Golf y Deseo en el Vestuario

Petra y Heather se comen el coño en el vestuario del club de golf hasta correrse gritando en una tribbing salvaje.

26 min read September 02, 2026New

El sol de la costa todavía mordía la piel cuando Petra empujó la puerta del vestuario de mujeres del club. El aire acondicionado la recibió como un alivio húmedo, cargado del olor a césped cortado, crema solar y ese rastro metálico del sudor que se le pegaba a la nuca. Treinta y dos años, profesional hasta la médula, acababa de dejar el green con el swing todavía ardiéndole en los hombros. El polo blanco le ceñía los pechos con una precisión casi obscena; la tela ya no era tela, era una segunda piel empapada que le rozaba los pezones endurecidos cada vez que respiraba. La falda plisada, ridículamente corta para el reglamento del torneo amistoso, le subía al girar las caderas y le dejaba sentir la brisa entre los muslos.

Heather entró detrás de ella arrastrando el bolso de palos. Veintiocho años, caddie del club, curvas que la camiseta del personal no lograba disimular: culo ancho, pechos pesados que se movían al caminar, labios carnosos siempre entreabiertos como si estuvieran a punto de decir algo indecente. Llevaba semanas cargándole los hierros a Petra, semanas de miradas en el tee, de dedos rozándose al pasar un hierro siete, de risas bajas cuando el resto del grupo se adelantaba. Ahora el vestuario estaba vacío. Solo el goteo lejano de una ducha y el zumbido del aire.

Petra se detuvo frente al banco de madera clara, se pasó la mano por el pelo rubio oscuro pegado a la frente y soltó un quejido gutural.

—Joder, esta puta falda… me está comiendo viva —dijo sin mirarla todavía, la voz ronca de esfuerzo—. Cada vez que me agacho siento la tela subiendo y el roce… aquí. —Se tocó el interior del muslo, justo donde la piel brillante de sudor marcaba el borde de las bragas deportivas—. Y el polo. Mira cómo me tiene. Parece que me lo hubieran empapado a propósito.

Heather dejó el bolso con un golpe sordo y se quedó mirándola sin disimulo. Los ojos verdes de la caddie recorrieron el pecho de Petra, los pezones marcados como dos monedas bajo el algodón blanco, la falda que apenas cubría el arranque de los glúteos, las piernas largas todavía salpicadas de hierba fina.

—Te miro y se me seca la boca, Petra —respondió sin rodeos, con esa honestidad brutal que había ido soltando poco a poco en las últimas salidas—. Llevas semanas haciendo eso. Quejarte del roce. Estirarte delante de mí cuando te paso el driver. Y yo… joder, yo me mojo cada vez que te veo sudar así.

Petra giró la cabeza. La tensión que habían estado tragándose en el green subió de golpe, espesa, casi tangible. No había nadie más. Las taquillas metálicas reflejaban sus siluetas. El espejo del fondo devolvía la imagen de dos mujeres que ya no fingían.

—¿Tú también? —La risa de Petra salió baja, cargada de alivio y de hambre—. Pensé que me lo imaginaba. Cada puta semana, Heather. Tú agachándote a recoger la bola y yo mirándote el escote. Tú rozándome la mano al darme el putter y dejándola un segundo de más. Yo follándome con los dedos en la ducha del hotel pensando en tu boca.

Heather dio un paso. Luego otro. El olor de Petra —sudor limpio, perfume caro ya desvanecido, sexo contenido— le subió a la cabeza.

—Y yo tocando mi coño en el coche al volver a casa, imaginándome cómo te sabría la piel de debajo de esa falda. Cómo crujiría el polo si te lo arrancara. —Se detuvo a un palmo—. Estoy harta de reprimirlo. Tú también. Se te nota en la forma en que me miras cuando crees que no te veo.

Petra no retrocedió. Al contrario: levantó la barbilla y dejó que la mirada de Heather le bajara otra vez al pecho. El roce de la tela se había vuelto insoportable. Cada latido le hacía rozar los pezones contra el algodón húmedo y un calambre dulce le bajaba directo al coño.

—Quítame esto de la cabeza —murmuró, pero no se refería solo al polo—. Dime que lo sientes igual de fuerte. Que no es solo un coqueteo de mierda en el green.

Heather alargó la mano y, con los dedos todavía polvorientos de arena del bunker, tocó el borde inferior del polo de Petra. No lo subió del todo. Solo lo levantó lo suficiente para que el aire frío del vestuario besara la piel del vientre, el ombligo, la línea baja del sujetador deportivo negro.

