Lluvia Salvaje: Anal con Mi Mejor Amiga en la Casa de la Playa

Yvonne, de 28 años, folla el culo de su amiga Ingrid, de 27, con un strap-on durante una tormenta en la casa de playa.

27 min read September 12, 2026New

La lluvia azotaba la costa con furia salvaje cuando Yvonne e Ingrid llegaron a la casa de playa que la primera había alquilado para ese fin de semana. Yvonne, de 28 años y exitosa diseñadora gráfica en una agencia de renombre en la ciudad, cargaba las maletas con una sonrisa traviesa mientras el agua le empapaba la blusa ligera, marcando sus pechos redondos y firmes. Ingrid, su mejor amiga de 27 años, fotógrafa freelance que viajaba por el mundo capturando tormentas y cuerpos desnudos para revistas eróticas, corría detrás de ella riendo a carcajadas, su short jean pegado a las nalgas prietas y su camiseta translúcida dejando ver los pezones endurecidos por el frío.

—¡Joder, qué tormenta! —gritó Ingrid, cerrando la puerta tras de sí. El interior de la casa era cálido, con madera oscura y grandes ventanales que daban al océano embravecido. Dejaron las bolsas en el suelo y, sin pensarlo dos veces, abrieron una botella de vino tinto robusto. Salieron al porche cubierto, donde la lluvia formaba una cortina líquida que las aislaba del mundo. Se sentaron en el sillón amplio de mimbre, con las copas en la mano, y el sonido ensordecedor del diluvio las envolvió como un tambor primitivo que vibraba en sus vientres.

Bebieron en silencio al principio, mirándose de reojo. Yvonne sentía cómo el calor del alcohol se mezclaba con algo más profundo, esa tensión que siempre había flotado entre ellas desde hacía años. Ingrid cruzó las piernas, pero su pie descalzo rozó el muslo de su amiga. El contacto fue eléctrico.

—Sabes… —empezó Ingrid, su voz ronca por el vino y algo más—. Llevo meses soñando con esto. Contigo. Fantaseo con que me folles duro, Yvonne. Que me uses como tu puta personal. Y sobre todo… que me lo hagas por el culo. Quiero sentir cómo me abres el ano con algo grueso, sin piedad, hasta que grite.

Yvonne tragó saliva. Su coño se contrajo al instante bajo la falda mojada. Llevaba años imaginando exactamente eso: ajustar su arnés, lubricar el dildo grueso y venoso que guardaba en su maleta y enterrarlo centímetro a centímetro en el culo virgen de su mejor amiga. El solo pensamiento la hacía mojar las bragas.

—Ingrid… joder —murmuró, dejando la copa a un lado y acercándose hasta que sus rodillas se tocaron—. Llevo años deseando lo mismo. Enterrar mi strap-on en ese culito apretado que tienes. He masturbado tantas veces pensando en cómo te correrías con el culo lleno de mí, gimiendo como una zorra anal. No sabes cuánto me excita oírte decirlo.

La lluvia se volvió más violenta, golpeando las ventanas como si aplaudiera su confesión. El aire se cargó de electricidad sexual. Ingrid se inclinó primero, tomando el rostro de Yvonne entre sus manos y besándola con hambre voraz. Sus lenguas se enredaron de inmediato, mojadas, sucias, explorando bocas con gemidos ahogados. Yvonne deslizó las manos por la espalda de su amiga, bajando hasta apretar esas nalgas que tanto había admirado en fotos de sesiones de Ingrid. La fotógrafa gimió contra sus labios, mordiéndole el inferior.

—Quítame la ropa… está empapada —suplicó Ingrid entre besos.

Yvonne obedeció con dedos temblorosos de deseo. Le arrancó la camiseta, liberando unos pechos medianos pero perfectos, con pezones rosados y duros como guijarros. Bajó el short y las bragas de un tirón, dejando a Ingrid completamente desnuda bajo la luz tenue del porche. Su coño estaba ya hinchado, los labios brillantes de excitación. Yvonne se desnudó a su vez, revelando su cuerpo curvilíneo, el triángulo depilado de su monte de Venus y sus tetas más grandes que se balancearon libres.

De la maleta, Yvonne sacó el arnés de cuero negro y el dildo grueso, de veintiún centímetros, venoso y realista, con una cabeza ancha que prometía abrir carne. Se lo ajustó a las caderas con movimientos seguros, el consolador quedando erecto y amenazante frente a ella. Ingrid cayó de rodillas al instante, sus ojos verdes fijos en aquella polla de silicona.

—Mírate… tan puta de rodillas —gruñó Yvonne, agarrándola del cabello rubio mojado.

Ingrid no respondió con palabras. Abrió la boca y lamió desde la base hasta la punta del dildo, dejando rastros de saliva espesa. Lo chupó con devoción, metiéndoselo hasta la garganta, haciendo arcadas sucias que la excitaban más. Entre mamadas babosas, rogaba:

—Quiero que me abras sin piedad, Yvonne. Quiero que me destroces el culo con esa verga gruesa. Fóllame como si me odiaras, como si llevaras años esperando para sodomizar a tu mejor amiga. Por favor… estoy temblando de lo mojada que estoy.

