Su Amiga de la Infancia se Baña Desnuda

Lucas recibe a su amiga de la infancia Gwen, que se desnuda con naturalidad y lo invita a follarla por primera vez en la ducha.

28 min read September 04, 2026New

Lucas abrió la puerta del piso y se le escapó una sonrisa torpe al verla. Gwen estaba ahí, con la mochila colgando de un hombro y el pelo revuelto por el viaje en autobús. Veintiún años, la misma cara de siempre pero con una madurez nueva en la boca y en la forma de mirarlo. Él tenía veintidós y llevaba semanas anticipando ese reencuentro con un nudo raro en la barriga.

—Joder, al fin —dijo ella, y lo abrazó fuerte, pegando el pecho contra el suyo unos segundos de más—. Hueles igual. A café y a ese gel barato.

—Y tú hueles a carretera —replicó él, riéndose mientras la dejaba pasar—. Entra, tía. La casa es un desastre, pero hay sitio.

Charlaron en el salón como si no hubieran pasado años. El sofá crujía bajo ellos. Gwen hablaba de la ciudad, de trabajos de mierda y de noches solas; Lucas de su curro a media jornada y de lo vacío que se sentía el pueblo sin ella. De vez en cuando sus rodillas se rozaban y ninguno apartaba la pierna. Había una electricidad sorda, algo que de críos solo era cosquillas y ahora pesaba entre las piernas.

Gwen se estiró, levantando los brazos hasta que la camiseta se le subió y enseñó un trozo de vientre plano.

—Necesito una ducha ya. Llevo el sudor del bus pegado a la piel. ¿Me dejas el baño?

—Claro. Toallas en el armario.

Ella se levantó sin prisa. Frente a él, con total naturalidad, se quitó la camiseta. Los pechos aparecieron libres, redondos, pezones rosados ya un poco duros por el aire fresco del salón. Lucas se atragantó con la saliva. Gwen se desabrochó el vaquero, lo bajó junto con las bragas negras en un solo movimiento y quedó desnuda a un metro de distancia. El vello del pubis era un triángulo oscuro y cuidado; los muslos firmes; el culo, al girarse hacia el pasillo, perfecto.

—¿Pasa algo? —preguntó ella, divertida, sin cubrirse—. Siempre me he duchado así en tu casa de pequeña. Solo que ahora… bueno. Ya no soy pequeña.

La puerta del baño quedó entreabierta a propósito. El grifo se abrió. Lucas se quedó sentado, la polla ya dura contra el pantalón, el corazón latiéndole en la garganta. No pudo evitarlo. Se levantó en silencio y se acercó lo justo para ver por la rendija.

El agua resbalaba por el cuello de Gwen, bajaba entre los pechos, se enganchaba en los pezones y seguía por el vientre hasta el coño. Ella se enjabonaba despacio, frotándose los pechos con las dos manos, girando bajo el chorro. Cuando se abrió de piernas un poco para lavarse entre los labios, Lucas soltó un gemido ahogado.

Gwen giró la cabeza. Lo vio. Sonrió con picardía, los párpados entrecerrados por el agua.

—Te pillo mirando, Lucas —dijo en voz alta, sin vergüenza—. Entra. Anda. No te quedes ahí como un tarado.

Él dudó un segundo y empujó la puerta. El vapor lo envolvió. Gwen apagó un poco el grifo y se le quedó mirando empapada, gotas colgándole de las pestañas y de los pezones.

—Siempre he fantaseado contigo —confesó entre una risa nerviosa y caliente—. Desde los dieciocho, joder. Pensaba en tu boca, en cómo sería que me tocases. ¿Tú también, o solo soy yo la guarra?

Lucas tragó saliva.

—Yo también. Todas las putas noches. No sabía si decírtelo.

Ella se acercó, agarró su camiseta mojada y lo atrajo. El primer beso fue torpe, de dientes y lengua ansiosa. Gwen le abrió la boca con la suya, le chupó el labio inferior y le metió la lengua hasta notarle el gemido. Las manos de Lucas bajaron por la espalda mojada hasta agarrarle el culo con fuerza. Ella se frotó contra la erección todavía vestida.

—Quiero que sea contigo la primera vez de verdad —susurró contra su boca—. Todo. Si tú quieres.

—Quiero —contestó él, ronco—. Joder, Gwen, quiero.

Ella se arrodilló bajo el chorro. Le desabrochó el cinturón con dedos torpes de emoción, bajó el pantalón y el bóxer de un tirón. La polla de Lucas saltó gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Gwen la miró un segundo con curiosidad voraz y luego la lamió de base a glande, saboreando la piel caliente y el sabor salado.

—Hostia… —jadeó él, apoyando una mano en azulejo.

Ella abrió la boca y se la metió. Chupó con hambre, sin técnica perfecta pero con ganas brutales: mejillas hundidas, lengua enrollándose debajo, saliva mezclada con el agua de la ducha. Subía y bajaba la cabeza, a veces demasiado rápido, a veces parando para lamer solo la cabeza y mirarlo a los ojos. Lucas gemia alto, sorprendido por el placer crudo, las caderas empujando solo un poco para no ahogarla.

