Confesión en la Cama del House-Sit con su Madrastra

Alejandro confiesa su deseo a su madrastra y la folla en la cama de sus padres.

21 min read August 29, 2026New

La casa de las colinas era un monstruo de cristal y mármol blanco, con techos altísimos y un jardín que olía siempre a jazmín recién cortado. Alejandro llegó el lunes por la mañana con una sola mochila, justo cuando el coche de su padre desaparecía por la curva del camino. Cinco días de viaje de negocios. Camila se quedó. Ella era la que había insistido en no acompañarlo, alegando “cosas de la casa” y una migrana inventada. Alejandro lo sabía. Ella también.

Camila tenía cuarenta y dos años y un cuerpo que la edad sólo había vuelto más peligroso: caderas anchas, pechos pesados que se movían bajo las blusas sedosas, cintura todavía estrecha y esa curva de culo que hacía que los pantalones se tensaran de forma obscena cada vez que se agachaba. Llevaba cinco años casada con su padre. Cinco años en los que Alejandro había aprendido a mirar sin ser pillado, a tragar saliva cuando ella pasaba demasiado cerca, a despertarse con la polla dura y el nombre de ella atragantado en la garganta.

El primer roce ocurrió esa misma tarde en la cocina. Ella preparaba café, descalza, con un camisón corto de seda negra que apenas le cubría la mitad del muslo. Alejandro buscaba un vaso. Sus manos se rozaron al abrir el mismo cajón. El contacto duró un segundo de más. Él sintió la suavidad caliente de su piel y ella no retiró los dedos de inmediato. Se miraron. Los ojos verdes de Camila se oscurecieron un instante.

—Perdón —murmuró él, la voz más grave de lo normal.

—No hay nada que perdonar —contestó ella, y se pasó la lengua por el labio inferior como si saboreara algo invisible.

Esa noche Alejandro se masturbó en la ducha pensando en esa lengua. Al día siguiente la tensión se espesó como la tormenta que ya anunciaban los noticiarios. Se tropezaron otra vez en el pasillo estrecho que llevaba al lavadero; él iba en toalla, ella en bata abierta de más. El pecho de ella rozó su brazo desnudo. Alejandro sintió el pezón duro a través de la tela fina. Camila se quedó quieta un segundo, respirando contra su hombro, antes de seguir caminando como si nada.

Por las noches, desde su habitación de invitados, la oía moverse en la cama principal. A veces gemía bajito, un sonido ahogado que él interpretaba de mil maneras. Sabía que ella se tocaba. Sabía que a veces pensaba en él. Lo había intuido durante años: las miradas que se alargaban en la mesa cuando su padre no prestaba atención, la forma en que ella se ajustaba el escote cuando él entraba en la sala, el perfume más intenso los fines de semana que pasaban solos en la casa.

El miércoles la tormenta cayó con furia. Rayos blancos partían el cielo y la lluvia golpeaba los ventanales como si quisiera entrar. La luz parpadeó dos veces y luego se estabilizó. Camila apareció en la puerta de su habitación envuelta en una manta, el cabello suelto y oscuro cayéndole sobre los hombros.

—No quiero ver la película sola —dijo sin preámbulos—. Hay demasiados truenos. Ven a la cama grande. Es más cómoda.

Alejandro tragó. La cama de sus padres. El lugar donde ella se había follado a su padre cientos de veces. Asintió.

Subieron. La habitación olía a ella: vainilla y algo más cálido, casi animal. Camila se metió bajo las sábanas de lino blanco con un pijama de satén champagne que se le pegaba a los pechos y dejaba ver el contorno de las bragas. Él se quedó en boxers y camiseta, el corazón martilleándole las costillas. Pusieron una película cualquiera en el televisor de la pared. Ni uno ni otro prestaba atención a la pantalla. Los truenos retumbaban. La lluvia era un telón cerrado.

A la media hora Camila apagó el volumen con el control remoto. El silencio quedó cargado sólo del agua golpeando el techo.

—Alejandro… —su voz era un hilo—. Llevo meses fantaseando contigo.

