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Última Noche en el Vapor: Su Mejor Amiga se Entrega

Última Noche en el Vapor: Su Mejor Amiga se Entrega La arquitecta de 32 años y su mejor amiga de 29 se entregan por fin a un ardiente

23 min read October 01, 2026New

Te confieso que esa noche la recuerdo con una nitidez que todavía me quema entre las piernas. Yo, Imani, arquitecta de treinta y dos años, me iba a Europa al día siguiente. Contrato firmado, piso vacío, maletas listas. Harriet, mi mejor amiga desde hacía una década, fotógrafa de veintinueve, había insistido en acompañarme en el último tramo: un vapor de lujo que bajaba el río con luces doradas y madera barnizada. “Una noche más”, había dicho ella. No sabía —o sí lo sabía, y por eso lo pedía— que esa noche lo cambiaría todo.

Estábamos en la terraza privada de mi camarote, copas de tinto en la mano, el agua negra deslizándose bajo el casco. Habíamos bebido despacio, apenas lo suficiente para soltar la lengua, no para nublarnos. Yo seguía lúcida. Ella también. Se lo vi en los ojos cuando dejó la copa sobre la barandilla y se giró hacia mí.

—Imani… siempre te he deseado. En secreto. Años. Y esta es mi única oportunidad de entregarme a ti antes de que te vayas.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi se me cae la copa. La miré: labios entreabiertos, mejillas encendidas, esa sonrisa nerviosa que yo conocía de memoria. Yo también lo había fantaseado mil veces, tocándome a solas con su nombre en la boca. Reconocí el mismo temblor en su mirada.

—Joder, Harriet… yo también. Llevo tanto tiempo queriéndote así que me duele.

Nos quedamos quietas un segundo, sonriendo como idiotas, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. El vapor seguía avanzando bajo la luna. Ella alargó la mano y me rozó el hombro, primero como siempre, inocente. Después los dedos se quedaron, apretaron, bajaron un poco por la curva del brazo. Yo me inclinó. Ella tomó la iniciativa: sus labios rozaron los míos con una suavidad que duró un segundo y se rompió enseguida. Abrí la boca. La besé con ganas, con hambre acumulada, metiendo la lengua, mordiéndole el labio inferior. Ella gimió contra mi boca.

—He fantaseado tanto con probarte —le susurré al oído, ya sin aire—. Con tenerte mojada en mi lengua.

Entramos al camarote a trompicones. La puerta se cerró de un golpe. Nos desnudamos con ansia torpe: yo le arranqué la blusa, ella me bajó la falda y las bragas de un tirón. Sus pechos quedaron libres, pezones oscuros y duros; los agarré con las dos manos, los amasé, les chupé con fuerza mientras ella me besaba el cuello y me mordía la clavícula. El aire olía a vino y a sexo ya. Cuando le metí la mano entre las piernas, la encontré empapada, los labios hinchados, el clítoris latyendo contra mis dedos. Ella me tocó a mí y sintió lo mismo: el muslo resbaladizo, el coño abierto y goteando.

—Mírate —jadeé—. Estás chorreando solo de besarme.

La tumbé en la cama grande, de espaldas. Me subí encima al revés, acomodándome en sesenta y nueve, el culo hacia su cara, el mío sobre su pecho. Hundí la cara entre sus muslos sin avisar. Su coño sabía a sal y a deseo; lamí de abajo arriba, abrí los labios con los dedos y me comí el clítoris hinchado, chupándolo con hambre, metiendo la lengua dentro de ella hasta que se arqueó y me agarró las caderas. Al mismo tiempo sentí su boca en mí: Harriet lamiendo y chupando mi clítoris con desesperación, gemidos vibrando contra mi carne, dos dedos entrando y saliendo mientras yo la devoraba. El camarote se llenó de ruidos húmedos, de “joder, así, más” y de mi culo moviéndose contra su cara.

