Layover con el entrenador de su esposa
Durante una escala nocturna, la esposa de Andre se folla a su entrenador en la sala VIP.
El aeropuerto olía a café quemado y a alfombra húmeda de la madrugada cuando Paulina arrastró la maleta de cabina hasta la sala VIP. La escala era de casi siete horas; el vuelo a destiempo le había dejado el cuerpo tenso y la mente demasiado despierta. Tenía veintiocho años, el pelo suelto sobre los hombros y un vestido negro que le llegaba a media muslo, elegido esa mañana sin pensar demasiado… o tal vez sí. Andre, su marido, le había besado la frente en el control de seguridad y le había susurrado, con esa media sonrisa cómplice: «Si lo ves, no te contengas. Quiero oírlo todo después».
Lo vio antes de que ella lo viera a él.
Kofi estaba apoyado en la barra, vaso de agua con limón entre los dedos gruesos, camiseta negra ajustada que marcaba cada línea del pecho y de los hombros. El entrenador personal de Andre. El mismo que tres veces por semana le hacía sudar a su marido en el gimnasio del edificio y que, sin querer, ocupaba demasiadas de las fantasías nocturnas de Paulina. Seis años de matrimonio y, de un tiempo a esta parte, Andre la había empujado —con cariño, con excitación, con total claridad— a explorar ese lado hotwife que ella misma apenas se atrevía a nombrar en voz alta.
Paulina se acercó. El corazón le golpeaba la garganta.
—¿Kofi? —su voz salió más baja de lo que pretendía—. Qué coincidencia…
Él se giró. La miró de arriba abajo sin disimulo, esa mirada de hombre que mide fuerza y hambre al mismo tiempo. Sonrió, y la sonrisa le iluminó la mandíbula marcada.
—Paulina. Andre me dijo que podías estar por aquí. Escala larga, ¿verdad?
Pidieron vino. Tinto, barato de aeropuerto, pero suficiente. Se sentaron en un sofá junto al ventanal oscuro, lejos del puñado de viajeros somnolientos que ocupaban las mesas del fondo. La sala VIP estaba casi vacía; el personal de limpieza pasaba de vez en cuando con el carro, indiferente.
A la segunda copa, las palabras se le escaparon.
—Andre… me ha animado a esto —dijo, mirando el líquido oscuro en la copa—. A explorar. A ser hotwife. No es un capricho de una noche. Lleva meses hablándome de ello, de cómo le pone imaginarse que otro me toca, que me follo a alguien que él elige o aprueba. Y yo… —tragó saliva, sintiendo el calor subirle por el cuello—. Yo siempre he fantaseado con tu cuerpo. Con cómo se te marcan los brazos cuando levantas peso. Con esa maldita camiseta pegada a la piel. Me corría pensando en ti mientras él me follaba. Se lo confesé. Y en vez de enfadarse… se puso duro como una piedra.
Kofi no apartó la vista. Dejó la copa sobre la mesita baja. Su rodilla rozó la de ella bajo la mesa.
—Sé lo que quieres decir —respondió con voz grave, calmada, pero cargada—. Andre me escribió anoche. Un mensaje largo. Claro. Explícito. Me dio permiso. Me dijo exactamente lo que le gustaría que te hiciera si nos cruzábamos. Que te follara bien. Que te dejara temblando. Que te corriera dentro si tú lo pedías. Que después le contara cada detalle. —Hizo una pausa, y sus ojos bajaron un segundo a la boca de ella—. Yo llevo meses conteniéndome en el gym cuando pasabas a recogerlo. Mirándote el culo en esos leggins. Imagínandome cómo sonarías gimiendo mi nombre.
La tensión se espesó entre ellos como humo. Paulina sintió el calor concentrarse entre las piernas, la tela de las bragas ya incómodamente húmeda. El vino le aflojó la lengua y el miedo.
—Joder, Kofi… —susurró—. Estoy mojada solo de oírte decir eso.