—Lo siento más fuerte que tú, cabrona. Me pasa el día entero oliendo tu sudor en los palos y se me pone el coño a latir. —La voz se le había vuelto grave, casi un gruñido—. Esta mañana, cuando te agachaste a marcar la bola y se te subió la falda… vi el borde de tus bragas. Negras. Ajustadas. Y se me hizo la boca agua. Quería arrodillarme ahí mismo y comértelas con todo y tela.

Petra soltó un jadeo corto. El calor le subía por el cuello. Se pasó la lengua por los labios y, sin apartar la mirada, cogió la muñeca de Heather y la guió más arriba, bajo el polo, hasta que la palma de la caddie descansó plena sobre un pecho sudoroso, pesado, el pezón duro pinchándole el centro de la mano.

—Así de reprimido lo tenemos —dijo Petra, la voz ya pastosa—. Semanas. Cada partida. Cada “buen swing, jefa” que me sueltas con esa sonrisa de puta. Cada vez que me pasas la toalla y tus dedos se quedan en mi muñeca. Yo aguantando las ganas de tirarte al rough y abrirte las piernas.

Heather apretó. Amasó. El pecho de Petra cabía entero en su mano y aún le sobraba hambre. Con la otra mano le subió la falda por detrás, despacio, hasta palpar la curva caliente del culo, la tela fina de las bragas ya empapadas en el centro.

—Estás chorreando —constató en voz baja, casi reverente—. Por mí. Por esto. Por estar solas por fin.

—Y tú también. Se te ve el pezón a través de la camiseta del club, Heather. Se te marcan las bragas cuando te agachas. No me jodas que no lo has notado.

Se miraron. El reconocimiento fue abierto, sin vergüenza: deseo crudo, acumulado, a punto de reventar. Petra inclinó la cabeza y rozó la boca de Heather con la suya, solo un roce, un tentaleo de labios salados de sudor. Heather respondió abriendo la boca, dejando que la lengua de la jugadora entrara a explorar, lenta al principio, luego voraz. El beso se profundizó hasta volverse wet, obsceno, chasquidos húmedos que resonaron contra las taquillas. Manos bajo la ropa. Petra le metió la mano por detrás del pantalón corto de Heather y encontró el culo desnudo, caliente, y más abajo el calor resbaladizo del coño ya abierto.

—Joder… —jadeó Heather contra su boca—. Llevaba semanas soñando con que me tocaras así. Con que me dijeras que me querías follar con la lengua hasta que gritara.

Petra la empujó suavemente hasta la pared de taquillas. El metal frío contrastó con la piel hirviente. Le levantó del todo el polo y se lo sacó por la cabeza, dejando los pechos libres, pesados, con marcas rojas del sujetador. Se los miró un segundo, con hambre de leona, y se agachó a morderle un pezón a través del aire, sin prisa, chupando el sabor a sal y a mujer.

—Todavía no te lo he comido —murmuró contra la piel—. Todavía no te he abierto las piernas en este puto banco y te he lamiendo hasta que te corras en mi cara. Pero lo vamos a hacer. Aquí. Ahora. Sin prisas de torneo. Sin nadie mirando.

Heather le enredó los dedos en el pelo y le pegó la cara más contra el pecho, gimiendo bajo.

—Hazlo. Quiero sentir tu lengua. Quiero frotarme contra ti hasta que las dos gritamos. Llevo demasiado tiempo mojándome solo de pensarlo.

Petra se irguió otra vez, le besó el cuello, le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró con la voz hecha un hilo de lujuria:

—Entonces quítate eso. Quiero verte el coño. Quiero olerte. Y después… después vamos a usar este banco como nos dé la puta gana.

Heather sonrió, salvaje, y empezó a bajarse el pantalón corto con dedos torpes de ganas. El vestuario seguía vacío. Afuera, el mar golpeaba la costa y el club seguía su ritmo elegante e ignorante. Dentro, la tensión que habían reprimido durante semanas ya no era tensión: era una mecha encendida, chispeando, lista para arder del todo en el siguiente roce, en la siguiente lengua, en el siguiente grito ahogado contra la madera del banco.

Petra se pasó dos dedos por entre sus propias bragas, se los sacó brillantes y se los ofreció a la boca de Heather.

—Prueba lo que me has hecho. Y prepárate, porque esto solo acaba de empezar.

Heather cerró los labios alrededor de los dedos de Petra sin dudar. La lengua se le enredó en la piel brillante, chupó con fuerza, saboreó la sal y el sabor a coño ya mojado que le subía directo a la cabeza. Un gemido bajo le vibró en la garganta mientras los ojos verdes se le entornaban de puro hambre. Petra la miraba, pechos al aire todavía marcados por el sujetador, falda subida, bragas empapadas pegadas al coño.