—Así… joder, sí, chúpamela —masculló.

Cuando notó que se le iba la olla, la levantó del suelo. La pegó de espaldas a los azulejos fríos. Gwen levantó una pierna; él la sujetó por el muslo. La punta de la polla buscó el coño mojado —de agua y de ganas— y empujó. Entró de golpe, torpe, hondo. Ella soltó un grito ahogado, mitad dolor dulce, mitad placer.

—Joder, estás… estás grande —jadeó, las uñas clavándosele en los hombros—. Sigue. No pares.

Lucas embistió de pie, embestidas profundas y desordenadas, el agua golpeándoles la espalda, el sonido húmedo de piel contra piel llenando el baño. El coño de Gwen lo apretaba caliente, resbaladizo; cada vez que él se hundía hasta el fondo ella gemía contra su cuello. Se besaban chapoteando, se tocaban sin saber del todo cómo, aprendiendo sobre la marcha: él le pellizcó un pezón y ella arqueó la espalda; ella le apretó el culo para pedirle más profundo.

—A la cama —pidió ella, sin aliento—. Quiero montarte. Quiero verte la cara.

Salieron del baño dejando un rastro de agua. En el dormitorio se tumbaron mojados sobre las sábanas. Lucas se recostó; Gwen se subió a horcajadas, agarró la polla y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta sentarse del todo. Se quedó un momento quieta, respirando, acostumbrándose a la sensación de estar llena por primera vez.

Luego empezó a cabalgarlo. Movimientos ansiosos, primero circulares, después subiendo y bajando con las palmas apoyadas en el pecho de él. Los pechos le rebotaban; el pelo mojado le goteaba en la cara de Lucas. Él le agarró las caderas, la ayudó, empujó hacia arriba al mismo tiempo. Eran torpes y apasionados a la vez: a veces el ritmo se perdía, a veces encajaba perfecto y los dos gemían más fuerte.

—Me corro… creo que me corro —avisó ella, la voz rota, frotándose el clítoris con dos dedos mientras cabalgaba—. Lucas… joder…

—Dentro —dijo él—. Quiero correrme dentro, si te parece…

—Sí. Lléname. Por favor.

El orgasmo de Gwen llegó primero: el coño se le contrajo a rachas alrededor de la polla, las piernas le temblaron, soltó un gemido largo y grave mientras se doblaba sobre él. Lucas la siguió al segundo, embistiendo hacia arriba y vaciándose dentro con sacudidas profundas, el semen caliente llenándola mientras gruñía su nombre.

Ella se dejó caer sobre su pecho, los dos sudorosos, empapados, sonrientes y aún jadeando. El semen le resbalaba un poco muslo abajo cuando se movió. Se besaron despacio, con ternura nueva, lenguas perezosas. Las manos de Lucas le acariciaban la espalda; las de ella le repaso el pecho y la mandíbula.

—Esto… solo es el principio —murmuró Gwen contra su piel—. Quiero más. Quiero que me folles despacio mañana. Que me comas el coño. Que lo intentemos todo.

—Lo vamos a hacer —prometió él, la voz baja, aún dentro de ella a medias—. Todo lo que quieras. Esta noche no se acaba aquí.

Rieron juntos bajo las sábanas, torpes y felices, planeando en voz baja otra ducha “para limpiarnos… o para ensuciarnos otra vez”. Gwen se acomodó a su lado, una pierna echada sobre la de él, y le mordisqueó el hombro con picardía.

—Todavía me late entre las piernas —confesó—. Y ya estoy pensando en cómo se sentirá la segunda vez. Más profunda. O de rodillas. ¿Me dejas que te despierte con la boca cuando quieras?

Lucas la miró, la polla ya espabilando otra vez solo con las palabras, y le apartó un mechón húmedo de la cara.

—Despiértame como quieras. Pero ahora… no te duermas todavía. Quiero tocarte otra vez. Quiero saber qué caras pones cuando te meto los dedos.

Ella sonrió, abierta, consentida, y le guió la mano hacia su coño aún sensible y resbaladizo de los dos. Afuera empezaba a oscurecer. Dentro, la tensión no se había gastado: solo había cambiado de forma, caliente y nueva, lista para alargarse toda la noche y lo que viniera después.

Lucas deslizó dos dedos entre los labios hinchados de Gwen, notando cómo el semen suyo se mezclaba con su jugo caliente y resbaladizo. Ella arqueó la espalda al instante, un gemido bajo escapándosele de la garganta mientras abría más las piernas para darle espacio. El coño le latía todavía, sensible, y cada roce le arrancaba un temblor que le subía por el vientre hasta los pechos.

—Así… joder, despacio al principio —susurró ella, la voz ronca de placer reciente—. Estoy hecha un desastre ahí abajo por ti.

