Lluvia y Deseo: Anal con mi Mejor Amiga en la Carpa
Colette, una fotógrafa de 28 años, y su mejor amiga Selena, de 30, terminan follando salvajemente por el culo dentro de la carpa mientras cae una
La lona de la carpa vibraba bajo el castigo de la lluvia. Colette, fotógrafa de veintiocho años, apretó la cremallera del saco de dormir doble y maldijo entre dientes el pronóstico que había jurado consultar. A su lado, Selena, diseñadora gráfica de treinta, se quitaba la camiseta empapada y la dejaba caer en un rincón ya convertido en charco. Solo quedaban en bragas y sujetadores mojados; el frío de la montaña les endureció los pezones al instante.
—Mierda, Colette… no cabemos separadas —susurró Selena, riendo con un temblor que no era solo por el frío.
Se metieron juntas. La cercanía era brutal: muslos rozando muslos, pechos aplastados contra costillas, el aliento de una calentando la clavícula de la otra. Un relámpago iluminó la carpa y Colette vio el brillo de la piel de Selena, gotas que bajaban por el valle entre sus tetas, el encaje negro pegado a sus pezones. Tragó saliva. Llevaban años de amistad densa, de miradas demasiado largas en bares, de abrazos que se alargaban un segundo de más. Nunca habían hablado de ello.
Otro trueno. Selena se pegó más, casi encima. Su muslo quedó atrapado entre las piernas de Colette y ambas se quedaron quietas, sintiendo el calor que se filtraba a través de la tela fina.
—Estás temblando —dijo Colette, voz baja.
—No es de frío.
Las risas nerviosas se rompieron. Selena levantó la cara; sus ojos oscuros brillaban cada vez que el relámpago rompía la oscuridad. Colette sintió el coño contraerse, húmedo ya, traicionero.
—Siempre he fantaseado contigo —soltó Selena, tan cerca que los labios rozaron los de Colette—. Contigo follándome, tú follándome a mí… el culo, la boca, todo. Me corrí mil veces imaginando cómo gemirías.
El pecho de Colette se aceleró hasta doler. La confesión le abrió algo que llevaba años cerrado a cal y canto.
—Yo también —admitió, ronca—. Cada puta vez que te veía en bañador o saliendo de la ducha… quería meterte los dedos hasta el fondo y lamerte hasta que lloraras. Quería que me follaras el culo, Selena. Siempre.
No hubo más palabras. Se besaron con hambre, bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. Colette metió la mano bajo el sujetador de Selena y le apretó la teta, pellizcó el pezón duro hasta arrancarle un gemido. Selena le bajó las bragas de un tirón y le metió dos dedos entre los labios hinchados, encontrándola empapada.
—Joder, estás chorreando —jadeó contra su boca.
Se tocaron sin pudor: pechos masajeados, coños frotados, clítoris rodeados en círculos rápidos. Colette empujó las caderas contra la mano de su amiga, empapándole los dedos. El olor a sexo y lluvia llenó la carpa. Otro relámpago. Selena le bajó el sujetador y le chupó un pezón, fuerte, mientras le masturbaba el coño.
Colette arqueó la espalda y habló claro, sin vergüenza:
—Fóllame el culo. Quiero que me lo abras ahora mismo. Con lo que sea. Tienes el strap-on en la mochila, lo vi. Métemelo entero. Te lo pido. Por favor.
Selena se quedó un segundo mirándola, pupilas dilatadas, labios hinchados, una sonrisa salvaje abriéndosele.
—Vas a correrte tan fuerte que la carpa va a volar —prometió.
Sacó el arnés negro y el dildo grueso, realista, de silicona oscura. Lo ajustó a sus caderas con manos torpes de prisa. Después abrió las piernas de Colette, le levantó las rodillas y escupió generosamente sobre su agujero rosado y apretado. Le pasó los dedos por el coño primero, recogió jugos y se los untó alrededor del ano, empujando un poco, abriendo.
—Relájate… así… joder, qué apretado lo tienes.
Dos dedos entraron despacio. Colette gimió, agarrándose a la lona del saco. Selena le frotaba el clítoris con el pulgar al mismo tiempo, círculos firmes, mientras los dedos se hundían hasta los nudillos, abriéndola, preparándola. Entraban y salían con un sonido húmedo obsceno. Colette empujaba hacia atrás, pidiendo más.
—Ya… ya estoy lista. Métemelo.
Selena la puso a cuatro patas dentro de la carpa estrecha. La lluvia golpeaba sin piedad. El dildo, brillando de saliva y lubricante improvisado, rozó el ano de Colette. Selena empujó. Centímetro a centímetro. Colette soltó un gemido largo, gutural, cuando la cabeza gruesa atravesó el anillo de músculo.
