Silencio Roto con la Silenciosa del Grupo
Lucas y su hermanastra Carla rompen el silencio follando a escondidas de su madrastra.
La casa olía siempre a limpiador barato y a la colonia dulzona de Valeria, esa mezcla que Lucas odiaba porque significaba que ella estaba por llegar o acababa de salir. Con veintidós años todavía vivía bajo el mismo techo que su madrastra de cuarenta y uno y la hija de ésta, Carla, de diecinueve. La silenciosa del grupo. Nunca hablaba en la cena. Nunca pedía el mando. Se encerraba en su habitación con los auriculares puestos, el pelo castaño cayéndole sobre la cara como una cortina, y el mundo se la tragaba entero. Lucas había aprendido a leer los silencios. Había aprendido, sobre todo, a cazar las miradas.
Las pillaba de reojo cuando creía que nadie la veía: en el pasillo, de camino al baño, con la toalla demasiado corta; en la cocina, cuando él se inclinaba a sacar la leche del frigorífico y el pantalón se le tensaba. Carla bajaba los ojos al instante, pero el rubor le subía por el cuello y Lucas sabía. Sabía que ella lo deseaba con esa hambre prohibida de hermanastros que no comparten ni una gota de sangre y, aun así, el tabú les quemaba la entrepierna igual. Cada tarde que Valeria se iba al trabajo —turnos largos en la clínica, noches enteras fuera— la casa se quedaba en un silencio eléctrico. Lucas pasaba frente a la puerta de Carla y oía la música a todo volumen. A veces se quedaba quieto, la polla ya dura solo de imaginar lo que ella se metía entre las piernas mientras fingía estudiar.
Aquella noche Valeria había salido a las siete. A las once el piso estaba en penumbra. Lucas se había encerrado en su habitación, la puerta semiabierta por descuido, la mano dentro del boxer. No aguantaba más. Se corrió el elástico, sacó la polla gruesa y ya goteando, y empezó a bombear con furia, los ojos cerrados, el nombre escapándosele entre dientes sin querer.
—Carla… joder, Carla, ábrete para mí…
El ritmo se aceleró. Imaginaba esos labios finos rodeándole la cabeza, esa voz ronca que casi nunca usaba gimiendo “hermanito”. Se corrió fuerte, el semen saliendo a chorros sobre su propia mano y la camiseta, el gemido gutural llenando el pasillo.
No oyó la puerta.
Carla entró sin llamar. Llevaba solo una camiseta larga de dormir que le llegaba a mitad de muslo, los auriculares colgando del cuello. Los ojos enormes, las mejillas encendidas. Había oído todo. Lucas se quedó petrificado, la polla todavía dura y brillante de semen, la respiración entrecortada.
—Lo siento —balbuceó él—. No… no sabía que…
Ella cerró la puerta con el pie. Por primera vez en meses habló con voz clara, baja, temblorosa de ganas.
—Llevas meses mirándome igual que yo te miro. Y yo… yo me toco pensando en ti cada noche que mamá no está. Desde hace meses, Lucas. Fantaseo con que entres, me tires en la cama y me uses como tu puta secreta.
Se acercó. El aire entre ellos olía a sexo y a miedo dulce. Carla se subió de rodillas a la cama, le agarró la cara con las dos manos y lo besó primero: boca abierta, lengua metiéndose con hambre, un gemido ahogado contra sus labios. Lucas respondió con violencia contenida, volcándola de espaldas, la mano subiendo por debajo de la camiseta hasta encontrar un pecho pequeño y duro, el pezón ya erecto. La culpa le latía en las sienes —hermanastra, madrastra, descubrimiento— pero el morbo era más fuerte. Le mordió el labio inferior.
—Vas a arrepentirte —susurró contra su boca.
—Quiero arrepentirme follándote —contestó ella.
Se levantaron a trompicones. Carla lo agarró de la muñeca y lo arrastró al otro lado del pasillo, a su habitación. Allí el olor era a champú de fresa y a ropa sucia amontonada. Cerró con llave. Se arrodilló delante de él sin más preámbulos, le bajó el boxer de un tirón y se quedó mirando la polla de Lucas: gruesa, venosa, todavía manchada de su propio corrido. Abrió la boca y se la metió entera de un golpe, hasta que la cabeza rozó la garganta y los ojos se le humedecieron. Chupaba con ansia reprimida de meses, babas corriéndole por la barbilla, la lengua girando alrededor del glande cada vez que subía. Lo miraba desde abajo con ojos suplicantes, las manos agarrándole los muslos.
