para darle más presión y el roce se volvió brutal. El clítoris de Valeria se deslizaba arriba y abajo por el suyo, hinchado, latiente. El sudor les corría entre los pechos, los pezones duros rozándose cuando se inclinaban a morderse la boca. El beso fue hambriento, lenguas chocando, dientes tirando de labios. Lucía metió la mano entre ellas y le frotó el clítoris a Valeria con el pulgar mientras frotaban, acelerando. Valeria se corrió primero con un grito gutural, el cuerpo convulsionando, el coño contrayéndose y soltando más jugo caliente contra el de Lucía. Lucía la siguió segundos después, el orgasmo golpeándola como una ola, las piernas temblando, un gemido largo y roto escapándosele contra la boca de Valeria.
Se quedaron unidas un momento, respirando a bocanadas, los coños todavía latiendo juntos. Pero el hambre no se apagaba. Valeria se incorporó, los ojos oscuros brillantes de algo salvaje, y empujó a Lucía contra la barandilla oxidada de la azotea. El metal caliente le quemó la espalda a Lucía mientras Valeria le separaba las piernas y se arrodillaba otra vez. La lengua entró sin preámbulos, chupando el clítoris sensible, metiendo dos dedos profundos y curvándolos. Lucía se agarró a la barandilla, las tetas pesadas temblando, y miró hacia abajo: las luces de los apartamentos, la posibilidad de que alguien levantara la vista.
—Mira abajo —susurró Valeria contra su coño—. Si alguien te ve, que vea cómo te como. Que vea lo mojada que estás por mí.
Lucía gimió y empujó las caderas hacia adelante. Valeria la folló con la lengua y los dedos hasta que Lucía estuvo temblando al borde otra vez. Entonces se levantó, se dio la vuelta y ofreció el culo otra vez, apoyando las manos en la barandilla. Lucía no dudó. Se arrodilló, le abrió las nalgas y volvió a hundir la lengua en ese agujero apretado mientras le metía los dedos en el coño desde abajo. Valeria empujaba hacia atrás, gimiendo alto, el viento de la noche rozándoles la piel sudorosa.
—Más… métela toda… cómeme el culo como si no hubiera mañana —suplicó Valeria—. Quiero que me dejes marcada. Quiero despertarme mañana y sentir todavía tu lengua ahí.
Lucía lo hizo con voracidad. Lengua rígida entrando y saliendo, dedos martilleando el punto G, la otra mano frotando el clítoris sin descanso. Valeria se corrió gritando contra la barandilla, el cuerpo entero sacudiéndose, el culo apretándose alrededor de la lengua. Cuando intentó girarse, Lucía la detuvo, la levantó y la sentó a horcajadas sobre sus muslos, de frente. Se frotaron otra vez, coño contra coño, más lento ahora, más profundo, mirándose a los ojos. Lucía le chupó un pezón tatuado, tirando con los dientes, mientras Valeria le agarraba el pelo y le besaba la boca saboreando sus propios jugos.
—Todavía no es suficiente —jadeó Valeria contra sus labios—. Quiero que me folles con la mano entera. Quiero sentirte hasta el fondo. Y después… quiero montarte la cara hasta que no puedas respirar de lo mojada que estoy.
Lucía sonrió, sucia, y deslizó la mano entre ellas. Tres dedos, luego cuatro, empujando despacio dentro del coño caliente y resbaladizo de Valeria. Valeria arqueó la espalda, un gemido largo escapándosele, y empezó a cabalgar esa mano, subiendo y bajando, el clítoris frotándose contra la palma. Lucía curvó los dedos, buscando, encontrando, y Valeria se movió más rápido, más desesperada. El sonido chapoteaba en la noche. Abajo, otra luz se encendió en una ventana. Valeria miró hacia allá y se rio, rota de placer.
—Que miren —susurró—. Estoy tuya. Toda. Aquí. Ahora. No pares. Métemelos más profundo. Quiero correrme otra vez en tu mano y después devolverte cada gota con la lengua.
Lucía aceleró, el pulgar aplastando el clítoris, los dedos follándola sin piedad. Valeria se corrió con un grito que se llevó el viento, el coño contrayéndose en oleadas fuertes alrededor de los dedos, un chorro caliente salpicando el muslo de Lucía. Se derrumbó contra ella, temblando, pero ya estaba moviendo la mano hacia el coño de Lucía, metiéndole dos dedos de inmediato, encontrándola hinchada y sensible.
—Tu turno —gimió Valeria—. Quiero sentirte correrte otra vez. Quiero que me ruegues. Y esa puerta… esa puta puerta puede abrirse cuando quiera. Yo no voy a parar. Tú tampoco.
