Vecinas en la Cubierta al Anochecer
Dos vecinas del crucero se lamen los coños empapados en la cubierta al atardecer y se corren juntas.
El Mediterráneo se había vuelto de un naranja denso, casi líquido, cuando salí a la cubierta superior con la copa todavía a medio llenar. Llevaba tres días diciéndome que el calor era el culpable de todo: de las sábanas enredadas en mis piernas, del sueño que no llegaba, de esa inquietud que me subía por la espalda cada vez que oía, al otro lado del pasillo, el leve golpe de una puerta. Mentira. El culpable tenía nombre y camarote contiguo al mío.
Petra estaba ya allí, apoyada en la barandilla, de espaldas al mar. Llevaba un vestido blanco muy fino, casi transparente con la última luz, y el pelo suelto le pegaba al cuello con un poco de humedad. No fingí sorprenderme. Tampoco ella.
—No puedes dormir tampoco —dijo, sin girarse del todo. Su voz era baja, como si confesara algo a la cubierta vacía.
Me acerqué hasta quedar a su lado. El vino olía a frutas maduras; el aire, a sal y a piel caliente.
—Llevo noches en vela —admití—. Pensé que sería el motor del barco. O el calor. Resulta que no.
Ella sí se giró entonces. Sus ojos me midieron despacio, sin prisa, deteniéndose un segundo en mi boca antes de volver a subir.
—¿Y qué es, entonces?
Tragué. El confesionario improvisado de la cubierta no pedía diplomacia de ejecutiva. Pedía verdad.
—Que cada vez que cierro los ojos te oigo moverte al otro lado. Y que me pregunto si tú también estás despierta por lo mismo.
Petra soltó una risa suave, casi un suspiro. Tomó un sorbo de su propia copa —no sé de dónde la había sacado; quizá de la misma botella que yo— y dejó que el silencio se alargara lo justo para que el deseo tuviera espacio.
—Estoy despierta por ti desde el segundo día —dijo al fin—. Cuando me pediste fuego en la cubierta de popa y tu mano rozó la mía un segundo de más. No fue casualidad, ¿verdad?
—No —respondí—. Nada de lo que he hecho cerca de ti ha sido casualidad desde entonces.
El sol se hundía de verdad. Las luces del barco empezaban a encenderse a lo lejos, puntos dorados sobre el agua negra. Compartimos la botella que yo había traído, pasándonosla sin vasos limpios, sin ceremonia. Cada vez que me la devolvía, sus dedos se demoraban en los míos. Al principio parecía un accidente; a la tercera vez ya no.
—Tengo treinta y dos años —murmuré, más para mí que para ella—, dirijo un equipo entero en tierra y aquí me tiembla la mano por rozarte la muñeca.
—Tengo veintiocho y me da igual tu cargo —contestó Petra, acercándose un poco más—. Llevo días mirándote la boca cuando hablas en el desayuno. Llevo días imaginando cómo sabría si te besara ahí mismo, con todo el comedor mirando.
El pecho se me apretó. El calor ya no venía del aire.
—Dilo otra vez —pedí.
Ella inclinó la cabeza. El vestido se le pegó al pecho con la brisa y pude ver, sin esfuerzo, el contorno de sus pezones endurecidos bajo la tela.
—Quiero besarte, Nadia. Llevo días deseándolo. Por las noches me toco pensando en tu cuello, en cómo te olería la piel si te acercara la cara. Me corro con los dedos y muerdo la almohada para que no me oigas. ¿Y aun así no duermo? Porque después quiero más. Quiero tu boca de verdad.
La confesión me golpeó bajo el ombligo, caliente y directa. Dejé la copa en la barandilla. Mis dedos subieron solos hasta su mejilla: la piel suave, un poco salada por el rocío del mar, la mandíbula tensa de contención. La acaricié despacio, con el pulgar rozándole la comisura de los labios.
—Petra…
No me dejó terminar. Su boca se abrió contra la mía con un hambre que no pedía permiso educado: pedía todo. El beso fue profundo de inmediato, lengua caliente, un gemido ahogado que me vibró en los labios. La agarré de la cintura y la atraje contra mí; su cuerpo se encajó como si hubiera estado esperando el hueco exacto de mi cadera. Sentí sus pechos aplastados contra los míos, el calor de su coño a través de las telas finas cuando una de sus piernas se metió entre las mías.
