Paso Prohibido En El Yate

Isabel seduce a su hijastro en el yate y ambos cruzan el límite prohibido.

18 min read August 17, 2026New

El sol mediterráneo caía a plomo sobre la cubierta del yate, un monstruo de lujo anclado a unas millas de la costa, balanceándose apenas sobre el agua azul turquesa. Isabel se estiró en la tumbona, el biquini blanco minúsculo casi una broma de tela: dos triángulos que apenas contenían sus pechos pesados y generosos, y abajo un hilo que se perdía entre las nalgas redondas y firmes, dejando al descubierto todo el arco de su culo maduro. A sus cuarenta y dos años el cuerpo le había ganado curvas, caderas anchas, cintura todavía marcada y esa piel bronceada que olía a sal y a crema. Sabía exactamente lo que hacía.

Diego la miraba desde la barandilla, toalla al hombro, el short de baño negro ya demasiado ajustado. Veinticuatro años, hombros anchos, abdomen marcado por las horas de gimnasio, y esa cara de chico guapo que todavía no sabía del todo cómo esconder la avaricia. Su padre roncaba abajo, en el camarote principal, después del almuerzo pesado y las dos copas de vino. Estaban solos. Completamente solos en medio del mar.

«Joder, no debería», pensó Diego, pero los ojos se le iban solos a la hendidura de la tela blanca entre las piernas de Isabel, al modo en que el pezón se le marcaba cuando se movía. Llevaba meses combatiendo esa imagen: la madrastra saliendo de la ducha en casa, la bata entreabierta, el olor a su perfume caro. Ahora, aquí, con el padre a diez metros bajo sus pies, el deseo le apretaba las pelotas como un puño.

Isabel se incorporó un poco, se giró de espaldas y le tendió el bote de protector solar sin ni siquiera mirarlo del todo.

—Diego, ven. Me lo pongo yo mal en la espalda y mañana voy a estar hecha un tomate. Hazme el favor.

Él se acercó. Las manos le temblaban un segundo antes de abrir el bote. Se arrodilló junto a la tumbona. La crema fría en las palmas. Empezó por los hombros, extendiendo el líquido blanco sobre la piel caliente. Los músculos de ella se tensaron y luego se relajaron bajo sus dedos. Bajó por la columna, despacio, dibujando círculos. El biquini no tapaba casi nada: el lazo en la nuca, el otro en la espalda baja. Sus nudillos rozaron la tela y notó el calor que salía de debajo.

—Más abajo —murmuró Isabel, voz baja, casi perezosa—. No dejes ninguna zona.

Diego tragó saliva. Las manos se deslizaron hasta la curva de las caderas, untando la crema en la piel suave justo por encima del hilo del biquini. Ella levantó un poco el culo, ofreciéndose sin disimulo. Él apretó los muslos para disimular la erección que ya le empujaba el short. Los dedos se volvieron más lentos, más densos. Ya no era solo crema. Eran caricias. Palmas abiertas recorriendo el contorno de cada nalga, pulgares hundidos un poco en la carne firme.

Isabel soltó un suspiro que no era de alivio.

—Así… justo así.

Diego se inclinó más. Su polla dura rozó por accidente —o no— el lateral del muslo de ella. El contacto fue eléctrico. Isabel se quedó quieta un segundo y después, deliberadamente, empujó el culo hacia atrás, buscando ese bulto. Lo sintió completo: grueso, caliente, palpitándole contra la raja del biquini.

—Mierda —respiró él.

Ella se giró a medias, todavía boca abajo, apoyada en los codos. El pecho le colgaba pesado dentro de los triángulos blancos. Lo miró por encima del hombro con los ojos entornados, la boca entreabierta.

—La siento, Diego. Toda. Presionándome el culo como si quisieras metérmela ya mismo.

Él no retiró las manos. Al contrario: las deslizó por dentro de las caderas, apretando, y frotó su erección con más ganas contra esa carne redonda.

—Isabel… papá está abajo.

