Falsa Pareja en el Apartado de Jazz
Virgen de 19 años se moja por primera vez cuando un saxofonista la seduce y la desvirga en el almacén de un club de jazz.
El humo del club de jazz se pegaba a la piel como una caricia barata. Lucía entró sola, con diecinueve años recién cumplidos y el corazón todavía fresco de la ruptura. El novio se había largado dos semanas atrás y ella, por fin, se había atrevido a venir al Apartado de Jazz sin nadie que le dijera cómo vestirse o cómo mirar. Llevaba una falda corta de tela fina, blusa ceñida y los labios pintados de rojo oscuro que aún no sabía si le quedaban bien. El local olía a whisky barato, a metal caliente de los instrumentos y a cuerpos apretados.
Marcos la vio antes de que ella lo viera a él. Tenía veintiocho años, la mandíbula marcada y el saxofón colgando del cuello como una extensión de su cuerpo. Estaba en una mesa privada al lado del escenario, vaso de bourbon a medio beber, y cuando Lucía pasó buscando un sitio libre le hizo un gesto con dos dedos: ven.
—Siéntate —dijo, sin pedir permiso—. Te ves perdida y demasiado buena para estar sola aquí.
Lucía dudó solo un segundo. Se sentó. La luz rojiza le dibujaba las mejillas. Marcos olía a colonia cara y a tabaco dulce.
—Primera vez en un club de jazz —confesó ella, nerviosa.
—Se nota —sonrió él, y la miró de arriba abajo sin disimulo—. Esa cara de santa te delata.
Cuando subió al escenario y sopló la primera nota del saxo, Lucía sintió que algo se le removía entre las piernas. Marcos no dejaba de mirarla entre frase y frase. Cada vez que el solo se volvía más sucio, más grave, sus ojos se clavaban en los de ella. Bajo la mesa, la pierna de Marcos se rozó contra la de Lucía. Primero por accidente. Después a propósito. La tela de su pantalón contra la piel desnuda de ella. Lucía apretó los muslos y notó, por primera vez en su vida, cómo se le humedecía de verdad el coño. No era el cosquilleo tímido de cuando se tocaba a escondidas en su cama. Era una calidez espesa, resbaladiza, que le empapaba la braga.
Al bajar del escenario, Marcos se acercó otra vez, se inclinó y le susurró al oído, tan cerca que el aliento le rozó el lóbulo:
—Me pone de polarozo tu inocencia. Se te ve en la forma en que te muerdes el labio. ¿Te estás mojando, nena?
Lucía tragó saliva. Asintió, apenas.
—Nunca… nunca me había pasado así —admitió en voz baja.
Mientras el combo seguía tocando un tema lento y sucio, la mano de Marcos desapareció bajo la mesa. Dedos expertos subieron por su muslo interior, empujando la falda. Lucía tembló. Él le acarició la piel justo por encima de la braga, sin llegar todavía, solo rozando.
—Qué bonita te pones cuando te ruborizas —le susurró—. Toda roja, con las piernas abiertas un poquito más sin darte cuenta.
Los dedos se metieron bajo la tela húmeda. Lucía soltó un jadeo que tapó el saxo de fondo. Marcos le encontró el clítoris hinchado y lo rodeó con la yema, lento, cruel.
—Dime la verdad —ordenó contra su cuello—. ¿Cuántos tíos te han tocado así?
—Ninguno —jadeó ella, temblando—. Nunca he estado con nadie. Quiero… quiero que seas tú el primero. Por favor.
La confesión salió rota, caliente. Marcos gruñó bajo, como si le hubieran dado permiso para todo. La agarró de la nuca y la besó con lengua sucia, profunda, saboreándole el whisky barato y el nervio. Se comieron la boca en la penumbra de la mesa, sin importarles quién mirara. Él le chupó el labio inferior y le metió dos dedos hasta el nudillo en el coño virgen, solo para sentir lo estrecho que estaba.
