Tentation Compartida en el Diner de Medianoche

En el diner de medianoche, Gwen y su hijastro Julius se dejan llevar por la tentación prohibida y follan salvajemente en el baño.

26 min read August 30, 2026New

El relámpago de neón del diner de medianoche parpadeaba contra el cristal empañado, teñiendo de rosa y azul el asfalto mojado de la carretera. Gwen empujó la puerta de cristal y el timbre de la entrada sonó como un aviso sucio. Tenía cuarenta y dos años, el cuerpo todavía firme y generoso de mujer que sabe lo que tiene, y llevaba puesto ese vestido negro ajustado que se le pegaba a la piel como una segunda capa de pecados. El escote profundo dejaba a la vista el surco pesado de sus tetas, el tejido rozaba los pezones duros por el aire acondicionado, y la falda corta se le subía un poco más cada vez que daba un paso, marcando el contorno redondo y carnoso de su culo. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sabía que Julius iba a llegar en cualquier momento.

Julius aparcó el coche al lado del local, todavía con el olor a universidad y a carretera en la ropa. Veinticuatro años, hombros anchos, la mandíbula tensa de quien lleva meses imaginando lo que no debería. Su padre estaba de viaje de negocios otra vez. La casa vacía. Y ella, su madrastra, le había mandado un mensaje corto: Pasa por el diner. Te espero. Nada más. Él había conducido tres horas con la polla medio dura solo de pensar en esa puta voz calmada.

Cuando entró, la vio al fondo, en el último booth, con las piernas cruzadas y una taza de café humeante entre los dedos. El vestido negro la devoraba. Julius se detuvo un segundo en la puerta, la polla dándole un tirón traicionero contra el vaquero.

—Mira quién ha vuelto —dijo Gwen, y su sonrisa era lenta, peligrosa—. Acércate, Julius. No muerdo… todavía.

Él se sentó enfrente. El olor de ella le golpeó de inmediato: perfume caro mezclado con un deje caliente de piel. No pudo evitar bajar la mirada. Las tetas de Gwen se hinchaban con cada respiración, el escote ofreciendo el principio de esos pechos pesados y suaves que él había pillado mil veces en la casa, saliendo de la ducha, o cuando ella se inclinaba a recoger algo del suelo. Prohibido. Absolutamente jodidamente prohibido. Era la esposa de su padre. La mujer que le había hecho de madre desde que tenía diecisiete. Y aun así su polla latía como un animal idiota.

—Has crecido —murmuró ella, mirándole la boca, el cuello, el bulto que intentaba disimular bajo la mesa—. La universidad te sienta bien. O quizás es que yo me estoy volviendo una puta descarada con la edad.

Julius se removió. Las piernas de Gwen se rozaron bajo la mesa. El pie de ella, con el zapato de tacón, rozó su tobillo y subió un centímetro por la pantorrilla.

—Gwen… —su voz salió ronca—. No deberíamos…

—¿No deberíamos qué? —Ella se inclinó hacia delante. El escote se abrió más. Él vio el borde del sujetador de encaje negro, la carne cremosa desbordándose—. ¿Mirarme? Porque lo estás haciendo, cariño. Me estás follando con los ojos desde que entraste. Mis tetas. Mi culo. Dilo.

Él tragó saliva. El camarero anciano estaba al otro lado del local, limpiando la encimera, demasiado lejos para oír el murmullo sucio.

—Se te marcan los pezones —confesó Julius, la voz baja y áspera—. Ese vestido… joder, Gwen, se te ve todo el contorno del coño cuando te sientas así. Y sé que no debo. Sé que eres de él. Pero mi polla no entiende de eso.

Gwen sonrió, lenta, y descruzó las piernas. El vestido se subió un poco más por los muslos gruesos y suaves. Abrió un poco las rodillas bajo la mesa, lo bastante para que él adivinara la oscuridad entre ellas.

—Tu padre está a trescientos kilómetros —susurró—. Y yo llevo meses mojándome cada vez que te veo en fotos, o cuando llamas y oigo tu voz. Me toco pensando en ti, Julius. Me meto los dedos en el coño imaginando que eres tú el que me abre las piernas sobre esta misma mesa. ¿Eso te parece suficientemente prohibido?

El corazón de Julius martilleaba. Notaba el pre-semen manchándole el bóxer. Quería levantarse, agarrarla del pelo y clavarle la polla hasta el fondo ahí mismo, delante de todo el mundo. En cambio se quedó quieto, respirando agitadamente, devorándola con la mirada.