Él sonrió contra su cuello, oliendo el rastro a jabón barato y sexo. Los dedos entraron con facilidad, curvándose hacia arriba en busca de ese punto que la hacía morderse el labio. Gwen se agarró a su hombro con una mano y con la otra le apretó la muñeca, guiándolo más hondo. El sonido húmedo de los dedos moviéndose dentro de ella llenó la habitación a oscuras; afuera solo se oía algún coche lejano.

Lucas se inclinó y le lamió un pezón, chupándolo con ganas mientras la follaba con la mano. Ella empezó a empujar las caderas al ritmo de sus dedos, el clítoris rozándole la palma cada vez que entraba hasta el nudillo. La polla de él ya estaba otra vez dura, pegada al muslo de Gwen, goteando un hilo de precum que se le pegaba a la piel.

—Quiero chuparte —dijo él de pronto, apartándose solo lo justo para mirarla a los ojos—. Quiero saborearte con mi leche dentro. ¿Me dejas?

Gwen asintió sin dudar, las mejillas encendidas. Se acomodó de espaldas, las rodillas abiertas, y le sujetó la cabeza cuando él bajó por su pecho, por el vientre plano, hasta enterrar la cara entre sus muslos. El olor era fuerte, a sexo crudo, a primera vez. Lucas lamió de abajo arriba, recogiendo el semen que le resbalaba del coño, mezclándolo con su saliva. Gwen soltó un grito ahogado y le apretó el pelo.

—Hostia, Lucas… tu lengua… sí, así, métela dentro.

Él obedeció, empujando la lengua lo más hondo que pudo, follándola con ella mientras dos dedos le frotaban el clítoris en círculos torpes pero insistentes. Gwen se contoneaba, empapándole la cara, los muslos temblando a cada lado de su cabeza. El sabor salado y cremoso le volvió loco; chupó los labios hinchados, los mordisqueó con suavidad y volvió a clavar la lengua hasta que ella se corrió otra vez, más corto pero más intenso, el coño contrayéndose contra su boca mientras gemía su nombre como una puta desesperada.

No la dejó recuperarse. Se subió sobre ella, la polla pesada y caliente rozándole el vientre. Gwen lo agarró por la base y lo dirigió otra vez a su entrada.

—Métela. Quiero notarte otra vez, ahora que ya no duele tanto. Más fuerte esta vez.

Lucas empujó de un solo golpe, hundiéndose hasta las pelotas. Ella arqueó la espalda y le clavó las uñas en la espalda, un gemido largo y gutural llenándole la boca cuando él empezó a embestir. Esta vez el ritmo era más seguro, más bruto: caderas chocando, el sonido de carne mojada contra carne, el catre crujiendo bajo ellos. Él le agarró una pierna y se la subió al hombro, abriéndola más, entrando más profundo. Cada embestida le sacaba el aire a Gwen; se le veían los pechos rebotando, los pezones duros, la boca abierta en un constante “sí, sí, joder, así”.

—Te siento tan grande… me estás abriendo del todo —jadeó ella, mirándolo a los ojos con las pupilas dilatadas—. No pares. Quiero que me uses. Quiero despertarme coja mañana de lo duro que me follas.

Las palabras le subieron la excitación a Lucas hasta el límite. Empezó a follarla más rápido, casi salvaje, sudando otra vez, el pelo mojado pegado a la frente. Gwen le rodeó la cintura con las piernas y le apretó el culo para que entrara hasta el fondo cada vez. El coño le chupaba la polla, caliente, resbaladizo de semen y de ganas nuevas. Él le bajó la mano al clítoris y lo frotó con el pulgar al mismo tiempo que embestía, y ella se vino por tercera vez, gritando contra su hombro, el cuerpo entero convulsionando bajo el suyo.

Lucas la siguió casi al momento, vaciándose otra vez dentro con gruñidos bajos, las caderas pegadas a las suyas mientras el semen le salía a borbotones. Se quedó encima, sin salirse, respirando fuerte contra su cuello. Gwen le acariciaba la espalda con las uñas, suave ahora, y le mordisqueaba la oreja.

—Todavía no he terminado contigo —murmuró ella, riendo bajo—. Quiero probar a chupártela otra vez, pero ahora con tu leche y la mía juntas. Y luego… quiero que me pongas de rodillas y me folles la boca como si fuera mi coño. ¿Te apetece, o te has cansado ya de tu amiga de la infancia?

Él se rió, todavía dentro, y se movió un poco para que ella notara que la polla no había bajado del todo.

—Ni de coña me he cansado. Levántate. Quiero verte de cuatro.

Gwen se giró con ganas, se puso a gatas sobre las sábanas manchadas y le miró por encima del hombro, el culo en alto, el coño abierto y goteando su semen por el muslo interior. Lucas se colocó detrás, le agarró las caderas y le dio una embestida seca, profunda, que la hizo hundir la cara en la almohada. Empezó a follarla así, de perra, las manos apretándole las nalgas, abriéndolas para ver cómo su polla entraba y salía brillante de jugos. Cada embestida le sacudía el culo; el sonido era obsceno, chapoteante.

