Paso Prohibido En La Fiesta De Disfraces

En la fiesta de disfraces, el hijastro Everett arrastra a su madrastra Gwen a un baño y la folla prohibidamente.

13 min read August 21, 2026New

La mansión de los Harrington brillaba aquella noche de Halloween como si el lujo mismo se hubiera disfrazado de pecaminoso. Candelabros de cristal proyectaban sombras rojizas sobre mármoles y terciopelos; la música electrónica latía baja, profunda, hecha para que los cuerpos se frotaran sin que nadie preguntara demasiado. Everett, de veintitrés años, llevaba un disfraz sencillo de vampiro moderno: camisa negra abierta hasta el pecho, colmillos postizos que apenas usaba, y una mirada que no era de fiesta. Llevaba media hora rondando el salón principal cuando la vio.

Gwen.

Su madrastra.

Cuarenta y dos años, curvas que el corset de terciopelo burdeos apretaba como una promesa, falda corta de encaje que se abría en tiras hasta mitad del muslo, medias de red y tacones que hacían que cada paso sonara a invitación. El disfraz de vampiresa le quedaba indecente: el escote dejaba ver la pesada redondez de sus tetas, marcadas por un rubor que no era solo del maquillaje pálido y la sangre falsa en el cuello. Llevaban conviviendo bajo el mismo techo desde que Everett tenía diecisiete. Su padre se había casado con ella y, de golpe, aquella mujer voluptuosa, de risa baja y olores a vainilla y piel caliente, se había convertido en “familia”. En algo intocable. En algo que Everett se corría pensando a escondidas desde hacía años, mordiendo la almohada para no gemir su nombre.

Ella lo vio también. Sus ojos oscuros se clavaron en él a través de la multitud disfrazada y, por un segundo, la máscara social se resquebrajó. Había tensión. Había historia. Habían compartido desayunos en silencio, tropiezos en el pasillo de madrugada, miradas demasiado largas cuando él salía de la ducha con la toalla baja. Sabían —los dos lo sabían— que follar sería una traición imperdonable. Al padre de Everett. Al resto de la familia. A todo lo que supuestamente eran.

Gwen se acercó con una copa de vino tinto en la mano. El movimiento de sus caderas era deliberado.

—No esperaba verte tan pronto —dijo ella, la voz ronca por encima de la música—. Creí que llegarías más tarde con tus amigos.

—Cambié de planes —respondió Everett, sin apartar la vista de su boca pintada de rojo oscuro—. Quería verte.

Ella sonrió apenas, peligrosa.

—Cuidado con lo que dices, cariño. Aquí hay oídos por todas partes.

Pero la pista estaba oscura, llena de cuerpos disfrazados que ya no distinguían rostros. La música bajó a un ritmo más lento, más sucio. Sin pensarlo del todo —o pensándolo demasiado—, Everett le ofreció la mano. Gwen la aceptó. Bailaron pegados desde el primer compás. El pecho de él contra las tetas de ella; el calor de su aliento en el cuello donde la sangre falsa se había secado. Everett sintió cómo se le endurecía la polla dentro de los pantalones negros casi al instante. No podía evitarlo. El olor de ella —vainilla, perfume caro y algo más animal debajo— le subía directo a la cabeza.

Gwen notó la erección. Claro que la notó. En lugar de apartarse, giró apenas el cuerpo y restregó el culo redondo, firmemente apresado por el encaje, contra la polla dura de su hijastro. Una vez. Lenta. Deliberada. Everett apretó los dientes y le clavó los dedos en la cadera.

—Gwen… —gruñó contra su oreja.

Ella lo hizo otra vez, más fuerte, moviendo las nalgas en un vaivén corto que le frotó el glande hinchado a través de la tela. El calor le subió por la espina. Años de contención se le atragantaron en la garganta. Miró alrededor: nadie prestaba atención real. Máscaras, risas, alcohol. El pasillo lateral que llevaba a los baños de invitados y a un estudio cerrado estaba en penumbra.

—Ven —dijo él, ya sin pedir permiso.

La agarró de la muñeca y la arrastró fuera de la pista. Gwen no se resistió. Sus tacones sonaron rápidos sobre el mármol mientras cruzaban el umbral hacia el corredor privado, lejos de las luces de neón naranja y púrpura. La puerta del estudio estaba entreabierta; Everett la empujó, metió a Gwen dentro y la cerró de un golpe, dejando solo la luz tenue de una lámpara de pie. El ruido de la fiesta quedó amortiguado. Solo quedaban sus respiraciones.

La acorraló contra la pared forrada de estantería. Su cuerpo grande —alto, joven, tenso de ganas reprimidas— cubría el de ella. Le sujetó la barbilla con dos dedos y la obligó a mirarlo.

—Llevo años queriendo metértela —susurró, crudo, sin adornos—. Desde que te vi en la cocina en camisón aquella primera Navidad. Me la jalo pensando en estas tetas, en este coño, en follarte como no debería ni imaginar. Cada puta noche que estás en la habitación de al lado con mi padre… me muero por entrarte hasta el fondo y oírte gritar mi nombre.

Gwen tragó saliva. Sus pezones se le habían marcado duros contra el corset. Las pupilas las tenía dilatadas, brillantes de un deseo que ya no disimulaba. Pasó la lengua por el labio inferior manchado de rojo.

—También te deseo —confesó, la voz rota y baja—. Estoy harta, Everett. Harta de reprimirme. De mirarte cuando sudas después de correr, de imaginar cómo me partirías en dos con esa polla que siento ahora mismo contra mi vientre. Sé lo que significa. Sé que es una traición. Que si tu padre… si alguien… Pero ya no puedo más. Quiero que me folles. Quiero cruzar este paso prohibido contigo. Ahora.

Él gruñó algo gutural y le aplastó la boca con la suya. El beso fue salvaje, de dientes y lengua, de años acumulados. Le mordió el labio inferior hasta sacarle un gemido. Sus manos bajaron al corset y le abrieron los broches delanteros de un tirón; las tetas pesadas de Gwen saltaron libres, pezones oscuros y duros. Everett se agachó y le chupó uno con hambre, lamiendo y mordisqueando mientras ella le enredaba los dedos en el pelo y arqueaba la espalda.

—Joder, qué ricas las tienes… —murmuró contra la carne—. Las he soñado empapadas de mi leche.

Gwen le abrió la cremallera con manos temblorosas. La polla de Everett saltó gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Ella la rodeó con los dedos y la apretó, midiendo el grosor, subiendo y bajando la piel.

—Tan dura… y todo por tu madrastra —susurró ella, lasciva—. Métela. No aquí del todo todavía… pero tócame. Hazme sentir lo que vamos a hacer.

Everett le subió la falda de encaje hasta la cintura. Debajo solo llevaba un tanga negro minúsculo, ya húmedo en la entrepierna. Se lo apartó de un lado con dos dedos y le encontró el coño afeitado, hinchado, resbaladizo de ganas. Le metió un dedo de golpe, luego otro, curvándolos contra ese punto que la hizo jadear y abrir más las piernas.

—Estás empapada, Gwen. Empapada para tu hijastro.

—Cállate y fótame más profundo con los dedos… así… joder, Everett…

La frotó sin piedad, el pulgar en el clítoris hinchado, los dedos entrando y saliendo con el sonido húmedo y obsceno que llenaba el estudio silencioso. Gwen se corrió rápido, temblando contra la pared, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar. El orgasmo la dejó blandita y con los ojos vidriosos, pero lejos de satisfecha. Everett se lamió los dedos enfrente de ella, saboreándola.

—Esto es solo el principio —dijo él, la voz ronca de promesa—. Voy a follarte en ese baño de invitados. Te voy a poner contra el lavabo y te voy a abrir hasta que no puedas caminar derecho cuando volvamos a la fiesta. Y mañana, en casa, cuando mi padre esté en la oficina… te la voy a volver a meter.

Gwen lo miró, todavía jadeando, el corset abierto, las tetas al aire, el tanga torcido y el coño brillante de su propio jugo. Asintió una sola vez, decidida, encendida.

—Entonces llévame ya. Antes de que se me acabe el valor… o de que alguien nos busque.

Everett le cerró el corset a medias, lo justo para que no se notara del todo el desastre, y le agarró de nuevo la muñeca. El pasillo seguía vacío. Al fondo, la puerta del baño de invitados esperaba, semioculta detrás de una cortina pesada. El corazón le latía en la polla. Sabían lo que venían a hacer. Sabían el precio. Y aun así, los dos cruzaron el umbral de ese corredor como quien cruza una línea que ya no tiene vuelta atrás, la fiesta rugiendo lejos, el secreto ardiéndoles entre las piernas y la certeza sucia de que, en cuanto esa puerta se cerrara detrás de ellos, no habría marcha atrás posible.

