Su Mirada Prendió la Primera Vez

Su mirada prendió cuando Camila, virgen y curiosa, le pidió a Franklin que le enseñara a follar por primera vez en la terraza.

11 min read September 02, 2026New

La terraza del edificio olía a jazmín y a asfalto caliente. El verano había dejado el aire espeso, pegajoso, y Camila se apoyó en la barandilla con la camiseta fina pegada a la espalda. Diecinueve años, universitaria, virgen y con una curiosidad que le quemaba por dentro desde hacía meses. Franklin salió por la puerta del rellano con dos cervezas frías. Veintidós, vecino del piso de enfrente, hombros anchos, sonrisa fácil y esa forma de mirar que ya le había revuelto el estómago más de una vez en el ascensor.

Se quedaron solos. Las luces de la ciudad parpadeaban abajo. Cuando sus miradas se cruzaron de verdad, sin prisa, sin excusa, algo se tensó entre ellos. Camila sintió un calor desconocido entre las piernas, un pulso lento y húmedo que le apretó el vientre. Se sonrojó. Franklin lo notó al instante: el rubor subiendo por su cuello, los muslos juntándose bajo la falda corta, el pezón derecho marcándose contra la tela. Él apretó la botella y pensó, carajo, se me va a notar la polla si sigue mirándome así.

—Hace un calor de puta madre —dijo él, voz baja, ofreciéndole la cerveza.

—Sí… —Ella bebió un trago y la miró de reojo—. Tú siempre estás aquí de noche.

—Y tú últimamente también. Me gusta verte. —Franklin se acercó un paso. El olor de ella, crema y sudor limpio, le subió a la cabeza—. No puedo dejar de imaginar cómo serías sin ropa. Cómo te abrirías si te tocara.

Camila se atragantó casi. El corazón le martilleaba. Susurró, tímida pero decidida:

—Nunca he estado con nadie. Ni un beso de verdad… nada. Pero cuando me miras así siento que me voy a derretir. Enséñame. Por favor. Enséñame lo que se siente.

Franklin dejó la botella. Ella se acercó voluntaria, rozó el dorso de su mano con los dedos temblorosos. Él le sujetó la muñeca con suavidad, esperando. Ella asintió con la cabeza, casi imperceptible. Entonces sus labios se encontraron. El beso fue hambriento desde el primer segundo: lenguas torpes al principio, luego profundas, saliva compartida, gemidos ahogados. Camila se pegó a su pecho y sintió la dureza de la polla de Franklin contra su vientre. Él le mordisqueó el labio inferior y murmuró contra su boca:

—Dime que quieres esto. Ahora.

—Lo quiero. Llévame.

Subieron al piso de él casi tropezando. La habitación olía a él: colonia barata y sábanas limpias. Franklin encendió solo la lámpara de la mesilla. Camila se quedó de pie, respirando agitada. Él se arrodilló delante y le bajó la falda centímetro a centímetro, besando cada tramo de muslo que descubría. Los braguitas blancas ya estaban manchadas. Se las quitó despacio y pasó la lengua por el pliegue interior de su muslo.

—Eres preciosa —dijo, voz ronca—. Voy a besarte toda. Si algo no te gusta, lo dices y paramos.

—No pares —contestó ella, ya sin aliento.

La desnudó por completo. La camiseta voló. Las tetas de Camila, firmes, pezones oscuros y duros, quedaron expuestas. Franklin las besó una por una, chupó los pezones hasta que ella arqueó la espalda. Bajó por el vientre, por el vello suave del monte de Venus. Camila se dejó caer en la cama, piernas abiertas, temblando de anticipación. Él se quitó la camisa y el pantalón. La polla le saltó gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Puedo… tocarte?

—Claro que sí, nena.

Camila se sentó y lo agarró con las dos manos. Torpe, ansiosa, subió y bajó la piel, sintiendo el calor y el peso. Franklin jadeó y le acarició el pelo.

—Así… un poco más apretado. Joder, qué bien. Eres mi primera vez enseñándole a alguien y se me va a salir solo de lo rico que se siente.