—Háblame sucio —pidió ella entre gemidos—. Dime lo que sientes.

—Que tu coño me aprieta como una puta recién estrenada —gruñó él, acelerando—. Que te estoy llenando otra vez y que mañana vas a ir por la calle con mi leche resbalándote entre las piernas. Que quiero correrme en tu cara después, para que te la lamas.

Gwen gimió más alto y se metió dos dedos en la boca, chupándolos mientras la follaba. Lucas le dio una palmada en el culo, no muy fuerte, y ella empujó hacia atrás pidiendo más. Se corrieron casi juntos otra vez: ella primero, temblando a cuatro patas, y él sacando la polla en el último segundo para corrérsele en el culo y la espalda baja, pintándola de blanco caliente.

Se dejaron caer de lado, sudados, el semen secándoseles en la piel. Gwen se giró y le besó la boca con lengua lenta, saboreando su propio gusto en los labios de él.

—Mañana te voy a despertar con la boca, como te dije —susurró, acariciándole la polla blanda y sensible—. Pero ahora… quiero que me digas qué más quieres hacerme. Porque yo ya estoy pensando en que me ate las manos a la cabecera y me comas el coño hasta que no pueda más. O que me folles el culo la próxima vez que me corra. Nunca lo he hecho. Quiero que seas el primero en todo.

Lucas le pasó un dedo por el semen de su espalda y se lo ofreció a la boca; ella lo chupó sin vergüenza, mirándolo a los ojos.

—Te voy a follar el culo cuando digas —prometió él, la voz baja y cargada—. Pero primero quiero verte montarme al revés, para poder lamerte mientras me cabalgas. Y quiero probar a correrme en tus pechos. Y… joder, Gwen, quiero que me digas en voz alta lo guarra que eres solo conmigo.

Ella sonrió, se acomodó contra su pecho y le agarró la mano para ponérsela otra vez entre las piernas, donde el coño seguía hinchado y resbaladizo.

—Empieza a tocarme otra vez entonces. Que la noche es larga y yo no pienso dormir hasta que me hayas follado en todas las posiciones que se te ocurran. Quiero que me dejes marcada. Quiero que cuando me vaya de aquí en unos días, todavía note tu polla cada vez que me siente.

Lucas le metió los dedos otra vez, despacio, disfrutando del escalofrío que le recorrió el cuerpo a ella. Afuera la oscuridad era total. Dentro, el aire olía a sexo y a promesas sin cumplir del todo. Él la besó el hombro y empezó a mover los dedos con más ganas, ya pensando en cómo la pondría de rodillas en un rato, cómo le abriría la boca y se la follaría despacio hasta que babeara, cómo le pediría que se tocara el coño al mismo tiempo. Gwen jadeaba contra su pecho, las caderas moviéndose solas, y entre gemidos le decía cosas sucias al oído: que quería probar a que la follara contra la pared del salón, que quería que la llevara a la cocina y la penetrara sobre la mesa, que quería chuparle las pelotas mientras se masturbaba mirándola.

La tensión no bajaba; solo se transformaba, más densa, más hambrienta. Lucas le sacó los dedos, se los lamió y se subió otra vez sobre ella, la polla ya medio dura otra vez solo de oírla.

—Ábrete —ordenó con voz suave pero firme—. Esta vez te voy a follar despacio hasta que me ruegues que te la meta más fuerte. Y cuando te corras… te voy a dar la vuelta y te voy a lamer el culo mientras te meto los dedos. ¿Te parece bien para empezar el siguiente round?

Gwen abrió las piernas de par en par, le guió la polla hasta la entrada y lo miró con esa sonrisa de guarra consentida que le volvía loco desde que se desnudó en el salón.

—Me parece perfecto. Entra. Y no pares hasta que me tengas llorando de placer. Quiero todo lo que me quieras dar esta noche… y lo que se te ocurra mañana por la mañana. Esto solo acaba de empezar, Lucas. Y yo estoy empapada otra vez solo de pensarlo.

Él empujó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el coño de ella lo tragaba otra vez, caliente y listo. Las sábanas crujieron. Afuera nada se movía. Dentro, el ritmo volvía a subir, torpe y voraz, con ganas nuevas que no se iban a gastar en una sola noche.

Él siguió entrando despacio, notando cómo el coño de Gwen se abría otra vez a su polla, caliente y resbaladizo de la mezcla de semen y jugos. Ella arqueó la espalda, clavándole las uñas en los hombros, y soltó un gemido largo que le vibró en el pecho.

—Joder, así… me estás abriendo otra vez —susurró ella, mirándolo con las pupilas dilatadas—. Más hondo. Quiero sentirte hasta el fondo sin prisa.