Yvonne gemía, sintiendo las vibraciones del arnés contra su clítoris cada vez que Ingrid tragaba el dildo. La lluvia rugía fuera, un telón de fondo salvaje que hacía que sus cuerpos vibraran en sintonía. Ambas temblaban de deseo mutuo, explícito, sucio. El porche se llenó de sonidos obscenos: succiones, gemidos, el repiqueteo del agua contra la madera.

—Vamos adentro —ordenó Yvonne con voz ronca.

La llevó al salón principal, donde una gran alfombra mullida esperaba frente a los ventanales. La tormenta iluminaba sus cuerpos desnudos con relámpagos intermitentes. Puso a Ingrid en cuatro patas, el culo en pompa, el coño chorreando hilos transparentes por los muslos. Yvonne se arrodilló detrás y, sin preámbulos, frotó la cabeza del dildo contra los labios hinchados.

—Primero te voy a follar este coño empapado, para que estés bien abierta y resbaladiza —dijo, y empujó.

El grueso consolador entró de un solo golpe hasta el fondo. Ingrid gritó de placer, arqueando la espalda mientras la lluvia retumbaba como un trueno. Yvonne empezó a bombear con fuerza, sus caderas chocando contra las nalgas de su amiga con sonidos húmedos y fuertes. Cada embestida hacía que los pechos de Ingrid se balancearan y que su cara se apretara contra la alfombra.

—¡Sí! ¡Más duro! ¡Fóllame como la perra que soy! —gritaba Ingrid.

Yvonne la agarraba de las caderas, clavando los dedos en la carne suave, acelerando el ritmo hasta que el sudor les corría por la piel a pesar de la humedad del ambiente. Después de varios minutos de follarle el coño sin misericordia, sacó el dildo brillante de jugos y tomó el frasco de lubricante que había preparado.

—Ahora viene lo que realmente quieres, puta anal —susurró, vertiendo generosas cantidades de gel frío sobre el ano fruncido de Ingrid y sobre el strap-on. Masajeó el agujero con dos dedos, abriéndolo poco a poco, escuchando cómo su amiga gemía y empujaba hacia atrás.

—Hazlo… métemelo en el culo. Quiero sentir cada centímetro abriéndome.

Yvonne posicionó la cabeza ancha contra el esfínter y presionó. El ano de Ingrid cedió lentamente, tragando la gruesa polla con un sonido obsceno. Ambas jadearon. Yvonne entró hasta la mitad, luego hasta el fondo, sintiendo cómo las paredes calientes y apretadas del recto de su amiga la apretaban.

—Cambio de posición —dijo Yvonne, tumbándose de espaldas en el sofá cercano—. Siéntate encima, amazona inversa. Quiero verte cabalgar mi verga en tu culo.

Ingrid, con las piernas temblorosas, se colocó de espaldas a ella y descendió lentamente sobre el dildo. El ano se abrió obscenamente alrededor de la gruesa base mientras bajaba, controlando la profundidad con gemidos entrecortados. Una vez empalada por completo, empezó a cabalgar salvajemente, subiendo y bajando con fuerza, sus nalgas rebotando contra el regazo de Yvonne. La lluvia parecía acompañar sus movimientos, cada trueno coincidiendo con un golpe profundo.

—¡Me estás llenando el intestino! ¡Qué rica se siente tu polla en mi culo! —gritaba Ingrid, tocándose el clítoris mientras cabalgaba como una posesa.

Yvonne la tomó por la cintura y la cambió de nuevo, poniéndola de lado sobre la alfombra. Levantó una de las piernas de Ingrid, manteniendo el dildo enterrado en su ano y empezó a sodomizarla con embestidas profundas y rapidísimas. Al mismo tiempo, metió dos dedos en el coño chorreante de su amiga, follándola por ambos agujeros mientras le hablaba al oído con voz sucia:

—Mírate, Ingrid. Qué puta anal eres. Tu culo traga mi strap-on como si hubiera nacido para esto. Llevas años queriendo que tu mejor amiga te destroce el ojete, ¿verdad? Córrete con la verga en el culo, zorra. Quiero sentir cómo palpita tu ano alrededor de mí.

Ingrid no aguantó más. El placer anal la atravesó como un rayo. Su cuerpo se convulsionó, el ano contrayéndose violentamente alrededor del dildo mientras gritaba de forma desgarradora, corriéndose con intensidad brutal. Chorros de squirt salpicaron los dedos de Yvonne, que no dejaba de bombear ni un segundo, prolongando el orgasmo hasta que Ingrid quedó temblando, sin aliento, con lágrimas de placer en los ojos.

Con ternura repentina, Yvonne sacó el dildo muy lentamente del ano palpitante y abierto de su amiga. El agujero quedó ligeramente dilatado, rojo y brillante de lubricante, contrayéndose en espasmos vacíos. La besó con suavidad en los labios, un beso largo, profundo y lleno de cariño que contrastaba con la brutalidad anterior.