—Joder, sabes a puta gana acumulada —murmuró Heather al soltar los dedos, la voz pastosa—. Más. Quiero más de esto.

Petra sonrió, salvaje, y se giró de espaldas un segundo solo para dejarse caer el polo del todo al suelo. El sujetador deportivo negro seguía ahí, empapado, marcándole los pezones duros como piedras. Heather no esperó permiso. Se acercó por detrás, los pechos pesados rozándole la espalda sudorosa, y pasó las manos por delante.

—Déjame ayudarte con esto —susurró contra la nuca de Petra—. Está demasiado mojado. Te está comiendo viva igual que la falda.

Los dedos de Heather se metieron bajo el borde del sujetador. No lo soltaron de golpe. Rozaron primero la curva caliente de cada pecho, la piel salada, y luego, a propósito, rozaron los pezones endurecidos con las yemas. Un roce lento, intencional, que hizo que Petra arquease la espalda y soltara un jadeo ronco. Heather apretó un poco más, pellizcó suaves, sintiendo cómo se le ponían aún más duros bajo los dedos.

—Mira cómo te late esto —dijo Heather, la respiración caliente en la oreja de Petra—. Llevas el día entero con ellos rozándote la tela y ahora yo… yo los tengo aquí. ¿Sientes cómo me tiemblan las manos de ganas?

Petra giró la cabeza, buscó la boca de Heather y la pilló en un beso hambriento. Lenguas chocando, dientes rozando labios, saliva mezclada con el sabor de su propio coño. Las manos de Heather siguieron trabajando: le bajaron el sujetador del todo, lo tiraron al banco, y se quedaron amasando los pechos desnudos, pesados, sudorosos. Los pulgares daban vueltas en los pezones, los pellizcaban, los estiraban un poco hasta que Petra gimió dentro de la boca de ella.

—Quítame la falda también —ordenó Petra entre besos, la voz hecha un hilo de lujuria—. Y las bragas. Quiero sentir el aire frío en el coño mientras me tocas.

Heather obedeció con dedos torpes de excitación. Le bajó la cremallera de la falda plisada, la dejó caer al suelo con un susurro de tela. Luego enganchó los pulgares en las bragas negras, ya transparentes de lo mojadas que estaban, y se las bajó despacio por los muslos, por las rodillas, hasta que Petra pudo sacar un pie y luego el otro. Quedó desnuda delante de ella, el coño depilado brillando, los labios hinchados y abiertos, un hilo de lubricante bajándole por el muslo interno.

Heather se arrodilló un segundo solo para olerla de cerca. Inspiró hondo el olor a sexo y sudor de green, y le dio un lametón lento desde la entrada hasta el clítoris hinchado. Petra se estremeció entera, le agarró el pelo y la empujó más contra su coño.

—No todavía —jadeó Petra, aunque las caderas le traicionaban buscándole la lengua—. Levántate. Quiero verte a ti también.

Heather se puso de pie. Petra no perdió tiempo. Le arrancó la camiseta del club por la cabeza, le desabrochó el sujetador blanco del personal y se lo tiró a un lado. Los pechos de Heather cayeron pesados, grandes, con pezones oscuros y duros que Petra atrapó enseguida entre los labios. Chupó uno, mordió el borde, lo lamió en círculos mientras la mano libre le bajaba el pantalón corto y las bragas de un tirón. Heather quedó desnuda también, el culo ancho, el coño ya chorreando, los labios gruesos brillantes.

El flirteo se volvió explícito sin filtro. Se besaron otra vez, hambrientas, manos por todas partes: Petra le metió dos dedos entre las piernas a Heather y los hundió de golpe en el calor resbaladizo, curvándolos hacia arriba. Heather le devolvió la caricia, le abrió los labios del coño a Petra con los dedos y le frotó el clítoris en círculos rápidos, sucios. Los gemidos llenaban el vestuario vacío, se pegaban a las taquillas metálicas, al eco del goteo lejano de la ducha.

—Me encanta cómo me follas con los dedos —gimió Heather contra la boca de Petra—. Más fuerte. Quiero que me dejes el coño abierto y goteando para tu lengua.

Petra sacó los dedos, se los metió en la boca, chupó el sabor de Heather y sonrió con los labios brillantes. Entonces la dominancia le subió como una ola. Agarró a Heather por las caderas, la giró de golpe y la empujó de espaldas contra las taquillas. El metal frío chocó con la piel hirviente de la caddie. Petra la pinzó ahí, un muslo entre las piernas de Heather, frotándole el coño contra el muslo sudoroso mientras le sujetaba las muñecas arriba, contra el metal.