Lucía jadeó cuando los dedos de Valeria se curvaron dentro. El hambre se abría más, más oscura, más caliente. Se miraron, sudorosas, brillantes de jugos, el cielo de la ciudad sobre ellas, y Lucía empujó las caderas hacia esa mano mientras le devolvía el favor, metiéndole los dedos otra vez a Valeria. Se follaban mutuamente así, sentadas, apretadas, gemidos mezclándose, el riesgo de ser descubiertas alimentando cada embestida. Los pasos no habían vuelto del todo; todavía se oía algo lejano, una sombra moviéndose abajo. Pero ellas no se detuvieron. Lucía sentía el siguiente orgasmo construyéndose ya, pesado, inevitable, y sabía que Valeria también. El aire olía a sexo crudo, a alquitrán y a jazmín, y el hambre que apenas empezaba a morder se abrió de golpe otra vez, lista para devorar lo que viniera cuando la noche se hiciera todavía más oscura y más peligrosa.
Lucía empujó las caderas contra la mano de Valeria con más fuerza, sintiendo cómo esos dos dedos se curvaban justo donde ella más lo necesitaba. El coño le latía hinchado, sensible hasta el dolor dulce, y cada embestida de los nudillos le arrancaba un jadeo que se perdía en el viento caliente de la azotea. Valeria no aflojaba: le follaba el centro con ritmo brutal mientras Lucía le devolvía el favor, metiéndole ya cuatro dedos hasta el fondo, el pulgar aplastándole el clítoris hinchado en círculos rápidos. El chapoteo húmedo llenaba el aire junto al olor a jugo fresco, a sudor y a alquitrán.
—Más profundo… joder, ábreme del todo —suplicó Valeria contra su boca, los labios brillantes de saliva y restos de orgasmos anteriores—. Quiero sentir tu mano entera. Quiero que me dejes rota.
Lucía obedeció. Empujó despacio, abriendo los dedos en tijera dentro de aquel coño caliente y empapado, estirándola, sintiendo cómo las paredes internas se aferraban y soltaban. Valeria arqueó la espalda, un grito gutural escapándosele mientras cabalgaba esa mano con desesperación. Las tetas tatuadas le temblaban, los pezones duros rozando los de Lucía cada vez que se inclinaban. Lucía le chupó uno, tirando con los dientes, saboreando la sal del sudor. El clítoris de Valeria latía contra su palma como un corazón salvaje.
Se movieron así minutos eternos, follándose mutuamente con las manos, gemidos mezclándose, caderas chocando. Lucía sintió el orgasmo subir como una marea pesada. Valeria aceleró los dedos dentro de ella, curvándolos sin piedad contra ese punto esponjoso, y Lucía se corrió primero con un alarido que le desgarró la garganta. El coño se le contrajo en oleadas violentas, un chorro caliente salpicando la muñeca de Valeria. Las piernas le temblaron, pero no soltó a Valeria: siguió martilleando dentro de ella, el pulgar frotando sin descanso.
Valeria la siguió segundos después. Se corrió gritando el nombre de Lucía, el cuerpo entero convulsionando, el coño apretándose alrededor de los cuatro dedos en espasmos fuertes que le inundaron la mano de jugo espeso. Se derrumbó contra el pecho de Lucía, jadeando, pero el hambre no se apagó. En cuanto recuperó un hilo de aliento, Valeria la empujó de espaldas sobre la manta y se colocó en 69 encima de ella otra vez. El coño goteante de Valeria bajó directo a la boca abierta de Lucía, y Lucía la atrapó con avidez: lengua plana lamiendo los labios hinchados, chupando el clítoris todavía sensible, metiendo la lengua lo más hondo posible mientras tragaba cada gota.
Valeria se dobló sobre ella y le devolvió el favor con la misma urgencia animal. Boca abierta, lengua enterrada, tres dedos follándola al mismo tiempo. Se comieron el coño la una a la otra sin pausa, jugos corriendo por barbillas, mejillas y cuellos, gemidos vibrando contra la carne mojada. Lucía cabalgó esa boca desde abajo, frotando el clítoris contra la nariz de Valeria, sintiendo cómo otro orgasmo se construía más profundo, más sucio. El sabor de Valeria le llenaba la lengua —salado, íntimo, adictivo— y el riesgo de la puerta cercana solo lo hacía más intenso.
—Trágame… joder, traga todo —jadeó Lucía contra el coño de Valeria.
Valeria chupó más fuerte, los dedos curvados sin piedad, y Lucía se corrió otra vez directo en su boca, el cuerpo sacudiéndose, un chorrito caliente mojándole la cara a Valeria. Valeria bebió con ruidos voraces y se corrió casi al mismo tiempo, el coño contrayéndose alrededor de la lengua de Lucía, inundándola. Se quedaron así un rato, lamiéndose lentas, limpiándose mutuamente, saboreando cada resto hasta que los temblores bajaron.
Pero no bastaba. Valeria se levantó, arrastró a Lucía hasta la barandilla oxidada y la puso de espaldas contra el metal caliente. El hierro le quemó la piel a Lucía mientras Valeria le separaba las piernas y se arrodillaba. La lengua entró sin preámbulos, chupando el clítoris hipersensible, metiendo cuatro dedos de golpe y moviéndolos en círculo. Lucía se agarró a la barandilla con las dos manos, las tetas pesadas temblando al aire de la noche, y miró hacia abajo: luces de ventanas, la posibilidad de ojos levantados.