—Más… no pares…
Selena agarró sus caderas y avanzó. El strap-on desapareció poco a poco en el culo de su mejor amiga hasta que las pelotas de silicona le rozaron los labios del coño. Se quedaron quietas un segundo, respirando. Luego Selena empezó a follarla de verdad: embestidas profundas, intensas, que sacudían el cuerpo de Colette hacia adelante. Alternaba. A veces rápido y salvaje, el sonido de piel contra arnés llenando la carpa; a veces lento, casi sacando el dildo entero solo para volver a enterrarlo hasta el fondo, haciendo que Colette gritara contra el saco de dormir.
—Más fuerte… fóllame el culo más fuerte, joder —rogaba Colette, empujando hacia atrás, abriéndose, tomando cada centímetro.
Selena le dio una palmada en el culo y aceleró. El dildo entraba y salía brillante de jugos. Con una mano le alcanzaba el clítoris y lo frotaba sin piedad. Colette temblaba, el orgasmo subiendo desde el fondo del vientre, desde ese punto que solo la penetración anal sabía despertar.
—Me corro… me corro con tu polla en el culo…
El orgasmo la partió. Se contrajo alrededor del dildo con fuerza, gritó el nombre de Selena, las piernas fallándole, el cuerpo sacudido por espasmos que no paraban. Selena la folló a través de todo el climax, sin sacarla, hasta que Colette se derrumbó sobre los codos, jadeando, el culo aún palpitando.
Pero no había terminado. Selena se quitó el arnés con prisa, se deshizo de las bragas y se colocó a horcajadas sobre la cara de Colette, el coño chorreante justo encima de su boca.
—Lámeme. Ahora. Quiero correrme en tu lengua.
Colette abrió la boca y la lamió con hambre, chupándole el clítoris hinchado, metiéndole la lengua dentro, bebiéndola. Selena se folló la cara de su amiga, caderas rodando, manos en el pelo de Colette, gimiendo sin control mientras la tormenta rugía afuera. En menos de un minuto se corrió fuerte, empapándole la barbilla y los labios, temblando, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Colette.
Se dejaron caer una al lado de la otra, sudorosas, el saco de dormir hecho un desastre de fluidos y tela torcida. Fuera, la lluvia empezaba a aflojar, pero el viento aún sacudía la carpa. Colette pasó un brazo alrededor de la cintura de Selena y le besó el hombro, saboreando todavía su coño en la lengua.
—Esto… no puede ser solo una noche de tormenta —murmuró Selena contra su pelo, la voz aún rota de placer—. Quiero más. Quiero follarte el culo hasta que no puedas caminar mañana. Quiero que me lo hagas tú a mí después.
Colette sonrió contra su piel, pero dentro algo se removía: la certeza de que habían cruzado una línea de la que no había vuelta atrás, y el deseo ya no era solo de esa carpa. Aún quería más. El dildo seguía a un lado, brillante. El ano de Colette latía, abierto y sensible. Y en la mochila de Selena había más juguetes que no habían tocado.
Un trueno lejano rodó por el valle. Ninguna de las dos cerró del todo los ojos. La noche apenas empezaba, y el hambre entre ellas seguía creciendo, densa, esperando el siguiente relámpago para volver a morder.
La lluvia seguía golpeando la lona con un ritmo sordo, pero dentro de la carpa el aire era denso, caliente, impregnado del olor a sexo y a piel sudada. Colette no soltó a Selena. Su mano bajó por la espalda de su amiga, rozó la curva de su culo y se detuvo ahí, apretando con fuerza. El ano de Colette aún latía, abierto, sensible, y cada pequeño movimiento le enviaba chispas hasta el clítoris. Quería más. No podía esperar.
—Saca lo demás —ordenó, la voz ronca—. Sé que traes más juguetes. Quiero follarte el culo ahora yo. Quiero sentirte apretarme igual que yo te apreté a ti.
Selena soltó una risa baja, salvaje, y se estiró hacia la mochila. El movimiento hizo que sus pechos rozaran el pecho de Colette; los pezones duros se tocaron y ambas jadean. Sacó otro dildo, más grueso, con una base ancha, y un pequeño bote de lubricante real. También un par de anillos de silicona y un plug de metal con una joya en la base.
—Esto te va a abrir más —susurró Selena, y le puso el plug en la mano a Colette—. Mételo tú primero. Quiero verte while me preparas.
Colette no dudó. Se incorporó a medias, el saco de dormir hecho un nido desordenado a su alrededor. Empujó a Selena para que se pusiera a cuatro patas, el culo alto, las rodillas abiertas sobre la lona húmeda. La luz de otro relámpago le mostró todo: el coño hinchado y brillante de jugos, el ano rosado y cerrado, la línea de la espalda arqueada. Colette abrió el lubricante y lo derramó generosamente entre las nalgas de Selena. Los dedos resbalaron, rodearon el agujero, lo masajearon en círculos lentos. Selena empujó hacia atrás al instante.
