Descubriendo a mi Flirteo Anónimo en la Pared de Escalada
Colette, de 28 años, confiesa a Bruno y Desmond que es su admiradora anónima y los tres se follan salvajemente en la sala de escalada.
Colette, una escaladora de 28 años con el cuerpo endurecido por años de rutas exigentes y competiciones locales, se impulsaba con precisión sobre la pared de boulder. Sus leggings negros se pegaban a sus muslos tonificados como una segunda piel, marcando la curva firme de su culo cada vez que flexionaba las piernas. El top deportivo, empapado de sudor, se adhería a sus pechos generosos, dejando entrever los pezones endurecidos por el esfuerzo y la excitación que ya empezaba a recorrerla. A pocos metros, Bruno, de 32 años, ingeniero de estructuras que canalizaba su fuerza bruta en cada agarre, la observaba con esa sonrisa torcida que llevaba semanas volviéndola loca. Desmond, de 30 años, fotógrafo freelance cuya mirada penetrante capturaba tanto paisajes como los detalles más sucios de la vida, escalaba a su lado con movimientos fluidos, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia el culo de Colette cada vez que ella se estiraba.
El gimnasio olía a magnesio, sudor y esa electricidad que se había ido acumulando durante semanas. Todo había empezado con las primeras notas. Colette las escribía en casa, con el coño ya mojado solo de imaginar sus reacciones, y las dejaba escondidas entre los agarres o pegadas con cinta en la base de la pared: “Tu admiradora anónima se toca pensando en cómo sudas. Quiero lamer cada gota de tu polla después de que escales”. “Esta noche me he corrido imaginando que me follabais los dos contra esta misma pared”. Firmadas siempre igual. Al principio Bruno y Desmond bromeaban en voz alta, especulando quién de las chicas habituales era la autora. Colette se unía a las risas, flirteando sin pudor: “Quien sea debe tener el coño empapado solo de veros. ¿No os pone duros leer eso?” El aire entre los tres se había vuelto espeso, cargado de miradas que duraban demasiado, roces “accidentalmente” prolongados al pasarse el talco y comentarios cargados que ya no eran inocentes.
Esa noche el gimnasio había quedado vacío. Las luces principales estaban apagadas, solo quedaban las de emergencia y el foco que iluminaba su zona de boulder. Los tres se habían quedado “para entrenar un poco más”, pero todos sabían que era una excusa. Bruno sacó del bolsillo de su mochila una nota nueva, la más explícita hasta ahora. La sostuvo en alto mientras Desmond se colocaba al lado de Colette, acorralándola sin tocarla todavía.
—Esta dice: “Quiero vuestras dos pollas gruesas abriéndome el coño y el culo al mismo tiempo. Quiero gritar mientras me corréis por dentro. Vuestra admiradora anónima está lista para que la uséis esta noche”. —Bruno la miró fijamente, la voz ronca—. Colette… somos nosotros los que encontramos todas. Y las dos últimas tienen tu letra. Admítelo.
Desmond se acercó más, su aliento cálido rozando el oído de ella.
—Llevamos semanas con la polla dura por tu culpa. Si eres tú, dilo ahora. Porque si lo eres… ya no vamos a seguir fingiendo.
Colette sintió que el calor le subía por el vientre como lava. Su coño se contrajo, mojando aún más las bragas ya empapadas. Levantó la barbilla, mirándolos con descaro total, sin una pizca de vergüenza.
—Sí. Soy yo. He sido yo desde la primera nota. Me ponía cachonda escribiéndolas, imaginando cómo se os ponía la polla al leerlas, cómo me miraríais después sin saber. Y sí, quiero que me folléis los dos. Juntos. Esta misma noche. Quiero ser el centro de vuestro trío salvaje. Quiero que me uséis, que me llenéis, que me hagáis gritar hasta que me tiemblen las piernas. Aquí. Ahora. Sin piedad.
Las palabras cayeron como gasolina sobre brasas. Los tres se quedaron quietos un segundo, respiraciones agitadas, miradas hambrientas. Luego Bruno la empujó contra la colchoneta gruesa con un gruñido. Su boca chocó contra la de Colette en un beso brutal, lengua invadiendo, mordiendo su labio inferior mientras sus manos grandes subían bajo el top y atrapaban sus tetas, pellizcando los pezones con fuerza. Colette gimió alto, arqueándose. Desmond se arrodilló a su lado, bajándole los leggings de un tirón junto con las bragas, exponiendo su coño depilado, hinchado y brillando de jugos.
—Joder, mira cómo chorrea —gruñó Desmond, metiendo dos dedos de golpe en su interior caliente y resbaladizo—. Llevas semanas mojada por nosotros, ¿verdad, zorra anónima?
—Sí… sí, joder —jadeó Colette mientras Bruno le retorcía un pezón, enviando descargas directas a su clítoris—. Quiero vuestras pollas. Quiero que me follen el coño, la boca y el culo. Quiero que me dobleis, que me uséis como vuestra puta particular.