Me incorporé, me giré y me senté directamente sobre su boca. Cabalgué su lengua con movimientos fuertes, dominantes, frotándome el coño abierto contra su nariz y su barbilla, empapándole la cara. Ella agarró mis muslos y me apretó más contra sí, sacando la lengua para que yo me la follara. Gocé con la vista de su cuerpo debajo: pechos temblando, vientre tenso, piernas abiertas. Bajé una mano, le metí dos dedos curvados dentro, buscando ese punto que la hacía gritar. Los moví sin piedad, entrando y saliendo mientras me frotaba en su lengua.

—Córrete en mi mano —ordené, la voz ronca—. Quiero sentirte apretar.

Harriet se corrió con un gemido largo, el coño contrayéndose alrededor de mis dedos, los jugos chorreándole por el culo hasta la sábana. No paramos. Cambiamos: ella se puso encima, me comió el coño hasta que yo también explote contra su boca, temblando, tirándole del pelo. Después busqué en mi maleta el vibrador grueso que siempre viaja conmigo. Se lo apoyé en el clítoris mientras la tenía de lado, encendí el motor bajo y se lo metí despacio. Ella abrió la boca en un grito silencioso. Yo me agaché, le separé las nalgas y le lamí el ano al mismo tiempo, lengua plana, círculos humedos, mientras el vibrador le follaba el coño y mis dedos le apretaban el clítoris. Se corrió otra vez, más fuerte, el cuerpo entero sacudiéndose, mojándome la mano y la barbilla, gritando mi nombre contra la almohada.

Cuando el temblor bajó, apagué el juguete y lo dejé a un lado. Me eché detrás de ella, la abracé desde atrás, pechos pegados a su espalda, muslo metido entre los suyos. El amanecer empezaba a filtrarse por el ventanal del camarote: el río se volvía plateado, la niebla se levantaba. Harriet respiraba agitada aún, el culo pegado a mi vientre, mi mano descansando sobre su pecho, sintiendo el corazón desbocado. Ninguna dijo “adiós” ni “esto fue solo una noche”. El vapor seguía avanzando. Yo sabía que en pocas horas el barco atracaría y yo tomaría el avión, pero su cuerpo caliente contra el mío, el olor a sexo en las sábanas y la forma en que sus dedos se enredaron con los míos sin soltarme me decían que esto no había terminado. Que todavía quedaba más por pedir, más por dar, más por romper antes de que el sol estuviera alto del todo.

Te confieso que el roce de su culo contra mi vientre me tenía otra vez empapada antes de que el sol terminara de asomar. Harriet no se había dormido; lo supe porque sus dedos apretaron los míos con fuerza y su respiración se aceleró otra vez. Me giré un poco, le mordí el hombro y le susurré al oído:

—Todavía no he terminado contigo. Quiero más. ¿Me dejas?

Ella asintió con un gemido ronco, ya sin vergüenza.

—Tómame como quieras, Imani. Esta noche soy tuya del todo.

Me incorporé sobre ella, la empujé suavemente de espaldas y me arrodillé entre sus piernas abiertas. La luz gris del amanecer bañaba su cuerpo: pechos pesados, pezones aún duros, el coño hinchado y brillante de jugos secos y nuevos. Bajé la cabeza y volví a lamerla, lenta, saboreando el sabor a sexo y a mí misma mezclado en sus pliegues. Ella arqueó la espalda y me agarró el pelo.

—Joder… así, chúpame otra vez… me vuelve loca sentir tu lengua.

Metí la lengua hasta el fondo, la saqué, la volví a meter, y con los dedos le abrí los labios para chuparle el clítoris con fuerza rítmica. Harriet jadeaba mi nombre, las caderas empujando contra mi cara. Cuando sentí que estaba al borde otra vez, me detuve. Me subí por su cuerpo, le frotré mi coño mojado contra el suyo y empecé a frotarme, labios contra labios, clítoris rozando clítoris en un vaivén húmedo y desesperado. El sonido era obsceno: chapoteo, piel contra piel, gemidos ahogados.

—Mírame —le ordené, sujetándole las muñecas contra la almohada—. Quiero ver tu cara mientras te corro en el coño.