—Lo sé. Ronca como un animal. No se entera de nada. —Su voz salió ronca, cargada—. Llevo meses fantaseando con esto. Con que me folles a escondidas. En la casa cuando él se va de viaje. En el coche. Aquí. Me toco por las noches pensando en tu polla, en cómo me la meterías entera mientras me tapas la boca para que no grite. Estoy empapada solo de imaginártelo.

Diego gruñó. Se inclinó del todo, agarró su cara y la besó con hambre, sin delicadeza. Lengua profunda, dientes rozando el labio inferior, saliva compartida. Isabel se giró del todo bajo él, abrió las piernas y lo atrajo entre ellas. El short y el hilo del biquini eran una broma; él empujó la cadera y frotó la verga dura justo contra el coño hinchado, sintiendo el calor y la humedad que ya manchaba la tela.

—Joder, sí —jadeó ella entre besos—. Quiero cruzarlo. Ahora. Quiero que me la metas mientras tu padre duerme debajo de nosotros. Quiero que me folles como la puta que soy contigo.

Las manos de Diego tiraron del nudo del biquini en la espalda. Los triángulos cayeron y sus tetas pesadas quedaron al aire, pezones oscuros y duros. Se las agarró con las dos manos, las apretó, las chupó con avidez, lamiendo y mordiendo suave mientras ella arqueaba la espalda y se frotaba contra su polla.

—Dime que lo quieres de verdad —exigió él, voz ronca contra el pecho de ella—. Dime que quieres que te la meta aunque sea un crimen.

—Te la quiero tragar hasta las pelotas. Quiero que me corras dentro y que después me la vuelvas a poner dura. Llevo meses mojándome la braga cada vez que te veo salir de la ducha. Soy tu madrastra y me importa una mierda. Fóllame, Diego. Cruza el puto límite conmigo.

Él se bajó el short de un tirón. La polla saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Isabel la miró con los ojos brillantes de lujuria, se lamió los labios y la agarró con la mano, subiéndola y bajándola despacio, esparciendo el líquido.

—Tan grande… exactamente como la imaginaba.

Diego le bajó el hilo del biquini por las piernas y se lo arrancó del todo. El coño de Isabel quedó al descubierto: labios hinchados, afeitados, brillantes de jugos. Él pasó dos dedos por la raja, los hundió hasta el fondo y los sacó empapados.

—Estás chorreando, madrastra.

—Por ti. Solo por ti.

La tumbona crujió cuando él se colocó entre sus muslos abiertos. La cabeza de la polla empujó entre los labios mojados, se frotó arriba y abajo recogiendo humedad, pero no entró del todo todavía. Se quedó ahí, rozando, amenazando, mientras los dos respiraban agitados y el yate se balanceaba suave.

Abajo, un ronquido lejano recordaba que el padre seguía dormido. El peligro hacía que a Diego se le pusiera todavía más dura. Isabel levantó las caderas, intentando engullirlo.

—Métela. Ya. Quiero sentirte partirme el coño en dos mientras él está a unos metros.

Él la besó otra vez, brutal, y empezó a empujar. Centímetro a centímetro la polla se abría paso en ese coño caliente y apretado. Isabel soltó un gemido ahogado contra su boca. Diego se detuvo a mitad, temblando, saboreando la sensación de estar finalmente dentro de la mujer que no debía tocar.

—Más… todo —rogó ella.

Él empujó hasta el fondo, hasta que las pelotas le golpearon el culo. Se quedaron quietos un segundo, unidos, el mar brillando alrededor, el secreto ya sellado con carne. Luego Diego empezó a moverse, embestidas largas y profundas, el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenando la cubierta. Isabel se aferraba a sus hombros, uñas clavadas, gemiendo bajito para no delatarse.

—Así… joder, Diego, me la estás clavando entera… más fuerte…

Él le agarró las piernas y se las abrió más, clavándosela hasta el fondo una y otra vez. El biquini tirado a un lado, las tetas rebotando con cada embestida, el sudor mezclándose con la crema solar. Cada estocada era una traición deliciosa. Cada gemido ahogado un paso más allá de lo permitido.

