Dueto Prohibido: Su Culo Entregado al Final de la Noche

En la fiesta, Cassidy se agacha y le entrega el culo a su hijastro Cody toda la noche.

29 min read September 04, 2026New

La terraza del penthouse se extendía como una promesa oscura sobre la ciudad. Abajo, las luces de Madrid parpadeaban entre el humo de los cigarrillos y el eco lejano de la música que aún salía del salón. La fiesta privada de Gedeón —socia de negocios de su marido, con champán francés y canapés caros— había ido muriendo a ratos. La mayoría de los invitados ya se habían ido o se emborrachaban en los sofás de terciopelo. Cassidy se había escapado con una copa de tinto casi vacía, buscando aire.

Tenía cuarenta y dos años y un cuerpo que la ropa de noche no disimulaba: curvas generosas, pechos pesados apretados en un vestido negro de escote profundo, caderas anchas que se mecían con cada paso, y ese culo redondo y firme que había mantenido a base de pilates y negaciones. El aire fresco le erizó la piel de los brazos. Se apoyó en la barandilla de cristal y cerró los ojos un segundo.

No oyó los pasos hasta que Cody estuvo casi a su lado.

—Pensé que te habías ido —dijo él.

Cassidy giró la cabeza. Su hijastro por matrimonio medía casi un metro noventa, hombros anchos bajo la camisa blanca arremangada, mandíbula marcada, ojos oscuros que la miraban como si ya la hubiera visto desnuda mil veces en su cabeza. Veintiocho años. El hijo de su marido. El chico que había entrado en su casa a los diecinueve y que desde entonces había ido creciendo en silencio dentro de todas sus fantasías prohibidas.

—Necesitaba un respiro —respondió ella, con voz más ronca de lo que pretendía—. Demasiado ruido. Demasiada gente fingiendo que se divierte.

Cody se plantó a su lado, lo bastante cerca para que el calor de su brazo le rozara el codo. El olor a su colonia —madera y algo cítrico— se mezcló con el del vino. Durante años habían bailado esa danza torpe: miradas que se alargaban demasiado en la cocina de casa cuando ella preparaba el café en camisón; comentarios al borde del flirteo cuando él llegaba del gimnasio sudado y ella le ofrecía una toalla; el roce accidental de dedos al pasarse la sal en la mesa familiar. Siempre reprimido. Siempre con la sombra del marido de ella, del padre de él, flotando entre ambos como un tabú invisible.

—Llevas toda la noche mirándome —dijo Cody de pronto, sin suavizarlo—. No como madrastra. Como si quisieras otra cosa.

El corazón de Cassidy dio un vuelco. La copa tembló ligeramente entre sus dedos.

—Cody…

—No me digas que no. Yo también. Desde hace años. Desde que te vi por primera vez en aquel vestido rojo en la boda de papá y tú. Te miraba y me decía que era un cabrón por desear a la mujer de mi padre. Pero no se me ha pasado. Al contrario. Cada verano, cada cena de Navidad, cada vez que te agachas a recoger algo y ese culo se marca… joder, Cassidy. Me vuelvo loco.

Ella tragó saliva. El alcohol y la tensión acumulada le subían por la garganta como fuego. Miró hacia la puerta de cristal que daba al salón: nadie. Solo el murmullo lejano y las luces tenues.

—Eres el hijo de mi marido —susurró, aunque la frase sonó más a confesión que a rechazo.

—Hijastro. Por matrimonio. No compartimos sangre. Y él no está aquí. Está en Singapur hasta el lunes. Tú lo sabes. Yo lo sé. Y esta terraza está vacía.

Cody se giró del todo hacia ella. Su mano —grande, caliente— rozó la barandilla junto a la de Cassidy, sin tocarla todavía. Ella notó el temblor en sus propios muslos. El vestido negro se le pegaba a la piel sudorosa. Bajo la tela, los pezones se le habían endurecido y el sexo ya estaba húmedo solo de oírlo hablar así, tan directo, tan sin filtros.

—Dime que no lo has pensado —insistió él, bajando la voz hasta un gruñido íntimo—. Dime que nunca te has tocado pensando en mí. Que nunca has imaginado lo que te haría si te tuviera sola. Porque yo sí. Yo he jodido mi mano docenas de veces imaginando cómo te abriría de piernas, cómo te lamería hasta que gritaras, cómo te pondría de rodillas y te follaría ese culo que enseñas sin darte cuenta. Quiero poseerte por completo, Cassidy. No solo follarte. Poseerte. Que me digas que eres mía aunque sea solo esta noche. Que me dejes entrar donde nadie más te ha entrado del todo.

Cassidy sintió un calambre de excitación pura entre las piernas. El vino olvidado. La fiesta olvidada. Solo quedaba la voz de Cody y la verdad cruda que llevaba años aplastando bajo sonrisas educadas y distancias calculadas.