Bruno le quitó el top por completo. Sus tetas rebotaron libres. Él se inclinó y mordió uno de los pezones mientras Desmond añadía un tercer dedo, follándola con ritmo brutal, el sonido húmedo y obsceno llenando la sala vacía. Colette se retorcía entre ellos, gimiendo sin control, las caderas moviéndose solas para follarse los dedos de Desmond. El placer era intenso, crudo. Sentía cómo su coño apretaba, cómo el orgasmo ya amenazaba solo con sus manos y bocas.
—Los dos me queréis igual de cachonda —susurró ella entre gemidos—. Y yo quiero ser vuestra esta noche. Completamente.
Sin más palabras, la pusieron de rodillas sobre la colchoneta. Las pollas de Bruno y Desmond salieron libres: gruesas, venosas, cabezas hinchadas y brillantes de precum. Colette las miró con hambre real. Primero tomó la de Bruno, abriendo la boca todo lo que pudo para tragársela hasta la garganta. Él la agarró del pelo y empezó a follarle la cara con embestidas profundas, haciendo que babeara y gorgotease. Desmond le golpeaba la mejilla con su polla, esperando turno.
—Así, buena puta. Chúpala bien. Llevamos semanas queriendo follarte esa boca sucia que escribía las notas —gruñó Bruno.
Cambió. Ahora era la polla de Desmond la que le invadía la garganta mientras Bruno se masturbaba, mirando cómo se le llenaban los ojos de lágrimas de placer. Colette se sentía usada, deseada, poderosa. Su coño goteaba sobre la colchoneta.
La levantaron y la colocaron a cuatro patas. Bruno se arrodilló detrás y, sin preámbulos, metió toda su polla gruesa en su coño de un solo golpe brutal. Colette gritó de puro placer, sintiendo cómo la estiraba hasta el fondo. Al mismo tiempo Desmond le volvió a llenar la boca, follándola por ambos extremos con ritmo salvaje. Los dos hombres gemían, manos apretando sus caderas y su pelo, usándola sin piedad.
—Tu coño es perfecto… tan apretado, tan mojado —jadeó Bruno mientras la embestía con fuerza, sus huevos golpeando contra ella.
Camb iaron. Desmond tomó su coño, follándola aún más rápido, mientras Bruno le metía la polla hasta el fondo de la garganta. Luego llegó el momento que Colette más había fantaseado. Desmond se tumbó y ella se sentó sobre él, empalándose en su polla hasta que sus huevos quedaron pegados a su culo. Bruno se colocó detrás, escupió sobre su ano y empujó. El dolor y el placer se mezclaron cuando su polla gruesa abrió su culo centímetro a centímetro hasta que ambos la llenaron por completo.
—¡Sí! ¡Me estáis partiendo! ¡Folladme más fuerte! —gritó Colette, la voz rota de éxtasis.
Empezaron a moverse. Primero despacio, luego con fuerza animal. Uno salía mientras el otro entraba, doble penetrándola sin descanso. El placer era abrumador. Colette sentía cada vena, cada latido dentro de ella. Sus orgasmos llegaron uno tras otro, contrayendo su coño y su culo alrededor de las dos pollas que la destruían de placer. Cambiaron de nuevo: ahora ella cabalgaba a Desmond en cowgirl mientras Bruno la follaba el culo desde atrás, sujetándola por las tetas, pellizcando, mordiendo su hombro. La doble cowgirl era sucia, sudorosa, perfecta. Los tres cuerpos chocaban con fuerza, gemidos y palabrotas llenando la sala.
Bruno fue el primero en correrse, hundido hasta el fondo en su culo, gruñendo mientras disparaba chorros calientes de semen dentro de ella. Desmond, sintiendo las contracciones, se corrió también, inundando su coño con su leche espesa. Colette temblaba entre ellos, llena, goteando, el cuerpo marcado por sus manos y sus dientes.
Pero cuando los tres se separaron apenas unos centímetros, todavía jadeando, Colette levantó la mirada. Tenía semen escapando de su coño y de su culo, los labios hinchados, los ojos brillantes de lujuria insaciable. Pasó la lengua por sus labios y susurró con voz ronca:
—Esto no se acaba aquí, chicos. Todavía no he tenido suficiente. Hay muchas horas de noche por delante… y quiero que me folléis en cada rincón de esta sala hasta que no pueda caminar mañana.
Los dos hombres se miraron, las pollas todavía medio duras, el deseo lejos de apagarse. La tensión seguía allí, más caliente que nunca, prometiendo que la noche apenas había empezado.
Colette se pasó la lengua por los labios hinchados, saboreando todavía el residuo salado de sus pollas y el propio gusto de su coño mezclado con semen. El líquido espeso escapaba de su ano y su coño en lentos regueros que le bajaban por los muslos temblorosos, pero en lugar de saciarla, esa sensación viscosa solo la ponía más perra. Sentía el pulso latiéndole en el clítoris, hinchado y dolorido de tanto correrse, y sus pezones seguían duros como piedras bajo la luz fría de las lámparas de emergencia.