Él se levantó sin prisa. Le ofreció la mano. Ella la tomó. Sus dedos eran grandes, callosos, calientes. La guió por el pasillo lateral de la sala VIP, hacia el rincón más oscuro, donde las butacas altas y una mampara de madera formaban un hueco casi privado, apenas iluminado por el resplandor lejano de las pantallas de vuelos. Nadie los seguía con la mirada. El murmullo lejano de anuncios por megafonía sonaba como algo de otro mundo.
En cuanto doblaron la esquina, Kofi la empujó suavemente contra el panel. No hubo violencia; hubo hambre. Su boca bajó sobre la de ella con una urgencia que le robó el aire. La besó profundo, lengua caliente, dientes rozándole el labio inferior. Paulina gimió dentro del beso, las manos subiendo por la espalda dura de él, agarrando la tela de la camiseta. El pecho de Kofi era una pared de músculo; ella lo sintió contra sus pechos, duros ya, pezones rozando el vestido.
Sus manos —esas manos grandes de entrenador— bajaron por su cintura y luego subieron por fuera de los muslos, levantando el dobladillo del vestido centímetro a centímetro. Los dedos le rozaron la piel desnuda, subiendo, subiendo, hasta encontrar el borde de las bragas de encaje.
—Llevo semanas deseando follarte —le susurró contra la boca, la voz ronca, el aliento caliente en su mejilla—. Deseando abrirte las piernas y enterrarme hasta el fondo. Andre me dijo que te gusta bruto a ratos. Que te gusta que te hablen sucio. Que te corres más cuando sabes que él lo va a saber todo.
Paulina arqueó la espalda, empujando la cadera hacia adelante. Los dedos de Kofi ya estaban dentro de la tela, rozando los labios hinchados, encontrando la humedad que le empapaba.
—No pares —jadeó ella, la voz quebrada—. Por favor, no pares. Estoy empapada. Estoy empapada solo de imaginarlo… de imaginar cómo te corres dentro de mí. Cómo me dejas llena. Cómo se me escurre luego por los muslos mientras voy al avión. Joder, Kofi, toca… toca más.
Él gruñó bajo, un sonido animal contenido. Dos dedos se deslizaron entre sus pliegues, fáciles, resbaladizos, y entraron en ella con una lentitud deliberada que la hizo morderse el labio para no gritar. El pulgar encontró el clítoris y lo frotó en círculos cortos, precisos, mientras los dedos se curvaban buscando ese punto que le hacía temblar las rodillas.
—Así de mojada… —murmuró él, besándole el cuello, mordiéndole suavemente la piel justo debajo de la oreja—. Andre va a enloquecer cuando le cuente cómo te chorreabas en mis dedos en medio de un aeropuerto. Cómo me pedías que te follara aquí mismo. ¿Quieres que te folle, Paulina? ¿Quieres mi polla gruesa abriéndote mientras alguien puede pasar a dos metros?
Ella asintió, la frente apoyada en su hombro, las caderas moviéndose contra su mano. El vestido estaba subido hasta la cintura. Kofi le bajó un poco las bragas, lo justo para tener acceso total, y el aire fresco de la sala le rozó la piel expuesta. El contraste la hizo estremecer. Podía olerse a sí misma, el aroma espeso de su excitación mezclado con el aftershave limpio de él.
—Quiero… —dijo ella, la voz temblorosa de deseo—. Quiero que me jodas. Quiero sentir cómo te pones duro contra mí. Quiero que me digas lo que Andre te escribió. Todo.
Kofi sacó los dedos, los llevó a la boca de ella y le hizo chuparlos. El sabor de su propio coño la mareó de excitación. Luego bajó la cremallera del pantalón con una mano; el otro brazo la mantenía pegada a la pared. Paulina miró hacia abajo. La polla de Kofi era gruesa, pesada, ya completamente dura, la cabeza brillante de precum. La envolvió con la mano y sintió el calor latirle en la palma. Era más gruesa que la de Andre; la idea le envió un espasmo directo al vientre.