—Levanta un poco más la falda —ordenó él, sorprendido de su propia voz—. Quiero ver.

Gwen miró alrededor. El local casi vacío. Solo el viejo camarero y el zumbido del neón. Con una sonrisa de puta satisfecha, tiró del dobladillo del vestido hacia arriba, centímetro a centímetro, hasta que las bragas negras de encaje quedaron a la vista. El tejido ya estaba oscurecido en el centro, empapado.

—Mira lo que me haces, hijastro de mierda —murmuró ella, sin vergüenza—. Estoy chorreando solo de tenerte mirándome las tetas. ¿Quieres tocarlas? Dilo. Di lo que quieres hacerme aunque sea un pecado de los gordos.

Julius apretó los puños sobre la mesa. Las venas del cuello se le marcaban.

—Quiero sacártelas del vestido y chupártelas hasta dejártelas moradas. Quiero agarrarte de ese culo gordo y abrirte las nalgas para lamerte el coño y el culo. Quiero follarte como una puta en el baño de este mierda de diner mientras la gente come panqueques a diez metros. Y odio lo mucho que lo deseo, porque eres suya.

Gwen se pasó la lengua por el labio inferior, lenta. Metió dos dedos bajo el encaje de la braga, se tocó a sí misma sin pudor y luego levantó los dedos brillantes de jugos.

—Prueba —susurró.

Julius miró alrededor una vez más. El camarero estaba de espaldas. Se inclinó, olió el aroma a coño caliente de su madrastra, y chupó esos dedos con avidez, lamiendo cada gota. El sabor le subió directo a la polla. Gwen jadeó bajito al verlo.

—Hijo de puta… —gimió ella—. Así que sí sabes chupar. Imagínate lo que harías con la lengua entre mis labios. Me correría en tu cara en menos de un minuto.

Él soltó los dedos con un hilo de saliva.

—El baño —dijo de pronto, la voz rota—. Ahora. Antes de que me corra en los pantalones como un adolescente.

Gwen dudó solo un segundo. La emoción de lo prohibido le brillaba en los ojos. Se levantó despacio, el vestido todavía pegado a los muslos húmedos, y caminó hacia el fondo del diner con ese balanceo exagerado de cadera que hacía que el culo se moviera de un lado a otro como una provocación viva. Julius la siguió, la polla doliéndole, la mente llena de imágenes sucias: Gwen de rodillas en el baño estrecho, las tetas fuera, la boca abierta; él embistiéndola contra el lavabo mientras ella mordía el dorso de la mano para no gritar el nombre de su hijastro.

Pasaron junto a la cocina. El olor a grasa y café. La puerta del baño de unisex estaba al fondo de un pasillo estrecho, con una bombilla parpadeante. Gwen abrió, miró atrás y le hizo un gesto con la cabeza.

—Entra. Y cierra con llave. Si alguien llama, fingimos que te estás meando la pierna o lo que sea. Pero una vez dentro… —se mordió el labio, los ojos oscuros de lujuria—. No me trates como la esposa de tu padre. Trátame como la puta que se está muriendo por tu polla.

Julius entró detrás de ella. El baño era pequeño, azulejos blancos, un lavabo manchado, un espejo rayado. El clic de la cerradura sonó demasiado alto. El aire se volvió denso de inmediato. Gwen se apoyó contra el lavabo, abrió las piernas y tiró del escote hacia abajo. Las tetas saltaron fuera, pesadas, los pezones oscuros y duros como piedras. Se los exprimió con las dos manos, ofreciéndoselos.

—Tócalas. Chúpalas. Haz lo que quieras antes de que se nos acabe el valor.

Julius dio un paso. Sus manos grandes cubrieron esas tetas calientes, las aplastó, las pesó, sintió la suavidad contra las palmas. Bajó la cabeza y se metió un pezón en la boca, chupando fuerte, mordisqueando, mientras la otra mano bajaba por la falda y se colaba bajo las bragas empapadas. Los dedos se le hundieron en el coño caliente y resbaladizo de Gwen. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado.

—Joder, sí… así… mételos enteros… tu padre nunca me toca así…

Él la follaba con los dedos, el pulgar frotándole el clítoris hinchado, la boca pasando de una teta a la otra, baboso, hambriento. La polla le pedía a gritos salir. Gwen le bajó la cremallera con torpeza, metió la mano y sacó esa verga gruesa y dura, ya goteando. La acarició de arriba abajo, esparciendo el líquido por el glande.