—Te voy a devorar —confesó Petra, la voz grave, segura, los ojos fijos en los de Heather—. Llevo semanas oliéndote en los palos, mirándote el culo cuando te agachas, imaginándome cómo se siente tu coño en mi cara. Quiero abrirte las piernas aquí mismo, contra estas putas taquillas, y comerte hasta que grites. Quiero lamerte el clítoris hasta que tiembles, meterte la lengua bien adentro, chuparte los labios, beberte todo lo que se te caiga. Quiero que te corras en mi boca y que me dejes la cara empapada. ¿Me oyes? Te voy a comer el coño como si fuera el último manjar de mi vida.

Heather jadeó, las caderas moviéndose solas contra el muslo de Petra, el coño resbaladizo dejando un rastro brillante en la piel. Los pechos le subían y bajaban rápido. Aceptó con excitación evidente, activa, sin vergüenza ninguna: le enredó las piernas alrededor de la cintura de Petra, le atrajo la cara más cerca y le mordió el labio inferior.

—Hazlo —dijo Heather, la voz rota de ganas—. Devórame. Quiero sentir tu lengua dentro. Quiero que me abras con la boca y me chupes hasta que no pueda más. Estoy tan puto mojada por ti que se me resbala el coño solo de pensarlo. Empújamelo más. Fóllame con la lengua aquí, ahora, y después yo te voy a montar la cara hasta correrme gritando.

Petra soltó una de las muñecas de Heather solo para bajar la mano entre sus cuerpos y abrirle los labios del coño con dos dedos. El clítoris le palpitaba a la vista, hinchado, brillante. Se agachó un poco, le lamió el pezón de Heather mientras le frotaba el clítoris con el pulgar, lento al principio, luego más rápido. Heather se arqueó contra las taquillas, la cabeza echada hacia atrás, un gemido largo escapándosele.

—Así… joder, Petra, así —gimió—. Tus dedos… tu boca… quiero las dos cosas. Quiero que me comas mientras me follas con los dedos. Y yo… yo te voy a frotar el coño contra el tuyo después. Quiero sentir cómo nos mojamos las dos, piel contra piel, hasta que gritamos.

Petra se irguió otra vez, le besó el cuello, le chupó la clavícula y le susurró al oído mientras le seguía abriendo el coño con los dedos:

—Primero te como yo. Te voy a arrodillar en este banco, te voy a abrir de piernas y te voy a lamer hasta que se te pongan las piernas blandas. Después tú me montas. Tribbing salvaje, coño contra coño, frotándonos hasta corrernos las dos al mismo tiempo. Pero ahora… ahora necesito saberte. Necesito tener tu sabor en la lengua mientras te oigo gemir mi nombre.

Heather asintió con la cabeza, los ojos vidriosos de lujuria, y se dejó guiar cuando Petra la soltó un segundo para tirar del banco de madera más cerca de las taquillas. El metal seguía frío contra la espalda de Heather; el aire acondicionado le erizaba la piel sudorosa; el olor a sexo ya llenaba el vestuario entero. Petra se arrodilló delante de ella, le separó los muslos con las manos firmes y miró el coño abierto, goteante, a centímetros de su boca.

—Míralo cómo me pide —murmuró Petra, casi para sí, la respiración caliente rozando los labios hinchados de Heather—. Este coño es mío ahora. Y lo voy a chupar hasta dejártelo temblando.

Heather le agarró el pelo con las dos manos, le pegó la cara más cerca sin empujar del todo, solo ofreciendo, y soltó un gemido bajo cuando la lengua de Petra dio el primer lametón largo, lento, desde la entrada hasta el clítoris. El sabor le explotó en la boca: salado, dulce, a mujer cachonda. Petra gimió contra ella y se lanzó de lleno, chupando, lamiendo, metiendo la lengua bien adentro mientras los dedos le abrían más los labios. Heather se sacudió entera, las piernas temblando, el culo apretado contra el metal de las taquillas.

—Más… joder, más profundo —rogó Heather, la voz ya un hilo quebrado—. Cómeme el coño como me prometiste. No pares. Quiero correrme en tu cara y después follarte yo a ti con el mío.