—Sí lo he pensado —admitió al fin, casi sin aire—. Dios, Cody… más de lo que debería. Cuando te duchas y sales con la toalla a la cintura. Cuando te sientas en el sofá y abres las piernas y yo veo el bulto y se me hace la boca agua. Me he tocado. Me he corrido con tu nombre en la boca, calladita en la cama de al lado de tu padre. Me da vergüenza y me pone más caliente al mismo tiempo. Quiero que me poses. Quiero sentirte. Quiero… —tragó, la voz hecha un hilo sucio— quiero que me uses. Que me abras. Que me tomes el culo si es lo que deseas. Llevo meses imaginándotelo empujando despacio, rellenándome, haciéndome tuya de esa forma que nadie más ha hecho.

Los ojos de Cody se oscurecieron del todo. Dio un paso más, cerrando el espacio. Ahora su pecho casi rozaba los pechos de ella. La erección se le marcaba clara contra el pantalón de traje; Cassidy lo notó rozarle la cadera y un gemido pequeño se le escapó antes de poder morderse el labio.

—Dilo otra vez —pidió él, la mano al fin subiendo para atraparle la cintura, los dedos hundidos en la carne blanda sobre la tela—. Que me quieres dentro. Que me entregas ese culo.

—Te lo entrego —susurró Cassidy, temblando, con las rodillas flojas—. Quiero que me lo folle. Quiero sentir cómo me abres y me llenas. Quiero que esta noche seas tú quien decida hasta dónde llego. Estoy empapada solo de pensarlo, Cody. Si metieras la mano ahora mismo bajo el vestido lo comprobarías.

Él no lo dudó. La mano que tenía en su cintura bajó por la curva de la cadera, rodeó el glúteo y lo apreció con un apretón posesivo, casi brutal. Cassidy jadeó y se arqueó contra la barandilla. Los dedos de Cody subieron por debajo del dobladillo, rozando la piel desnuda del muslo interno, encontrando el borde de las bragas de encaje ya empapadas. Un dedo se deslizó por el centro húmedo, recogió la lubricación y subió hasta rozar el agujero fruncido del culo, solo un roce, una promesa.

—Tan mojada… y aquí atrás tan apretadito. Vas a abrirte para mí toda la noche, madrastra. Voy a prepararte despacio. Con saliva, con dedos, con mi polla hasta que me pidas más. Y cuando te la meta entera vas a recordarlo cada vez que te sientes mañana.

Cassidy soltó un gemido ahogado y se giró del todo hacia él, agarrándole la camisa con ambas manos. Sus pechos aplastados contra el pecho duro de Cody. La boca de él a un centímetro de la suya.

—Llévame donde nadie nos vea —suplicó—. Ahora. Antes de que alguien salga. Quiero empezar. Quiero sentir tu polla contra mi culo aunque sea todavía con la ropa puesta. Quiero que me digas lo que me vas a hacer mientras me tocas.

Cody sonrió, salvaje, y la besó por fin: boca abierta, lengua profunda, saboreándola como si llevara años esperando ese sabor a vino y a deseo reprimido. Su mano seguía debajo del vestido, el dedo medio ahora presionando con más insistencia contra el esfínter, sin entrar aún, solo recordándole quién mandaba a partir de ese momento.

Cuando se separaron, ambos respiraban agitados. Abajo, un taxi tocaba la bocina lejana. Dentro del piso alguien se reía. Nadie había venido a buscarlos.

—Hay un cuarto de invitados al final del pasillo, con llave —murmuró Cody contra su cuello, mordisqueándole la piel—. Vamos. Y esta noche no sales de ahí hasta que me hayas dado todo lo que me has prometido. Ese culo es mío hasta el amanecer, Cassidy. Entendido?

Ella asintió, con las piernas temblorosas y el coño palpitando, ya entregada mentalmente mucho antes de que él la empujara hacia la puerta de cristal. La tensión de años se había roto en confesiones crudas y ahora solo quedaba el hambre. Cody le tomó la mano —o más bien la muñeca— y la guió de vuelta al interior en penumbra, pasando junto a los últimos borrachos sin que nadie levantara la vista. El corazón de Cassidy martilleaba. Cada paso hacía que las bragas húmedas le rozaran el clítoris hinchado. Sabía que una vez detrás de esa puerta cerrada no habría marcha atrás: él la desnudaría, la pondría a cuatro patas y empezaría a reclamar lo que ella acababa de ofrecerle con la voz rota de excitación.

Y ella, por fin, no quería detenerlo.

Cody la guió por el pasillo en penumbra, la muñeca firme entre sus dedos, el corazón de Cassidy latiendo tan fuerte que casi lo oía por encima del murmullo lejano de la fiesta. Las luces tenues del salón se filtraban apenas, tiñendo todo de un dorado apagado, y la música lenta que aún sonaba —un bolero antiguo, de esos que Gedeón ponía cuando el alcohol ya había ablandado a los últimos invitados— vibraba en las paredes. De pronto él se detuvo junto a una alcoba estrecha, casi un rincón entre cortinas pesadas y un aparador de caoba, lejos de las risas. Nadie los miraba. Nadie iba a mirarlos.

Sin soltarla, Cody la giró contra su pecho y apoyó una mano en la pequeña de su espalda.

—Baila conmigo —ordenó en un susurro ronco, ya sin pedir permiso—. Aquí. Ahora. Que sientan la música y no se enteren de lo que te estoy haciendo.

