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Una Noche de Hall Pass en el Jacuzzi

Petra, una ejecutiva de 32 años, disfruta una salvaje noche de group sex con su marido y su amigo entrenador en el jacuzzi.

13 min read September 29, 2026New

El vapor del jacuzzi se elevaba en espirales perezosas bajo el cielo estrellado de la sierra. Petra, una ejecutiva de 32 años que dirigía un equipo de veinte personas en una multinacional de consultoría estratégica, dejó que el agua caliente la envolviera hasta los hombros. El placer inmediato le arrancó un gemido bajo. A su lado, Everett, su marido de 35 años, un ingeniero de software que facturaba seis cifras al año, la observaba con esa sonrisa torcida que siempre usaba cuando los dos compartían un secreto peligroso. Llevaban meses fantaseando con esto. Meses de conversaciones susurradas en la cama después de follar, donde el “hall pass” había dejado de ser una broma y se había convertido en un plan concreto. Y esa noche el plan tenía nombre y cuerpo: Roman, su amigo entrenador personal de 30 años, cuya presencia llenaba cualquier habitación con pura testosterona acumulada de años de levantar hierro y guiar cuerpos ajenos hasta el límite.

Roman apareció por el sendero de madera con una toalla alrededor de la cintura. Su torso marcado, los abdominales duros y los brazos venosos brillaban bajo la luz tenue de las farolas del porche. Se deshizo de la toalla sin pudor y entró al agua. Los tres quedaron en silencio un instante. Solo se oía el burbujeo constante y el latido acelerado de Petra entre las piernas. Ella sintió cómo su coño se contraía solo con la mirada que Roman le dedicó: lenta, hambrienta, sin disimulo. Everett le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia él, pero sus ojos también estaban fijos en su amigo.

—Esto se siente… diferente —murmuró Petra, rompiendo el hielo. Su voz sonó más ronca de lo que pretendía.

—Diferente bueno —respondió Roman, sentándose frente a ella. Sus rodillas se tocaron bajo el agua. Ninguno se apartó.

La charla empezó ligera: el viaje, el frío de la noche, lo bien que se estaba lejos de la ciudad. Pero pronto las palabras se volvieron más densas, más cargadas. Petra sintió la mano de Everett deslizarse por su muslo bajo el agua y, casi al mismo tiempo, el pie de Roman rozándole la pantorrilla. El roce fue deliberado. Ella separó ligeramente las piernas.

—Llevo toda la semana mojada solo de pensar en esta noche —confesó de pronto, mirándolos a ambos. Sus pezones duros asomaban por encima del agua cada vez que respiraba hondo—. Me excita la idea de que los dos me toquéis al mismo tiempo. Que me uséis. Que no haya límites.

Everett soltó un gruñido bajo y le apretó el muslo con fuerza.

—Quiero verlo todo —dijo sin apartar la mirada de Roman—. Quiero ver cómo te mete la polla hasta el fondo, cómo te abre ese coño que es mío pero que esta noche también es suyo. Quiero que te corras gritando su nombre mientras yo miro.

Roman se inclinó hacia delante. El agua le chorreaba por el pecho. Sus ojos estaban casi negros de deseo.

—Llevo meses conteniéndome, Petra. Cada vez que te entrenaba y te veía sudar, imaginaba empujarte contra la pared del gym, bajarte las mallas y enterrarte mi polla en la boca hasta que te ahogaras con ella. Después follarte el coño sin condón, llenarte entera. Si me das permiso esta noche, no voy a parar hasta que no puedas caminar derecho.

Petra sintió un latigazo de calor puro entre las piernas. Ya no había vuelta atrás. Se acercó a Roman primero, le agarró la nuca mojada y lo besó con violencia. Sus lenguas se enredaron, saliva caliente mezclándose con el vapor. Everett se pegó a su espalda, le mordió el cuello y le apretó las tetas con ambas manos, pellizcándole los pezones hasta que ella gimió dentro de la boca de Roman. Manos anónimas —ya no importaba de quién— bajaron por su vientre y dos dedos distintos le abrieron los labios del coño, acariciándole el clítoris hinchado. Petra jadeó, separando más las piernas, ofreciéndose.

—Folladme —suplicó entre besos—. Los dos. Ahora. Sin reglas.

