Deseo en la Cubierta con el Padre de mi Mejor Amigo

En el yate, me follo con ganas al padre de mi mejor amiga, Javier.

14 min read September 01, 2026New

El sol de agosto caía a plomo sobre la cubierta de teca del yate de Javier, ese monstruo blanco de cincuenta pies anclado a una milla de la costa, lejos de cualquier mirada indiscreta. Carla se había bajado a la lancha con dos amigas para ir a la playa del club; yo me quedé a propósito. Dije que me dolía la cabeza. Mentira. Desde que subí a bordo tres días atrás no había dejado de imaginarme a su padre con la camisa abierta, el pecho canoso y ese olor a colonia cara mezclado con sal.

Yo, Marisol, veintidós años, mejor amiga de su hija desde el instituto, paseaba en bikini negro de tirantes finos sabiendo exactamente lo que hacía. El tejido se me clavaba en la entrepierna cada vez que me agachaba a recoger una toalla. Javier tenía cuarenta y ocho, viudo desde hacía seis años, y su sola presencia me mojaba las bragas. Siempre me había mirado demasiado tiempo en las cenas familiares, con esa hambre contenida que nunca se atrevía a nombrar. Yo correspondía bajando la mirada y apretando los muslos bajo la mesa.

Ahora estábamos solos. Él salió del salón con dos vasos de vino blanco frío, descalzo, pantalón corto de lino y el torso al aire. El vello de su pecho brillaba con sudor. Me ofreció un vaso y sus dedos rozaron los míos un segundo de más.

—Vas a quemarte —dijo con esa voz grave que me hacía latir el clítoris—. Ponte crema.

No me lo pidió; me lo ordenó suave. Busqué el bote de protector solar y se lo tendí. Él lo abrió, se echó un chorro en la palma y se arrodilló detrás de mí en la tumbona. El yate se balanceaba apenas. El motor del generador zumbaba bajo nuestros pies.

Sus manos grandes y calientes aterrizaron en mis hombros. Empezó a untar la crema con movimientos circulares, lentos, profesionales al principio. Bajó por la columna. Los pulgares se hundían en la carne a cada lado de la columna vertebral. Yo cerré los ojos y solté un suspiro que no pude contener.

—Más abajo —murmuré.

Javier no contestó. Sus palmas rodearon mi cintura, subieron otra vez y luego descendieron hasta la curva de mi culo. Los dedos se metieron bajo el elástico del bikini, untando crema en la hendidura superior, rozando la piel sensible donde el sol no llega. Mis pezones se endurecieron contra la tela. Sentí el calor de su aliento en la nuca.

—Marisol… —su voz salió ronca—. Esto no…

—Sí —lo interrumpí, girando un poco la cabeza—. Sí quieres. Llevo años queriéndolo.

Él se quedó quieto un instante, las manos todavía aferradas a mis caderas. Luego reanudó el masaje, esta vez sin pretender disimular. Embadurnó mis muslos por fuera, por dentro, subiendo hasta la ingle. El borde de su dedo rozó el tejido empapado de mi coño. Yo gemí, bajo, agudo.

—Joder, estás empapada —susurró contra mi oreja.

—Por ti. Siempre por ti.

Me incorporé y me giré hacia él, todavía arrodillado entre mis piernas abiertas. Le cogí la cara con las dos manos. Su barba de tres días raspaba mis palmas. Lo miré a los ojos castaños, oscuros de deseo.

—He fantaseado contigo desde los dieciocho, Javier. En la ducha de tu casa, cuando me quedaba a dormir con Carla. Me metía los dedos imaginando que eran los tuyos. Que me follabas en silencio para que ella no oyera. Que me corrías dentro y luego me dabas un beso de buenas noches como si nada.

Él soltó un gruñido gutural. Sus manos subieron por mis costados, rozaron el borde inferior de la parte de arriba del bikini y lo tiraron hacia arriba, liberando mis tetas. El aire salado me golpeó los pezones. Javier se inclinó y chupó uno con ganas, lamiendo, mordisqueando apenas. Yo arqueé la espalda y le agarré el pelo canoso de la nuca.

—Hostia, qué ricas las tienes —masculló contra mi piel—. Cuántas veces me las he imaginado en la mano mientras me la pajaba en la cama de matrimonio vacía. Tú, la amiga de mi hija. La putita que se me pone en bikini delante y finge que no se da cuenta.

—No finjo —jadeé—. Quiero que me la metas. Aquí. Ahora. Antes de que vuelva.

Sus dedos bajaron otra vez, apartaron la tira de tela de mi coño y se deslizaron entre mis labios hinchados. Dos dedos gruesos entraron de golpe. Yo solté un gemido más alto. Él los movió despacio, buscando ese punto esponjoso, frotando mi clítoris con el pulgar al mismo tiempo.

