Mi Esposa con Mi Mejor Amigo en la Cámara Fría
Carlos observa cómo su amigo folla a su esposa en la cámara fría.
El vapor de su aliento se condensaba en nubes blancas cada vez que Carlos soltaba un resoplido de frustración. La puerta de la cámara fría había hecho clack con esa finalidad tan de mierda de las cosas industriales, y ahora los tres estaban atrapados entre estanterías de carne colgada, cajas de pollo congelado y el puto zumbido del ventilador que no paraba de soplar aire a cuatro grados. Carlos, con su mono azul manchado de salsa de tomate de la línea de envasado, daba manotazos inútiles al panel de emergencia como si fuera a abrirse de tanto darle con la palma torpe.
—Joder, joder, joder —murmuraba, las gafas empañadas, el bigote ralo temblando—. Inventario de mierda. Noche de mierda. Y ahora esto.
Diego, apoyado en una caja de pechugas con esa sonrisa de cabrón campechano que siempre llevaba, se frotó los brazos exageradamente y soltó una carcajada que resonó entre el metal frío.
—Tranquilo, Carlitos. Al menos no nos vamos a asar. Aunque… —miró a Laura de arriba abajo con descaro, deteniéndose en las curvas que el mono de trabajo ceñía como una segunda piel—. Aunque hay algo aquí que sí está ardiendo. ¿No te parece, hermano? Tu mujer echa humo hasta en la nevera.
Laura soltó una risa baja, nerviosa y juguetona a la vez. Se abrazó a sí misma, pero el gesto solo empujó más arriba sus pechos generosos, pesados, que se marcaban bajo la tela gruesa. El frío le había endurecido los pezones; se notaban como dos monedas puntiagudas. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta deshecha, mejillas rosadas por el contraste de la temperatura, y esa boca carnosa que Carlos siempre decía que era su perdición.
—Cállate, Diego —dijo ella, pero no había enfado real. Había brillo en los ojos—. Que mi marido se pone celoso solo de que digas “buenos días”.
—Celoso y torpe —añadió Diego, guiñándole un ojo a Carlos—. ¿Te acuerdas cuando intentaste ligar con la de contabilidad y te caíste encima del palé de yogures? Todavía me río. En cambio yo… —se ajustó el entrepierna del mono sin pudor, el bulto considerable moviéndose con el gesto—… yo mantengo el calor donde hace falta. Este frío me está dejando los huevos como dos aceitunas congeladas, pero mi polla, joder, mi polla sigue en modo tropical. Especialmente viéndote a ti, Laura. Estás que te sales. Si no fuera porque Carlitos es mi mejor amigo, te montaba aquí mismo contra esa pata de jamón.
Carlos se puso rojo hasta las orejas. El celos le apretaba el pecho, pero más abajo, traidoramente, notó un hormigueo caliente. Diego siempre había sido así: el guapo del grupo, el de las bromas subidas de tono, el que tenía la fama de estar “bien armado” desde los tiempos del instituto. Carlos lo sabía. Había visto el bulto en los vestuarios demasiadas veces. Y Laura… Laura se reía siempre demasiado fuerte de sus chistes.
—No empieces, tío —gruñó Carlos, intentando sonar autoritario y fallando estrepitosamente cuando su voz se quebró un poco—. Estamos encerrados. Hay que pensar cómo salir, no… no esas gilipolleces.
Pero Diego ya se había acercado un paso más a Laura. El aire helado olía a metal y a carne cruda, y sin embargo entre ellos empezaba a oler a otra cosa: a tensión, a ganas mal disimuladas.
—El frío pone a la gente rara, ¿sabes? —continuó Diego, bajando la voz a un tono conspirador y juguetón—. Te contrae los músculos, te pone la piel de gallina… y a las mujeres, joder, a las mujeres las pone especialmente sensibles. ¿A que sí, Laura? Dime la verdad. ¿No sientes cómo se te ponen duros los pezones? Como si pidieran boca caliente.
Laura se mordió el labio inferior. Se rió, pero la risa le salió entrecortada. Se pasó las manos por los brazos y luego, casi sin querer, se rozó el pecho.
—Eres un cabrón, Diego. Un cabrón gracioso… y sí. Joder, sí. El frío… me está poniendo de un cachonda que no es normal. Tengo los pezones que me duelen y abajo… —miró a Carlos de reojo, con una mezcla de vergüenza y picardía—… abajo estoy que ardo. Y no es solo el frío.
