Primer Toque en el Camerino
La piloto estelar Naomi y el ingeniero Darius comparten un deseo mutuo mientras el nanoskin symbiote falla en el camerino orbital.
En el año 2147, el hangar orbital Theta-9 vibraba aún con el eco de los motores de plasma. Naomi, piloto estelar de veintiocho años, entró al camerino privado con el pecho agitado y el nanoskin symbiote parpadeando en tonos de alerta ámbar. La prueba de velocidad extrema había sobrecargado los circuitos orgánicos del traje; la segunda piel se contraía y se aflojaba a intervalos irregulares, dejando parches de su carne expuesta al aire frío y reciclado. Darius la esperaba junto al banco de calibración, guantes neurales ya encendidos, la mirada fija en los holodatos que flotaban entre ellos.
—Otra vez al límite —dijo él, voz grave, sin levantar del todo la vista—. Si sigues forzando los umbrales de reentrada, este symbiote va a abrirse del todo en mitad de una carrera.
Naomi sonrió, todavía con el sabor metálico de la adrenalina en la lengua. Llevaban semanas preparando el prototipo juntos: ella en la cabina, él en la sala de control, coqueteos cortados por el canal seguro, miradas que se alargaban demasiado cuando se cruzaban en los pasillos. Ahora estaban solos. La puerta hermética se cerró con un siseo suave.
—Entonces calibra —respondió ella, acercándose—. Con tus manos. Quiero que lo sientas fallar contra mí.
Darius se colocó detrás. Los guantes neurales emitían un leve zumbido azul cuando rozaron primero la curva de su cadera, luego el interior de los muslos, donde el nanoskin se había retraído y dejaba la piel hipersensible. Naomi contuvo el aliento. Cada toque enviaba microcorrientes que el symbiote intentaba absorber y no podía; el calor se acumulaba bajo su vientre. Darius subió las palmas por el abdomen descubierto, estabilizando nodos de energía con movimientos precisos y lentos. Ella gimió, bajo, involuntario.
—Ahí… joder, Darius… no uses solo los guantes.
Él se detuvo un segundo. La miró a los ojos a través del espejo reflectante del camerino. El deseo crudo ya no se disimulaba.
—Dime exactamente qué quieres —pidió.
—Tus manos de verdad. Sin barreras. Llevo semanas mojándome cada vez que oigo tu voz en el com-link y hoy no voy a fingir que esto es solo mantenimiento.
Darius se quitó un guante, luego el otro. La piel de sus dedos, marcada por implantes cibernéticos finos, tocó directamente el vientre de Naomi. Ella arqueó la espalda. Se giraron al mismo tiempo; la boca de él capturó la de ella con hambre, lengua profunda, dientes rozando el labio inferior. Naomi se aferró a la nuca de Darius y abrió las piernas lo bastante para que su muslo se encajara entre los de ella. El nanoskin crujió, se abrió más, dejando un pecho libre; el pezón endurecido rozó la pechera del mono de ingeniero.
—Aquí. Ahora —susurró ella contra su boca—. Ya lo hemos deseado demasiado.
Naomi se arrodilló sobre el suelo de polímero cálido. Abrió el cierre magnético del pantalón de Darius y liberó su polla gruesa, cibernéticamente mejorada, con dos piercings luminosos de iridio que latían en sincronía con su pulso. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el leve sabor salado y el calor metálico de los implantes. Luego la engulló con voracidad, mejillas hundidas, lengua trabajando los aros brillantes mientras Darius enredaba los dedos en su cabello corto y la guiaba, sin forzar, solo marcando el ritmo. Naomi gemía alrededor de la verga, saliva brillando en la comisura, mirándolo desde abajo con los ojos entrecerrados de puro hambre.
—Joder, Naomi… así, trágatela entera.
Cuando él estuvo al borde, la levantó de un tirón. La empujó contra la pared del camerino; paneles de diagnóstico parpadearon a su espalda. Darius le arrancó lo que quedaba del nanoskin con un movimiento seco; la segunda piel se desprendió en tiras brillantes y cayó al suelo como una muda. Naomi quedó desnuda, sudorosa, pechos pesados, el coño ya goteando por los muslos. Él la alzó, ella rodeó su cintura con las piernas, y Darius la embistió de pie de un solo golpe profundo. El grito de ella rebotó en las paredes. Embestidas brutales, caderas chocando, el sonido húmedo de cada embestida llenando el aire filtrado. Darius mordió el lateral de su cuello mientras la follaba contra el metal frío, uno de sus implantes lumínicos brillando más intenso con cada embestida.
—Más fuerte —rogó ella—. Quiero sentirte mañana cuando vuele.
La bajó solo para girarla y doblarla sobre el banco de calibración. Las pantallas holográficas se activaron al contacto de sus pechos aplastados contra la superficie. Darius le abrió las nalgas, la penetró de nuevo por detrás con fuerza, una mano en su nuca y la otra azotando la carne de su culo con nalgadas firmes, consentidas, el sonido seco mezclándose con los gemidos de Naomi. Ella empujaba hacia atrás para encontrarlo. Los dedos de Darius, lubricados por los fluidos de ella, rozaron su entrada anal, presionaron, entraron con cuidado hasta el nudillo mientras la follaba sin piedad. Naomi gritó su nombre, el placer rozando el borde del dolor dulce, el banco crujiendo bajo ellos.
—Darius… me voy a correr si sigues así…
—No todavía.
La hizo girar otra vez, se sentó en el banco y la atrajo a horcajadas. Naomi se montó de un salto, hundiendo la polla gruesa hasta el fondo, y empezó a cabalgarlo con movimientos salvajes, caderas en círculos y subidas bruscas. Los pechos rebotaban; Darius los atrapó con la boca, chupó un pezón mientras le sujetaba las caderas para embestir hacia arriba. El camerino olía a sexo, a ozono de sistemas sobrecargados y a sudor. Naomi se inclinó, frente contra frente, y se corrió primero, gritando, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de él. Darius la siguió segundos después, un gemido gutural, corrida caliente llenándola mientras ambos temblaban, sudorosos, unidos hasta el último pulso.
Se quedaron abrazados sobre el banco, recuperando el aliento. El pecho de Darius subía y bajaba bajo la mejilla de Naomi. Con dedos todavía torpes, él recogió los restos del nanoskin, reactivó los nodos primarios y dejó que la segunda piel volviera a cerrarse lentamente sobre el cuerpo de ella, ahora calibrada, cálida, como una caricia permanente. Naomi sonrió contra su cuello.
—La próxima prueba de velocidad… va a ser interesante.
Darius besó su sien, todavía dentro de ella, todavía durmiendo la tormenta.
Nunca más volvió a sentir el frío del vacío sin recordar el calor de sus manos.
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