Faro Prohibido: La Vecina que Deseaba mi Culo
La vecina de 28 años, una profesora de yoga divorciada, le folla el culo con un grueso arnés a su nuevo vecino ingeniero de 32 hasta que se corre
Sergio, un ingeniero de treinta y dos años recién mudado a un apartamento luminoso en la costa de Faro, subía las escaleras cargando dos cajas pesadas de equipo técnico. El sudor le pegaba la camiseta al torso musculoso y, al bajar de nuevo a por más bultos, una voz femenina y ronca lo detuvo en seco.
—Vecino, tienes un culo que se ve jodidamente firme cuando bajas las escaleras. Se marca perfecto, redondo, hecho para que alguien lo agarre fuerte. ¿Lo entrenas o es natural?
Cassidy lo miraba desde el umbral de su puerta con descaro absoluto. Tenía veintiocho años, era profesora de yoga divorciada y vivía sola desde que su matrimonio se fue al garete dos años atrás. Su cuerpo exuberante, moldeado por miles de horas de posturas exigentes, quedaba realzado por unos leggings negros que se hundían entre sus nalgas prietas y un top corto que dejaba al descubierto una franja de piel bronceada y el borde inferior de unos pechos pesados y altos. El cabello castaño le caía en ondas salvajes sobre los hombros. Sus ojos verdes brillaban con hambre.
Sergio sintió un latigazo directo en la polla. Aquella mujer no pedía permiso para desearlo. Se giró despacio, permitiéndole una mejor vista, y sonrió con la misma complicidad.
—Soy Sergio. Treinta y dos años, ingeniero de software. Acabo de llegar y ya me estás haciendo sudar por razones que no tienen nada que ver con las cajas. Y tú… tú debes ser la profesora de yoga de la que me hablaron los del edificio.
—Cassidy —respondió ella, cruzando los brazos bajo sus tetas para que se elevaran más—. Veintiocho, divorciada y sin ganas de fingir que no me gusta lo que veo. Si necesitas ayuda para “colocar” muebles… o para que te coloquen a ti, ya sabes dónde vivo.
El coqueteo fue brutal desde el primer segundo. Sergio notó cómo su ano se contrajo por instinto ante la mirada de ella, como si ya supiera lo que esa mujer quería hacerle. Cassidy, por su parte, se mordió el labio inferior sin disimulo al ver cómo los pantalones cortos se tensaban sobre aquellas nalgas duras. La tensión sexual quedó flotando en el aire como olor a sexo.
Durante las siguientes semanas la cosa solo empeoró. Cada cruce en el pasillo era una oportunidad para rozarse “sin querer”. Ella pasaba muy cerca, dejando que sus pezones duros le rozaran el brazo, y le susurraba:
—Otra vez ese culo perfecto. Me distraes cuando intento meditar, cabrón.
En la terraza compartida, con el mar de fondo y el sol poniéndose, se sentaban a tomar café o cerveza. Las conversaciones empezaban inocentes y terminaban cargadas. Cassidy cruzaba las piernas, dejaba que su pie descalzo subiera por la pantorrilla de él y le decía con voz baja:
—He estado pensando en posturas de yoga que te quedarían muy bien… pero con las rodillas abiertas y mi cuerpo detrás de ti.
Sergio sentía la polla hincharse cada vez. En su cabeza no paraba de imaginarla dominándolo, penetrándolo, usando aquel culo que tanto alababa. Ella notaba el bulto y sonreía satisfecha, sabiendo que lo tenía exactamente donde quería.
Una noche de viernes, después de seis semanas de aquel juego peligroso, Cassidy apareció en su puerta con una botella de vino tinto y dos copas.
—Esta noche no acepto un no. Mi sofá es más cómodo que el tuyo y tengo ganas de hablar… o de dejar de hablar.
Sergio la dejó pasar. El vestido ligero de Cassidy se movía con cada paso, marcando sus caderas anchas y el culo redondo que ella misma entrenaba cada mañana. Sirvieron el vino. Las risas llegaron pronto, las miradas se volvieron más oscuras. A la segunda copa, Cassidy dejó la suya en la mesa, se inclinó hacia él y le puso una mano firme en el muslo.
—Voy a ser brutalmente sincera porque no me gusta perder el tiempo, Sergio. Fantaseo con follarle el culo a un hombre. Con un arnés grueso, bien lubricado, metiéndoselo lento al principio y luego follándolo como una perra hasta que tiemble y ruegue. Quiero ver a un tío fuerte como tú entregado, gimiendo mientras le uso el agujero.
La polla de Sergio dio un salto visible dentro del pantalón. Sintió calor en la cara y en la entrepierna. Su voz salió ronca cuando contestó:
—Joder, Cassidy… eso no me escandaliza. Me pone como una moto. Siempre he querido que una mujer dominante me penetre. Que me haga suyo, que me folle el culo hasta que no pueda pensar. Si tú quieres… yo quiero. Totalmente.