—Ven conmigo al almacén de atrás —murmuró contra su boca—. Nadie nos va a interrumpir. Quiero desvirgártelo bien.
Lucía asintió, empapada, con las piernas blandas. Lo siguió por un pasillo estrecho hasta una puerta de metal. El almacén olía a madera vieja, a fundas de instrumentos y a polvo. Cajas apiladas, un viejo amplificador, luz amarilla de una bombilla colgante. Apenas cerró la puerta con pestillo, Marcos se desabrochó el cinturón.
—De rodillas —dijo.
Lucía se arrodilló por primera vez en su vida frente a una polla. Marcos se la sacó gruesa, ya dura, con la cabeza brillante de precum. Ella la miró con los ojos muy abiertos, la rodeó con las dos manos torpes y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando lo salado.
—Así, putita… ábrela más —le enseño, sujetándole el pelo con fuerza—. Métetela hasta la garganta. Respira por la nariz.
Lucía chupó con torpeza ansiosa, babeando, intentando tragar más profundo cada vez que él empujaba. La polla le llenaba la boca, le hacía arder la mandíbula. Marcos gemía bajo, guiándole la cabeza, follándole la cara con movimientos cortos.
—Mírate… virgen y ya con la cara llena de saliva de mi polla. Qué rica.
Cuando se la sacó de la boca, un hilo de baba le unía los labios a la cabeza morada. Marcos la levantó, la puso de espaldas contra la pared fría y le subió la falda hasta la cintura. Le bajó la braga empapada hasta los tobillos y se arrodilló él esta vez. Le abrió los labios del coño con los pulgares y le comió el coño virgen como si tuviera hambre de años. Lengua plana contra el clítoris, chupones en los pliegues, un dedo empujando despacio dentro mientras lamía. Lucía se agarró a su pelo y se corrió gritando, con las piernas temblando, el orgasmo tan fuerte que le salió un hilo de fluidos que Marcos se bebió entero.
—Ahora te follo —dijo, poniéndose de pie.
La levantó un poco, le abrió las piernas y le colocó la cabeza gruesa en la entrada. Empujó. Lucía soltó un gemido agudo cuando notó cómo la abría, cómo le rompía la resistencia de un solo envite largo y profundo. El dolor se mezcló con el placer de golpe. Marcos la folló de pie contra la pared, embestidas fuertes, el culo de ella rebotando, la polla entrando hasta el fondo cada vez.
—Tan puto estrecho… se te ve la cara de perra ya —le gruñó al oído.
La bajó, la giró y la puso a cuatro patas sobre unas cajas de cartón. Le separó las nalgas, le volvió a meter la polla de un tajo y empezó a penetrarla más duro, más hondo, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el almacén. Le pellizcó los pezones por debajo de la blusa, tirando de ellos mientras la embestía.
—Mira lo puta que te estás volviendo para mí… abriéndome el coño virgen como si llevaras años chupando vergas. Dime que te gusta.
—Me gusta… me gusta que me folles —jadeó Lucía, empujando el culo hacia atrás—. Más duro…
Marcos se corrió dentro de ella con un gruñido animal, llenándola a chorros calientes mientras ella se venía otra vez, contrayéndose alrededor de él. Se quedaron así un momento, jadeando. Después él se arrodilló, le separó los labios hinchados y le limpió el semen que le resbalaba del coño con la propia lengua, lenta, obscena, saboreando la mezcla de ambos. Subió y la besó con la boca llena del sabor a sexo fresco, a virginidad rota y a su propio corrida.
Lucía temblaba todavía, con la falda arremangada y el coño goteando. Marcos le acarició la mejilla con el dorso de la mano, esa misma mano que minutos antes le había abierto las piernas.
—Esto no se queda aquí —dijo en voz baja, con la polla todavía semi dura brillando a la luz amarilla—. Hay un segundo set esta noche… y después el camerino de arriba. Quiero verte otra vez de rodillas, pero más despacio. Y quiero que me mires a los ojos cuando te la meta por detrás otra vez.