—Quiero que me folléis contra la pared de verdad —dijo con voz rota pero firme, mirando a Bruno y a Desmond con los ojos entornados de pura hambre—. Como en las notas que os dejé. Quiero escalar mientras me partís el coño y el culo. Que mis brazos tiemblen de esfuerzo y de polla al mismo tiempo.
Bruno, el ingeniero de treinta y dos años cuya fuerza bruta siempre la había hecho fantasear, soltó una risa baja y peligrosa. Su polla ya volvía a endurecerse, gruesa y venosa, golpeando contra su muslo mientras se acercaba. Desmond, el fotógrafo de treinta años que capturaba con la mirada cada detalle sucio, se pasó el dorso de la mano por la boca y asintió.
—Pues sube, zorra anónima. Muéstranos cómo te agarras a esos holds mientras te rellenamos.
Colette caminó descalza sobre la colchoneta hasta la pared de boulder. El olor a magnesio se mezclaba con el hedor espeso de sudor, coño y semen que ya impregnaba el aire. Colocó las manos en dos agarres grandes, uno rosa y otro negro, separó las piernas y arqueó la espalda ofreciéndoles el culo marcado por las huellas rojas de las manos de Bruno. Sus músculos dorsales se tensaron, los hombros definidos por años de rutas duras se marcaron bajo la piel sudorosa. Sentía cada gota de semen bajando por su raja, lubricándola para lo que venía.
Bruno fue el primero. Se pegó a ella por detrás, el pecho ancho contra su espalda, y frotó la cabeza gruesa de su polla entre sus labios hinchados. Sin aviso metió dos dedos en su coño, removiendo el semen que Desmond le había dejado dentro, y luego los subió hasta su ano, untándolo bien. Colette jadeó y apretó los agarres con más fuerza.
—Estás chorreando nuestra leche, Colette. Joder, qué vista más guarra —gruñó Bruno antes de empujar su polla de un solo golpe hasta el fondo de su coño.
El grito de ella reverberó en la sala vacía. La invasión fue brutal; la polla de Bruno la estiraba hasta el límite, frotando cada terminación nerviosa mientras sus huevos golpeaban contra su clítoris hinchado. Sus brazos temblaron inmediatamente, no solo por el esfuerzo de sujetarse sino por las oleadas de placer que le subían por la columna. Desmond se colocó a su izquierda, agarrándole una teta con fuerza y pellizcándole el pezón hasta que ella gimió más alto.
—Sigue agarrada. No te sueltes, aunque te corras —le ordenó Desmond, y le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras Bruno empezaba a follarla con embestidas profundas y lentas, casi crueles.
Colette obedeció. Sus pensamientos eran un torbellino: «Esto es exactamente lo que imaginaba cuando escribía esas notas en casa, con el coño palpitando y los dedos empapados. Sus pollas son más gruesas, más calientes, más reales. Me están usando como un agujero en la pared de escalada y me encanta». El placer era tan intenso que sus piernas empezaron a flaquear. Bruno aceleró, follándola con golpes secos que hacían que sus tetas rebotaran y sus nudillos se pusieran blancos sobre los agarres.
—Más fuerte… rómpeme el coño contra la pared —suplicó entre dientes, la voz entrecortada por los jadeos.
Bruno soltó una risa ronca y obedeció. Sus caderas chocaban contra el culo firme de Colette con un sonido húmedo y obsceno, slap-slap-slap, mientras Desmond le tiraba del pelo para que girara la cabeza y le comiera la boca en un beso sucio, lleno de lengua y saliva. El fotógrafo le susurró contra los labios:
—Todas esas notas… «Quiero que me folléis hasta que grite». Pues grita, puta. Quiero oír cómo se te rompe la voz.
Y ella gritó cuando el primer orgasmo de esta segunda ronda la atravesó. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Bruno, expulsando una mezcla de jugos y semen que salpicó el muslo del hombre. Sus brazos ardían, los hombros le quemaban por el esfuerzo de mantenerse colgada mientras se corría, pero eso solo hacía que el placer fuera más sucio, más profundo. Bruno no se detuvo; siguió follándola a través del orgasmo, alargándolo hasta que Colette pensó que se desmayaría.
Desmond no esperó más. Le dio una palmada fuerte en la cara interna del muslo y le ordenó que bajara un momento. Colette soltó los agarres con las manos temblorosas y se giró, respirando agitada. Los dos hombres la miraban como si fuera una presa. Desmond se tumbó sobre la colchoneta justo al pie de la pared y señaló su polla tiesa, brillante de precum.
—Siéntate encima. Quiero sentir cómo ese coño usado me traga entero mientras Bruno te abre el culo otra vez.