El consentimiento fue explícito y hambriento. Se lanzaron al mismo tiempo. El beso fue salvaje: lenguas profundas, dientes chocando, gemidos guturales. Cassidy le quitó la camiseta mientras murmuraba contra su boca:
—¿Estás seguro? Dímelo claro.
—Quiero que me folles el culo, Cassidy. Ahora. Por favor.
Ella gruñó de placer y le mordió el labio inferior. Le bajó los pantalones de un tirón. La polla de Sergio saltó libre, gruesa y goteando. Cassidy se quitó el vestido de un solo movimiento. Sus tetas pesadas rebotaron, pezones oscuros y duros. Su coño estaba completamente depilado y ya brillaba de excitación.
Lo empujó hacia el sofá.
—Quédate ahí. Voy a prepararte.
Regresó con un arnés de cuero negro y un consolador grueso, realista, de veintiún centímetros y bastante grosor. Lo untó generosamente con lubricante mientras lo miraba a los ojos. Sergio se puso a cuatro patas sobre el sofá, ofreciéndole el culo sin vergüenza. Su mente era un torbellino: “Por fin. Esta mujer va a usarme como llevo tanto tiempo deseando”.
Cassidy se arrodilló detrás, separó aquellas nalgas firmes con ambas manos y escupió directamente sobre el ano fruncido. Su lengua caliente y hábil atacó sin piedad: lamió en círculos amplios, luego apretó la punta intentando entrar, saboreándolo con gemidos de pura lujuria. Al mismo tiempo metió un dedo, después dos, abriéndolo con movimientos expertos, curvándolos para masajearle la próstata.
—Qué culo tan caliente y apretado, joder… —murmuraba entre lametones—. Te estoy comiendo el agujero como una puta hambrienta. Relájate, zorra. Mis dedos te van a abrir bien para que luego te meta todo el dildo.
Sergio gemía sin control. El placer era brutal. Cada pasada de aquella lengua experta le provocaba escalofríos que le recorrían la columna. Sus dos dedos entraban y salían cada vez más rápido, abriéndolo, dilatándolo. Su polla colgaba dura y goteaba hilos largos de precum sobre el sofá.
Cuando Cassidy consideró que estaba listo, se colocó el arnés. El grueso consolador quedó apuntando hacia él, brillante de lubricante. Se posicionó y presionó la cabeza contra el ano abierto.
—Respira. Te voy a follar, Sergio. Despacio al principio… luego te voy a destrozar.
Empujó. La cabeza gruesa entró con un chasquido audible. Sergio soltó un gemido largo y ronco. El estiramiento era intenso, ardiente, pero el placer llegaba en oleadas cada vez que ella avanzaba. Centímetro a centímetro, Cassidy le metió toda la verga hasta que sus caderas chocaron contra sus nalgas.
—Todo dentro, zorra. Qué culo tan rico y apretado tienes… parece que me succiona la polla.
Empezó a follarlo. Primero con embestidas largas y profundas, luego más rápidas y brutales. Sus manos fuertes le daban nalgadas secas que resonaban en el salón. Cada golpe hacía que las nalgas de Sergio se pusieran rojas y que su ano se contrajera alrededor del grueso intruso.
—Así, toma mi polla gruesa. Eres mi puta esta noche. Gime más alto, cabrón. Quiero oír cómo te gusta que te folle el culo.
—Más fuerte, Cassidy… ¡joder, sí! Úsame —suplicaba él, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.
El sudor les corría por la espalda. El sonido húmedo y obsceno de la penetración anal llenaba la habitación. Cassidy cambió de postura. Sacó el dildo con un plop húmedo, lo giró boca arriba y le ordenó:
—De espaldas. Piernas sobre mis hombros. Quiero verte la cara mientras te corro.
Sergio obedeció, completamente entregado. Cassidy se colocó entre sus muslos abiertos, alineó el consolador y volvió a entrar de un solo empujón profundo. En esta posición de misionero anal podía besarlo mientras lo follaba sin piedad. Sus tetas rebotaban contra el pecho de él con cada golpe de cadera. Sergio se agarró la polla y se pajeó frenéticamente, la mano volando sobre su carne hinchada.
El placer era insoportable. Cada embestida le machacaba la próstata. Cassidy lo miraba a los ojos, sudorosa y salvaje.
—Córrete para mí, zorra. Quiero ver cómo te corres mientras te follo el culo.
Sergio gritó. Su polla explotó. Chorros espesos y calientes de semen le salpicaron el pecho, el abdomen, hasta el cuello. Su ano se cerró con fuerza alrededor del dildo, ordeñándolo. Cassidy siguió follándolo sin parar, frotando su clítoris hinchado contra la base del arnés hasta que ella también llegó al orgasmo con un gemido gutural y prolongado, temblando entre las piernas de él.