Fuera, el bajo del contrabajo volvió a sonar. Alguien golpeó una caja en el pasillo. Lucía se mordió el labio, aún saboreando la mezcla de los dos en la lengua, y supo que la noche apenas empezaba.
El humo del club se filtraba todavía por debajo de la puerta del almacén cuando Marcos se abrochó el pantalón a medias y le tiró de la mano a Lucía. Ella caminaba con las piernas blandas, la braga empapada todavía enrollada en un tobillo y el semen caliente resbalándole por el muslo interno. Cada paso le hacía recordar el ardor nuevo entre las piernas, esa abertura fresca que aún latía.
—Sube al escenario conmigo en el segundo set —ordenó él contra su oreja mientras cruzaban el pasillo—. Quiero verte mojada otra vez mientras toco. Y después subimos al camerino. No te limpies. Quiero olerte así.
Lucía asintió, la boca todavía sabiendo a él. Se acomodó la falda como pudo y volvió a la mesa. El contrabajo ya marcaba un groove lento y sucio. Marcos subió, se colgó el saxo y la buscó con la mirada antes de soplar la primera nota grave. Cada frase del solo era más lasciva que la anterior; la lengua de metal se retorcía como si estuviera lamiéndole el coño otra vez. Lucía apretó los muslos bajo la mesa y sintió cómo el semen de él se mezclaba con su propio jugo, un hilo tibio que le bajaba hasta el borde de la silla. Se mordió el labio rojo oscuro y se imagino de rodillas otra vez, la polla gruesa abriéndole la garganta con más calma, exactamente como él había prometido.
Cuando el tema terminó entre aplausos borrachos, Marcos bajó directo hacia ella, sudado, los ojos negros de hambre. La agarró de la muñeca sin decir palabra y la arrastró por la escalera estrecha de atrás. El camerino de arriba olía a colonia barata, a fundas de cuero y a la humedad del local. Había un sofá desvencijado, un espejo manchado, una lámpara de pie y una botella de bourbon a medio beber sobre el tocador. Marcos echó el pestillo.
—De rodillas. Despacio esta vez —dijo, ya desabrochándose del todo—. Quiero que me mires a los ojos mientras te la tragas.
Lucía se arrodilló sobre la moqueta gastada. La polla de Marcos ya estaba otra vez dura, brillante todavía de su corrida anterior y de la saliva de ella. La rodeó con las dos manos, más segura ahora, y la lamió desde las bolas hasta la ranura, saboreando el sabor salado y espeso. Levantó la vista. Él la miraba con la mandíbula apretada, una mano en su pelo.
—Ábrela. Más. Que se te escape la baba.
Ella abrió la boca y se la metió despacio, chupando con mejillas hundidas, la lengua plana debajo mientras bajaba centímetro a centímetro. Marcos gemía bajo, guiándola sin empujar del todo todavía. La cabeza morada le rozó la garganta y Lucía tosió un poco, babas espesas corriéndole por la barbilla, pero no apartó la mirada. Quería que la viera así: virgen de hace una hora y ya con la cara hecha un desastre de saliva y ganas.
—Putita… mira cómo te queda la cara. Sigue.
La folló la boca con embestidas lentas y profundas, dejando que ella respirara por la nariz entre cada embestida. Lucía babeaba sin control, los ojos llorosos de esfuerzo y de placer, las rodillas abiertas sobre la moqueta. Cada vez que él se retiraba, un hilo grueso de saliva unía sus labios a la polla. Se tocaba el clítoris hinchado por encima de la falda arremangada, frotándose con dos dedos torpes, empapada otra vez.
Marcos la levantó de un tirón, la empujó de cara al espejo y le subió la falda hasta la cintura. Le separó las nalgas con las manos grandes y le escupió en el culo, el líquido caliente resbalando hasta el coño ya rojo e hinchado.
