Dared to Kiss Her Roommate

Talia desafió a su compañera de cuarto a besarla y terminaron follando como locas con un strap-on.

10 min read August 31, 2026New

La lluvia golpeaba los cristales del pequeño apartamento universitario cuando Talia y Fiona se acomodaron en el sofá con una botella de vino barato ya a medias. Talia, de veintidós años, cuerpo atlético marcado por horas en el gimnasio, pelo corto revuelto y esa seguridad que le salía por los poros, tenía las piernas cruzadas en pantalones cortos. Fiona, veintiún años, curvas suaves que se dibujaban bajo la camiseta holgada, muslos redondos y una mirada tímida que de vez en cuando se volvía curiosa y directa, se abrazaba una rodilla contra el pecho.

Habían empezado hablando de exámenes y de compañeros idiota, pero el alcohol y la noche las empujaron a confesiones más sucias. Fiona rio bajito, sonrojada hasta el cuello, y soltó:

—Nunca he besado a una mujer. Ni siquiera lo he intentado. Siempre me lo he imaginado… pero nada.

Talia sintió un tirón caliente entre las piernas. Se giró hacia ella, sonrisa ladeada, ojos oscuros.

—¿En serio? Con esa boca tuya… Fiona, te desafío. Bésame. Ahora. Si no te gusta, paramos. Si te gusta, seguimos. Tú decides.

El aire se densificó. Fiona tragó saliva, miró los labios carnosos de Talia y sintió cómo se le humedecía el coño solo con la idea. Asintió, voz ronca:

—Quiero. Desafío aceptado.

Talia se acercó despacio, sin prisa, dejando que Fiona oliera su perfume y el calor de su piel. Susurró contra su mejilla:

—Me encanta tu boca. Esas tetas suaves que se te marcan… joder, Fiona, llevo semanas imaginándome chupándote los pezones.

Fiona jadeó, excitada de verdad, y cerró la distancia. El primer roce fue torpe, labios contra labios, un roce seco que se derritió al instante. Talia abrió la boca y metió la lengua, lenta, húmeda, explorando. Fiona respondió con un gemido gutural, enredando los dedos en el pelo corto de Talia, chupándole la lengua como si llevara años esperándolo. Los besos se volvieron profundos, babosos, lenguas enredándose, saliva compartida. Las manos de Talia bajaron a los muslos gruesos de Fiona, acariciándolos por encima del short, subiendo hasta rozar el coño caliente a través de la tela. Fiona se arqueó, pechos pesados rozando el pecho firme de Talia, y deslizó las palmas bajo la camiseta de su compañera, palpando abdomen plano y luego subiendo a los pechos pequeños y duros, pellizcando pezones ya erectos.

La respiración de las dos era un caos agitado. Fiona se apartó un segundo, pupilas dilatadas:

—Quiero más. Quítame esto. Fóllame la boca con la tuya otra vez.

Talia no necesitó más. La tumbó de espaldas en el sofá, rodillas a ambos lados de sus caderas, y le arrancó la camiseta de un tirón. Los pechos de Fiona rebotaron libres, pezones rosados y duros pidiendo boca. Talia se lanzó, chupando uno con fuerza, mordiendo el pezón justo lo suficiente para que Fiona gritara de placer, mientras la otra mano le bajaba el short y la braga de un golpe. Metió dos dedos entre los labios hinchados, encontró el clítoris hinchado y resbaladizo y lo frotó en círculos rápidos, empapándose la mano del jugo espeso de Fiona.

—Estás empapada, putita… tu coño chorrea solo de besarme —gruñó Talia contra el pecho, lamiendo y chupando sin parar.

Fiona se retorcía, caderas empujando contra la mano, y tiró de Talia hasta voltearla. En segundos las dos estaban en 69, Fiona debajo, cara enterrada en el coño afeitado y empapado de Talia. Lamió la raja entera de un solo trazo largo, saboreando el sabor salado y dulce, metiendo la lengua hasta el fondo y luego subiendo a chupar el clítoris hinchado. Al mismo tiempo metió dos dedos en el coño apretado de Talia, curvándolos hacia arriba, follándola con ellos mientras chupaba. Talia gemía con la cara entre las piernas de Fiona, comiéndole el coño con hambre, lamiendo el clítoris en círculos y chupando los labios hinchados, dedos de la otra mano abriéndola para lamer más profundo.

—Joder, Fiona… así, chúpame el coño… mete más los dedos —jadeó Talia, caderas moviéndose contra la boca de su compañera.

Fiona se corría ya casi, muslos temblando, pero Talia se apartó de golpe, babosa y con la cara brillante de jugos. Abrió el cajón de la mesita del sofá y sacó el strap-on grueso, de silicona realista, arnés negro. Se lo ajustó rápido a las caderas, el dildo pesado balanceándose. Fiona la miró con ojos brillantes de lujuria, piernas abiertas, coño goteando en el sofá.

—Fóllame con eso. Duro. Quiero sentirlo entero.

