Rendición Nupcial: La Divorciada de al Lado se Entrega al Padrino Frente a Su Marido
La divorciada de 32 años Vanessa se entrega al dominante padrino Sergio delante de su marido humillado en plena boda.
Vanessa tenía treinta y dos años y el divorcio todavía le pesaba en la piel como un perfume barato que no lograba quitarse del todo. Aquella tarde de junio se había puesto el vestido rojo ceñido a propósito, el que marcaba las caderas y el escote generoso, y ahora caminaba del brazo de Silas, su nuevo marido de treinta y cuatro, por el jardín de la finca donde se casaba su mejor amiga. Silas era alto, delgado, de manos suaves y mirada bajita; un hombre tímido que se sonrojaba si ella le rozaba el muslo bajo la mesa. Él le apretaba el brazo con ternura nerviosa mientras los invitados alzaban copas.
El padrino de la boda esperaba junto al altar improvisado bajo los naranjos. Sergio, treinta y ocho años, hombros anchos, barba recortada y esa sonrisa de depredador que Vanessa conocía demasiado bien. Habían sido amantes dos veranos atrás, antes de que ella conociera a Silas. Cuando sus ojos se encontraron, el aire se espesó. Sergio la recorrió despacio, de los labios pintados a las piernas abiertas por la raja del vestido, y Vanessa sintió el calor subirle al cuello. Se sonrojó. Silas lo notó al instante.
—¿Todo bien, cariño? —susurró él.
Ella no respondió con palabras. Solo le dedicó una sonrisa distraída y volvió a mirar a Sergio. El saludo fue un roce de mejillas demasiado largo. Sergio le susurró al oído: «Sigues oliendo igual de puta». Vanessa soltó una risita cómplice que hizo que Silas se tensara a su lado. Durante toda la ceremonia ella no apartó la vista del padrino. Cruzaban miradas cargadas, ella se mordía el labio inferior y se acomodaba el escote con dedos lentos. Silas lo veía todo: el modo en que su esposa se inclinaba un poco más de la cuenta cuando Sergio le pasaba cerca, la forma en que le devolvía la sonrisa ladeada, casi lasciva. Cada gesto era una pequeña humillación pública. El anillo de casados le pesaba en el dedo como una burla.
En el banquete la tensión se volvió eléctrica. Vanessa bebió solo agua; quería la cabeza clara. Cada vez que Sergio se levantaba a brindar, ella se giraba hacia él y le guiñaba un ojo. Silas intentó tomar su mano bajo el mantel; ella se la retiró con suavidad y se la posó en el muslo propio, abriéndose un poco más las piernas. Sergio lo vio desde su silla de honor y levantó la copa en un brindis privado solo para ella.
Fue ella quien se levantó primero.
—Necesito aire —mintió, y salió hacia el salón privado de la finca, una habitación con sofás de terciopelo y persianas bajadas. Sergio la siguió sin que nadie más lo notara. Silas, tras unos segundos de duda humillante, también entró y cerró la puerta tras de sí.
Dentro, Vanessa se giró hacia Sergio y le agarró la solapa.
—Nunca he dejado de desearte —confesó entre susurros rápidos, la voz ronca—. Quiero entregarme a ti esta misma noche. Aquí. Ahora. Quiero que me folles como solo tú sabes mientras él mira.
Sergio la miró a los ojos, luego a Silas, que estaba pálido junto a la puerta.
—¿Y tu marido?
Vanessa se acercó a Silas, le tomó la cara con las dos manos y lo besó en la boca con ternura falsa.
—Él va a quedarse. ¿Verdad, amor? Vas a mirar cómo me lo como entero. Dime que sí.
Silas tragó saliva. La polla se le había endurecido traicionera dentro del pantalón de traje. Asintió, la voz apenas un hilo:
—Sí… quiero mirar. Hazlo. Los dos… consiento. Quiero veros.
Vanessa se volvió y besó a Sergio con una hambre brutal delante de su marido. Lenguas húmedas, dientes, gemidos. Sergio le agarró el culo con las dos manos y la levantó contra él. Cuando se separaron, un hilo de saliva los unía todavía.
—Estás empapada, ¿verdad? —le gruñó Sergio al oído, lo bastante alto para que Silas oyera—. Te conozco. Ese coño ya me está llorando. Dile a tu marido lo mojada que estás por tu ex.
—Estoy chorreando, Silas —dijo ella mirándolo a los ojos mientras Sergio le metía la mano bajo el vestido y le rozaba la braga empapada—. Solo de verle la polla se me abre sola. Siempre fue más gruesa que la tuya.
