Sorprendida Desnuda: Mi Esposa se Entrega al Jefe

Mi esposa Fiona, de 29 años, se entrega como hotwife al imponente jefe de su marido.

13 min read September 24, 2026New

Damon, un exitoso ingeniero de 32 años, observaba a su esposa Fiona con esa mezcla de orgullo, celos y excitación que ya se había vuelto adictiva en su matrimonio abierto. Fiona, de 29 años, era una hembra voluptuosa de curvas imposibles: tetas grandes y pesadas que tensaban cualquier tela, cintura estrecha y caderas anchas rematadas en un culo redondo, firme y hecho para ser azotado. Desde hacía meses Damon le confesaba por las noches, mientras la follaba despacio, cuánto le ponía imaginarla convertida en hotwife, abierta de piernas para otro hombre mientras él miraba y se pajeaba como un cornudo consentido. La tensión explotó cuando Gideon, el imponente jefe de Damon, un empresario de 45 años de cuerpo macizo, voz grave y mirada que parecía desnudar a cualquiera, los invitó a cenar en su mansión aislada junto al mar. Solo ellos tres. Fiona no dudó ni un segundo.

—Cariño, voy a ponerme ese vestido rojo que apenas me tapa las tetas y el coño —le dijo ella esa misma noche, mirándose al espejo mientras se ajustaba la prenda delante de él. La tela era tan ajustada que sus pezones se marcaban como dos putos faros, y la falda terminaba justo donde empezaban sus nalgas. Sin bragas, por supuesto. Damon tragó saliva, la polla ya dura dentro del pantalón.

—Quieres que te desee desde que cruces la puerta, ¿verdad? —preguntó él con la voz ronca.

—Quiero que sepa que estoy mojada solo de pensar en su verga. Quiero que me folle esta noche, Damon. Y quiero que tú lo veas todo —respondió Fiona, girándose para que él admirara cómo el vestido se le clavaba entre las nalgas.

Llegaron a la mansión cuando el sol ya se ponía. Gideon los recibió con una sonrisa depredadora. Sus ojos se clavaron inmediatamente en el escote de Fiona, donde sus tetas amenazaban con desbordarse a cada respiración. La cena fue servida en un comedor enorme con vistas al océano, pero nadie prestaba atención a la comida. Fiona flirteaba sin disimulo: se inclinaba hacia adelante para que Gideon pudiera verle los pezones, cruzaba las piernas de forma que la falda se subía hasta mostrar el borde inferior de su coño rasurado, y reía con esa risa gutural que usaba cuando estaba cachonda. Damon, sentado a su lado, sentía la polla latiéndole contra el muslo. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído, casi temblando:

—Estás empapada, ¿verdad? Quiero verte entregarte completamente. Quiero que seas su puta esta noche. Pídeselo.

Fiona se mordió el labio, notando cómo su coño chorreaba sobre el asiento de cuero. Gideon, que llevaba meses fantaseando con la mujer de su empleado, decidió romper todas las barreras.

—Llevo meses deseando follarme a la esposa de mi ingeniero —confesó con voz ronca, mirando directamente a Fiona—. Cada vez que Damon entraba a mi despacho yo imaginaba tu boca alrededor de mi verga gruesa y tu coño apretándome hasta dejarme seco. Eres una hembra hecha para ser follada duro, Fiona.

El silencio que siguió fue eléctrico. Fiona giró la cabeza hacia su marido, las mejillas encendidas y la respiración agitada.

—Damon… ¿me das permiso explícito para entregarme a tu jefe? Quiero que me use. Quiero que me folle delante de ti como la hotwife que soy.

Damon sintió un latigazo de placer humillante en la base de la polla. Su voz salió entrecortada pero firme:

—Sí, mi amor. Tienes mi entusiasta aprobación. Entrégate. Sé su zorra esta noche. Quiero verlo todo.

Fiona no esperó ni un segundo más. Se levantó, rodeó la mesa y besó a Gideon con hambre salvaje, metiendo la lengua hasta el fondo de su boca mientras gemía como una perra en celo. Las manos grandes del empresario bajaron directamente a su culo, levantándole el vestido y apretando las nalgas desnudas con fuerza, separándolas para que Damon pudiera ver cómo su esposa ya estaba empapada hasta los muslos.

El beso se volvió brutal. Gideon la empujó hacia el enorme sofá del salón. Fiona se arrodilló entre sus piernas con devoción, desabrochándole los pantalones con dedos ansiosos. Cuando la gruesa verga saltó libre, pesada, venosa y con una cabeza morada enorme, Fiona soltó un gemido de pura gula.

—Joder… qué polla tan gruesa, Gideon. Mi coño ya está palpitando solo de mirarla.

Abrió la boca y la tragó con ansia. Chupaba como una puta profesional, bajando hasta que la verga le tocaba la garganta, babeando sin control, haciendo ruidos obscenos de arcadas y succiones mientras sus tetas se balanceaban dentro del vestido. Gideon la agarró del pelo y la folló la boca con golpes cortos y profundos.

—Así, mamona. Chúpame la verga como la esposa zorra que eres. Tu marido se está pajeando como un cornudo mientras te ve.

Damon había sacado su polla y se masturbaba con furia, los ojos clavados en la escena, sintiendo cómo el placer de la humillación le subía por la columna.

Gideon la levantó como si no pesara nada, la puso en cuatro sobre el sofá y le subió el vestido hasta la cintura. Su coño brillaba, hinchado y chorreando. Sin aviso metió toda su verga de un solo empujón brutal. Fiona gritó de placer, arqueando la espalda.

—¡Sí! ¡Fóllame, Gideon! ¡Uso tu polla!

El empresario empezó a bombearla salvajemente, sus caderas golpeando contra ese culo perfecto. Cada embestida iba acompañada de un fuerte azote que resonaba en la sala.

—Puta caliente… esposa zorra de mi empleado… esto es lo que querías, ¿verdad? Que te abra el coño delante de tu marido —gruñía mientras le dejaba las nalgas rojas y marcadas. Fiona empujaba hacia atrás, follándolo con igual ferocidad, sus tetas saliéndose del vestido y balanceándose como dos melones.

Damon se acercó, pajeándose más rápido, respirando el olor a sexo que llenaba el aire.

Gideon se sentó entonces y tiró de Fiona para que lo montara en vaquera. Ella se empaló hasta el fondo con un gemido largo y empezó a cabalgar con fuerza, rebotando sobre esa verga gruesa, haciendo que sus tetas saltaran delante de la cara del jefe. Gideon las agarraba, las chupaba, mordía los pezones mientras ella aceleraba, frotando su clítoris contra él.

—Cabálgame, zorra. Monta la polla de tu jefe como la hotwife insaciable que eres —ordenó.

Fiona estaba fuera de sí, el sudor brillándole en la piel, el coño haciendo ruidos húmedos cada vez que subía y bajaba.

Finalmente Gideon la tumbó de espaldas sobre la mesa baja, abriéndole las piernas. Damon, obedeciendo una mirada de su jefe, se colocó detrás de la cabeza de su esposa y le sujetó los muslos bien abiertos, exponiendo completamente el coño hinchado y enrojecido. Gideon la penetró en misionero profundo, follándola con embestidas largas y brutales que hacían temblar la mesa.

—Mira cómo destrozo el coño de tu mujer, Damon. Está hecha para esto. Es una puta de verdad —gruñó Gideon, sudando y acelerando.

Fiona gemía sin control, el orgasmo creciendo como una ola.

—¡Me corro! ¡Me corro en tu verga, joder!

Su cuerpo se convulsionó violentamente, el coño apretando la polla de Gideon como un puño. Él rugió y se corrió dentro de ella, inundándola con chorros calientes y espesos. Cuando sacó la verga, un río de semen blanco empezó a chorrear de su coño abierto. Gideon apuntó entonces a su boca y le llenó también la lengua y los labios con las últimas descargas. Fiona tragó entre gemidos, exhausta, con hilos de semen corriendo por su barbilla y sus muslos temblorosos.

Aún jadeando, con la respiración entrecortada y el coño palpitando lleno de corridas, Fiona se levantó tambaleante. Se acercó a Damon, lo besó con pasión profunda, metiéndole la lengua para que probara el sabor de su jefe. El semen de Gideon seguía goteando por el interior de sus piernas.

—Gracias, mi amor… gracias por dejarme ser tu hotwife esta noche —susurró contra sus labios, aún temblando de placer—. Ha sido mejor de lo que imaginaba… mucho mejor.

Se vistieron como pudieron. Gideon los acompañó hasta la puerta con una sonrisa satisfecha y peligrosa.

—Esto no termina aquí —dijo simplemente.

En el coche, de regreso a casa, Fiona apoyó la cabeza en el hombro de Damon. El semen todavía le corría por los muslos y manchaba el asiento. Tenía los ojos brillantes de lujuria renovada cuando murmuró:

—Quiero que la próxima vez me sorprenda de verdad… sin avisos, sin que yo sepa exactamente cuándo ni cómo va a tomarme. Quiero sentirme completamente entregada, usada… y que tú estés ahí para verlo todo otra vez. Esto solo ha despertado más hambre en mí, Damon. Mucha más.

La carretera se extendía delante de ellos, pero la tensión en el aire era clara: ambos sabían que la siguiente vez sería aún más sucia, más intensa y mucho menos controlada. El juego acababa de empezar.

El viaje de regreso a casa fue una lenta agonía de deseo insatisfecho. Fiona seguía con las piernas entreabiertas sobre el asiento, dejando que el semen espeso de Gideon escapara de su coño hinchado y corriera por la cara interna de sus muslos bronceados. Cada bache de la carretera la hacía gemir bajito, como si aún estuviera recibiendo aquellas embestidas brutales. Damon apretaba el volante con fuerza, la polla latiéndole dolorosamente dentro del pantalón mientras aspiraba el olor denso a sexo que impregnaba el coche.

Apenas cruzaron la puerta de su casa, Fiona se deshizo del vestido rojo de un tirón y quedó completamente desnuda, las tetas pesadas balanceándose libres, los pezones todavía enrojecidos por las succiones anteriores. Lo empujó contra la pared del pasillo y se arrodilló con urgencia, bajándole la cremallera para sacar su polla rígida. La engulló hasta la garganta sin preámbulos, haciendo esos ruidos húmedos y obscenos de arcada que tanto le gustaban a Damon.

—Sabe a mí… a los restos de tu jefe —jadeó entre lametones largos y babosos, mirándolo con ojos vidriosos de puta satisfecha—. Su verga era mucho más gruesa, cariño. Me abrió el coño como si fuera una virgen. Quiero que la próxima vez sea sin avisos. Quiero que me sorprenda desnuda, que me tome como una cualquiera cuando menos lo espere.

Damon la levantó en volandas, la dobló sobre el respaldo del sofá y la penetró de un golpe, sintiendo cómo el coño de su esposa seguía resbaladizo y abierto por la corrida ajena. Follaron con furia animal, él agarrándole las caderas anchas, azotando ese culo redondo que aún conservaba las marcas rojas de las manos de Gideon. Fiona se corrió dos veces seguidas, gritando el nombre del jefe, apretando las paredes vaginales alrededor de la polla de su marido mientras le confesaba cada detalle sucio. Cuando Damon se vació dentro de ella, mezclando su semen con el de otro hombre, ambos supieron que el hambre solo había crecido.

Los siguientes días fueron una tortura exquisita. Fiona, la voluptuosa esposa de veintinueve años, caminaba por la casa con el coño permanentemente mojado, cambiando de ropa interior varias veces al día porque se empapaba solo de recordar. Se tocaba en la ducha, en la cocina, en la cama, fantaseando con ser tomada por sorpresa. Damon, el ingeniero de treinta y dos, había planeado todo con Gideon, el imponente empresario de cuarenta y cinco. Le entregó una copia de la llave y le pidió que entrara sin aviso el jueves por la tarde, cuando ella estuviera sola y, casi seguro, desnuda. “Sorpréndela. Úsala duro. Quiero llegar a tiempo para ver cómo la destrozas”, le había dicho, y Gideon había respondido con aquella sonrisa depredadora que prometía depravación.

El jueves por la tarde, Damon se despidió con un beso casto y se marchó. En realidad aparcó a dos calles de distancia, el corazón latiéndole con fuerza, la polla ya medio dura dentro del pantalón. Fiona, creyéndose sola, se dio un baño largo y sensual. Salió del vapor con la piel enrojecida, el pelo húmedo pegado a la espalda y ni una sola prenda encima. Sus tetas grandes y pesadas se movían con cada paso, los pezones erectos por el contraste del aire fresco. Se tumbó en la cama matrimonial con las piernas abiertas de par en par, los dedos deslizándose entre los labios hinchados de su coño rasurado. Empezó a masturbarse despacio, metiéndose dos dedos, luego tres, frotando el clítoris hinchado con el pulgar mientras gemía bajito.

—Quiero que me sorprenda… desnuda, abierta, cachonda… que me folle sin preguntarme nada —susurraba para sí misma, los ojos cerrados, la espalda arqueándose sobre las sábanas.

La puerta del dormitorio se abrió sin ruido. Fiona abrió los ojos de golpe y soltó un grito ahogado. Gideon estaba allí, llenando el marco con su cuerpo macizo, traje impecable y mirada que la desnudaba aún más. Ella estaba completamente expuesta, dedos todavía metidos en su coño chorreante, tetas subiendo y bajando con la respiración agitada. El shock inicial le puso la piel de gallina, pero el coño le dio un latigazo de placer tan fuerte que gimió sin poder evitarlo.

—Joder… Gideon… ¿cómo has…?

—Tu marido me dio la llave y me pidió que te sorprendiera exactamente así —gruñó él con voz grave, cerrando la puerta tras de sí y empezando a aflojarse la corbata—. Desnuda, tocándote como una perra en celo, lista para que su jefe la use sin piedad. ¿Vas a fingir que no lo deseabas, hotwife?

Fiona sacó los dedos lentamente, el hilo transparente de sus jugos uniéndolos a su coño palpitante. El rubor le cubría las mejillas, pero separó más las piernas en un acto reflejo de entrega.

—No… no finjo. Me has pillado desnuda, cachonda, goteando. Fóllame, Gideon. Sorpréndeme como la zorra que soy.

Él se desnudó con lentitud calculada, revelando el pecho ancho, los abdominales marcados y aquella verga gruesa, venosa, con la cabeza morada ya brillando de precum. Se acercó, la agarró del pelo húmedo y le metió la polla hasta el fondo de la garganta sin aviso. Fiona gorgoteó, los ojos se le llenaron de lágrimas, pero chupó con devoción salvaje, babeando sin control, las tetas balanceándose pesadamente con cada embestida de caderas.

—Así, mamona. Chupa la verga que te va a romper el culo hoy también —gruñó él, follándole la cara con golpes cortos y profundos.

Desde el pasillo, Damon observaba sin respirar, la polla fuera, moviendo la mano con furia contenida. Ver a su esposa de veintinueve años completamente desnuda y sorprendida, tragando la polla de su jefe de cuarenta y cinco como una puta profesional, lo llenaba de una humillación tan dulce que casi se corre en ese mismo instante.

Gideon la levantó como si no pesara nada, la tiró boca arriba en la cama y le abrió las piernas hasta que las rodillas le tocaron los hombros. La penetró de un solo empujón brutal, enterrándose hasta los huevos en aquel coño empapado. Empezó a bombear con fuerza salvaje, haciendo que la cama crujiera y que las tetas de Fiona rebotaran violentamente. Le azotaba las nalgas cada pocas embestidas, le pellizcaba los pezones, le llamaba zorra, puta del empleado, hotwife insaciable. Fiona se corrió con un chillido agudo, el coño apretando la verga como un puño caliente, expulsando jugos que salpicaron el vientre de Gideon.

—No pares… rómpeme… quiero que me folles el culo también —suplicó ella entre jadeos, la voz rota de placer.

Gideon sonrió con crueldad satisfecha, sacó la polla chorreante y la colocó contra el ano fruncido. Escupió abundantemente y empujó, abriéndose paso centímetro a centímetro en aquel agujero virgen para ella en esta nueva entrega. Fiona gritó, las uñas clavadas en las sábanas, pero empujaba hacia atrás, pidiendo más. Cuando la tuvo completamente empalada, empezó a follarla con ritmo creciente, el sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo del ano resonando en la habitación.

—Esto es lo que querías, ¿verdad, puta? Que te sorprendiera desnuda y te sodomizara en tu propia cama mientras tu cornudo marido mira —gruñó.

Damon entró entonces, incapaz de seguir escondido. Se sentó en la butaca junto a la cama, pajeándose frenéticamente mientras veía cómo la verga gruesa de su jefe desaparecía una y otra vez en el culo abierto de Fiona. Ella lo miró con ojos vidriosos de éxtasis total.

—Lame mis tetas mientras me folla el culo, amor… quiero que sientas cómo me está marcando.

Damon obedeció, chupando un pezón hinchado mientras Gideon aceleraba, hasta que rugió y se corrió profundamente dentro del recto de Fiona. Cuando sacó la polla, un río blanco y espeso brotó del ano dilatado, corriendo por la raja y mezclándose con los jugos del coño. Fiona se corrió una vez más solo con la sensación de estar tan llena y tan usada.

La tarde se convirtió en una orgía interminable. Gideon la folló contra la pared del baño, la hizo cabalgarlo en el sofá mientras Damon le sujetaba las tetas desde atrás, la puso de rodillas para corrérsele en la cara y en las tetas, y volvió a tomarle el ano sobre la mesa de la cocina. Cada orgasmo de Fiona era más intenso, más ruidoso, más sucio. Su cuerpo quedó cubierto de marcas, semen y sudor. Su voz se volvió ronca de tanto gritar.

Cuando Gideon se marchó por fin, dejando la casa oliendo a sexo y depravación, Fiona se quedó tumbada en la cama revuelta, el ano y el coño abiertos, chorreando, temblando todavía. Miró a Damon con una mezcla de amor profundo y rendición absoluta.

Desde ese día supe que mi esposa ya no me pertenecía: era la puta personal y desnuda de mi jefe para siempre.

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