—Si alguien mira… que vea lo puta que estoy por ti —gimió Lucía, empujando las caderas hacia esa boca.
Valeria la folló así hasta el borde otra vez. Entonces se dio la vuelta, ofreció el culo y se apoyó en la barandilla. Lucía se arrodilló de inmediato, le abrió las nalgas con ambas manos y hundió la lengua en el agujero apretado y rosado. Escupió, empujó, folló ese culo con la lengua rígida mientras los dedos le entraban al coño desde abajo y el pulgar le aplastaba el clítoris. Valeria empujaba hacia atrás, ofreciéndose sin vergüenza, gimiendo alto.
—Métela toda… cómeme el culo hasta que no pueda más —suplicó, la voz rota—. Déjame marcada. Quiero sentir tu lengua mañana cuando me siente.
Lucía lo hizo con voracidad salvaje. Lengua entrando y saliendo, girando, chupando el borde mientras los dedos martilleaban el punto G. El sabor era prohibido, adictivo. Valeria se corrió gritando contra el metal, el culo apretándose alrededor de la lengua, el coño soltando otro chorro que le corría por la muñeca a Lucía. Las piernas le fallaron; Lucía la sostuvo, la giró y la sentó a horcajadas sobre sus muslos. Se frotaron coño contra coño una última vez, labios hinchados y empapados rozándose en círculos lentos y pesados, clítoris latientes frotándose hasta que el roce se volvió eléctrico otra vez.
Se miraron a los ojos. Lucía le metió los dedos a Valeria por detrás mientras frotaban, solo la yema en el culo, suficiente para arrancarle un grito agudo. Valeria le agarró el pelo, la besó con hambre, saboreando sus propios jugos en la boca de Lucía. El roce se aceleró, brutal, imperfecto, perfecto. El orgasmo final las golpeó juntas: Lucía gritó primero, el cuerpo convulsionando, el coño contrayéndose y soltando lo último que le quedaba contra el de Valeria. Valeria la siguió con un gemido largo y gutural, caderas sacudiéndose, jugos mezclándose en un desastre caliente y brilloso entre sus muslos.
Se quedaron abrazadas, temblando, sudorosas, respirando a bocanadas contra el pecho la una de la otra. El cielo de la ciudad brillaba arriba. El aire olía a sexo crudo, a jazmín y a la noche que se enfriaba por fin. Lucía le besó la frente, luego la boca, lenta. Valeria respondió, pero el beso se volvió más corto, más distante.
Se separaron despacio. Lucía buscó el vestido arrugado y se lo puso con dedos torpes. Valeria se limió los muslos con un trozo de la manta, en silencio. Los tatuajes le brillaban de sudor seco. Abajo, otra luz se apagó. El silencio de repente pesaba demasiado.
Lucía se sentó en la silla de plástico, las piernas todavía temblorosas, el coño latiente y sensible. Miró a Valeria y sintió un nudo frío en el estómago que no tenía nada que ver con el placer. Todo había sido demasiado: demasiado público, demasiado rápido, demasiado voraz. Ahora, con el calor del orgasmo bajando, solo quedaba el eco de los gritos y la certeza de que alguien en el edificio había oído algo. Valeria no la miraba a los ojos. Se pasó la mano por el pelo corto, recogió su falda y se la puso sin decir palabra.
—Mañana… —empezó Lucía, la voz ronca.
Valeria negó con la cabeza, casi imperceptible. —No digas nada. Fue… fue solo esto. El calor. El vino. Ya está.
Lucía sintió el arrepentimiento subir como bilis. Había querido más. Había creído sentir una promesa en esos ojos oscuros, en esa lengua que la devoraba. Ahora Valeria recogía la botella vacía con movimientos mecánicos, la espalda tensa, como si quisiera borrar cada marca de uñas, cada lametón. El coño de Lucía todavía goteaba, pero el vacío entre las costillas era peor. ¿Y si al bajar se cruzaban con el vecino de la puerta? ¿Y si esto lo arruinaba todo, las miradas en el rellano, las sonrisas forzadas en el ascensor?
Valeria se acercó un segundo, le rozó los labios con los suyos una última vez, seca, casi fría. —Buena noche, Lucía.
Se fue hacia la puerta de la azotea sin mirar atrás. El metal crujió al abrirse y al cerrarse. Lucía se quedó sola bajo las luces de la ciudad, el vestido pegado a la piel sucia de jugos, el sabor de Valeria todavía en la lengua y un regusto amargo que no se iba. Se abrazó a sí misma. El hambre se había saciado, pero algo se había roto en el proceso: la certeza de que esto no volvería a ser simple, de que tal vez nunca debió empezar. El jazmín olía demasiado dulce. El alquitrán, a arrepentimiento. Y abajo, en el edificio que ahora parecía demasiado pequeño, la noche siguió como si nada hubiera pasado… excepto dentro de ella, donde todo estaba mal.
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