Exhaustos, sudorosos y jadeantes, se quedaron unidos unos segundos. Cassidy se retiró con cuidado. Se quitó el arnés y lo dejó a un lado. Fue al baño, mojó una toalla pequeña con agua caliente y regresó. Con una ternura que contrastaba con la brutalidad anterior, limpió suavemente el ano enrojecido y sensible de Sergio, pasando la tela cálida con lentitud, calmando la zona dilatada.
Luego se inclinó y lo besó en los labios, despacio, casi con cariño. Sus lenguas se rozaron con suavidad.
—Esto ha sido solo el principio —susurró contra su boca, todavía respirando agitada—. Decidimos que mañana por la noche volverás. Quiero atarte las manos, vendarte los ojos y usar un juguete aún más grueso mientras te obligo a lamerte tu propio semen del pecho. Hay muchas cosas que quiero hacerte, Sergio… y tu culo es solo el comienzo de lo que pienso reclamar.
Sergio, todavía temblando de placer residual, sintió cómo su polla daba una débil sacudida ante la promesa. La noche no había terminado. Solo había abierto una puerta que ambos sabían que iban a cruzar cada vez más profundo en las siguientes semanas. La tensión seguía allí, más viva y oscura que nunca, esperando el próximo encuentro.
El corazón de Sergio aún latía desbocado cuando Cassidy se apartó de sus labios, ambos respirando con dificultad sobre el sofá empapado de sudor y semen. Ella pasó los dedos por el pecho de él, recogiendo un hilo espeso de su corrida y llevándoselo a la boca con una sonrisa lenta y perversa. Sergio sintió un escalofrío que le recorrió la columna; su ano, aún palpitando por la brutal follada que acababa de recibir, se contrajo al recordar las palabras que ella acababa de susurrar. Mañana. Atado. Vendado. Un juguete más grueso. Lamer su propia leche mientras ella lo usaba.
La noche terminó con besos perezosos y promesas sucias al oído, pero ninguno de los dos durmió bien. Sergio pasó el día siguiente en su apartamento, intentando concentrarse en líneas de código que se le borraban de la cabeza cada vez que imaginaba el cuerpo exuberante de Cassidy dominándolo sin piedad. Tenía treinta y dos años, era un ingeniero respetado, y sin embargo solo podía pensar en ofrecerle el culo como una puta desesperada.
Cuando el reloj marcó las ocho de la tarde, cruzó el pasillo con las piernas temblando de anticipación. Llamó a la puerta. Cassidy abrió casi al instante.
Llevaba un body de látex negro que se le pegaba como pintura húmeda, marcando cada curva de sus caderas anchas y sus tetas pesadas, cuyos pezones oscuros asomaban duros por los cortes del escote. Entre las piernas ya lucía el arnés de cuero, vacío por ahora, pero listo. Su coño depilado brillaba de humedad bajo la luz tenue. El cabello castaño lo llevaba suelto y salvaje, y en una mano sostenía un antifaz de seda negra y varias cuerdas de nailon rojo.
—Buenas noches, zorra —ronroneó con esa voz ronca que lo ponía a mil—. Sabía que no faltarías. Entra y quítate todo. Quiero verte desnudo y duro antes de que te ate.
Sergio obedeció sin una palabra. Se desnudó en medio del salón, sintiendo la mirada verde de ella como fuego sobre su piel. Su polla ya estaba completamente erecta, gruesa y curvada hacia arriba, goteando una gota transparente que colgaba del glande. Cassidy se acercó, le agarró las bolas con firmeza y tiró hacia abajo, obligándolo a gemir.
—Ese culo firme que tanto me gusta… hoy lo voy a abrir de verdad. He elegido un consolador nuevo para ti. Veinticinco centímetros de largo y casi seis de grosor en la base. Te va a hacer gritar, Sergio. Pero antes vas a suplicar.
Lo llevó al dormitorio. La cama king size tenía ya las cuerdas atadas a los postes de acero. Sobre la mesita de noche descansaba el monstruo de silicona negra: venoso, realista, con una cabeza bulbosa y un grosor que hizo que el ano de Sergio se cerrara por instinto. Al lado, un bote enorme de lubricante y un plug de acero frío.
Cassidy lo empujó boca abajo sobre la cama.
—Manos a la espalda.
Ató sus muñecas con maestría, apretando lo justo para que sintiera la presión en cada movimiento. Luego le vendó los ojos. La oscuridad fue inmediata y absoluta. Sergio respiró hondo, oliendo el aroma a sexo y a la crema corporal de vainilla que usaba ella. Su polla quedó atrapada bajo su propio peso, frotándose contra las sábanas.
—Buen chico —susurró Cassidy, pasando las uñas por su espalda hasta llegar a las nalgas. Las separó con ambas manos y escupió directamente sobre el ano fruncido—. Mira cómo tiembla este agujerito. Está pidiendo verga.
