Emma lo mira todo en la boda

Vanessa observa como Sergio folla a su hermanastra.

19 min read August 29, 2026New

Vanessa se deslizó entre los invitados con una copa de cava en la mano y el corazón latiéndole demasiado deprisa. La mansión de la familia de Petra olía a jazmín y a cera de velas; el salón principal rebosaba de risas, del roce de trajes caros y del eco lejano de un cuarteto de cuerda. Tenía veintiocho años, el vestido negro le ceñía las caderas como una segunda piel y llevaba meses fantaseando con lo prohibido. Su hermanastra Petra acababa de casarse con Sergio, un hombre de treinta y dos años de hombros anchos, mandíbula firme y esa mirada oscura que no pedía permiso.

Desde el primer brindis lo había sentido: Sergio la buscaba con los ojos. Ahora bailaba con Petra en el centro de la pista, una mano en la cintura de su nueva esposa, la otra entrelazada con la de ella, y sin embargo su mirada se clavaba en Vanessa cada vez que daban la vuelta. No era un vistazo inocente. Era deseo descarado, denso, el mismo que compartían en secreto desde hacía meses: mensajes a altas horas, confesiones sofocadas en el jardín de la casa familiar, la promesa muda de que, cuando llegara el momento, ninguno de los dos se echaría atrás. Petra reía contra el pecho de su marido, ajena —o quizás no del todo— a la tensión que vibraba entre ellos. Vanessa apretó los muslos. El morbo le subía por la garganta como un trago de alcohol barato.

Sergio inclinó la cabeza hacia el oído de Petra y susurró algo que la hizo sonreír. Luego, por encima del hombro de ella, le dedicó a Vanessa una sonrisa lenta, casi cruel de lo explícita. Vanessa sintió un latigazo de calor entre las piernas. Sabía que él lo notaba. Sabía que a él le gustaba que ella lo notara.

Cuando la pieza terminó, Vanessa dejó la copa en una bandeja y se escabulló hacia la escalera de mármol. El piso superior estaba en penumbra; solo unas lámparas bajas bañaban el pasillo de una luz ámbar. Buscaba aire, un instante a solas para calmar el pulso… y entonces lo oyó.

Un gemido ahogado. El golpe rítmico de carne contra carne. La puerta de una habitación estaba entreabierta apenas un palmo. Vanessa se pegó a la pared, el pecho subiendo y bajando, y miró.

Petra estaba doblada sobre el borde de una cama de dosel, el vestido de novia subido hasta la cintura, las bragas blancas hechas un hilo entre los tobillos. Sergio la follaba con una violencia controlada, las manos clavadas en las caderas de ella, embistiéndola con fuerza seca. El culo de Petra rebotaba contra la pelvis de él; cada embestida arrancaba un gemido ahogado que ella mordía contra las sábanas. La polla de Sergio entraba y salía brillante, gruesa, y el sonido húmedo llenaba la habitación.

Vanessa no se fue.

Se quedó en la sombra del pasillo, la espalda contra el muro frío, y deslizó la mano bajo el vestido. Las bragas ya estaban empapadas. Se apartó la tela y se metió dos dedos de un golpe, mordiéndose el labio para no gemir. Miraba cómo Sergio sacaba la polla casi del todo y la hundía de nuevo hasta el fondo, cómo las bolas le golpeaban el coño de Petra, cómo él le daba una palmada seca en el culo y Petra se arqueaba con un chillido sofocado. El morbo le nublaba la vista. Se frotaba el clítoris en círculos rápidos, los jugos resbalándole por los muslos, imaginando el peso de ese cuerpo sobre el suyo.

Sergio alzó la cabeza.

Sus ojos se encontraron a través de la rendija. Él no se detuvo. Al contrario: sonrió, esa misma sonrisa cómplice de la pista de baile, y le hizo un gesto mínimo con la barbilla —quédate— mientras seguía follando a su esposa con embestidas profundas. Vanessa se corrió en silencio, las piernas temblando, los dedos empapados, el orgasmo subiéndole por la espalda como una descarga. No apartó la mirada. Él tampoco.

Cuando Sergio se retiró de Petra, ésta quedó jadeando, el vestido arrugado, el semen de él aún no derramado. Él se subió la bragueta a medias, la polla todavía dura y brillante de los fluidos de su mujer, y salió al pasillo con paso seguro. Vanessa no tuvo tiempo de reaccionar. La agarró por la nuca con una mano firme, dominante, los dedos enterrados en su pelo, y la atrajo contra su pecho.

