Layover Noche con la Amiga Casada
Laura reencuentra a su antigua amiga casada en una escala nocturna y la seduce hasta devorarle el coño.
En el aeropuerto de Madrid la noche se estira como una tela sucia y brillante. Mi vuelo a Buenos Aires no sale hasta las seis de la mañana y yo, Chloe, llevo ya tres cafés malos en el estómago y la cabeza llena de esa lucidez artificial de las escalas interminables. Tengo treinta y cuatro años, el pelo corto teñido de un castaño oscuro que se me deshace en la humedad del terminal, y un vestido negro que me llega a media muslo porque me negué a viajar como una monja. Estaba mirando el tablero de salidas cuando la vi.
Laura.
Doce años sin tocarla ni de refilón y, aun así, el cuerpo me la reconoció antes que la cabeza. Más llena en las caderas, el pecho generoso metido en una blusa blanca de seda que se le pegaba un poco bajo los brazos, el pelo castaño recogido en un moño flojo del que se escapaban mechones. Llevaba el anillo de casada, un solitario discreto que brilló cuando levantó la mano para saludarme. Su sonrisa fue la misma de la universidad: esa mezcla de vergüenza y hambre que siempre me había dejado mojada sin que ella lo supiera del todo.
—Chloe… joder, Chloe —dijo, y me abrazó. Su perfume era vainilla y algo más oscuro, y sus pechos se aplastaron contra los míos un segundo de más—. ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Escala de mierda. ¿Y tú?
—Lo mismo. Londres a las cinco. Ven, que nos tomamos algo antes de volvernos locas.
Encontramos una cafetería casi vacía cerca de la zona de tránsito. Pedimos dos cafés con leche y nos sentamos frente a frente. Las luces fluorescentes le dibujaban ojeras suaves y la curva de su escote. Yo no podía dejar de mirarle la boca: labios carnosos, pintados de un nude rosado que se le había ido un poco en la esquina.
—Llevas… qué, ¿treinta y cinco? —pregunté.
—Treinta y seis el mes que viene. Tú igual de puta guapa, eh. Siempre lo fuiste.
Reímos, pero la risa se nos quedó corta. Hablamos de tonterías: trabajos, ciudades, el frío de Madrid en octubre. Hasta que el silencio se puso denso y ella giró la taza entre los dedos, mirando el anillo.
—Estoy casada —dijo de golpe—. Con Rafael. Nos casamos hace siete años. Es… bueno. Estable. Aburrido hasta los huesos.
—¿Aburrido cómo?
Laura levantó la vista. Sus ojos marrones me clavaron sin piedad.
—Lleva meses sin tocarme. Meses, Chloe. Se acuesta, me da un beso en la frente y se duerme. Yo me quedo mirando el techo con la mano entre las piernas, frotándome despacio para no hacer ruido, y… —tragó saliva— a veces fantaseo contigo. Con cómo me mirabas en la uni cuando creías que no me daba cuenta. Con tu boca. Con lo que habríamos hecho si yo no hubiera tenido tanto miedo.
El calor me bajó directo al coño. Noté cómo se me endurecían los pezones contra la tela fina del vestido. Apoyé los codos en la mesa y me incliné.
—Nunca dejé de desearte —confesé, la voz baja, confesional, como si le estuviera contando un pecado al cura equivocado—. Nunca. En la residencia me corría pensando en tus tetas, en cómo te olería el coño después de clase de deporte. Te escribí mensajes que no envié. Te soñé montada en mi cara mil veces. Y ahora estás aquí, casada, diciéndome que te tocas pensándome, y se me está empapando la braga en medio de este puto aeropuerto.
Laura se mordió el labio inferior. Sus ojos bajaron sin disimulo a mi boca, luego a mi pecho, donde los pezones se marcaban claros. Se le dilató la mirada como si acabara de abrir una puerta que llevaba años cerrada.
—Joder, Chloe… —susurró—. Se me está mojando el coño solo de oírte. Llevo la braga pegada. Si me tocara ahora mismo se me resbalarían los dedos.
La conversación se volvió un hilo caliente y tenso. Ya no había rodeos. Le conté cómo me imaginaba abriéndole las piernas en el sofá de su piso de estudiantes, lamiéndole el clítoris hinchado mientras ella se tapaba la boca. Ella me describió, con la voz entrecortada, la fantasía recurrente: yo entrando en su cama matrimonial, levantándole el camisón, chupándole los pechos mientras Rafael dormía en el otro cuarto de un viaje inventado. Cada frase nos acercaba más sobre la mesa. Sus rodillas rozaron las mías. Yo deslicé un pie y le rozé el tobillo; ella no lo retiró.
—Mírame los labios otra vez —le pedí—. Como hace un rato. Sin vergüenza.
