Reencuentro Ardiente con la Madrastra en el Estudio
Vuelvo a casa y termino follando brutalmente a mi madrastra Nadia encima del escritorio del estudio.
Tengo veintiocho años y el rellano de la casa familiar me huele exactamente igual que hace un lustro: cera de muebles, jazmín de Nadia y esa quietud impostada de los domingos. Cinco años en el extranjero no borraron ni un gramo de lo que sentía al cruzar esa puerta. Papá está de viaje de negocios hasta el jueves; ella me lo dijo por mensaje con una frialdad calculada que ya me puso el cuerpo en alerta. Cuando abrió, Nadia tenía cuarenta y siete años y el mismo cuerpo que me había jodido la cabeza desde la adolescencia: curvas generosas, cintura estrecha, pechos pesados bajo un vestido negro ceñido que le llegaba a media muslo. El cabello oscuro recogido a medias, labios pintados de un rojo mate que invitaba a mancharlos.
—Theo… —susurró, y el abrazo que me dio no fue de madrastra. Se pegó entero, pechos contra mi pecho, cadera rozándome la ingle un segundo de más—. Dios, cómo has crecido.
Sentí su respiración caliente en el cuello. Durante años me había corrido en la ducha imaginando exactamente ese aliento, esa voz ronca. Ella era la mujer prohibida: la esposa de mi padre, la que me había criado a medias, la que yo follaba en mi cabeza cada noche de instituto y de universidad. Y ahora, con las maletas todavía en la mano, el deseo seguía intacto. Lo supe en la forma en que sus uñas se clavaron un instante en mi espalda antes de soltarme, en cómo me miró de arriba abajo y se le humedecieron los ojos… no de emoción maternal.
—Te he echado de menos —mentí a medias, porque lo que había echado de menos era esto: la tensión eléctrica, el secreto a gritos.
Me invitó a pasar. El salón había cambiado poco; el estudio, en cambio, lo había remodelado por completo. Cristales amplios, estanterías de roble, un escritorio enorme de madera oscura junto a la ventana y un sofá de cuero negro al fondo. Mientras me enseñaba los detalles, caminaba delante de mí. Cada vez que se detiene a señalar un cuadro o una lámpara, sus caderas rozaban mi muslo, mi ingle, como por accidente. El perfume de jazmín se me subía a la cabeza.
—Mira qué luz tiene ahora —dijo, girándose. Su pecho rozó mi brazo—. Estás… más ancho. Más hombre. En las fotos no se notaba tanto.
Me miró a la boca. Yo le devolví la mirada sin disimulo, dejándola bajar hasta el escote donde se le marcaba el pezón endurecido contra la tela.
—Nadia… —empecé, y la voz me salió grave.
Ella se acercó más, hasta que casi no cabía aire entre los dos.
—Nunca dejé de fantasear contigo —confesó en un hilo de voz, como si el estudio pudiera delatarnos—. Ni un solo mes. Me tocaba pensando en ti cuando tu padre viajaba. Me corría mordiendo la almohada y odiándome un poco… y deseándote más. Dime que yo también te jodía la cabeza. Dime la verdad, Theo.
El pecho me latía a golpes. Cinco años de distancia, de intentos fallidos con otras mujeres que nunca olían a ella, nunca se movían como ella.
—Me corrí miles de veces imaginándome dentro de ti —admití, sin adornos—. En la ducha, en la cama, en el puto avión de vuelta. Eres mi puta secreta desde que tengo memoria útil. Y estoy harto de fingir que no.
No hubo más preámbulos. Nos lanzamos el uno al otro como dos animales que llevan años enjaulados. Su boca se abrió bajo la mía, lengua voraz, dientes rozándome el labio inferior. La agarré de la nuca y la besé con toda la rabia acumulada, sabiendo perfectamente que esto era una traición, que estábamos destrozando algo irreparable… y que ninguno de los dos quería detenerse. Sus manos bajaron a mi cinturón, torpes de prisa; las mías subieron por sus muslos, levantándole el vestido hasta la cadera. Llevaba bragas de encaje negras, ya empapadas. Se lo noté al rozar el centro con los dedos: caliente, resbaladiza, lista.
—Aquí —jadeó contra mi boca—. En el escritorio. Fóllame como siempre quisiste, joder.
La levanté con facilidad y la senté sobre la superficie pulida del escritorio. Papeles y un portátil cayeron al suelo sin que nadie los mirara. Le abrí las piernas de un manotazo y me planté entre ellas. Le subí el vestido hasta la cintura, le arranqué las bragas de un tirón seco —el encaje se rompió— y se las llevé a la cara un segundo, oliendo su coño antes de tirarlas. Nadia gemía bajito, mirándome con pupilas dilatadas, las piernas ya rodeándome la cintura. Me desabroché el pantalón, saqué la polla dura como piedra, gruesa, venada, y froté la cabeza contra sus labios hinchados, repartiendo su jugo.