—Ven —susurró Yvonne—. Vamos a la ducha exterior.

La tormenta seguía rugiendo cuando salieron a la ducha al aire libre, bajo el techo parcial de la terraza trasera. El agua fría de la lluvia se mezclaba con la caliente de la ducha. Se enjabonaron mutuamente entre risas suaves y caricias lentas. Yvonne pasó las manos enjabonadas por los pechos de Ingrid, bajando por su vientre hasta limpiar con cuidado el ano sensible, metiendo un dedo suave solo para tranquilizar los músculos. Ingrid hizo lo mismo, lavando el arnés y besando los hombros de su amiga.

Se secaron con toallas grandes y terminaron acurrucadas en la cama king size, cuerpos desnudos entrelazados, la tormenta como una promesa de que la noche aún guardaba más secretos. Yvonne acariciaba la espalda de Ingrid pensando en lo que aún no habían explorado, en cómo su amiga aún temblaba de deseo insatisfecho, en que este fin de semana apenas comenzaba y que había traído más juguetes… y la posibilidad de que alguien más se uniera a su juego salvaje antes de que terminara la lluvia. Ingrid, con la cabeza sobre su pecho, suspiró y murmuró algo sobre querer sentirla aún más profundo la próxima vez, dejando flotando en el aire la tensión de todo lo que aún estaba por venir mientras la tormenta seguía aullando fuera.

La lluvia golpeaba el techo de la casa de playa con un ritmo furioso, como si el cielo mismo estuviera excitado por lo que acababa de pasar entre ellas. Ingrid tenía la mejilla apoyada sobre el pecho de Yvonne, sus respiraciones aún agitadas, pero el murmullo que acababa de soltar —«la próxima vez quiero sentirte aún más profundo»— flotó entre las dos como una promesa sucia que ninguna estaba dispuesta a dejar en el aire. Yvonne sintió que su clítoris volvía a palpitar al instante. A sus veintiocho años, como diseñadora gráfica que pasaba horas imaginando formas y curvas, había pasado noches enteras fantaseando con exactamente esto: abrir el culo de su mejor amiga hasta el límite, convertir ese agujero apretado en su juguete personal.

Sin decir nada, Yvonne estiró el brazo hacia la mesita de noche y abrió la cremallera de la bolsa negra que había preparado con anticipación. Sacó primero un plug anal de silicona negra, grueso, con una base ancha y un motorcito en su interior. Ingrid levantó la cabeza, los ojos entrecerrados de deseo renovado, y sonrió con esa boca que todavía brillaba de saliva y lubricante.

—¿Vas a seguir jugando con mi culo, verdad? —preguntó con voz ronca, girándose boca abajo sin que se lo pidieran. Sus nalgas perfectas, bronceadas por años de viajes y sesiones de fotos eróticas, se abrieron solas cuando separó las piernas. El ano todavía estaba ligeramente dilatado, rosado y brillante, contrayéndose en pequeños espasmos como si recordara cada centímetro que había tragado minutos antes.

Yvonne se colocó entre sus muslos, admirando el espectáculo. «Joder, qué puta más hermosa es», pensó mientras vertía más lubricante directamente sobre la raja. El gel frío hizo que Ingrid se estremeciera y arqueara la espalda. Yvonne no se molestó en calentarlo; quería que sintiera el contraste con el calor de su cuerpo. Con dos dedos extendió el lubricante alrededor del esfínter, presionando suavemente hasta que el primer nudillo entró sin resistencia. Ingrid soltó un gemido largo y bajo, empujando hacia atrás.

—Más… mete los dedos, Yvonne. Abreme bien. Quiero que mi culo esté listo para lo que sea que traigas después.

Yvonne obedeció con placer sádico. Introdujo dos dedos juntos, girándolos, sintiendo las paredes calientes y sedosas del recto de su amiga apretarle con fuerza. Sacó y metió varias veces, cada vez más rápido, hasta que el sonido húmedo y obsceno se mezcló con el rugido de la tormenta. Luego añadió un tercero. Ingrid enterró la cara en la almohada y gritó, las manos agarrando las sábanas con fuerza.

—¡Sí, así! ¡Tres dedos en mi puto culo! Me estás ensanchando como una zorra… ¡No pares!

El interior de Yvonne ardía. Su propio coño goteaba sobre la pierna de Ingrid mientras la penetraba analmente con los dedos. Sacó la mano, tomó el plug y lo presionó contra el ano abierto. La cabeza ancha desapareció lentamente, centímetro a centímetro, hasta que la base ancha quedó tragada y solo se veía el mango plano entre las nalgas. Yvonne activó la vibración en nivel medio. El zumbido grave se sintió incluso en la palma de su mano.

Ingrid empezó a mover las caderas instintivamente, follándose el plug contra el colchón. Sus gemidos se volvieron más agudos, entrecortados. Yvonne se inclinó, mordió una de sus nalgas con fuerza suficiente para dejar una marca roja y luego lamió el borde del plug, empujándolo más adentro con la lengua.

