Amanecer de Azúcar: Mi Mejor Amiga Me Entrega Su Culo
Mi mejor amigo Xavier, de 32 años, le come el culo virgen a su amiga chef Monica, de 29, y la folla anal hasta llenarle el ano de leche.
Soy Xavier, fotógrafo de treinta y dos años, y Monica, mi mejor amiga chef de veintinueve, llevamos casi una década compartiendo de todo: pisos de alquiler cuando ninguno podía más, noches de resaca, rupturas absurdas y esas madrugadas en las que el mundo se reduce a una cocina iluminada por el extractor y el olor a azúcar. Esa noche habíamos terminado un encargo mío a las tres de la mañana; ella apareció en mi loft con el delantal aún manchado de cacao y la idea de “un postre de nada, para bajar los nervios”. Azúcar moreno, mantequilla, un toque de vainilla y sal en escamas. Removimos juntos en el mismo cazo hasta que la mezcla se volvió espesa y brillante. El vapor nos subía a la cara. Monica se rió con esa risa baja que siempre me desarma, se pasó el dorso de la mano por la frente y dejó un rastro dulce en la sien.
—Joder, Xavier… ¿cuántas veces hemos hecho esto? —dijo, chupándose el pulgar manchado—. Cocinar a deshora, hablar mierda, y yo siempre marchándome antes de que pase algo de verdad.
Me miró. No era la mirada de la amiga que se queja del novio o del servicio de catering. Era otra. Más quieta. Más hambrienta. El reloj del microondas marcaba las cuatro y doce. El azúcar se enfriaba en la encimera en forma de trozos irregulares, crujientes por fuera, blandos por dentro. Yo estaba de pie, camiseta negra arremangada, y ella frente a mí, con el pelo recogido en un moño flojo del que se escapaban mechones.
—¿De verdad? —pregunté, porque necesitaba oírlo.
Monica apoyó las manos en la isla de mármol, se inclinó un poco y bajó la voz como si confesara un crimen delicioso.
—Nunca lo he probado. Anal, digo. Nadie me ha tocado ahí de verdad. Ni con dedos, ni con la boca, ni con una polla. Y no es que no quiera… es que no me fío. De nadie. Excepto de ti. Contigo sí. Quiero que seas tú quien me enseñe. Que me abras. Que me folles el culo la primera vez. ¿Estás oyendo lo que te estoy diciendo o se te ha ido la sangre a la verga ya?
Se rió otra vez, pero la risa le temblaba. Yo sentí el calor subirme por el pecho hasta la garganta. Años de tensiones guardadas, de abrazos que duraban un segundo de más, de miradas en vestuarios de locales cuando ella se cambiaba de chaquetilla. Ahora lo ponía sobre la mesa, literalmente, junto al azúcar.
—Te oigo —contesté, y mi voz salió ronca—. Te oigo perfecto. Y sí: se me ha puesto dura solo de imaginártelo. Pero dime otra vez que lo quieres. Que no es el cansancio ni el postre hablando.
Ella dio la vuelta a la isla, se acercó hasta que nuestros pechos casi se rozaban, y me agarró la cintura de los vaqueros con las dos manos.
—Lo quiero, Xavier. Quiero que me comas el culo hasta que no pueda más y después que me lo hinches con tu leche. Confío en ti. En cómo me miras. En que no vas a ir a lo loco. Enseñame. Por favor.
El “por favor” me destrozó. La besé. No fue un beso tímido de prueba; fue hambre. Su boca sabía a azúcar moreno y a café frío. La lengua de ella se metió en la mía con ganas, mojada, insistente. Mis manos bajaron a su culo —ese culo firme de chef que pasa horas de pie— y lo apreté a través de la falda de tela fina. Monica gimió dentro del beso y empujó las caderas contra mi erección.
—Cómemelo —susurró contra mis labios, sin vergüenza ninguna—. Quiero sentir tu lengua en el agujero. Ahora. Aquí.