Petra no paró. Le chupó el clítoris entre los labios, lo lamió en círculos rápidos, le metió dos dedos curvados y los movió en el punto exacto mientras la lengua no dejaba de trabajar. El vestuario se llenó de sonidos húmedos, obscenos: el chapoteo de la boca contra el coño, los gemidos de Heather, el roce de piel sudorosa contra metal. Petra sentía su propio coño latir, chorreando por las piernas, el clítoris hinchado pidiendo roce, pero no se tocó todavía. Quería primero el grito de Heather, el temblor, el sabor de su corrida.

Heather apretó los muslos alrededor de la cabeza de Petra, se frotó contra su cara con desesperación, y jadeó:

—Me voy a correr… joder, Petra, me lo estás comiendo tan bien… no pares, no pares…

Pero Petra sí paró un segundo, solo para mirarla desde abajo, la boca brillante, la barbilla mojada, y sonreír con esa confianza de leona.

—Todavía no —dijo, la voz ronca—. Quiero que te corras gritando cuando te monte encima. Quiero sentir tu coño contra el mío mientras te lamo los pechos. Pero primero… primero te voy a dejar al borde. Otra vez.

Y volvió a la carga, la lengua más voraz, los dedos más profundos, llevando a Heather justo al límite sin dejarla caer todavía. El mar seguía golpeando afuera. El club seguía su ritmo elegante. Dentro del vestuario, la mecha ya no chispeaba: ardía.

Petra no la dejó caer. Hundió la lengua otra vez, más profunda, más sucia, mientras los dos dedos curvados le frotaban ese punto hinchado dentro del coño de Heather. La caddie se arqueó contra las taquillas, las uñas clavándose en el metal, el pelo de Petra agarrado con fuerza en sus puños.

—Joder… así… no pares, puta… —gimió Heather, la voz rota, las caderas empujando contra la boca de la jugadora—. Me estás comiendo el coño como si te morieras de hambre. Más lengua. Métela entera.

Petra gruñó contra ella, el sonido vibrándole directo en el clítoris. Chupó los labios hinchados, los abrió con los dedos y empujó la lengua hasta el fondo, saboreando el chorro caliente que le resbalaba por la barbilla. El olor a sexo y sudor de green le subía a la cabeza como un golpe. Su propio coño latía, goteando por los muslos, el clítoris hinchado pidiendo roce, pero no se tocó. Quería primero el temblor de Heather, el grito, el sabor de su corrida empujándole la garganta.

Heather le tiró del pelo, le pegó la cara más fuerte, frotándose desesperada.

—Me corro… joder, Petra, me lo estás chupando tan bien… tus dedos… más profundo, fóllame con ellos mientras me lames.

Petra metió un tercer dedo. Los movió duros, rápidos, buscando ese ángulo que hacía que Heather se sacudiera entera. La lengua no paraba: círculos brutales en el clítoris, chupones que lo sacaban de entre los labios, lamezones largos desde la entrada hasta el agujero del culo. Heather gritó, las piernas temblando, el coño apretándose alrededor de los dedos de Petra en oleadas calientes.

—¡Ahí… joder, ahí… me corro en tu puta cara!

El orgasmo la partió. Heather se sacudió contra la boca de Petra, el coño contrayéndose, chorreando jugos espesos que Petra bebió con avidez, lamiendo sin parar, chupando cada gota mientras Heather le apretaba la cabeza entre los muslos y gemía su nombre como una maldición. El metal de las taquillas crujió bajo su espalda. El aire acondicionado le erizaba los pezones duros. Petra no levantó la cara hasta que los temblores bajaron a espasmos suaves. Se apartó un poco, la boca brillante, la barbilla empapada, y sonrió con los labios hinchados.

—Sabes a puta gana acumulada de semanas —dijo, la voz ronca—. Y todavía no he terminado contigo.

Heather jadeaba, los ojos vidriosos, el pecho subiendo y bajando. Se soltó del metal y empujó a Petra hacia el banco de madera. Se sentó ella misma, las piernas abiertas de par en par, el coño aún palpitante y abierto, brillando bajo la luz fría del vestuario. Se pasó dos dedos por los labios hinchados, se los metió en la boca y chupó su propio sabor sin apartar la mirada.

—Ahora tú. Siéntate en mi cara. Quiero lamerte el clítoris y el culo hasta que grites. Quiero que me ahogues con ese coño chorreante.

Petra no necesitaba que se lo digeran dos veces. Se subió al banco, se colocó a horcajadas sobre el rostro de Heather y bajó despacio, abriéndose con los dedos para ofrecerle todo. El primer contacto de la lengua de Heather le arrancó un gemido gutural. Caliente, experta, voraz. Heather le lamió el clítoris con la punta de la lengua, lo chupó entre los labios y luego bajó, lamiéndole la entrada, empujando adentro, saboreando el jugo que le resbalaba por la barbilla. Petra se arqueó, las manos en el pelo de Heather, las caderas moviéndose en círculos lentos.