—Eres una anal slut de mierda, Ingrid. Mira cómo tu culo traga esto sin problema. Llevas años queriendo que tu mejor amiga te convierta en su perra de culo, ¿no? Dilo.

—¡Sí! ¡Soy tu perra anal, Yvonne! ¡Mi ojete es tuyo! ¡Úsalo, rómpelo, lléname hasta que no pueda caminar!

Yvonne no pudo esperar más. Se quitó el plug de un tirón brusco, provocando un gemido ahogado de Ingrid, y se colocó el arnés de nuevo, pero esta vez ajustó uno más grande: veinticinco centímetros de largo, mucho más grueso en la base, con venas pronunciadas y una ligera curva que apuntaba directamente a la próstata femenina. Lo untó generosamente con lubricante hasta que brillaba como una polla real y obscena.

Se tumbó de espaldas en la cama y jaló a Ingrid encima de ella, pero esta vez cara a cara. Quería verle los ojos mientras la empalaba.

—Siéntate. Quiero ver cómo tu culo se abre alrededor de esta verga más grande. Quiero que me mires mientras te destrozo el intestino.

Ingrid, con las piernas temblando a sus veintisiete años de tanto placer acumulado, se posicionó sobre el monstruo de silicona. Agarró la base con una mano y guió la cabeza ancha hasta su ano todavía abierto por el plug. Bajó lentamente. La corona ancha la abrió de forma brutal, obligándola a jadear y a clavar las uñas en los hombros de Yvonne. Centímetro a centímetro, el dildo desapareció dentro de su culo hasta que sus nalgas tocaron los muslos de Yvonne y la base del arnés presionó contra su clítoris hinchado.

—Dios… está más gruesa… me está partiendo en dos —gimió Ingrid, pero sus caderas ya empezaban a moverse en círculos, acostumbrándose al grosor.

Yvonne la agarró de las caderas y empezó a embestir desde abajo, follando su culo con estocadas cortas pero profundas. Cada vez que subía, el dildo salía casi hasta la cabeza antes de volver a clavarse hasta el fondo. El sonido era asquerosamente hermoso: carne mojada chocando, el lubricante chapoteando, los gemidos de Ingrid cada vez más altos.

—Cabálgame la polla con el culo, puta. Quiero sentir cómo tu ano me aprieta. Apriétame.

Ingrid obedeció, subiendo y bajando con más violencia. Sus tetas medianas rebotaban, los pezones duros. Yvonne levantó una mano y le dio una cachetada suave en la cara, luego otra en un pecho. Ingrid sonrió con los ojos vidriosos de placer.

—Más fuerte… trátame como la guarra anal que soy.

Yvonne la volteó sin sacar el dildo, poniéndola en misionero. Levantó las piernas de Ingrid hasta que sus rodillas casi tocaron sus hombros, doblándola por completo. Desde esa posición el ángulo era perfecto para penetraciones profundas y brutales. Empezó a follarla con todo el peso de su cuerpo, el dildo entrando y saliendo del culo con velocidad salvaje. El vientre de Ingrid se abultaba ligeramente cada vez que la verga llegaba al fondo.

Mientras la sodomizaba sin piedad, Yvonne tomó un vibrador grueso del cajón y lo metió de un solo empujón en el coño chorreante de su amiga. Ahora la follaba por ambos agujeros al mismo tiempo, sincronizando los movimientos. El doble relleno hizo que Ingrid perdiera completamente el control.

—¡Me voy a correr! ¡Me voy a correr con la polla en el culo! ¡No pares, Yvonne, por favor no pares!

El orgasmo la golpeó como un rayo que coincidió exactamente con un trueno afuera. Su ano se contrajo con tanta fuerza alrededor del dildo grueso que casi lo expulsa. Chorros potentes de squirt salieron disparados alrededor del vibrador, empapando el arnés, el vientre de Yvonne y las sábanas. Ingrid gritaba sin control, el cuerpo convulsionando, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras el placer anal la destrozaba desde dentro.

Yvonne no detuvo el movimiento ni un segundo, prolongando el orgasmo hasta que Ingrid quedó convertida en un temblor incoherente de carne. Solo entonces redujo la velocidad, pero no sacó el dildo. Lo dejó enterrado hasta la base mientras se inclinaba y besaba a su amiga con lengua sucia y posesiva.

—Esto apenas es el comienzo del fin de semana —susurró Yvonne contra sus labios, moviendo las caderas en círculos lentos para que Ingrid siguiera sintiendo cada vena dentro de su recto—. Tengo un strap-on aún más grande… y he estado pensando en llamar a Laura. Ya sabes, la vecina de la casa de al lado, esa de treinta y dos años que siempre nos mira con esa cara de hambre cuando nos ve en la playa. Me escribió ayer diciendo que la tormenta la tiene atrapada aquí también. Imagina su lengua en tu clítoris mientras yo te sigo follando el culo sin parar.

Ingrid, todavía empalada y temblando, soltó una risa rota y excitada. Sus paredes internas seguían contrayéndose alrededor del grueso intruso.