Se arrodilló entre sus piernas abiertas y empezó a comerle el culo con hambre salvaje. Su lengua caliente y experta lamía en círculos amplios, luego se endurecía y trataba de penetrarlo. Dos dedos entraron sin aviso, curvándose para masajearle la próstata con precisión de profesora de yoga. Sergio soltó un gemido gutural, empujando hacia atrás contra la cara de ella.
—Joder, Cassidy… tu lengua me vuelve loco.
—Calla y siente, puta. Estoy abriendo este culo para que trague algo mucho más grande. Tres dedos ahora.
El tercer dedo entró con un poco más de resistencia. El ardor era delicioso. Cassidy los movía en tijera, dilatándolo sin piedad, mientras su otra mano le daba nalgadas secas que resonaban en la habitación. Cada golpe hacía que las nalgas de Sergio se pusieran más rojas y que su ano se cerrara alrededor de los dedos invasores.
—Estás chorreando lubricante y saliva. Qué puto más guarro eres. Te encanta que te usen el culo, ¿verdad?
—Sí… me encanta. Quiero que me folles más duro que ayer.
Cassidy se rio con satisfacción oscura. Se levantó, ajustó el arnés y encajó el grueso consolador negro. El sonido del lubricante al ser vertido generosamente sobre la verga de silicona fue obsceno. Sergio lo oyó todo, ciego e inmovilizado, y su polla dio un salto contra las sábanas.
La cabeza ancha presionó contra su ano.
—Respira hondo, ingeniero. Te voy a meter hasta el fondo.
Empujó. La presión fue brutal. Sergio soltó un gemido largo y ronco cuando la cabeza coronó su esfínter, estirándolo como nunca. El grosor era inhumano. Sentía cada vena falsa raspando sus paredes internas. Cassidy no se detuvo. Siguió empujando lento pero constante, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas calientes de él.
—Todo dentro, cabrón. Mira cómo tu culo se ha tragado esta polla gorda. Está hinchado alrededor de la base. Te queda precioso.
Empezó a follarlo con embestidas largas y profundas. El sonido húmedo y carnoso de la penetración anal llenaba el cuarto: plap, plap, plap. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar de golpe, Sergio sentía que le vaciaban y llenaban los intestinos. Su próstata era machacada sin descanso.
Cassidy cambió de ángulo, inclinándose sobre él, sus tetas pesadas presionando contra la espalda sudorosa de Sergio. Le mordió el lóbulo de la oreja.
—Ahora te voy a poner boca arriba. Quiero verte la boca abierta mientras te destrozo.
Lo giró sin sacar el dildo. Con las manos atadas a la espalda, Sergio quedó completamente expuesto, piernas abiertas y polla palpitando contra su abdomen. Cassidy se colocó entre sus muslos, levantó las rodillas de él sobre sus hombros y volvió a clavársela de un solo empujón brutal.
—Así. Mírate… bueno, no puedes ver, pero estás babeando como una perra en celo.
Empezó a bombear con fuerza animal. Sus caderas golpeaban contra él sin piedad. El sudor de ambos se mezclaba. Las tetas de Cassidy rebotaban con cada embestida, y ella se frotaba el clítoris hinchado contra la base del arnés, gimiendo cada vez más alto.
—Pajeate la próstata con mi polla, zorra. Quiero que te corras sin tocarte la verga. Y cuando lo hagas, vas a lamerte hasta la última gota de leche del pecho.
Sergio sentía el orgasmo acercándose como un tren de carga. Cada golpe contra su glándula lo llevaba más cerca. Su ano se contraía violentamente alrededor del grueso intruso. Cassidy aceleró, follándolo como una máquina.
—Córrete. Ahora. Ordéñame esta polla con tu culo.
El orgasmo lo atravesó como un rayo. Sergio gritó, su polla saltando sin ser tocada. Chorros espesos y calientes de semen le salpicaron el pecho, el cuello, incluso la barbilla. El ano se cerró con tanta fuerza alrededor del dildo que Cassidy tuvo que gemir también, frotándose más rápido hasta que llegó a su propio orgasmo con un grito ronco, temblando entre las piernas abiertas de él.
Pero no se detuvo. Siguió follándolo a través de ambos orgasmos, prolongando el placer hasta que Sergio sollozaba de sobrecarga.
Cuando por fin se calmaron, Cassidy se retiró con lentitud. El consolador salió con un plop húmedo y obsceno, dejando el ano de Sergio abierto, rojo e incapaz de cerrarse del todo. Ella se quitó el antifaz. Los ojos verdes de Cassidy brillaban de pura lujuria satisfecha.
Con una ternura que contrastaba con la brutalidad, desató las manos de Sergio. Luego recogió con dos dedos una buena cantidad de semen de su pecho y se lo acercó a los labios.
—Lame, puta. Prueba lo que te he sacado mientras te follaba el culo.