Talia se colocó entre sus muslos, alineó la cabeza del strap-on con la entrada resbaladiza y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Fiona gritó, espalda arqueada, coño estirado alrededor de la polla falsa. Talia empezó a embestir fuerte en misionero, caderas golpeando, tetas rebotando, besándola con lengua profunda mientras follaba. El sonido era obsceno: piel contra piel, el chapoteo húmedo del coño de Fiona tragándose el dildo una y otra vez.

—Más fuerte… joder, Talia, me estás destrozando el coño —suplicó Fiona, uñas clavándose en la espalda de Talia.

Talia la volteó de golpe, a cuatro patas, y la embistió en perrito, agarrándole las caderas suaves y follándola sin piedad. Una mano rodeó para frotar el clítoris hinchado de Fiona al ritmo de las embestidas. Fiona gemía como una puta en celo, empujando el culo hacia atrás para tomar cada centímetro. Talia se inclinó sobre su espalda, mordiéndole el hombro, besándola torcida y sucia mientras le martillaba el coño.

—Córrete en mi polla… moja el sofá… —ordenó Talia, voz rota de excitación.

Fiona se vino primero, gritando, coño contrayéndose en oleadas violentas alrededor del strap-on, jugos chorreando por los muslos. El orgasmo la sacudió tanto que las piernas le fallaron. Talia siguió embistiéndola unos segundos más, frotándose el clítoris contra la base del arnés hasta corrérse ella también, gimiendo el nombre de Fiona, caderas temblando, el placer recorriéndole el cuerpo entero.

Se derrumbaron juntas en el sofá, abrazadas, sudadas, el strap-on aún dentro de Fiona un momento antes de que Talia lo sacara con un sonido húmedo. Se besaron con ternura ahora, lentas, labios hinchados, respiraciones aún agitadas. Fiona acarició la mejilla de Talia, voz baja y ronca contra su boca:

—Quiero…

—Quiero follarte yo ahora. Quítate ese arnés y póntelo tú. Necesito metértelo hasta el fondo y verte temblar.

Talia soltó una risa ronca, aún jadeando, y se sacó el strap-on con dedos torpes. El dildo brillaba empapado de los jugos de Fiona. Se lo pasó y Fiona se lo ajustó a las caderas con manos temblorosas de ganas, el arnés negro tensándose contra su coño hinchado. La silicona pesada le colgaba entre las piernas y le rozaba el clítoris cada vez que se movía. Talia se dejó tumbar de espaldas en el sofá, piernas abiertas, el coño afeitado aún goteando y abierto de tanto que la habían comido.

Fiona se colocó entre sus muslos, agarró la base del dildo y lo frottó arriba y abajo por la raja resbaladiza de Talia, untándolo bien. La cabeza gruesa empujó los labios hinchados y entró de un solo embiste profundo. Talia gritó, espalda arqueada, uñas clavándose en los cojines.

—Joder, Fiona… así, rómpeme el coño —suplicó, voz rota.

Fiona embistió fuerte, caderas golpeando contra el culo firme de Talia. Las tetas suaves de Fiona rebotaban con cada embestida. Se inclinó y le chupó un pezón pequeño y duro mientras le follaba el coño sin piedad, el sonido chapoteante llenando el apartamento junto al golpeteo de la lluvia. Talia empujaba las caderas hacia arriba para tomarlo todo, el dildo estirándola, rozándole ese punto profundo que la hacía ver estrellas.

—Más rápido, putita… fóllame como si me odiaras —gruñó Talia, y Fiona obedeció, acelerando el ritmo, una mano bajando para frotar el clítoris hinchado de Talia en círculos brutales. El coño de Talia se contraía alrededor de la silicona, chupándola, empapando el arnés y los muslos de Fiona.

Fiona sacó el dildo casi del todo y lo volvió a meter de golpe, una y otra vez, hasta que Talia se corrió gritando, muslos temblando violentamente, un chorro caliente mojando el sofá y la barriga de Fiona. Fiona no paró. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que Talia forcejeó y la volteó.

Ahora Fiona quedó de espaldas y Talia, todavía con las piernas temblorosas, se montó a horcajadas sobre el strap-on y se lo hundió sola hasta el fondo. Cabalgó salvaje, tetas pequeñas rebotando, culo subiendo y bajando con fuerza, el coño tragándose la polla falsa con glotonería. Fiona le agarró las caderas y empujó hacia arriba al mismo tiempo, follándola desde abajo, mirándola con la boca abierta y la saliva brillándole en la barbilla.

—Mírame mientras te corres otra vez —ordenó Fiona, y Talia la miró a los ojos oscuros, cara contorsionada de placer puro. Se inclinó, le besó la boca con lengua profunda y babosa, y se corrió de nuevo, gemidos ahogados contra los labios de Fiona, el coño exprimiendo el dildo en espasmos rítmicos.