—Hazlo… quiero que me vean. Quiero que alguien más me vea convertida en tu puta anal… pero solo cuando esté tan abierta y tan llena que no pueda pensar.

Yvonne sonrió, dejó el dildo dentro un poco más, girándolo suavemente para mantenerla al borde. Afuera, la tormenta parecía intensificarse, como si supiera que la noche aún guardaba mucho más. El viento aullaba contra las ventanas mientras las dos mujeres permanecían unidas, cuerpos sudorosos y pegajosos, respiraciones mezcladas, la promesa de una tercera persona y de un anal aún más salvaje flotando entre ellas como la electricidad en el aire. Ninguna de las dos quería dormir. El fin de semana —y el culo de Ingrid— todavía tenía mucho que dar.

Yvonne sonrió con esa malicia que le nacía desde el fondo del vientre mientras movía las caderas en círculos lentos y profundos, sintiendo cómo el ano de Ingrid apretaba y palpitaba alrededor de cada vena del grueso dildo de veinticinco centímetros. El culo de su mejor amiga estaba caliente, sedoso y completamente rendido, tragando la base del arnés hasta que sus nalgas firmes se aplastaban contra el pubis de Yvonne. Ingrid, con la mejilla pegada a la sábana húmeda de sudor, soltaba gemidos roncos y entrecortados, el cuerpo de veintisiete años temblando como si la tormenta que rugía afuera se hubiera metido bajo su piel.

—Sigue moviéndote así… joder, Yvonne, me estás removiendo todo el intestino —jadeó Ingrid, empujando hacia atrás con el culo para sentir más presión. Su coño chorreaba sin control, dejando un charco oscuro sobre las sábanas. Yvonne sintió su propio clítoris hinchado frotándose contra el cuero del arnés y pensó que nunca había estado tan mojada en su vida. Como diseñadora gráfica de veintiocho años, había pasado horas dibujando curvas y formas prohibidas, pero nada se comparaba con la realidad visceral de destrozar el ojete de su mejor amiga.

Agarró las caderas de Ingrid con más fuerza, las uñas clavándose en la carne bronceada, y empezó a follarla con estocadas cortas pero brutales, sacando casi toda la verga solo para volver a clavarla hasta el fondo con un golpe húmedo y obsceno. El sonido llenaba la habitación: el chapoteo del lubricante, el choque de pelvis contra nalgas, los gemidos ahogados de Ingrid que se convertían en gritos cada vez que la cabeza ancha del consolador le rozaba las zonas más profundas.

—Eres una puta anal de mierda, Ingrid. Mira cómo tu culo se abre para mí. Años fantaseando con esto y ahora eres mi juguete personal —gruñó Yvonne, inclinándose para morderle la nuca. Ingrid respondió contrayendo el esfínter con fuerza, ordeñando el dildo como si quisiera ordeñarle el alma.

—No pares… quiero correrme otra vez con la polla en el culo. Quiero que me dejes el ano tan abierto que no pueda cerrarlo en toda la noche —suplicó Ingrid, la voz rota. Yvonne aceleró, follándola como un animal, el sudor corriendo entre sus tetas grandes y pesadas. El trueno explotó justo cuando Ingrid se corrió: su ano se cerró como un puño alrededor de la verga, palpitando violentamente mientras chorros de squirt salían disparados de su coño, empapando los muslos de Yvonne y las sábanas. Ingrid gritó contra la almohada, el cuerpo convulsionando, las lágrimas de placer rodando por sus mejillas.

Yvonne no sacó el dildo. Lo dejó enterrado hasta la base, girándolo suavemente para mantenerla al límite. Con la respiración agitada, estiró la mano hacia el móvil. Sus dedos temblaban de excitación cuando marcó el número de Laura.

—¿Yvonne? —contestó la voz de Laura al segundo tono, curiosa y un poco ronca.

—Laura, escúchame bien —dijo Yvonne mientras empezaba a mover las caderas otra vez, follándole el culo a Ingrid con movimientos lentos y profundos que hacían que su amiga soltara gemidos imposibles de disimular—. Estamos en la cama. Tengo un dildo enorme metido hasta el fondo en el culo de Ingrid. Está gimiendo como una zorra anal mientras te hablo. ¿Recuerdas esa mirada hambrienta que nos echas en la playa? Ven ahora. La puerta está abierta. Quiero que veas cómo le destrozo el ojete a mi mejor amiga de veintisiete años y quiero que nos ayudes a abrirla más.

Se oyó un jadeo al otro lado de la línea. Ingrid, empalada y temblando, soltó un gemido largo y sucio justo entonces, incapaz de contenerse.

—Hostia puta… —murmuró Laura, la escultora de treinta y dos años que vivía en la casa contigua—. Estoy saliendo ya. No saques esa polla de su culo. Quiero ver cómo lo tiene de abierto cuando llegue.