Cassidy no dudó. Se pegó a él, el vestido negro rozando la camisa abierta en el cuello, y empezaron a mecerse al ritmo perezoso. Caderas unidas. El calor de su cuerpo la envolvía. Cody era más alto, más ancho, y la sujetaba como si ya la posevera. Ella cerró los ojos un segundo y dejó que el vino y el deseo le quitaran el último resto de vergüenza. Entonces, deliberada, empujó el culo hacia atrás, frotándolo despacio contra la erección dura que se le marcaba en el pantalón. Un círculo lento, provocador, que le hizo notar cada centímetro de la polla gruesa y caliente de su hijastro.

Cody soltó un gruñido bajo contra su oído.

—Joder, Cassidy… así, justo así. Muévete.

Las manos grandes le bajaron por la espalda, se deslizaron bajo el dobladillo del vestido y subieron por las medias de seda hasta encontrar la carne desnuda de las nalgas. Los dedos se hundieron, apretaron, separaron un poco las mejillas y volvieron a juntarlas mientras ella seguía frotándose, el culo girando con descaro contra esa dureza. Cassidy jadeó. Sentía el roce de la tela, el bulto que le abría las nalgas aunque aún estuvieran vestidos, y el coño empapado que le chorreaba ya por el muslo interno.

—Más fuerte —susurró ella, arqueando la espalda para ofrecerle mejor el culo—. Tócame como si ya fueras dueño.

Cody obedeció. Una mano le apretó un glúteo con fuerza casi brutal, los dedos clavándose en la carne blanda; la otra subió hasta la cintura, subió el vestido por detrás hasta dejarle las bragas de encaje al aire y volvió a bajar, acariciando la hendidura, rozando el agujero fruncido con la yema del dedo medio. Al mismo tiempo inclinó la cabeza y lamió el cuello de Cassidy, lento, húmedo, desde la nuca hasta debajo de la oreja. Los dientes rozaron la piel. La lengua caliente dibujó círculos. Cassidy gimió alto, sin poder contenerse, y el sonido se perdió entre la música.

—Cody… ah, Dios…

—Dime lo que quieres —exigió él, mordisqueándole el lóbulo mientras los dedos seguían acariciando las nalgas, separándolas, apretándolas, el índice ya rozando con más insistencia el esfínter apretado—. Dímelo ahora, madrastra. Que te oiga.

Ella se frotó más fuerte, el culo girando contra la polla como si quisiera sacársela del pantalón a base de fricción. El vestido le subía solo. Las piernas le temblaban. El coño le latía, pero era el culo lo que le quemaba de ganas: ese agujerito que él ya estaba toqueteando por fuera, solo la promesa.

—Quiero sentirte en el culo esta misma noche —susurró ella, la voz rota, el aliento caliente contra su mandíbula—. Quiero que me lo metas entero. Que me abras despacio y me folles hasta que no pueda caminar. Llevo años soñando con tu polla abriéndome ahí atrás, Cody. Quiero que me uses. Que me dejes el culo rojo y abierto y lleno de ti. Esta noche. Aquí. Ya.

El cuerpo de él se tensó. La erección le dio un latido violento contra su culo. Cody lamió otra vez el cuello, más profundo, y le clavó los dedos en las nalgas mientras seguían bailando ese dueto lento y prohibido, caderas pegadas, el roce cada vez más obsceno.

—Vas a tenerla —prometió él, la voz un gruñido sucio—. Toda. Hasta las pelotas. Primero te voy a lamer ese agujero hasta que tiembles, después te voy a meter los dedos uno a uno mientras me miras, y cuando estés blanda y babosa te la voy a clavar centímetro a centímetro. Y no voy a parar aunque me pidas clemencia. Porque me lo acabas de entregar. ¿Verdad?

Cassidy asintió, casi sin aire, y de pronto no aguardó más. Sus propias manos bajaron temblando. Se agachó un poco, todavía pegada a él, se enganchó los pulgares en la cintura de las bragas de encaje ya empapadas y se las bajó de un tirón por los muslos, dejándolas caer hasta los tobillos. El aire fresco le rozó el coño hinchado y el culo desnudo. Sin enderezarse del todo, se inclinó hacia adelante, las manos apoyadas en el aparador, el vestido subido hasta la cintura, las nalgas abiertas y ofrecidas a la vista de Cody bajo las luces tenues. El agujero rosa y apretado se contrajo a la vista, brillante ya de la humedad que le bajaba del coño.

—Míralo —jadeó ella, mirando por encima del hombro, las mejillas ardiendo—. Está listo. Baja la cremallera. Ponme la polla encima aunque sea. Quiero sentirla caliente contra el culo. Invítame. Úsame ya, Cody. Te lo estoy dando.

Cody se quedó un segundo mirándola así: la madrastra de cuarenta y dos años, el culo redondo y firme al aire, las bragas en los tobillos, el cuerpo temblando de ganas. La polla le dolía dentro del pantalón. Se acercó, se frotó contra ella todavía vestido, la erección gruesa abriéndole un poco las nalgas por la tela, y le lamió otra vez el cuello mientras una mano le separaba las mejillas y el pulgar le presionaba el esfínter, solo la punta, sin entrar todavía.