La giré con cuidado y la recosté de pechos sobre la mesa de la cocina, exactamente donde habíamos dejado enfriar los trozos de postre. El mármol debía de estar frío contra sus tetas; ella arqueó la espalda al instante, ofreciéndome el culo. Le levanté la falda hasta la cintura. Llevaba unas bragas negras de encaje, ya un poco húmedas en la entrepierna. Las bajé despacio, centímetro a centímetro, disfrutando de cómo la tela se despegaba de su piel, de cómo el elástico dejaba una marca rosa en las caderas. Monica temblaba y empujaba hacia atrás, pidiendo más sin palabras. Cuando las bragas llegaron a los tobillos, ella las pateó a un lado. Quedó desnuda de cintura para abajo, el coño afeitado con una franja fina, los labios hinchados y brillantes, y ese ano rosado, fruncido, intacto, que se contraía con cada respiración.
Me arrodillé detrás de ella. El olor de su excitación me golpeó: dulce, salado, vivo. Separé sus nalgas con las dos manos. La piel era suave, caliente. Besé primero una nalga, después la otra, mordisqueando despacio mientras ella soltaba risitas nerviosas que se convertían en gemidos.
—Joder, Xavier… no teas tanto…
—Calla y siente —murmuré contra su piel.
Pasé la lengua plana desde el perineo hacia arriba, lamiendo despacio el borde de su coño solo para mojarme bien, y luego me centré en el ano. El primer contacto de mi lengua contra ese agujero apretado la hizo dar un respingo y un grito ahogado.
—Ay, puta madre… sí…
Lamí en círculos, suaves al principio, saboreando la textura. El anillo se abría un milímetro bajo la presión húmeda. Empujé la punta de la lengua hacia adentro, penetrándola con la boca, follándola literalmente con la lengua. Monica se aferraba al borde de la mesa, los nudillos blancos, el culo empujando contra mi cara.
—Más… mete más la lengua… ábreme…
Obedecí. La clavé más hondo, moviendo la cabeza, salivando a propósito para dejarlo todo resbaladizo y obsceno. El sonido era húmedo, sucio: chasquidos de lengua, su respiración entrecortada, el crujido lejano del azúcar al enfriarse del todo. Introduje un dedo índice, solo la yema, junto a la lengua, masajeando el esfínter por fuera mientras la penetraba por dentro con la boca. Estaba tan estrecho que el dedo apenas entraba, pero ella no se tensaba de miedo; se abría de ganas.
—Míralo cómo te lo comes… —jadeó ella, volviendo la cabeza para mirarme por encima del hombro—. Mi culo virgen en tu boca. Nadie… nadie me había… joder, Xavier, se me pone el coño a chorros.
Era verdad. Su coño goteaba sobre el mármol. Recogí ese jugo con los dedos libres y lo usé de lubricante natural, untándoselo alrededor del ano mientras seguía lamiendo. Ahora dos yemas presionaban. El anillo cedió un poco más. Monica empujaba hacia atrás con ritmo, follándose mi lengua y mis dedos a la vez.
—Así… así… no pares…
Mi polla dolía dentro del pantalón, dura como una barra, la cabeza ya mojada de precum. Me la saqué con una mano, me acaricié despacio solo para no correrme de solo oírla. Seguía comiéndole el culo como un condenado: lengua adentro, fuera, círculos, embestidas cortas. El sabor era limpio, íntimo, solo ella. Cada vez que mi lengua se hundía, ella soltaba un gemido largo y gutural que me subía por la espina.
—Xavier… por favor… ya no aguanto… fóllame. Fóllame el culo. Quiero tu polla ahí. Ahora. Ábreme del todo.
Me puse de pie detrás de ella. La vista me dejó sin aire: Monica de pechos aplastados contra la mesa, espalda arqueada en U perfecta, nalgas abiertas por mis manos, el ano brillante de saliva, rozagante, pidiendo. El coño debajo latía. Le di unas palmaditas suaves en una nalga y ella gimió más fuerte.
—Vas a sentirme entero —le dije, la voz baja, confesional, como si se lo estuviera contando al techo vacío—. Lento al principio. Si duele de verdad, paras. Si quieres más, me lo pides. ¿De acuerdo?
—De acuerdo… solo métela ya, joder. Necesito que me la hinches.