La llamada se cortó. Yvonne tiró el teléfono y sacó el dildo de un tirón lento y cruel, admirando el espectáculo: el ano de Ingrid quedó abierto como una boca roja y palpitante, contrayéndose en espasmos vacíos, brillando de lubricante y ligeramente hinchado. Ingrid protestó con un quejido, pero Yvonne ya estaba colocando un plug más grueso, uno con base ancha que estiraba el esfínter al máximo. Lo empujó dentro con firmeza hasta que solo quedó el mango plano entre las nalgas perfectas de su amiga.

—Esto te mantendrá bien abierta para Laura —susurró Yvonne, dándole una nalgada fuerte que dejó la marca de su mano—. Eres nuestra puta esta noche.

Diez minutos después, la puerta de la casa se abrió con el viento. Laura entró empapada, el vestido pegado al cuerpo curvilíneo, los pezones duros marcándose como piedras. El agua de la lluvia le corría por los muslos fuertes. Sin decir una palabra, se quitó el vestido mojado, revelando unos pechos grandes y pesados, un coño hinchado y depilado, y unas nalgas redondas que Yvonne siempre había admirado de lejos. A sus treinta y dos años, Laura tenía el cuerpo de quien pasa horas moldeando arcilla y su propia carne.

Se acercó a la cama con hambre en los ojos. Ingrid seguía en cuatro patas, el plug vibrando dentro de su culo. Laura se arrodilló detrás, sacó el plug con un sonido húmedo y hundió la cara entre las nalgas sin piedad. Su lengua entró directamente en el ano abierto, lamiendo las paredes internas mientras dos dedos de su mano derecha se metían en el coño chorreante de Ingrid.

—Joder, qué culo más usado y bonito —gruñó Laura contra la carne, la voz amortiguada—. Se nota que Yvonne te ha estado follando como una bestia. Sabe a lubricante y a puta cachonda.

Ingrid empujó hacia atrás, follándose la cara de Laura. Yvonne se colocó delante, aún con el arnés puesto, y metió la verga sucia del culo de Ingrid directamente en la boca de su amiga. Ingrid la chupó con devoción obscena, arcadas y todo, mientras Laura seguía comiéndole el ano con hambre.

—Chúpala bien, zorra. Prueba tu propio culo en mi polla —ordenó Yvonne, sujetándola del pelo rubio mojado de sudor. Laura se incorporó, los labios brillantes, y tomó el arnés más grande que Yvonne le ofrecía: un monstruo de veintiocho centímetros, extremadamente grueso en la base, con una curva pronunciada. Se lo ajustó a las caderas con movimientos seguros, el consolador balanceándose pesado y amenazante.

—Quiero follármela yo ahora —dijo Laura, la voz cargada de deseo—. Quiero ver cómo se le abre más.

Pusieron a Ingrid boca arriba, piernas abiertas y dobladas contra su pecho. Laura posicionó la cabeza ancha contra el ano ya dilatado y empujó. El esfínter cedió con un sonido obsceno, tragando centímetro tras centímetro hasta que casi la mitad desapareció. Ingrid gritó, los ojos muy abiertos, las manos agarrando las sábanas.

—¡Es más gruesa! ¡Me está partiendo el culo en dos, joder! —aulló, pero sus caderas se movían pidiendo más. Laura empezó a bombear con fuerza, sus tetas grandes rebotando con cada embestida. Yvonne se sentó sobre la cara de Ingrid, frotando su coño empapado contra la boca de su amiga mientras observaba cómo el enorme dildo entraba y salía del ano cada vez más abierto.

—Lámeme mientras te follan el culo, puta anal —exigió Yvonne, moviendo las caderas. Ingrid obedeció, metiendo la lengua en el coño de su mejor amiga mientras Laura la sodomizaba sin misericordia. El vientre de Ingrid se abultaba ligeramente con cada penetración profunda. El squirt volvió a salir a chorros, salpicando el arnés de Laura y el vientre de Yvonne.

Cambaron de posición. Levantaron a Ingrid y la llevaron contra el ventanal enorme que daba al océano embravecido. La lluvia azotaba el vidrio con furia mientras Yvonne la penetraba por el culo desde atrás, las tetas de Ingrid aplastadas contra el cristal frío. Laura se arrodilló entre sus piernas y empezó a chuparle el clítoris con fuerza, metiendo tres dedos en su coño al mismo tiempo. El contraste del vidrio helado contra sus pezones y el calor brutal en su ano hizo que Ingrid perdiera completamente el control.

—Miradme… soy vuestra puta anal… cualquiera que pase por la playa podría verme con el culo lleno —gimió Ingrid, la voz quebrada. Yvonne le daba nalgadas fuertes, dejando las marcas rojas sobre la piel bronceada.

—Cuando termine la tormenta vamos a traer más juguetes —susurró Yvonne al oído de Ingrid, sin dejar de follarla—. Tengo un dildo inflable que puedo hinchar dentro de tu intestino hasta que no puedas ni respirar. Y Laura quiere probar si tu culo puede tomar dos pollas a la vez. ¿Te imaginas, zorra? Dos vergas gruesas abriéndote el ano al mismo tiempo mientras la tormenta sigue rugiendo.