—Mírame a los ojos mientras te la meto por detrás —gruñó, colocando la cabeza gruesa en la entrada resbaladiza—. Quiero verte la cara de perra cuando te abra otra vez.
Empujó de un solo envite hondo. Lucía gritó contra el cristal, las manos aplanadas en el espejo, viendo su propia cara sonrojada, la boca abierta, los pechos aún dentro de la blusa pero con los pezones duros marcando la tela. Marcos la empotró hasta las bolas, el pubis golpeándole el culo con cada embestida. El sonido era obsceno: carne mojada, piel contra piel, el chapoteo de su semen anterior saliendo a presión con cada estocada.
—Tan puto estrecho todavía… se te nota que acabas de romper. Dime qué sientes.
—Siento… siento cómo me la abres entera —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás—. Me duele rico… más hondo, por favor. Fóllame como si fuera tu puta.
Marcos le agarró el pelo, le forzó la cabeza hacia el espejo para que no perdiera el contacto visual y la embistió más duro, más brutal. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado. Le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras la follaba, y Lucía los lamió como había lamió la polla, sucia, ansiosa. El orgasmo le subió de golpe: el coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla gruesa, un chorro caliente le salió chorreando por los muslos y ella gritó su nombre contra el cristal empañado.
Él no paró. La sacó todavía temblando, la giró, la tumbó de espaldas en el sofá y le abrió las piernas hasta casi partirlas. Se la volvió a meter de frente, profundo, mirándola a los ojos exactamente como había prometido. Le subió la blusa, le chupó un pezón duro y le mordió la curva del pecho mientras embestía sin piedad.
—Vas a correrme otra vez dentro —le dijo entre dientes—. Quiero verte llena otra vez. Quiero que bajes al club con mi leche espesa resbalándote por las piernas y que la gente note cómo hueles a follada.
Lucía asintió, loca, las uñas clavadas en su espalda. —Lléname… lléname otra vez. Quiero sentirte chorrear.
Marcos se corrió con un gruñido gutural, la polla palpitando dentro de ella, chorros calientes y espesos inundándole el coño ya reventado. Lucía se vino otra vez solo de sentirlo, las piernas rodeándole la cintura, el cuerpo entero arqueado. Se quedaron así, pegados, el semen empezando a escaparse por los bordes cuando él se movió un poco.
Después él se arrodilló entre sus piernas abiertas, le separó los labios hinchados con los pulgares y le comió el coño otra vez: lengua ancha, chupones obscenos, bebiéndose la mezcla de ambos como si fuera el mejor whisky del club. Lucía se retorcía, demasiado sensible, pero no lo apartaba. Cuando subió a besarla, le pasó la lengua llena de semen y de su propio jugo, y ella la chupó con hambre, saboreando lo que acababan de hacer.
Marcos se sentó en el sofá, la polla todavía semi dura y brillante, y la atrajo hacia su regazo. Le acarició el clítoris hinchado con dos dedos lentos mientras le hablaba al oído:
—Todavía no hemos terminado, nena. El club cierra en una hora. Quiero que te quedes desnuda aquí arriba mientras yo bajo a cobrar. Cuando vuelva te voy a follar la boca otra vez hasta que te salga por la nariz, y después te voy a abrir el culo con los dedos y con la lengua hasta que me ruegues que te la meta ahí también. ¿Quieres eso? ¿Quieres que te desvirgue el culo esta misma noche?
Lucía tembló, el coño contrayéndose vacío alrededor de nada, ya mojada otra vez solo de oírlo. Asintió, la voz rota:
—Sí… quiero todo. Quiero que me uses. Quiero que me enseñes cada agujero.
Él sonrió, sucio, y le dio una palmada en el muslo interno.