Lucas embistió con calma al principio, cada centímetro rozándole las paredes hinchadas. El catre crujía bajo el peso, el aire espeso a sexo. Pensaba en lo fácil que se había vuelto esto, en cómo la niña de su infancia ahora le pedía que la usara. Le agarró las muñecas y se las pegó a la cabecera, no apretadas del todo, solo para fijarla. Gwen sonrió, consentida, y abrió más las piernas.

—Sí, sujétame. Quiero que me folles despacio hasta que te ruegue.

Empezó a mover las caderas con ritmo constante, sacándola casi del todo y volviendo a hundirse. El glande rozaba ese punto que la hacía temblar; ella empujaba al encuentro, el clítoris rozándole el pubis cada vez. Lucas se inclinó y le chupó un pezón, mordisqueándolo mientras ella gemía más alto. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba la habitación. Gwen se contoneaba, el coño apretándole las venas, y entre jadeos le soltó:

—Me estás volviendo loca… siento tu leche de antes y la mía juntas. Mete más fuerte ya, por favor. Te lo pido.

Él obedeció, acelerando. Las embestidas se volvieron más profundas, el choque de piel contra piel más seco y bruto. Gwen tiró de las muñecas contra su agarre, arqueándose, los pechos rebotando. Lucas le soltó una mano solo para bajarla al clítoris y frotarlo con el pulgar en círculos torpes. Ella se corrió enseguida, el coño contrayéndose a rachas, un grito ahogado contra su cuello mientras el cuerpo entero le temblaba.

No la dejó recuperarse. Sacó la polla brillante de jugos y semen, se recostó de espaldas y la atrajo.

—Súbete al revés. Quiero lamerte mientras me cabalgas.

Gwen se giró con ganas, se colocó a horcajadas de espaldas a él, el culo mirándole a la cara. Agarró la polla y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, hasta sentarse del todo. Lucas soltó un gruñido al verla engullirlo desde ese ángulo: el coño abierto, los labios hinchados, el semen anterior resbalándole por los muslos. Ella empezó a cabalgarlo, movimientos circulares primero, después subiendo y bajando con las manos apoyadas en sus rodillas. El culo le rebotaba; él le agarró las nalgas, las abrió y le lamió el coño desde abajo, la lengua empujando junto a su propia polla.

—Hostia, Lucas… tu lengua ahí… —gimió ella, acelerando el ritmo—. Chúpame mientras te monto. Joder, sí.

Él lamió con hambre, recogiendo el sabor salado y cremoso, follándola con la lengua al mismo tiempo que ella bajaba. Gwen se corrió otra vez, más corto pero intenso, el coño exprimiéndole la polla mientras le mojaba la cara. Lucas no se detuvo: la levantó un poco, le apartó las nalgas y le pasó la lengua por el culo, lamiendo el agujero apretado por primera vez. Ella se sobresaltó, un gemido agudo escapándosele.

—Ahí… nunca… joder, sí, lámelo. Mételo un poco con la lengua.

Él obedeció, empujando la punta de la lengua mientras dos dedos le entraban en el coño. Gwen cabalgaba más descontrolada, empujando hacia atrás contra su boca. La polla de Lucas latía dentro de ella, al borde. Cuando notó que se le iba, la agarró por las caderas, la hizo girar y se la sacó.

—Pecho. Quiero correrme en tus tetas.

Gwen se tumbó rápido, apretándose los pechos con las manos, ofreciéndolos. Él se arrodilló a su lado, se masturbó dos veces y se corrió a chorros calientes sobre los pezones y el surco entre ellos. El semen le resbalaba blanco y espeso. Ella se lo recogió con los dedos y se lo metió en la boca, chupándolos mientras lo miraba.

—Sabe a ti y a mí. Ahora chúpamela tú. Quiero tu boca llena de esto.

Lucas se bajó entre sus piernas otra vez, lamiendo el resto del semen de su pecho y bajando hasta el coño. Gwen lo detuvo con una mano en el pelo.

—No. Tu polla. Quiero chupártela con nuestra leche.

Se sentó, lo empujó de espaldas y se arrodilló entre sus piernas. La polla semidura aún goteaba. Ella la lamió de base a punta, saboreando el sabor mixto, y se la metió entera. Chupó con hambre, mejillas hundidas, saliva espesa bajándole por la barbilla. Lucas le agarró el pelo y empezó a empujar las caderas, follándole la boca despacio al principio.

—Ábrela más. Quiero usártela como tu coño —gruñó él.

Gwen asintió con la boca llena, relajando la garganta. Él embistió más hondo, la punta rozándole la entrada de la garganta. Ella bababa, los ojos llorosos de placer, una mano entre sus propias piernas frotándose el clítoris. El sonido era obsceno: chapoteos, gemidos ahogados, el catre crujiendo. Lucas la sacó un segundo para que respirara.

—Háblame. Dime lo guarra que eres.