Él se quedó petrificado. Ella seguía mirando la pantalla en negro, como si le costara menos confesar sin enfrentarlo.

—Cuando tu padre se va de viaje… o cuando se duerme… me toco y pienso en ti. En tu boca. En cómo me follarías si pudieras. En lo prohibido que es. Me corro más fuerte cuando imagino que entrases en esta misma cama y me quitaras la ropa sin preguntar. Llevo años reprimiéndolo. Desde antes de que cumplieras veinte. Pero ya no puedo más. Especialmente estos días. Te miro y se me moja la braga.

Alejandro sintió que la sangre le abandonaba la cabeza para concentrarse toda en la polla, que ya latía contra la tela de los boxers.

—Yo también —confesó, la voz ronca—. Desde el primer año. Te veía salir de la piscina con el bikini negro y me iba al baño a correrme pensando en chuparte los pezones. Te imagino de rodillas, con mi polla hasta la garganta. Te imagino montándome aquí, en esta cama, mientras le dices a mi padre por teléfono que todo está bien. Estoy obsesionado contigo, Camila. Con tu coño, con tu culo, con la forma en que te muerdes el labio cuando te gusta algo. He jodido a otras chicas y cerraba los ojos para fingir que eras tú.

Ella se giró por fin. Los ojos brillaban de culpa y hambre. Se acercó. Alejandro olió su aliento a menta y deseo. El primer beso fue torpe de tanto contenerse: labios que se encontraron con demasiada fuerza, dientes rozando, lenguas que se buscaron como si tuvieran sed desde hacía años. Camila gimió dentro de su boca cuando él la agarró del pelo y la profundizó. El sabor de ella era adictivo. Las manos de Alejandro bajaron por su espalda, sintiendo el satén resbaladizo, hasta apretarle las nalgas con fuerza. Ella se arqueó y empujó el culo contra sus palmas.

—Esto está mal —susurró ella entre besos, pero ya le estaba subiendo la camiseta a él—. Si tu padre se entera…

—No se va a enterar —contestó Alejandro, mordiéndole el cuello—. Ahora cállate y déjame tocarte.

Le bajó el tirante del pijama. El pecho izquierdo de Camila quedó al aire: grande, pesado, el pezón oscuro y ya duro. Alejandro se inclinó y lo chupó con ganas, lamiendo en círculos, mordisqueando apenas. Ella jadeó y le hundió los dedos en el pelo.

—Joder, sí… así…

Su otra mano se metió bajo las sábanas, buscó entre las piernas de ella. El satén de la braga estaba empapado. Alejandro la rozó por encima, sintiendo el calor y la hinchazón del coño. Camila abrió más las piernas sin pudor. Él apartó la tela y metió dos dedos de golpe. Estaba chorreando, caliente, apretada. Los labios hinchados se cerraron alrededor de sus nudillos mientras él la follaba despacio con los dedos, buscando ese punto rugoso en la pared delantera.

—Llevo tanto tiempo queriendo meterlos aquí —gruñó él contra su pecho—. Quería saber cómo se sentía el coño de mi madrastra cuando está cachonda por su hijastro.

Camila soltó un gemido largo y se corrió un poco alrededor de los dedos, un espasmo temprano de pura excitación prohibida. Empujó las caderas contra su mano.

—Más… tócame el clítoris también… joder, Alejandro, me voy a correr otra vez si sigues hablando así.

Él obedeció. El pulgar le frotó el botón hinchado en círculos rápidos mientras los dedos entraban y salían con un sonido obsceno y mojado. Ella le besaba la boca como si quisiera comérselo, gimiendo cada vez que un trueno sacudía la casa. Su mano libre bajó hasta los boxers de Alejandro, los bajó lo suficiente para sacar su polla gruesa y dura. La envolvió con los dedos y empezó a bombearla, sintiendo las venas y la humedad que ya brotaba de la punta.

—Tan grande… —susurró ella, mirando hacia abajo bajo las sábanas—. Me la voy a meter entera. Quiero que me la dejes llena. Quiero caminar mañana cojeando y saber que fue tu polla la que me abrió.