Diego se sacó casi del todo y volvió a hundirse de un golpe seco. Isabel se mordió el labio para no gritar. Él se inclinó, le habló al oído mientras la follaba sin piedad:

—Esto es solo el principio. Voy a correrme dentro y después te voy a poner a cuatro patas en la proa y te la voy a meter otra vez. Y esta noche, cuando él duerma, te voy a follar en su propia cama.

Isabel apretó el coño alrededor de él, contrayéndose, al borde ya.

—Sí… hazlo… rómpeme… soy tuya…

El ritmo se volvió más salvaje. El yate seguía anclado, el padre seguía roncando, y arriba, bajo el sol cegador, madrastra e hijastro cruzaban el límite con cada embestida, sabiendo que ya no había vuelta atrás y que lo que venía después iba a ser todavía más sucio, más peligroso y más adictivo.

La polla de Diego salió de su coño con un chasquido húmedo y sucio. Isabel se quedó temblando en la tumbona, las piernas abiertas, el semen del primer corrida ya resbalándole por el muslo interior mezclado con sus propios jugos. No se habían separado del todo; él seguía encima, respirando agitado contra su cuello, la verga todavía semi-dura rozándole el vientre.

—No he terminado contigo —murmuró él—. Ni de puta coña.

Ella sonrió con los labios hinchados del beso brutal y se incorporó lo justo para agarrarle la nuca.

—Entonces llévame a popa esta noche. Quiero que me uses bajo la luna. Quiero chupártela hasta que me duela la garganta.

El sol bajó. El padre siguió roncando como un cerdo en el camarote de proa. Cenaron en silencio forzado, Isabel con la falda corta sin bragas y Diego con la polla palpitándole cada vez que ella se inclinaba a servirle más vino. Cuando la oscuridad cayó del todo y el ronquido se volvió profundo y regular, salieron descalzos a la cubierta de popa.

La luna llena bañaba el yate de plata fría. El mar estaba negro y quieto. Isabel se detuvo junto a la barandilla, se quitó la camisa de lino de un tirón y se arrodilló en la madera aún cálida del día. El pecho le colgaba pesado, los pezones duros por la brisa. Miró hacia arriba, a su hijastro, y abrió la boca.

—Ven aquí. Dámela.

Diego se bajó el short. La polla le saltó gruesa, venosa, todavía manchada del semen seco de la tarde y del olor de ella. Isabel no esperó. La agarró con las dos manos, la lamió desde las pelotas hasta la cabeza hinchada y se la metió entera de un golpe. El glande golpeó el fondo de su garganta. Ella hizo un ruido ahogado, los ojos se le humedecieron, pero no retrocedió. Tragó, contrayendo la garganta alrededor de él, saliva espesa bajándole por la barbilla.

—Joder, madrastra… —gruñó Diego, enterrándole los dedos en el pelo rubio teñido y tirando hacia atrás para embestir más profundo—. Trágatela toda. Así, como la puta que eres.

Isabel gorgoteó alrededor de la carne gruesa. Subía y bajaba la cabeza con ansia, chupando fuerte, la lengua aplastada contra la vena gruesa de la parte inferior. Cada vez que la punta le tocaba la garganta soltaba un gemido que vibraba en la polla de él. Diego la follaba la boca sin piedad, sujetándole la cabeza con ambas manos, empujando hasta que la nariz de ella le rozaba el vello del pubis. Babas y precum le corrían por el pecho. Ella se tocaba el coño con dos dedos, metiéndoselos hasta el fondo mientras le mamaba al hijastro como si quisiera sacarle el alma por la verga.

—Más… trágame las putas pelotas —exigió él, voz rota.

Ella lo hizo. Abrió más la boca, sacó la lengua y le lamió las bolas hinchadas mientras la polla le llenaba la garganta. Diego tiró de su pelo y se corrió un poco en su boca sin avisar, solo un chorro espeso que ella tragó de inmediato, mirándolo a los ojos con las lágrimas corriéndole por las mejillas maquilladas.