Sergio abrió la boca y lamió sus propios dedos, saboreando el gusto salado y espeso. Cassidy repitió el proceso varias veces, obligándolo a limpiarse todo el pecho con la lengua mientras ella le acariciaba el ano sensible con un dedo lubricado.
—Qué buen chico —susurró, besándolo después con lengua profunda, compartiendo el sabor—. Esto ha sido solo el segundo nivel, Sergio. Mañana por la noche quiero que vengas con el plug de acero dentro todo el día. Te voy a follar con algo todavía más grande mientras te hago comer de mi coño y de mi culo al mismo tiempo. Y después… después hablaremos de cuánto más profundo puedo reclamar este culo que ya considero mío.
Sergio, exhausto, temblando y con el ano palpitando, sintió cómo su polla daba un débil latido ante la promesa. La mirada de Cassidy le decía que esto apenas empezaba a ponerse realmente intenso. La vecina de veintiocho años no iba a parar hasta convertirlo en su juguete anal perfecto, y él, el ingeniero de treinta y dos, ya no quería que parara nunca.
Sergio se despertó con el ano todavía sensible, un palpitar constante que le recordaba cada embestida de la noche anterior. El plug de acero descansaba sobre la mesilla, brillante y pesado, tal como Cassidy había ordenado. Se levantó, el corazón latiéndole fuerte, y fue al baño. Aplicó una generosa capa de lubricante en el metal frío y, de pie frente al espejo, separó sus nalgas firmes. El músculo fruncido cedió con un ligero ardor cuando la cabeza redonda entró, estirándolo poco a poco hasta que el cuello más ancho lo selló dentro. Un gemido escapó de su garganta.
—Joder… ya estoy lleno —murmuró para sí mismo, sintiendo cómo el peso del plug presionaba su próstata con cada movimiento.
Durante todo el día, mientras trabajaba desde casa en sus líneas de código, el objeto no le dio tregua. Cada vez que se inclinaba para coger el ratón, el plug se hundía más profundo, frotando ese punto mágico que lo hacía gotear dentro de los boxers. A las once de la mañana tuvo que detenerse, la polla dura como piedra contra la tela del pantalón de chándal. Imaginaba a Cassidy en su clase de yoga, con esos leggings negros marcando su coño depilado, sabiendo que él llevaba su orden metida en el culo.
A mediodía, mientras preparaba café, el plug se desplazó y le arrancó un jadeo ronco. Se apoyó en la encimera, respirando agitado.
—Esta puta me tiene controlado —pensó, excitado y avergonzado a partes iguales—. Un ingeniero de treinta y dos años caminando con el culo lleno como una zorra en celo. Y lo peor es que me encanta.
El reloj avanzaba lento. Cada hora el plug parecía más grande, más invasivo. Su ano se contraía alrededor del metal, habituándose, abriéndose. Cuando por fin dieron las ocho, Sergio cruzó el pasillo con las piernas temblorosas. El plug se movía con cada paso, recordándole lo que venía. Llamó a la puerta.
Cassidy abrió vestida con un corsé de cuero negro que apenas contenía sus tetas pesadas de veintiocho años, pezones oscuros asomando por encima del borde. Un tanga diminuto desaparecía entre sus nalgas entrenadas y llevaba botas altas hasta el muslo. En la mano derecha sostenía un arnés nuevo, más robusto, y a su lado, sobre la mesa del recibidor, descansaba un consolador monstruoso: veintiocho centímetros de longitud, con una circunferencia que en la base superaba los siete centímetros. Venoso, negro, intimidante.
—Buenas noches, mi puta ingeniero —ronroneó con esa voz ronca que lo deshacía—. ¿Lo has llevado todo el día como te dije?
Sergio asintió, la boca seca. Ella lo hizo entrar, cerró la puerta y, sin darle tiempo, lo empujó contra la pared.
—Enséñamelo. Inclínate y separa esas nalgas tan firmes.
Él obedeció al instante, bajándose los pantalones. Cassidy se arrodilló detrás, agarró la base del plug y lo giró lentamente dentro de él. El movimiento provocó que Sergio soltara un gemido largo, apoyando la frente en la pared.
—Mírate… tan abierto ya. Este culito rojo y hambriento. Has estado pensando en mi polla todo el día, ¿verdad?
—Sí, Cassidy… no he podido concentrarme en nada más. Lo siento moverse dentro y solo quiero que me folles más fuerte.
Ella tiró del plug con cuidado y lo sacó de golpe. El ano de Sergio quedó abierto unos segundos, palpitando, incapaz de cerrarse del todo. Cassidy escupió directamente dentro del agujero expuesto y metió dos dedos de inmediato, girándolos.
—Perfecto. Hoy vas a comer coño y culo mientras te destrozo con esto. Quiero que tu lengua esté dentro de mí cuando te corras sin tocarte la polla.