Los tres sellaron el pacto con un beso triple, torpe, húmedo y lleno de promesas sucias. Entonces Petra se arrodilló en el asiento sumergido del jacuzzi. El agua le llegaba a la cintura. Delante de ella flotaban dos pollas duras, gruesas, venosas. Tomó la de Everett primero, lamiendo desde los huevos pesados hasta la punta brillante, tragándosela hasta que la nariz tocó su vientre. Luego pasó a la de Roman, más gruesa, saboreando el gusto distinto, más salado. Alternaba una y otra, chupando con hambre, dejando hilos de saliva que caían al agua. Everett y Roman le agarraron el pelo mojado al mismo tiempo, guiando su cabeza de una polla a la otra.

—Así, zorra… trágatela entera —gruñó Roman, empujando más profundo.

—Mi mujer tiene la mejor boca del mundo —añadió Everett con orgullo oscuro, follándole la garganta con estocadas cortas y precisas.

Las arcadas de Petra se mezclaban con gemidos ahogados. Le lloraban los ojos, pero su coño chorreaba más que el agua del jacuzzi.

La sacaron del agua y la sentaron en el borde de piedra fría. Roman se colocó entre sus piernas abiertas, apuntó su polla gruesa y la metió de un solo empujón brutal. Petra gritó, echando la cabeza hacia atrás. El placer fue tan intenso que casi se corre al instante. Mientras Roman la follaba con golpes salvajes, salpicando agua con cada embestida, Everett se puso a su lado y le metió la verga todavía mojada de saliva en la boca. La doble penetración oral y vaginal la volvió loca. Sentía cada centímetro de Roman abriéndola, golpeando fondo, sus huevos chocando contra su culo.

—Más fuerte —suplicó con la boca llena—. Quiero que me rompas.

La giraron. Roman se tumbó en el borde y la colocó encima, penetrándola de nuevo en el coño. Everett se situó detrás, escupió sobre su ano y empujó lentamente hasta que su polla desapareció dentro de su culo apretado. Petra se sintió completamente llena, partida en dos, usada de la forma más deliciosa posible. La doble penetración era brutal, perfecta. El agua chapoteaba con cada movimiento sincronizado. Sus gemidos se convirtieron en gritos roncos.

—¡Sí! ¡Así! ¡Folladme los dos agujeros! ¡Más fuerte, joder, más fuerte!

Sus cuerpos sudorosos y mojados se movían como una máquina de placer. Petra se corrió la primera vez con un alarido que debió oírse hasta la carretera. Sus paredes internas apretaron ambas pollas con fuerza, ordeñándolas.

Después la hicieron cambiar de posición otra vez. Roman se sentó en el banco del jacuzzi y Petra se empaló sobre él en vaquera inversa, cabalgándolo con furia animal. Sus tetas rebotaban salvajemente mientras bajaba con fuerza, tragándose cada centímetro. Everett se puso delante, de pie dentro del agua, y le folló la boca con estocadas profundas, sujetándole la cabeza con ambas manos. El sonido obsceno de arcadas, carne mojada y gemidos llenaba la noche.

—Voy a correrme —avisó Roman con voz rota.

—Dentro —suplicó Petra, sacando la polla de la boca solo un segundo—. Los dos dentro de mí.

Roman rugió y le inundó el coño con chorros calientes y espesos. Casi al mismo tiempo Everett se clavó hasta el fondo de su garganta y le llenó la boca de leche abundante. Petra tragó lo que pudo mientras su propio orgasmo la destrozaba por segunda vez, más violento que el anterior. Se derrumbó sobre el pecho de Roman, temblando, con semen escapando de su coño y de la comisura de sus labios.

Durante varios minutos solo se oyó la respiración agitada y el burbujeo del jacuzzi. Con ternura sorprendente después de la brutalidad, los tres salieron del agua. Everett trajo toallas calientes del calentador de la cabaña. Se limpiaron mutuamente: Roman secó con cuidado los muslos de Petra, besando la piel sensible; ella limpió la polla semierecta de su marido con la toalla y luego con la lengua, saboreando los restos mezclados de los tres. Se besaron despacio, sin prisa. Primero un beso de Petra y Everett, profundo, lleno de amor y complicidad. Luego Petra y Roman, más suave, casi una promesa. Y finalmente los tres juntos otra vez, labios y lenguas mezclándose con lentitud.

—Esto no se acaba aquí —susurró Petra, todavía sintiendo cómo el semen de ambos se deslizaba por sus muslos—. Mañana por la noche… repetimos. Y vamos a ir más lejos.

Everett y Roman intercambiaron una mirada cargada. La sonrisa de Petra era peligrosa, satisfecha pero hambrienta todavía. El hall pass había abierto una puerta que ninguno de los tres pensaba cerrar tan pronto. Mientras se envolvían en las toallas y caminaban hacia la cabaña, el aire entre ellos seguía crepitando. Petra sentía el peso delicioso del semen dentro de su coño y su culo, y ya estaba imaginando qué más podrían hacer los tres cuando volviera la oscuridad. La noche siguiente prometía ser aún más sucia. Y ella ya no podía esperar.