Besé como si el barco pudiera hundirse en cualquier segundo. Mordí su labio inferior; ella gimió y me agarró el pelo de la nuca, tirando lo justo para que abriera más la boca y su lengua pudiera frotarse con la mía sin vergüenza. El sabor a vino y a deseo me subió a la cabeza. Una de mis manos bajó por su espalda, encontró el final del vestido y se metió debajo, palma abierta sobre la piel desnuda de su culo. Estaba caliente. Húmeda ya en la parte interna del muslo cuando mis dedos exploraron un poco más arriba.
—Joder, Nadia… —susurró contra mi boca, sin separarse del todo—. Llevo días empapada por ti.
—Muéstrame —exigí, la voz ronca.
Ella tomó mi mano y la guió más adentro, bajo el vestido, hasta el algodón empapado de su braga. El calor era brutal. Froté con dos dedos por encima de la tela y sentí cómo se le abría la ranura, hinchada, resbaladiza. Petra abrió las piernas un poco más, allí mismo, contra la barandilla, y empujó su coño contra mi palma con un movimiento corto y desesperado.
—Así —jadeó—. Justo así. No pares.
La besé otra vez mientras le masajeaba el clítoris por encima de la braga, círculos lentos y firmes. Su respiración se entrecortaba en mi boca. Con la otra mano le bajé un poco el escote del vestido y saqué un pecho: el pezón oscuro, duro, lo chupé sin delicadeza y ella arqueó la espalda, ofreciéndome más. El sabor salado de su piel me volvió loca. Mordisqueé el pezón y al mismo tiempo metí los dedos por el borde de su braga, por fin piel con piel. Estaba chorreando. Mis dedos se deslizaron entre sus labios hinchados y encontré la entrada caliente, palpitante; no entré del todo todavía, solo jugué con la humedad, untándola hacia arriba hasta su clítoris descubierto.
—Me vas a hacer correrme aquí mismo —dijo ella entre dientes, la frente pegada a la mía—. Con solo tus dedos. Llevo tanto rato al límite…
—Entonces córrete —le ordené al oído—. Quiero sentirte apretar. Quiero oír cómo mojas mi mano.
Petra se agarró a mis hombros. Yo froté más rápido, el pulgar en su clítoris, dos dedos apenas empujando la entrada sin penetrar del todo, solo abriéndola un poco. El sonido húmedo de su coño se mezclaba con el chapoteo lejano del mar. Nadie más en la cubierta. Solo nosotras y las luces temblando en el agua.
Su orgasmo llegó en un temblor largo, un gemido ahogado contra mi cuello, las uñas clavándoseme en la espalda. Sentí el espasmo, la oleada de líquido caliente que empapó mis dedos y el interior de su muslo. La sostuve mientras se corría, besándole la sien, la oreja, el rabillo de la boca.
Cuando el temblor bajó, ella no se apartó. Al contrario: me giró contra la barandilla con una fuerza suave pero decidida y se arrodilló un segundo, solo para alzar mi vestido hasta la cintura. Su boca encontró mi braga —igualmente empapada— y la lamió por encima, larga, lenta, saboreando.
—Ahora tú —dijo, mirándome desde abajo con los labios brillantes—. Quiero lamerte el coño hasta que no puedas tenerte en pie. Y después quiero que me lo hagas a mí otra vez, con la lengua, aquí mismo, con el mar mirándonos.
Me temblaban las piernas. El deseo no había bajado; se había multiplicado. La levanté, la besé con el sabor de su propio jugo todavía en mi mano, y la arrastré un poco más hacia la sombra de un bote salvavidas, donde la luz no llegaba del todo.
—No hemos terminado —susurré contra su boca—. Ni de lejos.
Petra sonrió, salvaje y dulce a la vez, y me metió la mano otra vez entre las piernas, esta vez sin tela de por medio, dos dedos abriéndome de golpe, profundos, curvados hacia dentro.
—Entonces no pares de confesarme lo que quieres hacerme —dijo, moviendo los dedos con una precisión cruel—. Porque yo no pienso parar hasta que las dos estemos hechas un desastre.
El barco siguió avanzando. El cielo se volvió negro del todo. Y yo, con los dedos de Petra dentro de mi coño y su lengua otra vez reclamando la mía, supe que aquella noche en la cubierta no iba a bastarnos.