—Mírala… tan grande… me la voy a meter entera en el coño hasta que se me salga por la garganta —susurró contra su oreja—. Pero primero quiero que me gires, me levantes el vestido y me mires el culo. Quiero que me digas lo puta que me veo siendo tu madrastra.

Julius la giró de golpe. Gwen se agarró al lavabo. Él le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas hasta los muslos y se quedó mirando: el culo redondo, blanco, con esa hendidura húmeda y rosada del coño ya entreabierto y goteando por los muslos. Prohibido. Delicioso. Iba a destrozarla.

Se frotó la polla entre los labios de ella, sin entrar todavía, solo manchándola de pre-semen, disfrutando del calor. Gwen empujó hacia atrás, buscando.

—Métela… por favor, Julius… fóllame antes de que recapacite…

Él le agarró las caderas con fuerza, la punta ya abriendo esos pliegues calientes…

Y entonces alguien golpeó la puerta del baño.

—¿Hay alguien ahí? ¡El baño de caballeros está roto!

Gwen y Julius se quedaron congelados, respirando agitados, la polla de él a un centímetro de hundirse en el coño de su madrastra. El corazón les latía a mil. La tensión, lejos de romperse, se tensó todavía más, cruda y sucia, esperando el siguiente segundo para decidir si se arriesgaban a todo.

El golpe en la puerta los dejó petrificados. La polla de Julius seguía palpitando contra los labios hinchados del coño de Gwen, el glande ya rozando la entrada resbaladiza, untado de sus jugos. Ella apretó los dientes y soltó un jadeo ahogado, las uñas clavadas en el borde del lavabo manchado. El corazón le martilleaba en las tetas descubiertas, los pezones todavía brillantes de saliva.

—¿Hay alguien ahí? —repitió la voz ronca del otro lado—. ¡El de caballeros está jodido, tío! Necesito mear.

Julius tragó saliva. Su mano derecha seguía aferrando la cadera carnosa de su madrastra, los dedos hundidos en la carne blanda. Con la izquierda se llevó el índice a los labios de ella, un gesto silencioso. Gwen asintió apenas, los ojos negros de miedo y de ganas.

—Ocupado —gruñó él, forzando la voz para que sonara irritada y normal—. Dame dos minutos, joder.

Pasos. Un bufido. Luego silencio. Pero no se fueron del todo; se oía el roce de alguien apoyado contra la pared del pasillo, esperando. El aire del baño olía a sexo a medio empezar, a perfume caro y a pre-semen. Julius no se retiró. Al contrario: empujó un centímetro más, solo la cabeza, abriendo esos pliegues calientes y empapados. Gwen se mordió el labio inferior hasta casi hacerse daño para no gemir.

—Hijo de puta… —susurró ella sin voz, empujando el culo hacia atrás con desesperación—. Métela del todo. Si me voy a arriesgar a que nos pille ese cabrón, que sea con tu polla enterrada hasta los huevos.

Él le agarró el culo con las dos manos, separó las nalgas y miró cómo el coño de su madrastra se tragaba el glande grueso. Lento. Sucio. Cada vena rozaba la carne interna. Gwen temblaba, el vestido negro subido hasta la cintura, las bragas negras de encaje tirantes entre los muslos. El espejo rayado les devolvía la imagen: ella inclinada, las tetas pesadas colgando y rebotando un poco, él detrás con la mandíbula tensa y la mirada de animal que lleva meses conteniéndose.

—Llevo meses pajeándome con esta imagen —confesó Julius al oído, la voz ronca apenas un soplo—. En la residencia, en la ducha, en la cama. Me corría pensando en abrirte las piernas, en follarme el coño de la mujer de mi padre hasta dejarlo destrozado. Y ahora estás aquí, chorreando alrededor de mi polla como una puta cualquiera.

Gwen giró la cabeza lo suficiente para mirarlo de reojo. Una sonrisa torcida, llena de lujuria.

—Y yo me metía tres dedos cada noche imaginando exactamente esto. Tu polla joven, dura, sin piedad. Me mojaba las sábanas pensando en que me usaras. Cruza las piernas debajo de la mesa otra vez… —su voz se quebró cuando él empujó más hondo— joder, sí, así… déjame sentirla entera.

Julius embistió de un solo tajo. La polla desapareció hasta la base, los huevos golpeando el clítoris hinchado de Gwen. Ella soltó un gemido ahogado contra el dorso de la mano. El baño era tan pequeño que cada embestida hacía crujir el lavabo. Él no se contuvo: sacó casi toda la verga y volvió a clavársela de golpe, húmedo, brutal, el sonido obsceno de carne contra carne resonando a pesar de los esfuerzos por callar.