—Me dijo que te gustaba que te corrieran dentro —susurró Kofi contra su oído, empujando la cadera para que su polla rozara el vientre de ella, manchándole la piel del bajo vientre—. Que a veces le pides que no se retire. Que te llena y luego te obliga a ir por la casa con el semen escurriéndote. Me dijo: «Si ella te lo pide, no se lo niegues. Quiero que vuelva a casa con tu leche todavía dentro».
Paulina soltó un gemido ahogado. Se subió un poco de puntillas, abrió más las piernas, guió la cabeza gruesa de Kofi hasta sus labios hinchados. El contacto la hizo cerrar los ojos con fuerza. Estaba tan resbaladiza que él pudo frotar la glande de arriba abajo, abriéndola sin entrar del todo, untándola de precum y de su propio jugo.
—Métela —rogó ella—. Aunque sea la punta. Aunque sea un momento. No aguanto más. Estoy… estoy a punto de correrme solo con esto. Solo de pensar que puedes correrte dentro de mí aquí, ahora, y que Andre lo va a saber…
Kofi la miró a los ojos. Había algo feroz y contenido en su expresión, el control de un hombre que sabe exactamente cuánto puede apretar antes de romper.
—No todavía —dijo, aunque la voz le temblaba de esfuerzo—. Primero quiero oírte correrte en mis dedos otra vez. Quiero que mojes el suelo de esta puta sala VIP. Después te voy a follar como mereces. Lento al principio. Hasta que me ruegues que te destroce.
Volvió a meterle dos dedos, luego tres, abriéndola, follándola con la mano mientras el pulgar castigaba su clítoris. Con la otra mano le sujetó la nuca y la besó otra vez, tragándose los gemidos. Paulina se aferraba a sus hombros, las uñas clavándose en la tela, las piernas temblando con tanta fuerza que solo la pared y el cuerpo de él la mantenían en pie. El orgasmo se acumuló rápido, sucio, inevitable: una ola que le partió el vientre y le hizo contraerse alrededor de los dedos de Kofi en espasmos rítmicos, húmedos, ruidosos. El sonido de su coño chupándole los dedos era obsceno en el silencio relativo del rincón.
Cuando bajó un poco, jadeando, con el vestido hecho un desastre y las bragas torcidas en un muslo, Kofi le acarició la mejilla con el dorso de la mano mojada.
—Buenas chica —murmuró—. Andre va a estar orgulloso. Y yo… yo todavía no he terminado contigo. Ni de lejos.
Paulina lo miró, los ojos brillantes, las pupilas dilatadas, la boca entreabierta. Todavía sentía las contracciones post-orgasmo. La polla de Kofi seguía dura, pesada, rozándole el muslo interior. El anuncio de un vuelo lejano sonó por los altavoces, recordándoles que el mundo seguía ahí fuera, a escasos metros.
—Entonces no pares —susurró ella, la voz ya ronca—. Quiero más. Quiero que me uses. Quiero que cuando monte en ese avión todavía sienta tu polla. Y quiero… quiero que me corras dentro, como él te pidió. Como yo llevo meses imaginando.
Kofi sonrió contra su boca, una sonrisa oscura, prometedora. La levantó un poco más, acomodándola contra la mampara, abriéndole las piernas con las caderas. La cabeza de su polla volvió a empujar entre sus labios empapados, amenazando con entrar de verdad esta vez.
—Vas a tener exactamente eso —prometió en un susurro grave—. Pero primero vas a rogarme un poco más. Quiero oír cada palabra guarra que se te ocurra. Y después… después te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho hasta la puerta de embarque.
El calor de su cuerpo la envolvía. El olor a sexo ya impregnaba el rincón oscuro. Afuera, alguien reía bajito en la barra; el sonido llegó amortiguado, irreal. Paulina cerró los ojos, mordió el hombro de Kofi a través de la camiseta y empujó la cadera hacia adelante, buscando más de esa presión, más de esa promesa.