Dentro de la cabaña el calor de la chimenea los envolvió como una promesa más espesa. Las toallas cayeron al suelo sin que nadie las empujara. Petra, todavía con las piernas temblorosas y el semen de ambos escapando de su coño y su ano, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra gruesa frente al fuego. Sentía el pulso en la garganta, el cuerpo entero convertido en un nervio vivo. Everett se sentó en el sofá de cuero, las piernas abiertas, la polla todavía medio dura y brillante de saliva y restos. Roman permaneció de pie, más alto, más ancho, con esa vena gruesa latiéndole en el cuello como si el corazón le bombeara pura testosterona.

—Ven aquí, zorra —gruñó Roman, agarrándola del pelo mojado con una mano grande y áspera—. Quiero que limpies las dos pollas con esa lengua que tienes.

Petra obedeció con un gemido ahogado. Primero lamió la verga de su marido, saboreando el gusto mezclado de su propio culo y el semen seco. Everett le acariciaba la mejilla con el pulgar mientras la miraba a los ojos con una mezcla de amor y algo más oscuro, más posesivo. Luego pasó a Roman, tragándose aquella polla más gruesa hasta que la garganta se le cerró y las lágrimas le rodaron por las mejillas. El entrenador le follaba la boca con estocadas cortas y profundas, sujetándole la cabeza con las dos manos.

—Así, Petra… trágatela toda. Llevo meses imaginando esta boca de ejecutiva tragando mi leche —dijo Roman entre dientes.

Ella sentía el coño contraerse vacío, chorreando sobre la alfombra. Su mente era un torbellino: «Quiero más. Quiero que me destrocen. Quiero sentirme rota y llena al mismo tiempo». Everett se levantó, se colocó detrás de ella y, sin aviso, le metió dos dedos en el ano todavía abierto y resbaladizo. Petra gritó alrededor de la polla de Roman, el sonido ahogado y obsceno. El placer era tan intenso que le temblaban los muslos.

La levantaron entre los dos como si no pesara nada. Everett se tumbó en el sofá y la sentó encima de él en vaquera, pero de espaldas, empalándola en su polla dura otra vez en el coño. El ángulo era brutal; cada bajada hacía que los huevos de su marido le golpearan el clítoris hinchado. Roman se acercó por delante, de pie, y le metió la verga en la boca otra vez. Los dos hombres empezaron a follarla con ritmo sincronizado, uno subiendo mientras el otro bajaba. Petra no podía pensar. Solo sentía carne, calor, saliva que le caía por las tetas y el sonido húmedo y sucio de sus agujeros siendo usados.

—Mirad cómo se abre —jadeó Everett, apretándole las nalgas con fuerza, separándolas para que Roman pudiera ver mejor cómo su polla desaparecía en el coño de su mujer—. Esta noche es nuestra puta, Roman. Úsala.

—Tu mujer es una guarra deliciosa —respondió Roman, empujando más profundo en su garganta hasta que Petra tuvo arcadas fuertes y el vómito de saliva le cayó por la barbilla y las tetas—. ¿Quieres que te folle el culo otra vez mientras tu marido te llena el coño?

Petra sacó la polla de la boca solo un segundo, jadeando, con los ojos vidriosos.

—Sí… por favor… metédmela los dos otra vez. Quiero sentiros a los dos dentro al mismo tiempo hasta que no pueda respirar.

La llevaron al dormitorio. La cama king size recibió sus cuerpos mojados y calientes. Everett se acostó de espaldas y Petra se colocó encima, empalándose en su polla gruesa en el coño. Se inclinó hacia delante, ofreciendo el culo. Roman escupió abundantemente sobre su ano y empujó. Esta vez no fue lento. Entró de un golpe hasta el fondo, arrancándole un grito ronco que reverberó en las paredes de madera. Los dos hombres empezaron a moverse, primero descoordinados, luego encontrando un ritmo salvaje que la partía en dos.

Petra sentía cada centímetro. La polla de Everett frotando las paredes del coño, la de Roman abriéndole el culo sin piedad. El roce entre las dos vergas a través de la fina membrana era insoportable de tan bueno. Sus tetas rebotaban contra el pecho de su marido mientras los dos la taladraban sin parar. El sudor les corría por la piel. El sonido era asquerosamente perfecto: carne mojada chocando, gemidos, insultos cariñosos, el chapoteo de sus jugos y el semen anterior.