—Tan jodidamente estrecha —dijo—. Carla nunca puede enterarse. Nunca.

—No se enterará. Te lo juro. Solo follamos. Me usas y yo te uso y luego actuamos como si no hubiera pasado.

Él sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó ruidosamente, mirándome a los ojos. El sabor de mi coño en su lengua me volvió loca. Me agaché, le desabroché el pantalón y saqué su polla. Gruesa, venosa, ya dura del todo, con la cabeza morada y una gota de precum brillando en la raja. La pesé en la mano, la acaricié de la base a la punta. Javier soltó un tenso “joder” entre dientes.

Me arrodillé del todo en la tumbona, le di una lengüetada larga desde las bolas hasta el glande y luego me la metí entera hasta la garganta. Él gruñó y me agarró el pelo. Chupé con ganas, babas escurriéndome por la barbilla, saboreando la sal y el jabón de su ducha. Cada embestida de sus caderas me hacía lagrimear de placer. El sol me quemaba la espalda desnuda. El riesgo de que alguien del barco vecino mirara por los prismáticos me excitaba todavía más.

Cuando sentí que se tensaba demasiado, lo solté. Me tumblé de espaldas, me quité el bikini de un tirón y abrí las piernas. El aire fresco me besó el coño hinchado.

—Métela —pedí—. Sin condón. Quiero sentirla caliente.

Javier se subió encima de mí, se alineó y empujó. La cabeza se abrió paso, gruesa, estirándome. Gocé en voz alta cuando la mitad entró de un solo golpe. Él se detuvo, temblando, la frente apoyada en la mía.

—Dios, Marisol… llevo años deseándote a escondidas. Cada puto verano. Cada vez que te veía en bañador en la piscina de casa. Me iba al baño a correrme pensando en follarte contra la pared.

—Yo también —confesé, moviendo las caderas para que entrara más—. En las noches de pijamada me corría calladita imaginando que entrabas en la habitación y me cobrabas el favor de dejarme dormir ahí.

Él empujó hasta el fondo. Su polla me llenó por completo, rozándome el cuello del útero. Empezó a follarme con embestidas profundas y lentas, la teca crujiendo bajo nosotros. Mis uñas se clavaron en su espalda. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran. El sonido obsceno de piel contra piel, de mi coño chapoteando alrededor de su verga, llenaba la cubierta.

—Más fuerte —rogé—. Fóllame como si yo no fuera la amiga de tu hija. Como si fuera tu puta personal.

Javier aceleró. Me agarró las rodillas y las abrió más, clavándome contra la tumbona. Su boca bajó a mi cuello, mordió, chupó una marca que tendría que esconder después. Yo gemía sin freno, el orgasmo subiendo rápido, ese nudo caliente en el bajo vientre.

—Me voy a correr —avisé—. Joder, Javier, me corro en la polla del padre de mi mejor amiga…

Él metió la mano entre nosotros y frotó mi clítoris con el pulgar. Eso me mandó al carajo. El orgasmo me sacudió entero el cuerpo: el coño se me contrajo a su alrededor en espasmos fuertes, chorreando jugos por sus bolas y por la tumbona. Grité contra su hombro para no alertar a nadie en la bahía.

Él no se detuvo. Siguió follándome a través de las contracciones, más salvaje ahora, más profundo, los huevos golpeándome el culo. Su respiración se volvió irregular.

—Dentro o fuera —preguntó entre dientes.

—Dentro. Lléname. Quiero sentir cómo me rellenas mientras todavía tiemblo.

Tres embestidas más y se corrió con un gemido ahogado, la polla palpitando, chorros calientes de semen disparándose en lo más hondo de mi coño. Lo sentí latir y latir, desbordándome, resbalando ya por el borde de mi entrada cuando él se quedó quieto, aún enterrado hasta las pelotas.

Nos quedamos así, jadeando, sudados, el sol castigándonos la piel. Su semen me goteaba por el culo hacia la tela de la tumbona. Él me besó la boca por primera vez, lento, profundo, sabiendo a vino y a mi propio sabor. Luego se retiró con un sonido húmedo. Me miró el coño abierto, goteando blanco, y pasó dos dedos por el desastre, metiéndolos otra vez dentro y sacándolos, como si no pudiera creerse lo que acabábamos de hacer.

—Carla vuelve en una hora —dijo, la voz todavía baja, cargada—. Tenemos que limpiar esto.

—Todavía no —contesté, cogiéndole la muñeca y llevándome sus dedos a la boca, chupándome el semen mezclado con mis jugos—. Quiero más. Quiero que me la metas otra vez antes de que baje la lancha. Por detrás. Contra la barandilla. Que me vean si quieren los de los yates de al lado.