—Joder, sí… ábreme —rogó.
Colette metió un dedo. Luego dos. El calor interno la envolvió; el músculo se cerraba alrededor de sus nudillos con una fuerza que le hizo latir el propio culo. Empujó más profundo, buscó ese punto suave y lo frotó mientras con la otra mano le pellizcaba el clítoris. Selena gemía sin control, el sonido ahogado contra el brazo.
—Más. Tres. Mételos todos.
Colette obedeció. Tres dedos se hundieron hasta el fondo, abriendo, estirando. El lubricante hacía un sonido obsceno cada vez que entraban y salían. Colette se inclinó y lamió el coño de su amiga al mismo tiempo, chupando los labios hinchados, lamiendo el clítoris hinchado mientras los dedos follaban el culo sin piedad. Selena temblaba, las piernas fallándole.
—El plug… ahora —jadeó Colette.
Sacó los dedos y empujó el plug de metal. La joya fría desapareció centímetro a centímetro. Selena soltó un grito largo cuando la parte más ancha atravesó el anillo y se asentó dentro. Colette le dio una palmada en la nalga y lo giró un poco, sintiendo cómo Selena se contraía alrededor.
—Te queda precioso —dijo, y se bajó para lamer alrededor del metal, saboreando el lubricante y la piel—. Ahora tú. Ponte el arnés. Quiero esa polla gruesa en mi culo otra vez, pero más fuerte. Sin piedad.
Selena se dio la vuelta, el plug brillando entre sus nalgas. Ajustó el arnés negro otra vez, el dildo más grueso esta vez, casi tan ancho como su muñeca en la base. Se cubrió de lubricante hasta que goteaba. Colette se puso de rodillas, luego bajó el pecho al saco, el culo en alto, ofreciéndose. Aún sentía el ardor dulce de la primera follada; el agujero latía, abierto, pidiendo más.
Selena se arrodilló detrás. No fue suave. Alineó la cabeza gruesa y empujó de un solo golpe profundo. Colette gritó, el sonido cortado por el trueno. El dildo la llenó de golpe, estirándola más que antes, rozando puntos que le hicieron ver estrellas. Selena no esperó. Agarró las caderas de Colette con ambas manos y empezó a embestir con fuerza, rítmica, salvaje. Cada embestida hacía que la carpa temblara un poco más. El sonido de piel contra arnés, húmedo y sucio, llenaba el espacio estrecho.
—Tómalo todo —gruñó Selena—. Ábrete para mí. Quiero verte el culo tragándome entero.
Colette empujaba hacia atrás al mismo ritmo, pidiendo más profundidad. El orgasmo se construía rápido, diferente, más profundo, desde el interior del recto. Selena metió una mano por debajo y le frotó el clítoris con dos dedos, rápidos, firmes, mientras follaba sin parar. Con la otra mano alcanzó el plug en su propio culo y lo empujó un poco más adentro cada vez que embestía.
—Me voy a correr otra vez —advirtió Colette, la voz rota—. Joder, Selena, me estás destrozando el culo y me encanta…
El climax la alcanzó como una ola. Se contrajo con violencia alrededor del dildo, el cuerpo sacudido por espasmos que le doblaron los brazos. Gritó el nombre de Selena una y otra vez mientras el orgasmo se alargaba, alimentado por las embestidas que no cesaban. Selena la folló a través de todo, más profundo, más rápido, hasta que Colette se derrumbó casi por completo, el culo aún palpitando y abierto.
Pero Selena no había terminado. Sacó el dildo de golpe, dejando a Colette vacía y temblando. Se quitó el arnés con prisa, se giró y se sentó a horcajadas sobre las caderas de Colette, el plug todavía dentro. Agarró el dildo y se lo puso a Colette en la mano.
—Ahora tú. Métemelo. Quiero que me folles el culo con el plug todavía puesto. Quiero sentirme llena hasta el límite.
Colette, todavía jadeando, se incorporó. Empujó a Selena para que se apoyara en las manos y las rodillas otra vez. Untó el dildo de más lubricante y lo alineó junto al plug. Empujó despacio al principio, sintiendo la resistencia, el calor, cómo el músculo se abría alrededor de ambos. Selena gimió tan fuerte que la voz se le quebró.
—Más… joder, más profundo…
Colette empujó. El dildo entró junto al metal, estirando el ano de Selena de una forma brutal e intensa. Cuando estuvo casi entero, empezó a moverse: embestidas cortas y profundas, el dildo rozando el plug en cada movimiento. Con la mano libre le alcanzó el coño y le metió dos dedos, follándola por ambos agujeros a la vez. Selena se deshacía. Las caderas se movían solas, buscando más, empujando hacia atrás para tomar todo lo que Colette le daba.