—Entonces no te pongas la braga. Quédate exactamente así, con las piernas abiertas y mi leche goteándote. Voy a bajar cinco minutos. Cuando vuelva, quiero encontrarte tocándote y mirándome a los ojos como la putita recién abierta que eres.
Se levantó, se abrochó a medias y salió del camerino. Lucía se quedó sola en el sofá, las piernas abiertas, el coño rojo y goteando sobre la tela vieja, el sabor de él todavía en la lengua. El bajo del club vibraba a través del suelo. Se metió dos dedos dentro, sintiendo lo abierta que estaba, y se imaginó la polla gruesa empujando en su culo por primera vez, el ardor nuevo, la cara de Marcos cuando se la metiera hasta el fondo.
La puerta del camerino se entreabrió otra vez. Marcos asomó la cabeza, la polla ya otra vez dura marcando el pantalón, y le hizo un gesto obsceno con la lengua.
—Cinco minutos se me hicieron eternos, nena. Abre más las piernas. Esta noche todavía no ha terminado de follarte.
El pestillo chasqueó otra vez. Marcos entró sin decir nada al principio, la polla ya fuera del pantalón, gruesa y oscura, balanceándose con cada paso. Lucía lo miró desde el sofá, las piernas abiertas exactamente como él había ordenado, dos dedos enterrados hasta el nudillo en su coño rojo e hinchado. El semen anterior le brillaba en los muslos y en la tela vieja del asiento. Él se detuvo frente a ella, se pasó la mano por el glande y le ofreció los dedos húmedos.
—Chúpalos. Quiero que sepas lo que te espera.
Lucía abrió la boca y chupó, saboreando el salado espeso de su propia mezcla. Marcos le agarró el pelo con la otra mano y la bajó hasta la polla.
—Ahora la de verdad. Hasta que te salga por la nariz, nena. Despacio no. Esta vez te la voy a meter entera.
La embestida fue profunda y constante. La cabeza morada le rozó la garganta de golpe; Lucía tosió, los ojos se le llenaron de agua, pero no se apartó. Él la sujetó firme y empezó a follarle la boca con ritmo pesado, el pubis golpeándole la nariz, las bolas pesadas contra su barbilla. Cada vez que se retiraba un poco, un hilo grueso de baba y precum le colgaba de los labios hasta el glande. Lucía lloraba de esfuerzo y de ganas, las mejillas hundidas, la lengua forzada a aplastarse debajo. Sentía cómo la saliva le corría por la barbilla, le manchaba la blaga abierta y le caía entre los pechos. El aire le faltaba; cuando él empujó más hondo todavía, un gorgoteo húmedo le subió por la nariz y un hilo de fluidos le salió por una fosa. Marcos gruñó, satisfecho.
—Mira… te sale por la nariz como te dije. Qué putita tan obediente. Traga.
La mantuvo ahí unos segundos más, la polla latendo contra su garganta, antes de sacársela con un sonido obsceno. Lucía jadeaba, la cara hecha un desastre brillante, la voz ronca cuando habló:
—Más… quiero más.
Marcos la levantó, la giró de culo hacia él y la empujó de rodillas sobre el sofá, pecho contra el respaldo. Le separó las nalgas con ambas manos. El agujero rosado y cerrado se contrajo al sentir el aire fresco del camerino. Él escupió directo sobre él, el líquido caliente resbalando entre los pliegues.
—Primero los dedos y la lengua. Voy a abrirte despacio hasta que me ruegues.
La lengua plana le recorrió el culo de abajo arriba, lenta, obscena. Lucía soltó un gemido largo cuando la punta se clavó y empezó a empujar, húmeda y insistente. Marcos la lamía como si fuera el coño, chupaba el borde, metía la lengua lo más hondo que podía mientras un dedo grueso le rodeaba la entrada. Empujó. El dedo entró hasta el nudillo. Lucía apretó los dientes contra el respaldo, el ardor nuevo mezclado con un placer sucio que le subía por la espalda.