Entraron al baño de invitados y Everett cerró la puerta de un golpe seco, girando la llave hasta oír el clic metálico que los aislaba del resto del mundo. El espacio era lujoso: mármol blanco veteado de gris, lavabo doble con grifos dorados, espejos amplios que multiplicaban la luz tenue de las apliques y un inodoro discreto al fondo, todo envuelto en un silencio espeso apenas roto por el latido lejano de la música. El aire olía a jabón caro y a la humedad contenida de las toallas bordadas. Gwen se quedó de pie en el centro, el corset a medias abierto, las tetas pesadas aún marcadas por la saliva de él, la falda de encaje torcida y el tanga empapado pegado al coño hinchado. Everett la miró con la polla ya fuera, gruesa, venosa, el glande brillante de precum, y el pecho le subía y bajaba con una urgencia que llevaba años acumulando.

—Arrodíllate —ordenó, la voz baja y ronca.

Gwen no dudó. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra gruesa, las medias de red rozando el suelo, y miró hacia arriba con esos ojos oscuros llenos de hambre. Agarró la verga de su hijastro con ambas manos, sintiendo el calor y el pulso bajo la piel tensa, y pasó la lengua por toda la longitud, saboreando la salinidad. Luego abrió la boca y se la tragó de un golpe, empujando hasta que el glande le rozó la garganta y las lágrimas le asomaron en los ojos. Everett gruñó y le clavó los dedos en el pelo, empujando más profundo mientras ella succionaba con ansia, las mejillas hundidas, la saliva escurriéndole por la barbilla y goteando sobre sus tetas expuestas. El sonido húmedo y obsceno llenaba el baño: gorgoteos, resuellos, el chasquido de sus labios alrededor del tronco grueso. Gwen se atragantó un poco pero no se apartó; al contrario, se obligó a bajar más, tragándosela hasta la raíz, la nariz aplastada contra el vello púbico de él, la garganta contrayéndose alrededor de la polla como si quisiera ordeñarla. Everett sintió el calor húmedo, el apretón perfecto, y pensó en todas las noches que se había corrido a solas imaginando exactamente esto: su madrastra de rodillas, chupándosela como una puta, traicionando todo lo que se supone que debían ser.

—Joder, Gwen… así, trágatela entera —jadeó él, moviendo las caderas en embestidas cortas que la hacían llorar de placer y asfixia dulce—. Llevo años soñando con tu boca. Chúpame más fuerte. Usa la lengua.

Ella obedeció, lamblando la vena gruesa en la base cada vez que retrocedía, luego volviendo a engullirlo hasta el fondo. Su mano libre le acariciaba los huevos tensos, apretándolos con suavidad, mientras la otra se deslizaba entre sus propias piernas para frotarse el clítoris hinchado a través del tanga. El sabor de él la embriagaba: amargo, masculino, prohibido. Cada embestida en su garganta le recordaba lo fácil que sería que alguien llamara a la puerta, que el padre de Everett preguntara por ellos. Esa posibilidad solo la empapaba más. Everett tiró de su pelo para sacársela de la boca con un hilo de saliva conectándolos, la polla roja y palpitante a punto de estallar.

—Basta. Si sigues así me corro en tu boca y quiero llenarte el coño primero.

La levantó de un tirón y la giró contra el lavabo de mármol. Gwen apoyó las manos en el borde frío, arqueando la espalda, y Everett le subió la falda hasta la cintura, le bajó el tanga hasta los muslos y le abrió las nalgas con ambas manos. El coño de ella brillaba, abierto, chorreando jugos que le bajaban por el interior de los muslos. Sin aviso la empaló de un solo embestida brutal, la verga gruesa abriéndola de golpe hasta el fondo. Gwen soltó un grito ahogado que él sofocó al instante tapándole la boca con la mano grande y caliente.

—Shhh… no grites o nos oyen —susurró contra su oreja, follándola con fuerza desde el primer segundo, las caderas chocando contra su culo con un sonido húmedo y carnal—. Toma toda la polla de tu hijastro. Ábrete para mí.

La embestía sin piedad, perrito contra el lavabo, cada embestida profunda sacudiéndole las tetas que colgaban libres y rebotaban contra el mármol. El agua del grifo goteaba despacio, irrelevante. Everett le apretaba la boca con fuerza, los dedos hundidos en sus mejillas, mientras la otra mano le agarraba la cadera para tirar de ella hacia atrás y enterrarse más hondo. El coño de Gwen se contraía alrededor de él, caliente, resbaladizo, chupándole la verga como si no quisiera soltarla. Ella gemía contra su palma, los ojos entrecerrados mirando su propio reflejo en el espejo: la vampiresa deshecha, follada por el joven vampiro que no debía tocarla. El placer le subía en oleadas; cada embestida le rozaba ese punto interno que la hacía ver estrellas. Everett pensaba en lo apretada que estaba, en cómo su padre se la follaba quizá con más suavidad, en cómo ahora él la estaba destrozando a conciencia, y eso solo lo endurecía más.