La noche de escala apenas empezaba, y el permiso de Andre ardía entre los dos como un tercer cuerpo invisible, empujándolos más lejos, más hondo, hacia todo lo que todavía no habían hecho.
Kofi la soltó lo justo para cogerla de la muñeca y arrastrarla hacia el pasillo estrecho que llevaba a los baños privados de la sala VIP. La puerta se cerró con un clic suave y el pestillo giró. Dentro olía a jabón caro y a mármol frío. El lavabo doble brillaba bajo la luz blanca; el espejo devolvía sus siluetas agitadas. Paulina apenas tuvo tiempo de apoyar la espalda en la pared de azulejos cuando Kofi ya estaba abriendo el pantalón del todo.
—De rodillas —ordenó, la voz grave, sin gritar, pero imposible de desobedecer.
Ella bajó al instante. Las rodillas le rozaron el suelo de gres frío. Frente a su cara la polla de Kofi se alzaba gruesa, pesada, la cabeza morada y brillante de precum, las venas marcadas a lo largo del tronco oscuro. Paulina abrió la boca y la envolvió con los labios, chupando con devoción, la lengua aplastada contra el frenillo mientras bajaba todo lo que podía. El sabor salado le inundó la boca. Gimió alrededor de aquella carne gruesa y el sonido vibró en la polla de él. Kofi le enredó los dedos en el pelo y le empujó la cabeza más abajo, despacio al principio, sintiendo cómo la garganta de ella se abría para recibirlo.
—Así… joder, Paulina, chúpamela como si no hubiera otra cosa en el mundo —gruñó—. Andre me dijo que te encanta tener la boca llena. Que te mojas cuando te tragas una polla hasta el fondo. Mírame. Quiero verte los ojos mientras me la chupas.
Ella levantó la mirada. Lágrimas de esfuerzo le brillaban en las pestañas, pero no paró. Babeaba, la saliva le corría por la barbilla y le manchaba el escote del vestido. Subía y bajaba la cabeza con ritmo constante, una mano rodeando lo que no cabía, apretando la base gruesa, acariciando los huevos pesados. Cada vez que la punta rozaba el fondo de su garganta un espasmo le cerraba el coño. Estaba empapada otra vez; las bragas torcidas en un muslo ya no servían de nada. El olor a sexo de Kofi le subía por la nariz y le hacía la cabeza un lío de puro hambre.
Kofi la dejó chupar hasta que las caderas le empezaron a temblar. Entonces la levantó de un tirón, la pegó contra la pared y le subió el vestido hasta la cintura de un solo movimiento. Las bragas cayeron al suelo. La levantó, le abrió las piernas y la empaló de un solo embiste brutal. La polla gruesa le abrió el coño de golpe, estirándola, llenándola hasta el fondo. Paulina gritó contra su hombro, un grito ahogado y húmedo.
—¡Joder, Kofi… tan gruesa…!
—Aguántala —jadeó él, y empezó a follarla en posición de pie, las manos grandes agarrándole el culo, las embestidas cortas y salvajes que la clavaban contra el azulejo frío—. Dime que la quieres más fuerte.
—Más fuerte —rogó ella, las uñas clavándose en la camiseta de él—. Fóllame más fuerte, joder. Destroza mi coño. Quiero sentirte mañana cuando me siente en el avión. Quiero que Andre sepa que me abriste así…
Kofi obedeció. Las caderas martilleaban, el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo de su coño empapado llenaba el baño. Cada embestida le sacudía los pechos dentro del vestido; los pezones le rozaban la tela y le mandaban corrientes directas al clítoris. Paulina gemía sin freno, pidiendo más, pidiendo más duro, más profundo. El espejo a su lado los reflejaba: ella abierta, las piernas enroscadas en la cintura de él, el culo blanco contrastando con las manos oscuras que la sujetaban, la polla gruesa desapareciendo una y otra vez dentro de ella.