—Joder, Carla… qué puta boca tienes —gruñó él, enredándole los dedos en el pelo y empujándola más abajo. Ella se atragantó, tosió, pero no se apartó; tragó alrededor de él, los labios brillantes de saliva y semen residual. Lucas sintió que se le iba la cabeza. La sacó con un pop húmedo.
—A la cama. Ahora.
La tiró de espaldas. Le subió la camiseta por encima de la cabeza y la dejó desnuda: tetas chicas de pezones oscuros, coño rapado con solo una franja, ya reluciente de humedad. Se abrió de piernas sin pudor. Lucas se colocó entre ellas, alineó la polla y entró de una embestida salvaje. El coño de Carla lo apretó caliente y empapado; ella arqueó la espalda y gritó contra el hombro de él.
—Hermanito… más fuerte…
Él la folló en misionero como si quisiera romperla: embestidas largas y profundas que hacían crujir la cama contra la pared, los huevos golpeándole el culo, la mano tapándole la boca para que los gemidos no salieran al pasillo vacío. Carla se corría ya, el coño contrayéndose a espasmos, los jugos salpicándole el bajo vientre a él. Lucas no paró. La volteó de un manotazo, la puso a cuatro patas, le agarró el pelo en un puño y volvió a entrar de un empujón. Desde atrás se veía todo: el coño abierto y rojo, el culo pequeño y tenso. Carla miró por encima del hombro, la cara destrozada de placer.
—También el culo… está virgen, hermanito. Rómpeme. Quiero que me lo destrocéis todo esta noche.
Lucas escupió sobre el culo de ella, untó la saliva con el pulgar y empujó la cabeza de la polla contra el anillo apretado. Carla jadeó, se empujó hacia atrás ella misma, y él se hundió centímetro a centímetro hasta que los muslos le tocaban el culo. Estaba imposible de estrecho. Empezó a follársela el culo con embestidas cortas y brutales, tirándole del pelo hacia atrás, alternando: tres embestidas en el culo, sacaba, se clavaba hasta el fondo del coño mojado, volvía al culo. Carla gemía sin parar, una sarta de putadas bajitas:
—Así… rómpeme el culo, hermanito… soy tu puta… lléname…
Lucas sintió el orgasmo subiéndole desde los huevos. Se enterró hasta las pelotas en el culo de ella y se corrió a chorros calientes, llenándola mientras ella se venía otra vez, las piernas temblando, el coño goteándole al colchón. Se quedaron así un segundo, unidos, sudando a mares. Después él se salió despacio; el semen le resbaló por el muslo interno a Carla en un hilo espeso.
Cayeron exhaustos sobre las sábanas revueltas. Carla se acurrucó sobre el pecho de Lucas, la mejilla pegada a su piel húmeda, los dedos dibujando círculos perezosos alrededor de su pezón. El olor a sexo llenaba la habitación. Afuera, la casa seguía en silencio, pero ambos sabían que Valeria podía volver a cualquier hora si el turno se cancelaba.
—Esto es nuestro secreto sucio —susurró Carla contra su piel, la voz ronca de tanto gemir—. Cada vez que ella salga de casa quiero que me folles así. En el sofá. En su cama. Donde sea. Me da igual el riesgo… es lo que más me pone.
Lucas le levantó la cara con dos dedos bajo la barbilla y la besó despacio, saboreando todavía su propio sabor en la lengua de ella. La complicidad prohibida les latía entre las piernas otra vez; la polla de él ya empezaba a espabilar contra el muslo de Carla solo de oírla hablar así.
—Si nos pilla nos echa a la puta calle —murmuró él, pero la mano ya le bajaba por la espalda hasta apretarle un glúteo todavía abierto y resbaladizo de semen.
—Entonces no nos pille —sonrió ella, picándole el labio con los dientes—. La próxima vez quiero que me despiertes con la polla en la garganta antes de que su coche llegue al garaje. Y quiero que me grabes con el móvil los gemidos para que los escuche cuando esté a solas… pero solo tú y yo, ¿vale?
Lucas asintió, el corazón desbocado. El peligro se había metido en la cama con ellos como un tercer cuerpo caliente. Afuera crujió la madera del pasillo —solo la casa asentándose— y los dos se tensaron un segundo, la risa nerviosa ahogada contra la boca del otro. Carla se frotó despacio contra su muslo, el coño todavía goteando mezcla de los dos.
—Mañana sale a las seis de la tarde —susurró—. Deja la puerta de mi habitación sin llave. Y no te corras antes de verme. Quiero tragármelo todo otra vez.
Se besaron con esa lentitud sucia de quien sabe que el reloj corre en contra. Lucas le metió dos dedos otra vez en el culo blando y lleno, solo para sentirla estremecerse, y Carla le mordió el hombro para no gritar. El secreto ya estaba sellado con saliva y semen. Solo faltaba que la madrastra cruzara la puerta alguna noche demasiado pronto, y entonces el silencio de la casa se rompería del todo.