—Más fuerte —rogó ella entre dientes—. Fóllame como si me odiaras por tentarte. Como la madrastra puta que soy.

Él le dio una palmada seca en una nalga. La carne tembló. Luego otra. El rojo empezó a marcarse. Julius le agarró el pelo con una mano, tirando hacia atrás para arquearle más la espalda, y aceleró el ritmo. La polla entraba y salía brillante de jugos, abriendo el coño rosa y hinchado una y otra vez. Cada embestida sacudía las tetas de Gwen, que se aplastaban contra el lavabo frío. Ella miraba el espejo, veía cómo su hijastro la destruía, y se le escapaba la baba.

Fuera, el tipo del pasillo tosió. Julius no paró. Al contrario: se inclinó sobre la espalda de ella, le mordió el hombro a través del vestido y le susurró al oído mientras le martillaba el coño:

—Escúchalo. Está ahí fuera. Y yo estoy dentro de ti. Si abre esa puerta nos ve con mi polla a diez centímetros de tu útero. ¿Te corre eso, Gwen? ¿Te moja más saber que cualquiera puede pillarnos?

—Sí… joder, sí… —ella empujaba el culo al encuentro de cada embestida, el clítoris frotado por los huevos una y otra vez—. Me voy a correr. No pares. Relléname. Quiero sentir cómo me dejas llena de tu leche mientras ese cabrón espera su turno para mear.

Julius le rodeó la cintura con un brazo y bajó la mano hasta el coño. Encontró el clítoris hinchado y lo frottó en círculos rápidos, sincrónicos con las embestidas. Gwen se puso rígida. El orgasmo le subió desde las rodillas, le contrajo el vientre, le hizo apretar la polla como un puño caliente y empapado. Se corrió en silencio, la boca abierta en un grito mudo, el coño espasmódico succionando la verga de su hijastro. Los jugos le resbalaban por los muslos, manchando las bragas bajadas y el suelo del baño.

Él no se detuvo. La folló a través del orgasmo, más profundo, más sucio, disfrutando de cómo ella se derretía alrededor de él. Cuando los temblores amainaron, Julius se salió de golpe. Gwen gimió por la pérdida. Él la giró, la sentó a horcajadas sobre el borde del lavabo y le abrió las piernas de par en par. La polla, roja y brillante de sus fluidos, apuntaba otra vez al coño abierto y goteante.

—Mírame —ordenó—. Quiero verte la cara mientras te la meto otra vez. Quiero que sepas exactamente quién te está follando.

Gwen lo miró. Los ojos vidriosos, la boca hinchada de morderse. Julius empujó dentro de nuevo, lento esta vez, centímetro a centímetro, hasta que los pelos del pubis se mezclaron. Ella rodeó su cuello con los brazos y pegó la frente a la suya.

—Meses… —susurró ella, moviendo las caderas en círculos—. Llevo meses fantaseando con esta polla joven y dura. Me tocaba en la cama de tu padre imaginando que eras tú. Y tú… confiesa. Dime cómo te pajeabas pensando en tu madrastra.

Julius empezó a moverse otra vez, embestidas cortas y profundas que hacían chapotear el coño.

—En el baño de la uni. Agarrado a la ducha. Pensando en tirarte del pelo y follarte la garganta primero. Luego en darte la vuelta y metértela en el culo también. Me corría gritando tu nombre en silencio. Y ahora te tengo. Y no voy a parar hasta que este baño huela solo a nosotros dos.

La puerta volvió a recibir un golpe, más impaciente.

—¡Eh, tío, date prisa!

Julius respondió con una embestida especialmente brutal que hizo que Gwen soltara un gemidito ahogado contra su cuello. Él le tapó la boca con la mano y aceleró, follándola sin piedad, el lavabo crujiendo, las tetas rebotando contra su pecho. El riesgo lo volvía más duro, más grueso. Sentía los huevos subiendo, el orgasmo acercándose como un tren.

Pero no se corrió. Aun. Sacó la polla otra vez, le dio un par de palmadas con ella en el clítoris hinchado y luego se la frotó entre los labios sin entrar, manchándola más.

—No todavía —jadeó—. Quiero follarte de pie, contra la pared. Quiero que me chupes los huevos mientras te meto los dedos. Quiero dejarte tan usada que cuando salgamos el camarero sepa solo de mirarte que te han abierto las piernas en su puto baño.