—Soy tu puta de la infancia —jadeó ella, la voz ronca—. Quiero que me folles la boca hasta que trague todo. Y después quiero que me pongas contra la pared del salón y me la metas dura. Y que me toques el culo con los dedos… quiero que me prepares para cuando me lo folles de verdad.

Él volvió a meterla, más bruto ahora, las pelotas golpeándole la barbilla. Gwen se tocaba sin vergüenza, dos dedos dentro de su coño mientras él le usaba la garganta. Cuando notó que ella temblaba otra vez, la levantó, la cargó como a una muñeca y la llevó al salón sin salir del todo del ritmo. La pegó de espaldas a la pared fría junto al sofá. Gwen levantó una pierna; él la sujetó y se hundió de un golpe.

—Así… contra la pared… joder —gritó ella, las uñas en su espalda—. Más fuerte. Úsame.

Lucas embistió de pie, salvaje, el cuerpo de ella rebotando contra el yeso. El coño la chupaba, resbaladizo. Le metió un dedo en la boca para que lo chupara y con la otra mano le rodeó la cadera, rozándole el agujero del culo con la yema. Gwen empujó hacia atrás, pidiendo.

—Mételo. El dedo. Prepárame.

Él escupió en los dedos, se los pasó por el culo y empujó uno despacio mientras la follaba. El agujero se abrió un poco, apretado y caliente. Gwen gimió como una puta, el placer mezclado con la novedad.

—Más… otro. Quiero notarte los dos mientras me follas.

Lucas metió el segundo, abriéndola con cuidado, follándola por los dos lados. Ella se corrió gritando, el coño y el culo contrayéndose a la vez. Él la siguió, vaciándose otra vez dentro con sacudidas profundas, el semen saliendo a borbotones mientras gruñía su nombre.

Se dejaron resbalar al suelo, sudados, el semen resbalándole a ella por el muslo hasta la alfombra. Gwen se rió, jadeando, y le chupó el dedo que había tenido en su culo.

—Mañana me lo vas a meter entero —prometió, la voz baja y cargada—. Pero ahora… llévame a la cocina. Quiero que me pongas sobre la mesa y me comas el culo mientras me metes los dedos en el coño. Y después quiero montarte otra vez, despacio, mirándote a la cara mientras te cuento lo mucho que he fantaseado con que me atas y me dejas marcada.

Lucas la levantó, la polla ya espabilando otra vez solo de oírla. La cargó hasta la cocina, la sentó en el borde de la mesa de formica y le abrió las piernas de par en par. El coño goteaba su leche; el culo aún sensible. Él se arrodilló, le lamió primero los labios hinchados y luego subió al agujero, empujando la lengua mientras tres dedos le entraban en el coño. Gwen se recostó sobre los codos, gemendo alto, las piernas temblando sobre sus hombros.

—Así… joder, lámelo más hondo. Prepárame bien. Quiero despertarme mañana y que todavía me arda de lo que me vas a hacer.

Él la lamió sin prisa, saboreando, los dedos curvándose dentro de ella. Gwen se tocaba los pechos, pellizcándose los pezones, y le soltaba mierdas al oído: que quería que la follara en el sofá después, que quería chuparle las pelotas mientras él se corría en su cara, que quería intentarlo todo antes de que amaneciera. Lucas se puso de pie, la polla dura otra vez, y se la frotó por el coño sin entrar.

—Ábrete más. Esta vez te voy a follar hasta que me ruegues que te la saque y te la meta en el culo solo con la punta. ¿Te parece bien para seguir?

Gwen asintió, guiándole la polla hasta la entrada del coño, y lo miró con esa sonrisa abierta y guarra.

—Entra. Y no pares. La noche sigue siendo nuestra y yo estoy empapada otra vez solo de pensarlo. Fóllame, Lucas. Déjame marcada para cuando me vaya… y para cuando vuelva.

Él empujó de un solo golpe, hundiéndose hasta las pelotas. La mesa crujió. Afuera la oscuridad era total. Dentro, el ritmo volvía a subir, voraz y torpe, con ganas nuevas que pedían más posiciones, más primera veces, más noches enteras sin gastar del todo.

Lucas empujó hasta el fondo otra vez, la mesa de formica crujiendo bajo el peso de Gwen. El coño la tragaba caliente y resbaladizo, todavía lleno de su leche anterior, y cada embestida sacaba un chapoteo obsceno que llenaba la cocina a oscuras. Ella se agarró al borde con las dos manos, las piernas abiertas de par en par sobre sus hombros, y le miró con la boca abierta, jadeando.

—Más hondo… joder, así me abres del todo —gimió ella, la voz rota—. Siento tu polla latirme por dentro. No pares.