—Mírame follarte —le gruñó Kofi al oído—. Mira cómo te entro hasta el fondo. Este coño es mío esta noche. Andre me lo prestó para que te lo destroce. ¿Lo sientes? ¿Cómo te estiro?
—Sí… joder, sí… no pares… voy a correrme otra vez…
Pero él no la dejó todavía. La bajó, la giró y la dobló sobre el lavabo de un empujón. El mármol le heló las palmas y las tetas aplastadas. Kofi le separó las nalgas con las manos, le dio una palmada seca en el culo derecho que dejó la marca roja al instante, y volvió a entrar de un solo golpe por detrás. La posición le permitió llegar más hondo. Paulina arqueó la espalda y gritó de placer puro cuando la punta gruesa le rozó el punto exacto una y otra vez.
Las palmadas caían al ritmo de las embestidas: nalgas, muslos, otra vez el culo. El ardor se mezclaba con el calor de la polla que la abría. Kofi le agarró el pelo con una mano y le tiró la cabeza hacia atrás para que se mirara en el espejo.
—Mírate —ordenó—. Mira esa cara de puta bien follada. Mira cómo te mojas las piernas. Andre va a ver exactamente esta expresión cuando le cuente cómo te corriste en mi polla en un baño de aeropuerto. ¿Quieres mi leche, Paulina? ¿Quieres que te llene?
—Sí… lléname… córreme dentro… joder, Kofi, lléname el coño…
Él aceleró. Las embestidas se volvieron irregulares, brutales, profundas. Paulina sentía cómo se le hinchaba la polla dentro, cómo latía. El orgasmo le subió desde el vientre como una explosión. Gritó, el sonido reboteando en los azulejos, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de aquella carne gruesa que la follaba sin piedad. En el mismo instante Kofi se enterró hasta los huevos y se corrió. Chorros calientes y espesos le llenaron el coño a borbotones, uno tras otro, tan abundantes que ella los sintió rebosar y empezar a escurrirse por los muslos mientras él seguía empujando, exprimiéndose dentro de ella, gruñendo su nombre contra su nuca.
—Tómalo todo… joder, tómame toda la corrida…
Paulina temblaba, las rodillas flojas, el orgasmo todavía sacudiéndola en olas largas mientras el semen caliente de Kofi le llenaba el útero y le resbalaba por las piernas. Él no se retiró de inmediato. Se quedó hondo, latente, dándole palmadas suaves ahora, acariciando las marcas rojas que le había dejado en el culo. El aire del baño olía a sexo crudo, a sudor y a corrida. Afuera, muy lejos, un anuncio de vuelo sonó otra vez, irreal.
Cuando por fin sacó la polla, un hilo grueso de semen le siguió y le cayó sobre el muslo interior. Paulina se quedó doblada sobre el lavabo, jadeando, sintiendo cómo le goteaba la mezcla de jugos por las piernas abiertas. Kofi le pasó dos dedos por el coño abierto, recogió su propia corrida y se la llevó a la boca de ella. Ella chupó sin dudar, saboreando el salado espeso de los dos mezclados.
—Andre va a enloquecer cuando le digas que todavía me tienes dentro —murmuró Kofi, la voz ronca de satisfacción—. Pero no hemos terminado. Quedan horas de escala. Quiero verte otra vez de rodillas. Quiero follarte en el sofá de esa puta sala VIP hasta que el próximo anuncio nos recuerde que tienes que subir al avión. ¿Puedes más, Paulina?
Ella se enderezó despacio, el vestido todavía subido, el semen resbalándole por las piernas internas hasta casi la rodilla. Se miró en el espejo: labios hinchados, mejillas rojas, ojos brillantes de puta consentida y completamente entregada. El permiso de Andre ardía más fuerte que nunca.
—Puedo más —susurró, la voz destrozada de tanto gemir—. Quiero más. Quiero que me uses hasta el último minuto. Quiero volver a casa con tu corrida todavía goteándome y contárselo todo mientras él me folle otra vez. No pares, Kofi. Todavía no.