Ella me miró con los ojos entrecerrados de placer, la boca abierta. Froté más fuerte, más rápido, mis pechos rozando los suyos. El calor subía por mi vientre como fuego. Me corrí primero, temblando, soltando un chorro caliente que le resbaló por el culo. Ella gritó y se corrió detrás, las piernas envueltas alrededor de mi cintura, apretándome contra sí mientras su coño palpitaba contra el mío.

No nos dimos respiro. Me arrodillé a horcajadas sobre su pecho, le acerqué el coño a la boca otra vez y le dije:

—Limpia lo que te he dejado. Con la lengua. Despacio.

Harriet obedeció con hambre. Su lengua limpia y profunda me recorrió de arriba abajo, chupando mis labios hinchados, metiéndose dentro, saboreando mis jugos y los suyos. Me balanceé sobre su cara, frotándome despacio, disfrutando del poder de usarla. Cuando sentí que podía más, me bajé, busqué de nuevo el vibrador y lo encendí en modo medio. Me tumbé de lado frente a ella, le enganché una pierna sobre mi cadera y le metí el juguete grueso hasta el fondo mientras le chupaba un pezón con fuerza.

—Más hondo —rogó ella, la voz rota—. Fóllame fuerte, Imani. Quiero sentirte mañana cuando camine.

Empujé el vibrador con movimientos largos y firmes, retorciéndolo dentro de ella, buscando ese punto que la hacía abrir la boca en silencio. Al mismo tiempo le froté el clítoris con el pulgar en círculos rápidos. Harriet se aferraba a mi espalda, las uñas clavándome la piel, el cuerpo entero sacudiéndose. Se corrió otra vez, un orgasmo largo que le mojó el muslo y la sábana, el vibrador aún dentro, zumbando.

Cuando el temblor bajó, lo saqué despacio, lo apagué y lo dejé a un lado. Me agaché entre sus piernas otra vez y le lamí el ano con lengua plana y caliente, empujando la punta dentro mientras le metía dos dedos en el coño empapado. Ella se retorcía, empujando el culo hacia mi cara.

—Sí… lámelo… joder, nadie me ha tocado ahí así…

La lengua entraba y salía, los dedos curvados la follaban sin piedad. Sentí cómo se tensaba otra vez. Me detuve justo antes, la giré a cuatro patas y me puse detrás. Le separé las nalgas, le escupí en el culo y le metí la lengua de nuevo mientras le masajeaba el clítoris con la otra mano. Harriet empujaba hacia atrás, pidiendo más. Metí un dedo lubricado en su ano, despacio, dejándola acostumbrarse, y al mismo tiempo le metí tres en el coño. La follé así, los dos agujeros llenos, mi lengua aún lamiendo alrededor.

—Córrete otra vez para mí —susurré contra su piel—. Quiero oírte gritar mi nombre.

Ella lo hizo: un grito ahogado contra la almohada, el cuerpo entero contrayéndose, los jugos chorreándole por los muslos hasta mis muñecas. La sostuve mientras temblaba, besándole la espalda, el cuello, el hombro. Cuando se calmó un poco, me tumbé debajo de ella y la hice sentarse en mi cara otra vez, pero esta vez al revés, en un sesenta y nueve profundo. Me comí su coño hinchado y sensible mientras ella me lamía el mío con desesperación renovada. Nos follamos la boca mutuamente, lenguas y labios y dedos, hasta que yo volví a correrme en su lengua, las piernas temblando alrededor de su cabeza.

El camarote olía a sexo puro: sudor, jugos, el leve aroma del juguete. El vapor seguía avanzando, el río plateado ya visible del todo por el ventanal. Me arrastré hasta quedar encima de ella, pecho contra pecho, y la besé con la boca llena de su sabor. Harriet me miró con los ojos brillantes, el pelo pegado a la frente.

—No quiero que te vayas —susurró—. No todavía. Quiero que me uses hasta que no pueda más. Hasta que el barco atraque.

Le acaricié la mejilla, después bajé la mano y le metí dos dedos otra vez, solo para sentirla contraerse alrededor.