—Qué culo más puta tienes… y todo mío esta noche —murmuró contra su piel—. Quédate así. No te muevas. Voy a bajármela y te la voy a poner entre las nalgas. Vas a sentir cómo late. Y después… después te la voy a meter. Pero despacio. Quiero oírte gemir cada puto centímetro.

Cassidy gimió otra vez, más alto, empujando el culo hacia atrás contra esa presión. El pulgar de él giraba, empujaba un milímetro, se retiraba. La música seguía. El pasillo seguía vacío. Ella sentía el peso de la mirada de Cody en su culo entregado, el calor de su aliento, y la certeza de que en cuanto él bajara la cremallera y le frotara la polla desnuda por la hendidura ya no habría vuelta atrás. Las piernas le fallaban. El coño le chorreaba hasta el muslo. Y en la cabeza solo sonaba una cosa: que esa misma noche iba a sentir cómo su hijastro se la follaba por el culo hasta el fondo, lento y profundo y posesivo, exactamente como ambos llevaban años fantaseando en silencio.

Cody se desabrochó el pantalón con una mano. El ruido del cremallera fue un chasquido sucio en la penumbra. Cassidy contuvo la respiración, el culo todavía en alto, las nalgas abiertas por los dedos de él, esperando el primer roce de esa polla gruesa y caliente contra su agujero.

Cody sacó la polla de un tirón. Gruesa, venosa, palpitante, la cabeza ya brillante de líquido preeyaculatorio. La frotó despacio por la hendidura de Cassidy, subiendo y bajando entre las nalgas abiertas, dejando un rastro caliente y resbaladizo justo sobre el agujero fruncido. Ella gimió y empujó hacia atrás, buscando más contacto.

—Joder, qué caliente la tienes… —murmuró él—. Ven.

La agarró de la cintura y la guió unos pasos más allá, entrando de lleno en el salón que ahora estaba desierto. Las luces tenues, los sofás vacíos, las copas abandonadas. La música seguía sonando baja desde algún altavoz lejano. Nadie. Solo ellos. Cody empujó a Cassidy hasta el respaldo de un sofá de terciopelo oscuro y la hizo inclinarse de nuevo, el vestido aún subido hasta la cintura, las bragas en los tobillos, el culo al aire y expuesto del todo.

Se arrodilló detrás de ella. Escupió generosamente sobre el ano rosado y apretado. La saliva caliente resbaló por el esfínter y Cassidy se estremeció al sentirla. Cody juntó más saliva en la boca y volvió a escupir, untándola con los pulgares, abriendo un poco las mejillas para que el líquido entrara. Luego metió el índice. Lento. Girando. Empujando hasta el nudillo mientras ella jadeaba.

—Así… abre para mí —ordenó él.

El dedo entró y salió, lubricando, estirando. Cassidy se mordió el labio y una de sus manos bajó entre sus propias piernas. Empezó a masturbarse sin pudor: dos dedos abriendo los labios hinchados, frotando el clítoris hinchado en círculos rápidos mientras el dedo de Cody se movía dentro de su culo. El contraste la volvía loca. El coño chorreaba, el ano se relajaba a la fuerza y el placer le subía por la espalda como corriente.

Cody añadió el segundo dedo. Cassidy soltó un gemido largo, las rodillas temblando.

—Ahhh… Cody… dos… joder, se sienten gordos…

—Y aún no es nada —gruñó él, tijereteando los dedos dentro, abriéndola, empujando saliva más adentro—. Mírate, madrastra. Tocándote el coño mientras te abro el culo. Eres una puta para mí esta noche.

Los dos dedos entraban hasta el fondo, salían, volvían a clavar. El sonido era húmedo, obsceno. Cassidy se masturbaba más rápido, los dedos resbalando por su propio jugo, el clítoris latiéndole contra las yemas. Cada vez que Cody curvaba los dedos dentro de ella sentía un calambre de placer puro que le hacía arquear la espalda y abrir más las nalgas.

—Más… prepárame más —suplicó—. Quiero tu polla ya. Quiero sentirla entera.

Cody se puso de pie. Sacó los dedos con un chasquido húmedo, escupió otra vez sobre el agujero ahora rojizo y un poco abierto, y alineó la cabeza gruesa de su polla. Cassidy sintió la presión caliente, el tamaño real, y abrió las piernas un poco más por instinto. Él empujó. Centímetro a centímetro. El esfínter resistió, luego cedió con un ardor delicioso que le arrancó un grito ahogado. La cabeza entró. Luego más. Cassidy se agarró al respaldo del sofá con las dos manos y empujó hacia atrás ella misma, tragándose la polla gruesa hasta que notó las pelotas rozarle el coño.

—Joder… toda… me la has metido toda —jadeó, la voz rota.

Cody no esperó. La agarró de las caderas y empezó a moverse. Embestidas profundas, intensas, sacándola casi del todo y volviendo a clavar hasta el fondo. El ritmo salvaje al principio: rápidas, potentes, el sonido de carne contra carne llenando el salón vacío. Cassidy gemía sin control, el culo rebotando contra la pelvis de él, la polla abriéndola una y otra vez. Cada embestida le sacudía los pechos dentro del vestido y le hacía ver estrellas detrás de los párpados.