Kofi sonrió, esa sonrisa oscura y prometedora, y le limpió una gota de semen de la comisura de los labios con el pulgar. Afuera la sala VIP seguía casi vacía, el tiempo de la escala se alargaba como una amenaza dulce, y los dos sabían que el baño solo había sido el principio de lo que todavía faltaba por hacer.
El baño aún olía a sexo cuando Kofi le bajó el vestido con cuidado, le limpió un poco las muslos con un papel húmedo y le devolvió las bragas torcidas. Paulina se las puso de cualquier manera; ya no importaba. El semen le seguía resbalando caliente entre los labios, pegajoso, y cada paso le recordaba lo grueso que había estado dentro. Salieron juntos al pasillo, él con la mano grande en la espalda baja de ella, posesivo sin alarde. La sala VIP seguía casi desierta. Solo un hombre dormitaba lejos, auriculares puestos, y el personal de limpieza había desaparecido.
Kofi la llevó al mismo sofá junto al ventanal oscuro. Se sentó primero y la atrajo a su regazo. Paulina abrió las piernas a horcajadas sobre él, el vestido subido otra vez hasta la cintura. La polla de Kofi ya volvía a estar dura, pesada, rozándole el coño abierto y resbaladizo. Ella lo guió con la mano y se dejó caer despacio, gimiendo cuando la cabeza gruesa la abrió de nuevo y el tronco entero la llenó hasta el fondo. Estaba sensible, hinchada, y el estiramiento la hizo arquear la espalda y morderse el labio.
—Joder… todavía estás tan abierta —murmuró él, las manos agarrándole las nalgas para subirla y bajarla con ritmo lento, profundo—. Siento mi corrida dentro. Se te escurre por mis huevos cada vez que te sientas.
Paulina se movía sobre él con las caderas ondulantas, el clítoris rozando la base gruesa de su polla. El sofá crujía apenas. Afuera las luces de la pista brillaban borrosas a través del cristal. Ella apoyó las palmas en el pecho duro de Kofi, sintiendo el latido bajo la camiseta, y aceleró.
—Andre… me va a preguntar cómo sonaba —jadeó—. Cómo gemía cuando me follabas otra vez con tu leche todavía dentro. Dime cosas sucias. Quiero recordarlo todo para contárselo.
Kofi le subió el vestido más alto, le descubrió un pecho y se llevó el pezón a la boca, chupando fuerte mientras la embestía desde abajo. La lengua caliente y los dientes le arrancaron un gemido largo. Luego habló contra su piel, la voz grave y ronca:
—Le voy a decir que te corriste dos veces en mi polla. Que te abrí el coño hasta que goteabas por las piernas. Que me pediste la leche como una puta necesitada y que te la di toda, caliente, hasta que te rebosó. Que ahora mismo te estoy follando otra vez en el sofá y que tu coño me chupa la polla como si no quisiera soltarme nunca.
Paulina se corrió así, montándolo, el orgasmo subiéndole en oleadas que le cerraron la garganta y le contrajeron el coño en espasmos húmedos y rítmicos alrededor de aquella carne gruesa. Kofi la sujetó fuerte, la folló a través del climax sin piedad, y cuando ella todavía temblaba se enterró hasta los huevos y se corrió de nuevo. Chorros espesos y calientes le llenaron otra vez el útero; ella los sintió latir dentro, sumarse a la corrida anterior, y un hilo grueso le bajó por el muslo hasta el sofá.
Se quedaron así un rato, unidos, respirando juntos. El anuncio lejano de un vuelo sonó como algo de otro planeta. Paulina se separó despacio; la polla de Kofi salió con un sonido obsceno y un chorro de semen le siguió, resbalándole por los labios hinchados y las piernas internas. Ella se sentó a su lado, las rodillas abiertas, el vestido todavía arremangado, y miró el desastre entre sus muslos: el coño rojo, abierto, brillando de jugos y de la leche blanca de Kofi que le salía a borbotones cada vez que se contraía.