—Sabía que vendrías —murmuró contra su boca, la voz ronca—. Llevas meses mirándome así. Ahora me toca a mí.

Vanessa asintió, el aliento corto, el coño aún palpitándole.

—Sí… joder, sí.

La empujó hacia la habitación contigua, una suite más pequeña con la cama hecha y las cortinas corridas. Cerró la puerta con el pie y la puso de rodillas sobre la alfombra sin delicadeza. Vanessa abrió la boca antes de que él se lo pidiera. La polla de Sergio olía a sexo, a Petra, a esa mezcla dulce y salada que le subió a la cabeza como una droga. Se la metió entera, saboreando los restos de su hermanastra en la piel caliente, chupando con hambre, la lengua enrollada alrededor del glande hinchado. Sergio gruñó y le sujetó la cabeza con las dos manos, follándole la garganta con embestidas cortas.

—Así… trágatela. Está mojada de ella y ahora va a mojarse de ti.

Vanessa bababa, los ojos llorosos de placer, las manos en los muslos de él. Cuando él la levantó de un tirón, ella ya estaba temblando. La tumbó de bruces sobre la cama, le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas de un tirón y le separó los muslos con las rodillas. La empaló de un solo empujón, hondo, hasta que las caderas de Vanessa chocaron contra el colchón. Ella soltó un gemido ahogado; Sergio le tapó la boca con la palma, el cuerpo cubriéndola por completo.

—Silencio —ordenó al oído, embistiéndola con fuerza—. Si nos oyen, se acabó el juego. Y no quiero que se acabe.

La follaba a golpes secos y profundos, el sonido de piel contra piel ahogado por la música lejana de la fiesta. Cada tanto le soltaba la boca para darle una palmada en el culo, roja ya la carne, y Vanessa gemía bajo, excitada hasta el delirio por el riesgo: un invitado podía subir, Petra podía buscarlos, cualquiera podía abrir esa puerta. Sergio le tiraba del pelo con la mano libre, le clavaba los dientes en el hombro, alternaba embestidas lentas que la rellenaban del todo con embestidas brutales que le sacaban el aire. Ella se corrió otra vez, el coño apretándole la polla en espasmos, y él no se detuvo.

—Dentro —jadeó ella contra la palma que volvía a taparle la boca—. Córrete dentro, por favor…

Sergio gruñó, la agarró de las caderas con ambas manos y la embistió hasta el fondo una, dos, tres veces más. Se derramó en ella con un temblor largo, caliente, llenándola a pulsos mientras Vanessa se corría de nuevo a su alrededor, el orgasmo compartido tan intenso que le nublaron la vista. Quedaron un momento unidos, sudorosos, el corazón desbocado, el olor a sexo denso en el aire cerrado de la habitación.

Después, con calma deliberada, él se retiró. El semen le resbaló a ella por el muslo interior; Vanessa se limpió a medias con un pañuelo, se subió las bragas, se alisó el vestido negro y se miró en el espejo del tocador. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y una sonrisa satisfecha que no podía borrar. Sergio se abrochó los pantalones, se pasó los dedos por el pelo y le rozó la nuca con los nudillos al pasar.

—Esto no ha terminado —dijo en voz baja—. Sigue mirándome. Quiero verte mojada el resto de la noche.

Volvieron por separado. Vanessa bajó la escalera con paso sereno, se mezcló entre los invitados, aceptó otra copa y rió en el momento justo cuando alguien contó un chiste. Sergio reapareció al lado de Petra, le pasó un brazo por la cintura y le besó la sien con naturalidad de marido recién casado. Nadie pareció notar nada.

Pero a lo largo de la noche, cada vez que las miradas se cruzaban a través del salón —Vanessa junto a la barra, Sergio brindando con los padrinos—, el aire se cargaba otra vez. Él le sostenía la mirada un segundo de más, ella se mordía el labio inferior, y ambos sabían que el voyeurismo que acababan de compartir no era un desliz cerrado. Era el comienzo. Había más puertas entreabiertas en aquella mansión, más sombras donde esconderse, más riesgo que saborear antes de que la fiesta terminara… y ninguno de los dos tenía intención de detenerse.