—Así… fóllame el culo como una puta —suplicó Selena—. Más fuerte. Quiero correrme con las dos cosas dentro.
Colette aceleró. El sonido era obsceno, húmedo, el lubricante goteando por los muslos de ambas. Metió los dedos más profundo en el coño de Selena y curvó, buscando ese punto esponjoso mientras el dildo martilleaba el culo. Selena se tensó de golpe. El orgasmo la partió en dos. Se contrajo alrededor del dildo y del plug con una fuerza que casi sacó el juguete de la mano de Colette. Gritó, tembló, el coño chorreando sobre los dedos de su amiga, el cuerpo sacudido por oleadas que no paraban. Colette la sostuvo, follándola despacio a través del climax, sintiendo cada espasmo.
Cuando Selena se derrumbó, Colette sacó el dildo con cuidado pero dejó el plug dentro. Se tumbaron juntas otra vez, pechos contra pechos, piernas enredadas. El saco de dormir estaba empapado de fluidos, lubricante y sudor. Fuera, la lluvia había aflojado un poco, pero el viento azotaba la lona con ráfagas fuertes. Colette besó la boca de Selena, profunda, saboreando el salado de la piel.
—Todavía no basta —susurró Colette contra sus labios—. Quiero que me lo metas otra vez, pero esta vez quiero que uses los dos dildos. Uno en el coño y otro en el culo. Quiero llenarme hasta no poder más. Y después… quiero chuparte el culo hasta que me pidas que te lo abra con la lengua y los dedos otra vez.
Selena sonrió, los ojos oscuros brillando en la penumbra. Pasó una mano entre las piernas de Colette y le metió dos dedos en el ano todavía sensible, empujando despacio, recordándole lo abierta que estaba.
—Lo vamos a hacer —prometió—. Pero primero quiero que me montes la cara otra vez. Quiero beberte mientras te preparo el culo con más lubricante. Y cuando estés lista… te voy a follar tan profundo que mañana vas a sentir cada paso.
Colette se arqueó contra esos dedos. El deseo no había bajado; había crecido, más denso, más urgente. El plug en el culo de Selena brillaba cada vez que un relámpago lejano iluminaba la carpa. Había más juguetes en la mochila. Había más posiciones. Había toda la noche por delante y el hambre entre ellas ya no tenía freno.
Colette se subió a horcajadas sobre el rostro de Selena, el coño chorreante bajando hacia esa boca abierta y lista. Sintió la lengua caliente lamiéndola de inmediato, chupando, metiéndose dentro. Al mismo tiempo, los dedos de Selena volvieron a su ano, abriéndolo, preparándolo otra vez con más lubricante frío que contrastaba con el calor. Colette se movió sobre esa cara, follándosela despacio, gimiendo, sintiendo cómo el placer subía otra vez desde el culo y el clítoris a la vez.
—Así… lámame más fuerte —ordenó—. Prepárame bien, porque esta vez vas a enterrar las dos pollas hasta el fondo y no vas a parar hasta que me corra gritando tu nombre otra vez.
Selena asintió debajo de ella, la lengua trabajando sin descanso, los dedos empujando más profundo. El viento sacudió la carpa con fuerza. Ninguna de las dos pensaba en parar. El deseo seguía creciendo, más salvaje, más exigente, esperando el siguiente trueno para volver a morder y llenarse hasta el límite.
La lluvia seguía golpeando la lona con un ritmo sordo cuando Colette se acomodó del todo sobre la cara de Selena. El coño hinchado y chorreante bajó hasta esa boca abierta y hambrienta; la lengua caliente de su amiga la recibió al instante, lamiendo de abajo arriba, chupando el clítoris hinchado con fuerza, metiéndose dentro para beberla. Colette gimió, las manos apoyadas en la lona húmeda del saco, y empezó a mover las caderas en círculos lentos, follándose esa cara de treinta años como si fuera lo único que existiera. Cada relámpago le mostraba el brillo de la saliva de Selena mezclada con sus propios jugos, el plug de metal todavía brillando entre las nalgas de su amiga.
—Así… más fuerte, joder —ordenó Colette, la voz ronca de deseo—. Chúpame el coño mientras me abres el culo. Quiero estar lista para las dos pollas.