—Entonces vamos a seguir —le dije, la voz ronca de confesión—. Voy a hacerte correrte tantas veces que cuando baje del barco todavía me sientas dentro. Voy a chuparte el coño hasta que tiembles. Voy a follarte el culo con los dedos y con la lengua. Y después… después quiero que tú me montes la cara hasta que yo no pueda más tampoco.

Ella sonrió, cansada y hambrienta a la vez, y me besó profundo, mordiéndome el labio.

—Hazlo. Todo. Estoy lista.

Me incorporé, la puse de rodillas al borde de la cama y me arrodillé yo también delante. Le abrí los muslos, le chupé el clítoris hinchado con suavidad primero, después con más hambre, metiendo la lengua y los labios alrededor. Al mismo tiempo le metí un dedo en el ano y dos en el coño, follándola despacio pero firme. Harriet se sujetaba a mis hombros, empujando las caderas hacia mi boca, gemidos bajos y constantes llenando el camarote. El sol ya entraba de lleno, calentándonos la piel. Sentí cómo se acercaba otra vez, el coño apretando mis dedos, el ano cerrándose alrededor del que le metía.

No la dejé parar. Seguí chupando, follando, lamiendo, hasta que el orgasmo la sacudió de nuevo, más fuerte, un chorro cálido mojándome la barbilla y el pecho. La sostuve, la besé entre las piernas, le limpié los muslos con la lengua. Cuando alzó la vista, sus ojos estaban húmedos de placer y de algo más profundo.

—Todavía queda —le dije, subiendo a la cama otra vez, tumbándome de espaldas y abriendo las piernas—. Ahora tú. Siéntate. Usa mi lengua como quieras. Fóllame la cara hasta que te canses.

Harriet se acomodó sobre mí, el coño abierto y goteante bajando hasta mi boca. Empezó a balancearse despacio, después más fuerte, frotándose, empujando, usando mi lengua y mi nariz y mi barbilla. Yo la agarré de las caderas y la apreté más contra mí, tragando todo lo que me daba. El camarote se llenó otra vez de ruidos húmedos y de su voz diciendo mi nombre una y otra vez. El vapor seguía su curso. El amanecer ya era día. Y yo sabía, con el sabor de ella llenándome la boca y el corazón latiéndome desbocado, que todavía no habíamos llegado al fondo de lo que podíamos hacernos. Que quedaba más por romper, más por chupar, más por entregar antes de que el barco atracara y el avión me llevara lejos.

Te confieso que el peso de su coño abierto sobre mi boca me volvió a empapar al instante. Harriet se balanceaba con una desesperación que ya no fingía timidez: caderas rodando, labios hinchados frotándose contra mi lengua y mi nariz, jugos calientes resbalándome por la barbilla hasta el cuello. Yo la agarré con fuerza de las nalgas, los dedos clavándose en esa carne firme, y la apreté más contra mí, tragando cada gota, metiendo la lengua lo más hondo que pude mientras ella gemía mi nombre como una oración sucia.

—Así… joder, Imani, úsame la lengua… fóllame la cara con tu boca —jadeó ella, la voz rota, las manos apoyadas en el cabecero mientras aceleraba el ritmo. Sentí su clítoris duro rozándome los labios una y otra vez. Me corrí yo sola solo de oírla, un temblor bajo que me apretó el vientre, pero no me detuve. Seguí chupándola, lamiéndola, dejando que me sofocara con su coño hasta que el orgasmo la sacudió: un grito ahogado, las piernas temblando a ambos lados de mi cabeza, un chorro cálido que me inundó la boca y me obligó a tragar.

No le di respiro. La empujé suavemente hacia atrás, la hice girar y la tumbé de lado. Me acurruqué detrás, pechos pegados a su espalda sudada, y le levanté la pierna superior. El vibrador seguía a nuestro alcance; lo cogí, lo encendí en modo alto esta vez y se lo apoyé directo en el clítoris hinchado mientras le metía tres dedos de golpe en el coño empapado. Harriet arqueó la espalda contra mí y soltó un gemido gutural.

—Más… metémelo todo —rogó, ya sin vergüenza—. Quiero que me dejes marcada por dentro.