Carlos se quedó quieto. El corazón le latía desbocado. Quería gritar, quería abrir la puta puerta a hostias, pero las piernas no le respondían. Solo veía a su mujer, voluptuosa, hermosa, confesando aquello con las mejillas encendidas.
—Laura… —susurró él.
Ella se acercó a su marido, le puso una mano en el pecho y le habló bajito, entre risitas nerviosas que no lograban ocultar lo real de sus palabras.
—Siempre he fantaseado con él, cariño. Desde hace años. Con ese hijo de puta chistoso y su polla de la que todo el mundo habla. Me imagino cómo será. Gorda. Caliente. Cómo me la metería mientras tú… mientras tú miras. El frío me lo ha sacado todo a flote. Estoy empapada, Carlos. Empapada y avergonzada y… excitada como una puta.
Diego soltó un silbido largo y bajo.
—Hostia puta. La confesión de la noche. Carlitos, hermano, tu mujer me quiere follar. Y mira cómo te has puesto tú… —señaló con la barbilla el bulto evidente que empezaba a tensar el mono de Carlos—. Estás más duro que un palé de pescado congelado. No me jodas. ¿Te gusta la idea? ¿Te pone cachondo imaginar cómo le relleno el coño a tu esposa mientras tú te muerdes los puños?
Carlos tragó saliva. El rojo de la vergüenza le subía por el cuello, le quemaba las orejas, le hacía temblar las manos. Pero la polla le latía con fuerza traicionera, apretada contra la cremallera. Asintió. Primero un movimiento mínimo de cabeza. Luego más claro.
—Sí —admitió, la voz ronca, humillada, caliente—. Me gustaría… veros. Joder. Me gustaría verte follártela. Soy un cabrón rarito y me pone. Adelante. Hacedlo. Quiero verlo.
Laura no esperó más. Se giró hacia Diego con una sonrisa que era mitad risa, mitad hambre. Diego la agarró por la cintura con manos grandes y seguras, la pegó a su cuerpo y la besó. Fue un beso sucio, ruidoso, de lenguas que se buscaban sin pudor. Laura gimió dentro de su boca, se alzó de puntillas y le pasó los brazos al cuello. El mono de Diego se rozaba contra el de ella; el bulto enorme de él se clavaba en su vientre blando. Se oía el sonido húmedo de las bocas, los suspiros, el crujido de la tela al apretarse.
Carlos se quedó clavado a dos metros, la espalda contra una estantería de cajas de bacon. Se bajó un poco la cremallera del mono y se metió la mano por encima del calzoncillo, apretando su propia polla dura, caliente, que goteaba ya un poco de precum a pesar del frío. La humillación le sabía metálica en la lengua y al mismo tiempo le hacía latir las venas de la entrepierna como locas.
—Seguid —pidió, la voz quebrada—. No paréis. Besadla más. Tócale los pechos. Quiero verlo todo.
Diego soltó la boca de Laura solo lo suficiente para hablarle al oído, pero lo bastante alto para que Carlos oyera cada palabra:
—Oye cómo nos anima tu marido cornudo. Qué monada. Voy a besarte hasta dejarte sin aliento y luego te voy a enseñar lo que de verdad te calienta en esta nevera de mierda. ¿Te parece bien, preciosa?
Laura rió contra sus labios, ya con las manos metidas bajo el mono de Diego, tanteando pecho y abdomen.
—Me parece de puta madre. Carlos… míranos. Míranos bien. Esto es lo que siempre quise y no te atrevías a preguntar.
Volvieron a besarse, más profundo, más obsceno. Diego le bajó la cremallera del mono a Laura hasta la mitad, sacó un pecho pesado y generoso, el pezón duro y oscuro por el frío y la excitación, y se lo llevó a la boca. Chupó con ruido, lamió en círculos, mordisqueó suavemente. Laura arqueó la espalda y soltó un gemido largo que se perdió entre el zumbido de los ventiladores. Su mano libre bajó hasta el bulto de Diego y lo apretó por encima de la tela, midiendo el grosor, la longitud absurda.