Selena asintió debajo de ella, la lengua trabajando sin descanso. Al mismo tiempo sus dedos, empapados de lubricante frío, volvieron al ano de Colette. Primero uno, luego dos, empujando despacio, abriendo el anillo todavía sensible de la follada anterior. El contraste entre el frío del gel y el calor interno hizo que Colette se arquease, empujando hacia atrás contra esos dedos mientras se frotaba el clítoris contra la lengua de Selena. Pensó en lo densa que se había vuelto la amistad de años, en todas las noches de miradas largas que ahora explotaban aquí, dentro de esta carpa sacudida por el viento. Quería más. Quería sentirse destruida de placer.
Selena metió un tercer dedo. El estiramiento quemó dulce; Colette soltó un gemido largo y se movió más rápido sobre esa cara, follándosela con más urgencia. Los jugos le goteaban por la barbilla a Selena, que los lamió sin perderse ni una gota. Con la mano libre, Selena alcanzó la mochila y sacó el segundo dildo, el más grueso, y el arnés. Sin dejar de lamer y de abrir el culo de Colette, empezó a prepararlo: lo untó de lubricante hasta que brillaba y goteaba, luego se lo pasó a Colette para que lo sostuviera.
—Bájate un segundo —jadeó Selena contra el coño empapado—. Voy a ponerme el arnés y te voy a llenar los dos agujeros a la vez. Como me pediste. Hasta el fondo.
Colette se apartó a regañadientes, el ano palpitando vacío alrededor de los dedos que se retiraban. Se tumbó de espaldas, levantó las rodillas hasta el pecho y se abrió con las manos, ofreciendo el coño y el culo a la vez. El aire frío de la montaña le rozó los agujeros expuestos y le endureció más los pezones. Selena se ajustó el arnés negro con el dildo grueso apuntando hacia delante; en la otra mano sostenía el segundo dildo, más realista, también brillante de lubricante. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Colette, de veintiocho años, fotógrafa que ahora solo pensaba en ser follada sin piedad.
Primero alineó el dildo del arnés con el ano de Colette. Empujó. La cabeza gruesa atravesó el anillo de un solo empujón profundo; Colette gritó, el sonido ahogado por un trueno cercano. Selena no se detuvo: avanzó centímetro a centímetro hasta que las caderas le rozaron el culo de su amiga, el juguete enterrado hasta la base. Luego, sin sacarlo, tomó el segundo dildo y lo apoyó contra el coño hinchado de Colette. Empujó despacio al principio, sintiendo cómo los labios se abrían alrededor de la silicona. Colette jadeó, los ojos cerrados, sintiendo la doble invasión: el culo ya lleno y el coño estirándose al mismo tiempo.
—Joder… las dos… a la vez —suplicó Colette—. Métemelas enteras. Quiero sentir que me partes por dentro.
Selena obedeció. Hundió el segundo dildo hasta la base de un solo golpe. Colette se arqueó con violencia, un grito gutural saliéndole de la garganta. Estaba llena hasta el límite: el culo y el coño empalados, los dos juguetes rozándose a través de la delgada pared interior, creando una presión absurda y deliciosa. Selena empezó a moverse. Embestidas cortas y profundas con las caderas, follando el culo con el arnés, mientras con la mano empujaba y sacaba el dildo del coño al mismo ritmo. El sonido era obsceno: húmedo, chapoteante, el lubricante y los jugos goteando por el saco de dormir. La carpa temblaba con cada embestida.
Colette se agarró a los tobillos de Selena, empujando hacia arriba para tomar más. Cada embestida le sacudía las tetas; los pezones duros rozaban el pecho de su amiga cada vez que Selena se inclinaba. El orgasmo se construía desde ambos agujeros a la vez, una presión que le subía por la columna y le nublaba la vista. Selena aceleró, salvaje, sin piedad, el plug en su propio culo moviéndose con cada embestida y haciéndola gemir también.
—Mírame —gruñó Selena—. Quiero ver tu cara mientras te destrozo el culo y el coño. Dime que te gusta.
—Me encanta… me estás follando como una puta y me corro… joder, Selena, más fuerte —Jadeó Colette, la voz rota—. No pares. Quiero correrme con las dos pollas dentro hasta que no pueda más.
Selena le frotó el clítoris con el pulgar libre, círculos rápidos y firmes, mientras embestía sin descanso. El climax de Colette explotó de golpe. Se contrajo con violencia alrededor de ambos dildos, el culo y el coño apretando la silicona con espasmos que no paraban. Gritó el nombre de Selena una y otra vez, las piernas temblando en el aire, el cuerpo sacudido por oleadas que le hacían ver destellos blancos detrás de los párpados. Selena la folló a través de todo el orgasmo, más profundo, más rápido, hasta que Colette se derrumbó casi inconsciente de placer, los jugos chorreando por los muslos y empapando el arnés.
Pero no había terminado. Selena sacó ambos dildos de golpe, dejando a Colette vacía, abierta, palpitante. Se quitó el arnés con prisa, el plug todavía brillando entre sus nalgas, y se giró. Se puso a cuatro patas frente a Colette, el culo alto, y miró por encima del hombro con ojos oscuros y salvajes.