Se lo metí hasta el fondo, retorciéndolo, buscando ese punto esponjoso que la hacía abrir la boca en silencio. Al mismo tiempo le masajeaba el clítoris con la cabeza zumbante del juguete y le mordía el hombro, el cuello, la oreja. Su culo empujaba contra mi vientre; sentí mi propio coño goteando otra vez solo de tenerla así, abierta y pidiendo. Bajé la otra mano, le separé las nalgas y le humedecí el ano con saliva y jugos. Metí un dedo despacio, sintiendo cómo se cerraba alrededor, caliente y apretado.

—Tienes el culo tan ansioso… mira cómo me lo chupa —le susurré al oído, la voz ronca de confesión—. Voy a follártelo con los dedos hasta que grites. ¿Me dejas?

—Sí… joder, sí, Imani, rómpeme —contestó ella, empujando hacia atrás. Añadí un segundo dedo, abrí y cerré dentro de ella mientras el vibrador le martilleaba el coño y mi pulgar le frotaba el clítoris. Harriet se corrió otra vez, el cuerpo entero contrayéndose, un gemido largo que se le escapó contra la almohada mojada. Los jugos le chorrearon por el muslo hasta la sábana; yo seguí moviendo los dedos en ambos agujeros, prolongándole el temblor hasta que se quedó jadeando, blanda y temblorosa en mis brazos.

Me incorporé, la puse a cuatro patas al borde de la cama y me arrodillé detrás. Le separé las nalgas con las dos manos y le lamí el ano con lengua plana y caliente, círculos lentos primero, después empujando la punta dentro, saboreando la sal y el sexo. Ella empujaba el culo hacia mi cara, pidiendo más sin palabras. Metí la lengua lo más hondo que pude mientras le metía el vibrador de nuevo en el coño, ahora en vaivenes largos y firmes. El motor zumbaba contra sus paredes; yo lo sentía en la lengua cada vez que la follaba por detrás.

—Nadie… nadie me ha comido el culo así —gimió ella, la voz hecha trizas—. Más profundo… chúpamelo todo.

Obedecí. La lengua entraba y salía, los labios chupaban, un dedo se unió para abrirle más. Cuando la sentí al borde otra vez, saqué la lengua, le escupí encima y le metí dos dedos lubricados en el ano mientras el juguete le reventaba el coño. La follé así, los dos agujeros llenos, mi mano libre apretándole el clítoris. Harriet gritó mi nombre contra el colchón, un orgasmo violento que le hizo temblar los brazos y mojarme la muñeca hasta el codo. La sostuve por la cintura, besándole la base de la espalda, el pliegue de las nalgas, dejando que se derritiera contra mí.

Cuando el temblor bajó un poco la giré, la tumbé de espaldas y me subí a horcajadas sobre su cara otra vez, pero esta vez al revés, en un sesenta y nueve profundo y sucio. Hundí la boca entre sus muslos abiertos y me comí el coño hinchado y sensible, lamiendo los labios rojos, chupando el clítoris todavía palpitante, metiendo la lengua y los dedos a la vez. Ella me agarró las caderas y me bajó con fuerza sobre su boca; sentí su lengua entrarme, su nariz frotándome, sus gemidos vibrando contra mi carne. Nos follamos la boca mutuamente con hambre animal: chapoteos, babas, jugos mezclados, uñas clavándose en muslos y nalgas.

Me corrí en su lengua con un gemido ahogado, las piernas temblando alrededor de su cabeza, un chorro que ella bebió con avidez. No paramos. Seguimos, cambiando el ritmo, más lento ahora, más profundo, saboreándonos como si el tiempo se hubiera detenido dentro de ese camarote. El sol ya era alto; la luz dorada entraba a raudales por el ventanal y nos bañaba la piel sudada, brillando en nuestros pechos, en el vello húmedo, en las sábanas revueltas y manchadas.

Me arrastré hasta quedar encima de ella, pecho contra pecho, y le frotté el coño contra el suyo otra vez. Labios hinchados rozando labios hinchados, clítoris contra clítoris en un vaivén resbaladizo y desesperado. El sonido era obsceno, puro sexo húmedo. La miré a los ojos mientras nos frotábamos.