—Joder, es enorme —susurró ella, mirando de reojo a su marido mientras se tocaba a sí misma por encima del pantalón—. Carlos, es más gorda que la tuya. Mucho más. Y está dura como una roca. Voy a necesitar las dos manos…
Carlos se frotaba sin disimulo ya, los ojos vidriosos, la respiración entrecortada formando nubes blancas. El frío le helaba la nariz y las orejas, pero el resto del cuerpo le ardía. Veía la lengua de Diego dar vueltas alrededor del pezón de su mujer, veía cómo Laura se le derretía encima, veía el bulto monstruoso que ella acariciaba con avidez. La humillación era un peso dulce y asqueroso en el pecho. Y aun así no podía parar de tocarse.
—Más —rogó Carlos—. Quitadle más ropa. Quiero verle el coño. Quiero ver cómo se lo tocas. No salgamos de aquí hasta que… hasta que me lo hayáis dado todo para mirar.
Diego levantó la cabeza del pecho de Laura, los labios brillantes de saliva, y le dedicó a Carlos una sonrisa de puro cabrón divertido.
—Como ordene el cornudo de la casa. Pero avísame si te corres solo de mirar, que luego te obligo a lamer el suelo de la cámara. Laura, cariño… abre un poco más las piernas. Que tu marido vea lo mojada que estás por mi culpa.
Laura obedeció entre risas jadeantes, bajándose el mono hasta las caderas, dejando al aire las bragas ya oscuras de humedad. El frío le erizó la piel del vientre y de los muslos gruesos y suaves, pero el calor entre sus piernas era un horno. Diego metió la mano dentro de la tela empapada, dos dedos gruesos abriéndola, y el sonido húmedo que salió fue obsceno y perfecto.
—Está como una fuente, Carlitos. Tu mujer está chorreando por mi polla y todavía no se la he metido. ¿La oyes? Escucha…
Metió los dedos más adentro. Laura gimió alto, se agarró a los hombros de Diego y miró a su marido directamente a los ojos mientras se la follaban con la mano.
Carlos se masturbaba más rápido por encima de la tela, la vergüenza y el placer mezclados en una bola caliente en la garganta. El inventario, la fábrica, el frío… todo se había convertido en el escenario perfecto de su humillación más sucia y deseada. Y apenas estaban empezando.
El vapor de sus respiraciones se mezclaba ya con el olor a sexo que empezaba a impregnar la cámara fría. Diego sacó los dedos de dentro de Laura, los levantó a la altura de la cara de Carlos y los separó despacio, dejando que los hilos transparentes de jugos cayeran en hilos gruesos hasta el suelo de metal.
—Míralo, Carlitos. Esto es lo que le provoca mi mano. Imagínate lo que va a hacerle la polla.
Laura, con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada, no esperó más invitaciones. Se agachó de rodillas sobre el suelo helado, el mono bajado hasta los tobillos, las bragas empapadas aún enredadas en un muslo. Con manos torpes por el frío y la prisa abrió la cremallera del mono de Diego y tiró hacia abajo de la ropa interior. La polla de Diego saltó fuera, pesada, gruesa, venosa, con la cabeza ya brillante de precum y un olor macho y caliente que contrastaba brutalmente con el aire a cuatro grados. Laura soltó una risita nerviosa y excitada.
—Joder, Diego… es una bestia. Carlos, mira esto. Mira lo que le voy a meter en la boca a tu mujer.
Se inclinó y abrió la boca carnosa. Primero lamió la punta con la lengua plana, saboreando, y luego se la embutió de un solo empujón hasta que la garganta hizo un ruido húmedo y ahogado. Los ojos se le humedecieron, pero no apartó la vista de su marido. Miraba a Carlos directamente, con picardía, mientras las mejillas se le hundían al chupar. Diego gruñó y le agarró la coleta deshecha, guiándola.
—Eso es, preciosa. Trágatela toda. Dale un espectáculo al cornudo. ¿Ves cómo te mira, Carlitos? Tu esposa está babeando mi polla como si fuera un polo de limón en agosto. Y a ti se te está saliendo el precum por la cremallera, no me jodas.