Cuando el temblor bajó, Talia se bajó, se quitó el arnés de las caderas de Fiona y lo tiró al suelo. Se arrodilló entre sus piernas y le abrió los labios hinchados con los pulgares. El coño de Fiona estaba rojo, hinchado, chorreando. Talia lamió todo el jugo espeso de un trazo largo, desde el agujero hasta el clítoris, y luego se lo metió entero en la boca, chupando con fuerza, lengua golpeando el botón hinchado sin descanso. Dos dedos entraron de golpe, curvados, follándola rápido mientras chupaba.

Fiona se agarró al pelo corto de Talia y le empujó la cara contra el coño.

—Así, cómeme… joder, sí, mételos más hondo —gimeó, caderas empujando contra la boca. Talia añadió un tercer dedo, abriéndola, y le lamía el clítoris con la punta de la lengua en círculos furiosos. Fiona se corrió otra vez, gritando el nombre de Talia, un chorro caliente saliendo contra la cara y la lengua de su compañera. Talia lo bebió todo, lamiendo hasta el último hilo de jugo, saboreando lo salado y dulce que le goteaba por la barbilla.

No habían terminado. Talia se subió encima de ella en tijera, coños rozándose, clítoris contra clítoris, resbaladizos y calientes. Frotó con fuerza, caderas moviéndose en círculos sucios, labios hinchados aplastándose y abriéndose. El roce era eléctrico, húmedo, obsceno. Fiona le agarró el culo y la apretó más cerca, frotando también, gemidos mezclados, sudor resbalando entre los pechos. Se besaron con dientes y lengua mientras se frottaban hasta corrérse juntas otra vez, un orgasmo largo y tembloroso que las dejó sin aire, coños pulsando uno contra el otro.

Se derrumbaron de lado en el sofá estrecho, piernas enredadas, el strap-on tirado en el suelo brillando de jugos. La lluvia seguía golpeando los cristales. Talia le acarició el pelo pegado a la frente a Fiona y le besó el hombro mordido. Fiona le pasó la lengua por el cuello, saboreando la sal del sudor.

—Otra ronda —susurró Fiona, ya metiendo la mano entre las piernas de Talia otra vez, dedos resbalando por el coño aún sensible—. Quiero chuparte los pezones mientras te meto los dedos hasta que me pidas que pare.

Talia abrió las piernas sin resistencia. Fiona se bajó, le chupó un pezón con fuerza, mordiendo justo al borde del dolor, mientras dos dedos entraban fáciles en el coño empapado y lo follaban lento al principio, luego más rápido, el pulgar aplastando el clítoris. Talia jadeaba, una mano en la nuca de Fiona, la otra pellizcándole la teta libre. El sonido de los dedos chapoteando era el único ritmo junto a la lluvia.

—Más… no pares, Fiona, fóllame con la mano hasta que no pueda más —pidió Talia, y Fiona metió un tercer dedo, abriéndola, curvándolos contra esa pared interior esponjosa. Talia se corrió otra vez, más suave pero profundo, el coño apretando los dedos en oleadas, un gemido largo y gutural saliéndole del pecho.

Fiona sacó los dedos y se los metió en la boca, chupándolos limpios mientras miraba a Talia a los ojos. Luego se estiró encima de ella, pechos pesados aplastados contra el pecho firme, y se besaron despacio, saboreándose mutuamente, lenguas perezosas. Las manos exploraban sin prisa ahora: Talia le amasaba el culo redondo a Fiona, Fiona le recorría la espalda marcada de gimnasio con las uñas suaves.

Se quedaron así un rato largo, respiraciones calmándose, el sofá hecho un desastre de manchas húmedas y olor a sexo. Fiona le susurró al oído, voz ronca y baja:

—Quiero que me despiertes así cada mañana. Quiero tu lengua en mi coño antes del café. Quiero que me folles con ese strap-on hasta que no pueda caminar a clase.

Talia rio bajito contra su cuello y le mordisqueó la oreja.

—Hecho. Pero la próxima vez yo elijo la posición. Te quiero atada a la cama con mis cinturones, piernas abiertas, y yo comiéndote hasta que me supliques correrte.

Fiona se estremeció de puro gusto y asintió, frotando ya otra vez el muslo contra el coño de Talia. Estaban exhaustas y sin embargo el hambre no se había ido del todo. Talia le bajó la mano otra vez, le metió dos dedos suaves solo para sentir cómo seguía mojada, y Fiona gimió contenta, empujando contra ellos.

La lluvia amainó un poco. El apartamento olía a vino barato, a sudor y a coño. Se abrazaron más fuerte, piel contra piel, el calor de los cuerpos manteniéndolas en esa burbuja sucia y perfecta. Fiona le besó la mandíbula y luego los labios hinchados una última vez, lenta, profunda.

Talia cerró los ojos, sonriendo contra la boca de su compañera de cuarto, y murmuró:

—Desde la primera noche que te vi en bragas robándote mi camiseta supe que iba a follarte exactamente así.

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