—Mírame mientras te corro encima —ordené, sujetándole las muñecas contra la almohada—. Quiero que sientas cómo te mojo, cómo te marco.

Harriet me miró con los ojos entrecerrados, la boca abierta, el pelo pegado a la frente. Aceleré. El calor subió por mi vientre como lava. Me corrí primero, temblando, soltando otro chorro caliente que le resbaló por el culo y la sábana. Ella gritó y se corrió detrás, las piernas envueltas alrededor de mi cintura, apretándome contra sí mientras su coño palpitaba contra el mío en oleadas.

Nos quedamos así un momento, jadeando, sudando, el corazón latiéndonos juntos. Pero yo aún no había terminado. Me bajé, busqué de nuevo el vibrador y lo encendí. Me tumbé de lado frente a ella, le enganché la pierna sobre mi cadera y se lo metí despacio hasta el fondo mientras le chupaba un pezón con fuerza, tirando de él con los dientes. Con la otra mano le froté el clítoris en círculos rápidos.

—Más hondo… fóllame como si no te fueras a ir nunca —rogó ella, las uñas clavándome la espalda.

Empujé el juguete con movimientos largos y retorcidos, buscándole ese punto una y otra vez. Al mismo tiempo le metí un dedo en el ano, luego dos, follándola por detrás mientras el vibrador le reventaba por delante. Harriet se aferraba a mí, el cuerpo entero sacudiéndose, la boca abierta en gemidos constantes. Se corrió otra vez, más fuerte aún, un orgasmo que le mojó el muslo, mi mano y la cama, el grito de mi nombre ahogado contra mi cuello.

Cuando el temblor bajó lo saqué despacio, lo apagué y lo dejé a un lado. Me agaché entre sus piernas y le limpié todo con la lengua: el coño abierto, los pliegues hinchados, el ano todavía sensible, los muslos brillantes. Ella se retorcía, medio riendo, medio gimiendo, tirándome del pelo con suavidad.

—Eres un desastre… mi desastre favorito —susurré contra su carne, saboreándola una vez más.

Me subí, la abracé de frente, piernas entrelazadas, y la besé con la boca llena de su sabor. Harriet me miró con esos ojos brillantes, cansados y todavía hambrientos.

—No pares —me dijo, la voz ronca—. Todavía quiero más. Quiero que me montes la cara otra vez. Quiero chuparte hasta que tiembles. Quiero que me uses el culo con los dedos y la lengua hasta que no pueda caminar derecha cuando bajemos. Y después… después quiero follarte yo a ti con la mano y con la boca hasta que grites mi nombre también.

Le acaricié la mejilla, bajé la mano y le metí dos dedos otra vez solo para sentirla contraerse caliente y mojada alrededor.

—Entonces vamos a seguir hasta que el barco atraque —le confesé al oído, ya empapada otra vez solo de oírla—. Voy a hacerte correrte tantas veces que cuando pises tierra firme todavía me sientas dentro, todavía te duela el coño de lo bien que te lo he follado. Voy a chuparte el culo hasta que ruegues. Voy a sentarme en tu cara y usarte la lengua como mi juguete personal. Y tú… tú me vas a montar hasta que yo tampoco pueda más.

Ella sonrió, esa sonrisa sucia y entregada que me conocía de memoria, y me besó profundo, mordiéndome el labio inferior hasta sacarme sangre dulce.

—Hazlo. Todo. Estoy lista para lo que sea, Imani. Esta noche soy tuya del todo. Úsame.

Me incorporé, la puse de rodillas al borde de la cama otra vez y me arrodillé delante. Le abrí los muslos con las manos, le chupé el clítoris hinchado con hambre renovada, metiendo lengua y labios alrededor mientras le metía un dedo en el ano y dos en el coño, follándola despacio pero firme. Harriet se sujetaba a mis hombros, empujando las caderas hacia mi boca, gemidos bajos y constantes llenando el camarote junto al rumor del río bajo el casco. El sol nos calentaba la piel. Sentí cómo se acercaba otra vez, el coño apretando mis dedos, el ano cerrándose alrededor del que le metía.