Carlos se había bajado ya el mono hasta las rodillas y se masturbaba con la mano derecha a toda hostia, la polla roja y palpitante, más pequeña al lado de aquella monstruosidad que desaparecía y reaparecía entre los labios de Laura. El frío le helaba los huevos, pero el calor de la humillación le quemaba las tripas. Quería gritar, quería intervenir, pero las piernas no le respondían. Solo podía ver cómo su mujer se ahogaba deliberadamente, cómo la saliva le corría por la barbilla y caía en hilillos sobre sus pechos desnudos y duros por el frío.
—Más profundo —rogó Carlos con voz rota—. Métesela hasta el fondo. Quiero oírla atragantarse.
Laura obedeció. Empujó la cabeza hacia delante hasta que la nariz rozó el vello púbico de Diego y se quedó allí, tragando alrededor del glande, mirando a su marido con los ojos entrecerrados y una sonrisa imposible alrededor de la polla. Luego se retiró jadeando, un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza morada.
—Sabe a tío de verdad —dijo ella, riendo entre jadeos—. No como la tuya, cariño. Esta llena la boca. Y está caliente, joder, está caliente en medio de esta nevera de mierda.
Diego la levantó de un tirón como si no pesara nada. La giró y la empujó de pechos contra las estanterías de metal. Las cajas de pollo crujieron. Laura abrió las piernas y apoyó las manos en los barrotes fríos. Diego se colocó detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y frotó la polla gruesa arriba y abajo por el coño chorreante, mojándola del todo.
—Voy a follarte de pie, Laura. Contra la puta carne congelada. Y tu marido va a contar cada embestida. ¿Listo, Carlitos?
—Sí… joder, sí —balbuceó Carlos, la mano subiendo y bajando a un ritmo desesperado, el precum goteando hasta el suelo.
Diego empujó. La cabeza gruesa abrió los labios hinchados de Laura y se hundió centímetro a centímetro. Laura gritó, un grito agudo que se cortó en un gemido largo cuando la polla la llenó por completo, estirándola más de lo que Carlos nunca había conseguido. El sonido húmedo del roce fue obsceno, un chapoteo sucio que resonó entre el zumbido de los ventiladores.
—¡Ay, puta madre! —jadeó ella—. Está… está hasta el fondo. Carlos, me está abriendo. Me está partiendo en dos y me encanta. Mírame. Mírame mientras me la clava.
Diego empezó a follarla con embestidas profundas y lentas al principio, luego más rápidas, más brutales. Cada embestida hacía que los pechos de Laura rebotaran contra el metal frío y que ella soltara gemidos entrecortados. Las manos de Diego le agarraban las caderas con fuerza, dejándole marcas rojas. El mono de él colgaba de la cintura; el de ella era un montón de tela arrugada en los tobillos. El contraste entre el aire helado en la piel expuesta y el calor brutal del coño apretando aquella polla era casi ridículo, y aun así nadie se reía de verdad. Solo se oían jadeos, el chapoteo y las carcajadas bajas de Diego.
—Tu mujer aprieta como un puto torniquete, hermano —dijo Diego entre embestidas, mirando a Carlos por encima del hombro de Laura—. Cada vez que le doy se me corre un poco más. Escucha… —empujó hasta el fondo y se quedó quieto un segundo, dejando que el coño de Laura se contrajera alrededor de él con un ruido húmedo y obsceno—. ¿Lo oyes? Está chupándome la polla con el coño. Quiere la leche. ¿Se la doy dentro, cornudo? ¿Quieres que te la devuelva llena?
Carlos se masturbaba más fuerte, la vergüenza haciéndole arder hasta las orejas. Asintió con la cabeza, incapaz de hablar. Solo podía mirar cómo la polla gruesa entraba y salía brillante de jugos, cómo el coño de su esposa se adaptaba, se abría, se cerraba alrededor de aquel tronco.
Diego la sacó de las estanterías con un movimiento brusco y la empujó hacia unas cajas de pechugas apiladas a media altura. Laura se dejó caer de pechos sobre ellas, el culo al aire, las piernas abiertas. Diego se colocó detrás otra vez, le agarró las caderas y se la volvió a clavar de un solo empujón hasta las pelotas. Luego empezó a darle en posición de perrito con fuerza, las nalgas de Laura temblando con cada embestida. Y empezó a nalguearla. La palma grande y callosa cayó una y otra vez sobre la carne blanda, dejando marcas rojas que destacaban sobre la piel pálida por el frío.