Él aceleró el ritmo, las caderas chocando contra su culo, las manos apretándole los muslos para abrirla más. El aire olía a sexo crudo y a la cena de anoche que nadie había recogido. Lucas pensaba en lo fácil que se había vuelto todo: la niña con la que trepaba a los árboles ahora le pedía que la usara como una puta consentida. Le bajó una mano al clítoris y lo frotó con el pulgar en círculos torpes mientras embestía. Gwen arqueó la espalda, los pechos rebotando, y soltó un grito largo cuando el orgasmo la pilló de sorpresa. El coño se le contrajo a rachas, exprimiéndole la polla, y el jugo le resbaló por el culo hasta la mesa.

No la dejó bajar. Sacó la polla brillante de semen y saliva, se la frotó por los labios hinchados y luego la bajó hasta el agujero del culo, solo rozando.

—¿Todavía quieres que te prepare? —preguntó él, ronco, el precum mezclándose con lo que ya goteaba de ella.

Gwen asintió sin dudar, las pupilas dilatadas.

—Sí. Despacio. Quiero sentirte ahí. Sé el primero en todo, Lucas.

Él escupió en dos dedos, se los pasó por el culo apretado y empujó el primero con cuidado. El agujero se abrió un poco, caliente y nervioso. Gwen jadeó, empujando hacia atrás para pedirle más. Lucas metió el segundo mientras volvía a hundir la polla en su coño, follándola por los dos sitios a la vez. El contraste la volvió loca: el coño resbaladizo y el culo virgen apretándole los nudillos. Ella se tocaba los pechos, pellizcándose los pezones, y le soltaba mierda al oído entre gemidos.

—Me estás destrozando… de la mejor forma. Más. Abreme. Quiero que mañana me duela al sentarme y me acuerde de ti cada puto segundo.

Lucas embistió más bruto, los dedos moviéndose al mismo ritmo que la polla. Cuando notó que ella temblaba otra vez, sacó los dedos, le lamió el culo con la lengua plana y volvió a meterla entera en el coño. Se corrió dentro con gruñidos bajos, las caderas pegadas, el semen saliendo a borbotones mientras Gwen se venía por quinta o sexta vez —ya habían perdido la cuenta—, el cuerpo entero convulsionando sobre la mesa.

Se dejaron caer al suelo de la cocina, sudados, el semen resbalándole a ella por el muslo interior hasta el linóleo frío. Gwen se rió, jadeando, y le chupó los dedos que habían estado en su culo sin vergüenza.

—Sabe a nosotros dos —murmuró—. Ahora llévame al sofá. Quiero montarte despacio y que me mires a la cara mientras te cuento todas las noches que me corrí pensando en ti.

Lucas la levantó como si no pesara nada. La polla ya medio dura otra vez solo de oírla. La cargó al salón, se tumbó en el sofá viejo que crujía y ella se subió a horcajadas, de cara a él. Agarró la polla gruesa, todavía resbaladiza de su leche, y se la fue metiendo centímetro a centímetro, sintiendo cómo el coño hinchado la tragaba otra vez. Se quedó sentada del todo un momento, respirando, acostumbrándose al llenazo.

Luego empezó a cabalgarlo. Movimientos lentos al principio, circulares, los pechos rozándole el pecho. Lucas le agarró las caderas y empujó hacia arriba al mismo tiempo. El ritmo se volvió más hondo, más personal. Ella lo miraba a los ojos mientras hablaba, la voz baja y sucia.

—Desde los dieciocho me tocaba en la cama pensando en tu boca. Me metía los dedos e imaginaba que eras tú. Que me follabas en la ducha como hicimos al principio. Que me llenabas y me dejabas ir por la calle con tu leche resbalándome. Joder, Lucas… ahora es real y es mejor.

Él le subió las manos a los pechos, pellizcándole los pezones mientras ella aceleraba. El sofá crujía bajo ellos, el sonido de carne mojada llenando el piso vacío. Gwen se frotó el clítoris con dos dedos y se corrió otra vez, el coño apretándole las venas, un gemido grave escapándosele. Lucas la siguió casi al momento, vaciándose dentro por enésima vez, las manos clavadas en su culo, gruñendo su nombre contra su pecho.

Ella se dejó caer sobre él, los dos empapados, el semen saliéndole a ella por los lados de la polla todavía dentro. Se besaron despacio, lenguas perezosas, saboreando el cansancio dulce y la excitación que no se acababa del todo.

—Todavía no he terminado —susurró Gwen contra su boca—. Quiero que me pongas de rodillas y me folles la garganta hasta que babee. Y después… quiero que me ates las muñecas a la cabecera con tu cinturón y me comas el coño hasta que llore de placer. ¿Te apetece o ya estás reventado?

Lucas se rió, todavía dentro, y se movió un poco para que ella notara que la polla no había bajado del todo.

—Ni de coña. Levántate.

Gwen se bajó, se arrodilló entre sus piernas en el suelo del salón y le lamió la polla de base a glande, saboreando la mezcla de semen y jugos. Se la metió entera, mejillas hundidas, saliva espesa bajándole por la barbilla. Lucas le agarró el pelo y empezó a empujar las caderas, follándole la boca con calma primero, después más hondo. La punta le rozaba la garganta; ella bababa, los ojos llorosos de ganas, una mano entre sus propias piernas frotándose sin vergüenza.