La mañana siguiente el sol entraba a rasguños por la persiana a medias de la habitación de Carla. Lucas despertó primero, la polla ya dura y pegada al muslo de ella, todavía manchada de la noche anterior. El olor a semen seco y a coño usado flotaba entre las sábanas. Carla dormía con la boca entreabierta, el pelo castaño revuelto sobre la cara. Él no esperó. Se deslizó hacia abajo, le abrió las piernas con las manos y hundió la lengua en ese coño hinchado y sucio. Carla se despertó con un jadeo ahogado, los dedos enredándosele en el pelo al instante.
—Joder, hermanito… así, lámelo todo —susurró ronca, empujando la cadera contra su boca—. Trágate lo que me dejaste anoche.
Lucas chupó sin prisa, la lengua plana recorriendo los labios hinchados, el clítoris ya duro, el agujero del culo todavía abierto y resbaladizo. Metió dos dedos en el coño y otro en el culo a la vez, follándola despacio mientras mamaba. Carla se corrió en silencio, el cuerpo temblando, el jugo chorreándole por la barbilla a él. Cuando la sacó de la boca, la miró desde abajo con la cara brillante.
—Hoy no te vas a levantar hasta que te llene otra vez —gruñó—. Mamá sale a las seis. Tengo todo el puto día para usarte.
Carla sonrió con esa cara de puta dormida y se giró de culo hacia él, abriéndose con las manos. Lucas se montó encima, le escupió en el agujero del culo y empujó la polla entera de un solo golpe. Ella mordió la almohada para no gritar. Empezó a follársela el culo con embestidas profundas y lentas, sintiendo cómo se le abría centímetro a centímetro, cómo el anillo le apretaba la base cada vez que entraba hasta las pelotas. La mano libre le rodeó la cintura y le frottó el clítoris con dos dedos grueso. Carla empujaba hacia atrás, el culo chocando contra su vientre con un sonido húmedo y obsceno.
—Más fuerte… rómpeme otra vez… quiero caminar cojeando cuando ella vuelva —jadeó ella.
Lucas la agarró del pelo, la incorporó a cuatro patas y la folló como un animal, los muslos golpeando, los huevos chapoteando contra su coño vacío. Cada embestida sacaba un gemido gutural de Carla. Él se corrió dentro del culo a chorros calientes, sin avisar, llenándola hasta que el semen le rebosó por los bordes y le resbaló por el perineo hasta el coño. Se quedó enterrado, respirando agitado, y solo entonces sacó la polla. Un hilo espeso cayó sobre las sábanas.
Pasaron el resto de la mañana así: duchándose juntos bajo el agua caliente, donde Carla se arrodilló y le chupó la polla hasta dejarla limpia y otra vez dura; en el sofá del salón, con ella a horcajadas, la camiseta de él subida hasta las tetas, follándosele el coño mientras miraban por la ventana por si el coche de Valeria aparecía de sorpresa. El riesgo les quemaba. Cada crujido de la calle les hacía tensarse, la polla de Lucas palpitando más duro dentro de ella.
A las cinco y media Valeria salió con prisa, el uniforme de la clínica todavía oliendo a desinfectante barato. La puerta del portal se cerró con un golpe seco. El silencio eléctrico volvió a llenar la casa. Lucas y Carla se miraron desde el pasillo. Ella llevaba solo la bata de su madre, abierta por delante, sin nada debajo. Los pezones oscuros, el coño rapado ya reluciente otra vez.
—Su cama —dijo Carla con voz baja y temblorosa de ganas—. Quiero que me folles en su cama. Que dejes mi olor en sus sábanas. Que me corra donde ella duerme cada noche.
Lucas la agarró de la muñeca y la arrastró al dormitorio de la madrastra. La habitación olía a esa colonia dulzona que él odiaba, a crema de manos barata y a sábanas limpias. Carla se subió a la cama de matrimonio de rodillas, se agachó y le ofreció el culo. Lucas le levantó la bata, le abrió los glúteos con las manos y le escupió directo en el agujero rosado y usado. Entró de un empujón brutal. Carla gritó contra el edredón de Valeria, los dedos agarrando las sábanas bordadas.
—Así… joder, hermanito, destrozame el culo en la cama de mamá… soy tu puta secreta… úsame…
Él la folló sin piedad, las embestidas haciendo crujir el cabecero contra la pared. Cada golpe hundía la polla hasta el fondo, el semen de la mañana haciendo de lubricante sucio y caliente. Carla se corría a los pocos minutos, el coño contrayéndose en el aire vacío, los jugos goteándole al colchón. Lucas la volteó de un manotazo, le abrió las piernas en V y se clavó en el coño empapado. La folló en misionero mirándola a los ojos, la mano en su garganta sin apretar del todo, solo lo suficiente para sentir cómo tragaba saliva y gemidos.