Vanessa giró la copa entre los dedos y dejó que el cava le rozara los labios sin beber de verdad. El salón seguía vibrando con risas y el roce de zapatos sobre el mármol, pero ella ya no oía casi nada. Sentía todavía el semen de Sergio resbalándole por el muslo, caliente y espeso bajo las bragas empapadas, y cada paso le recordaba cómo la había llenado. Él estaba al otro lado de la pista, con un brazo alrededor de Petra, sonriendo a los padrinos como si no acabara de follarse a la hermanastra de su esposa en una suite a oscuras. Cada vez que levantaba la mirada, sus ojos se clavaban en Vanessa un segundo de más, y ella apretaba los muslos hasta que el clítoris le latía.

Pasó media hora de esa tortura lenta. Vanessa se escabulló hacia el jardín trasero, donde las farolas de hierro fundían la luz entre los setos de boj. El aire olía a jazmín y a tierra húmeda. Se apoyó contra una columna de piedra y se metió dos dedos bajo el vestido, frotándose despacio, recordando el sabor de Petra en la polla de Sergio. Estaba tan mojada que los jugos le resbalaban hasta la rodilla. Un crujido de gravilla la alertó. Sergio apareció entre las sombras, solo, la chaqueta del traje abierta, la corbata aflojada. No dijo nada. La agarró de la muñeca y la arrastró detrás de un seto denso, donde la música llegaba amortiguada.

—Petra está ocupada con las damas de honor —murmuró contra su cuello, la voz ronca—. Tenemos diez minutos. Quiero verte correrte otra vez mientras me miras follarla en la cabeza.

Le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas hasta los tobillos y la hizo girar de espaldas a él. Vanessa se agarró a las ramas del seto, el culo al aire. Sergio se desabrochó, sacó la polla todavía brillante de los restos de ella, y la empujó dentro de un solo golpe seco. Ella soltó un gemido ahogado que él aplastó con la palma contra su boca. Empezó a embestirla con fuerza brutal, las caderas chocando, el sonido húmedo de su coño chupándole la verga. Cada embestida le sacaba el aire. Vanessa se corría en segundos, las paredes del coño apretándole, pero él no paró. Le mordió el hombro a través de la tela, le pellizcó un pezón duro bajo el vestido y le habló al oído mientras la follaba:

—Esta noche te voy a usar en cada rincón de esta casa. Voy a dejarte llena y resbaladiza para que Petra huela algo raro y no sepa qué. Y tú vas a mirar. Siempre vas a mirar.

La sacó casi del todo y se la volvió a clavar hasta el fondo. Vanessa bababa contra su mano, las piernas temblando, otro orgasmo subiéndole por la espalda como fuego. Cuando él se corrió —rápido, caliente, a chorros densos dentro de ella— se quedó hondo un momento, pulsando, y luego se retiró despacio. El semen le cayó a Vanessa por los labios del coño en hilos gruesos. Sergio se arrodilló un segundo, le lamió el muslo interior para recoger un poco y se lo metió en la boca a ella con dos dedos.

—Traga. Es tuyo y de ella mezclado.

Vanessa chupó los dedos con hambre, el sabor salado y dulce. Se subió las bragas sin limpiarse del todo, se alisó el vestido y volvieron por caminos distintos. El corazón le martilleaba. El riesgo la tenía más mojada que nunca.

Dentro, la fiesta había subido de tono. Alguien había abierto más cava; el cuarteto tocaba algo más rápido. Petra buscó a Sergio y lo encontró cerca de la barra. Vanessa los observó desde un sillón lateral, las piernas cruzadas con fuerza. Petra le susurró algo al oído a su marido; él sonrió y la guió hacia el pasillo que daba a la biblioteca del primer piso. Vanessa esperó treinta segundos y los siguió, el vestido negro pegado a la piel sudorosa, el coño latiéndole con cada gota de semen que le resbalaba.

La puerta de la biblioteca quedó entreabierta otra vez, como si el destino les hiciera el favor. Vanessa se pegó a la sombra del marco. Dentro, bajo la luz de una lámpara de pie, Petra estaba sentada en el borde del escritorio de caoba, el vestido de novia subido otra vez, las piernas abiertas. Sergio le chupaba el coño con lengua ancha y lenta, las manos abriéndole los labios. Petra se mordía el dorso de la mano para no gritar, la cabeza echada hacia atrás, el pecho subiendo y bajando. Vanessa se metió la mano bajo la tela de inmediato. Se frotó el clítoris hinchado mientras miraba cómo la lengua de Sergio entraba y salía del agujero de su hermanastra, cómo le chupaba el botón hinchado hasta que Petra se arqueaba y se corría con un gemido sofocado contra su propia palma.