Colette no lo pensó dos veces. Se colocó a horcajadas sobre Desmond, agarró su polla y se empaló de un golpe, gimiendo al sentir cómo la estiraba de nuevo. Sus jugos y el semen anterior facilitaron la entrada, pero seguía siendo una invasión deliciosamente brutal. Apoyó las manos en el pecho de Desmond y empezó a cabalgarlo con movimientos circulares y profundos, sus tetas bamboleándose frente a su cara. El fotógrafo las atrapó con la boca, mordiendo un pezón con fuerza suficiente para hacerla gritar.
Bruno se arrodilló detrás de ella. Escupió generosamente sobre su ano ya dilatado y presionó la cabeza de su polla contra el agujero fruncido. Colette se quedó quieta un segundo, respirando hondo, sintiendo cómo el esfínter cedía centímetro a centímetro hasta que Bruno la penetró hasta los huevos. El doble relleno era abrumador. Se sentía completamente llena, partida en dos, con las dos pollas gruesas separadas solo por una fina membrana dentro de su cuerpo.
—Dios… me estáis partiendo —jadeó, echando la cabeza hacia atrás. El sudor le corría por la espalda y entre las tetas.
Empezaron a moverse. Primero con ritmo alterno: cuando Desmond salía, Bruno entraba, y viceversa. Luego aceleraron, follándola al unísono, haciendo que su cuerpo se sacudiera entre ellos. Colette volvió a agarrarse a dos holds de la pared que tenía justo encima para mantener el equilibrio. Sus brazos volvían a arder, los músculos temblando por el esfuerzo, pero eso solo intensificaba cada sensación. Sentía cada vena de sus pollas, el calor de sus cuerpos, el sudor que los unía.
—Sois exactamente como os imaginaba… dos machos fuertes follándome como animales —gimió ella, perdida en el placer—. Me corro otra vez… joder, me corro…
El orgasmo la golpeó con más fuerza que el anterior. Su coño y su ano se contrajeron al mismo tiempo, ordeñando las dos pollas con espasmos violentos. Un chorro caliente salió de su coño, salpicando el abdomen de Desmond. Estaba squirteando, algo que rara vez le pasaba, y el líquido salía con cada embestida. Los dos hombres gruñeron al sentirlo.
—Hostia, está chorreando como una fuente —rio Bruno, acelerando sus embestidas en su culo hasta que el sonido se volvió brutal.
Desmond le agarró las caderas con fuerza, clavándole los dedos y follándola desde abajo con todo su poder. Colette ya no podía pensar con claridad. Solo existían las pollas que la destruían, el dolor delicioso de sus brazos agarrotados, el semen que aún quedaba dentro de ella y que ahora salía mezclado con sus propios fluidos. Otro orgasmo la atravesó, más corto pero más intenso, haciendo que sus piernas patearan sin control.
Bruno fue el primero en correrse esta vez. Hundió la polla hasta el fondo en su ano y rugió, disparando chorros calientes y espesos que llenaron su recto hasta desbordarse. El calor la hizo gemir como una loca. Desmond, sintiendo las contracciones y el semen de su amigo filtrándose, no aguantó más. Empujó hacia arriba con fuerza y se vació en su coño con gruñidos guturales, inundándola de nuevo.
Durante casi un minuto los tres se quedaron unidos, jadeando, temblando. Colette sentía cómo las pollas palpitaban dentro de ella, cómo su propio cuerpo seguía teniendo pequeñas réplicas de placer. Cuando por fin se separaron, un río de semen blanco y espeso brotó de sus dos agujeros y cayó sobre la colchoneta y el pecho de Desmond. Ella se dejó caer hacia un lado, respirando con dificultad, el cuerpo cubierto de sudor, marcas de mordiscos y semen.
Pero sus ojos seguían brillando con la misma lujuria insaciable. Se incorporó sobre un codo, pasó dos dedos por su coño destruido, recogió una buena cantidad de semen mezclado y se lo metió en la boca, chupándolos con deleite mientras los miraba.
—Aún no. Ni de coña —dijo con voz ronca, lamiéndose los labios—. Hay una ruta más alta en esa pared… y quiero que me folléis allí arriba. Quiero que uno de vosotros me coma el coño mientras el otro me sujeta desde atrás. Y después… quiero que me atéis las muñecas con la cinta de magnesio y me uséis como un puto columpio sexual.
Bruno se pasó la mano por la polla todavía goteante, endureciéndose visiblemente otra vez. Desmond se incorporó, el pecho subiendo y bajando, y miró hacia la parte más alta de la pared de boulder con una sonrisa oscura.
—Pues sube, admiradora anónima. La noche es larga y tu coño y tu culo todavía no han tenido suficiente castigo.
Colette se puso de pie con las piernas temblorosas, sintiendo cómo más semen le bajaba por los muslos. El ardor en sus agujeros era delicioso, la promesa de más dolor y más placer latía en cada célula de su cuerpo. Caminó hacia la siguiente sección de la pared, eligiendo ya los primeros agarres con manos expertas pero temblorosas, sabiendo que en cuanto empezara a subir, las dos pollas volverían a reclamarla sin piedad. El juego apenas acababa de volverse más salvaje, y ella no quería que terminara nunca.