—Así… joder, lámelo todo —ordenó Petra, la voz hecha un hilo de lujuria—. El clítoris… el coño… y el culo. Quiero sentir tu lengua ahí también.

Heather obedeció. Le abrió los glúteos con las manos grandes, le lamió el agujero del ano con lengüetazos lentos y sucios, lo rodeó, lo empujó un poco mientras dos dedos le entraban en el coño y se curvaban hacia arriba. Petra gritó, el sonido rebotando en las taquillas. El placer le subía por la espalda como electricidad. Se frotó más fuerte contra la cara de Heather, empapándola, el clítoris rozándole la nariz, el ano recibiendo lengua y saliva.

—Más… más profundo en el culo… y fóllame el coño con los dedos mientras me chupas —jadeó Petra, las tetas pesadas balanceándose, el sudor cayéndole por el pecho—. Quiero correrme en tu boca y después frotarme el coño contra el tuyo hasta que las dos gritamos.

Heather gruñó debajo, el sonido vibrándole en el ano y el clítoris a la vez. Lamió, chupó, metió la lengua lo más adentro que pudo en el agujero apretado mientras los dedos le follaban el coño a un ritmo brutal. Petra se sacudía encima, el orgasmo ya trepándole por las piernas, pero se contuvo. Sacó el culo de la cara de Heather con un jadeo, se bajó del banco y se tiró encima de ella, pecho contra pecho, coño contra coño.

Se acomodaron en el banco estrecho, las piernas enredadas, los coños empapados alineados. Petra empujó las caderas hacia adelante y el roce directo de labios hinchados contra labios hinchados les arrancó un gemido sincronizado. Mojados, resbaladizos, calientes. Se frotaron con fuerza, clítoris contra clítoris, el chapoteo obsceno llenando el vestuario. Petra le agarró el culo a Heather, la apretó más contra sí, y movió las caderas en círculos duros, salvajes, machacando coño contra coño.

—Fóllame así… joder, frotámelo más fuerte —gritó Heather, las uñas clavándose en la espalda de Petra—. Siento tu clítoris latiéndome… estoy chorreando toda en el tuyo.

Petra se inclinó y le mordió un pezón, chupándolo mientras seguía frotándose. El tribbing se volvió brutal: caderas chocando, jugos mezclándose, el banco crujiendo bajo ellas. Heather le devolvió el ritmo, empujando hacia arriba, abriendo más las piernas para que los coños se aplastaran del todo. El olor a sexo era espeso, el aire caliente a pesar del aire acondicionado. Petra sentía cada pliegue, cada latido, el clítoris de Heather rozándole el suyo exactamente donde lo necesitaba.

—Más… así, cabrona… no pares —gimió Petra, la voz rota—. Voy a correrme frotándome contigo… quiero sentir cómo te corres tú también, chorreándome las piernas.

Heather le agarró el culo con las dos manos y la machacó más fuerte, más rápido. El roce se volvió desesperado, piel contra piel, labios resbalando, clítoris golpeándose. Los gemidos se hicieron gritos. Petra sintió el orgasmo subirle como una ola gorda, caliente, inevitable. Se arqueó, le clavó los dientes en el hombro a Heather y se corrió gritando, el coño contrayéndose, chorreando sobre el de Heather en espasmos violentos.

Heather la siguió un segundo después. Gritó el nombre de Petra, las piernas temblando, el coño palpitando contra el de ella, mojándola toda mientras se sacudía debajo. Se frotaron todavía unos segundos más, exprimiendo cada temblor, cada gota, hasta que los cuerpos se les ablandaron y se quedaron pegadas, sudorosas, jadeando una contra la otra en el banco.

El vestuario olía a sexo crudo. Afuera el mar seguía golpeando. Petra le lamió el cuello a Heather, todavía con el coño latiendo contra el suyo, y murmuró contra su piel:

—Todavía no he terminado contigo. Quiero más. Quiero que me montes otra vez y me comas el culo mientras te froto el coño hasta que no puedas ni hablar.

Heather sonrió, salvaje, todavía temblando, y le apretó el culo con las manos.

—Entonces no te levantes. Porque ahora te voy a follar yo a ti hasta que grites otra vez.