Javier me miró con esos ojos oscuros otra vez, la polla ya empezando a endurecerse de nuevo contra mi muslo. La culpa y el deseo le pelearon en la cara, pero el deseo ganó.

—Eres una puta peligrosa, Marisol.

—Y tú el hombre que me ha follado en la cubierta del yate de su hija. Ahora acaba lo que empezaste.

Él me dio la vuelta de un manotazo, me puso a cuatro patas mirando al mar abierto y me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí la cabeza de su polla, todavía babosa de semen, rozarme el agujero del culo y luego bajar otra vez a mi coño hinchado. Empujó de un solo golpe hasta el fondo. Yo solté un gemido largo, agarrándome a la barandilla de acero.

El yate se balanceaba con cada embestida. El viento me traía el olor a sal y a sexo. Sabía que esto no se iba a quedar en una follada rápida. Que esa misma noche, cuando Carla durmiera en su camarote, yo me colaría en el de su padre y le pediría que me follara otra vez, más despacio, más sucio, hasta que no pudiera caminar al día siguiente sin recordar cada centímetro de su verga.

Javier me agarró del pelo y tiró hacia atrás, obligándome a arquear la espalda mientras me daba más fuerte.

—Esto no se acaba aquí —jadeó contra mi oído—. Voy a follarte cada puto rincón de este barco antes de que terminemos las vacaciones. Y tú vas a venir a pedírmelo de rodillas.

—Sí —gemí, empujando el culo hacia atrás para que me la clavara más hondo—. Sí, papá de Carla. Úsame.

Él soltó una risa oscura y aceleró el ritmo, la polla abriéndome otra vez, el semen anterior haciendo de lubricante. El segundo orgasmo ya me rozaba los talones. El sol caía. La lancha todavía no se veía en el horizonte. Teníamos tiempo. Teníamos el secreto. Y el secreto nos estaba quemando vivos.

Cuando por fin nos separamos jadeando, el horizonte ya se teñía de naranja y el motor de la lancha de Carla se oía lejano. Nos limpiamos a toda prisa con una toalla, nos vestimos, fingimos normalidad. Cenamos los tres en cubierta como si nada, yo con el semen de Javier todavía resbalándome entre los muslos bajo el pantalón corto. Carla hablaba de la playa, de los chicos del club. Yo asentía y sonreía y sentía la polla de su padre latirme dentro de la memoria. Esa noche, cuando ella se encerró en su camarote a roncársele el vino, salí descalza a la cubierta.

La luna llena bañaba el yate de plata fría. El mar estaba quieto, solo el chapoteo suave contra el casco. Javier ya estaba ahí, apoyado en la barandilla, camisa abierta, pantalón de lino. Me miró y no dijo nada. Crucé la teca y me lancé a su boca. Nos besamos con desesperación, dientes chocando, lenguas buscando, sus manos agarrándome el culo con fuerza mientras yo le subía la camisa y le rascaba la espalda. Sabía a whisky y a culpa. El olor a colonia cara y sal me volvió a mojar al instante.

—Marisol… —susurró contra mis labios—. Si Carla…

—Cállate y fóllame otra vez —le corté, bajando la cremallera.

Me arrodillé en la cubierta fría. Saqué su polla gruesa y venosa, ya medio dura, y la acaricié hasta ponerla de piedra. La cabeza morada brillaba con una gota de precum. Le di una lengüetada larga desde las bolas hasta la raja, saboreando la sal de su piel y el recuerdo de la tarde. Luego me la metí entera. La tragué hasta la garganta de un solo golpe, la nariz aplastada contra su vello púbico canoso. Javier soltó un gruñido ahogado y me agarró el pelo con las dos manos, tirando justo lo suficiente para guiarme. Chupé con ganas, babas escurriéndome por la barbilla y el cuello, el sonido húmedo y obsceno llenando la noche. Cada vez que empujaba mis labios más abajo, él jadeaba mi nombre. Mis ojos lagrimeaban de placer y de falta de aire. Moví la lengua alrededor de las venas gruesas mientras subía y bajaba, succionando fuerte en la punta, jugando con las bolas pesadas con una mano. Él me follaba la boca con embestidas cortas, controladas, el pulgar limpiándome una lágrima.

—Joder, qué bien chupas, putita… la mejor amiga de mi hija de rodillas tragándome la polla bajo la luna…

Me sacó de la boca con un pop sonoro. Me levantó de un tirón, me hizo girar y me tumbó de espaldas contra la barandilla de acero frío. Me bajó el pantalón corto y las bragas de un manotazo. Abrí las piernas. Él se alineó y me penetró de un solo empujón salvaje en misionero. Su polla me abrió el coño empapado de golpe, hasta el fondo, rozándome el cuello del útero. Grité contra su hombro. Empezó a follarme con fuerza, embestidas profundas y brutas que hacían crujir la barandilla y rebotar mis tetas. El metal se me clavaba en la espalda. Cada embestida me sacudía el cuerpo entero. Sus manos me agarraban los muslos y los abrían más, clavándome contra el acero. Yo le rodeaba la cintura con las piernas, empujando hacia él, el coño chapoteando alrededor de su verga gruesa.