Alineé la cabeza de mi polla contra su entrada. El calor de ese agujero virgen me quemó la piel. Empujé apenas. Solo la punta. Monica soltó un ahogo profundo, los dedos arañando el mármol.
—Joder… es gorda… se siente enorme…
—Respira. Empuja hacia fuera un poco, como si quisieras echarme.
Ella lo hizo. El esfínter se abrió lo suficiente para que la glande se hundiera completa, atrapada en ese anillo ardiente y apretadísimo. Me quedé quieto, dejándola acostumbrarse, acariciándole la espalda con una mano mientras la otra le rodeaba la cadera. Por dentro latía. Yo sentía cada pulso. El azúcar moreno olía a caramelo a nuestro lado; el extractor zumbaba bajo; afuera empezaba a clarear un amanecer grisáceo por la ventana del loft.
—Más —pidió ella, la voz rota de placer—. Métela más. Quiero sentirte hasta el fondo. Quiero que me dejes el culo abierto y lleno de tu leche… como dijiste. Enséñame.
Empujé otro centímetro. Y otro. La fricción era brutal, deliciosa, tan estrecha que casi dolía de lo bien que apretaba. Monica gemía sin parar, una cadena de “sí, así, más, joder, mi culo, tu polla en mi culo”. Cuando llevaba la mitad dentro, me detuve otra vez. Sudábamos los dos. Yo miraba cómo su ano se estiraba alrededor de mi verga, rosado y brillante, aceptándome.
—Mira cómo te lo comes —susurré—. Tu primer culo follado. Y es mío.
—Tuyo —repitió ella, casi llorando de ganas—. Todo tuyo. Ahora muévete. Fóllame de verdad. No te contengas.
Empecé a mover las caderas en embestidas cortas y profundas, entrando un poco más cada vez. El sonido de piel contra piel llenó la cocina. Cada vez que entraba hasta casi la base, Monica gritaba y empujaba hacia atrás, pidiendo que la atravesara entera. Mi polla desaparecía entre sus nalgas y reaparecía cubierta de saliva y de los jugos que le bajaban del coño. Le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo, curvándolos, y ella se vino con un temblor violento, el ano contrayéndose alrededor de mí en espasmos que casi me sacan la leche entonces mismo.
—No pares… sigue… quiero correrme otra vez con tu polla en el culo…
Seguí follándola, más hondo ahora, casi completo. El placer me subía por la base de la espalda como electricidad. Ella estaba perdida: gemidos, maldiciones, mi nombre. La mesa crujía. Un trozo de azúcar cayó al suelo y se rompió. Yo pensaba solo en no correrme todavía, en alargar esto, en sentir cada centímetro de ese culo que me estaba entregando por primera vez. Pero la presión era brutal. El amanecer se filtraba ya con más fuerza. Monica miró hacia atrás otra vez, los ojos vidriosos, la boca abierta.
—Lléname… cuando quieras… lléname el ano de leche… quiero sentirte latir dentro…
Estaba al límite. Embestí más profundo, agarrándola de las caderas con fuerza, follándole el culo con ganas ya, sin piedad pero con todo el cuidado del mundo, escuchando cada sonido que salía de su garganta. El calor, el apretón, la forma en que ella me lo pedía… sabía que el orgasmo me iba a partir en dos en cuanto soltara. Y aun así me contuve un segundo más, clavado hasta las bolas, respirando contra su nuca, saboreando el momento exacto en que mi mejor amiga, la chef de veintinueve años que compartía postres conmigo a las cuatro de la mañana, tenía el culo abierto alrededor de mi polla y me suplicaba que la llenara.
El azúcar seguía oliendo a caramelo. Su ano palpitaba. Yo latía dentro. Y ninguno de los dos quería que aquello terminara todavía.
Soy Xavier y no sé cuánto tiempo me quedé clavado hasta las bolas dentro del culo de Monica, respirando contra su nuca, contando los latidos de su ano apretado alrededor de mi polla. El amanecer ya entraba por la ventana del loft con esa luz grisácea que lo pone todo a medio tono, y el olor a caramelo del azúcar moreno seguía subiendo entre nosotros. Ella temblaba debajo de mí, la espalda arqueada, las nalgas abiertas, y cada vez que el esfínter le palpitaba yo sentía que me iba a correr sin remedio.