—Mírala cómo me pide —gruñí.
—Métela. Toda. Ahora.
Empujé de un solo golpe hasta el fondo. Estaba tan mojada que entré fácil, pero apretaba como un puño caliente. Gritó mi nombre —“¡Theo!”— y echó la cabeza atrás, pechos saliendo del escote. Empecé a embestirla con fuerza, el escritorio crujiendo contra la pared, sus uñas clavándoseme en los hombros. Cada embestida le sacaba un gemido gutural. Le mordí el cuello, le chupé un pezón a través de la tela, le agarré las nalgas para abrirla más y llegar más hondo.
—Más duro… así, joder, así… —suplicaba—. Usa a tu madrastra, úsame.
La saqué del escritorio sin salir del todo, la puse de rodillas sobre la alfombra del estudio. Se le escurría el jugo por el muslo. Agarré su pelo y le acerqué la cara a mi polla brillante de ella.
—Chúpamela. Quiero verte babear.
Nadia abrió la boca con devoción obscena y se la tragó casi entera a la primera. Saliva chorreando por la comisura, por la barbilla, cayéndole al pecho. Me miraba desde abajo mientras subía y bajaba la cabeza, lengua trabajando la base, una mano masajeándome los huevos. El sonido húmedo y obsceno llenaba el estudio. Le sujeté la cabeza con las dos manos y le follé la boca con embestidas cortas y profundas, hasta que se le escaparon lágrimas de esfuerzo y babas por todas partes. Cuando sentí que me corría demasiado pronto, la saqué con un pop sonoro.
—Al sofá. De rodillas, culo hacia mí.
Obedeció al instante, trepando al cuero negro, arqueando la espalda. Le levanté el vestido hasta la cintura otra vez y contemplé el espectáculo: coño hinchado y chorreante, culo redondo y firme. Me planté detrás y la penetré de una embestida brutal, hasta los huevos. Gritó contra el respaldo. Empecé a darle sin piedad, agarre en las caderas, piel contra piel sonando como palmadas. Alternaba el ángulo: a veces hondo en su coño, a veces sacándola del todo para frotar la cabeza contra su agujero trasero. Ella misma, sin que se lo pidiera, se abrió las nalgas con las dos manos.
—Ahí… el culo también. Quiero sentirte en los dos sitios. Soy tu madrastra puta, Theo. Lléname como siempre quise ser para ti.
Escupí sobre su culo, presioné la cabeza contra el anillo apretado y empujé despacio hasta que cedió y me tragué medio falo. Nadia aulló de placer-dolor, empujando hacia atrás para tomarme más. Follé su culo con embestidas profundas y constantes, luego volví a su coño empapado, luego otra vez al culo, marcando el ritmo que me daba la gana. Ella gemía mi nombre una y otra vez, “Theo, Theo, fóllame, lléname”, perdiendo el control, el maquillaje corrido, el vestido hecho un desastre. Le di una palmada sonora en una nalga y se le cerró el culo alrededor de mi polla como un espasmo.
—Me corro… me corro con tu polla en el culo… —avisó, y se deshizo en un orgasmo largo, temblando, exprimiendo.
La saqué, la giré, la tumbé de espaldas en el sofá y volví a entrar en su coño para rematar. Tres, cuatro embestidas salvajes y me corrí con un gruñido, disparando chorros espesos dentro de ella, llenándola hasta que rebosó y se le escapó semen por los labios hinchados. Seguí bombeando despacio, vaciándome del todo, mientras ella me miraba con ojos vidriosos y una sonrisa de complicidad sucia.
Terminamos jadeando, cubiertos de sudor, saliva y semen. El estudio olía a sexo crudo. Nadia se resbaló al suelo de rodillas una vez más, me tomó la polla semiblanda y la limpió con la lengua, lenta, saboreando la mezcla de los dos, sin apartar la mirada de la mía. Cada lametón era una promesa.
—Esto —susurró contra el glande, besándolo— será nuestro secreto ardiente cada vez que tu padre se ausente. Cada viaje. Cada puta noche que podamos. No voy a dejar de quererte dentro.
Le acaricié el pelo, todavía sin aliento, sintiendo cómo la adicción ya me había clavado los dientes.
—Volveré pronto —le prometí—. Muy pronto. Los dos sabemos que esto no se apaga. Que ya somos adictos a este robo.