Sacó el móvil con dedos temblorosos. Encendió la cámara frontal, abrió más las piernas y enfocó. El flash no hizo falta; la luz tenue bastaba para captar cada detalle: los labios hinchados, el agujero entreabierto goteando semen espeso, el hilo que le bajaba hasta casi la rodilla. Hizo tres fotos. En la última se llevó dos dedos al coño, recogió un poco de la corrida de Kofi y se la acercó a la boca, lamiendo mientras miraba al objetivo. Envió el lote a Andre con un solo mensaje corto:
«Todavía me gotea. Kofi me ha llenado dos veces. Te lo cuento todo esta noche. Te quiero.»
El móvil vibró casi al instante. La respuesta de Andre era solo una foto de su polla dura y el texto: «Joder, mi amor. Estoy palpitando. Quiero oír cada gemido. No te limpies. Quiero olerlo cuando vuelvas.»
Paulina sonrió, los ojos húmedos de emoción y de placer residual. Le enseñó la pantalla a Kofi. Él leyó, soltó una risa baja y se inclinó para besarla. El beso fue lento, profundo, de lenguas que se conocían ya, de complicidad total. Sabían a sexo, a vino barato y a la sal de la piel. Cuando se separaron, se miraron a los ojos.
—La próxima vez que aterrices —dijo Kofi, la voz suave ahora, casi íntima—, te recojo yo en el aeropuerto. Y si Andre quiere, lo hacemos los tres. O te dejo otra vez llena y te mando a casa para que él te recoja así.
—Prometido —susurró ella—. Quiero repetirlo. Quiero más. Quiero que me uses cada vez que se cruce la oportunidad. Y quiero que él se corra contándomelo.
Se acomodaron la ropa. Paulina se limpió un poco con una servilleta, lo justo para poder caminar sin dejar un charco, pero dejó el resto. Quería sentirlo durante el vuelo. Se peinó el pelo con los dedos, se pasó el dorso de la mano por los labios hinchados. Kofi le ayudó a bajar el dobladillo del vestido. Su mano se demoró un segundo en la cadera de ella, apretando.
El tiempo de la escala se agotaba. El panel de vuelos anunciaba el embarque en veinte minutos. Se levantaron. Caminaron juntos hasta la salida de la sala VIP, el hombro de él rozando el de ella. En la puerta se detuvieron.
Paulina se puso de puntillas y lo besó una última vez, un beso corto, sabroso, de despedida. Kofi le acarició la mejilla con el pulgar.
—Andre va a esperar ansioso cada palabra —dijo él—. Y yo… yo voy a recordar cómo te contraías alrededor de mi polla cada vez que me la jale en el gym.
Ella sonrió, esa sonrisa satisfecha, cansada y brillante de mujer bien follada y completamente consentida.
—Se lo contaré todo. Cada detalle. Cada gemido. Cada gota. Esta misma noche, cuando aterrice y él me abra la puerta.
Se miraron un segundo más. Luego Kofi se inclinó, le rozó los labios otra vez y se apartó. Paulina cogió la maleta de cabina y se alejó por el pasillo hacia la puerta de embarque. El claqueo de sus tacones se fue perdiendo entre el murmullo lejano de la terminal.
Kofi se quedó un momento en la entrada de la sala VIP, las manos en los bolsillos, mirando cómo desaparecía entre la gente. El olor a sexo todavía le pegaba a la piel bajo la camiseta. Sonrió para sí, pequeño, privado, y dio media vuelta.
El ventanal del fondo seguía oscuro. Las pantallas de vuelos parpadeaban en silencio. Nadie hablaba. El sofá donde la había follado guardaba apenas el calor de sus cuerpos. Afuera, en la pista, un avión rodaba lento hacia la pista de despegue. Dentro de la sala VIP solo quedaba el zumbido bajo del aire acondicionado y la quietud espesa de la madrugada.
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