Alejandro sacó los dedos del coño de ella, se los llevó a la boca y los chupó deliberadamente, saboreando el sabor a madrastra cachonda. Camila lo miró con los ojos entrecerrados de lujuria pura. Entonces él volvió a meter la mano, esta vez para abrirle los labios y frotar la cabeza de su polla directamente contra el clítoris resbaladizo. El contacto directo de carne con carne los hizo gemir a los dos.

Se frotaban así, lento y sucio, bajo las sábanas de la cama matrimonial. La polla de Alejandro se deslizaba entre los pliegues empapados de Camila, subiendo y bajando, empapándose de sus jugos, rozando la entrada sin penetrar todavía. Ella movía las caderas en círculos, buscando que entrara. Él se contenía apenas, disfrutando la tortura de lo casi.

—Mira dónde estamos —dijo él al oído, la voz rota de excitación—. En la cama donde follas con mi padre. Con mi polla frotándote el coño. Dime que lo quieres.

—Lo quiero —sollozó ella de placer—. Quiero que me folles aquí. Que me corras dentro. Que esta cama huela a nosotros. Soy una puta por ti, Alejandro. Tu puta madrastra…

Otro rayo iluminó la habitación. En ese destello blanco se vieron: ella con el pijama abierto, un pecho al aire, las piernas abiertas, la mano de él guiando la polla gruesa que brillaba de lubricación contra su coño abierto y rojizo. Él encima, los músculos tensos, la mirada de depredador joven que por fin iba a tomar lo que había deseado en secreto.

Camila levantó las caderas, buscando la punta. La cabeza de la polla se apoyó justo en la entrada caliente y palpitante. Ambos contuvieron la respiración. Un segundo más y entraría. Un segundo más y no habría vuelta atrás.

Afuera la tormenta aullaba. Adentro, el único sonido era el de sus respiraciones agitadas y el leve chapoteo de su polla resbalando una y otra vez por el coño de ella sin decidirse aún a hundirse del todo. La culpa y la lujuria se mezclaban en el aire denso de la habitación. Estaban al borde. Y ninguno de los dos iba a detenerse.

La cabeza de la polla de Alejandro se hundió al fin. Un centímetro, luego otro. Camila abrió la boca en un gemido mudo cuando la gruesa corona abrió sus labios hinchados y resbaladizos. El calor la envolvió de golpe: apretado, empapado, palpitante. Ella empujó las caderas hacia arriba y él se deslizó más profundo, centímetro a centímetro, hasta que las bolas le rozaron el culo. Completamente dentro. En la cama de su padre. En el coño de su madrastra.

—Joder… —jadeó Alejandro contra su cuello—. Estás tan putamente caliente por dentro. Me aprietas como si me quisieras tragar entero.

Camila no respondió con palabras. Se removió bajo él, rodeándole la cintura con las piernas, y empujó hasta que él tocó fondo otra vez. El satén del pijama quedó arrugado entre ellos; ella se lo quitó del todo con manos torpes, dejando al aire los pechos pesados, el vientre suave, el triángulo oscuro ya brillante de jugos. Alejandro se incorporó sobre las rodillas, todavía clavado en ella, y se sacó la camiseta. Ella lo miró con los ojos vidriosos de lujuria y culpa mezcladas.

—Súbete —ordenó él, la voz grave—. Quiero verte cabalgarme. Quiero que te corras encima de mi polla mientras miras la foto de mi padre en la mesilla.

Camila obedeció. Se giró con él todavía dentro, lo empujó de espaldas contra las almohadas que olían a la colonia de su marido, y se montó a horcajadas. La polla resbaló casi fuera y luego se hundió de nuevo cuando ella bajó las caderas. Desde arriba se veía todo: cómo su coño se abría alrededor del tronco grueso, cómo los labios se estiraban, cómo salía brillante de lubricación cada vez que subía. Empezó lento. Subía hasta casi sacársela y bajaba con un movimiento circular profundo que hacía que la cabeza rozara ese punto esponjoso dentro de ella.