—Más duro… Cody, más duro —pidió ella, volviendo la cabeza—. Fóllame el culo como si fuera tuyo de verdad.

Él le agarró el pelo con una mano, tiró hacia atrás con fuerza controlada, obligándola a arquear más la espalda, y cambió el ritmo. De salvaje a lento. Embestidas profundas, casi tortuosas: entraba hasta las pelotas, se quedaba quieto un segundo sintiendo cómo el ano le apretaba la base, y luego salía despacio dejando solo la cabeza dentro antes de volver a hundirse. Cassidy temblaba. El cambio de ritmo la estaba volviendo loca. Sentía cada vena, cada pulso, el calor enorme que la rellenaba por completo.

—Ábrete más —exigió él, soltándole el pelo solo para separar las nalgas con las dos manos, abriéndola hasta el límite para ver cómo su polla desaparecía dentro—. Entrégame todo ese culo. Quiero verlo tragarla.

Ella obedeció. Con las manos temblorosas se alcanzó atrás y se abrió las mejillas ella misma, ofreciéndole todo, el agujero estirado alrededor de la gruesa polla, brillante de saliva y de su propio jugo que le bajaba del coño. Cody gruñó como un animal y volvió al ritmo salvaje. Embestidas brutales ahora, rápidas, profundas, el cuerpo chocando, el sofá crujiendo bajo ellos. Tiró otra vez del pelo de Cassidy, la forzó a mirar hacia atrás y la besó torpemente mientras la follaba, lengua profunda, dientes en el labio inferior.

—Dime que te gusta —ordenó contra su boca—. Dime que quieres que te rompa el culo.

—Me encanta… me estás follando el culo tan rico… más duro, Cody, no pares… ábreme más, úsame… —jadeaba ella entre embestidas—. Es tuya… toda la noche… clávamela más fuerte…

Cody alternaba sin piedad. Unos minutos de embestidas salvajes que la hacían gritar y babear contra el terciopelo, luego ralentizaba hasta casi detenerse, moviéndose solo con la cadera en círculos lentos que le rozaban nervios que Cassidy no sabía que tenía. Cada vez que ella pedía más él tiraba del pelo o le daba una palmada en una nalga, dejando la marca roja, y volvía a embestir con todo.

Cassidy se masturbaba otra vez, la mano libre entre las piernas, frotándose el clítoris hinchado mientras la polla de su hijastro le destrozaba el culo a un ritmo que no le daba respiro. El placer se acumulaba en oleadas. Sentía el orgasmo cerca, esa presión dulce y peligrosa que le subía desde el ano y el coño a la vez. El salón desierto, el olor a sexo, el calor de la polla que la rellenaba sin piedad… todo la empujaba al límite.

Cody se inclinó sobre su espalda, todavía embistiendo profundo, y le mordió el hombro a través del vestido.

—No te corras todavía —susurró ronco—. Quiero follarte así un rato más. Quiero sentir cómo este culo me aprieta cuando te pongo a cuatro patas del todo.

La sacó de encima del sofá sin sacar la polla, la hizo ponerse a cuatro patas en la alfombra gruesa. Cassidy se arqueó, el culo alto, las rodillas abiertas, y Cody volvió a clavar de un solo golpe hasta el fondo. Ahora el ángulo era más profundo. Cada embestida le golpeaba algo interior que le arrancaba gemidos guturales. Él le tiraba del pelo con una mano y con la otra le separaba una nalga para ver mejor cómo entraba y salía.

—Pídemelo —gruñó—. Pídeme que te la meta más fuerte.

—Métela más fuerte… fóllame el culo sin piedad… ábreme, Cody, ábreme del todo… quiero sentirla mañana… —suplicaba ella, empujando hacia atrás al encuentro de cada embestida, abriéndose las nalgas con las propias manos otra vez para entregárselo completo.

El ritmo volvía a ser intenso, salvaje, luego lento y profundo, sin patrón, solo el hambre de ambos. Cassidy jadeaba, sudaba, el vestido pegado a la piel, el coño chorreando sobre la alfombra. Cada vez que Cody tiraba de su pelo y le decía “este culo es mío” ella se apretaba más alrededor de la polla y pedía otra embestida. El salón seguía vacío. La fiesta lejos. Solo el sonido húmedo de la sodomía, los gemidos de ella pidiendo más y el gruñido posesivo de Cody mientras se la follaba sin prisa de terminar.

Todavía no había acabado. Todavía la tenía a cuatro patas, la polla enterrada hasta las pelotas, el pelo enrollado en el puño, y Cassidy abriéndose las nalgas con las dos manos para que él pudiera ver exactamente cómo le entregaba todo el culo aquella noche. El orgasmo le rozaba los bordes pero él no la dejaba caer todavía. Seguía moviéndose, alternando, reclamando, y ella solo podía gemir y empujar hacia atrás, sabiendo que la noche apenas empezaba y que su hijastro iba a seguir usando ese culo entregado hasta que ambos no pudieran más.

Cody embistió más profundo, la polla enterrada hasta las pelotas mientras Cassidy se mantenía a cuatro patas sobre la alfombra gruesa, las nalgas abiertas por sus propias manos temblorosas. El salón desierto olía a sexo y a champán derramado; la música lejana latía como un segundo corazón. Él tiró de su pelo otra vez, arqueándole la espalda hasta que su culo se ofreció del todo, el esfínter estirado y brillante tragando cada centímetro grueso y venoso.

