Una Noche en el Ferry: Su Pasaporte para Follarla

Mi esposa Laura, de 29 años abogada, se deja follar duro por el marinero Marco de 35 mientras yo miro y participo en el ferry nocturno.

13 min read September 15, 2026New

La brisa del Mediterráneo azotaba la cubierta del ferry con un olor salado y fresco que se mezclaba con el perfume caro de Laura. Yo soy Carlos, ingeniero de 32 años especializado en estructuras offshore, y ella es mi esposa Laura, una abogada de 29 años que defiende casos millonarios en uno de los bufetes más duros de Madrid. Su cuerpo de curvas generosas, con tetas firmes que siempre marcaban la blusa y un culo redondo que pedía ser agarrado, estaba envuelto en un vestido negro corto que la brisa levantaba de vez en cuando, dejando ver el encaje de sus bragas. Habíamos embarcado en Barcelona esa misma tarde rumbo a Palma para unas vacaciones que ambos necesitábamos con urgencia. El matrimonio iba bien, el sexo seguía siendo caliente, pero yo cargaba desde hacía meses con una fantasía que me consumía: verla convertida en hotwife, follada por otro hombre mientras yo miraba y participaba.

No imaginaba que la oportunidad llegaría tan pronto.

Estábamos apoyados en la barandilla cuando Marco se acercó. Era un marinero italiano de 35 años, alto, de hombros anchos y brazos marcados por años de trabajo en cubierta. El uniforme blanco se le pegaba al pecho y la barba de tres días le daba un aspecto peligroso y atractivo. Sus ojos negros se clavaron directamente en el escote de Laura y no disimuló.

—Buonasera… perdón, buenas noches. Un ferry como este se vuelve mucho más interesante cuando hay una mujer tan espectacular a bordo —dijo con voz grave y acento marcado, extendiendo la mano hacia ella.

Laura rio, halagada, y le devolvió el saludo. La conversación fluyó rápido. Marco era directo, casi grosero en su forma de piropearla. Le dijo que tenía “labios de mamada profesional”, que sus piernas parecían hechas para rodear una cintura y que su marido debía de sentirse el hombre más afortunado del mundo. Cada frase hacía que el pulso se me acelerara. Sentí cómo mi polla empezaba a hincharse dentro del pantalón. Miré a Laura: tenía las mejillas sonrosadas, los pezones se le marcaban claramente bajo la tela fina y apretaba los muslos uno contra el otro.

Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura y le susurré al oído, rozando con los labios su lóbulo:

—Laura, cariño… estoy empalmadísimo. Si quieres dejarte llevar con él, tienes mi permiso total. Quiero verte. Quiero que te folle. Soy tu marido y te estoy diciendo que sí.

Ella giró la cara, me miró a los ojos y vi el deseo crudo brillando en sus pupilas dilatadas. Tragó saliva, respiró hondo y asintió apenas. Marco, que no era tonto, captó el gesto. Sonrió de lado, como un depredador que acaba de oler sangre.

La tensión ya era insoportable cuando bajamos al bar interior. La música era lenta, luces tenues, pocas parejas bailando. Marco no pidió permiso. Tomó a Laura por la mano y la pegó a su cuerpo. Empezaron a moverse. Al principio fue casi decente, pero pronto ella se dejó llevar. Rozaba sus tetas contra el pecho duro de él, giraba y empujaba su culo contra la entrepierna del marinero. Podía ver claramente el bulto grueso de la polla de Marco presionando contra la tela. Laura me buscaba con la mirada cada pocos segundos. Yo, sentado en un taburete cercano con una copa intacta en la mano, asentía lentamente, con la polla tan dura que me dolía. Ella sonrió con picardía y, sin dejar de mirarme, pasó una mano por detrás y apretó el paquete de Marco por encima del pantalón.

El italiano gruñó bajito y le mordió el cuello. Luego se acercó a mí, sin soltarla.

—Tu mujer está mojada, lo huelo desde aquí. Tengo un camarote privado en la zona de tripulación. Nadie nos molestará. ¿Quieres que nos la follemos los dos?

Laura se pegó a mi costado, temblando. Su voz salió ronca, directa, sin vergüenza:

—Carlos… quiero que me folle. Quiero su polla dentro. Y te quiero a ti allí, mirando, tocándome, metiéndomela en la boca mientras él me abre. ¿Estás seguro?

—Completamente seguro —respondí, agarrándole el culo con fuerza delante de Marco—. Consensuado, claro y sin límites esta noche. Vamos.

Los tres caminamos por los pasillos estrechos del ferry con la sangre hirviendo. Nadie hablaba. Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el rumor lejano de los motores. Marco abrió una puerta metálica y entramos en un camarote pequeño pero limpio: una cama amplia, una mesita y una luz tenue que dejaba casi todo en penumbra. Cerró con llave.