—Alejandro… —gimió su nombre como una confesión—. Alejandro, joder, qué rica está tu polla… Llevo años queriendo sentirte así. Llena. Me estás abriendo…

Él le agarró las tetas con las dos manos, apretándolas con fuerza, hundiendo los dedos en la carne blanda y pesada. Los pezones oscuros se endurecieron entre sus yemas. Se incorporó lo suficiente para chupar el derecho, lamiendo en círculos, mordisqueando apenas mientras ella seguía cabalgándolo con esa lentitud deliberada y obscena. Cada bajada era un chapoteo húmedo. Cada subida dejaba un hilo de saliva y jugos brillando entre ellos. Camila arqueaba la espalda, ofreciéndole el pecho, y gemía su nombre una y otra vez, más alto cada vez que él chupaba más fuerte.

—Así… chúpamelos… —susurró ella, los dedos enredados en el pelo de él—. Mírame. Estoy follándome a mi hijastro en la cama de mi marido. Me estoy mojando más solo de pensarlo. Siente cómo te aprieto…

Alejandro gruñó contra su pecho y le clavó los dientes suavemente en el pezón. Ella se estremeció y aceleró un poco el ritmo, pero siguió profundo, buscando el fondo cada vez. Él le apretaba las tetas, las empujaba juntas, las chupaba alternando, dejando marcas rojas que mañana tendría que esconder. Por dentro ella lo milkingaba con contracciones deliberadas. La tormenta seguía aullando afuera; un trueno sacudió los cristales justo cuando Camila bajó con fuerza y se quedó quieta, temblando, corriéndose alrededor de él en oleadas calientes que le bañaron las bolas.

—Me corro… me corro en tu polla… Alejandro…

No se detuvo. Siguió moviéndose a través del orgasmo, más lenta todavía, exprimiendo cada espasmo. Cuando por fin abrió los ojos, él la miraba con hambre pura. La dio la vuelta sin sacársela del todo. La puso en cuatro sobre el colchón matrimonial, las rodillas hundidas en las sábanas blancas que su padre usaba todas las noches, el culo alto y redondo ofreciéndosele. Desde atrás se veía todo el espectáculo: el coño abierto y rojo, goteando, la polla de él desapareciendo otra vez entre esos pliegues brillantes.

Alejandro le agarró las caderas con las dos manos y embistió de un solo golpe. Fuerte. Posesivo. El sonido de carne contra carne llenó la habitación. Empezó a follarla con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera y volviendo a clavar hasta que las bolas le golpeaban el clítoris. Camila enterró la cara en la almohada de su marido y gritó, el culo rebotando contra él.

—Más duro… fóllame como si fuera tuya… —jadeó ella—. Esta cama… joder, esta cama… me estás destrozando el coño en la cama de tu padre…

Él le dio una nalgada sonora y luego otra. La marca enrojeció al instante. Aceleró el ritmo, embistiendo con fuerza, poseído por la idea de que cada embestida era una traición y un triunfo. El coño de Camila hacía ruidos obscenos, chapoteando, tragándoselo. Alejandro escupió en dos dedos, los pasó por el culo rosado y apretado de ella, y empujó. El anillo cedió. Metió los dos dedos de golpe mientras seguía cogiendo su coño con la polla.

Camila soltó un grito ahogado que se convirtió en gemido largo.

—¡Ah, sí! Los dedos… mételos más… me estás follando el culo y el coño a la vez… soy tu puta, Alejandro, la puta de tu madrastra…

Él los movía al mismo ritmo que las embestidas: cuando sacaba la polla, hundía los dedos; cuando clavaba, los retorcía dentro del culo caliente y estrecho. La doble penetración la volvía loca. Camila empujaba hacia atrás, buscándolo todo, el cabello oscuro pegado a la espalda sudada, los pechos colgando y balanceándose con cada embestida. Alejandro le miraba el anillo estirado alrededor de sus dedos, el coño engullendo su tronco grueso, y sentía que se le iba la cabeza.

—Mira lo que haces —gruñó él—. Te estás corriendo otra vez. Te siento apretarme. Grita. Que se enteren los vecinos de que te estoy follando como una perra en celo en la cama de mis padres.