Terminan jadeando y riendo, todavía enredadas en el banco estrecho del vestuario. El coño de Petra latía contra el de Heather en espasmos suaves, resbaladizo, caliente, el jugo de las dos mezclado en un hilo brillante que les bajaba por los muslos y manchaba la madera clara. El aire acondicionado les erizaba la piel sudorosa; el olor a sexo crudo, a césped y a sal del mar lejano se pegaba a las taquillas metálicas como una segunda piel. Petra tenía la cara enterrada en el cuello de Heather, respirando el sabor a sudor y a perfume barato del club, y cada inhalación le arrancaba una risa baja, ronca, de pura descarga.

—Joder… —jadeó Petra, la voz hecha un hilo quebrado—. Me has dejado las piernas como gelatina. Creo que no voy a poder ni agarrar un putter mañana.

Heather soltó una carcajada que le vibró en el pecho contra el de Petra. Le pasó las manos grandes por la espalda, subiendo y bajando despacio, dibujando círculos lentos en la piel todavía hirviente. Los pechos pesados de la caddie se aplastaban contra los de la jugadora, pezones blandos ya, saturados, rozándose con cada respiración profunda. Heather giró la cabeza y buscó la boca de Petra. El beso fue distinto: ya no voraz, sino tierno, labios hinchados rozándose, lenguas lentas que saboreaban el resto de la sal y del coño. Un chasquido húmedo, suave, y luego otro. Petra le mordió el labio inferior con cariño, sin fuerza, y Heather respondió lamiéndole la comisura, limpiando el brillo que todavía le quedaba de haberse comido el coño minutos antes.

—Tú… tú me has comido como si te hubieran pagado por ello —murmuró Heather contra su boca, riendo otra vez—. Y ese tribbing… puta madre, Petra. Sentí tu clítoris latiéndome entero. Todavía lo siento. Mírame las piernas, están temblando.

Petra se incorporó un poco, apoyándose en los codos sobre el cuerpo de Heather. El banco crujió. Miró abajo: los coños todavía juntos, labios hinchados y rojos, brillantes de jugos espesos, el clítoris de Heather asomando hinchado entre los pliegues. Se pasó un dedo por ahí, lento, solo para sentir el calor residual, y luego se lo llevó a la boca, chupando sin prisa. Heather la miró con los ojos verdes entornados, una sonrisa ladeada, cómplice.

—Sabe a las dos —dijo Petra, la voz pastosa—. A semanas de miradas y a este puto vestuario. No quiero moverme. Quiero quedarme aquí hasta que el olor se nos pegue a la piel para siempre.

Pero el goteo lejano de la ducha y el zumbido del aire les recordaron que el club seguía ahí afuera, elegante e ignorante. Heather suspiró, le dio otro beso corto en la frente sudorosa y empezó a desenredarse con torpeza. Petra se dejó caer de lado, las piernas abiertas, el culo pegado a la madera manchada. El aire frío le besó el coño abierto y soltó un escalofrío dulce. Heather se puso de pie, desnuda, el culo ancho balanceándose, y fue hasta el montón de toallas blancas del club que había junto a las duchas. Agarró dos, gruesas, todavía calientes del armario, y volvió.

Se arrodilló entre las piernas de Petra. Con una toalla empezó a limpiarla. Primero el pecho: pasó la tela suave por los pechos pesados, secando el sudor de entre ellos, rozando los pezones con cuidado, casi reverente. Petra arqueó la espalda y soltó un gemido bajo, no de hambre ya, sino de alivio. Luego Heather bajó, limpiándole el vientre, el ombligo, la línea del vello. Cuando llegó al coño, fue más lenta. Separó los labios hinchados con dos dedos y pasó la toalla con suavidad, recogiendo el jugo espeso, el brillo, el resto de la corrida. Cada roce hacía que Petra se estremeciera, el clítoris todavía sensible, latiendo.

—Así… despacio —susurró Petra, mirándola desde arriba, el pelo rubio oscuro pegado a la frente—. Me gusta cómo me tocas ahora. Como si todavía fueras mía.

Heather sonrió y se inclinó a lamerle una última gota que se le había escapado por el muslo interno. Luego usó la toalla para secarle los muslos, las rodillas, hasta los pies. Cuando terminó con Petra, se limpió a sí misma: el pecho, el cuello donde Petra le había chupado, el coño todavía abierto y sensible. Petra se incorporó, le quitó la toalla de las manos y la ayudó. Le secó la espalda, el culo ancho, le pasó la tela por entre las nalgas con una caricia lenta que hizo a Heather reír otra vez.

—Eres una cabrona mimosa después de correrte —dijo Heather, girándose para besarle el hombro—. Me gusta. Me gusta todo esto. El green, tus quejas de la falda, y ahora esto… el olor a coño en las taquillas.

Petra la abrazó por detrás, desnuda contra desnuda, y le mordisqueó la nuca con ternura. Las manos le subieron a los pechos de Heather, los sostuvo un segundo, pesados y suaves ya, y luego los soltó para coger otra toalla limpia y secarle el pelo húmedo de sudor.

—Prométeme algo —murmuró Petra contra su oído, la voz baja, íntima—. El próximo torneo. El amistoso de la costa del mes que viene. Volvemos aquí. Misma hora. Mismo banco. Y te como el coño otra vez hasta que grites más fuerte. Y tú me montas la cara hasta que se me quede la lengua entumecida. ¿Me oyes? Esto no se acaba aquí.

Heather se giró entre sus brazos. Se miraron. El reconocimiento era el mismo de antes, pero más profundo ahora: no solo gana, sino algo que se les había metido bajo la piel. Se besaron otra vez, lento, labios hinchados, lenguas explorando sin prisa. Heather le metió la mano entre las piernas a Petra una última vez, solo para sentir el calor residual, y Petra le devolvió el gesto, rozándole el clítoris suave con la yema del dedo.

—Te lo prometo —respondió Heather, la voz ronca de verdad—. Cada puta semana si hace falta. Llevaré los palos y debajo llevaré las bragas ya mojadas de pensarte. Y cuando entremos aquí… te voy a frotar el coño contra el mío hasta que las taquillas tiemblen. Eres mía en este vestuario, Petra. Y yo soy tuya.

Se rieron juntas, el sonido rebotando suave. Empezaron a vestirse sin prisa, pero sin esconder nada. Petra se puso las bragas negras otra vez; todavía estaban húmedas y se le pegaron al coño sensible como un recordatorio. La falda plisada la subió a medias, sin abrochar del todo la cremallera, dejando que se le viera el arranque del muslo. El polo blanco lo encontró arrugado en el suelo, se lo puso sin sujetador, los pezones marcándose otra vez bajo el algodón ya frío. Heather se metió el pantalón corto del personal sin bragas, la camiseta del club por encima de los pechos desnudos, los pezones oscuros asomando. El sujetador y las bragas de ambas quedaron olvidados en el banco, enrollados en una toalla manchada.

Petra le ayudó a Heather a atarse el pelo con una goma que encontró en el bolso de palos. Los dedos se le enredaron en los mechones oscuros, acariciando la nuca. Heather le secó una última gota de sudor de la clavícula a Petra con el dorso de la mano y luego se la chupó, guiñándole un ojo.

—Míranos —dijo Heather, mirándose las dos en el espejo del fondo—. Parecemos dos putas que se acaban de follar en el green. La ropa desarreglada, el olor a sexo pegado, las sonrisas de “me la he comido entera”. Si alguien entra ahora…

—Que entre —respondió Petra, riéndose bajo, pasándole un brazo por la cintura—. Que huela lo que hemos hecho. Me suda la polla… o el coño, mejor. Este secreto es nuestro. Arde. Y acaba de empezar.

Se besaron una última vez junto a la puerta, lentas, profundas, manos en el culo la una de la otra, apretándose. Petra le metió la lengua despacio, saboreando el resto de su propio sabor en la boca de Heather, y Heather le respondió gemiendo suave en la garganta. Cuando se separaron, tenían las bocas rojas, hinchadas, brillantes.

Petra abrió la puerta del vestuario. El aire de la costa les golpeó la cara: sal, césped cortado, el lejano ruido de palos golpeando bolas. Heather salió detrás, arrastrando el bolso de palos con una mano y con la otra rozándole los dedos a Petra un segundo de más. Las dos llevaban la ropa torcida, la falda de Petra subida de más por un lado, la camiseta de Heather pegada a los pechos sudorosos. Sonreían. Códigos. Miradas que decían todo sin palabras.

Mientras cruzaban el pasillo hacia el parking del club, Petra sintió el roce de las bragas húmedas y el recuerdo del tribbing todavía latiéndole entre las piernas. Heather iba a su lado, el culo moviéndose bajo el pantalón corto, y de vez en cuando se rozaban los hombros. Ninguna dijo nada más. No hacía falta. El secreto ardía entre ellas, caliente, recién nacido, esperando el próximo torneo, el próximo vestuario vacío, la próxima lengua, el próximo grito ahogado contra la madera del banco.

Afuera, el sol de la costa seguía mordiendo. Dentro de ellas, el deseo ya no era tensión reprimida: era una promesa viva, jugosa, que les mojaba otra vez solo de pensarla. Y las dos lo sabían.

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