Gwen resbaló del lavabo, se arrodilló en el suelo sucio sin que se lo pidiera y le lamió la polla de base a punta, saboreando sus propios jugos mezclados con el pre-semen de él. Miró hacia arriba, con esa cara de madrastra puta y sumisa.

—Entonces úsame. Aquí. Ahora. Antes de que ese cabrón tire la puerta abajo. Métimela en la boca. Fóllame la garganta. Quiero atragantarme con ella mientras él espera fuera.

Julius le agarró la cabeza con las dos manos y empujó. La polla desapareció entre los labios pintados de Gwen, hasta la garganta. Ella se atragantó, los ojos llorosos, pero no retrocedió. Él embistió con cuidado al principio, luego más fuerte, follándole la boca exactamente como había fantaseado tantas noches. El sonido húmedo de saliva y garganta era obsceno. Fuera, el tipo pateó la puerta una vez más.

La tensión no bajaba. Al contrario: cada segundo que pasaban ahí dentro, con la polla de Julius enterrada en la garganta de su madrastra y el desconocido a un metro de distancia, era una mecha ardiendo. Gwen se tocaba el coño con dos dedos mientras chupaba, mojada otra vez, lista para la siguiente ronda. Julius tiró de ella hacia arriba, la pegó contra la pared fría de azulejos, le levantó una pierna y se alineó otra vez con esa entrada caliente y resbaladiza.

La punta volvió a abrirla. Ambos contuvieron la respiración. El pasillo seguía en silencio tenso. Y el deseo prohibido, lejos de saciarse, solo pedía más.

La punta de la polla de Julius abrió otra vez los labios hinchados del coño de Gwen, resbalando un centímetro dentro de aquella carne caliente y empapada. El silencio del pasillo pesaba como una amenaza. Ella sintió el pulso de él latiéndole contra la entrada y no aguantó más. Con las piernas temblando, se deslizó por la pared de azulejos hasta quedar de rodillas en el suelo sucio del baño. El vestido negro le quedó subido a la cintura, las tetas pesadas todavía fuera, pezones duros y brillantes de saliva.

—Dámela —jadeó, mirándolo desde abajo con ojos de puta famélica—. Quiero tragármela entera. Quiero que me la metas hasta la garganta mientras ese cabrón espera fuera. Úsame la boca, Julius. Fóllame la cara como la madrastra cerda que soy.

Julius no dudó. Le agarró el pelo con las dos manos, tirando con fuerza hasta arquearle el cuello, y empujó. La verga gruesa y brillante de jugos de ella desapareció entre los labios pintados de Gwen. Ella abrió la garganta y se la tragó hasta la base de un solo golpe, la nariz aplastada contra el vello púbico, los ojos llorosos de inmediato. El glande le rozó la campanilla y más allá. Gwen se atragantó, un gorgoteo húmedo y obsceno, pero no retrocedió. Al contrario: se la metió más hondo, la lengua trabajando la parte inferior mientras tragaba alrededor del tronco grueso.

—Joder… —gruñó Julius, la voz rota, embistiendo con cortos empujones que le llenaban la boca por completo—. Mira cómo te la comes, madrastra de mierda. Llevo meses soñando con esto. Con tu boca de puta alrededor de mi polla. Trágala. Chúpame los huevos también.

Gwen soltó un gemido ahogado y sacó la verga solo lo suficiente para lamerle los huevos tensos, succionándolos uno a uno mientras lo miraba con babas espesas cayéndole por la barbilla. Luego volvió a engullirla hasta el fondo, las manos agarrándole las nalgas para forzarla más adentro. Julius le tiró del pelo con más fuerza, usándole la cara como un coño, follándole la garganta con embestidas profundas y rítmicas. Cada vez que salía, un hilo de saliva y pre-semen conectaba la punta con los labios de ella. Gwen se tocaba el coño con dos dedos, chapoteando, el clítoris hinchado y resbaladizo.

Fuera, el tipo del pasillo golpeó la puerta otra vez.

—¡Date prisa, coño!

Julius respondió clavándole la polla más hondo en la garganta de Gwen. Ella se atragantó fuerte, las lágrimas corriéndole por las mejillas, pero siguió chupando con ansia, tragando alrededor de él, gozando del asfix y del riesgo. Cuando él tiró de ella hacia arriba, Gwen se levantó jadeando, la boca roja e hinchada, babosa.

—Ahora te voy a follar como te mereces —rugió él.