—¡Toma, mi puta favorita! —le gritaba Diego entre risas y jadeos—. ¡Eso es! Abre ese culo. Que tu marido vea cómo te pongo la cara de puta. Dile lo bien que te la estoy metiendo. Dile.
—¡Me la está metiendo tan bien, Carlos! —gritó Laura, la voz rota de placer, la cara apretada contra el cartón de las cajas—. ¡Más gorda… más dura… me está follando como una perra! ¡Nalgéame más, Diego! ¡Llámame puta otra vez!
—Mi puta favorita —repitió Diego, dándole otra nalgada sonora que hizo eco en la cámara—. La puta de la cámara fría. La que se corre con la polla del mejor amigo de su marido mientras el cornudo se pajea en un rincón. ¿Verdad que sí?
Laura solo pudo gemir en respuesta, un gemido largo y desgarrado cuando el orgasmo la pilló por sorpresa. El coño se le contrajo con fuerza alrededor de la polla de Diego, chorreando más jugos que resbalaban por sus muslos y goteaban sobre el suelo. Diego no paró. Siguió embistiéndola a través del orgasmo, nalgueándola, llamándola puta, hasta que sus propios gemidos se volvieron más graves, más urgentes.
—Me corro —advirtió—. Me corro dentro. ¿Lo quieres, Laura? ¿Quieres la leche del amigo de tu marido pintándote el coño?
—¡Sí! ¡Dámela! ¡Lléname!
Diego se clavó hasta el fondo con un gruñido final y se corrió. Carlos lo oyó todo: el gemido bajo y animal de Diego, el sonido húmedo y espeso de la corrida bombeando dentro de su esposa, el chapoteo sucio cuando Diego siguió moviendo la polla un poco más, metiendo y sacando para empujar la leche más adentro. Laura temblaba, los muslos abiertos, un hilo blanco y espeso empezando a resbalar por el borde de su coño hinchado cuando Diego se retiró al fin. El semen goteó en goterones pesados sobre las cajas y el suelo.
Carlos se corrió también en ese preciso momento, sin tocarse casi, solo de oírlo y verlo. La polla le dio un tirón violento y salió un chorro débil que se perdió entre sus dedos y el frío del suelo. Se quedó temblando, la respiración entrecortada, las gafas empañadas, la vergüenza y el placer mezclados en una bola caliente en la garganta. No se atrevió a moverse. No se atrevió a hablar. Solo miró cómo su mujer se quedaba doblada sobre las cajas, el culo en alto, el coño abierto y goteando la corrida de otro hombre, y cómo Diego se reía bajo, orgulloso, limpiándose la polla todavía semidura con la mano.
El ventilador seguía zumbando. El frío seguía mordiendo. Y la puerta de la cámara fría seguía cerrada a cal y canto.
Diego le dio una última palmada en el culo a Laura, más suave esta vez, y se giró hacia Carlos con esa sonrisa de cabrón que nunca fallaba.
—Todavía no hemos terminado, Carlitos. Tu mujer sigue caliente. Y a mí todavía me queda una carga. ¿Qué te parece si ahora le hacemos probar cómo sabe su propio coño lleno de mi leche… y después la ponemos a cuatro patas otra vez hasta que no pueda ni cerrar las piernas? Tú decides. O mejor dicho… tú miras. Como siempre.
Laura levantó la cabeza, el pelo revuelto, los labios hinchados, y miró a su marido con una mezcla de ternura perversa y hambre renovada. Se pasó dos dedos por el coño, recogió un poco del semen espeso que le resbalaba y se los metió en la boca, chupando con ruido, sin apartar los ojos de Carlos.
—Todavía arde —susurró ella—. Todavía me late. Y quiero más. Quédate ahí, cariño. Quédate mirando. Que esto… esto solo acaba de empezar de verdad.
El aire helado olía ahora a sexo, a semen y a carne cruda. Y ninguno de los tres hizo el menor intento de volver a tocar el panel de emergencia.
El frío mordía ya la piel expuesta como dientes de metal, pero a ninguno de los tres le importaba una mierda. Diego, con la polla todavía semidura y brillante de su propia corrida mezclada con los jugos de Laura, se acercó a ella por detrás mientras ella seguía doblada sobre las cajas de pechugas. Le separó las nalgas con los pulgares y escupió un chorro espeso de saliva directamente sobre el coño abierto y goteante.