Sergio se puso de pie, se bajó la bragueta y le embistió el coño a Petra de un empujón profundo. La biblioteca se llenó del sonido húmedo de carne contra carne. Vanessa se metió tres dedos esta vez, follándose a sí misma al ritmo de las embestidas de él. Sergio levantó la cabeza y la vio. Su sonrisa fue lenta, depredadora. Sin dejar de follar a Petra, le hizo un gesto con la mano libre: acércate. Vanessa dudó un segundo —el riesgo era enorme—, pero el morbo le ganó. Se deslizó dentro de la habitación, cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie a un metro, los dedos todavía dentro de su propio coño, los jugos goteándole por la muñeca.

Petra tenía los ojos cerrados, perdida en el placer. Sergio le tapó la boca a su esposa con una mano y con la otra agarró a Vanessa por la nuca, atrayéndola. La besó con lengua sucia mientras embestía a Petra. Vanessa gemía en su boca, saboreando el coño de su hermanastra en los labios de él. Sergio le bajó el escote del vestido negro, le sacó un pecho y se lo chupó fuerte, el diente rozándole el pezón. Luego la guió hasta el borde del escritorio, al lado de Petra. Vanessa se agachó, abrió la boca y lamió la base de la polla de Sergio cada vez que salía del coño de Petra. El sabor era una mezcla espesa de ambas: la dulzura de Petra y el semen anterior de él todavía en Vanessa. Lamió los labios hinchados de su hermanastra, el clítoris resbaladizo, mientras Sergio la follaba. Petra abrió los ojos de golpe.

—Vanessa… —susurró, la voz rota de placer y sorpresa, pero no de rechazo. Sus pupilas estaban dilatadas, la respiración entrecortada—. Joder… ¿tú…?

Sergio no le dio tiempo a más. Le clavó la polla más hondo y le mordió el cuello.

—Ella está mirando desde hace horas —gruñó—. Y le gusta. ¿Te gusta que te mire, Petra?

Petra asintió, loca, el orgasmo subiéndole otra vez. Vanessa se puso de rodillas del todo, le separó los muslos a Petra con las manos y le chupó el clítoris mientras Sergio la embestía. La lengua de Vanessa y la polla de Sergio se rozaban dentro y fuera del coño de la novia. Petra se corrió con un grito ahogado, el cuerpo temblando, el jugo salpicándole la cara a Vanessa. Sergio se retiró, la polla gorda y brillante, y se la metió en la boca a Vanessa de un empujón. Ella la tragó hasta la garganta, saboreando a Petra entera. Él le folló la boca con embestidas cortas, los dedos enredados en su pelo, mientras Petra, todavía jadeando, miraba con los ojos vidriosos y se tocaba el coño abierto.

—Ahora las dos —ordenó Sergio, la voz gruesa de deseo—. Quiero veros juntas.

Las hizo girar. Petra se agachó sobre el escritorio; Vanessa se subió encima de ella, pechos contra pechos, coños alineados. Sergio se clavó primero en Vanessa hasta el fondo, embistiéndola con fuerza seca, y luego salió y se metió en Petra. Alternaba: tres embestidas en una, tres en la otra, el semen anterior de Vanessa resbalando y mezclándose con los jugos de Petra. Las dos se besaban desordenadas, lenguas enredadas, gemidos compartidos. Vanessa sentía el peso de Sergio, el olor a sexo denso, el peligro de que alguien abriera la puerta en cualquier segundo. Se corrió otra vez cuando él le dio una palmada en el culo y le tiró del pelo. Petra se corrió también, apretando a su hermanastra contra el escritorio.

Sergio se derramó dentro de Vanessa con un gruñido largo, llenándola a pulsos calientes. Se retiró y el exceso le cayó sobre el coño de Petra; Vanessa se bajó de inmediato y lamió el semen de los labios de su hermanastra, chupando todo, mezclando. Petra le sujetó la cabeza y le embistió la cara con el coño mojado, corriéndose otra vez contra su lengua.

Fuera, se oyeron pasos en el pasillo. Risas. Alguien llamó a la puerta.