Colette clavó los dedos en el primer agarre grande, un volumen azul rugoso que le ofrecía buen apoyo, y levantó la pierna derecha hasta enganchar la punta del pie en un pequeño borde negro. El semen que aún escapaba de su coño y su ano trazaba líneas calientes por el interior de sus muslos tonificados, goteando sobre la colchoneta con cada movimiento. A sus veintiocho años, escaladora veterana de competiciones locales, nunca había sentido los músculos tan vivos y al mismo tiempo tan sometidos. El ardor en los hombros se mezclaba con el palpitar constante de su clítoris hinchado, y cada respiración le recordaba el sabor salado de las pollas que acababa de tragarse.
Bruno, el ingeniero de treinta y dos años cuya fuerza bruta siempre la había hecho mojarse en secreto, se colocó justo debajo de ella. Sus manos grandes subieron por las pantorrillas de Colette hasta apretarle las nalgas con posesión absoluta.
—Sigue subiendo, zorra. Quiero verte temblar mientras te como el coño desde abajo —gruñó, y sin esperar respuesta enterró la cara entre sus piernas abiertas.
La lengua de Bruno fue directa, ancha y áspera, lamiendo desde el clítoris hinchado hasta el ano dilatado que aún chorreaba su propia leche. Colette soltó un gemido gutural y apretó los agarres con más fuerza. El contraste era brutal: el esfuerzo de mantener el peso de su cuerpo contra la pared mientras aquella boca devoraba los restos de semen y sus propios jugos. Sentía la barba incipiente de Bruno raspándole los labios vaginales, la lengua follándola con movimientos cortos y precisos, succionando el clítoris como si quisiera arrancarle otro orgasmo a la fuerza.
—Joder… Bruno… así, lámeme toda… —jadeó ella, la voz ya ronca de tanto gritar.
Desmond, el fotógrafo freelance de treinta años, subió dos metros a su izquierda con la agilidad de quien pasa horas capturando movimiento. Se pegó a su costado, una mano sujetándola por la cintura para estabilizarla y la otra bajando hasta meter dos dedos gruesos en su coño empapado. El sonido obsceno de los dedos removiendo el semen acumulado llenó la sala vacía.
—Estás hecha un desastre, admiradora anónima. Mira cómo goteas nuestra corrida mientras intentas escalar. ¿Esto es lo que imaginabas cuando escribías esas notas con el coño chorreando en casa?
Colette asintió con la cabeza, los dientes apretados. Sus brazos comenzaban a arder de verdad, los deltoides y trapecios tensos al límite. El placer subía por su vientre en oleadas calientes cada vez que la lengua de Bruno presionaba contra su ano y los dedos de Desmond curvaban dentro de ella buscando ese punto que la volvía loca. Sintió cómo otro orgasmo se formaba rápido, casi violento.
—No pares… me voy a correr… ¡me corro, joder!
Sus piernas se sacudieron sin control. El chorro caliente salió de su coño salpicando la cara de Bruno, quien solo gruñó más fuerte y siguió lamiendo, tragándose todo. Colette gritó, el eco rebotando en las paredes del gimnasio desierto. Sus nudillos se pusieron blancos sobre los agarres. Desmond sacó los dedos y se los metió en la boca a ella para que los limpiara.
—Buena puta. Ahora te vamos a follar de verdad aquí arriba.
La bajaron apenas un metro, lo suficiente para que sus pies tocaran un gran volumen que le sirviera de apoyo. Bruno se colocó detrás de ella, la polla otra vez completamente dura, gruesa y venosa, y la empaló en el coño de un solo empujón brutal. Colette arqueó la espalda, sintiendo cada centímetro abrirla de nuevo. Desmond se puso delante, agarrándole el pelo con una mano y metiéndole la polla en la boca hasta el fondo de la garganta. Durante varios minutos la follaron así, suspendida contra la pared, uno por el coño y otro por la boca, sus cuerpos chocando con fuerza mientras ella se sujetaba como podía.
Los gemidos de Colette quedaban ahogados alrededor de la polla de Desmond. Sentía las lágrimas de placer correr por sus mejillas, la saliva babeando por su barbilla y cayendo sobre sus tetas que rebotaban con cada embestida. Bruno le daba palmadas fuertes en el culo, dejando marcas rojas que ardían deliciosamente.
—Esto es mejor que cualquiera de tus notas —gruñó Bruno sin dejar de follarla—. Tu coño aprieta como si quisiera partirme la polla. ¿Quieres que te abra el culo otra vez mientras sigues colgada?
Colette solo pudo gemir afirmativamente alrededor de la verga que le follaba la cara. Cuando Desmond se apartó para dejarla respirar, ella escupió una mezcla espesa de saliva y precum y suplicó con voz rota:
—Sí… metédmela en el culo también. Quiero las dos pollas otra vez. Quiero que me partáis mientras escalo.