Continué con los dedos de Petra abriéndome, curvados justo contra ese punto que me hacía ver estrellas detrás de los párpados. El mar negro chapoteaba abajo y el aire salado se me pegaba a la piel del cuello mientras ella me follaba despacio, sin prisa, como si tuviera toda la noche para destrozarme. Yo le mordí el hombro a través de la tela fina del vestido y sentí cómo se le erizaba la carne.
—Más adentro —le pedí contra su oreja, la voz rota—. Quiero sentir cómo me abres del todo.
Ella obedeció. Metió un tercer dedo y me estiré alrededor de ellos con un gemido bajo que se perdió en el viento. Mis caderas empujaban solas, buscando más fricción, más profundidad. El jugo me resbalaba por el muslo interior y le empapaba la muñeca. Petra sonrió contra mi boca, salvaje.
—Mírate… chorreando en mi mano otra vez. Dime qué quieres ahora, Nadia. Confiesa.
No pude esperar. La empujé suavemente hacia la barandilla, dándole la vuelta hasta que su pecho quedó apoyado en el metal frío y su culo se me ofreció bajo el vestido alzado. Me arrodillé en la penumbra, las rodillas sobre la madera todavía caliente del día, y le separé los muslos con ambas manos. El olor de su coño me golpeó de lleno: salado, dulce, espeso de su corrida anterior y de la mía mezclada en sus dedos. Le bajé la braga hasta los tobillos y se la quité del todo. Allí estaba, hinchado, rosado oscuro, los labios brillantes y entreabiertos, el clítoris duro asomando como una promesa.
—Agárrate fuerte —le advertí, la voz ronca de hambre—. Porque te voy a lamer hasta que tiembles.
Petra se aferró a la barandilla con las dos manos. Yo le abrí los labios con los pulgares y pasé la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris en una lamida larga, lenta, saboreando cada gota. Estaba empapada. El sabor me subió directo a la cabeza, cálido y metálico, y gemí contra su carne. Volví a lamer, esta vez más rápida, recogiendo su humedad y metiendo la punta de la lengua dentro de su coño abierto. Petra arqueó la espalda y soltó un gemido largo, las uñas raspando el metal.
—Joder, Nadia… así, más profundo… usa la lengua, fóllame con ella.
Metí la lengua todo lo que pude, moviéndola dentro de ella mientras con el dedo índice le frotaba el clítoris en círculos apretados. Su culo se movía contra mi cara, empujando, buscando. Yo chupé sus labios hinchados uno por uno, los mordisqueé con suavidad y luego me concentré en su clítoris: lo atrapé entre los labios y lo succioné con ritmo constante, la lengua vibrando debajo. El sonido húmedo de mi boca contra su coño se mezclaba con sus jadeos y el crujido lejano de la cubierta. Nadie nos veía en aquella sombra del bote salvavidas; solo el mar y las luces temblorosas.
Petra se corría casi otra vez, lo sentí en cómo se le tensaban los muslos contra mis mejillas, en el temblor fino de su vagina alrededor de mi lengua. Pero la detuve un segundo, respirando contra su carne caliente.
—No todavía —susurré—. Quiero que me lo devuelvas primero. Quiero tu boca en mí mientras sigo oliéndote.
La levanté, la giré y la besé con la cara todavía brillante de sus jugos. Ella chupó mi lengua con avidez, saboreándose a sí misma, y me empujó hacia una tumbona reclinable que había a unos pasos, semioscura. Me tumbó de espaldas. El plástico frío me tocó la piel desnuda de los muslos cuando me alzó el vestido hasta el pecho. Petra se trepó encima, se bajó el escote del todo y me ofreció los pechos. Yo los agarré, pesados y calientes, y le chupé un pezón con fuerza mientras ella me abría las piernas de una patada suave.
—Ahora te toca a ti quedarte quieta —dijo ella, la voz baja, confesional, casi temblando—. Voy a chuparte estos pezones hasta que grites y después te voy a follar el coño con los dedos y la lengua al mismo tiempo. Quiero que nos corramos juntas. Quiero sentirte apretar mientras yo me corre en tu muslo.