La giró de golpe y la empujó contra el lavabo. Gwen se agarró al borde manchado con las dos manos. Julius le subió el vestido hasta la cintura de un tirón, le agarró las bragas negras de encaje y se las arrancó de un tirón brutal. El tejido se rompió. Se las tiró al suelo. El culo redondo y blanco de su madrastra quedó expuesto, las nalgas abiertas, el coño goteando jugos espesos por los muslos. Él se frotó la polla entre esos labios hinchados un segundo y luego embistió de un solo tajo, clavándosela hasta los huevos.

Gwen soltó un grito ahogado que se convirtió en gemido cuando él empezó a follarla en perrito con fuerza salvaje. Las embestidas eran profundas, húmedas, el sonido de carne contra carne resonando en el baño pequeño. El lavabo crujía. Las tetas de Gwen rebotaban colgando, pesadas, los pezones rozando el porcelanato frío.

—Más fuerte… joder, Julius, destrozame el coño —suplicó ella, empujando el culo hacia atrás al encuentro de cada embestida—. Trátame como tu puta personal. Como la mujer de tu padre que se deja abrir las piernas por su hijastro.

Julius le dio una palmada seca en una nalga y luego en la otra. La carne tembló. Aceleró el ritmo, la polla entrando y saliendo brillante, abriendo aquel coño rosa una y otra vez. Entonces, sin parar de follarla, le escupió en la raja del culo, untó dos dedos con saliva y se los metió de golpe. Gwen gritó contra el dorso de la mano. Los dos dedos gruesos se hundieron en el agujero apretado mientras la verga le martillaba el coño. Él los movía al mismo ritmo de las embestidas, abriéndole el culo, estirándola, follándole los dos agujeros a la vez.

—Sientes eso, madrastra puta —jadeó él al oído, la voz áspera—. Mi polla en tu coño y los dedos en el culo. Así te soñaba. Llena. Usada. Chorréame más. Apreta.

Gwen apretó alrededor de él, el orgasmo ya subiendo otra vez. Los dedos en el culo la volvían loca; cada embestida los empujaba más hondo. El espejo les devolvía la imagen sucia: ella inclinada, el culo rojo de palmadas, la polla de su hijastro desapareciendo entre sus pliegues, los dedos de él metidos hasta el nudillo en el agujero estrecho. El tipo del pasillo volvió a toser, pero ninguno de los dos paró.

Julius sacó la polla de golpe, le dio la vuelta otra vez y la sentó en el borde del lavabo. Le abrió las piernas de par en par, le colocó los tacones sobre el borde del lavabo mismo para dejarla completamente expuesta, y se la clavó de frente de un solo empujón. Gwen rodeó su cintura con las piernas y se agarró a sus hombros. Ahora se miraban a los ojos mientras él la follaba sin piedad. Las tetas de ella rebotaban con cada embestida, pesadas, los pezones rozándole el pecho. Julius se inclinó y se metió uno en la boca, chupándolo fuerte mientras le martillaba el coño.

—Mírame —ordenó entre chupetones—. Quiero ver tu cara cuando te corras con la polla de tu hijastro dentro. Dime lo puta que eres.

—Soy tu puta… —gimió Gwen, la voz rota, las tetas saltando arriba y abajo—. La puta de mi hijastro. Me corría tocándome cada noche imaginando exactamente esto. Tu polla joven abriéndome. Fóllame más fuerte. Relléname. Quiero tu leche hasta el fondo.

Julius aceleró. Las embestidas eran brutales, el lavabo crujiendo como si fuera a romperse. El coño de Gwen chapoteaba alrededor de la verga, los jugos resbalándole por el culo y el borde del lavabo. Él le agarró una teta con una mano, apretándola, y con la otra le frotó el clítoris hinchado en círculos rápidos. Gwen se puso rígida. El orgasmo le explotó desde el vientre, un grito gutural que no pudo contener del todo.

—¡Julius… joder, me corro…!

El coño se le contrajo en espasmos violentos, succionándole la polla. Julius no aguantó. Con un rugido bajo le embistió tres veces más, profundo, y se corrió dentro de ella. La leche caliente le salió a chorros, llenándole el coño, desbordándose alrededor de la verga mientras seguía follándola a través del orgasmo. Gwen lo sentía latir y bombear, cada chorro caliente empujando más adentro. Ambos temblaban, jadeando, el baño oliendo a sexo crudo y prohibido.

Julius siguió moviéndose despacio, sacando la polla a medias y volviendo a entrar, empujando su propia corrida más hondo. La leche le goteaba a Gwen por el culo y los muslos, manchando el suelo. Ella lo miró, todavía con las piernas abiertas, el coño abierto y cremoso.