—¡Más fuerte! ¡Rompedme, joder! —suplicó ella con voz rota—. Soy vuestra puta esta noche… usadme hasta que no pueda caminar.

Roman le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja de su mano. Everett le pellizcó los pezones con saña, tirando de ellos mientras la besaba con lengua profunda y posesiva. Petra se corrió por tercera vez con un alarido que le rasgó la garganta. Su coño y su ano se contrajeron con tanta fuerza que ambos hombres gruñeron al unísono. El orgasmo la dejó ciega un instante, solo luces blancas y placer puro que le bajaba por la columna.

No pararon. La giraron, la pusieron a cuatro patas y siguieron follándola sin descanso. Roman se tumbó debajo y la penetró en el coño mientras Everett volvía a tomarle el culo. Doble penetración otra vez, más profunda, más salvaje. Petra ya no sabía dónde terminaba su cuerpo y empezaban los de ellos. Solo era un agujero caliente hecho para ser follado. Su clítoris rozaba el hueso de la cadera de Roman con cada embestida y otro orgasmo la atravesó, más largo, más doloroso de tan intenso.

—Voy a llenarte otra vez —avisó Roman con la voz destrozada.

—Yo también… dentro de mi mujer —gruñó Everett.

Los dos se corrieron casi al mismo tiempo. Chorros calientes, espesos, inundándole el coño y el culo. Petra sintió cada pulsación, cada disparo de leche espesa que la llenaba hasta rebosar. Se corrió con ellos, temblando violentamente, gritando sus nombres entremezclados. El placer fue tan brutal que por un momento pensó que se desmayaría.

Después todo quedó en silencio salvo por las respiraciones agitadas y el crepitar lejano de la chimenea. Los tres cuerpos sudorosos y pegajosos permanecieron entrelazados sobre la cama deshecha. Roman fue el primero en moverse; besó el hombro de Petra con una ternura sorprendente y se levantó para ir al baño. Everett se quedó abrazándola por detrás, su polla aún semierecta saliendo lentamente de su ano, dejando un reguero de semen que empapó las sábanas.

Petra cerró los ojos, tratando de retener el calor, el placer, la sensación de ser completamente poseída. Pero algo frío empezó a filtrarse entre las costillas. El corazón, que latía desbocado por el sexo, empezó a latir por otra razón. Miró de reojo a Everett. Su marido tenía los ojos abiertos, clavados en el techo. No había sonrisa. Solo una línea tensa en la mandíbula que ella conocía demasiado bien: la misma que ponía cuando cerraba un mal trato en el trabajo o cuando algo le carcomía por dentro.

«¿Qué hemos hecho?», pensó Petra de pronto, y el pensamiento le cayó como una piedra en el estómago. El semen de Roman y de su marido se le escapaba entre las piernas, caliente y pegajoso, recordatorio viscoso de todo lo que habían cruzado. Había sido consensuado, sí. Lo habían planeado durante meses. Pero ahora, con el fuego bajando y el sudor enfriándose sobre su piel, la realidad se le echaba encima. Mañana tendrían que volver a la ciudad, a sus trabajos, a sus rutinas. ¿Cómo iba a mirar Everett a Roman en el gimnasio después de haberle visto correrse dentro de su mujer? ¿Cómo iba a mirarla él a ella, sabiendo que había suplicado que la rompieran, que la llamaran zorra y puta mientras se corría como nunca?

Un nudo se le formó en la garganta. Quiso decir algo, pedirle a Everett que le asegurara que todo seguía bien, que el hall pass no había roto nada. Pero las palabras no salían. Roman regresó del baño, sonriendo satisfecho, ajeno al silencio que se había vuelto denso. Se metió en la cama al otro lado de ella y pasó un brazo pesado sobre su cintura.

—Ha sido la hostia —murmuró, ya con la voz ronca de sueño.

Everett solo contestó con un sonido neutro. Petra se quedó quieta entre los dos hombres que minutos antes la habían follado como animales. El placer todavía latía entre sus piernas, pero ahora había un hueco helado en el pecho. La noche que tanto había deseado se cerraba con un regusto amargo que nada podía borrar. Por primera vez desde que habían planeado aquello, Petra sintió que tal vez habían abierto una puerta que sería mejor haber dejado cerrada. Y mientras los dos hombres empezaban a respirar profundamente a su lado, ella permaneció despierta, mirando la oscuridad del techo, preguntándose si el precio de esa salvaje noche de jacuzzi no sería, al final, más alto de lo que ninguno de los tres estaba dispuesto a pagar.

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