Me chupó el pezón derecho primero: lengua caliente, dientes rozando, succión profunda que me llegó directo al clítoris. Yo me arqueé, agarrándole el pelo. Cambió al izquierdo, lo lamió en círculos y lo mordió lo justo para que un hilo de placer-dolor me recorriera el vientre. Mientras tanto su mano bajó, me abrió los labios empapados y metió dos dedos de golpe, profundos, curvados hacia arriba, follándome con embestidas cortas y precisas. El sonido era obsceno, chapoteante. Mi coño se cerraba alrededor de ellos, chupándolos, y yo movía las caderas al ritmo.
—Más… así… no pares de follarme —jadeé—. Tus dedos se sienten tan gruesos… me tienes tan abierta.
Petra bajó la boca por mi vientre, besando, mordiendo la piel blanda, hasta llegar a mi clítoris. Sin sacar los dedos, lo atrapó con la lengua y empezó a frotarlo en círculos rápidos y firmes mientras me penetraba sin piedad. Dos dedos entrando y saliendo, el pulgar a veces ayudando a abrir más, la lengua plana aplastando mi clítoris hinchado. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y la apreté contra mi coño, frotándome la cara de ella, ensuciándola.
—Lámeme… chúpame el coño… voy a correrme en tu boca, Petra… joder, sí…
Ella gimió contra mí, el sonido vibrándome el clítoris, y aceleró. Los dedos iban más rápido, más hondos, buscando ese punto esponjoso que me hacía ver blanco. Yo metí una mano entre sus piernas —estaba arrodillada a horcajadas sobre mi muslo— y le encontré el coño goteando otra vez. Le metí dos dedos también, sin aviso, y empecé a follarla al mismo ritmo que ella me follaba a mí. Su clítoris lo froté con el pulgar, duro, resbaladizo.
Petra levantó la cabeza un segundo, los labios hinchados y brillantes de mi jugo, los ojos oscuros de deseo.
—Así… fóllame también… quiero correrme contigo… ahora…
Volvió a mi coño con más hambre todavía: lengua, labios, dedos trabajando juntos. Yo le devolvía cada embestida, metiéndole los dedos hasta el fondo, sintiendo cómo se le contraía alrededor. El placer subía como una ola gruesa, inevitable. Mis pezones dolían de lo duros que estaban; el aire salado me los rozaba cada vez que respiraba entrecortada. Petra chupó mi clítoris con fuerza una última vez y yo sentí el orgasmo romper.
—Me corro… me estoy corriendo… Petra, júntate…
Ella gritó contra mi coño al mismo tiempo que su vagina me apretó los dedos en espasmos violentos. El orgasmo nos golpeó juntas, intenso, simultáneo: yo echando jugo caliente sobre su lengua y su barbilla, ella mojándome la mano y el muslo con oleadas rítmicas. Jadeábamos, lamiéndonos sin parar ni en medio del temblor —yo lamiéndole los dedos que me sacaba de dentro para chuparlos, ella volviendo a mi clítoris hipersensible para recoger hasta la última gota. El deseo salvaje no bajaba; nos frotábamos las caras, nos besábamos con bocas llenas del sabor de la otra, cuerpos todavía convulsionando en la tumbona.
Cuando el temblor principal pasó, seguimos lamiéndonos despacio, como animales que no quieren soltar la presa. Petra subió a besarme, compartiendo el sabor amargo y dulce de mis propios jugos mezclados con los suyos. Me susurró contra los labios, todavía dentro de mí con un dedo perezoso:
—No es suficiente. Quiero más. Quiero que me montes la cara en tu camarote. Quiero despertar con tu coño en mi boca mañana. Dime que sí, Nadia. Confiesa que esta cubierta solo ha sido el principio.
Le mordí el labio inferior y le metí la lengua otra vez, saboreando el desastre que éramos. El barco seguía avanzando en la noche y yo supe, con los dedos todavía resbaladizos y el coño palpitando, que lo que venía después nos iba a dejar sin voz.
Después de recuperar el aliento seguíamos enredadas en la tumbona, el pecho de Petra subiendo y bajando contra el mío, su aliento caliente y salado en mi cuello. El orgasmo nos había dejado temblando, los muslos resbaladizos, el coño de cada una todavía palpitando con ecos suaves. Yo le acaricié el pelo pegado a la sien, recogiendo con los dedos el sudor y un poco de mi propio jugo que le brillaba en la mejilla. Ella levantó la cara despacio y me buscó la boca. El beso fue distinto: ya no el hambre desesperada de antes, sino algo más lento, labios entreabiertos que se rozaban, lenguas que se tocaban apenas, como si confesáramos en silencio que lo que acababa de pasar nos había abierto más de lo que esperábamos.