No la dejé parar. Seguí chupando, follando, lamiendo, hasta que el orgasmo la sacudió de nuevo, más fuerte, un chorro cálido mojándome la barbilla, el pecho, los pechos. La sostuve, la besé entre las piernas, le limpié los muslos con la lengua lenta y posesiva. Cuando alzó la vista, sus ojos estaban húmedos de placer y de esa urgencia que todavía no se había apagado.

—Todavía queda —le dije, subiendo a la cama, tumbándome de espaldas y abriendo las piernas de par en par—. Ahora tú. Siéntate. Usa mi lengua como quieras. Fóllame la cara hasta que te canses de correrte. Quiero que me dejes sin aire.

Harriet se acomodó sobre mí, el coño abierto y goteante bajando hasta mi boca abierta. Empezó a balancearse despacio, después más fuerte, frotándose, empujando, usando mi lengua y mi nariz y mi barbilla como si fueran solo para ella. Yo la agarré de las caderas y la apreté más contra mí, tragando todo lo que me daba, el sabor a sexo puro llenándome la garganta. El camarote se llenó otra vez de ruidos húmedos, de su voz diciendo mi nombre una y otra vez, de mi propio gemido ahogado contra su carne.

El vapor seguía avanzando. El día ya era pleno. Y yo sabía, con el peso de su coño sofocándome y el corazón latiéndome desbocado entre las piernas, que todavía no habíamos llegado al fondo de lo que podíamos hacernos. Que quedaba más por romper, más por chupar, más por entregar, más por follar antes de que el barco atracara y el avión me arrancara de ella. Su cuerpo caliente seguía moviéndose sobre mi cara, pidiendo, dando, y yo estaba lista para seguir hasta que no quedara aliento.

Te confieso que el peso de su coño abierto sobre mi boca me tenía al borde otra vez, pero Harriet no se detuvo. Rodaba las caderas con más fuerza, empapándome la cara, frotándose el clítoris hinchado contra mi lengua extendida mientras yo la agarraba de las nalgas y la atraía más abajo. El sabor a sal y a jugos calientes me llenaba la garganta. Gemía contra ella, el sonido ahogado, y ella respondía empujando más fuerte.

—Trágamelo todo, Imani… así… joder, me voy a correr otra vez en tu boca —jadeó, la voz rota, las manos clavadas en el cabecero.

Sentí el temblor empezar en sus muslos. Aceleré la lengua, chupé con fuerza, metí dos dedos en su coño goteante y los curvé buscando ese punto esponjoso. Harriet gritó mi nombre y se derramó: un chorro caliente que me obligó a tragar, el coño contrayéndose alrededor de mis dedos, el cuerpo entero sacudiéndose encima de mí. La sostuve por las caderas hasta que el orgasmo bajó, lamiéndole despacio los labios hinchados, saboreando cada gota.

No la dejé recuperar el aliento. La empujé suavemente hacia un lado, me incorporé y la tumblé de espaldas. El sol ya entraba a raudales, calentándonos la piel sudada. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, le separé los muslos con las manos y volví a hundir la cara. Lamí de abajo arriba, abrí los pliegues con los dedos y chupé el clítoris todavía sensible con hambre lenta. Harriet arqueó la espalda y me agarró el pelo.

—Más… no pares, por favor… chúpame hasta que no pueda más —rogó, ya sin vergüenza ninguna.

Metí la lengua dentro, la saqué, la volví a meter mientras le frotaba el clítoris con el pulgar. Al mismo tiempo bajé la otra mano, le humedecí el ano con saliva y jugos y le introduje un dedo despacio. Ella empujó el culo hacia mí, pidiendo. Añadí un segundo dedo, los abrí y cerré dentro de ese calor apretado mientras la lengua le follaba el coño. El camarote se llenó otra vez de chapoteos y de sus gemidos rotos.