Sergio se desabrochó el pantalón. La polla le saltó gruesa, venosa, ya goteando. Vanessa se arrodilló sin que se lo pidieran. Agarró la base con las dos manos y miró a su marido mientras abría la boca y se la metía entera de un solo golpe. Silas dio un paso adelante, hipnotizado, la cara roja de vergüenza y excitación. Ella chupaba con ansia, babas resbalándole por la barbilla, gimiendo alrededor del glande.
—Mira, cariño… es mucho más grande —dijo al sacar la polla de la boca y lamerla de abajo arriba—. Más gruesa. Me llega más hondo. Me va a destrozar el coño y tú vas a verlo todo.
Sergio le agarró el pelo y la embistió contra su boca un par de veces más antes de levantarla. La giró, la bendió sobre el sofá de terciopelo y le levantó el vestido hasta la cintura. Le bajó las bragas rojas hasta los tobillos y le dio una nalgada seca y fuerte que resonó en la habitación.
—Puta nupcial —escupió—. Te has puesto de cuatro en la boda de tu amiga para que te folle el padrino. Di en voz alta de quién es este coño ahora.
—¡Es tuyo! —gritó Vanessa mientras él se hundía de un solo empujón hasta el fondo—. ¡Mi coño te pertenece, Sergio! ¡Fóllame!
Él la follaba salvajemente, caderas golpeando contra su culo, una mano tirándole del pelo hacia atrás y la otra marcándole las nalgas con palmadas rojas. Cada embestida sacaba un grito ahogado de ella. Silas se había acercado sin que nadie se lo pidiera, la respiración entrecortada, la mano apretando su propia erección por encima de la tela.
—Acércate más —ordenó Sergio—. Mira cómo se la traga entera. Mira cómo le late el coño alrededor de mi polla.
Silas se arrodilló al lado del sofá. Vio la polla gruesa de Sergio desaparecer y reaparecer brillante de jugos, vio los labios hinchados de Vanessa abiertos alrededor del tronco, vio cómo el glande le rozaba el fondo cada vez. Sergio la sacó de cuatro, la tumbó de espaldas en el sofá y le abrió las piernas en misionero. La penetró de nuevo, lento al principio para que el marido viera cada centímetro entrando, luego rápido y profundo. Vanessa se aferraba a los hombros de Sergio y miraba a Silas entre gemidos.
—Más… más duro… quiero que me llene…
Sergio la puso a caballo. Vanessa se sentó sobre él con furia, las tetas saliéndose del escote, rebotando mientras cabalgaba. Se masturbaba el clítoris con dos dedos y gritaba el nombre de Sergio cada vez que bajaba hasta el final.
—¡Sergio! ¡Me corro! ¡Me estoy corriendo en tu polla!
El orgasmo la sacudió entera: espalda arqueada, coño apretando en espasmos visibles, un chorro de fluidos brillando en la base de la polla de Sergio. Él no se detuvo. La agarró de las caderas, la embistió hacia arriba tres, cuatro, cinco veces más y se corrió con un gruñido animal, llenándola de semen caliente y espeso. Vanessa lo sintió latir dentro, cada chorro empujando más hondo, y se dejó caer contra su pecho mientras todavía temblaba.
Sergio la besó de forma posesiva, lenta, profunda, una mano todavía en su culo abriéndole un poco las nalgas para que Silas viera el semen blanco empezar a gotear del coño rojo e hinchado de su esposa. El líquido espeso resbalaba por el muslo interno de Vanessa y manchaba el sofá. Ella no se movió. Solo respiraba contra la boca de Sergio y miraba a su marido por encima del hombro de su amante, los ojos vidriosos de placer, las piernas aún abiertas, el anillo de casada brillando mientras el semen ajeno seguía saliendo de ella en hilos lentos.
Silas estaba de rodillas, la cara a escasos centímetros de aquel desastre húmedo y caliente, sin atreverse a tocarse todavía, sin atreverse a hablar. Vanessa le acarició el pelo con ternura cruel.
—Todavía no hemos terminado, amor —susurró—. Falta mucho por delante esta noche.
Sergio sonrió contra los labios de ella y le dio un apretón posesivo en el culo, manteniéndola abierta para que el marido no perdiera ni un detalle del espectáculo que acababa de empezar.
Vanessa no se levantó. Permaneció a horcajadas sobre Sergio, el semen caliente resbalándole por el muslo, y giró apenas la cabeza para mirar a Silas, que seguía de rodillas a pocos centímetros. El anillo de casada le brillaba en el dedo cuando le acarició la mejilla a su marido con dos dedos húmedos del propio jugo.