Lo llevó al dormitorio. La cama estaba preparada con correas en los cuatro postes y una barra separadora de piernas. Sergio se desnudó completamente, la polla erecta y goteando. Cassidy lo ató con rapidez: muñecas a la cabecera, tobillos abiertos con la barra, dejándolo completamente expuesto boca arriba. Luego se quitó el tanga, revelando su coño hinchado y brillante, y se colocó el arnés. El consolador negro quedó apuntando hacia arriba como una amenaza.
Primero se subió a la cama y, sin aviso, se sentó sobre la cara de Sergio en posición invertida. Su coño empapado cubrió la boca de él, y sus nalgas prietas le rodearon la nariz.
—Lame, zorra. Méteme la lengua bien profundo mientras te preparo.
Sergio obedeció con hambre. Su lengua recorrió los labios hinchados, saboreando el jugo dulce y salado de Cassidy, luego subió al clítoris hinchado y lo chupó con fuerza. Ella gimió y se movió hacia atrás, colocando su ano perfectamente depilado sobre la boca de él.
—Ahora mi culo. Come de mi agujero como yo me comí el tuyo. Quiero sentir tu lengua intentando entrar.
El olor y el sabor de su ano limpio pero almizclado lo volvieron loco. Sergio empujó la lengua contra el esfínter apretado, lamiendo en círculos, intentando penetrarla mientras ella se frotaba contra su cara. Al mismo tiempo, Cassidy vertió lubricante frío directamente sobre la polla de silicona y alineó la cabeza bulbosa contra el ano abierto de Sergio.
—Sigue lamiendo mi culo, cabrón. No pares ni un segundo.
Empujó. La cabeza gruesa forzó el músculo ya dilatado por el plug. Sergio soltó un gemido ahogado contra el ano de ella, pero no dejó de lamer. El consolador avanzó centímetro a centímetro, abriéndolo de una forma brutal. El grosor era salvaje; sentía cada vena falsa raspando sus paredes internas, estirándolo hasta el límite. Cuando las caderas de Cassidy chocaron contra sus nalgas, el dildo estaba completamente enterrado.
—Todo dentro, mi puta. Mira cómo tu culo traga esta verga enorme. Te está deformando el agujero.
Empezó a follarlo con movimientos lentos pero profundos, levantando las caderas y dejándose caer con fuerza. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran y que su coño y ano se frotaran contra la cara de Sergio. Él lamía sin parar, alternando entre el coño chorreante y el ano fruncido, tragando sus jugos mientras el consolador le machacaba la próstata sin piedad.
El placer era insoportable. Su polla, sin tocarse, saltaba contra su abdomen, dejando hilos de precum. Cassidy aceleró, follándolo como una bestia. El sonido obsceno de carne contra carne, el chapoteo húmedo del lubricante y los gemidos ahogados de Sergio contra su sexo llenaban la habitación.
—Más adentro con esa lengua, ingeniero de mierda. Quiero que me comas el culo mientras te reviento el tuyo. Siente cómo te abro, cómo te poseo.
Sergio sentía que el orgasmo se construía desde lo más profundo. Cada golpe contra su glándula lo acercaba más. Cassidy cambió ligeramente de postura, inclinándose hacia delante para que su clítoris rozara mejor la barbilla de él mientras el dildo entraba y salía casi por completo, mostrando el interior rosado y dilatado de su ano antes de clavárselo otra vez.
—Córrete, puta. Córrete con mi polla en el culo y mi ano en tu boca.
El orgasmo lo atravesó como una explosión. Sergio gritó contra la carne de Cassidy, su polla disparando chorros espesos que le salpicaron el pecho, el cuello y hasta la barbilla. Su ano se contrajo violentamente alrededor del grosor inhumano, ordeñándolo. Cassidy frotó su clítoris con más fuerza contra la cara de él y llegó también, temblando, inundándole la boca con sus fluidos mientras seguía follándolo sin piedad a través del orgasmo.
No se detuvo. Siguió moviendo las caderas con fuerza animal, prolongando el placer hasta que Sergio sollozaba de sobrecarga sensorial, la lengua exhausta pero todavía lamiendo el ano y el coño de ella por orden.
Cuando por fin disminuyó el ritmo, Cassidy se levantó de su cara, el consolador saliendo lentamente con un plop húmedo y obsceno. El ano de Sergio quedó grotescamente abierto, rojo, palpitando, incapaz de cerrarse. Ella lo miró con ojos verdes llenos de lujuria oscura y satisfacción.
—Buen chico. Has lamido mi coño y mi culo como un campeón mientras te follaba con algo más grande. Pero esto todavía no es suficiente.
Se inclinó, recogió semen de su pecho con dos dedos y se lo metió en la boca. Sergio chupó obediente, saboreándose a sí mismo.