—Suficiente —jadeó él, sacándosela de un tirón. La verga salió brillante de saliva y semen—. A cuatro patas. Ahora.

Isabel obedeció al instante. Se giró, se puso a gatas en la cubierta de popa, el culo alto, las tetas colgando pesadas hacia la madera. Abrió las piernas. El coño le chorreaba, hilos brillantes bajándole hasta los muslos. Diego se arrodilló detrás, le dio una nalgada seca que resonó en la noche y le abrió las nalgas con las dos manos.

—Mira cómo te gotea, puta. Por tu hijastro.

Le clavó la polla de un solo embestida hasta el fondo del coño. Isabel gritó. El sonido se perdió en el mar abierto. Él la folló con fuerza bruta, caderas golpeando contra su culo maduro, las pelotas chapoteando contra su clítoris hinchado. Cada embestida sacaba un gemido más alto de ella.

—¡Diego! ¡Joder, Diego, más fuerte!

Él le agarró las caderas y cambió el ángulo, clavándosela hacia abajo, abriéndola. Luego se sacó de golpe, escupió sobre el culo de ella y empujó la cabeza de la polla contra el ano apretado. Isabel empujó hacia atrás.

—Métela en el culo. Rómpeme el culo también, hijastro de mierda.

Diego empujó. El esfínter resistió un segundo y después cedió. La polla gruesa se hundió centímetro a centímetro en ese agujero caliente y estrecho. Isabel aulló su nombre, los dedos clavados en la cubierta.

—¡Diego! ¡Me estás partiendo el culo! ¡Más!

Él le dio nalgadas mientras la follaba el culo, la mano abierta dejando marcas rojas en la carne bronceada. Alternaba: tres embestidas profundas en el ano, después se sacaba y se la clavaba entera en el coño chorreante, después otra vez al culo. El contraste hacía que Isabel se estremeciera entera. El sonido era obsceno: carne mojada, nalgadas, gemidos rotos.

—Di mi nombre —ordenó él, agarrándole el pelo y tirando de su cabeza hacia atrás mientras le reventaba el culo—. Grita quién te está follando.

—¡Diego! ¡Mi hijastro! ¡Diego me está follando el culo como una perra! ¡Más fuerte, joder!

Ella se corrió con violencia. El coño le convulsó en vacío, el culo se le apretó alrededor de la polla de él como un puño, un chorro claro le salió entre las piernas y mojó la cubierta. Seguió gritando su nombre mientras el orgasmo la sacudía, las piernas temblando, el culo empujando hacia atrás para tragar más polla.

Diego no paró. La siguió follando a través del orgasmo, alternando agujeros, nalgadas secas que hacían rebotar la carne, la otra mano metiéndole tres dedos en el coño mientras la polla le destrozaba el culo.

—Pídeme más —exigió él, sudor cayéndole por el pecho marcado—. Pídele más a tu hijastro.

—Más… dame más, Diego… fóllame los dos agujeros hasta que no pueda caminar… córrete otra vez dentro… lléname el culo y el coño… soy tuya, joder, soy la puta de mi hijastro…

Él se sacó del culo, le dio otra nalgada brutal y se la volvió a clavar en el coño hasta las pelotas. Isabel se corrió de nuevo, más fuerte, gritando su nombre al cielo negro mientras el yate se balanceaba suave bajo ellos. El semen de la primera corrida le salía empujado por la nueva embestida. Diego se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le habló al oído con la voz destrozada:

—Esta noche no voy a parar. Cuando papá se despierte mañana vas a tener el culo abierto y el coño destrozado. Y todavía te voy a follar otra vez antes del desayuno. En su puta cama.

Isabel empujó el culo hacia atrás, tragándose cada centímetro.

—Hazlo… prométemelo… quiero que me uses hasta que duela… hasta que no pueda sentarme sin acordarme de tu polla…

Diego la giró de golpe, la tumbó de espaldas sobre la cubierta fría, le abrió las piernas hasta casi partirla y se la volvió a meter de un golpe seco. La follaba mirándola a la cara ahora, las tetas rebotando, el culo todavía abierto y usado. Isabel le clavó las uñas en la espalda y le mordió el cuello para no gritar demasiado alto.