—Dime que eres mía —exigió él, sudando—. Dime que este coño y este culo son solo para tu hermanastro.
—Son tuyos… todo es tuyo… lléname otra vez… quiero que tu leche se seque en las sábanas de ella —gimió Carla, arqueando la espalda, las uñas clavándosele en los hombros.
Lucas se corrió profundo, a chorros gruesos que le llenaron el útero, empujando hasta que no cupo más. Se salió despacio y le abrió los labios del coño con los dedos para ver cómo le salía el semen blanco y espeso. Carla se lo metió con dos dedos y se lo chupó mirándolo, la lengua limpia.
No pararon. La bajó de la cama, la puso de rodillas junto al tocador de Valeria y se la folló la garganta mirándose en el espejo. Carla se atragantaba, las babas y el semen anterior corriendole por el pecho, los ojos llorosos de placer. Cuando ya no aguantaba más, la levantó, la sentó en el borde del tocador y le abrió las piernas. Entró otra vez en el culo, follándola de pie mientras ella se miraba en el espejo: la cara destrozada, las tetas pequeñas rebotando, el culo tragándose la polla gruesa de su hermanastro.
—Mírame mientras te rompo —ordenó Lucas—. Quiero que veas lo puta que eres.
Carla miraba, gimiendo sin parar, una mano frotándose el clítoris a toda velocidad. Se corrió con un grito ahogado, el culo apretándole la polla como un puño. Lucas la siguió segundos después, llenándola otra vez hasta que le gotearon los muslos. Se quedaron unidos, respirando como bestias, el espejo empañado de su aliento.
Bajaron al salón cuando el reloj marcaba las ocho. Carla se sentó a horcajadas sobre él en el sofá, la bata de Valeria todavía abierta, y se impaló despacio en la polla medio dura. Empezó a cabalgarlo con movimientos circulares, el coño haciendo ruidos húmedos y sucios. Lucas le agarró las caderas y la ayudó a bajar más fuerte, más hondo.
—Cada vez que ella se siente aquí —susurró Carla contra su oído— voy a pensar en cómo me estás follando ahora. Voy a mojarme en la cena mirándote y ella sin saber que mi culo está lleno de ti.
Lucas le mordió el cuello, la mano bajando para meterle dos dedos en el culo al mismo tiempo que la polla le entraba en el coño. Carla se vino otra vez, temblando, el jugo salpicándole el bajo vientre. Él la levantó, la puso de rodillas en el suelo y se corrió en su cara: chorros calientes en la boca abierta, en las mejillas, en el pelo. Carla lo lamió todo, tragarlo con ruidos obscenos, los ojos fijos en los suyos.
Se limpiaron a medias con la bata de la madrastra y se quedaron en el sofá, desnudos, el cuerpo de Carla pegado al de él. El semen se les secaba en la piel. Afuera el reloj de la calle marcaba las nueve y media. Valeria no había llamado. El silencio de la casa era más pesado que nunca.
—Mañana trabaja de noche entera —murmuró Carla, los dedos jugueteando con la polla blanda de Lucas, ya sintiendo cómo volvía a hincharse—. Quiero que me despiertes a las tres de la madrugada con la lengua en el culo. Y después quiero que me folles en la cocina, contra la nevera, mientras oímos si el ascensor sube. El riesgo… joder, el riesgo me pone más que nada.
Lucas le apretó un pezón entre los dedos y la besó con la boca todavía sabiendo a su propio corrido.
—Y si un día vuelve antes —dijo él, la voz baja y ronca— te voy a seguir follando igual. Que nos pille si quiere. Que vea cómo te abro el culo y te lleno. Que sepa que su hija silenciosa es mi puta.
Carla se estremeció, la pierna subiendo sobre la suya, el coño frotándose otra vez contra su muslo.
—Hazlo —susurró—. Prométemelo. Que el día que nos descubra estés dentro de mí hasta las pelotas.
La casa crujió de nuevo. Un ruido lejano en el rellano. Los dos se tensaron, el corazón acelerado, la polla de Lucas ya dura otra vez contra la piel de Carla. No era ella. Solo un vecino. Pero el miedo dulce les recorrió la espina dorsal como una caricia. Carla se subió otra vez a horcajadas, lo guió dentro de su coño hinchado y empezó a moverse despacio, mirando la puerta del pasillo.
—Una más —jadeó—. Antes de que llegue. Lléname otra vez y deja que se me escurra por las piernas mientras limpio. Quiero que huela a nosotros cuando entre.