—Siento cómo me aprietas… joder, Cassidy, este culo me está ordeñando —gruñó él, el ritmo volviendo a tornarse salvaje. Embestidas cortas y brutales que hacían chapotear la saliva y el jugo de ella. Cassidy gemía sin freno, el clítoris hinchado rozando el aire cada vez que él salía casi por completo y volvía a clavar.

Ella se masturbaba con dos dedos resbaladizos, frotándose en círculos frenéticos mientras el ano le ardía de placer. El orgasmo le subía desde lo más hondo, una oleada caliente que le contrajo el vientre.

—Cody… me voy a correr… no pares, follame el culo hasta que me corra contigo —suplicó, la voz rota, empujando hacia atrás para tragarlo entero.

Él aceleró. Una mano le separaba las nalgas al máximo, la otra le rodeaba la cintura para clavarla contra su pelvis. La polla latía dentro, hinchándose. Cassidy gritó cuando el primer espasmo la sacudió: el coño se contrajo en vacío, el ano se cerró a pulsos alrededor de la verga de su hijastro y el placer le recorrió la columna como una descarga. Temblaba toda, las rodillas flojas, el culo convulsionando.

—Dentro… córrete dentro de mi culo —jadeó ella entre temblores—. Lléname, Cody, lléname…

Cody soltó un gruñido animal y se hundió hasta el fondo. La polla dio un latido violento y empezó a disparar. Chorros calientes y espesos de semen inundaron el interior dilatado de Cassidy; ella lo sintió todo: el calor líquido expandiéndose, rellenándola, desbordándose un poco alrededor de la base mientras él seguía embistiendo corto, ordeñándose dentro de ella. El orgasmo compartido la hizo temblar sin control: los muslos le fallaron, el culo se le abrió y se cerró a rachas alrededor de la polla que seguía bombeando, y un gemido largo y gutural se le escapó mientras las ondas le recorrían el cuerpo entero. Cody se quedó clavado, respirando agitadísimo, sintiendo cómo el ano de su madrastra le exprimía hasta la última gota.

Cuando el último pulso se apagó, él no se retiró de inmediato. Se inclinó sobre su espalda sudorosa, todavía dentro, y la abrazó por la cintura con ambos brazos fuertes. La giró con cuidado hasta tumbarla de costado sobre la alfombra, la polla resbalando despacio fuera del agujero dilatado. Un hilo espeso de semen blanco le siguió, goteando desde el ano abierto y rojizo, resbalando por el perineo y manchándole el muslo interno. Cassidy temblaba aún, el vestido negro arrugado hasta las axilas, los pechos pesados al aire, el culo entregado y goteando.

Cody la abrazó de verdad entonces: pecho contra pecho, una mano en su nuca, la otra acariciándole la curva de la cadera. La besó con una ternura que contrastaba con la savagery de minutos antes. Labios suaves, lengua lenta, saboreándola mientras ella todavía jadeaba. El beso era profundo y cálido, casi afectuoso, como si sellara algo más que el sexo.

—Estás temblando… —murmuró él contra su boca, la voz ronca pero dulce—. Te he llenado por completo. Mírate.

Cassidy abrió los ojos, las pupilas dilatadas. Notó el semen caliente que seguía goteando de su ano dilatado, el esfínter sin fuerza para cerrarse del todo, abierto y sensible. Extendió una mano temblorosa hacia atrás, rozó el agujero con la yema y recogió un poco del líquido espeso de Cody. Se la llevó a los labios y la lamió, sin vergüenza, mirándolo a los ojos.

—Sabe a ti… y a lo prohibido —susurró ella, sonriendo con complicidad, las mejillas aún ruborizadas—. Cody… esta noche ha sido solo el principio. Te lo prometo. Esta será la primera de muchas noches en las que te entregaré el culo sin reservas. Cuando tu padre viaje, cuando la casa esté sola, cuando nos robe un momento en cualquier rincón… mi culo es tuyo. Sin límites. Quiero que me lo uses, que me lo abras, que me lo dejes goteando como ahora cada vez que lo desees. Sellamos el acuerdo aquí mismo.

Lo dijo con la voz baja y sucia, pero la sonrisa que le dedicó era pura complicidad: los labios hinchados, los ojos brillantes de lujuria saciada y de hambre nueva. Cody la besó otra vez, más hondo, la mano bajando para acariciarle el ano dilatado, metiendo un dedo con suavidad en el semen que todavía le salía. Cassidy se estremeció y soltó un gemidito suave, abriéndose un poco más para él.

—Muchas noches… —repitió él, el tono posesivo volviendo a encenderse—. Voy a recordarte esta promesa cada puto día. Voy a follarte el culo hasta que se te olvide cómo se siente estar vacía.

Ella se rió bajito, todavía temblando, y se pegó más a su pecho. El semen seguía goteando despacio, manchando la alfombra oscura. Cody le acarició el pelo, le besó la frente, luego el cuello, la clavícula, bajando hasta lamerle un pezón endurecido con ternura lenta. Cassidy suspiró, los dedos enredados en su cabello, el cuerpo aún sensible y abierto.