—No todavía —jadeé, y me retiré despacio, centímetro a centímetro, viendo cómo su agujero se cerraba a medias detrás de la cabeza de mi verga, brillante de saliva y de los jugos que le bajaban del coño—. Primero te abro bien. De verdad.
Monica se incorporó un poco, el pelo suelto ya, los ojos vidriosos, y se pasó la lengua por los labios.
—Haz lo que quieras conmigo. Solo no me dejes así.
Fui a la despensa. Aceite de oliva suave, el que ella misma me había traído la semana anterior “para freír cosas serias”, y un puñado del azúcar moreno que aún quedaba en el cazo. Lo mezclé en un bol pequeño con dos dedos: el aceite se volvió viscoso, el azúcar crujía y se disolvía a medias, dejando una pasta gruesa, dulce, resbaladiza. Volví a ella. La mesa de mármol aún llevaba la huella de sus pechos. La volví a tumbar de pechos, le separé las nalgas otra vez y le unté aquella mezcla casera alrededor del ano y por dentro del anillo. El azúcar hacía un leve crujido bajo los dedos; el aceite brillaba. Monica gimió largo cuando sentí el frío y después el calor de mi mano.
—Joder… se siente raro… rico…
—Ahora dos —avisé.
Le metí el índice y el corazón juntos, lentos, girando, abriéndola. El anillo cedió con un sonido húmedo y obsceno. Mientras tanto ella ya tenía una mano entre las piernas, frotándose el clítoris con dos dedos, el coño abierto y chorreando sobre el mármol.
—Así… así, Xavier… fóllame el culo con los dedos mientras me toco… ay, puta madre, se siente tan lleno…
La follé con los dedos a ritmo constante, entrando hasta el nudillo, abriéndola en tijera un poco, escuchándola gemir como una puta barata: sonidos rotos, mi nombre, maldiciones dulces. Su ano se aflojaba y se contraía alrededor de mis dedos; el azúcar-lubricante hacía que todo resbalara y crujiera al mismo tiempo. Yo miraba hipnotizado cómo entraban y salían, cómo el agujero rosado se dilataba para recibirme.
—Más duro… no tengas miedo… quiero que me dejes el culo listo para tu polla…
Se corrió otra vez solo con los dedos y la mano en el coño, el cuerpo entero temblando, el ano apretándome en oleadas. Saqué los dedos, me unté la polla entera con más de aquella pasta de aceite y azúcar, y la alineé otra vez.
—Posición de perrito. Sobre la mesa. Quiero verte el culo abierto mientras te la meto.
Monica se acomodó, pechos aplastados, culo en alto, rodillas separadas. Empujé. Esta vez la cabeza entró de un solo golpe suave y ella gritó de placer puro. Seguí metiendo, despacio al principio, sintiendo cómo el azúcar hacía que la fricción fuera perfecta, crujiente y resbaladiza a la vez. Cuando estuve hasta el fondo, empecé a follarla de verdad: embestidas profundas, cadera contra nalgas, el sonido de piel mojada llenando la cocina. Cada embestida sacaba un gemido gutural de ella.
—Tómalo todo… este culo virgen es mío ahora… míralo cómo se come mi polla…
—Sí… fóllamelo… ábreme más… quiero que me duela rico… joder, Xavier, me estás destrozando el culo y me encanta…
La agarré de las caderas y le di sin piedad pero con control, entrando hasta las bolas, sacando casi del todo, volviendo a clavarla. El aceite y el azúcar brillaban entre nosotros; hilos de esa mezcla casera se estiraban cada vez que salía. Monica se masturbaba sin parar, los dedos rápidos en el clítoris, y se corrió una tercera vez con mi polla enterrada, el ano apretándome tan fuerte que tuve que parar un segundo para no correrme yo también.
—Cambia —jadeé—. Ahora tú encima. Vaquera anal inversa. Quiero que controles tú la profundidad. Quiero ver cómo te la comes sola.