—Ábreme más las piernas, amor —susurró—. Quiero que veas cómo me gotea.
Silas obedeció con manos temblorosas. Le separó los muslos a Vanessa, exponiendo el coño rojo, hinchado, de donde brotaba el semen espeso de Sergio en hilos blancos que brillaban bajo la luz tenue del salón. El olor a sexo le subió a la nariz y se le endureció todavía más la polla dentro del pantalón. Sergio, sentado en el sofá de terciopelo, sonrió con esa calma depredadora y le dio una palmada suave en el culo a Vanessa.
—Límpiale el coño a tu mujer —ordenó, la voz grave—. Con la lengua. Sin tragar todavía. Quiero ver cómo pruebas mi corrida dentro de ella.
Silas tragó saliva. Vanessa lo miraba desde arriba, los ojos vidriosos, el pecho subiendo y bajando rápido, las tetas todavía fuera del escote rojo. Ella misma se abrió los labios vaginales con los dedos y empujó un poco hacia adelante.
—Hazlo, Silas. Quiero sentir tu boca después de la suya. Quiero que sepas lo que me ha dejado dentro.
El marido se inclinó. La primera lengüetada fue torpe, tímida; el sabor salado y amargo le llenó la boca de golpe. Vanessa gimió y le agarró el pelo, empujándolo más contra su sexo.
—Así… más profundo… chúpame el semen de Sergio… es tuyo también ahora, cariño… limpia lo que me ha llenado…
Silas lamió con ansia humillante, tragando a sorbos cortos, sintiendo cómo el coño de su esposa latía todavía contra su lengua. Sergio lo observaba todo, la polla ya semi erecta de nuevo entre las piernas, y le acariciaba el clítoris a Vanessa con el pulgar mientras el marido la limpiaba.
—Buena puta nupcial —murmuró Sergio contra el cuello de ella—. Tu marido te lame el coño lleno de otro hombre en la boda de tu amiga. Dile lo que sientes.
—Me encanta —jadeó Vanessa, arqueando la espalda—. Me encanta que me limpies, Silas… que saborees cómo me ha corrido dentro… es más grueso, más caliente… me llega donde tú no llegas…
Cuando el semen dejó de gotear, Sergio la levantó de un tirón y la puso de rodillas en el suelo, frente a los dos. Se quitó del todo la camisa y el pantalón. La polla le colgaba pesada, aún brillante de jugos, y Vanessa no esperó: se la metió en la boca otra vez, chupando con ruidos obscenos, babas cayéndole por la barbilla hasta el escote. Silas se quedó sentado en el borde del sofá, la cara roja, la mano por fin metiéndose dentro del pantalón para tocarsela.
—Sácatela —le dijo Vanessa al sacarse la polla de la boca con un hilo de saliva—. Quiero verte masturbarte mientras me la chupo. Quiero que te corras mirándome.
Silas se liberó la erección. Era más delgada, más pálida. Vanessa lo miró un segundo, sonrió con crueldad tierna y volvió a engullir a Sergio hasta la base, haciendo ruidos de garganta profunda. Sergio le agarró la cabeza con las dos manos y la embistió despacio, usando su boca como un coño.
—Mira cómo se la traga entera —gruñó—. Tu mujer tiene la garganta de puta profesional. Dile lo bien que lo hace.
—Lo… lo hace muy bien —tartamudeó Silas, la mano subiendo y bajando por su propia polla—. Vanessa… joder…
Ella se apartó, se secó la boca con el dorso de la mano y se giró hacia su marido. Le besó la punta de la polla una sola vez, un roce ligero, y luego se alejó.
—No. Hoy no te la chupo. Hoy solo miras. Hoy solo me veo follada.
Sergio la levantó, la tumbió de espaldas en el sofá otra vez y le abrió las piernas en V amplia. Se colocó entre ellas y empujó de un solo golpe, hundiéndose hasta el fondo. Vanessa gritó, las uñas clavándose en los hombros anchos del padrino. Cada embestida era profunda, pesada, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la habitación. Silas se arrodilló al lado otra vez, a pocos centímetros, viendo cómo la polla gruesa de Sergio entraba y salía brillante, cómo los labios hinchados de Vanessa se abrían alrededor del tronco, cómo el clítoris le palpitaba rojo.
—Más fuerte —pidió ella—. Quiero que me lo destroces delante de él. Quiero que me deje coja de tanto follarme.
Sergio obedeció. La folló con violencia controlada, las caderas golpeando, una mano en su garganta sin apretar del todo, la otra marcándole un pecho. Vanessa miraba a Silas todo el tiempo, los ojos entrecerrados de placer, la boca abierta en gemidos rotos.