—Míralo bien, Carlitos —dijo con esa risa de cabrón que hacía eco entre los ventiladores—. Tu mujer parece un puto dónut relleno. Y todavía me late la gana de metérsela otra vez hasta que no le quede ni un pliegue sin estirar.
Laura se rio entre dientes, temblando, y se giró lo justo para mirar a su marido. Tenía los ojos vidriosos, las mejillas encendidas y un hilo blanco que le resbalaba por el muslo interno hasta la rodilla. Se pasó dos dedos otra vez por el borde hinchado, recogió más semen espeso y se lo ofreció a Carlos como si fuera un caramelo.
—Prueba, cariño. Prueba lo que te ha dejado tu mejor amigo dentro de mí. O mejor… —se metió los dedos en la boca, chupó con ruido obsceno y luego se acercó a él a gatas sobre el suelo helado—. Besa a tu puta esposa.
Carlos no se movió. Seguía con el mono a las rodillas, la polla flácida y pegajosa de su propia corrida anterior, las gafas empañadas y el bigote ralo temblando. El pecho le latía como un bombo. Quería odiarlo. Quería gritar que ya bastaba. Pero cuando Laura se alzó y le pegó la boca a la suya, abrió los labios como un idiota. El sabor le invadió de golpe: salado, amargo, espeso, el sabor de la polla de Diego y del coño de su mujer revueltos. Se le revolvió el estómago y al mismo tiempo se le endureció otra vez la polla con una traición miserable. Gimió dentro del beso. Diego se carcajeó detrás de ellos.
—Qué monada de matrimonio. Ahora a cuatro patas otra vez, preciosa. Que el cornudo vea cómo te la meto hasta que grites mi nombre como una puta de verdad.
Laura obedeció entre risitas jadeantes. Se puso a cuatro patas sobre el suelo de metal, el culo alto, las tetas pesadas colgando y rozando el frío con cada respiración. Los pezones estaban tan duros que dolían. Diego se arrodilló detrás, le agarró las caderas con fuerza y frotó la cabeza gruesa de su polla —ya otra vez completamente erecta, venosa, goteando precum caliente— arriba y abajo por el coño embarrado de leche. El contraste térmico era casi cómico: el aire a cuatro grados y aquella barra de carne ardiendo.
—Cuenta las embestidas, Carlitos —ordenó Diego—. Y si te corres antes que yo, te hago lamer el suelo.
Empujó. La polla se hundió de un solo tajo hasta las pelotas. Laura gritó, un grito agudo que se quebró en gemido cuando sintió cómo la abría otra vez, cómo el semen anterior salía a borbotones empujado por la nueva invasión. El chapoteo fue asqueroso y perfecto. Diego no se anduvo con delicadezas. Empezó a follarla con embestidas brutales, profundas, haciendo que las nalgas de Laura temblaran y que sus pechos rebotaran. Cada embestida sacaba un «plop» húmedo y un hilo más de corrida blanca que salpicaba el suelo y los muslos de ella.
Carlos se masturbaba otra vez, de rodillas a un metro, la mano subiendo y bajando a un ritmo desesperado. El frío le helaba los huevos hasta dejarlos como dos piedras, pero el espectáculo le quemaba las tripas. Veía la polla monstruosa de su mejor amigo desaparecer dentro de su esposa. Veía cómo el coño de Laura se estiraba en un anillo rosa y brillante. Veía la cara de ella, contraída de placer, la boca abierta, la lengua fuera.
—Más fuerte —rogó Carlos con voz rota—. Nalgéala. Llámala puta. Quiero oírlo todo.
Diego le dio una nalgada sonora que dejó la marca roja al instante. Luego otra. Y otra.
—¡Toma, puta de la cámara fría! ¡La puta favorita del mejor amigo de tu marido! ¿Te gusta que te parta el coño mientras el cornudo se pajea mirándonos? Dilo. Dilo alto.
—¡Me encanta! —gritó Laura, la voz entrecortada por cada embestida—. ¡Me está follando mejor que tú nunca, Carlos! ¡Más gorda, más dura, me llena entera! ¡Diego… joder, Diego, no pares!
Diego aceleró. Las manos le apretaban las caderas con tanta fuerza que iban a dejar moratones. El mono le colgaba de la cintura; el sudor le helaba en la frente y se le convertía en vapor. Laura empujaba el culo hacia atrás al encuentro de cada embestida, glotona, desesperada. El olor a sexo, a semen y a carne cruda impregnaba ya todo el aire helado.