—Te sientes tan bien… tan puta y mojada solo para mí —gruñó, acelerando el ritmo hasta que el lavabo crujía—. Voy a correrme dentro. Te voy a dejar llena de mi leche y vas a volver a la fiesta con el coño goteando.

Gwen asintió frenéticamente contra su mano, el orgasmo construyéndose otra vez. Pero él se detuvo de golpe, salió de ella con un sonido obsceno y la giró. La llevó hasta el inodoro, se sentó en la tapa cerrada con la polla erecta apuntando al techo, y la hizo montarlo a horcajadas. Gwen abrió las piernas a ambos lados de sus muslos, se alineó y se dejó caer, engullendo la verga gruesa de nuevo hasta sentársela en el útero. Soltó un gemido largo y roto.

—Cabrón… qué gruesa la tienes… me partes en dos —jadeó ella, empezando a cabalgarlo salvajemente, subiendo y bajando con las manos apoyadas en sus hombros, las tetas rebotándole en la cara.

Everett le agarró las nalgas y la ayudó a subir y bajar con más fuerza, embistiéndola desde abajo al mismo tiempo. El sonido de piel contra piel, de jugos chapoteando, llenaba el baño cerrado. Gwen se movía como poseída, el culo golpeando sus muslos, el clítoris frotándose contra la base de la polla en cada bajada. Él le chupó un pezón, mordisqueándolo, mientras ella le tiraba del pelo y gemía su nombre en susurros rotos.

—Everett… joder, Everett… me corro… me voy a correr en la polla de mi hijastro…

—Córrete. Möjate toda. Quiero sentir cómo me aprietas —ordenó él, dándole una nalgada fuerte que resonó.

Ella se derrumbó primero: el orgasmo la sacudió entera, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la verga, los jugos chorreándole por los huevos a él mientras temblaba y mordía su hombro para no gritar. Everett no aguantó más. Con un gruñido animal la clavó hasta el fondo y se corrió con intensidad, bombeando chorros espesos y calientes de semen directo en su interior, llenándola a rebosar. Las contracciones de ella lo ordeñaban, sacándole hasta la última gota. Se quedaron así, unidos, jadeando, el sudor mezclándose, el olor a sexo fresco impregnando el aire acondicionado del baño. Everett sintió cómo su leche le salía a ella por los lados, resbalando por sus muslos.

Se separaron con lentitud. Gwen se levantó temblando, el semen caliente escurriéndole por la entrepierna. Se limpiaron rápido con las toallas suaves: él se pasó una por la polla aún sensible, ella se enjuagó entre las piernas con agua tibia y se subió el tanga, aunque ya estaba arruinado. Le cerró el corset lo mejor que pudo, se arregló el pelo y se miraron en el espejo. Las mejillas de ambos ardían rojas, los labios hinchados, los ojos brillantes de lo que acababan de hacer.

—Sal tú primero —susurró Everett—. Yo espero un minuto.

Gwen asintió, le dio un último beso sucio y salió al pasillo con pasos inestables. Everett la siguió minutos después. Regresaron por separado a la fiesta. El salón seguía lleno de cuerpos disfrazados, risas y música, nadie parecía haber notado su ausencia. Gwen se reincorporó a un grupo cerca de la barra, copa en mano, las mejillas aún sonrojadas y una sonrisa pequeña, cómplice, jugándole en los labios cada vez que su mirada se cruzaba con la de él a través de la multitud. Everett se quedó en un rincón con una cerveza, la polla aún sensible dentro de los pantalones, saboreando el recuerdo de su coño apretado. Durante el resto de la noche se lanzaron miradas cargadas de promesa: un roce de ojos cuando ella bailaba, una media sonrisa cuando él pasaba cerca, el conocimiento sucio de que su interior todavía estaba lleno de él. Sabían que esto no terminaba aquí. Que en casa, cada vez que el padre de Everett saliera de viaje o se quedara hasta tarde en la oficina, el pasillo entre sus habitaciones se convertiría en un corredor de pecados. Que la traición apenas empezaba.

Cuando la fiesta empezó a apagarse y los invitados se despedían, Everett se acercó a ella un segundo, lo bastante cerca para que solo ella oyera, la mano rozándole la espalda baja como si nada.

—¿Mañana por la mañana, cuando se vaya a trabajar… me dejas entrarte otra vez en vuestra cama?

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