Abajo, un ronquido interrumpido. Silencio un segundo. Luego el ronquido volvió, más profundo. El peligro los hizo follar más salvaje. Diego le tapó la boca con la mano y le clavó la polla hasta el fondo una y otra vez mientras ella se venía por tercera vez, el cuerpo entero arqueado, los ojos en blanco, pidiendo más contra la palma de él.

Cuando por fin se sacó, la polla le brillaba de jugos y semen. Isabel se giró de inmediato, se la metió en la boca otra vez y la limpió con la lengua, chupando cada resto, mirándolo desde abajo con la cara destrozada de placer.

—Otra vez —susurró ella, la voz ronca—. Llévame al camarote de invitados. Quiero que me amarre las muñecas a la litera y me folles el culo hasta el amanecer. Quiero que me dejes llena para que mañana, cuando desayune con tu padre, sienta cómo me resbala tu leche por dentro.

Diego la agarró del brazo, la levantó y la arrastró hacia la escalerilla interior. La luna seguía alta. El mar seguía callado. El límite ya no existía; solo quedaba la adicción y la noche larga que todavía tenían por delante, con el padre roncando a unos metros y el secreto cada vez más sucio, más profundo, más imposible de esconder.

Diego la arrastró por la escalerilla interior sin soltarle la muñeca. La madera crujía bajo sus pies descalzos y el olor a sal y a sexo les seguía como una estela. El camarote de invitados olía a lino limpio y a madera barnizada; la litera estrecha ocupaba casi todo el espacio. Isabel no esperó. Se dejó tumbar de espaldas, las piernas ya abiertas, el culo todavía abierto y resbaladizo de la embestida anterior. Diego le ató las muñecas al barrote de la litera con el cinturón de su propio short, apretando hasta que la piel se le marcó. Ella tiró y el nudo se cerró más. Sonrió.

—Así. Ahora úsame de verdad.

Él se subió encima, la polla otra vez dura, pesada, brillando todavía con los restos de ella. La empujó de un solo golpe hasta el fondo del coño. Isabel arqueó la espalda, el grito ahogado contra su propio hombro. Diego no tuvo piedad. Empezó a follarla con embestidas cortas y brutales, el cuerpo entero golpeando contra el de ella, las tetas rebotando, el sonido húmedo llenando el camarote pequeño. Cada vez que se hundía hasta las pelotas ella soltaba un gemido ronco, los ojos entornados, la boca abierta.

—Más hondo… joder, Diego, tócame el fondo… rompe a tu madrastra…

Él le tapó la boca con la mano y aceleró. El barrote crujía. Abajo, a través del mamparo, el ronquido del padre seguía regular, profundo, ajeno. El peligro los volvía locos. Diego se sacó de golpe, le giró las caderas hacia un lado y le clavó la polla en el culo otra vez. El esfínter ya estaba blando, usado, y se abrió con un chasquido sucio. Isabel tembló entera. Él la folló el culo sin ritmo, salvaje, una mano en su clítoris hinchado frotando en círculos rápidos mientras la otra le apretaba una teta hasta dejar marcas de dedos.

—Vas a correrte con mi polla en el culo —gruñó él al oído—. Y después te la voy a sacar y te voy a llenar la cara. Quiero verte con mi leche chorreándote por la boca, madrastra de mierda.

Isabel solo pudo asentir, los ojos llorosos de placer. El orgasmo le subió como una ola negra. El coño se le contrajo en vacío, el culo se cerró alrededor de la verga gruesa como un puño mojado y ella gritó contra la palma de Diego, el cuerpo entero sacudiéndose, un chorro claro saliéndole entre las piernas y mojando la sábana. Diego no paró. La siguió embistiendo a través de las convulsiones, sintiendo cómo ella lo ordeñaba con el ano, cómo le pedía más con los muslos temblando.