—¿Sergio? ¿Petra? El brindis de los padrinos…

Sergio se abrochó a toda prisa. Vanessa se subió el vestido, se limpió la boca con el dorso de la mano y se escondió detrás de una estantería alta de libros. Petra se bajó el vestido de novia con dedos temblorosos, las mejillas encendidas. Sergio abrió la puerta con una sonrisa perfecta de marido.

—Ya vamos. Estábamos… hablando.

La persona se alejó. Vanessa salió de la sombra, el corazón desbocado, el coño todavía palpitándole lleno. Sergio la agarró de la muñeca un segundo, le susurró al oído:

—La terraza del segundo piso. En veinte minutos. Petra va a estar ahí. Y tú vas a mirar desde la habitación de al lado, con la puerta entreabierta otra vez. Quiero que te corras sin que ella te vea… o quizás sí. Decide tú.

La soltó. Vanessa salió primero, se mezcló de nuevo entre los invitados con las piernas flojas y una sonrisa que no podía borrar. El semen le resbalaba otra vez. Miró a Sergio a través del salón mientras él brindaba, y el aire entre ellos se cargó de una promesa más sucia, más arriesgada. La noche no había hecho más que empezar a abrirse.

Vanessa subió las escaleras de mármol veinte minutos después, el corazón latiéndole en la garganta y el semen de Sergio todavía resbalándole entre los muslos con cada escalón. El segundo piso olía a madera vieja y a jazmín que entraba por las ventanas abiertas. Encontró la habitación de al lado de la terraza exactamente como él había dicho: puerta entreabierta un palmo, cortinas pesadas, cama sin tocar. Se pegó a la sombra del marco, el vestido negro subido ya hasta la mitad del muslo, y miró.

Petra estaba de espaldas a la barandilla de piedra, el vestido de novia abierto por detrás hasta la cintura, las bragas blancas hechas un hilo en un tobillo. Sergio la tenía agarrada de las caderas y la follaba despacio, profundo, casi tierno, la polla entrando y saliendo brillante bajo la luz de las farolas del jardín. Petra gemía contra el antebrazo, el culo redondo rebotando contra la pelvis de él, los pechos rozando la barandilla fría cada vez que él empujaba hasta el fondo.

—Más fuerte —pidió ella, la voz rota—. Joder, Sergio, no pares…

Él sonrió contra su cuello y levantó la mirada. Sus ojos encontraron los de Vanessa a través de la rendija. No se detuvo. Al contrario: aceleró el ritmo, embistiendo con fuerza seca, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la terraza. Le hizo el mismo gesto de antes con la barbilla. Quédate. Mírame.

Vanessa se metió dos dedos bajo las bragas sin pensarlo. Estaba empapada, el coño hinchado y resbaladizo de las corridas anteriores, el clítoris latiéndole contra la yema. Se frotó en círculos rápidos mientras veía cómo Sergio sacaba la polla casi del todo y se la clavaba de nuevo hasta las bolas, cómo le daba una palmada en el culo a Petra y ella se arqueaba con un chillido sofocado. El morbo le subía por la espalda como electricidad. Imaginar el peso de ese cuerpo, el sabor de Petra todavía en su lengua, la mezcla de jugos que había chupado en la biblioteca…

Sergio se retiró de golpe. Petra se quejó, el coño abierto y goteando. Él la giró, la sentó en la barandilla con las piernas abiertas y se arrodilló. Le lamió el clítoris con lengua ancha, chupando fuerte, los dedos abriéndole los labios. Petra se agarró a la piedra, la cabeza echada hacia atrás, el vestido de novia caído de un hombro. Vanessa se corrió en silencio la primera vez, las piernas temblando, los jugos resbalándole por la muñeca. No apartó la mirada.

Cuando Sergio se puso de pie otra vez, la polla dura y brillante de saliva y de Petra, miró directamente a la rendija y habló en voz baja, lo bastante alta para que Vanessa oyera:

—Entra. Ahora.

Vanessa dudó un segundo. El riesgo era enorme: invitados abajo, luces, risas que subían con el viento. Pero el coño le pedía más. Empujó la puerta con cuidado, entró en la habitación contigua y cruzó hasta el umbral de la terraza. Petra abrió los ojos. Estaban vidriosos, dilatados, la boca entreabierta.

—Vanessa… otra vez —susurró, sin rechazo, solo hambre—. Joder, qué puta eres… acércate.