Ella se arrodilló en el suelo, entre sus rodillas. Acercó la boca y lamió la punta, saboreando lo salado. Luego abrió más y metió la cabeza adentro, chupando con torpeza pero con ganas, gimiendo alrededor de la polla. Franklin le sujetó la nuca sin forzarla.

—Eso… usa la lengua. Sí, así. Me estás matando de placer.

Después él la tumbió de espaldas otra vez. Abrió sus muslos con las manos y bajó la cara al coño virgen. Lamió despacio la raja, separó los labios hinchados con los pulgares y chupó el clítoris hinchado. Camila gritó bajito, los dedos enredados en el pelo de él. Franklin metió la lengua dentro, la folló con ella, y luego volvió al clítoris, chupando rítmico hasta que las piernas de Camila empezaron a temblar sin control.

—Franklin… algo… algo me pasa…

—Córrete. Déjate ir. Quiero sentir cómo te corres en mi boca.

El primer orgasmo oral la sacudió entera: el coño palpitando, el líquido resbalándole por el culo, un gemido largo y ronco que no reconoció como suyo. Él no paró hasta que ella lo empujó suavemente, hiperventilando y sonriendo.

—¿Seguimos? —preguntó él, subiendo a besarla para que probara su propio sabor—. Quiero follarte. Despacio. Dime que sí.

—Sí. Fóllame. Quiero sentirte dentro.

Se puso el preservativo con manos firmes. Se colocó entre sus piernas en misionero. La cabeza de la polla rozó la entrada mojada. Empujó un centímetro. Camila apretó los dientes, luego respiró y asintió. Él entró despacio, centímetro a centímetro, abriéndola. Estaba apretadísima, caliente, resbaladiza. Cuando estuvo del todo dentro se quedó quieto, besándole la frente.

—Joder, Camila… estás tan apretada y tan mojada. ¿Estás bien?

—Sí… muévete. Por favor.

Empezó suave, embestidas largas y profundas. Ella envolvía su cintura con las piernas, uñas en su espalda. El roce le daba calor en el clítoris cada vez. Después ella pidió montarlo. Se incorporaron. Camila se sentó a horcajadas, guió la polla y se bajó torpe, entusiasta, tropezando con el ritmo. Franklin le agarró las tetas, las apretó, jugó con los pezones mientras ella subía y bajaba, cada vez más segura, el coño chupándole la verga con cada bajada.

—Mira cómo te mueves… qué rica estás follándome. Dime si te gusta.

—Me encanta… me tienes tan llena… voy a correrme otra vez…

Él empujó hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El orgasmo compartido llegó en oleadas: ella se contrajo alrededor de él gritando su nombre, él se corrió con un gemido gutural, las caderas levantadas, sujetándole las nalgas. Se quedaron unidos un momento, sudorosos, respirando el mismo aire.

Después del clímax, Camila se acurrucó contra el pecho de Franklin, la mejilla pegada a su piel caliente, sonriendo con esa mezcla de timidez y satisfacción absoluta. Él le acariciaba el cabello húmedo, los dedos lentos, y le susurró al oído, voz aún ronca:

—Esa mirada que me prendió la primera vez… la misma que me estás poniendo ahora… no se me va a olvidar nunca. Y todavía no hemos terminado de explorarte, Camila. Hay cosas que quiero hacerte mañana, si me dejas. Cosas que van a hacer que esa curiosidad tuya se vuelva adicción.

Ella levantó la cara, le besó el pecho y murmuró, ya entre somnolienta y encendida otra vez:

—Quédate despierto un rato más. Quiero que me cuentes exactamente qué…

—Quédate despierto un rato más. Quiero que me cuentes exactamente qué…

Franklin sonrió contra su pelo, los dedos aún enredados en los mechones húmedos de Camila. El aire de la habitación olía a sexo, a sudor dulce y a la colonia barata que él usaba. Ella estaba pegada a su pecho, una pierna echada sobre la suya, el coño todavía palpitándole despacio contra su muslo. Él notaba el calor residual, la humedad que le manchaba la piel, y la polla se le removió otra vez, medio dura, rozándole la cadera.