—Tu sabor me va a perseguir toda la noche —susurró ella contra mis labios, la voz ronca y confesional—. No quiero que termine aquí, Nadia. Quiero llevarte a un sitio donde pueda oírte gemir sin el viento y sin miedo a que alguien pase.
Asentí, todavía con los dedos entrelazados en su nuca. El barco avanzaba suave; las luces del puente brillaban lejos y la cubierta superior seguía vacía, solo el chapoteo del Mediterráneo negro abajo. Me incorporé un poco, acomodándole el vestido para cubrirle los pechos que yo misma había sacado, y ella me bajó la falda con manos torpes y cariñosas. Nos miramos. Sus ojos estaban oscuros, brillantes de deseo residual y de algo más tierno.
—Mi camarote —dije—. El mío está al lado del tuyo. Nadie nos va a molestar. Quiero quitarte todo lo que queda de ropa con calma. Quiero lamerte otra vez, pero despacio, hasta que amanezca si hace falta.
Petra sonrió, esa sonrisa salvaje y dulce que ya me conocía el estómago. Se puso de pie primero, me tendió la mano y me levantó. Nuestros dedos se engancharon al instante; no nos soltamos. Caminamos juntas por la cubierta, el viento fresco secándonos un poco la piel húmeda entre las piernas, el olor a sexo y a mar mezclado en el aire que nos rodeaba. Cada paso hacía que mis labios inferiores se rozaran y me recordaran lo abierta que seguía, lo mucho que todavía quería. Ella apretó mi mano.
—En el pasillo me vas a tener que soltar un segundo —murmuró, casi riendo bajo—. Pero en cuanto cerremos la puerta… Nadia, te juro que te voy a montar la cara hasta que no puedas hablar. Quiero despertar con tu coño en mi boca. Quiero que me folles con los dedos mientras te chupo los pezones. Toda la noche. Hasta que el sol entre por el portillo y nos pille todavía empapadas.
El calor me subió otra vez por el vientre. Bajamos las escaleras de metal, los pies descalzos casi silenciosos, las manos todavía unidas cuando no había nadie mirando. En el pasillo de los camarotes el aire acondicionado nos golpeó frío y yo sentí cómo se me erizaban los pezones bajo el vestido arrugado. Llegamos a mi puerta. Saqué la tarjeta con la mano libre, la pasé y empujé. En cuanto estuvimos dentro y el pestillo hizo clic, Petra me empujó contra la pared y me besó otra vez, esta vez con la lengua más profunda, saboreando el resto de nosotros dos. Le bajé el vestido del todo; cayó al suelo como una mancha blanca. Ella estaba desnuda debajo, los pechos pesados, el coño aún brillante y hinchado entre los muslos. Yo me quité el mío también, sin prisa, dejando que me mirara.
La cama era grande, sábanas blancas todavía perfectas. La guié hasta allí y nos tumbamos de lado, cara a cara, piernas entrelazadas. Mis dedos bajaron por su espalda, palma abierta sobre el culo, y la acerqué hasta que su monte se pegó al mío. El roce fue eléctrico: clítoris contra clítoris, húmedo, caliente. Petra gimió bajo y movió la cadera en un círculo lento.
—Así —confesé al oído, la voz temblando un poco—. Quiero frotarme contra ti hasta correrme otra vez, despacio. Y después quiero que te sientes en mi cara. Quiero que me ahogues con tu coño mientras me tocas los pechos. Dime que sí. Dime que vamos a hacerlo toda la noche.
—Sí —respondió ella, y me besó el cuello, la clavícula, bajando hasta un pezón que chupó con suavidad al principio y luego con más hambre—. Vamos a explorarnos hasta el amanecer. Cada pliegue, cada gota. Quiero saber cómo te sabe el coño cuando ya te has corrido tres veces. Quiero meter la lengua en tu culo también, si me dejas. Quiero que me digas todo lo que te gusta mientras te lo hago.