Cambió de postura con esfuerzo. Apoyó un pie más alto, separando las piernas todo lo posible. Bruno escupió generosamente sobre su ano ya abierto y empujó. El grosor de su polla la abrió centímetro a centímetro hasta que sus huevos quedaron pegados a ella. Colette sintió que se rompía de placer. Desmond se colocó debajo, medio trepado también, y metió su polla en el coño ya ocupado. La doble penetración en esa posición inestable era salvaje. Sus brazos temblaban violentamente, los músculos al límite del fallo, pero cada vez que pensaba que iba a soltarse, uno de ellos la sujetaba por las caderas o por las tetas y la follaba más fuerte.
Los tres jadeaban como animales. El slap-slap-slap húmedo de la carne contra carne resonaba junto con los gemidos y las palabrotas.
—Más profundo… rompédme los dos agujeros… soy vuestra puta de la pared —suplicaba Colette entre sollozos de placer.
Sus orgasmos llegaban en cadena. Primero uno pequeño que la hizo contraerse alrededor de ambas pollas, luego uno más grande que la dejó sin aliento y squirteando otra vez, el líquido caliente corriendo por las piernas de Desmond. Los dos hombres se turnaban para susurrarle al oído lo zorra que era, cómo habían fantaseado con destruirla después de cada nota encontrada, cómo su coño y su culo eran ahora de ellos para usar cuando quisieran.
Después de que Bruno se corriera por segunda vez, inundándole el recto con chorros espesos y calientes que desbordaron inmediatamente, la bajaron. Colette apenas se sostenía en pie. Sus piernas eran gelatina, el semen brotaba de ella en regueros constantes, pero sus ojos seguían brillando con esa hambre insaciable que los volvía locos.
—No hemos terminado —dijo con la voz destrozada, pasándose el antebrazo por la boca—. Dijisteis que me ibais a atar.
Desmond sonrió con esa mirada oscura de fotógrafo que ya estaba imaginando cada detalle sucio. Agarró la cinta ancha de magnesio que usaban para los agarres y la enrolló varias veces alrededor de las muñecas de Colette, apretando lo justo para que no se soltara pero sin cortar la circulación. Luego pasó la cinta por un hold grande en forma de pinza que había a dos metros de altura y la aseguró con un nudo rápido. Colette quedó con los brazos estirados por encima de la cabeza, el cuerpo colgando ligeramente, los pies apenas tocando la colchoneta. Sus tetas quedaban expuestas y abiertas, el coño y el ano completamente accesibles, goteando semen y jugos.
—Miradme… colgada como un puto columpio sexual —susurró ella, la excitación haciendo que su voz temblara—. Usadme. Folladme hasta que no pueda más.
Bruno fue el primero. La agarró por las caderas y la penetró en el coño con un golpe seco que la hizo balancearse. Cada embestida la hacía columpiarse hacia delante y hacia atrás, la cinta de magnesio crujiendo bajo la tensión. Desmond se colocó a su lado y le mordió los pezones con fuerza mientras se masturbaba, esperando su turno. Luego la giraron. Ahora Bruno la follaba por el culo, sujetándola por las tetas como si fueran asas, pellizcando los pezones hasta que Colette gritaba. Desmond se puso delante y le metió la polla en la boca, follándole la garganta al ritmo del balanceo.
El cuerpo de Colette era un instrumento. Se mecía entre ellos, completamente a su merced. El esfuerzo de mantener los brazos arriba, la quemazón en las muñecas, el semen que no dejaba de salir de ella con cada embestida… todo se mezclaba en un placer tan intenso que ya no distinguía dónde terminaba el dolor y empezaba el éxtasis. Otro orgasmo la atravesó con tanta fuerza que sus piernas patearon en el aire y un chorro claro salió disparado de su coño, mojando el abdomen de Bruno.
—Otra vez… me estáis destrozando y quiero más —gimió cuando le sacaron las pollas un segundo para dejarla respirar.
Los dos hombres se miraron, las pollas brillando de fluidos, los pechos subiendo y bajando con respiraciones agitadas. Bruno se colocó otra vez detrás, Desmond delante. La penetraron los dos al mismo tiempo, coño y culo, haciendo que el cuerpo de Colette se balanceara como un péndulo sexual entre sus embestidas brutales. La cinta de magnesio se clavaba en sus muñecas, sus músculos abdominales se contraían visiblemente con cada orgasmo que la recorría.
Colette perdió la cuenta de las veces que se corrió. Solo existía el balanceo, las pollas gruesas abriéndola sin piedad, las manos que la sujetaban, los dientes que le marcaban los hombros y las tetas. Cuando Desmond se corrió dentro de su coño con un rugido animal y Bruno lo hizo poco después inundándole el ano una vez más, el semen salió a borbotones cayendo sobre la colchoneta y formando un charco debajo de ella.
Aun así, cuando la descolgaron con cuidado y la tumbaron sobre la colchoneta empapada, Colette se incorporó sobre los codos. Tenía el pelo pegado a la cara por el sudor, los labios hinchados, el cuerpo cubierto de marcas rojas, semen y saliva. Sus ojos seguían ardiendo.