Lucas la agarró de las caderas y la embistió desde abajo, profundo, salvaje, el sofá crujiendo. Carla se mordió el labio para no gritar demasiado alto. El semen anterior hacía de lubricante caliente. Cada embestida era un recordatorio de lo prohibido, de lo fácil que sería que la llave girara en la cerradura en cualquier segundo. Él se corrió con un gemido ahogado, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo el coño de ella se lo tragaba todo. Carla se vino con él, las uñas en su pecho, el cuerpo entero convulsionando.
Se quedaron así, unidos, sudados, escuchando. El reloj siguió avanzando. El peligro no se había ido; solo se había acurrucado entre ellos, esperando el momento exacto en que el silencio se rompiera del todo.
El semen de Lucas todavía le escurría caliente por el muslo interno a Carla cuando el motor de un coche se detuvo en la calle. Los dos se quedaron helados, la polla de él aún enterrada hasta las pelotas en aquel coño hinchado y resbaladizo. El sonido de la puerta del portal, pasos en la escalera. No era Valeria —demasiado temprano, el paso demasiado pesado—, pero el miedo les recorrió la espina como una corriente eléctrica. Carla se levantó de un salto, el corrido blanco goteándole hasta la rodilla, y se limpió a medias con la bata de su madre antes de tirársela encima. Lucas se metió la polla todavía dura y brillante en el pantalón del chándal. Se miraron. El peligro había entrado en la casa aunque solo fuera un vecino borracho buscando su llave.
—Mañana —susurró ella, los labios rozándole la oreja—. Toda la puta noche. Quiero que me dejes coja.
Se separaron. Carla se duchó a toda prisa, Lucas cambió las sábanas del sofá y abrió las ventanas para que saliera el olor a sexo. Cuando Valeria llegó a las once y media, olía a desinfectante y a cansancio. Les dio un beso distraído en la frente a cada uno y se encerró en su habitación. Lucas y Carla se cruzaron en el pasillo. Ella le rozó la entrepierna con la mano al pasar y sintió que la polla le respondía al instante. Ninguno dijo nada. El secreto les quemaba la lengua.
A la mañana siguiente Valeria salió a las seis de la tarde con el uniforme limpio y una bolsa de comida para el turno de noche. “No vuelvo hasta las siete de la mañana”, dijo desde la puerta. “Comed lo que hay. Y no hagáis ruido a los vecinos.” La cerradura giró. El silencio eléctrico se instaló otra vez.
Lucas no esperó ni cinco minutos. Entró en la habitación de Carla sin llamar. Ella estaba de pie frente al espejo, peinándose el pelo castaño, con solo unas bragas de encaje negras que se le metían entre los labios del coño. Se giró despacio, sonrisa sucia.
—Pensé que ibas a tardar más, hermanito.
Él la agarró por la cintura, la levantó y la tiró sobre la cama. Le arrancó las bragas de un tirón. El coño ya estaba empapado, los labios hinchados de las folladas del día anterior. Lucas se arrodilló, le abrió las piernas hasta que casi le dolieran y le hundió la lengua hasta la raíz. Chupó el clítoris con fuerza, metió dos dedos en el agujero y otro en el culo todavía blando de semen reseco. Carla se arqueó, los talones clavándosele en la espalda.
—Joder… así… lámelo todo, trágate lo que quede de ayer…
Lucas la folló con la boca hasta que ella se corrió a gritos contra la almohada, el jugo chorreándole por la barbilla. Entonces se subió, se sacó la polla gruesa y venosa y se la clavó de un solo empujón hasta el fondo del coño. Carla gritó. Él la folló sin piedad, las embestidas haciendo crujir el somier, los huevos golpeándole el culo con chapoteos húmedos. Cada vez que entraba hasta las pelotas le susurraba al oído:
—Esto es lo que eres. La puta silenciosa de tu hermanastro. El coño y el culo de mamá se quedan sin usar mientras yo te destrozo a ti.
Carla se vino otra vez, el coño contrayéndose a espasmos alrededor de él. Lucas la sacó, la volteó a cuatro patas y le escupió en el culo. Empujó la cabeza de la polla contra el anillo rosado y se hundió centímetro a centímetro hasta que los muslos le tocaban los glúteos. Estaba imposible de estrecho todavía. Empezó a follársela el culo con embestidas cortas y brutales, tirándole del pelo hacia atrás hasta que la espalda le formaba un arco perfecto.