Me dejé caer de espaldas y ella se trepó encima, a horcajadas sobre mi muslo primero, frotándose, dejando un rastro caliente y resbaladizo en mi piel. Luego subió más, se arrodilló a ambos lados de mi cabeza y bajó despacio. El olor me golpeó de nuevo, más intenso en el cuarto cerrado: salado, dulce, espeso de las corridas anteriores. Abrí la boca y la recibí. Su coño se posó sobre mi lengua y yo lamió de abajo arriba, lenta, recogiendo todo lo que goteaba. Petra se apoyó en el cabecero y empezó a moverse en mi cara, corta, controlada, frotándose el clítoris contra mi nariz y mis labios. Yo le agarré el culo con las dos manos y la abrí más, metiendo la lengua lo más hondo que pude, chupando, bebiendo.
—Joder, Nadia… tu lengua… así, más profundo… me estás abriendo otra vez —jadeó ella, la voz rota de placer—. Me voy a correr en tu boca otra vez. Quiero que lo tragues todo. Y después te lo devuelvo. Te voy a lamer hasta que tiembles y me pidas que pare… pero no voy a parar.
La follé con la lengua mientras con un dedo le rodeaba la entrada del culo, solo rozando, preguntando. Ella empujó hacia atrás, aceptando, y yo metí la yema apenas, sintiendo cómo se le contraía todo. Su clítoris lo atrapé entre los labios y lo succioné al ritmo de sus caderas. El cuarto se llenó del sonido húmedo de mi boca y de sus gemidos ahogados. Cuando se corrió fue con un temblor largo que me mojó la barbilla y el cuello; tragué lo que pude, lamiendo hasta que el espasmo bajó.
Petra se deslizó hacia abajo, me besó con la boca llena de su propio sabor y bajó entre mis piernas sin darme tiempo a recuperarme del todo. Me abrió con los pulgares y me lamió como había prometido: despacio al principio, lengua plana, saboreando cada pliegue, el clítoris hinchado, la entrada todavía sensible. Metió dos dedos y los curvó, buscándome ese punto que me hacía arquear la espalda. Yo le agarré el pelo y moví las caderas contra su cara, confesándole entre jadeos todo lo que sentía.
—Más… chúpame ahí… tus dedos se sienten tan bien… me tienes tan abierta, Petra… voy a mojarte la cara otra vez… no pares, por favor no pares…
Ella no paró. Me chupó el clítoris con ritmo firme mientras me follaba con los dedos, y cuando el orgasmo me subió fue una ola gruesa que me sacudió entera. Grité su nombre, apreté sus dedos dentro, eché jugo caliente que ella lamió sin asco, sin prisa, recogiendo cada gota. Después subió otra vez, se tumbó a mi lado y nos abrazamos, piernas enredadas, manos perezosas acariciando espaldas y culos y pechos todavía sensibles.
El aliento se nos fue normalizando poco a poco. Nos besamos suave, labios hinchados, lenguas perezosas que se encontraban y se separaban. Fuera, el barco seguía su ruta nocturna; dentro, el aire olía solo a nosotras.
—Esto es solo el principio —murmuré contra su boca, la voz baja, confesional del todo—. Mañana por la mañana te quiero otra vez. Y pasado. Toda la semana. Quiero que estas vacaciones sean solo esto: tu coño, mi boca, tus dedos, mi cama. Hasta el amanecer de cada día si hace falta.
Petra asintió, la mejilla pegada a mi pecho, un dedo trazando círculos lentos alrededor de mi pezón.
—Hasta el amanecer —repitió—. Y después del desayuno. Y en la ducha. Y otra vez en la cubierta si queremos. Esta primera noche… solo ha sido el comienzo de algo mucho más caliente, Nadia. Lo sé. Lo siento aquí —y me puso la mano abierta sobre el vientre, justo encima del coño que todavía latía suave.
Nos quedamos así, piel contra piel, el sudor enfriándose despacio, los cuerpos pesados y satisfechos por ahora. El portillo mostraba un trozo de cielo negro. Yo le acaricié el pelo y cerré los ojos un segundo, sabiendo que en cuanto recuperáramos del todo el aliento volveríamos a movernos, a lamiarnos, a abrirnos la una a la otra otra vez. Pero en ese instante exacto, en la penumbra del camarote, con su respiración sincronizada con la mía y el sabor de las dos todavía en la lengua, el mundo se redujo a eso: el calor compartido, la promesa muda de más, el barco avanzando hacia un horizonte que ya no nos importaba.
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