Ella sonrió, se pasó un dedo entre las piernas, recogió un hilo de mi semen y se lo metió en la boca como un sello. Afuera, el reloj del pasillo marcaba que el mundo seguía girando. Dentro, la traición acababa de empezar de verdad… y ninguno de los dos tenía la menor intención de ponerle freno la próxima vez que la casa se quedara vacía.
Seguíamos jadeando en el suelo del estudio, el semen todavía espeso entre sus labios hinchados y mi polla brillando con la mezcla de los dos. Nadia no soltó mi glande; lo mantuvo entre la lengua y el paladar como si no quisiera soltar la droga. Yo la miraba desde arriba, con la mano aún enredada en su pelo oscuro, y sentí cómo la sangre me volvía a bombardear la verga a los pocos segundos. Cinco años de espera no se gastaban en una sola corrida. El escritorio, el sofá, la alfombra… todo olía a joder a madrastra puta y yo necesitaba más.
—No te levantes —ordené con la voz ronca—. Quédate de rodillas y abre esa boca otra vez. Quiero ver cómo se te llena de babas mientras te la meto hasta la garganta.
Ella obedeció al instante, abriendo los labios ya hinchados y sacando la lengua. Empujé la cabeza de un golpe seco. La polla, todavía semidura, se hinchó del todo dentro de su calor húmedo. Nadia se atragantó un segundo, lágrimas saltándole de los ojos, pero no retrocedió: se empujó más hacia adelante hasta que su nariz rozó mi bajo vientre y sus manos agarraron mis caderas. Empecé a follarle la boca con embestidas cortas y profundas, el sonido húmedo y asqueroso llenando el estudio silencioso. Cada vez que salía, un hilo de saliva y restos de semen colgaba de su labio inferior hasta el pecho. Le apreté las mejillas con los dedos para que se le marcaran y la miré a los ojos.
—Esto es lo que soñabas cuando te tocaba, ¿verdad? Chupar la polla de tu hijastro como una zorra desesperada. Di que sí.
—Ssss… sí, Theo… tu puta madrastra… —balbuceó alrededor de mi verga, la voz vibrándole en la garganta.
La saqué de un tirón, un hilo viscoso uniéndonos todavía. La levanté del suelo como si no pesara y la tumbé de espaldas sobre el escritorio otra vez. Los papeles crujieron bajo su espalda. Le abrí las piernas hasta el máximo, agarrándole los muslos con fuerza hasta dejar marcas blancas, y contemplé el desastre: el coño rojo, abierto, goteando mi leche anterior por el culo y la raja. Escupí directo sobre su clítoris hinchado y froté la cabeza de mi polla de arriba abajo, repartiendo la saliva y el semen viejo.
—Mírate. Llena de mi corrida y todavía pides más. Eres un agujero andante para mí.
—Métela… joder, métela toda y no pares —suplicó, arqueando la espalda, los pechos pesados saliéndose del vestido roto—. Fóllame el coño hasta que duela.
Entré de un solo embestida brutal. El escritorio se movió varios centímetros contra la pared. Nadia gritó mi nombre y clavó las uñas en mis antebrazos. Empecé a darle sin piedad, el sonido de mis huevos contra su culo resonando como palmadas mojadas. Cada embestida le sacaba un gemido gutural, pechos rebotando, maquillaje corrido por las mejillas. Le agarré el cuello con una mano, no para ahogarla del todo, solo para sentir cómo se le tensaba la garganta mientras la follaba como un animal. Con la otra le pellizqué un pezón hasta que ella misma se lo ofreció a mi boca. Lo chupé fuerte, lo mordí, lo marqué.
—Más… más duro… úsame como siempre quisiste, Theo. Soy tu madrastra. Tú padre no está. Fóllame hasta que no pueda caminar.
Cambié el ángulo, subiendo sus piernas a mis hombros. Así llegaba más hondo, rozándole el punto que la hacía temblar. Sentí cómo se le cerraba el coño a ratos, exprimiendo mi polla con espasmos. Ella se tocaba el clítoris con dos dedos frenéticos, el jugo salpicando sobre el madera pulida. El olor a sexo crudo, a jazmín y a traición me subía a la cabeza como una borrachera.
—Me corro otra vez… joder, me corro con la polla de mi hijastro dentro… —avisó, y se deshizo en un orgasmo violento, el cuerpo entero sacudiéndose, el coño contrayéndose alrededor de mí como un puño caliente. El líquido le salió a chorros, mojándome los huevos y el escritorio. Seguí embistiéndola a través del orgasmo, sin piedad, hasta que ella lloriqueó de sobreestimulación.