—Aquí nadie nos oirá —dijo, quitándose ya la camisa y dejando al descubierto un torso musculoso y tatuado.

Laura me miró una última vez. Yo me senté en la única silla, abrí las piernas y saqué mi polla dura, empezando a masturbarme despacio.

—Hazlo, mi amor. Sé su zorra esta noche.

Marco no esperó más. La atrajo de un tirón y la besó con brutalidad. Sus bocas se devoraban, lenguas lamiéndose con hambre mientras él le bajaba los tirantes del vestido. Yo me levanté, me puse detrás de ella y terminé de desnudarla. El vestido cayó al suelo. Sus tetas grandes y pesadas quedaron libres, pezones rosados y duros como piedras. Le bajé las bragas empapadas y metí dos dedos en su coño sin avisar. Estaba chorreando.

—Joder, Laura… estás empapada —gruñí.

Ella se arrodilló delante de Marco. El marinero se bajó los pantalones y liberó una polla gruesa, venosa, con una cabeza grande y morada que brillaba de precum. Laura la miró con deseo animal, luego giró la cabeza hacia mí y, sin apartar la mirada de mis ojos, abrió la boca y se la metió hasta la garganta. Empezó a chupar con ganas, haciendo ruidos obscenos, saliva cayéndole por la barbilla mientras Marco le agarraba el pelo y empujaba sus caderas.

—Así, guarra… chúpame la polla mientras tu marido se pajea —gruñó Marco.

Yo me acerqué más, acariciándole las tetas, pellizcándole los pezones. Laura gemía alrededor de esa polla gruesa, mirándome con lágrimas de esfuerzo en los ojos pero con una excitación que nunca le había visto.

Marco la levantó como si no pesara nada, la tiró sobre la cama y la puso a cuatro patas. Escupió en su mano, frotó la cabeza de su polla contra el coño hinchado de mi mujer y la metió de un solo golpe hasta los huevos. Laura soltó un grito ahogado de puro placer.

—¡Dios! ¡Qué gruesa! ¡Me estás llenando!

Empezó a follarla con fuerza, golpeando su pelvis contra ese culo perfecto. El sonido de carne contra carne llenaba el camarote. Marco le daba cachetadas fuertes en las nalgas mientras la llamaba exactamente como yo quería oír:

—Eres una zorra caliente de tu marido, ¿verdad? Te encanta que un desconocido te abra el coño mientras él mira. Dilo.

—Sí… soy su zorra… fóllame más fuerte —suplicó Laura entre gemidos.

Marco alternaba: sacaba su polla brillante de jugos y la clavaba sin piedad en el culo de Laura. Ella se corrió la primera vez así, temblando, apretando las sábanas, gritando mi nombre y el de él al mismo tiempo. Yo no aguanté más. Me subí a la cama, le agarré la cabeza y le metí mi polla en la boca mientras Marco seguía reventándole el culo. Laura se convirtió en un agujero perfecto para los dos: penetrada por detrás con brutalidad y ahogada por mi polla por delante.

El ritmo se volvió salvaje. Marco gruñía como un animal. Yo sentía sus bolas golpeando contra las de él a través del cuerpo de mi mujer. Finalmente, Marco rugió y se corrió profundamente dentro del coño de Laura, llenándola de leche caliente. Yo saqué mi polla de su boca justo a tiempo para correrme en su cara y sus tetas, disparos gruesos que le pintaron los labios, las mejillas y los pezones. Laura tuvo un segundo orgasmo violento, apretando el culo alrededor de la polla de Marco mientras mi semen le goteaba de la barbilla.

Los tres nos derrumbamos sobre la cama, respirando como si hubiéramos corrido un maratón. El camarote olía a sexo, sudor y semen. El semen de Marco empezaba a salir del coño abierto de Laura y le bajaba por los muslos mezclándose con el sudor. Yo la miré: despeinada, marcada, con la cara y las tetas cubiertas de mi corrida. Nunca la había visto más hermosa.

Laura se giró hacia mí, todavía jadeando, y me besó profundamente. Su lengua sabía a mi semen y al de Marco. Me miró a los ojos con una ternura salvaje y susurró:

—Gracias, Carlos… gracias por darme permiso para vivir esto. Ha sido mucho más intenso de lo que imaginaba.

Marco se levantó, se vistió con calma y nos dedicó una sonrisa satisfecha. Tomó la mano de Laura, todavía temblorosa, y le besó los nudillos con una galantería sorprendente después de lo que acababa de hacerle.

—Ha sido un verdadero placer, bellissima. Si el viaje continúa… ya sabéis dónde encontrarme.