—Ahora yo. Sácome el plug y fóllame el culo con los dos. Quiero lo mismo. Llena hasta no poder respirar. Y mientras lo haces… chúpame el coño.
Colette, todavía temblando, se incorporó. Agarró la base del plug de metal y lo sacó despacio; Selena gimió cuando la parte ancha salió con un sonido húmedo. El ano quedó abierto, rosado, brillante de lubricante. Colette no dudó. Untó ambos dildos otra vez y los alineó: uno contra el culo, el otro contra el coño de Selena. Empujó. Primero el del culo, centímetro a centímetro, sintiendo el calor interno y la resistencia del músculo. Luego el del coño. Selena gritó, las uñas clavándose en la lona, cuando ambos entraron a la vez.
—Más… joder, mételos enteros —rogó Selena, empujando hacia atrás—. Fóllame como me has pedido. Hasta el fondo.
Colette empezó a moverlos. Embestidas coordinadas, profundas, el dildo del culo entrando y saliendo mientras el del coño martilleaba ese punto esponjoso. Se inclinó y lamió el clítoris hinchado de Selena al mismo tiempo, chupando, metiendo la lengua alrededor de la base del juguete. El sabor a sexo y lubricante le llenó la boca. Selena se deshacía: las caderas se movían solas, buscando más profundidad, el cuerpo temblando. Colette metió los dos juguetes hasta la base y los dejó enterrados un segundo, girándolos un poco, antes de volver a follar sin piedad.
El orgasmo de Selena llegó como un trueno. Se contrajo alrededor de ambos dildos con una fuerza brutal, el coño chorreando sobre la lengua de Colette, el culo apretando la silicona. Gritó, el sonido ahogado contra el saco, el cuerpo sacudido por espasmos largos y violentos. Colette la sostuvo, follándola despacio a través del climax, lamiendo cada gota, sintiendo cada contracción. Cuando Selena se derrumbó hacia delante, Colette sacó los juguetes con cuidado y se tumbaron juntas otra vez, pechos contra pechos, sudor mezclado, el saco hecho un desastre absoluto de fluidos.
Fuera, la lluvia había amainado un poco, pero el viento seguía azotando la carpa. Colette besó la boca de Selena, profunda, compartiendo el sabor de ambas. Su mano bajó otra vez, rozó el culo abierto y sensible de su amiga, y metió dos dedos despacio, solo para recordarle lo abiertas que estaban.
—Todavía no es suficiente —susurró Colette contra sus labios, la voz baja y urgente—. Quiero que me pongas el plug más grande que traes y me folles el coño con la mano mientras te chupo el culo hasta dejártelo temblando. Y después… quiero que me montes al revés, que me sientes el culo en la cara y me folles la boca con él mientras yo te meto los dedos hasta el fondo. Toda la noche. Hasta que el sol salga y no podamos caminar.
Selena sonrió, salvaje, y alcanzó la mochila otra vez. Sacó un plug más grueso, de silicona negra, y un pequeño vibrador. Se lo puso en la mano a Colette.
—Empieza ahora —murmuró—. Métermelo mientras te preparo a ti otra vez. Quiero oírte gemir mi nombre cuando te lo meta hasta que grites. Y no vamos a parar. El hambre sigue creciendo, Colette. Hay más juguetes. Hay más formas. Y yo todavía quiero correrme en tu lengua mientras te destrozo el culo una vez más.
Colette no esperó. Empujó a Selena de lado, le abrió las nalgas y empezó a lamer el ano todavía abierto, la lengua plana, húmeda, empujando dentro mientras metía el plug grueso centímetro a centímetro. Selena gimió y al mismo tiempo alcanzó el culo de Colette, lo lubricoó otra vez y metió tres dedos de golpe, abriéndola, preparándola para lo que vendría. El deseo era una bestia viva entre ellas, densa, sin freno. Un relámpago lejano iluminó la carpa y mostró todo: cuerpos enredados, juguetes brillantes, agujeros abiertos y listos. Ninguna de las dos pensaba en dormir. La noche apenas había llegado a la mitad, y lo que quedaba prometía ser aún más salvaje, más profundo, más imposible de olvidar.
La lengua de Colette se hundió más profundo en el ano abierto de Selena, saboreando el lubricante y el calor interno mientras empujaba el plug grueso de silicona negra centímetro a centímetro. Selena arqueó la espalda, un gemido largo y gutural escapándole cuando la parte más ancha atravesó el anillo de músculo y se asentó dentro con un sonido húmedo. Al mismo tiempo, los tres dedos de Selena follaban el culo de Colette sin piedad, curvándose, abriendo, preparándola otra vez; el ardor dulce le subía por la columna y le hacía latir el clítoris contra el muslo de su amiga.