—Todavía no —dijo con una sonrisa sucia, lamiéndose los restos de semen de los labios—. Hay cuerdas en la zona de vías… y quiero que me atéis de verdad. Quiero que me colguéis más alto. Quiero que me folléis hasta que el gimnasio entero huela solo a nosotros tres.
Bruno se pasó una mano por la polla semierecta, endureciéndose visiblemente otra vez. Desmond recogió la cinta de magnesio usada y la enrolló en su puño como si fuera una promesa.
—Entonces levántate, zorra. La noche sigue siendo nuestra y tu cuerpo todavía pide más castigo.
Colette se puso de pie con dificultad, las piernas abiertas para que el semen siguiera escapando de ella, marcando el camino hacia la siguiente zona del gimnasio. El ardor en sus muñecas y en sus agujeros era solo el preludio de lo que vendría. Sabía que aún quedaba mucho más antes de que amaneciera, y esa certeza hacía que su coño volviera a contraerse de pura anticipación.
Colette avanzó tambaleante hacia la zona de vías, donde las cuerdas gruesas colgaban como invitaciones perversas. Cada paso hacía que un hilo espeso de semen escapara de su coño y de su ano, trazando caminos calientes por el interior de sus muslos tonificados. A sus veintiocho años, con el cuerpo forjado por años de competiciones de escalada, nunca se había sentido tan destruida y tan viva al mismo tiempo. El ardor en sus agujeros era un latido constante que le recordaba cada embestida recibida, pero su clítoris hinchado palpitaba pidiendo más. «Quiero que me cuelguen como una puta de verdad», pensó, mordiéndose el labio inferior mientras Bruno y Desmond recogían las cuerdas de escalada y los mosquetones con sonrisas lobunas.
Bruno, el ingeniero de treinta y dos años cuya fuerza bruta la había hecho correrse tantas veces esa noche, la agarró por la cintura y la levantó como si no pesara nada. Desmond, el fotógrafo freelance de treinta años, pasó la cuerda ancha por debajo de sus pechos generosos, apretándola justo lo suficiente para que sus tetas rebosaran obscenamente. Le ataron las muñecas juntas por encima de la cabeza, luego le separaron las piernas y aseguraron cada tobillo a sendas cuerdas que colgaban de los anclajes altos del techo. Colette quedó suspendida a un metro del suelo, abierta como un columpio sexual, el coño depilado y enrojecido expuesto, goteando una mezcla viscosa de semen y sus propios jugos que caía en gotas pesadas sobre la colchoneta.
—Miradme… colgada como la zorra anónima que soy —jadeó ella, la voz rota de tanto gritar. Sentía la cuerda mordiendo su piel sudorosa, la tensión en los hombros y la completa vulnerabilidad de no poder cerrar las piernas. Su mente era un torbellino: «Esto es mil veces mejor que cualquier nota que escribí con el coño chorreando en casa. Quiero que me usen hasta que me rompan».
Desmond se arrodilló debajo de ella y, sin piedad, hundió la cara entre sus muslos. Su lengua ancha lamió el semen que brotaba de su coño, succionando el clítoris hinchado con fuerza brutal mientras Bruno se colocaba a un lado y le metía dos dedos gruesos en el ano dilatado, removiendo su propia corrida. Colette arqueó la espalda en el aire, las cuerdas crujiendo, y soltó un gemido largo y animal. El placer era eléctrico; cada lametazo de Desmond enviaba descargas que le contraían el vientre. «Me están comiendo como si fuera su postre favorito», pensó, mientras su cuerpo empezaba a balancearse suavemente con cada movimiento de la lengua.
—Sabe a nosotros, joder —gruñó Desmond contra su coño, la barba raspándole los labios hinchados—. Esa admiradora anónima que escribía guarradas ahora es nuestro agujero personal.
Bruno le pellizcó los pezones con saña, retorciéndolos hasta que Colette gritó. Luego se movió frente a su cara y le metió la polla gruesa y venosa hasta el fondo de la garganta. La posición suspendida hacía que cada embestida la hiciera balancearse como un péndulo, follándole la boca con un ritmo implacable mientras Desmond se ponía de pie y alineaba su polla con el coño empapado. De un solo empujón brutal la empaló, estirándola hasta el fondo. Colette sintió que se partía en dos: la polla de Desmond abriéndole el coño y la de Bruno violándole la garganta, sus tetas rebotando con cada vaivén.
Los gemidos quedaban ahogados alrededor de la verga que le follaba la cara. Lágrimas de placer puro le corrían por las mejillas, mezclándose con la saliva que babeaba por su barbilla y caía sobre sus pechos. «Estoy completamente a su merced, colgando como una puta de la pared de escalada», pensó, y ese pensamiento la hizo correrse con violencia. Su coño se contrajo alrededor de Desmond, expulsando un chorro caliente que salpicó el abdomen del fotógrafo. Él no se detuvo; aceleró, haciendo que el cuerpo de ella se columpiara con más fuerza, las cuerdas mordiendo sus muñecas y tobillos en un dolor delicioso que solo aumentaba el éxtasis.