—No hemos terminado —susurró ella, la voz ronca, pasando un dedo por entre sus labios y lamiendo la mezcla de jugos y semen—. Ese cabrón sigue fuera. Y yo quiero que me la metas otra vez. En el culo esta vez. Quiero salir de aquí cojeando y llena de ti por todos lados.

Julius sonrió, sucio, la polla todavía dura y brillante de su corrida compartida. El golpe en la puerta volvió, más furioso.

—¡Abrid de una puta vez!

Él no se retiró. Al contrario: se frotó otra vez entre los labios cremosos de Gwen, untándose de su propia leche, y le susurró al oído mientras el desconocido pataleaba fuera:

—Que espere. Todavía no he terminado de follarme a mi madrastra.

Julius no se retiró. La polla, todavía dura y brillando con su propia corrida mezclada con los jugos de Gwen, se frotó otra vez entre aquellos labios hinchados y cremosos. El tipo del pasillo golpeaba la puerta con furia, pero ninguno de los dos le hizo caso. Gwen, con las piernas abiertas sobre el borde del lavabo, el coño goteando leche blanca por el culo y los muslos, lo miró con esa sonrisa de puta satisfecha que solo una madrastra puede tener después de que su hijastro la haya llenado hasta el fondo.

—Métela otra vez —jadeó ella—. Quiero sentirla latir. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar derecho.

Él empujó. La verga se deslizó fácil dentro de aquella carne resbaladiza y caliente, empujando su propia leche más hondo. Gwen arqueó la espalda, las tetas pesadas rebotando, y soltó un gemido ahogado cuando Julius empezó a follarla otra vez, lento y profundo, disfrutando del chapoteo sucio de su corrida saliendo alrededor del tronco. Cada embestida sacaba un hilo blanco que le resbalaba a ella por el agujero del culo. Él le agarró el cuello con una mano, no para ahogarla, sino para obligarla a mirarlo a los ojos mientras le martillaba el coño.

—Esto no se acaba aquí —gruñó Julius, la voz ronca—. Cada vez que mi padre se vaya de viaje voy a follarte. En la casa, en el coche, en este mismo baño de mierda si hace falta. Te voy a llenar tanto que caminarás con mis huevos colgando entre las piernas.

Gwen se corrió otra vez, más suave, un temblor que le apretó la polla como un puño mojado. Cuando los espasmos pasaron, Julius se salió de golpe. La leche le goteó a ella en un hilo espeso hasta el suelo del baño. Ella resbaló de rodillas sin que se lo pidiera, el vestido negro hecho un desastre, las tetas todavía fuera, y se acercó a esa verga roja y brillante. Abrió la boca y la lamió de base a punta, saboreando la mezcla de semen y coño. Chupó el glande con lentitud obscena, limpiando cada gota, tragando lo que quedaba mientras lo miraba desde abajo con ojos de puta devota.

—Mmm… sabe a pecado —murmuró contra la carne húmeda, pasando la lengua por la ranura, chupando los restos que aún salían—. Voy a lamerte así cada vez que te corras dentro. Quiero tu leche en la garganta, en el coño, en el culo. Esto… esto solo es el comienzo, Julius. Nuestra relación secreta. Cuando tu padre no esté, soy tuya. Me vas a follar como quieras, donde quieras. Te voy a chupar la polla bajo la mesa en casa. Te voy a montar en su cama. Y nadie se va a enterar. Nadie.

Julius le agarró el pelo y le embistió la boca un par de veces más, solo para sentirla atragantarse otra vez, antes de sacarla con un hilo de saliva y semen conectando sus labios. El golpe en la puerta se volvió casi histérico.

—¡Abrid ya, hijos de puta!

Gwen se levantó temblando. Se arregló las tetas dentro del escote con manos torpes, el tejido negro pegado a la piel por el sudor y los fluidos. Julius le ayudó a bajar el vestido, aunque la falda quedó manchada en la parte de atrás. Las bragas rotas las metió él en el bolsillo del vaquero como trofeo. Ella se limpió el coño con papel higiénico, pero la leche seguía saliendo; se le escapaba un hilo por el muslo cada vez que se movía. Se miraron en el espejo rayado: ella con la boca hinchada y el maquillaje corrido, él con la polla aún medio dura metida a duras penas en los pantalones, el pelo revuelto.