—¿Ves?… ¿ves cómo me la mete entera?… me llena… me abre… es mío este coño ahora… dile, Silas… dile de quién es mi coño…
—Es… es de Sergio —susurró el marido, la voz rota de excitación y vergüenza—. Es suyo…
—Más alto.
—¡Es de Sergio! ¡El coño de mi mujer es de Sergio!
Vanessa se corrió otra vez con un grito ahogado, el cuerpo sacudiéndose, el sexo apretando en espasmos visibles alrededor de la polla del padrino. Sergio no paró. La giró de lado, le levantó una pierna y siguió embistiéndola en esa posición, más hondo todavía, el glande rozándole el fondo a cada embestida. El semen anterior se mezclaba con los jugos nuevos y salía en espuma blanca alrededor del tronco.
—Acércate —le ordenó Sergio a Silas—. Pon la cara aquí. Quiero que sientas el golpe de mis huevos contra tu mejilla mientras la follo.
Silas se acercó más, la respiración caliente contra el muslo de Vanessa. Cada embestida de Sergio hacía que los testículos le rozaran la cara al marido. El olor era denso, animal. Vanessa le acarició el pelo a Silas otra vez, esa ternura cruel que lo destrozaba.
—Estoy tan llena… voy a correrme otra vez… joder, Sergio, no pares…
El tercer orgasmo la dejó temblando, un chorrito de líquido saliendo a presión alrededor de la polla. Sergio gruñó, se sacó casi del todo y se corrió sobre el vientre y el coño de ella, chorros calientes y espesos que le mancharon el vello púbico, el anillo de casada y hasta el vestido rojo arremangado. Parte del semen le cayó cerca de la cara a Silas. Vanessa lo recogió con dos dedos y se lo ofreció a su marido.
—Ábrela. Traga lo que me ha dejado en la piel.
Silas abrió la boca. Tragó. El sabor le quemó la lengua y se le cerró la garganta de humillación dulce. Vanessa sonrió, satisfecha, y se giró hacia Sergio para besarlo con lengua lenta, posesiva, mientras el padrino le masajeaba el coño lleno con la mano entera, metiéndole dos dedos y sacándolos brillantes para que Silas viera.
Después la puso a cuatro patas otra vez en el sofá. Sergio se colocó detrás y la penetró de un empujón seco. Vanessa gritó el nombre del padrino. Silas se quedó delante de ella, de rodillas, y ella le besó la boca con restos de semen todavía en los labios mientras la follaban por detrás.
—Mírame a los ojos mientras me la mete —le susurró ella a su marido—. Quiero que veas mi cara cuando me corra en su polla. Quiero que sepas que esta noche me he entregado del todo.
Sergio la agarró de las caderas y la embistió sin piedad, el sonido de piel contra piel seco y rápido. Vanessa se masturbaba el clítoris con prisa, los pechos colgando y rebotando, el vestido hecho un desastre. Cuando se corrió la cuarta vez lo hizo gritando, el coño contrayéndose en oleadas visibles, y Sergio la siguió segundos después, hundido hasta el fondo, llenándola otra vez con gruñidos bajos y posesivos. Se quedó dentro. No se sacó. La mantuvo empalada mientras los dos recuperaban el aliento.
Vanessa miró a Silas por encima del hombro, el pelo revuelto, la boca hinchada, el semen ya empezando a gotear otra vez por el muslo cuando Sergio se movió un milímetro.
—Esta noche no vuelvo a casa conmigo —dijo con voz ronca, clara—. Me voy con él. Tú te quedas a mirar cómo me lleva. Y mañana, si quieres, me limpias otra vez.
Sergio le dio un apretón final en el culo, la sacó despacio y el semen espeso cayó en un hilo grueso sobre el terciopelo. Vanessa se levantó, se bajó el vestido sin ponerse las bragas, se acomodó el escote y le tendió la mano al padrino. Silas permanecía de rodillas, la polla todavía dura y sin tocar del todo, la cara manchada, el anillo de casado pesándole como plomo.
Vanessa se inclinó una última vez, le besó la frente con ternura falsa y le susurró al oído, lo bastante alto para que Sergio también oyera:
—Gracias por dejarme ser suya delante de ti.
Salió del salón del brazo de Sergio, el semen aún resbalándole entre las piernas bajo el vestido rojo, dejando a su marido solo en la habitación con el olor a sexo ajeno y el silencio de la finca.
El anillo brillaba en su dedo como una broma cruel mientras el padrino se la llevaba.
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