—Más… rómpeme… quiero sentir que me abres otra vez…
Lucas alternaba: tres embestidas profundas en el culo, sacaba, se clavaba hasta el fondo del coño goteante, volvía al culo. Carla gemía como una perra en celo, una sarta de putadas:
—Hermanito… lléname el culo… soy tuya… solo tuya…
Se corrió dentro del culo a chorros calientes, sin avisar, empujando hasta que el semen le rebosó por los bordes y le resbaló por el perineo. Se quedó enterrado, respirando agitado, y solo entonces se salió. Un hilo espeso cayó sobre las sábanas. Carla se giró, se lo limpió con la lengua y se lo tragó mirándolo a los ojos.
No pararon. Bajaron a la cocina a las once de la noche. Carla se subió al mármol de la encimera, se abrió de piernas y Lucas se la folló de pie mientras el frigorífico zumbaba a su lado. Cada embestida hacía temblar los imanes de las fotos familiares. Ella se agarraba a su cuello, las uñas clavándosele en la espalda, gimiendo bajo:
—Si el ascensor sube ahora… si ella entra… que nos pille así… con tu polla hasta el fondo…
Lucas le tapó la boca con la mano y la embistió más fuerte. Se corrió otra vez dentro del coño, llenándola hasta que le gotearon los muslos. Carla se bajó, se arrodilló y le chupó la polla limpia, tragándose la mezcla de semen y jugos. Después lo guió al baño de Valeria. Se sentó en el váter de su madre, se abrió el culo con las manos y Lucas se la folló allí, mirándola a los ojos, la mano en su garganta.
—Dime que eres mi puta —exigió él.
—Soy tu puta… el culo de tu hermanastra… úsame donde ella se sienta cada mañana…
Se corrieron juntos otra vez. El semen le salió a chorros del culo cuando Lucas se salió. Carla se lo metió con los dedos y se lo lamió del espejo del baño donde se habían empañado.
A la una de la madrugada estaban en la cama de matrimonio de Valeria otra vez. Carla de espaldas, las piernas al pecho, Lucas clavándosele el culo con embestidas largas y profundas que hacían crujir el cabecero. La colonia dulzona de la madrastra se mezclaba con el olor a sexo. Carla miraba el techo y gemía:
—Cada noche que ella duerma aquí… voy a mojarme recordando cómo me destrozaste el culo en su cama… cómo me llenaste…
Lucas se corrió profundo, a chorros gruesos que le salieron por los bordes cuando sacó la polla. Le abrió el culo con los dedos para ver cómo le salía el semen blanco y espeso, y se lo empujó otra vez hacia dentro con el pulgar. Carla se estremeció, se frotó el clítoris y se vino otra vez solo con eso.
Bajaron al salón a las tres. Carla se puso a horcajadas sobre él en el sofá, de espaldas, y se impaló despacio en la polla ya otra vez dura. Empezó a cabalgarlo mirando la puerta del pasillo, el coño haciendo ruidos obscenos y húmedos. Lucas le agarró las caderas y la obligó a bajar más fuerte, más hondo, al mismo tiempo que le metía dos dedos en el culo.
—El riesgo… joder, el riesgo… —jadeaba ella—. Quiero que el día que nos pille estés así de dentro… que vea cómo me abro para ti…
Lucas la levantó, la puso de rodillas en la alfombra y se la folló la garganta hasta que las babas y el semen le corrieron por el pecho. Después la tumbó de lado, le levantó una pierna y se clavó en el coño desde atrás, follándola despacio, profundo, escuchando cada crujido de la casa. Carla se corría en silencio ahora, el cuerpo temblando, el jugo salpicándole el bajo vientre a él. Él se vino otra vez dentro, empujando hasta que no cupo más.
Se quedaron en el sofá, desnudos, sudados, el semen secándoseles en la piel. El reloj marcaba las cuatro y media. Afuera la ciudad dormía. Carla le dibujaba círculos perezosos en el pecho a Lucas con un dedo manchado.
—Todavía faltan horas —susurró—. Quiero que me despiertes con la lengua en el culo otra vez. Y después quiero que me folles contra la puerta de su habitación, con la oreja pegada a la madera, imaginando que ella está al otro lado oyendo cómo me rompes.
Lucas le apretó un pezón y la besó con la boca sabiendo a su propio corrido.
—Y si llama —dijo él, la voz ronca—. Si el móvil suena mientras te estoy follando el culo… contéstale. Quiero oírte hablarle a mamá con mi polla dentro.
Carla se estremeció, la pierna subiendo sobre la suya, el coño frotándose otra vez contra su muslo ya duro.
—Hazlo —susurró—. Prométemelo. Que el día que el silencio se rompa del todo estés tan dentro de mí que no pueda ni hablar.