Pero la noche no había terminado. Mientras él la abrazaba y la besaba, Cassidy notó que la polla de Cody, todavía brillante de semen y saliva, empezaba a endurecerse otra vez contra su muslo. Él no decía nada; solo la miraba con esa hambre oscura que nunca se apagaba del todo. Ella sonrió de nuevo, esa misma sonrisa cómplice, y se giró un poco, ofreciéndole otra vez las nalgas manchadas.

—Todavía queda mucho de esta noche —susurró, la voz hecha un hilo excitado—. Puedes volver a metérmela cuando quieras. Estoy blanda… abierta… llena de ti. Y te he prometido que te lo entrego sin reservas. Así que úsame otra vez, hijastro. Quiero sentir cómo me follas el culo por segunda vez antes de que amanezca.

Cody gruñó bajo, la erección ya completa otra vez, y le separó las mejillas con ambas manos para mirar el ano dilatado que aún goteaba su semen. El esfínter se contrajo débilmente ante su mirada. Cassidy empujó hacia atrás, ofreciéndose, el corazón latiéndole fuerte. La ternura del abrazo seguía ahí, pero debajo crecía otra vez el hambre cruda. Él alineó la cabeza gruesa contra el agujero resbaladizo y empapado, y Cassidy contuvo la respiración, sabiendo que la promesa acababa de empezar a cumplirse y que la madrugada aún les debía muchas embestidas más.

Cody empujó la cabeza gruesa contra el ano dilatado y resbaladizo de Cassidy. El esfínter, todavía abierto y goteando su semen anterior, cedió sin resistencia. Ella soltó un gemido gutural al sentir cómo la polla volvía a hundirse centímetro a centímetro, abriéndola de nuevo, rellenándola hasta las pelotas de un solo empujón profundo. El semen que ya tenía dentro hizo el camino más fácil, más sucio, más resbaladizo; el sonido húmedo y chapoteante llenó el salón vacío.

—Joder, cómo te traga… todavía lleno de mi leche y ya me la estás chupando otra vez —gruñó él, agarrándola de las caderas con fuerza. Empezó a embestir sin piedad, embestidas largas y brutales que sacaban la verga casi del todo y la volvían a clavar hasta el fondo. Cassidy se mantuvo a cuatro patas, el culo alto, las nalgas abiertas por sus propias manos temblorosas, ofreciéndole todo.

El vestido negro le quedaba hecho un trapo subido hasta las axilas. Los pechos pesados colgaban y se sacudían con cada golpe de cadera. El coño le chorreaba otra vez, el clítoris hinchado rozando el aire frío cada vez que Cody salía. Ella empujaba hacia atrás al encuentro de cada embestida, el ano ardiendo de placer, el semen anterior saliendo a chorros alrededor de la polla gruesa cada vez que él entraba a fondo.

—Más fuerte… ábreme el culo otra vez… fóllame como una puta —jadeó Cassidy, la voz rota, la cara contra la alfombra. Sentía cada vena, cada latido, el calor enorme que la destrozaba por dentro. El orgasmo anterior la había dejado hipersensible; ahora cada embestida le sacudía el cuerpo entero y le hacía ver destellos blancos.

Cody le dio una palmada seca en una nalga, dejando la marca roja. Luego otra. El sonido seco resonó. Tiró de su pelo con la otra mano, arqueándole la espalda hasta el límite, y aceleró el ritmo. Embestidas cortas, potentes, brutales, el cuerpo chocando contra el suyo con fuerza sorda. El sofá cercano crujía. La música lejana ya no se oía; solo el chapoteo obsceno de la polla entrando y saliendo del culo empapado de semen.

—Mira cómo me lo das… este agujero puta abierto y goteando… te lo voy a destrozar toda la noche —le espetó él contra la oreja, sin soltarle el pelo—. Dime que eres mi puta del culo. Dilo.

—Soy tu puta del culo… solo tuya… métemela toda, Cody, úsame el culo hasta que no pueda cerrarlo —suplicó ella, masturbándose frenéticamente con dos dedos. El clítoris le latía; el ano se contraía a pulsos alrededor de la verga que lo taladraba. El placer subía otra vez, más sucio, más intenso.

Cody la sacó de golpe. Cassidy gimió por la pérdida súbita, el ano quedando abierto y vacío, un hilo espeso de semen bajándole por el muslo. Él la giró con rudeza, la tumbió de espaldas sobre la alfombra, le subió las piernas hasta los hombros y le separó las nalgas con las dos manos. La polla brillaba de jugos y leche. La alineó otra vez y la clavó de un solo empujón hasta el fondo. El nuevo ángulo le permitió entrar más profundo; Cassidy gritó, las uñas clavándose en sus propios muslos.

—Mírame mientras te rompo el culo —ordenó él, embistiendo sin piedad. Cada embestida sacudía los pechos de ella, hacía que el semen saliera a borbotones alrededor de la base. Cody escupió sobre el agujero estirado, untó más saliva y aceleró. El ritmo era animal: embestidas salvajes que la hacían rebotar contra la alfombra, el sonido de carne contra carne, el olor a sexo crudo llenándolo todo.