Sergio no esperó. Agarró a Vanessa por la nuca, la atrajo y la besó con lengua sucia, saboreando a Petra en su boca. Le bajó el escote del vestido negro de un tirón, le sacó los pechos y se los chupó fuerte mientras Petra miraba, tocándose el coño abierto con dos dedos. Luego las puso de rodillas a las dos frente a la barandilla. Vanessa abrió la boca; Petra también. Sergio se folló primero la garganta de Vanessa, embistiendo corto y profundo, los dedos enredados en su pelo, hasta que ella bababa y los ojos se le llenaban de lágrimas de placer. Luego se la metió a Petra, que chupaba con hambre, la lengua enrollada alrededor del glande hinchado. Alternaba. Las dos se besaban alrededor de la polla, lenguas rozándose, compartiendo el sabor salado y dulce.

—Así —gruñó él—. Las dos putas de mi boda. Miradme mientras os uso.

Las levantó. Petra se apoyó de bruces sobre la barandilla, el culo al aire. Vanessa se subió encima de ella a cuatro patas, pechos contra la espalda de su hermanastra, coños alineados uno encima del otro. Sergio se clavó primero en Vanessa hasta el fondo, un empujón seco que le sacó el aire. Embestidas brutales, caderas chocando, el sonido húmedo ahogado por la música lejana. Luego salió y se metió en Petra de un golpe. Alternaba: cuatro en una, cuatro en la otra, el semen anterior de Vanessa resbalando y mezclándose con los jugos de Petra. Las dos se besaban desordenadas, gemidos compartidos, lenguas enredadas. Vanessa sentía el peso de él, el olor a sexo denso, el peligro de que alguien subiera. Se corrió otra vez cuando él le dio una palmada roja en el culo y le tiró del pelo hacia atrás.

—Dentro de las dos —jadeó Vanessa—. Lléname… y a ella también…

Sergio gruñó, embistió a Vanessa hasta el fondo tres veces más y se derramó a pulsos calientes, llenándola mientras ella se apretaba a su alrededor en espasmos. Se retiró, el exceso cayendo en hilos gruesos sobre el coño de Petra, y se clavó de inmediato en su esposa. Petra se corrió con un grito sofocado contra el antebrazo cuando él la llenó también, temblando, las piernas flojas. Sergio se quedó hondo un momento, pulsando, y luego se retiró despacio. El semen de ambas resbalaba por los muslos, mezclado, espeso.

Vanessa se bajó de inmediato, se arrodilló y lamió. Chupó el coño de Petra primero, tragando la mezcla caliente, la lengua metiéndose dentro para sacar todo. Petra le sujetó la cabeza y le embistió la cara, corriéndose otra vez contra su boca con un gemido largo. Luego Vanessa se giró, se abrió los labios del coño con los dedos y dejó que Petra lamió el semen que le salía a chorros. Se besaron después, compartiendo el sabor, lenguas lentas, sucias, mientras Sergio las miraba, la polla todavía semi-dura, pasándose la mano por el pelo.

Se limpiaron a medias con el pañuelo de él. Vanessa se subió el vestido, se alisó el pelo. Petra se bajó el de novia con dedos temblorosos, las mejillas encendidas, una sonrisa satisfecha que no podía borrar. Sergio se abrochó los pantalones, les rozó la nuca a las dos con los nudillos.

—Esto solo acaba de empezar —murmuró—. La luna de miel va a ser larga. Y tú, Vanessa, vas a venir cada vez que yo diga. ¿Entendido?

—Sí —respondieron las dos al mismo tiempo, el aliento todavía corto.

Vanessa se quedó un segundo más en la terraza, el coño palpitándole lleno, el aire fresco contra la piel sudorosa. Miró hacia el jardín, hacia las luces de la fiesta abajo. El riesgo la tenía más mojada que nunca. Iba a bajar, a mezclarse otra vez, a esperar la siguiente señal…

Entonces se oyeron pasos rápidos en la escalera. Una voz familiar, alta, borracha de cava:

—¡Petra! ¡Sergio! ¡La tarta! Todo el mundo os busca, joder, bajad ya…

La puerta de la habitación contigua se abrió de golpe. Luz del pasillo. Una de las damas de honor, el ramo todavía en la mano, los ojos abiertos de par en par al ver a las tres en la terraza: vestidos arrugados, labios hinchados, el olor inconfundible a sexo denso flotando en el aire nocturno.

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