La casa crujió. Un ruido lejano en el rellano otra vez. Los dos se tensaron, el corazón acelerado, la polla de Lucas ya palpitando contra la piel de Carla. No era ella. Solo el edificio. Pero el miedo dulce les recorrió la espalda como una caricia caliente. Carla se subió otra vez a horcajadas, lo guió dentro de su coño hinchado y empezó a moverse despacio, mirando la puerta.
—Una más —jadeó—. Antes de que amanezca. Lléname y deja que se me escurra mientras esperamos. Quiero oler a nosotros cuando ella entre y no sepa por qué la casa huele distinto.
Lucas la agarró de las caderas y la embistió desde abajo, salvaje, el sofá crujiendo bajo ellos. Carla se mordió el labio hasta casi sangrar para no gritar. El semen anterior hacía de lubricante caliente y sucio. Cada embestida era un recordatorio de lo fácil que sería que la llave girara. Él se corrió con un gemido ahogado, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo el coño de ella se lo tragaba todo otra vez. Carla se vino con él, las uñas en su pecho, el cuerpo entero convulsionando.
Se quedaron unidos, escuchando el silencio cada vez más pesado. El peligro no se había ido. Solo se había acurrucado entre sus piernas, esperando el segundo exacto en que Valeria cruzara el umbral y el secreto estallara.
El reloj del salón marcaba las cinco menos cuarto cuando Carla se deslizó otra vez sobre él. La polla de Lucas ya estaba dura otra vez, gruesa y pegajosa de tantas corridas, y ella la guió despacio hasta el fondo de su coño hinchado. El semen anterior salió a borbotones por los bordes mientras se sentaba hasta las pelotas, el culo abierto y resbaladizo apoyado contra los muslos de él. Se movía en círculos lentos, mirando la puerta del pasillo con los ojos entornados, los pezones oscuros duros como piedras.
—Toda la noche… y todavía no me has roto del todo —susurró contra su boca, la lengua lamiéndole los labios sabiendo a corrido—. Quiero que me folles contra la puerta de su habitación. Con la oreja pegada a la madera. Imagina que está al otro lado oyendo cómo me abres el culo.
Lucas la agarró de las caderas y la levantó sin sacársela. La cargó hasta el pasillo oscuro, la espalda de Carla chocando contra la puerta cerrada del dormitorio de Valeria. El olor a colonia dulzona se filtraba por debajo. Él la puso de pie, le separó las nalgas con las manos y le empujó la polla entera en el culo de un solo golpe. Carla gritó ahogado, los dedos arañando la madera barnizada.
—Así… joder, hermanito… más hondo… que sienta que me destrozas donde ella duerme…
Él embistió con fuerza, las bolas chapoteando contra su coño vacío, el cabecero del otro lado de la pared temblando con cada embestida. Carla se frotaba el clítoris con dos dedos, el jugo chorreándole por la muñeca. El riesgo les quemaba la piel: cualquier ruido, cualquier vecino madrugador, y todo se iba a la mierda. Lucas le tiró del pelo hacia atrás hasta que la garganta le formó un arco y le mordió el hombro.
—Habla. Dime qué sientes con la polla de tu hermanastro hasta el fondo del culo en la puerta de mamá.
—Que soy tu puta… que me estás abriendo… que quiero que me dejes el culo abierto para que se me escurra mientras ella se ducha mañana… —gimió ella, el esfínter apretándole la base como un puño caliente.
Se corrieron casi juntos: Lucas a chorros gruesos dentro del culo, empujando hasta que el semen le rebosó y le resbaló por el perineo hasta el coño; Carla convulsionando en silencio, las piernas temblando, el jugo salpicando el suelo de madera. Se quedaron unidos un momento, respirando como perros, el sudor pegándoles la piel.
Después la bajó, la arrastró de vuelta al salón y la tumbó de lado en el sofá. Le levantó una pierna y se clavó otra vez en el coño empapado, follándola despacio, profundo, escuchando cada crujido del edificio. Carla miraba el móvil de ella sobre la mesita. Vibró una vez. Un mensaje. Ella lo ignoró, empujando el culo hacia atrás para tragárselo entero.
A las cinco y media el teléfono sonó de verdad. La pantalla iluminó el nombre: Mamá. Carla lo miró, los ojos brillantes de morbo, y contestó mientras Lucas seguía embistiéndola desde atrás, la polla enterrada hasta las pelotas.
—¿Sí, mamá? —dijo con voz ronca, intentando no jadear.
La voz de Valeria al otro lado, cansada, desde la clínica: “Cariño, todo bien en casa? El turno se me alarga un poco, llegaré cerca de las siete y media. No os preocupéis”.
Lucas no paró. Al contrario: embistió más fuerte, más hondo, la mano rodeándole la garganta a Carla sin apretar del todo. Ella se mordió el labio hasta casi sangrar.