Ella se corrió gritando. Un grito roto, salvaje, de pura transgresión. El coño le palpitó en convulsiones violentas alrededor de la polla; el culo se le cerró como un puño sobre los dedos. Los jugos le chorrearon por los muslos, empapando las sábanas. Alejandro no paró. Siguió embistiendo a través del orgasmo de ella, alternando: a veces sacaba los dedos y se concentraba en destrozarle el coño a embestidas cortas y brutales; a veces volvía a meterlos y la follaba más lento, profundo, sintiendo cómo ella temblaba sin control.

—Otra… me voy a correr otra… —balbuceó Camila, la voz rota—. No pares… no saques… déjalos… ah, joder, Alejandro, me estás matando de placer…

Él se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le susurró al oído mientras la cogía sin piedad:

—Mañana vas a caminar y vas a sentir mi polla todavía. Vas a sentarte a desayunar en la cocina de mi padre con el culo dolorido y el coño hinchado y vas a sonreírle por teléfono cuando te llame. Porque eres mía esta noche. Porque te estoy follando donde él te follo a ti.

Camila se derrumbó casi por completo, sostenida solo por las manos de él en las caderas. El tercer orgasmo la atravesó como un rayo. Gritó su nombre, gritó “hijo de puta”, gritó “más”, y el cuerpo se le sacudió en espasmos que no parecían terminar. Alejandro sacó los dedos del culo, se los limpió en una nalga y le agarró el pelo, tirando hacia atrás para que arquease más. La follaba ahora solo por el coño, embestidas posesivas, profundas, el sonido húmedo y obsceno llenando cada rincón de la habitación prohibida.

Sudaban. El olor a sexo y vainilla y tormenta impregnaba las sábanas. Él sentía cómo se le acumulaba el placer en la base de la polla, pero se contuvo; no quería terminar todavía. Quería más. Quería verla hecha un desastre. Sacó la polla de golpe, la miró abierta y goteando, y se la volvió a clavar hasta el fondo solo para oírla gemir otra vez.

Camila miró por encima del hombro, los ojos vidriosos, la boca entreabierta.

—No te corras todavía —rogó, la voz ronca de tantos gritos—. Quiero más. Quiero que me uses hasta que no pueda ni cerrar las piernas. Quiero que me pongas de frente otra vez y me mires a la cara mientras me la metes. Quiero…

Un trueno más fuerte apagó el resto de la frase. La luz parpadeó. Alejandro la giró otra vez, la dejó de espaldas, le abrió las piernas todo lo que dio y se hundió de un solo empujón. Cara a cara. Dentro. Profundo. Ella lo rodeó con brazos y piernas y lo besó con desesperación, saboreando su propia saliva y el sabor a sexo. Él embistió lento ahora, saboreando cada centímetro, mirándola a los ojos mientras la follaba en la cama donde no debían estar.

Todavía no había terminado. La tormenta no había amainado. Y ninguno de los dos pensaba parar.

Alejandro embistió más hondo, cara a cara, clavándole la polla hasta que las bolas le golpearon el culo y el pubis se le aplastó contra el clítoris hinchado. Camila lo miraba con los ojos entrecerrados, la boca abierta en un gemido continuo, las uñas clavadas en su espalda sudada. Cada embestida hacía que los pechos pesados le rebotaran y que el colchón de la cama matrimonial crujiera bajo ellos. El olor a sexo, a vainilla y a tormenta llenaba la habitación; las sábanas blancas ya estaban empapadas de jugos y saliva.

—Mírame mientras te la meto —gruñó él, sujetándole la cara con una mano—. Estoy follándote el coño en la cama de mi padre. Dime lo puta que eres.

—Soy tu puta —jadeó Camila, arqueándose—. Tu puta madrastra. Métela más fuerte. Quiero sentir cómo me abres hasta el fondo. Quiero que me dejes llena de tu leche…

Él aceleró. Las embestidas se volvieron cortas, brutales, el sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenando cada rincón. Camila levantó las caderas para recibirlo todo, el coño apretándole la polla en contracciones rítmicas que lo volvían loco. Alejandro le mordió el labio inferior, le chupó la lengua y le bajó una mano entre los cuerpos para frotarle el clítoris con el pulgar mientras la follaba sin piedad.