—Joder… se te cierra alrededor. Tan virgen todavía aquí atrás.
Metió un segundo dedo. Los abrió en tijera dentro de ella, estirándola, preparándola. Lucía empujaba el culo hacia atrás sin pudor, el coño goteando otra vez sobre el sofá. Él le comía el borde mientras los dedos entraban y salían, el sonido chapoteante llenando el cuarto pequeño. Cada embestida de los dedos le sacaba un jadeo roto.
—Dime lo que quieres —ordenó contra su piel—. Ruega.
—Métela… por favor, Marcos, métela en el culo. Quiero que me desvirges ahí también. Quiero sentirte entero.
Él se puso de pie, se alineó y colocó la cabeza gruesa, resbaladiza de saliva y de su propia corrida anterior, contra el agujero apretado. Empujó. La resistencia cedió de golpe. Lucía gritó, agudo, las uñas clavadas en la tela. El dolor era vivo, quemante, pero debajo latía un placer espeso que la hacía temblar. Marcos entró centímetro a centímetro, gruñendo contra su nuca, hasta que las bolas le golpearon los labios del coño.
—Tan puto estrecho… se te ve la cara en el espejo. Mírate. Cara de perra con la polla enterrada en el culo.
La embistió despacio al principio, dejando que ella se acostumbrara al relleno brutal. Después aceleró. Cada estocada le abría más, el culo de Lucía rebotando, el sonido de piel contra piel seco y húmedo a la vez. Él le agarró las caderas con fuerza, le marcó los dedos en la carne y la folló sin piedad, profundo, hasta el fondo cada vez. Lucía miraba su propio reflejo empañado: boca abierta, pechos sacudidos dentro de la blusa, ojos vidriosos de placer. Se tocaba el clítoris con dos dedos torpes, frotándose al ritmo de las embestidas.
—Más duro… fóllame el culo como si fuera tu puta —jadeó—. Lléname ahí también.
Marcos le metió los dedos en la boca otra vez para que los chupara, le tiró del pelo y la embistió con toda la fuerza de las caderas. El orgasmo le subió a Lucía de raíz: el culo se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla, el coño chorreó sobre el sofá y ella gritó su nombre contra el respaldo, el cuerpo entero temblando. Él no paró. La siguió follando a través del orgasmo, alargándolo, hasta que el propio se le vino encima. Se corrió con un gruñido animal, la polla palpitando dentro del culo estrecho, chorros calientes y espesos inundándola hasta que el semen empezó a escaparse por los bordes con cada embestida residual.
Se quedaron así un momento, unidos, respirando agitados. Marcos salió despacio. El semen le resbaló a Lucía por el muslo, espeso, blanco, mezclado con su propio jugo. Él se arrodilló detrás, le separó las nalgas otra vez y le lamió el culo abierto, limpiándola con la lengua ancha, saboreando la mezcla de ambos. Lucía se estremecía, demasiado sensible, pero no lo apartaba. Cuando él subió y la giró para besarla, le pasó todo ese sabor a la boca. Ella lo chupó con hambre, lenta, cansada.
Marcos la atrajo contra su pecho en el sofá estrecho. La blusa le quedaba torcida, la falda arremangada hasta la cintura, el cuerpo marcado de dedos y de saliva. Él le acarició el pelo húmedo de sudor, sin prisas. Afuera el club ya casi no se oía; solo un bajo lejano que se apagaba. Lucía apoyó la mejilla en su pecho, sintiendo el latido lento que iba calmándose. El ardor entre las piernas y en el culo latía suave ahora, lleno, usado. No habló. Él tampoco. La luz amarilla de la lámpara tembló un poco con la corriente del pasillo. El humo del jazz ya no llegaba hasta aquí arriba. Solo el silencio denso del camerino, el olor a sexo y el calor de los dos cuerpos quietos, uno contra el otro, mientras la noche se cerraba del todo.
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