—Ábrela más. Úsame la boca como tu coño —gruñó él.

Ella relajó la garganta y lo dejó entrar hasta las pelotas. El sonido era obsceno: chapoteos, gemidos ahogados, el sofá crujiendo cuando él se movía. Cuando notó que se le iba otra vez, la sacó, le pintó los labios con el glande y la levantó.

—A la cama. Ahora te ato.

La llevó al dormitorio a empujones suaves, risas y besos torpes. Encontró el cinturón en el suelo, le rodeó las muñecas y se las sujetó a los barrotes de la cabecera, no demasiado apretado, solo para fijarla. Gwen tiró un poco, sonriendo, abierta y consentida.

—Así. Ahora cómeme. Hasta que no pueda más.

Lucas se metió entre sus piernas, le abrió los labios hinchados con los pulgares y lamió de abajo arriba, recogiendo su propia leche que todavía le salía. Empujó la lengua dentro, follándola con ella mientras dos dedos le frotaban el clítoris. Gwen se contoneaba contra su cara, las cadenas del cinturón tintineando, gemidos altos y rotos. Él le subió la lengua al culo, la empujó un poco y volvió al coño, chupando sin prisa. Ella se corrió gritando, las piernas temblando a ambos lados de su cabeza, el jugo mojándole la barbilla.

No paró. Le metió tres dedos curvados y lamió el clítoris en círculos rápidos hasta que otro orgasmo la dobló, más corto pero brutal. Solo entonces se subió, le desató una mano solo para que se agarrara a él, y empujó la polla dentro de un solo golpe.

—Despacio esta vez —dijo él—. Hasta que me ruegues.

Embistió con calma, sacándola casi del todo y volviendo a hundirse. El glande rozaba ese punto que la hacía morderse el labio. Gwen tiraba de la muñeca atada, arqueándose, pidiendo más con la voz rota.

—Más fuerte ya… te lo pido. Fóllame como si mañana no hubiera. Déjame marcada.

Lucas obedeció. El ritmo se volvió salvaje, el catre golpeando la pared, el sonido de piel contra piel llenándolo todo. Le subió una pierna al hombro, entró más hondo y le frotó el clítoris al mismo tiempo. Gwen se vino gritando su nombre, el coño contrayéndose a rachas. Él la siguió, vaciándose otra vez dentro con sacudidas profundas, el semen caliente llenándola mientras gruñía contra su cuello.

Se quedaron así un rato, él encima, ella atada a medias, los dos temblando. Después la desató, le lamió las muñecas enrojecidas y se acurrucó a su lado. El semen le resbalaba a Gwen por el muslo; el aire olía a sexo y a promesas.

Ella le repaso el pecho con los dedos y sonrió, ya planeando.

—Mañana te despierto con la boca, como te dije. Pero no solo eso. Quiero que me folles el culo de verdad, despacio, con aceite de la cocina si hace falta. Y después quiero que me lleves al baño otra vez y me tomes fotos con el móvil… no, mejor no. Quiero que me writes en la piel con rotulador: “propiedad de Lucas”. Y cuando me vaya en unos días, quiero que me llames cada noche y me digas exactamente cómo me vas a follar la siguiente vez que baje. Porque voy a bajar pronto. Cada fin de semana si hace falta. Y un día te vas a mudar conmigo a la ciudad o yo vuelvo aquí del todo. Pero ahora… duérmete un rato. En dos horas te chupo la polla hasta que te despiertes duro otra vez y te montas encima mío sin avisar. Quiero despertarme llena. Y mañana por la mañana, antes del café, te vas a correr en mi cara y me voy a ir a ducharme con tu leche secándome en las tetas. ¿Trato?

Lucas la besó, la polla ya espabilando solo de oír el plan, y le metió dos dedos otra vez en el coño resbaladizo solo para sentirla temblar.

—Trato. Y mientras duermes voy a pensar en cómo te ato la próxima vez con las sábanas, cómo te dejo a cuatro patas en el salón toda la tarde y cómo te folla el culo hasta que me pidas que te llene por detrás también. Esto no se acaba cuando te vayas, Gwen. Solo se pone peor… o mejor. Según se mire.

Ella se rió bajo, se acomodó contra su pecho y le guió la mano para que le acariciara el clítoris despacio, ya medio dormida pero todavía moviendo las caderas.

—Empieza a tocarme otra vez entonces. Que aún faltan horas para que amanezca y yo no pienso dejar que esta polla descanse del todo. Mañana… joder, mañana te voy a hacer cosas que ni siquiera te he contado todavía. Espérate.

Afuera la noche seguía negra. Dentro, el ritmo volvía a subir una vez más, torpe y voraz, con la certeza de que el plan ya estaba escrito en la piel de los dos y que la primera vez solo había sido el principio de algo que no se iba a gastar nunca.

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