—Joder, qué apretada me tienes todavía —jadeó Selena, la voz rota—. Mételo todo. Quiero sentirme llena mientras te destrozo el culo con la mano.
Colette obedeció, girando el plug hasta que la base quedó perfectamente asentado entre las nalgas de Selena. Luego se incorporó, el saco de dormir hecho un nido empapado de fluidos a su alrededor, y empujó a su mejor amiga de treinta años para que se tumbara de espaldas. Le abrió las piernas de un tirón, el coño hinchado y brillante de jugos, el plug negro brillando bajo otro relámpago. Colette se arrodilló entre esas piernas abiertas, fotógrafa de veintiocho años con el pelo pegado al sudor de la frente, y se inclinó para chupar el clítoris de Selena con fuerza, metiendo la lengua alrededor de la base del plug mientras con la mano libre alcanzaba el vibrador pequeño.
Lo encendió. El zumbido bajo llenó la carpa estrecha. Se lo presionó contra el clítoris de Selena al mismo tiempo que metía dos dedos en su coño y empujaba el plug más adentro con el pulgar. Selena gritó, las caderas alzándose del saco, las manos agarrando el pelo de Colette.
—Así… fóllame con todo… no pares —suplicó—. Prepárame el culo para que me lo abras otra vez con la polla gruesa.
Colette no se detuvo. Lamió, chupó, vibró y empujó hasta que Selena se corrió fuerte contra su boca, el coño contrayéndose alrededor de los dedos, el ano apretando el plug con espasmos violentos que le hicieron chorrear por la barbilla a Colette. El sabor a sexo puro le llenó la lengua. Pero no había tiempo para descansar. Selena, todavía temblando, se incorporó de un salto y empujó a Colette de espaldas. Le levantó las rodillas hasta el pecho, abriéndola por completo: el coño empapado, el ano todavía rosado y sensible de las folladas anteriores.
—Ahora tú —gruñó Selena, salvaje—. Voy a meterte el plug grande y después te voy a follar el culo con el dildo más grueso mientras te meto la mano entera en el coño. Quiero verte partirte de placer.
Sacó el plug de silicona más ancho de la mochila, lo cubrió de lubricante hasta que goteaba y lo alineó contra el ano de Colette. Empujó despacio al principio, sintiendo la resistencia del músculo. Colette jadeó, los ojos cerrados, empujando hacia abajo para tomarlo. La parte ancha la abrió de golpe; soltó un grito largo cuando se asentó dentro, la base fría contra su piel. Selena no esperó. Ajustó el arnés negro otra vez con el dildo más grueso, casi del grosor de su muñeca en la base, lo lubricoó y se arrodilló entre las piernas de Colette.
Alineó la cabeza gruesa con el ano ya taponado y empujó al lado del plug. Colette gritó el nombre de Selena cuando ambos entraron a la vez: el dildo y el metal-silicona estirándola hasta el límite, la presión absurda rozando puntos que le hicieron ver destellos. Selena hundió el juguete hasta la base de un solo golpe profundo y empezó a embestir. Embestidas salvajes, rítmicas, que sacudían todo el cuerpo de Colette y hacían temblar la carpa. Con la mano libre, Selena juntó los dedos y los empujó dentro del coño hinchado de su amiga, primero cuatro, luego la mano casi entera, follándola por ambos agujeros a la vez mientras el dildo martilleaba el culo.
—Tómalo todo, puta mía —gruñó Selena, el sudor cayéndole entre las tetas—. Ábrete para mí. Quiero sentirte correrte alrededor de mi mano y mi polla.
Colette se agarró a los tobillos de Selena, empujando hacia arriba, tomando cada centímetro. El orgasmo se construyó desde lo más profundo, una ola que le subía por el recto y el coño a la vez. Gritó cuando explotó: se contrajo con violencia alrededor de la mano y el dildo, el cuerpo sacudido por espasmos que no paraban, los jugos chorreando por la muñeca de Selena y empapando el arnés. Selena la folló a través de todo el climax, más profundo, más rápido, hasta que Colette se derrumbó casi inconsciente, el culo palpitando y abierto, el plug todavía dentro.
Pero el hambre no bajaba. Selena sacó el dildo y la mano de golpe, dejando a Colette vacía y temblando. Se quitó el arnés, se giró y se sentó a horcajadas al revés sobre la cara de Colette, el culo con el plug brillante bajando hacia esa boca abierta. Al mismo tiempo se inclinó hacia adelante y abrió las piernas de Colette otra vez, metiendo la lengua en su ano sensible mientras le frotaba el clítoris con dos dedos firmes.