La ayudé a girarse. Se puso de espaldas a mí, de pie sobre la mesa un segundo, y luego bajó despacio, guiando mi polla con una mano hasta que la cabeza tocó su ano dilatado. Se sentó. Centímetro a centímetro. Yo le sujetaba las caderas y miraba hipnotizado cómo su agujero se abría alrededor de mi verga, cómo desaparecía dentro de ella. Cuando estuvo sentada del todo, con las nalgas apoyadas en mis muslos, se quedó quieta un momento, respirando.
—Joder… se siente más hondo así… me llega a sitios que no sabía…
Empezó a moverse. Subía lento hasta casi sacármela y bajaba de golpe, profundo, hasta el fondo. Alternaba: embestidas profundas y lentas que me hacían ver estrellas, después cortas y rápidas que le hacían temblar las piernas. Yo le hablaba sucio sin parar, la voz ronca, confesional, como si le estuviera contando un secreto al amanecer.
—Mírate… mi mejor amiga follándose el culo con mi polla… controlando cada centímetro… qué puta más rica eres cuando te abres para mí… siento cómo me aprietas… cómo me chupas por dentro… vas a correrme la leche toda dentro, ¿verdad? Vas a dejar que te llene el ano hasta que te rebose…
—Sí… lléname… quiero tu leche en el culo… fóllame más fuerte… más hondo… dámela toda… soy tuya… este culo es tuyo… llénalo de leche, Xavier, por favor, necesito sentirte latir dentro…
Ella aceleró. Yo le sujetaba las nalgas abiertas para verlo todo: el ano estirado, brillante de aceite y azúcar, tragándome entero. Le di palmadas suaves en las nalgas y ella gemía más fuerte. Le metí dos dedos en el coño otra vez y la sentí correrse una vez más, el cuerpo entero sacudiéndose encima de mí, el ano exprimiéndome en espasmos rítmicos. Ya no podía más. La agarré fuerte de las caderas, la empujé hacia abajo y embestí hacia arriba, profundo, profundo, hasta que el orgasmo me partió por la mitad.
Me corrí con un gruñido largo, clavado hasta las bolas, disparando chorros densos y calientes directamente dentro de su ano. Sentía cada latido, cada espasmo mío llenándola. Monica temblaba encima, gimiendo mi nombre, pidiendo más leche aunque yo ya le estaba dando todo. Me quedé dentro un rato largo, respirando contra su espalda, sintiendo cómo mi semen se acumulaba dentro de ella, caliente, espeso.
Después saqué la polla despacio. El agujero quedó abierto, dilatado, rosado y brillante, y de inmediato empezó a salir mi leche: un hilo blanco y espeso que bajaba por el perineo, goteaba sobre mis muslos y luego sobre el mármol de la mesa. Monica se quedó temblando de placer, las piernas abiertas, el culo ofreciéndose todavía, mirando hacia atrás para ver el desastre que le había dejado.
—Míralo… —susurró ella, la voz rota—. Cómo sale… qué rico…
Me incorporé, la tomé de la cara con las dos manos y la besé con ternura, lento, saboreando el azúcar que aún le quedaba en los labios y la sal de su sudor. El beso era distinto al del principio: ya no solo hambre, sino algo más quieto, más nuestro. Cuando nos separamos, ella me miró a los ojos y sonrió, exhausta y feliz.
—Ahora mi culo es tuyo cuando quieras, Xavier. Cuando se te antoje. No hace falta que sea de madrugada ni que haya postre… aunque el azúcar ayuda. Este amanecer de azúcar… va a ser solo el primero de muchos. Quiero que me lo folles cada vez que necesitemos bajar los nervios. ¿Me oyes?
La abracé contra el pecho, la polla aún medio dura, el semen de ella y mío mezclado en la piel, el olor a caramelo y a sexo llenando el loft mientras el sol terminaba de subir.
Y supe, con la certeza absoluta de quien ha tocado lo sagrado por primera vez, que jamás volvería a oler el azúcar moreno sin sentir el calor de su culo abriéndose solo para mí.
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