—Córrete otra vez, zorra —ordenó Bruno, sacando la polla de su boca solo para abofetearle las mejillas con ella—. Queremos que el gimnasio huela solo a tu coño y a nuestra leche.
Cambió de postura. Desmond se retiró y Bruno tomó su lugar, metiéndole la polla en el coño de un golpe seco que la hizo balancearse hacia delante. Al mismo tiempo, Desmond escupió sobre su ano y empujó dentro de él, llenándola por completo en doble penetración suspendida. Las dos pollas gruesas se movían en ritmo perfecto: cuando una entraba, la otra salía, haciendo que Colette se meciese como un columpio sexual entre ellos. El slap-slap-slap húmedo de la carne contra carne resonaba en la sala vacía, mezclado con sus gritos roncos y las palabrotas guturales de los hombres.
—Sois más salvajes de lo que imaginé en cada nota —sollozó ella entre gemido y gemido, el cuerpo temblando sin control—. Partidme… usadme… soy vuestra puta de escalada.
Sus orgasmos llegaron en cadena. El primero la hizo squirtear de nuevo, un chorro potente que mojó el pecho de Bruno y goteó al suelo. El segundo fue más profundo, contrayendo su coño y su ano alrededor de las dos pollas con tanta fuerza que ambos gruñeron. Colette sentía cada vena, cada latido dentro de ella, el semen anterior lubricando las embestidas brutales. Sus músculos ardían por la suspensión, los hombros en llamas, pero eso solo hacía que el placer fuera más intenso, más sucio. «No quiero que pare nunca. Quiero que me follen hasta que me desmaye», pensó mientras otro orgasmo la atravesaba, dejándola sin aliento.
Bruno fue el primero en correrse. Hundió la polla hasta los huevos en su coño y rugió, disparando chorros espesos y calientes que la inundaron hasta desbordarse. Desmond, sintiendo las contracciones y el semen de su amigo filtrándose, no aguantó más. Empujó con fuerza en su ano y se vació con gruñidos animales, llenándola de leche espesa que inmediatamente empezó a escapar en regueros blancos. Colette tuvo un último orgasmo devastador, el cuerpo convulsionando en las cuerdas, las piernas pateando en el aire mientras un chorro final salía de su coño.
Los tres se quedaron unidos un largo momento, jadeando, temblando. Bruno y Desmond la bajaron con cuidado, desatando las cuerdas que habían marcado su piel con líneas rojas. La tumbaron sobre la colchoneta empapada. Colette, con el cuerpo cubierto de sudor, mordiscos, semen y saliva, se sentía completamente usada y satisfecha. Bruno se tumbó a un lado, acariciándole un pecho con ternura posesiva, mientras Desmond le besaba el cuello con labios todavía hinchados.
—Joder, Colette… esto ha sido mejor que cualquier fantasía —murmuró Bruno, la voz ronca—. Tus notas nos volvieron locos, pero tenerte de verdad… follarte contra la pared, colgada como una puta… eres increíble.
Ella sonrió con esfuerzo, lamiéndose los restos de semen de los labios. Sentía los agujeros palpitando, el semen escapando en un charco debajo de ella, pero una calidez extraña le llenaba el pecho. «No solo era sexo. Estos dos me ven. Me desean de verdad», pensó, girando la cabeza para besar a Desmond con lentitud.
—Quiero que esto sea el principio —susurró ella, la voz destrozada pero feliz—. Mañana dejaré otra nota… y la siguiente vez quiero que me atéis más alto y…
De repente, las luces principales del gimnasio se encendieron con un zumbido eléctrico que los hizo saltar. El sonido de la puerta principal abriéndose resonó claro en el silencio. Voces masculinas y el tintineo de llaves llegaron desde la entrada. Colette se incorporó de golpe, el semen todavía chorreando por sus muslos, el cuerpo marcado y desnudo. Bruno y Desmond se miraron con los ojos muy abiertos.
—Hostia… ¿qué coño? —gruñó Desmond, buscando la ropa con manos torpes.
Las voces se acercaban. Una de ellas, claramente reconocible, pertenecía al dueño del gimnasio. Pasos firmes sobre el suelo de goma. Colette sintió el pánico mezclado con un resto de excitación perversa mientras intentaba cubrirse con una colchoneta. El eco de las botas se detuvo justo antes de doblar la esquina que daba a su zona de boulder.
—¿Hay alguien ahí? —llamó la voz grave del dueño.
El corazón de Colette latió con fuerza. El charco de fluidos brillaba bajo las luces ahora encendidas. No había tiempo para esconderse. Los tres se quedaron congelados, desnudos, marcados y todavía oliendo a sexo salvaje, mientras los pasos se acercaban inexorablemente.
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