—Quiero más —susurró ella contra sus labios después de besarlo con brutal ternura—. Mañana te voy a traer un amigo de silicona aún más grueso. Quiero ver hasta dónde puedo dilatar este culo que ya es mío. Y esta vez… esta vez vas a llevar el plug más grande que tengo durante toda la jornada laboral fuera de casa. Quiero que sientas cómo te abro poco a poco, Sergio. Quiero que sueñes con el momento en que ya no puedas vivir sin que te use el agujero cada noche.
Sergio, todavía atado, temblando y con el ano latiendo como un corazón, sintió que su polla daba un débil latido de anticipación ante la promesa. La mirada de Cassidy le decía que el siguiente nivel sería aún más intenso, más profundo, más oscuro. Y él, exhausto y completamente entregado, ya ardía por cruzar esa nueva línea.
Sergio despertó con un nudo en el estómago y el plug de acero más grande ya colocado sobre la mesita. Tenía treinta y dos años, era ingeniero de software con un puesto estable en una empresa de Faro, y sin embargo allí estaba, desnudo frente al espejo del baño, separando sus nalgas firmes con ambas manos mientras aplicaba una capa espesa de lubricante sobre el metal frío. El objeto medía casi seis centímetros en su punto más ancho. Respiró hondo, empujó y sintió cómo su ano cedía con un ardor profundo, tragando el plug hasta que el flange quedó bien asentado. Un gemido ronco escapó de su garganta. Cada paso hacia la cocina hizo que la base presionara su próstata, enviando descargas calientes que le endurecían la polla al instante.
Durante la jornada laboral en la oficina, el tormento fue constante. Sentado en la sala de reuniones con tres colegas revisando código, Sergio tenía que apretar los dientes cada vez que cambiaba de postura. El plug se hundía más, frotando ese punto exacto que lo hacía gotear precum dentro de los bóxers. Sudaba. Su mente, normalmente afilada para algoritmos complejos, se disolvía en imágenes de Cassidy follándolo sin piedad. «Soy un ingeniero respetado de treinta y dos años y estoy aquí con el culo lleno como una puta barata», pensó mientras fingía concentrarse en la pantalla. En el baño, durante el almuerzo, se bajó los pantalones y se miró en el espejo: el ano alrededor del metal estaba rojo, hinchado, palpitante. Tuvo que masturbarse rápidamente, mordiéndose el antebrazo para no gemir cuando eyaculó contra la pared. El plug no salió ni un segundo. Cassidy lo había ordenado así y él, excitado y avergonzado, obedeció.
Cuando por fin dieron las ocho, cruzó el pasillo con las piernas temblorosas. El plug se movía con cada paso, recordándole lo abierto que ya estaba. Cassidy abrió la puerta vestida solo con un corsé de cuero negro que apenas contenía sus tetas pesadas de veintiocho años y un arnés vacío entre las piernas. Sus ojos verdes brillaban con esa hambre oscura que lo desarmaba.
—Buenas noches, zorra —ronroneó, agarrándolo por la nuca y tirando de él hacia dentro—. Enséñame cómo te ha dejado el culo todo el día.
Sergio se desnudó en segundos, la polla ya completamente erecta y goteando. Se puso a cuatro patas sobre la alfombra del salón. Cassidy se arrodilló detrás, giró el plug lentamente dentro de él, arrancándole gemidos largos y desesperados. Tiró con fuerza y lo sacó de golpe. El ano quedó abierto varios segundos, un bostezo rojo y húmedo que no conseguía cerrarse.
—Joder, Sergio… mírate. Te has convertido en un agujero perfecto. Hoy vas a tomar algo que te va a romper de verdad.
Lo llevó al dormitorio. Sobre la cama esperaba el nuevo consolador: treinta y dos centímetros de pura silicona negra, venoso, con una cabeza bulbosa y una base tan gruesa que superaba los ocho centímetros. Junto a él, un bote industrial de lubricante y correas nuevas. Cassidy lo ató boca arriba, muñecas y tobillos abiertos con la barra separadora, dejándolo completamente expuesto. Su polla palpitaba contra su abdomen, dejando hilos brillantes de precum.
Primero se subió sobre su cara, sentándose en posición invertida. Su coño depilado y empapado cubrió la boca de Sergio mientras sus nalgas prietas le aplastaban la nariz.
—Lame, ingeniero de mierda. Méteme la lengua en el coño y luego en el culo. No pares ni aunque te ahogues.
Sergio obedeció con hambre salvaje. Su lengua recorrió los labios hinchados, tragando el jugo dulce y espeso de ella, luego subió al ano fruncido y lo penetró todo lo que pudo, lamiendo en círculos húmedos mientras Cassidy gemía y se frotaba contra su cara. Al mismo tiempo, ella vertió lubricante frío directamente sobre el monstruo de silicona y alineó la cabeza contra el ano ya dilatado de él.
—Sigue comiéndome el culo, cabrón. Quiero que sientas cómo te destruyo mientras me saboreas.