Se marchó cerrando la puerta con suavidad. Laura y yo nos quedamos abrazados en la cama del camarote ajeno durante unos minutos, recuperando el aliento. Su piel aún ardía. El semen seguía escapando de su coño y de su culo, manchando las sábanas. La abracé con fuerza, besándole el pelo, pero mi mente ya no estaba tranquila. Mi polla, a pesar de haber descargado, empezaba a dar señales de vida otra vez al sentir el calor de su cuerpo pegajoso contra el mío.

Nos vestimos a medias, Laura sin bragas porque estaban empapadas e inservibles. Salimos al pasillo y caminamos abrazados hacia nuestro propio camarote en la cubierta inferior. Su cabeza descansaba en mi hombro, su mano en mi cintura. Pero mientras avanzábamos por el pasillo estrecho del ferry, noté cómo ella apretaba los muslos, cómo su respiración aún no se había calmado del todo. Levantó la cara, me miró con esos ojos oscuros todavía cargados de lujuria y murmuró contra mi cuello:

—Carlos… todavía me late el coño. Y el culo. No sé si con una vez voy a tener suficiente esta noche…

El ferry seguía navegando hacia Palma en la oscuridad, y yo sentí que la tensión no había hecho más que empezar. El resto de la travesía aún era largo, y la mirada que me dedicó Laura al abrir la puerta de nuestro camarote me dijo que esta fantasía acababa de abrir una puerta que ninguno de los dos quería cerrar todavía.

La puerta de nuestro camarote se cerró con un golpe seco y el rumor lejano de los motores del ferry se convirtió en un latido constante bajo nuestros pies. Laura, mi esposa de veintinueve años, abogada de casos millonarios en el bufete más agresivo de Madrid, se quedó apoyada contra la madera, respirando agitada. El vestido negro apenas le cubría los muslos; sin bragas, el semen de Marco le bajaba en hilos lentos y espesos por el interior de las piernas, brillando bajo la luz amarilla de la lámpara. Sus tetas aún llevaban las marcas rojizas de las manos del marinero y su cara conservaba restos secos de mi corrida en la mejilla y el labio inferior.

No hizo falta hablar. Me abalancé sobre ella, devorándole la boca mientras mis dedos se hundían directamente en su coño hinchado y resbaladizo. Estaba ardiendo, abierto, lleno de la leche espesa del italiano. Laura gimió contra mis labios y me mordió el inferior con fuerza.

—Carlos… todavía lo siento dentro —jadeó—. Me late el culo y el coño como si Marco siguiera follándome. No sé si una vez va a alcanzarme esta noche.

Mi polla saltó dentro del pantalón. La giré, la empujé contra la pequeña mesa y le subí el vestido hasta la cintura. Escupí en mi mano, froté la cabeza de mi verga contra su entrada empapada y la metí de golpe hasta el fondo. El sonido fue obsceno, húmedo, como si estuviera follándome un coño que ya había sido bien reventado. Laura gritó de placer y empujó el culo hacia atrás, pidiendo más.

—Cuéntamelo todo mientras te follo —gruñí, agarrándola del pelo.

—Su polla es más gruesa que la tuya… me abrió el culo sin piedad. Me llamó zorra de marido, me dijo que estaba hecha para que me usaran delante de ti… y yo me corrí como una puta barata.

Cada frase me ponía más salvaje. La follaba con golpes secos, sintiendo cómo los restos de semen de Marco servían de lubricante y salían expulsados con cada embestida. Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó con la misma hambre con la que había mamado al marinero. Su segundo orgasmo llegó rápido: las piernas le temblaron, el coño se contrajo violentamente alrededor de mi polla y soltó un gemido largo, gutural, que se mezcló con el rumor de las olas contra el casco.

Pero no fue suficiente. Cuando salí de ella, Laura se dio la vuelta, se arrodilló y me limpió la polla con la lengua, mirándome desde abajo con los ojos todavía llenos de fuego.

—Quiero más —dijo con voz rota—. Quiero que vuelva. Quiero que los dos me folléis al mismo tiempo, sin piedad. Quiero sentirme completamente llena, usada, vuestra zorra hasta que no pueda caminar mañana.

La imagen me golpeó como un relámpago. Asentí. Nos vestimos lo justo —yo con una camiseta y pantalones cortos, ella con el mismo vestido negro sin nada debajo— y salimos al pasillo estrecho. El ferry se movía con suavidad en la noche mediterránea. Caminamos abrazados, su mano apretando mi culo, mi semen y el de Marco mezclándose y bajando por sus muslos con cada paso. El riesgo de que alguien nos viera así, marcados por el sexo, hacía que mi polla estuviera como hierro.