—Más fuerte… joder, Javier, rómpeme…

Él aceleró, sudor resbalándole por el pecho canoso sobre mis pezones. Me mordió el cuello, me chupó una marca nueva. El riesgo de que alguien en un yate cercano nos viera a la luz de la luna me tenía el clítoris palpitando. El orgasmo ya me rozaba cuando él se salió de golpe, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas mirando al mar negro. Me abrió las nalgas y volvió a entrar de lleno en mi coño empapado. Me penetró profundo, los huevos golpeándome el clítoris, las manos aferradas a mis caderas. Cada embestida me sacudía las tetas hacia delante.

—Sabes lo jodidamente prohibido que es esto —susurró contra mi oreja, la voz ronca, follándome sin piedad—. Follarme a la mejor amiga de mi hija… la niña que se queda a dormir en mi casa desde los dieciocho… si Carla lo supiera… si alguien lo supiera… te estoy follando el coño como si fueras mía, Marisol… mi puta secreta…

—Sí… sí, fóllame sabiendo que es tabú… que nunca debí dejarte metérmela… —gemí, empujando el culo hacia atrás para que me la clavara más hondo.

El coño me chorreaba por los muslos. Él sacó la polla, babosa de mis jugos, y la apoyó contra mi agujero del culo. Escupió sobre él, frotó la saliva y el precum con el pulgar, y empujó despacio. La cabeza gruesa me estiró el esfínter. Yo solté un gemido largo, agudo, el ardor mezclándose con placer puro. Entró centímetro a centímetro hasta que las bolas me golpearon. Me folló el culo con embestidas profundas y lentas al principio, luego más fuertes, más salvajes. Una mano me rodeó la cintura y me frotó el clítoris hinchado. El dual de su polla abriéndome el culo y los dedos en el coño me mandó al carajo.

—Me corro… joder, me corro con la polla de Javier en el culo… —grité, sin freno, el orgasmo explotándome en espasmos violentos. El culo se me contrajo a su alrededor en ondas fuertes, el coño chorreando jugos claros por sus dedos y por la teca. Grité de placer puro, la voz llevándose por el viento salado, el cuerpo temblando sin control.

Él gruñó, aceleró las últimas embestidas y se enterró hasta el fondo. Su polla palpitó y me llenó el culo con chorros calientes de semen. Lo sentí latir y latir, el semen caliente desbordándome, resbalando por mis muslos junto con mis propios jugos. Se quedó quieto, enterrado, jadeando contra mi nuca, las manos todavía aferrándome las caderas.

Nos desplomamos juntos contra la barandilla, todavía unidos, el semen goteándonos. Él se salió despacio con un sonido húmedo y me giró entre sus brazos. Nos quedamos abrazados jadeando, el pecho de él subiendo y bajando contra el mío, la luna bañándonos la piel sudada. Con ternura inesperada, sacó un pañuelo limpio del bolsillo y me limpió el culo y los muslos con cuidado, secando el desastre blanco y brillante, besándome los hombros mientras lo hacía. Luego me besó la boca, suave, lento, casi dulce, nada que ver con la salvajada de hacía un minuto.

—Esto es nuestro secreto ardiente —murmuró contra mis labios, la voz todavía ronca—. Cada vez que podamos… sin que nadie lo descubra. En el yate, en mi casa cuando Carla no esté, donde sea. Los dos lo elegimos. Esta pasión tabú… no la suelto. Tú tampoco. ¿Verdad?

—No la suelto —contesté, acariciándole la barba, el corazón todavía desbocado—. Es nuestro. Solo nuestro.

Me abrazó más fuerte, me besó la frente. El yate se balanceaba suave. El silencio de la bahía pesaba. Y entonces, mientras el semen todavía me resbalaba entre las nalgas y su promesa flotaba en el aire salado, algo se torció dentro de mí. Un nudo frío en el estómago. Pensé en Carla durmiendo a unos metros, en su risa de siempre, en las confidencias de años, en cómo nunca podría mirarla a los ojos sin sentir la polla de su padre todavía marcándome por dentro. Javier me acariciaba el pelo, pero su mano temblaba un segundo de más. Sus ojos, cuando se apartaron de los míos para mirar hacia el camarote de ella, tenían una sombra que no estaba ahí antes. El secreto ya nos quemaba, sí… pero de repente olía a ceniza.

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