—Así… joder, así… —gimió ella—. Me voy a correr otra vez. Me estás destrozando. No pares, no saques, déjala dentro…

La tormenta rugía afuera. Un rayo iluminó sus cuerpos enredados: ella con las piernas abiertas de par en par, el coño rojo y brillante engullendo el tronco grueso de él; él con los músculos tensos, el culo apretado, clavándola una y otra vez. Camila sintió el orgasmo subir como una ola caliente desde el vientre. Se le cerró la garganta un segundo y luego gritó, un grito roto y salvaje que se ahogó contra la boca de Alejandro cuando él la besó con violencia.

—¡Me corro! ¡Me corro en tu polla, Alejandro! ¡Ah, joder, sí!

El coño le palpitó en convulsiones violentas, exprimiéndole la verga, chorreándole jugos calientes por las bolas y los muslos. Alejandro no aguantó más. La sensación de esas paredes apretándolo, el calor, el sonido de ella corriéndose debajo de él, la idea de que estaba llenando el coño de su madrastra en la cama de su padre… todo se concentró en la base de su polla. Embistió tres veces más, profundo, posesivo, y se derramó.

—Toma… tómala toda… —gruñó contra su cuello mientras se corría a chorros gruesos y calientes dentro de ella—. Te estoy llenando el coño. Trágatela. Quédate con mi leche hasta mañana.

Camila lo apretó con las piernas y las paredes internas, ordeñándolo, gimiendo cada vez que sentía otro chorro impregnarla. Él siguió empujando a través del orgasmo, lento ahora, sacando y metiendo la polla resbaladiza para empujar su semen más adentro. Cuando por fin se detuvo, todavía dentro, temblando, el silencio solo lo rompía el chapoteo lejano de la lluvia y sus respiraciones agitadas.

Se quedaron así un rato, unidos, sudados, el coño de ella todavía contrayéndose a ratos alrededor de la verga que se ablandaba despacio. Luego Alejandro se salió con un sonido obsceno y un hilo blanco de semen le siguió, goteándole del coño abierto y rojizo hasta el culo y las sábanas. Camila se acurrucó contra su pecho, el cuerpo blando y caliente, una pierna echada sobre la suya. Él le rodeó la cintura con el brazo y le acarició el culo marcado por las nalgadas.

Ella levantó la cara, los labios hinchados, la voz ronca de tanto gritar.

—Esto tiene que repetirse —susurró contra su piel—. Todas las noches que queden de esta semana. Mientras tu padre esté fuera. Quiero que me folles en esta cama cada noche. Quiero despertarme con tu polla dentro. Quiero que me dejes coja y llena antes de que él regrese. Este es nuestro secreto ahora. Peligroso. Sucio. Mío y tuyo.

Alejandro le agarró el pelo y la besó profundo, lengua contra lengua, saboreando el sexo y la promesa. El beso duró largo, húmedo, posesivo. Cuando se separaron, ella le mordió el labio inferior y sonrió con esa mezcla de culpa y hambre que lo tenía loco.

—Todas las noches —repitió él—. Te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho. Y cuando él llame, vas a contestarle con mi leche todavía goteándote entre las piernas.

Camila se frotó contra él, sintiendo la polla semi dura volver a interesarse contra su muslo. Le bajó la mano, le rodeó el miembro resbaladizo de semen y jugos, y lo apretó.

—Exacto. Y la próxima vez quiero que me la metas por el culo también. Quiero que me uses completa. Que esta cama huela solo a nosotros dos cuando él vuelva. Que las sábanas estén manchadas de tu corrida y de mis orgasmos. Que cada vez que me siente aquí piense que es suya… pero sepa, aunque no lo sepa, que ya es mía de otra forma.

Se besaron otra vez, más sucio todavía, ella chupándole la lengua mientras le bombeaba la polla con la mano lenta. Alejandro le metió dos dedos otra vez en el coño lleno, empujando su propio semen más adentro, y ella gimió en su boca.