Cuando el temblor bajó un poco él se sacó, se subió al pecho de ella y se metió la polla en la boca abierta. Isabel la recibió con hambre, chupando, la lengua girando alrededor de la cabeza hinchada. Diego le agarró el pelo teñido y la folló la garganta tres, cuatro veces, hasta que las lágrimas le corrieron por las sienes. Luego se sacó, se masturbó dos veces rápidas mirándola a la cara y se corrió.

La leche salió espesa, blanca, a chorros. El primero le pegó en la mejilla y le subió hasta el pelo. El segundo le llenó la boca abierta. El tercero le manchó la frente, el puente de la nariz, los labios hinchados. Isabel tragó lo que pudo y abrió más la boca para el resto, los ojos fijos en los de él mientras los chorros calientes le cubrían la cara. Diego se corrió con un gemido largo, las pelotas apretadas, vaciándose del todo sobre la mujer que no debía tocar. Ella se corrió otra vez solo con eso: el orgasmo brutal les llegó juntos, el cuerpo de Isabel sacudiéndose bajo el de él, el coño chorreando otra vez, el culo todavía abierto y latiendo.

Se quedaron así un momento, jadeando. El yate se balanceaba suave. El ronquido lejano seguía. Diego se dejó caer al lado, la polla semi-dura y brillante. Isabel, las muñecas todavía atadas, giró la cabeza hacia él. La leche le resbalaba por la barbilla, le caía al pecho, le brillaba en las pestañas. Levantó una mano libre cuando él le soltó el cinturón y se pasó dos dedos por la mejilla, recogiendo el semen espeso. Se los metió en la boca, chupó despacio y sonrió. Esa sonrisa era pura complicidad, sucia, cansada y feliz.

—Mmm… sabe a pecar —susurró, la voz ronca de tanto chupar y gritar—. A partir de ahora esto es nuestro. Cada vez que tu padre salga de viaje… cada puta vez… me vas a follar así. En su cama. En el coche. En la cocina mientras me lavo los platos. Me vas a llenar la cara, el coño y el culo y yo me lo voy a tragar todo y después voy a desayunar con él como si nada. Este es nuestro secreto más sucio, Diego. El paso que dimos hoy en el yate… ya no tiene vuelta atrás. Es el principio de una adicción. La mía y la tuya.

Diego se inclinó y la besó. El beso sabía a semen y a sal y a ella. Lenguas lentas, compartiendo la leche que todavía le quedaba en la boca, respirando el mismo aire. No había prisa. Solo la certeza caliente de que habían cruzado algo que ya no se podía deshacer. Las manos de él le limpiaron un hilo de leche del cuello con el pulgar y se lo llevaron a la propia boca. Isabel sonrió otra vez contra sus labios.

—Cada viaje de negocios —repitió ella, casi un ronroneo—. Cada congreso. Cada fin de semana que se vaya de caza. Tú y yo. A escondidas. Hasta que no podamos más. Hasta que el peligro nos haga corrernos más fuerte.

Se besaron otra vez, más hondo, los cuerpos pegados en la litera estrecha, el sudor mezclándose, el olor a sexo impregnando las sábanas. Afuera el cielo empezaba a clarear apenas, un gris pálido sobre el mar. El padre seguía roncando. El secreto ya no era solo de esa noche; era de todas las que vendrían.

Diego se incorporó despacio. Se limpió la polla con un trozo de sábana, se subió el short y se pasó una mano por el pelo. Miró a Isabel todavía tumbada, la cara brillante de restos de leche, las piernas abiertas, el cuerpo usado y satisfecho. No dijo nada más. No hacía falta. Se acercó, le dio un último beso corto en la frente manchada y salió del camarote.

Caminó por el pasillo estrecho, subió la escalerilla y salió a la cubierta. El aire de la madrugada le pegó en la piel sudada. Se quedó un segundo mirando el horizonte que empezaba a clarear, las manos en la barandilla, el cuerpo todavía temblando un poco por dentro. Luego se alejó hacia la proa, pasos descalzos sobre la madera, y desapareció de la vista entre las sombras del yate, dejándola sola con el sabor de él en la boca y la certeza de que aquello solo acababa de empezar.

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