—Mañana quiero meterte de rodillas en la terraza, de noche, con la ciudad abajo —murmuró, voz ronca, besándole la sien—. Quiero que te agarres a la barandilla mientras te lamo el coño por detrás hasta que te tiembles. Después te voy a follar de pie, despacio primero, para que sientas cómo te abro otra vez. Y si te gusta… te voy a correr dentro, sin condón, para que sientas cómo te llena. ¿Te imaginas eso, Camila? ¿Te mojas solo de pensarlo?

Ella se removió, un gemido suave escapándosele. La mano de Camila bajó por el abdomen de él, encontró la polla que ya se levantaba otra vez y la rodeó con los dedos, torpe todavía, pero más segura. Subió y bajó la piel, sintiendo cómo se endurecía del todo bajo su palma.

—Sí… me mojo. Cuéntame más. Y… hazlo ahora. No quiero esperar a mañana.

Franklin se incorporó un poco, la tumbió de espaldas otra vez y se colocó entre sus piernas. La miró: labios hinchados de tanto besarse, pezones oscuros todavía erectos, el vello del monte de Venus pegado de jugos. Separó sus muslos con las manos y bajó la cara. Lamió despacio la raja sensible, saboreando el sabor a ella mezclado con el residual del condón y el semen. Camila arqueó la espalda, los dedos agarrándole el pelo.

—Franklin… joder…

Él chupó el clítoris hinchado, lo rodeó con la lengua, metió dos dedos despacio dentro de ella. Estaba más suelta ahora, resbaladiza, caliente. Los dedos entraron con facilidad, curvándose hacia arriba, buscando ese punto que la hizo jadear. La folló con los dedos mientras chupaba, el pulgar rozándole el ano de vez en cuando, solo un toque, una promesa.

—Así… ¿te gusta que te toque ahí también? —preguntó contra su coño, la voz vibrándole.

—Sí… no pares. Enséñame eso también.

Franklin levantó la cara, se lamió los labios y se subió sobre ella. Se quitó el condón usado y lo tiró a un lado. Agarró otro de la mesilla, pero Camila le detuvo la mano.

—Sin… quiero sentirte. De verdad. Si te corres… me lo dejas dentro. Por favor.

Él la miró un segundo, comprobando. Ella asintió, clara, los ojos brillantes de deseo. Entonces se alineó. La cabeza de la polla, ya goteando precum, rozó la entrada hinchada. Empujó. Esta vez entró más fácil, aunque ella seguía apretada, las paredes del coño agarrándole, chupándole. Camila gimió largo, las uñas clavándosele en los hombros.

—Tan llena… joder, Franklin, te siento tan profundo…

Él empezó a moverse. Embestidas lentas al principio, sacando casi toda la verga y metiéndola de nuevo hasta el fondo, el roce del pubis contra su clítoris haciéndola temblar. El sonido era obsceno: piel contra piel, el chapoteo de su coño mojado, los jadeos de los dos. Sudor les resbalaba por el pecho. Franklin le agarró una teta, apretó el pezón entre los dedos, lo torció suave mientras follaba más fuerte.

—Mira cómo te abres para mí… qué rica estás. Tu primera polla y ya la chupas con el coño como si la quisieras para siempre. Dime qué sientes.

—Siento… calor. Me late por dentro. Cada vez que entras me aprietas algo y… ah… voy a correrme otra vez si sigues así.

Cambió de posición. La giró con cuidado, la puso a cuatro patas. Camila se agarró a la cabecera, el culo en alto, las nalgas redondas y firmes. Franklin se arrodilló detrás, le separó los labios del coño con los pulgares y volvió a meter la polla de un solo empujón profundo. Ella gritó contra la almohada. Él le agarró las caderas y empezó a follarla de verdad: embestidas largas, el sonido de sus huevos golpeándole el clítoris, las manos apretándole la carne.

—Así te voy a follar en la terraza… con la brisa en la espalda y yo reventándote el coño. ¿Lo quieres?