—Mañana por la mañana te la chupo antes del desayuno —prometió ella entre besos—. Quiero saborear cómo sabe mi coño en tu polla. Y por la noche me pones en cuatro otra vez y me la clavas hasta que grite. Tres noches más. Tres noches para follarme como se te antoje. Después él vuelve… y tendremos que fingir. Pero estas noches soy tuya. Completamente tuya.

Alejandro la giró de nuevo, la puso de espaldas, le abrió las piernas y se frotó la cabeza de la polla ya dura otra vez contra el coño goteante y lleno. No entró del todo; solo se deslizó entre los labios hinchados, empujando semen y jugos, manchándola más.

—Y cuando se vaya otra vez —dijo él, la voz grave—, te voy a follar en cada habitación de esta casa. En la cocina, en el sofá, en la ducha. Te voy a correrme en la cara y en las tetas y dentro otra vez. Vas a ser mi puta secreta hasta que se nos acaben los viajes.

Camila levantó las caderas, buscando que entrara.

—Hazlo. Úsame. Déjame el coño destrozado y el culo abierto. Quiero caminar mañana y sentir tu leche resbalarme por los muslos mientras le miento por teléfono.

Él se hundió de un golpe, hasta el fondo, y empezó a follarla otra vez, lento y profundo, saboreando cómo el semen anterior hacía que todo sonara más mojado, más sucio. Camila se agarró a las almohadas de su marido y gimió su nombre, el cuerpo ya sensible y entregado.

Fuera la tormenta amainaba un poco, pero adentro el chapoteo de la polla entrando y saliendo del coño lleno no paraba. Alejandro le miró la cara mientras la cogía: ojos vidriosos, boca abierta, pechos balanceándose. Le escupió en los pezones y se los untó, luego se inclinó a chuparlos otra vez mientras embestía.

—Vas a recordarme cada vez que te sientes en esta cama con él —susurró contra su pecho—. Vas a apretar las piernas y vas a mojarte recordando cómo te follé aquí. Cómo te corriste gritando mi nombre. Cómo te llené.

—Sí… joder, sí… —jadeó ella—. Me corro otra vez solo de oírte. No pares. Métela. Déjala otra vez dentro. Quiero más leche. Quiero que me brote cuando me levante.

Él aceleró las embestidas finales, cortas y duras, el coño de ella ya hipersensible apretándolo otra vez. Camila se corrió en silencio esta vez, un temblor largo y profundo que le hizo morderse el labio hasta casi sangrar. Alejandro la siguió segundos después, clavándose hasta el fondo y vaciándose otra vez en chorros calientes que se mezclaron con la corrida anterior. Se quedó dentro, empujando, sintiendo cómo se le desbordaba el semen por los lados del coño y le chorreaba hasta el culo.

Cuando por fin se salió, el coño de Camila quedó abierto, rojo, goteando un hilo grueso y blanco que le resbalaba por el agujero del culo y manchaba las sábanas de su marido. Ella se pasó dos dedos, los metió, los sacó brillantes de leche y se los chupó mirándolo a los ojos.

—Así de rico sabe nuestro secreto —dijo, la voz ronca—. Ahora limpia un poco con la lengua… y después me la metes otra vez. Todavía no he terminado de usarte esta noche.

Alejandro se bajó entre sus piernas, le abrió los labios hinchados con los pulgares y lamió el semen que le salía del coño, chupando fuerte, tragando la mezcla de los dos mientras ella le hundía los dedos en el pelo y le empujaba la cara contra su coño. El sabor era espeso, salado, prohibido. Él se la comió así, sucio y completo, hasta que ella volvió a temblar y a mojarle la barbilla.

Cuando levantó la cabeza, la polla ya le latía otra vez, dura y lista. Se subió sobre ella, le puso la punta en la entrada todavía abierta y llena, y se la clavó de un solo empujón hasta las bolas.

Camila gritó de placer puro mientras él empezaba a follarla de nuevo en la cama de sus padres, el semen anterior saliendo a chapoteos con cada embestida, el culo de ella ya abierto de tanto uso y el coño tragándoselo entero como si nunca hubiera querido otra cosa en la vida.

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