Laura sacó el dildo un momento, admirando el agujero grotescamente abierto de Ingrid, y lo reemplazó con cuatro dedos que giró y estiró sin piedad. Ingrid se corrió de nuevo, gritando contra el vidrio, el cuerpo sacudido por espasmos tan fuertes que casi se cae. Las tres mujeres jadeaban, sudorosas, cubiertas de lubricante, jugos y lluvia que se filtraba por las rendijas de la terraza.

Yvonne miró a Laura con una sonrisa sucia y complicada. Todavía quedaba mucha noche. El plug más grande volvió a entrar en el culo de Ingrid con un empujón firme, manteniéndola dilatada y al borde mientras las tres se besaban enredadas sobre la cama, lenguas sucias y manos explorando. La promesa de doble penetración anal, del dildo inflable y de una sesión aún más salvaje flotaba en el aire cargado de electricidad sexual. Ninguna quería parar. La lluvia seguía azotando la casa de playa, como si el cielo supiera que el culo de Ingrid aún tenía mucho más que dar antes de que amaneciera.

La lluvia azotaba las ventanas con un furor que parecía imitar los latidos desbocados de sus cuerpos. Yvonne, la diseñadora gráfica de veintiocho años, rompió el beso con Laura y miró a Ingrid con esa hambre que ya no podía contener. La fotógrafa de veintisiete años seguía a cuatro patas sobre la cama, el plug grueso vibrando en su interior, manteniendo su ano dilatado y palpitante como una invitación obscena. Yvonne lo extrajo lentamente, girándolo con crueldad deliberada; el esfínter de Ingrid se abrió con un chasquido húmedo, dejando un agujero rojo, hinchado y babeante de lubricante que se contraía en espasmos vacíos, como si rogara por más.

—Mirad esto —gruñó Laura, la escultora de treinta y dos años, arrodillándose detrás y separando las nalgas firmes de Ingrid con ambas manos—. Su puto culo ya está tan abierto que podría tragarse el mundo. Vamos a llenarlo de verdad.

Ingrid empujaba hacia atrás con las caderas, frotando su coño chorreante contra la sábana. Su mente era un torbellino de placer sucio: «Quiero que me destruyan, que me dejen el ano tan abierto que mañana no pueda sentarme sin recordar cómo mis dos amigas me usaron como su juguete anal».

Yvonne sacó de la bolsa el dildo inflable, un monstruo de silicona de base flexible con una bomba manual incorporada, y lo untó con una cantidad generosa de lubricante hasta que brillaba como una polla viva y obscena. Laura ya se había ajustado un arnés con una verga de veintidós centímetros, gruesa y venosa, y la presionaba contra el agujero abierto de Ingrid.

—Primero yo —dijo Laura con voz ronca, empujando. La cabeza ancha entró con un sonido pornográfico, estirando las paredes internas de Ingrid que cedieron con facilidad gracias al plug anterior. Ingrid soltó un gemido largo y gutural, clavando las uñas en las sábanas mientras sentía cómo la polla de silicona la invadía centímetro a centímetro, abriendo su recto con presión implacable.

—¡Joder, sí! ¡Más adentro, métemela toda en el intestino! —gritó Ingrid, su cara hundida en la almohada, el sudor pegando mechones rubios a su frente.

Yvonne observaba fascinada, su propio coño palpitando y goteando sobre el muslo de Laura. «Esto es mejor que cualquier fantasía que dibujé en mi estudio. Ver el culo de mi mejor amiga tragándose una polla así… me está poniendo cachonda como nunca». Se colocó al lado, lubricando el dildo inflable y esperando su turno. Laura empezó a bombear con fuerza, sus caderas fuertes chocando contra las nalgas bronceadas de Ingrid con golpes húmedos y resonantes que se mezclaban con el rugido de la tormenta. Cada embestida hacía que el vientre de Ingrid se abultara ligeramente, visible bajo su piel.

Después de varios minutos de follada brutal, Laura se quedó enterrada hasta la base, sosteniendo a Ingrid abierta. Yvonne posicionó la punta del dildo inflable justo al lado de la verga de Laura, presionando contra el borde ya estirado del ano.

—¿Lista para dos pollas en tu culo al mismo tiempo, puta? —preguntó Yvonne, su voz cargada de dominación cariñosa.

Ingrid giró la cabeza, los ojos vidriosos de placer y lágrimas de éxtasis.

—Sí… metedlas las dos. Quiero que me partáis el ojete, que me hagáis vuestra zorra anal para siempre.

Yvonne empujó. El esfínter de Ingrid protestó un segundo, pero el lubricante y la dilatación previa permitieron que la segunda cabeza entrara. Ingrid aulló de placer puro, su ano abriéndose obscenamente alrededor de las dos vergas gruesas. Las paredes internas se estiraban al límite, una sensación de plenitud abrasadora que le recorría la columna vertebral como electricidad. Laura y Yvonne empezaron a moverse a la vez, coordinando embestidas cortas pero profundas, follándola por el culo con un ritmo salvaje que hacía que los sonidos fueran asquerosamente hermosos: chapoteos de lubricante, carne golpeando carne, gemidos ahogados y el zumbido lejano de la tormenta.