—Salimos como si nada —susurró Gwen, pasándole un dedo por los labios para limpiarle un resto de su propio jugo—. Tú primero. Yo te sigo en un minuto. Y sonríe, hijastro. Que se note que te has meado de la risa, no que te has follado a la mujer de tu padre hasta dejarla cojeando.

Julius abrió la puerta. El tío del pasillo, un camionero gordo y rojo de ira, casi lo embiste.

—Joder, tío, ¿te estabas pajeando o qué?

—Casi me reviento —respondió Julius con una sonrisa torcida, empujándolo de lado—. Todo tuyo.

Gwen salió detrás un minuto después, caminando con las piernas un poco abiertas, el vestido pegado al culo húmedo. El camarero anciano las miró de reojo desde la encimera, pero no dijo nada. Volvieron al booth del fondo. El café de ella ya estaba frío. Julius se sentó enfrente, la polla todavía sensible contra el vaquero, y pidió dos cafés nuevos con voz normal. Gwen cruzó las piernas bajo la mesa. Él sintió el pie de ella subir otra vez por su pantorrilla, lento, poseedor.

Se miraron. Las sonrisas eran cómplices, sucias, llenas de lo que acababan de hacer y de lo que iban a seguir haciendo. Ella se inclinó un poco, el escote ofreciendo otra vez el surco de esas tetas que él había chupado hasta dejarles marcas.

—La próxima vez que tu padre se vaya a Chicago… —murmuró, la voz baja y melosa—. Te espero en su cama. Desnuda. Con las piernas abiertas y el coño ya mojado. Y te la voy a chupar hasta que me la dejes en la cara. Luego te montas y me follas hasta que grite tu nombre en la almohada de él.

Julius apretó la taza. El corazón le latía fuerte, pero no solo de excitación. Asintió, la sonrisa todavía en la boca.

—Y yo te voy a follar el culo esa noche. Lento. Hasta que llores de ganas. Y después te voy a llenar otra vez. Cada puto hueco.

Bebieron el café en silencio denso. Afuera el neón seguía parpadeando rosa y azul sobre el asfalto mojado. Parecía que nada había pasado: solo una madrastra y su hijastro tomando algo a deshora en un diner de carretera. Pero bajo la mesa sus rodillas se rozaban, y cada roce era una promesa. Gwen sentía la leche de él resbalándole todavía dentro, caliente y prohibida. Julius notaba el olor de ella en los dedos aunque se los hubiera lavado a toda prisa.

Cuando terminaron, se levantaron juntos. Él pagó. Ella le puso una mano en la espalda baja al pasar junto a él, un gesto casi maternal que escondía el brillo de lo que acababan de compartir. Salieron al aparcamiento. La lluvia fina les mojaba la cara. Julius abrió la puerta de su coche.

—Te llamo cuando llegue a casa —dijo él.

Gwen asintió, pero no se fue de inmediato. Se quedó bajo la luz del neón, el vestido negro pegado al cuerpo, mirándolo con esa mezcla de hambre y algo más oscuro.

—Esto solo es el comienzo —repitió ella, como si necesitara creérselo—. Secreto. Solo nuestro. Cada vez que él no esté.

Julius cerró la puerta del coche, arrancó y salió a la carretera. En el retrovisor la vio quedarse allí un segundo más, pequeña bajo el letrero parpadeante. La polla le dio un último tirón solo de recordarlo: su madrastra de rodillas, la garganta llena, el coño cremoso de su leche. La promesa de más. De follarla en la cama de su padre. De chuparle el culo. De usarla como puta personal cada puto fin de semana libre.

Pero a los pocos kilómetros, cuando el diner ya era solo un punto de luz atrás, algo se torció en el pecho. No era culpa exacta. Era peor. Una duda fría que se le metió entre las costillas mientras la lluvia golpeaba el parabrisas. ¿Y si un día el viejo volvía antes? ¿Y si el camarero había oído algo? ¿Y si Gwen, en mitad de la noche, se arrepentía y le confesaba todo? Imaginó la cara de su padre. Imaginó la casa vacía de verdad, no solo de viaje. Imaginó despertar un día y que ella ya no lo mirara con esa hambre, sino con asco de sí misma.

Apretó el volante. La corrida de hace rato le pesaba ahora como un secreto demasiado grande. Habían terminado. Se habían arreglado. Habían vuelto a la mesa con sonrisas cómplices y promesas sucias de seguir. Pero algo estaba mal. Muy mal. Y por primera vez desde que ella levantó la falda bajo aquella mesa, Julius no sabía si quería que la próxima vez llegara… o si prefería que nunca volviera a pasar.

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