—Me voy a correr —avisó Diego, la voz grave, animal—. Me voy a correr dentro otra vez. ¿Lo quieres, Laura? ¿Quieres que te pinte el útero con la leche de tu amante delante de tu marido?
—¡Sí! ¡Dámela, Diego! ¡Lléname! ¡Córrete dentro de mí!
Diego se clavó hasta el fondo con un gruñido largo y ruidoso, casi un bramido. La polla le palpitó visiblemente dentro del coño de Laura mientras bombeaba chorros espesos y calientes. Se le oía: el sonido húmedo y rítmico de la corrida saliendo a presión. Laura gritó su nombre en pleno orgasmo.
—¡Diego! ¡Diego, joder, me corroooo!
El coño se le contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla que la llenaba. Chorros de jugos se mezclaron con la leche nueva y resbalaron en hilillos gruesos por sus muslos, goteando sobre el metal. Temblaba toda, los brazos flaqueando, la cara apretada contra el suelo frío. Diego siguió embistiéndola despacio un rato más, exprimiendo hasta la última gota, hasta que la polla empezó a ablandarse y se salió con un sonido obsceno. Un torrente blanco y espeso salió detrás, manchando las cajas, el suelo, los tobillos de ella.
Se quedaron los tres jadeando. El ventilador seguía su zumbido monótono. Nadie tocaba el panel de emergencia.
Laura se giró despacio, todavía de rodillas, el pelo revuelto, los labios hinchados, el coño abierto y goteando sin control. Se arrastró hasta Carlos, le agarró la cara con las dos manos sucias de semen y le besó la boca con hambre. El sabor de Diego —su polla, su corrida, el coño de ella mismo— invadió otra vez la lengua de Carlos. Ella se lo metió todo, chupándole los labios, metiéndole la lengua hasta la garganta. Cuando se separó, un hilo de saliva y semen unía todavía sus bocas.
—Gracias por prestarme a tu mejor amigo —le susurró al oído, con una risita baja y perversa—. Eres el mejor cornudo del mundo, cariño.
Diego se rio a carcajadas, limpiándose la polla con un trapo que encontró por ahí y subiéndose el mono a medias.
—Hostia puta, Carlitos. Esto hay que repetirlo. La próxima noche de inventario te dejo a ti de portero otra vez y yo me encargo de que tu mujer no se congele el coño. ¿Qué te parece? ¿Noche en la cámara dos punto cero?
Carlos se rio también. Una risa temblorosa, histérica, mientras se subía el mono con manos torpes. El sabor amargo le seguía en la boca. El frío le calaba ya hasta los huesos. Asintió.
—Sí… joder, sí. La próxima vez traemos mantas. O no. Qué más da. Quiero verlo otra vez. Quiero que te la folles más fuerte. Soy… soy un cornudo feliz, ¿vale? Un puto cornudo feliz.
Los tres se rieron. Laura se acurrucó entre los dos hombres, todavía medio desnuda, el semen resbalándole por las piernas. Diego le pasó un brazo por los hombros. Carlos le cogió la mano. Esperaban el rescate. Alguien de la fábrica tendría que darse cuenta tarde o temprano de que faltaban tres del turno de noche. El panel de emergencia seguía ahí, intacto, rojo e ignorado.
Pero mientras la risa se apagaba poco a poco y el silencio de la cámara volvía a llenarse solo del zumbido del ventilador, algo se le torció a Carlos en el pecho. El sabor de Diego no se iba de su lengua. Miró el coño de su mujer, todavía abierto, todavía goteando la corrida de otro, y sintió un vacío frío que no tenía nada que ver con los cuatro grados. La risa se le quedó atragantada. Diego le guiñó un ojo y Laura le dio un beso en la mejilla, tierna, como si nada hubiera cambiado de verdad.
Y de pronto Carlos no estaba seguro de que la próxima noche en la cámara fuera una broma. No estaba seguro de nada. El frío le subía por la espalda como una duda larga y amarga, y por primera vez desde que la puerta hizo clack, deseó de verdad que alguien viniera a rescatarlos antes de que el silencio se volviera demasiado pesado.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories