Devorada por el Demonio en la Azotea

Valeria invoca a un demonio en la azotea y acaba follada brutalmente por su enorme verga infernal.

3 min read August 17, 2026New

Valeria subió las escaleras oxidadas del edificio abandonado con el corazón latiéndole en la garganta. La azotea olía a alquitrán caliente y a lluvia vieja. A sus veinticuatro años, la curiosidad siempre le había ganado al miedo; por eso trazó el círculo con tiza roja, colocó las velas negras y pronunció las palabras que había memorizado de un grimorio robado. El aire se densificó. Las sombras se retorcieron y de ellas emergió Azrath.

Era alto, musculoso, de piel roja oscura como brasa apagada. Cuernos curvados hacia atrás, cola larga y sinuosa, ojos de ámbar encendido. No atacó. Sonrió con una mueca depredadora que a Valeria le erizó la piel de deseo.

—Me llamaste —ronroneó él, la voz grave, como piedras rozándose—. Y yo respondí.

Valeria no retrocedió. El aura infernal la envolvía, caliente, pesada, impregnándole el coño de humedad inmediata. Notó la tensión sexual cargada de peligro y de atracción prohibida; ambos la reconocieron al instante.

—Siempre fantaseé con que un ser como tú me tomara —confesó ella, la voz ronca, flirteando abiertamente—. Que me usara. Que me destrozara de placer.

Azrath se acercó. Sus garras afiladas rozaron la mejilla de Valeria sin cortarla, bajaron por el cuello, abrieron la blusa y acariciaron sus pechos. Ella jadeó. Él la besó: la lengua bífida se enredó con la suya, fría y caliente a la vez, saboreándola. Valeria frotó su cuerpo contra el miembro monstruoso que crecía bajo la pelvis del demonio, gruesa, pesada, ya semidura, palpitando contra su vientre. El roce la volvió loca. Se arrodilló sobre el cemento sucio, miró hacia arriba y suplicó:

—Devórame de placer. Por favor. Fóllame con esa verga infernal hasta que no pueda pensar.

Azrath gruñó, satisfecho. La levantó como si no pesara nada y la empujó contra la barandilla de la azotea. El vacío de la ciudad se abría a sus espaldas. Le arrancó la falda y las bragas de un tirón. Con una mano le abrió los muslos; con la otra guió su enorme polla demoníaca hasta el coño empapado de Valeria. Empujó.

Ella gritó. La cabezota ancha la estiró sin piedad, centímetro a centímetro, hasta que estuvo enterrada hasta las bolas. Azrath empezó a follarla de pie, embestidas brutales que hacían crujir la barandilla. Su cola se enroscó en la cintura de Valeria y el extremo fino le frotó el clítoris con precisión cruel. Cada embestida la levantaba de puntillas; el aire nocturno le golpeaba los pechos desnudos; el concreto le raspaba la espalda. El placer era salvaje, casi doloroso, perfecto.

—Más duro —pidió ella entre gemidos—. Rómpeme.

El demonio la sacó de la barandilla, la puso a cuatro patas sobre el suelo frío de la azotea y la montó como una bestia. Le agarró el cabello con un puño, tirando hacia atrás hasta arquearle el cuello, y la embistió sin freno. La verga le entraba entera de un solo golpe, salía brillante de jugos y volvía a hundirse. La cola le azotaba el culo de vez en cuando. Valeria gemia alto, sin vergüenza, empujando las caderas hacia atrás para recibirlo más profundo. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba la noche.

Cuando ella estaba a punto de corrersela, Azrath la levantó en el aire. La sostuvo con sus brazos poderosos, las piernas de Valeria abiertas en ángulo imposible, y la folló suspendida, usándola como un juguete caliente. Cada embestida hacia arriba le aplastaba el cuello del útero. El orgasmo la partió en dos: gritó, se contrajo violentamente alrededor de aquella polla monstruosa, chorreando. Azrath rugió, hundió hasta el fondo y se corrió. El semen infernal le llenó el coño a borbotones, espeso, caliente como lava, desbordándose por los muslos mientras ambos gritaban de éxtasis mutuo.

Los bajó despacio. Quedaron jadeantes, todavía unidos. Valeria, temblando, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó con ternura posesiva, lamiéndole los colmillos.

—Vuelve cada luna llena —susurró—. Quiero esto otra vez. Quiero que me marques.

Azrath sonrió. Con una garra le trazó en el interior del muslo un símbolo ardiente. El dolor fue breve; luego solo quedó un pulso de placer que latía al ritmo del deseo del demonio.

—Cuando te desee, arderás solo de ganas —prometió—. Y vendré a devorarte otra vez.

Valeria sonrió, satisfecha, el semen todavía resbalándole entre las piernas, cuando un ruido metálico cortó la noche. La puerta de la azotea se abrió de golpe. Una linterna los cegó. Una voz masculina, dura, gritaba órdenes, y se oían botas corriendo hacia ellos.

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