Lo hizo. Me devoró la boca con la mirada, luego bajó otra vez al escote, a la curva de mis tetas apretadas por el vestido. Yo le devolví la insolencia: le recorrí el cuello, el hueco entre los pechos, la idea de cómo le quedarían los pezones duros debajo de la seda.
—Quiero esto de verdad —dije—. No un follar rápido en un baño. Quiero una cama. Quiero olerte. Quiero que me dejes comerte el coño hasta que te corras en mi lengua gritando mi nombre.
Laura respiraba agitada. Asintió una vez, dos.
—Hay un hotel conectado al terminal. Habitaciones por horas o por noche. Las dos queremos esto. ¿Verdad que sí?
—Más que respirar.
Pagamos el café con manos torpes. Caminamos juntas por los pasillos brillantes, maletas con ruedas chirriando a nuestro lado, el corazón martillándome las sienes. En recepción del hotel del aeropuerto alquilamos una habitación doble con una tarjeta plástica. El recepcionista ni nos miró dos veces; a las dos de la madrugada todo el mundo tiene sus secretos. El ascensor era estrecho, de espejos y acero. En cuanto se cerraron las puertas, el aire se volvió irrespirable.
Laura me miró. Yo la miré. No hizo falta decir nada más.
La agarré por la nuca y la besé.
Fue un beso sucio desde el primer segundo: bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. Ella gimió dentro de mi boca, un sonido bajo y desesperado, y me empujó contra la pared del ascensor. Sus tetas se aplastaron contra las mías; noté la dureza de sus pezones a través de las dos capas de tela. Mis manos bajaron a su culo, lo apreté con fuerza, lo separé un poco imaginando ya lo que haría con la lengua entre esas nalgas. Ella metió una mano entre nosotros y me agarró un pecho, el pulgar rozándome el pezón duro, y yo me humedecí tanto que sentí el calor resbalarme por el muslo interno.
El ascensor subía lento, o quizá el tiempo se había roto. Nos comíamos la boca como si nos fuera la vida: saliva compartida, respiraciones entrecortadas, su lengua lamiéndome el labio inferior mientras yo le mordía el superior. Cuando se separó un centímetro, un hilo de saliva nos unió todavía.
—Si no paramos ahora —jadeó contra mi boca—, te voy a follar con los dedos aquí mismo.
—No pares —le contesté—. Pero quiero una cama para devorarte bien. Quiero tu coño en mi cara, Laura. Quiero que me ahogues con él.
El ding del piso nos sacó del trance. Salimos del ascensor casi tropezando, manos todavía enganchadas a caderas y cinturas, labios hinchados y brillantes. La tarjeta temblaba en sus dedos cuando abrió la puerta de la habitación. Dentro olía a sábanas limpias y a aire acondicionado. La cama king size ocupaba el centro, blanca e intacta, esperándonos como un altar.
Cerré la puerta con el pie. Laura se giró hacia mí, la blusa ya un poco descolocada, el pecho subiéndole y bajándole rápido. Yo me quité los zapatos sin dejar de mirarla. El deseo nos había devorado por completo en ese beso; ya no había marcha atrás posible, solo el camino hacia adelante, hacia su cuerpo, hacia el sabor que llevaba años imaginando.
Me acerqué despacio, le sujeté la cara con las dos manos y la volví a besar, más lento esta vez, más profundo, mientras la empujaba hacia la cama. Sus manos subieron por debajo de mi vestido, palmeándome los muslos desnudos, subiendo hasta el borde de la braga empapada. Cuando sus dedos rozaron la tela mojada, las dos gemimos en la misma frecuencia.
—Estás empapada —susurró ella, maravillada, casi asustada de lo mucho que me quería.
—Tú también lo vas a estar en cuanto te baje las bragas —le prometí contra su cuello, lamiéndole la piel salada—. Túmbate. Quiero empezar a comerte antes de que se nos acabe la noche.
En la habitación nos desnudamos con prisa y hambre. Le arranqué la blusa de seda sin desabrochar del todo los botones; uno saltó y rodó bajo la cama. Laura soltó una risa entrecortada que se me clavó en la entrepierna. Su sujetador era blanco, sencillo, y cuando se lo quité sus tetas cayeron pesadas, pezones oscuros ya duros. Las apreté con las dos manos mientras la besaba con fuerza, lengua profunda, dientes en su labio inferior. Ella me bajó el vestido de un tirón y me dejó en braga y nada más. Mis pechos desnudos rozaron los suyos y el contacto me sacó un gemido bajo.
—Joder, Chloe… —jadeó ella—. Llevo años imaginando esto.