Ingrid se corrió por primera vez con las dos pollas dentro, su ano contrayéndose con tanta fuerza alrededor de las dos vergas que casi las expulsa. Chorros de squirt salieron disparados de su coño sin que nadie lo tocara, empapando los muslos de Laura y las sábanas. Su cuerpo convulsionaba, las tetas medianas balanceándose, los pezones duros como piedras.

—¡Me estoy corriendo con dos pollas en el culo! ¡Sois unas hijas de puta, me estáis rompiendo! —gritaba entre sollozos de placer.

Yvonne sentía el roce constante de la verga de Laura contra la suya a través de la fina pared interna y eso la volvía loca. «Su culo está tan caliente, tan apretado incluso ahora que está abierto de par en par… podría correrme solo con esto». Sacó su dildo un momento, activó la bomba del inflable y lo volvió a meter solo. Mientras Laura seguía follándola sin piedad, Yvonne empezó a inflar el juguete lentamente. Cada bombeo hacía que el dildo creciera dentro del recto de Ingrid, hinchándose, presionando las paredes, ocupando cada milímetro disponible.

Ingrid jadeaba como un animal, la frente pegada a la cama, el culo elevado y completamente rendido.

—Está creciendo… joder, Yvonne, me estás inflando el intestino… me siento tan llena que voy a explotar… ¡Más! ¡Inflámelo más, quiero sentirme como un globo anal!

Laura salió por completo para dejar que Yvonne inflara el juguete hasta su límite. El ano de Ingrid quedó grotescamente distendido alrededor de la base hinchada, un círculo rojo y brillante que no se cerraba, palpitando visiblemente. Yvonne bombeó tres veces más, observando cómo el vientre de su amiga se hinchaba de forma visible con la presión interna. Luego desinfló solo un poco y volvió a meter su propio strap-on junto al inflable ya enorme.

Ahora sí era una doble penetración anal brutal: la verga de Yvonne y el dildo inflado compartiendo el mismo agujero, estirándolo más allá de lo imaginable. Empezaron a follarla de nuevo, alternando ritmos, una entrando mientras la otra salía, luego las dos al fondo al mismo tiempo. Ingrid perdió completamente el control del lenguaje; solo salían de su boca gemidos incoherentes, babas y súplicas rotas.

Laura se inclinó hacia delante, mordiendo la nuca de Ingrid mientras le metía tres dedos en el coño chorreante, follándola por los dos agujeros a la vez. Yvonne agarraba las caderas de su mejor amiga con fuerza, clavando las uñas, y le hablaba directamente al oído con voz sucia y posesiva:

—Esto es lo que querías desde hace años, ¿verdad, perra? Que tu mejor amiga te convirtiera en una anal slut sin límites. Mira cómo tu culo traga dos pollas hinchadas. Vas a correrte otra vez y vas a empapar todo, zorra.

El orgasmo que siguió fue devastador. Ingrid se corrió con un grito desgarrador que coincidió con un trueno ensordecedor afuera. Su ano se contrajo violentamente alrededor de las dos intrusiones, ordeñándolas con espasmos tan potentes que el dildo inflable vibraba dentro de ella. Squirt salió a chorros potentes, salpicando el arnés de Yvonne, el vientre de Laura y hasta el suelo de madera. Su cuerpo entero temblaba sin control, las piernas le fallaban, las lágrimas corrían por sus mejillas mientras el placer anal la destrozaba desde dentro hacia fuera.

Yvonne y Laura mantuvieron las vergas dentro hasta que los espasmos cedieron, moviéndolas suavemente en círculos para prolongar cada ola. Solo entonces, con ternura salvaje, extrajeron ambos juguetes lentamente. El ano de Ingrid quedó abierto como una boca obscena, un túnel rojo y dilatado que tardaba en cerrarse, palpitando al aire, brillando con litros de lubricante y sus propios jugos. Ingrid se derrumbó de lado, respirando entrecortadamente, el cuerpo sudoroso y tembloroso, una sonrisa rota de satisfacción absoluta en los labios.

Yvonne se quitó el arnés con manos temblorosas, el clítoris aún palpitando sin haber llegado al orgasmo final. Laura la atrajo hacia sí y la besó con lengua profunda mientras sus dedos encontraban el coño de Yvonne y lo frotaban con pericia. Ingrid, aún flotando en el subespacio anal, se arrastró hasta unir su boca al beso de las tres, sus respiraciones mezclándose en un jadeo colectivo.

El placer las alcanzó casi al mismo tiempo: Yvonne se corrió con un gemido ahogado contra las bocas de sus amantes, su squirt salpicando la mano de Laura, mientras Ingrid susurraba entre besos babosos:

—Otra vez… quiero que me lo hagáis otra vez antes de que pare la lluvia…

Sus cuerpos quedaron entrelazados, sudorosos y pegajosos, los corazones latiendo con fuerza contra la piel caliente, la tormenta rugiendo aún fuera como un eco lejano de la brutalidad que acababan de compartir.

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