Empujó. La presión fue inhumana. Sergio soltó un grito ahogado contra el ano de Cassidy cuando la cabeza gruesa forzó su esfínter y entró con un chasquido audible. El grosor lo partía. Sentía cada vena falsa raspando sus paredes internas, abriéndolo más allá de lo que creía posible. Cassidy no se detuvo. Siguió empujando lento pero implacable, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas de Sergio y el consolador quedó completamente enterrado.
—Todo dentro, puta. Treinta y dos centímetros de verga gruesa te están deformando el intestino. Mira cómo tu agujero se abre obscenamente alrededor de la base.
Empezó a follarlo con embestidas brutales. El banco crujía. Cada retirada casi sacaba la cabeza y cada golpe volvía a clavarla hasta el fondo, machacando su próstata sin piedad. Las tetas de Cassidy rebotaban con fuerza mientras ella se movía arriba y abajo, frotando su clítoris hinchado contra la base del arnés. Sergio lamía sin parar, alternando entre el coño chorreante y el ano de ella, tragando saliva, jugos y sudor, completamente ahogado en su olor y su sabor.
El placer era tan intenso que dolía. Su propia polla saltaba sin que nadie la tocara, hinchada y morada, dejando charcos de precum sobre su abdomen. Cassidy aceleró, follándolo como una animal.
—Más adentro con esa lengua, Sergio. Quiero que me comas el culo mientras te reviento el tuyo. Eres mi juguete anal, un ingeniero de treinta y dos años reducido a un agujero que gime.
Cambió de postura, inclinándose hacia delante para que su clítoris rozara la barbilla de él con más fuerza. El consolador entraba y salía casi por completo, mostrando el interior rosado y dilatado del ano de Sergio antes de volver a desaparecer. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, carne golpeando carne, gemidos ahogados.
Sergio sintió el orgasmo subir desde lo más profundo de sus entrañas. Cada embestida le arrancaba un sollozo de placer. Su ano se contrajo violentamente alrededor del grosor inhumano.
—Córrete, zorra. Córrete con mi polla monstruo en el culo y mi ano en tu boca —ordenó Cassidy, la voz rota de lujuria.
El clímax lo atravesó como una explosión. Sergio gritó contra la carne de ella, su polla disparando chorros espesos y calientes que le salpicaron el pecho, el cuello, la barbilla y hasta sus propios labios. El ano se cerró con tanta fuerza que Cassidy tuvo que gemir también, frotándose con furia hasta correrse en su cara, inundándole la boca con sus fluidos mientras seguía follándolo sin piedad a través de ambos orgasmos, prolongando el placer hasta que Sergio sollozaba de sobrecarga, la lengua exhausta pero todavía lamiendo por orden.
Cuando por fin disminuyó el ritmo, Cassidy se levantó lentamente. El consolador salió con un plop húmedo y repugnante. El ano de Sergio quedó grotescamente abierto, un cráter rojo, hinchado e incapaz de cerrarse, palpitando con cada latido de su corazón. Ella desató las correas con cuidado, le quitó la venda y lo limpió con una toalla tibia, pasando la tela con ternura sobre su agujero destrozado y sobre el semen que cubría su torso.
Se inclinó y lo besó despacio, compartiendo el sabor salado de su propia corrida. Sus ojos verdes brillaban aún de satisfacción.
—Esto ha sido perfecto, Sergio. Mañana subimos el nivel otra vez. Quiero…
Pero Sergio ya no escuchaba del todo. El placer se evaporaba rápido, dejando solo un dolor sordo y profundo en su interior. Su ano latía con un palpitar constante, abierto de una forma que le provocaba náuseas ahora que la excitación había desaparecido. Miró el techo, respirando agitado, y una ola fría de arrepentimiento lo invadió. «¿Qué coño he hecho?», pensó mientras fingía corresponder al beso. Tenía treinta y dos años, una carrera sólida, un cuerpo fuerte que había entrenado durante años, y lo había entregado todo para convertirse en el juguete anal de su vecina de veintiocho. El vacío que sentía en el culo era casi peor que el dolor. Ya no podía imaginar follar de forma normal. Ya no recordaba cómo era desear sin esta humillación extrema. Algo estaba mal. Muy mal. El deseo que lo había consumido durante semanas ahora le parecía una trampa que había cavado él mismo, y por primera vez desde que empezó todo, Sergio sintió un miedo real y profundo de no poder volver atrás. Cassidy seguía hablando de futuros juguetes y sesiones más duras, pero él solo podía pensar en lo roto que se sentía por dentro, en cómo su culo ya no le pertenecía del todo y en si alguna vez volvería a mirarse al espejo sin vergüenza. La noche terminó con un silencio pesado que ella no pareció notar, mientras Sergio yacía a su lado, exhausto, dolorido y lleno de una duda que le helaba la sangre.
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