Cassidy se corrió otra vez sin avisar. El orgasmo la atravesó como una descarga: el coño se contrajo en vacío, el ano se cerró a rachas apretando la polla de Cody, y un chorro claro le salió del coño mojando la barriga de él. Temblaba sin control, gritando su nombre, el culo convulsionando mientras él seguía follándola a través del orgasmo, sin parar, sin piedad.

—Dentro otra vez… lléname el culo otra vez… córrete profundo —suplicó ella entre espasmos, la voz hecha un hilo sucio.

Cody gruñó, embistió tres veces más hasta el fondo y se vació. Chorros calientes y espesos inundaron el interior ya relleno; el semen se mezcló con el anterior, desbordándose a raudales por el ano dilatado. Él se quedó clavado, bombeando hasta la última gota, sintiendo cómo el culo de su madrastra lo ordeñaba. Cuando salió, el agujero quedó abierto de par en par, rojizo, incapaz de cerrarse, goteando un hilo blanco y espeso que le resbalaba por el culo hasta el coño y la alfombra.

No le dio respiro. Cody se arrodilló sobre su pecho, le presentó la polla todavía dura y sucia de semen y jugos.

—Chúpala. Limpia tu culo de mi polla —ordenó.

Cassidy abrió la boca sin dudar. Engulló la verga hasta la garganta, saboreando su propio culo y la leche de él. Babeó, chupó, lamió las pelotas mientras Cody le tiraba del pelo y embestía su boca. Ella se tocaba el ano dilatado con dos dedos, metiéndoselos hasta el fondo, follándose el culo con los dedos mientras chupaba, el semen saliendo a cada movimiento.

Cuando la polla volvió a estar dura del todo, Cody la hizo ponerse de lado. Le levantó una pierna, se colocó detrás y le clavó otra vez el culo sin preparación. El esfínter, ya destruido de tanto uso, cedió al instante. Empezó a follarla en cuchara, embestidas profundas y lentas al principio, luego salvajes otra vez. Una mano le apretaba un pecho, los dedos pellizcando el pezón; la otra le frotaba el clítoris hinchado.

—Vas a quedarte el culo abierto toda la vida… cada vez que te sientes vas a recordar mi polla —le gruñó al oído, mordiéndole el cuello—. Dime que quieres más leche dentro.

—Quiero más… lléname otra vez… fóllame el culo hasta que amanezca y déjamelo goteando —jadeó Cassidy, empujando el culo hacia atrás. El placer era constante, sucio, sin fin. Se corrió una tercera vez con los dedos de él en el clítoris y la polla martilleándole el ano; el cuerpo se le deshacía en temblores, el semen saliendo a chorros con cada contracción.

Cody la puso otra vez a cuatro patas. La folló con furia renovada, palmadas en las nalgas, tirones de pelo, embestidas que le hacían gritar. Cassidy se abría las mejillas ella misma, mirando por encima del hombro cómo la verga gruesa desaparecía una y otra vez en su agujero destrozado. El salón olía a sexo puro. El semen le goteaba por las piernas. El culo ardía, abierto, usado, entregado.

Él se corrió por tercera vez profundo dentro. Cassidy sintió los chorros calientes, el calor líquido expandiéndose, rebosando. Cuando Cody sacó la polla, el ano quedó un agujero negro y dilatado, incapaz de cerrarse, un río blanco de semen espeso bajándole por el perineo, el coño y los muslos hasta formar un charco en la alfombra.

Cody le separó las nalgas con ambas manos y escupió dentro del agujero abierto. Cassidy gimió, empujó hacia atrás y se metió tres dedos en el culo ella misma, removiéndolos, sacando más leche, follándose el ano dilatado delante de él mientras se masturbaba el clítoris con la otra mano.

—Míralo… abierto y lleno de tu puta leche… usámelo otra vez cuando se te endurezca —jadeó ella, los ojos vidriosos, la boca abierta. Se sacó los dedos, se los chupó limpios y volvió a abrirse las nalgas al máximo, el esfínter destrozado contraído débilmente, goteando sin parar.

Cody se puso duro otra vez solo de verla así. Se arrodilló, alineó la polla y se la volvió a clavar hasta las pelotas de un solo golpe. Cassidy gritó de placer puro. Él la folló sin piedad, sin descanso, el culo de su madrastra rebotando, abierto, usado, lleno otra vez. Cada embestida sacaba semen viejo y metía más. Cassidy se corrió gritando, el cuerpo entero sacudido, el ano ordeñando la verga.

Cody embistió hasta el fondo, se vació por cuarta vez y se quedó clavado. Cuando salió, el agujero quedó un boquete abierto y rojo, un chorro grueso de leche caliente saliendo a pulsos, resbalando por todo el culo de Cassidy hasta el suelo.

Ella se quedó a cuatro patas, temblando, las nalgas abiertas con las manos, el ano destrozado goteando sin control el semen de su hijastro, y susurró con voz rota y sucia:

—Mírame el culo abierto y lleno de tu leche, Cody… déjame así toda la puta noche goteando tu leche por el agujero mientras me lo vuelves a follar hasta que no me quede ni un gota dentro.

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