—Sí… todo tranquilo… estamos… durmiendo —consiguió decir, la voz entrecortada cuando él le daba justo en ese punto—. No… no hagas ruido al entrar, ¿vale?
Valeria dijo algo más, un “os quiero” distraído, y colgó. Carla soltó el móvil y se vino con un grito ahogado, el coño contrayéndose a espasmos alrededor de la polla de su hermanastro. Lucas la siguió segundos después, llenándola otra vez hasta que le gotearon los muslos y el semen se mezcló con el del culo en un hilo espeso y blanco.
—Joder… contestar con mi polla dentro… eres una puta perfecta —gruñó él, sacándose despacio y abriéndole los labios del coño con los dedos para ver cómo salía su leche.
Carla se giró, se lo limpió con la lengua y se lo tragó mirándolo. Después lo guió a la cocina. Se subió al mármol frío de la encimera, se abrió de piernas y se tocó el clítoris mientras él le escupía en el culo y entraba otra vez. Cada embestida hacía temblar los imanes de las fotos: Valeria sonriendo con los dos adolescentes, la familia perfecta. Carla se agarraba al borde, las uñas blancas, gimiendo bajito:
—Contra la nevera… ahora… quiero oír si el ascensor sube mientras me rompes…
Lucas la bajó, la puso de cara a la nevera zumbante y le levantó una pierna. Se clavó en el coño de un empujón y la folló de pie, el pecho de ella pegado al metal frío, los pezones rozando la superficie. El semen anterior hacía de lubricante caliente y sucio. Carla se corría otra vez, el cuerpo entero temblando, el jugo chorreándole hasta los tobillos. Él no se corrió todavía: la sacó, la arrodilló en el suelo de baldosas y se la folló la garganta hasta que las babas y el corrido le corrieron por las tetas chicas. Carla tragaba, tosiendo, los ojos llorosos de placer, mirándolo desde abajo como la puta secreta que era.
—Más… úsame la boca… quiero oler a ti cuando ella entre…
A las seis y media estaban otra vez en la cama de matrimonio de Valeria. Las sábanas ya olían a sexo y a colonia barata mezclada. Carla de rodillas, el culo en pompa, Lucas detrás entrando y saliendo del agujero rosado y usado con embestidas largas y brutales. El cabecero golpeaba la pared en un ritmo obsceno. Ella miraba el reloj de la mesita y gemía:
—Faltan minutos… lléname el culo una última vez… quiero caminar con tu leche escurriéndome mientras le doy los buenos días…
Lucas le agarró el pelo en un puño, la incorporó y la folló como un animal, los muslos golpeando, los huevos chapoteando. Alternaba: tres en el culo, sacaba, se hundía hasta el fondo del coño goteante, volvía al culo. Carla se vino gritando contra la almohada de su madre, el esfínter apretándole la polla en espasmos. Él se enterró hasta las pelotas y se corrió a chorros calientes, tan profundo que cuando sacó el semen le salió a borbotones y le resbaló por el muslo interno hasta la rodilla. Se lo empujó otra vez hacia dentro con el pulgar, follándola con el dedo mientras ella se frotaba el clítoris y se venía otra vez solo con eso.
Se derrumbaron sobre las sábanas revueltas, sudados, el cuerpo de Carla pegado al de él, el semen secándoseles en la piel y en la cama de Valeria. El reloj marcaba las seis cincuenta. Afuera se oía ya el tráfico de la mañana. Lucas le besó el cuello, la mano todavía metida entre sus nalgas abiertas.
—Hemos terminado… por ahora —murmuró, la voz ronca—. Limpia un poco. Ella llega en media hora.
Carla asintió, pero no se movió de inmediato. Se quedó acurrucada, los dedos dibujando círculos en el pecho de él, el coño y el culo todavía goteando. Sonrió contra su piel, una sonrisa sucia y secreta que Lucas no vio. Porque ella sí sabía. El mensaje que había vibrado antes, el que había abierto a escondidas mientras él la follaba de lado, no era de una amiga. Era de Valeria: “Cambio de turno de última hora. Estoy aparcando. Subo en cinco. No digáis nada, quiero daros un susto”. Carla lo había borrado al instante y había seguido cabalgándolo, dejándose llenar, arriesgándolo todo. Ahora el motor del coche de su madre ya se oía en la calle, las llaves ya sonaban en el portal, y Lucas seguía creyendo que tenían tiempo de sobra para ducharse y fingir. Ella apretó las piernas, sintiendo el semen caliente escurrirle, y susurró solo para sí misma mientras oía los pasos en la escalera:
—Que nos pille si quiere… pero esta vez yo llevo la delantera.
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