—Chúpame el culo —ordenó Selena, la voz ronca—. Sácome el plug con la lengua y fóllame con los dedos hasta que me corra en tu cara. Y yo te voy a lamer hasta que grites otra vez.
Colette obedeció al instante. La lengua plana lamió alrededor del plug, lo empujó, lo giró, lo sacó con un sonido obsceno y húmedo. Luego se hundió dentro del ano abierto de Selena, follándola con la lengua, chupando, metiendo tres dedos al mismo tiempo en su coño y curvándolos contra ese punto esponjoso. Selena gimió contra el culo de Colette y aceleró: lengua dentro del ano de su amiga, dedos follando el clítoris y el coño sin piedad. Se follaron la cara y el culo mutuamente, caderas rodando, el olor a sexo denso llenando el aire caliente de la carpa. La lluvia afuera había bajado a un murmullo constante, pero dentro el sonido de gemidos y piel húmeda era más fuerte que el viento.
Selena se corrió primero, el cuerpo sacudido, el coño chorreando sobre los dedos y la lengua de Colette, el ano contrayéndose alrededor de esa lengua invasora. Colette la bebió toda, sin perderse ni una gota, y el orgasmo la alcanzó a ella segundos después: se contrajo contra la boca de Selena, gritando contra las nalgas de su amiga, las piernas temblando en el aire. Se derrumbaron juntas otra vez, pechos contra pechos, sudor mezclado, el saco hecho un desastre absoluto.
Aún no bastaba. Colette se incorporó temblando, sacó ambos dildos y el lubricante. Empujó a Selena a cuatro patas una vez más, el culo alto y abierto. Untó los dos juguetes y los alineó: uno en el coño, otro en el ano. Empujó. Ambos entraron a la vez, centímetro a centímetro, estirando a Selena hasta el límite. Cuando estuvieron enterrados hasta la base, Colette empezó a moverlos en ritmo opuesto: el del culo entrando mientras el del coño salía, luego al revés, creando una fricción brutal a través de la pared delgada. Se inclinó y le chupó el clítoris al mismo tiempo, lamiendo alrededor de la base de los dildos.
—Más fuerte… fóllame como una puta hasta que no pueda caminar —rogó Selena, empujando hacia atrás, las uñas clavándose en la lona—. Quiero correrme con las dos pollas destrozándome.
Colette aceleró. Embestidas profundas, coordinadas, el lubricante goteando por los muslos de ambas. Metió los juguetes hasta el fondo y los giró, luego los sacó casi del todo solo para volver a enterrarlos de un golpe. Selena se tensó de repente. El orgasmo la partió en dos: se contrajo con una fuerza que casi sacó los dildos de las manos de Colette, el cuerpo sacudido por oleadas largas y violentas, el coño chorreando, el culo apretando la silicona. Gritó el nombre de Colette una y otra vez mientras el climax se alargaba. Colette la sostuvo, follándola despacio a través de cada espasmo, lamiendo cada gota, hasta que Selena se derrumbó hacia adelante, jadeando, el culo todavía palpitando alrededor de los juguetes.
Los sacó con cuidado. Se tumbaron una última vez, piernas enredadas, pechos aplastados, el aliento compartido. Colette metió dos dedos despacio en el ano sensible de Selena y los dejó ahí, solo sintiendo el calor. Selena hizo lo mismo con ella. Se besaron profundas, lentas, saboreando el salado de la piel y el sexo. Fuera, la tormenta se había ido del todo; solo quedaba el goteo suave de las últimas gotas sobre la lona y el silencio denso de la montaña. Dentro, el aire olía a ellas, a lo que habían hecho, a lo que ya no podían deshacer.
Habían cruzado cada línea. El deseo ya no era fantasia: era carne, era gritos, era el culo abierto y el coño chorreante y la certeza de que al amanecer todo sería distinto. Colette besó el hombro de Selena y susurró contra su piel caliente:
—Mañana, cuando bajemos de esta puta montaña, te voy a follar el culo en tu propia cama hasta que grites mi nombre por la ventana.
Selena sonrió contra su cuello, los dedos todavía dentro de ella, y respondió con la voz ronca de quien ya no tiene vuelta atrás:
—Y yo te voy a montar la cara cada noche hasta que te olvides de cómo era no tenerme dentro.
Se quedaron así, juntas, abiertas, el plug y los dildos brillando a un lado como trofeos de la noche. El primer rayo de luz gris empezó a filtrarse por la cremallera de la carpa. Ninguna se movió. El hambre seguía ahí, densa, viva, esperando solo el siguiente momento para volver a morder.
Y cuando el sol salió por fin sobre el valle empapado, las dos sabían que ya nunca podrían volver a mirarse sin sentir el fantasma de ese dildo enterrado hasta el fondo.
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