Cuando la sentí al borde, me detuve. Me subí por su cuerpo, le frotté mi coño empapado contra el suyo y empecé el vaivén húmedo, labios contra labios, clítoris rozando clítoris. El sonido era obsceno, puro sexo. La miré a los ojos, sujetándole las muñecas contra la almohada.

—Mírame mientras nos corremos juntas —ordené, la voz ronca—. Quiero verte la cara cuando te moje.

Harriet me miró con los ojos entrecerrados, la boca abierta. Aceleré. El calor subió por mi vientre como fuego. Me corrí primero, temblando, soltando un chorro caliente que le resbaló por el culo hasta la sábana. Ella gritó y se corrió detrás, las piernas envueltas alrededor de mi cintura, apretándome mientras su coño palpitaba contra el mío en oleadas largas.

Nos quedamos jadeando un segundo, pecho contra pecho, sudor mezclado. Pero yo aún quería más. Me bajé, cogí el vibrador, lo encendí en modo alto y me tumbé de lado frente a ella. Le enganché la pierna sobre mi cadera y se lo metí despacio hasta el fondo mientras le chupaba un pezón con fuerza, tirando con los dientes. Con la otra mano le froté el clítoris en círculos rápidos y le metí dos dedos en el ano.

—Fóllame más hondo… quiero sentirte mañana en cada paso —rogó ella, las uñas clavándome la espalda.

Empujé el juguete con movimientos largos y retorcidos, buscándole ese punto una y otra vez. Los dedos le follaban el culo al mismo ritmo. Harriet se aferraba a mí, el cuerpo entero sacudiéndose, la boca abierta en gemidos constantes. Se corrió otra vez, más fuerte, un orgasmo que le mojó el muslo, mi mano y la cama, el grito de mi nombre ahogado contra mi cuello. Seguí moviendo el vibrador y los dedos, prolongándole el temblor hasta que se quedó blanda y temblorosa.

Lo saqué despacio, lo apagué y lo dejé a un lado. Me agaché entre sus piernas y le limpié todo con la lengua: el coño abierto y rojo, los pliegues hinchados, el ano todavía sensible, los muslos brillantes de jugos. Ella se retorcía, medio riendo, medio gimiendo, tirándome del pelo con suavidad cansada.

Me subí, la abracé de frente, piernas entrelazadas, y la besé con la boca llena de su sabor. Harriet me miró con esos ojos brillantes, exhaustos y todavía dulces.

—Ya no puedo más… pero no quiero que pares del todo —susurró, la voz ronca—. Quédate así. Dentro de mí de alguna forma.

Le acaricié la mejilla, bajé la mano y le metí dos dedos suaves otra vez solo para sentirla contraerse caliente y mojada alrededor. Ella gimió bajo, pero ya no era hambre: era entrega total. Moví los dedos despacio, sin prisa, solo manteniendo el contacto, mientras le besaba el cuello, la clavícula, el pecho. Su respiración se iba calmando poco a poco, el corazón todavía acelerado bajo mi palma.

El vapor seguía avanzando, el río plateado brillando bajo el sol alto. El camarote olía a sexo puro: sudor, jugos, el leve aroma del juguete abandonado. Las sábanas estaban revueltas y manchadas. Yo seguía metida entre sus piernas, los dedos dentro, el cuerpo pegado al suyo, sintiendo cómo el último temblor se apagaba. Harriet cerró los ojos un momento, sonrió contra mi hombro y entrelazó los dedos con los míos que aún la llenaban.

—Te siento todavía… tan profundo —murmuró, ya casi en un susurro de sueño y satisfacción.

No dije nada más. Solo la sostuve así, pechos pegados, muslos entrelazados, mis dedos quietos pero presentes dentro de su calor húmedo y cansado. El afterglow nos envolvía: la piel pegajosa, el aliento compartido, el pulso que iba bajando juntos. El barco seguiría su curso. El avión me esperaría. Pero en ese instante exacto, con ella blanda y entregada en mis brazos, el coño todavía palpitando suavemente alrededor de mis dedos, no había más que esto. El calor residual. El olor. La entrega completa.

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