Encontramos a Marco en la cubierta de popa, fumando un cigarrillo junto a la barandilla. Cuando nos vio, sonrió con esa arrogancia italiana que ya conocía. Laura no disimuló. Se acercó directamente, le metió la mano en la entrepierna delante de mí y le susurró algo al oído. El marinero de treinta y cinco años miró hacia donde yo estaba, levantó una ceja y asintió.

—Vuestra habitación esta vez —dijo simplemente.

Volvimos los tres en silencio, la tensión sexual tan densa que casi se podía morder. En cuanto la puerta del camarote se cerró, todo estalló de nuevo. Marco se quitó la camisa de uniforme, dejando ver los tatuajes que cubrían sus pectorales duros. Laura se arrodilló entre los dos sin que nadie se lo pidiera. Sacó nuestras pollas al mismo tiempo y empezó a mamarnos alternando, lamiendo desde las bolas hasta la punta, tragándose la de Marco hasta que le lloraban los ojos y luego haciendo lo mismo con la mía. Los ruidos eran asquerosamente hermosos: arcadas, saliva cayendo en hilos gruesos sobre sus tetas, gemidos ahogados.

—Mirad cómo se traga las dos pollas tu mujercita abogada —gruñó Marco, agarrándola del pelo con fuerza pero sin hacerle daño. Ella gemía afirmando, con la boca llena.

La levantamos entre los dos y la tiramos sobre la cama. Yo me acosté debajo, empalándola en mi polla de un solo golpe. Laura soltó un grito de alivio y empezó a cabalgarme con furia, sus tetas rebotando delante de mi cara. Marco escupió en su mano, frotó la cabeza gorda de su verga contra el ano ya usado de mi mujer y empujó. Sentí claramente cómo entraba, la presión doble haciendo que el coño de Laura se apretara brutalmente alrededor de mí. Estábamos los dos dentro de ella al mismo tiempo, separados solo por una fina pared de carne caliente.

—Joder… me estáis rompiendo… —sollozó Laura de puro placer, la cara desencajada, los ojos en blanco.

Empezamos a follarla coordinados. Cuando yo salía, Marco entraba; cuando él retrocedía, yo la empalaba. El camarote se llenó de sonidos húmedos, carne golpeando carne, el chapoteo de sus jugos y el semen anterior. Le pellizqué los pezones con saña mientras Marco le daba cachetadas fuertes en el culo. Ella se corrió por tercera vez, tan fuerte que pensé que iba a desmayarse: el cuerpo se le puso rígido, el coño y el culo apretaron como tornillos y soltó un grito ronco que seguro se oyó en el pasillo.

No paramos. La cambiamos de postura. La pusimos a cuatro patas, yo delante follándole la boca con fuerza, sujetándole la cabeza, mientras Marco la reventaba por detrás alternando coño y culo sin avisar. Le salían lágrimas de esfuerzo y placer, pero cada vez que sacábamos la polla para que respirara, ella suplicaba:

—Más… no paréis… usadme… soy vuestra puta esta noche.

Sentí que llegaba mi límite. Marco también. Aceleramos, convirtiendo el doble empalamiento en algo salvaje y animal. El italiano rugió primero, clavándose hasta el fondo en el culo de Laura y descargando chorros calientes y espesos dentro de ella. Eso detonó mi propio orgasmo. Saqué la polla de su boca y le pinté la cara, los labios, la lengua y las tetas con gruesos disparos blancos que le resbalaban por la barbilla y caían sobre sus pezones.

Laura tuvo un último orgasmo brutal, temblando como si le dieran corriente, apretando el culo alrededor de la polla todavía enterrada de Marco y ordeñándome las últimas gotas con la mano. Luego se derrumbó sobre la cama, hecha un desastre hermoso: el pelo pegado a la cara, semen en las mejillas, en el pelo, goteando de su coño abierto y de su ano dilatado, las sábanas empapadas debajo de ella.

Marco se levantó, se vistió con calma y nos dedicó una última sonrisa satisfecha. Besó a Laura en la frente con una delicadeza sorprendente después de haberla tratado como a una zorra y salió del camarote sin decir nada más. La puerta se cerró con suavidad.

Nos quedamos solos.

Laura se arrastró hasta mí, pegando su cuerpo pegajoso y caliente contra el mío. Yo la abracé con fuerza, sintiendo cómo su corazón latía desbocado contra mi pecho. El semen de los dos seguía saliendo de ella, manchándome el muslo, pero ninguno de los dos se movió para limpiarse. El ferry seguía su rumbo hacia Palma, el leve balanceo nos mecía como una cuna. Las luces del camarote seguían tenues. Ninguno habló. No hacía falta. Solo se escuchaba nuestra respiración, que poco a poco se fue calmando, haciéndose más profunda, más lenta. El rumor constante de los motores y el mar al otro lado del casco se convirtió en el único sonido del mundo.

Y entonces llegó el silencio.

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