La saqué todavía temblando y la giré de un manotazo. Ahora quedó de pechos contra la superficie, culo en alto, piernas abiertas. Le abrí las nalgas con las dos manos y miré el anillo apretado todavía brillando con saliva y restos de antes. Escupí de nuevo, directo al agujero, y froté la cabeza gruesa contra él.
—Vas a tomar mi polla en el culo otra vez. Y esta vez te la voy a meter entera hasta que grites.
—Hazlo… rómpeme el culo, Theo. Quiero sentirte ahí días.
Empujé despacio al principio, sintiendo cómo el anillo cedía milímetro a milímetro. Nadia aulló contra la madera, empujando hacia atrás ella misma para tragarse más. Cuando estuve a medias, agarré sus caderas y empujé de un solo golpe hasta los huevos. Se le escapó un grito ahogado, las uñas arañando el escritorio. Empecé a follarle el culo con embestidas largas y profundas, sacándola casi del todo para volver a clavármela. El calor era asfixxiante, el apretón loco. Alternaba: tres embestidas en el culo, dos en el coño empapado, otra vez el culo. Ella misma se abría las nalgas con las manos para que yo viera cómo mi polla entraba y salía, brillante de mierda y jugos.
—Mira cómo te abres para mí… qué puta tan perfecta. Mi madrastra de culo estrecho. Te voy a llenar los dos agujeros hasta que chorrees por las piernas.
Le di una palmada fuerte en la nalga derecha, luego en la izquierda. La piel se puso roja al instante. Nadia gemía sin parar, palabras rotas: “Theo… más… fóllame el culo… soy tuya… lléname…”. Le metí dos dedos en el coño mientras le follaba el trasero y la sentí correrse otra vez, el cuerpo entero sacudiéndose, el culo apretándome la verga en espasmos rítmicos. El semen anterior le salía a chorritos cada vez que yo salía.
La saqué del escritorio sin salir del culo del todo, la arrastré hasta el sofá de cuero y la monté a horcajadas al revés, de espaldas a mí. Así ella se impaló sola, bajando el culo sobre mi polla hasta que me la tragó entera. La agarré de las tetas por detrás, pellizcando los pezones, y la hice subir y bajar a mi ritmo. El cuero crujía bajo nosotros. Desde esa posición veía cómo su coño chorreaba sobre mis huevos, cómo el anillo de su culo se estiraba alrededor de mi verga gruesa.
—Muévete más rápido. Quiero que te corras otra vez con el culo lleno.
Ella se puso a cabalgarme como una loca, el vestido hecho jirones colgando de un hombro, el pelo pegado al sudor de la nuca. Cada bajada le sacaba un gemido gutural. Yo le metía la mano entre las piernas y le frotaba el clítoris a golpes rápidos. Sentí cómo se le acercaba el tercero: el culo se le cerró como un torniquete, el cuerpo se le puso rígido y gritó mi nombre mientras se orinaba un poco de puro placer, el líquido caliente resbalándome por los muslos. No aguanté más.
La empujé de bruces otra vez sobre el sofá, me planté detrás y le follé el culo a embestidas salvajes, cortas, brutales. Tres, cuatro, cinco… y me corrí con un gruñido animal, disparando chorros espesos y calientes dentro de su agujero. Seguí bombeando, vaciándome hasta la última gota, sintiendo cómo el semen se le escapaba alrededor de mi polla y le bajaba por el coño y los muslos. Cuando saqué, un hilo grueso de leche blanca le colgó del culo abierto. Nadia se quedó ahí, de rodillas sobre el cuero, el culo goteando, el coño abierto y rojo, temblando.
Me acerqué, le agarré el pelo y le acerqué la cara a mi polla sucia. Ella abrió la boca sin que se lo pidiera y lamió todo: el semen, los jugos, la mierda diluida. Se la limpió entera con la lengua, succionando el glande hasta dejarlo brillante. Luego se pasó dos dedos por el culo, recogió un buen chorro de mi corrida y se lo metió en la boca, saboreándolo con los ojos cerrados. Se pasó otro tanto por el coño y se lo untó en los pechos.
Yo la miraba desde arriba, la polla todavía semidura, el pecho subiendo y bajando. El estudio era un desastre de papeles, saliva, semen y olor a follada brutal. Nadia se giró un poco, me miró con la boca abierta y la lengua llena de mi leche, y se tocó el culo goteante con dos dedos, metiéndolos y sacándolos para que yo viera el desastre blanco que le había dejado.
—Mira cómo me has dejado el culo, Theo… lleno de tu leche espesa, abierto y chorreando. La próxima vez que tu padre se vaya me vas a follar así otra vez, me vas a reventar los dos agujeros hasta que no pueda ni cerrar las piernas, y me vas a llenar otra vez como la puta madrastra que soy para ti.
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