—Sí… fóllame más duro. Enséñame a tomar toda tu polla.

Él aceleró. Una mano le rodeó la cintura y bajó al clítoris, frotándolo en círculos rápidos mientras la verga entraba y salía. Camila se corrió con un grito ahogado, el coño contrayéndose en espasmos alrededor de él, el líquido resbalándole por los muslos. Franklin no paró. Siguió embistiendo a través del orgasmo de ella, sintiendo cómo lo ordeñaba, hasta que ella se derrumbó un poco, jadeando.

La giró otra vez, de espaldas. Se subió, le abrió las piernas y se la metió de nuevo. Ahora más despacio, profundo, mirándola a los ojos. Le besó la boca, le compartió el sabor de su propio coño. Camila le rodeó la cintura con las piernas, lo atrajo más adentro.

—Quiero que te corras dentro… lléname. Quiero sentirlo.

Franklin gimió. Las embestidas se volvieron irregulares, más urgentes. Salió casi del todo y volvió a entrar hasta el fondo, una, dos, tres veces. Entonces se corrió: chorros calientes inundándola, la polla palpitando, las caderas clavadas contra ella. Camila lo sintió todo, el calor espeso llenándola, resbalando un poco hacia afuera cuando él se quedó quieto, respirando agitado contra su cuello.

Se quedaron así un rato, unidos, el semen de él saliéndole despacio del coño abierto. Franklin se salió con cuidado, se tumbó a su lado y metió dos dedos dentro de ella otra vez, empujando el semen más adentro, jugueteando.

—Mira… todo lo que te he dejado. ¿Te gusta sentirte llena de mí?

Camila asintió, sonrojada, las piernas aún abiertas. Él bajó la cara otra vez y lamió entre sus labios, saboreando la mezcla de los dos, chupando despacio hasta que ella volvió a temblar. Después se subió, le ofreció los dedos mojados y ella los chupó, mirándolo a los ojos, aprendiendo el sabor.

Se acurrucaron de nuevo. Él le acariciaba la espalda, el culo, el muslo interior. La polla ya se le estaba levantando otra vez, lenta pero inevitable, rozándole la cadera. Camila lo notó y sonrió contra su pecho.

—Otra vez… ¿ya?

—Contigo sí. Quiero que te montes otra vez. Quiero verte cabalgarme con mi semen saliéndote del coño. Y después… te voy a enseñar a chupármela hasta que me corra en tu boca. ¿Quieres aprender eso también esta noche?

Ella se incorporó, se subió a horcajadas sobre él. Agarró la polla gruesa, la guió hasta su entrada resbaladiza y se bajó despacio, sintiendo cómo la abría otra vez, cómo el semen de antes facilitaba todo. Se sentó del todo, gimiendo, las tetas balanceándose. Empezó a subir y bajar, encontrando el ritmo, más segura ahora, el clítoris rozándole el abdomen a él cada vez que bajaba.

Franklin le agarró las caderas, la ayudó, empujó hacia arriba. Le chupó un pezón, luego el otro. Camila se inclinó, le besó la boca, le mordió el labio.

—Me encanta… me tienes tan abierta… voy a correrme montándote.

Él le metió un dedo en la boca para que chupara mientras follaban. Ella lo hizo, torpe y ganas, babas resbalándole por la muñeca. El ritmo se volvió más salvaje. El coño de Camila hacía ruidos húmedos, obscenos, chupándole la verga con cada bajada. Se corrió otra vez, contrayéndose, gritando su nombre, el cuerpo temblando. Franklin la sujetó, la folló desde abajo a través del orgasmo y se corrió por segunda vez dentro de ella, gemidos guturales, las manos clavadas en sus nalgas.

Cuando ella se desplomó sobre su pecho, jadeando, él le acarició el pelo y le susurró al oído, todavía dentro de ella:

—Mañana en la terraza te voy a follar sin piedad y te voy a hacer gritar para que los vecinos oigan cómo te corro por primera vez al aire libre… ¿me dejas?

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