La empujé sobre la cama. Cayó de espaldas, el moño deshecho, el pelo castaño esparcido sobre la almohada blanca. Le quité la falda y las bragas de un solo movimiento. Su coño estaba afeitado a medias, los labios hinchados y brillantes de jugos. El olor me subió a la cabeza: ácido, dulce, caliente. Le abrí las piernas con las manos en los muslos y me metí entre ellas sin preámbulos. Saqué la lengua larga y se la clavé de una sola pasada, desde el agujero hasta el clítoris. Laura gritó y se arqueó.
La comí con hambre de años. Lengua profunda dentro de su coño mojado, lamiendo las paredes internas, saboreando el sabor espeso que me empapaba la barbilla. Luego me concentré en el clítoris: lo chupé, lo rodeé, lo aplasté con el labio superior mientras dos dedos le entraban y salían. Ella me agarró la cabeza, me apretó contra su coño, y yo no paré. La lengua iba y venía, larga, grosera, mojada. Sus muslos temblaban a ambos lados de mi cara. Cuando se corrió lo hizo gritando mi nombre, el coño convulsionándole contra mi boca, un chorro caliente que me resbaló por la barbilla y el cuello. Seguí lamiendo despacio hasta que ella me empujó la frente, riéndose y maldiciendo a la vez.
—Basta… joder, basta un segundo… —dijo, sin aliento—. Ahora te toca a ti.
Laura me puso boca arriba. Se giró encima de mí en un 69 perfecto: su coño mojado y todavía temblando justo sobre mi boca, y su cara enterrada entre mis piernas. Me devoró el clítoris con la misma urgencia con la que yo la había comido. Lengua plana, chupones fuertes, dientes rozando apenas. Yo le metí dos dedos en el coño empapado y se los follé despacio mientras le chupaba el ano: lengua puntiaguda, círculos húmedos alrededor del agujero apretado, luego dentro un poco, saboreando lo prohibido. Ella gimió contra mi coño y el sonido me vibró en el clítoris. Nos follábamos con la boca y las manos: yo dedos y lengua en su culo y su coño, ella chupándome el clítoris como si quisiera sacármelo. El olor a sexo llenaba la habitación. El sonido era obsceno —chupidos, gemidos ahogados, piel mojada contra piel—.
Me corrí primero, una oleada que me subió desde el coño hasta la garganta. Grité contra su ano y ella se vino casi al mismo tiempo, el coño apretándome los dedos, el culo contrayéndose bajo mi lengua, un orgasmo intenso y empapado que nos dejó a las dos temblando, chorreando, con la cara brillante de jugos ajenos. Nos quedamos así un rato, respirando la una contra el cuerpo de la otra, hasta que el temblor bajó.
Después de recuperarnos nos levantamos a duras penas y nos metimos en la ducha juntas. El agua caliente nos resbalaba por la piel mientras nos besábamos despacio, sin la prisa de antes. Caricias suaves: yo le enjabonaba las tetas, ella me pasaba las manos por el culo y la espalda. Laura me susurró al oído, la voz ronca:
—Esta noche ha sido mejor que cualquier cosa con mi marido. Mejor que todo lo que he tenido en años. Quiero repetirlo la próxima vez que viaje sola. Te lo juro, Chloe. Quiero tu boca otra vez.
La besé bajo el chorro, saboreando todavía el rastro salado de su coño en mis labios. Nos secamos con toallas gruesas, nos vestimos a medias, riéndonos de lo destrozadas que estaban las blusas. El reloj del teléfono marcaba casi las cuatro y media. Teníamos que irnos.
Caminamos juntas hasta la zona de embarque, maletas otra vez a ruedas. En la puerta de su vuelo a Londres nos detuvimos. El pasillo olía a café quemado y a jet fuel. Laura me miró con los ojos todavía hinchados de sexo y me dio un beso profundo, lengua lenta, mano en mi nuca. Las dos sabíamos que guardaríamos este secreto caliente para siempre: el hotel del aeropuerto, su anillo brillando mientras yo le chupaba el culo, el grito con el que se corrió en mi lengua.
—Escríbeme —murmuró contra mi boca—. Cuando estés en Buenos Aires. O cuando vuelvas.
—Lo haré —prometí.
Nos separamos. Ella se giró hacia la cola de embarque. Yo me quedé un segundo mirándole el culo bajo la falda arrugada, el recuerdo de su sabor todavía vivo en la lengua. Entonces sonó mi teléfono. Un mensaje de un número desconocido. Abrí la notificación sin pensar y el mundo se me detuvo un instante: una foto borrosa tomada desde el pasillo del hotel, la puerta de nuestra habitación entreabierta, y debajo un texto corto que helaba la sangre más que cualquier escala nocturna.
«Sé lo que habéis hecho. Rafael ya lo sabe también.»
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