Deseo Prohibido en el Ring Vacío
En el gimnasio vacío, Nadia le suplica a Otto que deje a Silas follársela como una hotwife delante de él.
El gimnasio olía a cuero viejo, a goma de los guantes y a ese sudor limpio que solo queda cuando el aire acondicionado lleva horas apagado. A medianoche las luces de emergencia teñían de un ámbar flojo las cuerdas del ring y las pesas alineadas contra la pared. Nadie más. Solo el ritmo seco de los golpes.
Silas entrenaba solo. Camiseta negra pegada al torso, pantalones cortos grises, vendas ya manchadas. Cada jab hacía vibrar el saco; cada gancho dejaba ver el dibujo de los oblicuos, el brillo de la piel sobre los hombros anchos. Nadia, escondida junto a Otto detrás de la columna de espejos empañados, no podía dejar de mirarlo. Veintiocho años, casada, y el coño se le humedecía solo de ver cómo el boxeador se movía como si el mundo entero fuera un adversario al que iba a doblar.
Otto tenía la mano apoyada en la parte baja de su espalda, debajo de la chaqueta fina que ella llevaba sobre el top deportivo. Los dedos le rozaban la piel desnuda y ella sentía el calor de su marido, esa excitación contenida que conocía demasiado bien.
—Míralo —susurró Otto contra su oreja, voz ronca, casi un jadeo—. Cómo golpea. Cómo suda. Llevo semanas imaginándome… joder, Nadia, te quiero ver con él. Quiero que ese macho te abra de piernas delante de mí.
Ella cerró los ojos un segundo. El confesar salió entre dientes, entre respiraciones cortas que empañaban el aire frío.
—Yo también. Desde la primera vez que lo vimos entrenar. Me corro en la ducha pensando en que me folle aquí, en el ring, y que tú estés mirando. Que me llene. Que me use como su puta mientras tú te tocas. Llevo semanas mojándome la braga cada vez que dices su nombre, Otto. Quiero que Silas me folle delante de ti. Quiero ser tu hotwife esta noche.
Otto apretó la cadera de ella contra la suya; su polla ya dura rozaba el culo de Nadia a través de la ropa. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose un poco más, y el gemido que se le escapó fue bajo, privado, solo para los dos… hasta que Silas paró de golpear.
El saco balanceó un par de veces. El boxeador se quitó un guante, se pasó el antebrazo por la frente y giró la cabeza. Esos ojos oscuros los encontraron en el reflejo del espejo, luego en la carne. No había sorpresa real; más bien una media sonrisa lenta, de hombre que huele el deseo a veinte metros.
Caminó hacia el borde del ring, se apoyó en las cuerdas con los antebrazos musculosos y los miró sin prisa.
—¿Van a quedarse escondidos toda la noche o bajan?
Otto tragó saliva. La fantasía ya no era solo palabras. Sacó a Nadia de las sombras con suavidad, la mano todavía en su cintura, y avanzaron hasta quedar bajo las luces del ring. Silas olía a esfuerzo limpio, a feromonas crudas. Nadia notó cómo se le endurecían los pezones contra el top.
—Mi mujer… —empezó Otto, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Lleva tiempo fantaseando contigo. Yo también. Quiero verla contigo. Pero solo si ella quiere. Nadia…
Ella levantó la cara. Los ojos le brillaban, húmedos de ganas, de esa mezcla de vergüenza dulce y hambre absoluta. No hubo duda.
—Quiero. Quiero que me beses, Silas. Quiero que me toques mientras mi marido mira. Por favor.
Silas bajó del ring de un salto ligero. Se plantó delante de ella, un pecho ancho que olía a cuero y sudor masculino. Otto dio un paso atrás, lo justo para verlo todo, y se pasó la lengua por los labios.
Silas no preguntó más. Tomó la cara de Nadia con las manos grandes, todavía un poco ásperas por las vendas, y la besó. Lengua profunda, lenta al principio, luego hambrienta. Nadia abrió la boca, gimió dentro del beso, y se aferró a los hombros sudados del boxeador. El sabor a sal y a hombre le subió directo al clítoris. Otto respiraba pesado a un metro, la mirada clavada en cómo la lengua de Silas exploraba la de su esposa, en cómo Nadia se empinaba para ofrecerle más.
Las manos de Silas bajaron. Primero por el cuello, luego a las tetas. Apretó los pechos por encima del top, notó los pezones duros, y Nadia se arqueó contra sus palmas.
—Joder, qué firmes —murmuró Silas contra su boca—. ¿Te gusta que te mire tu marido mientras te manoseo?
—Sí… sí, me encanta —jadeó ella—. Tócame más. Quítame esto.
Él se bajó el top y el sujetador deportivo de un tirón. Las tetas de Nadia rebotaron libres, pezones oscuros y erectos. Silas las agarró con ambas manos, las sopesó, las apretó, y se inclinó a chupar un pezón con fuerza. Nadia echó la cabeza atrás y gimió alto, sin vergüenza.
—Ah… así… más duro.
Otto se pasó la mano por encima del pantalón, apretando su propia erección mientras veía cómo el boxeador devoraba el pecho de su mujer. Nadia lo miró de reojo, ojos entrecerrados de placer, y le sonrió con la boca abierta.
—Mírame, Otto… mírame cómo me chupa las tetas…
Silas pasó una mano a su espalda, bajó hasta el culo y lo apretó con ganas a través de los leggings. Los dedos se hundieron en la carne firme, separaron un poco las nalgas, y Nadia empujó el culo hacia atrás, buscando más presión. El boxeador metió la mano por dentro de la tela, encontró la braga ya empapada y rozó el coño hinchado con dos dedos gruesos.
—Estás chorreando —dijo con voz grave—. Todo esto de pensar en que te folle delante de él, ¿eh?
—Semanas… —confesó ella entre gemidos, abriendo más las piernas—. Quiero tu polla. Quiero que me la metas mientras Otto nos ve. Por favor, no pares…
Silas la giró un poco para que Otto tuviera mejor vista. Con una mano seguía masajeándole una teta; con la otra le bajó los leggings y la braga hasta media muslo. El coño de Nadia quedó al aire, labios hinchados, brillantes de lubricante. Silas le pasó los dedos entre ellos, recogió el jugo y se lo llevó a la boca de ella. Nadia chupó sin dudar, mirando a su marido.
Otto soltó un “joder” ahogado y se desabrochó el pantalón lo suficiente para sacar la polla. Se acariciaba despacio, sin prisa de correre, solo disfrutando el espectáculo.
Silas volvió a besar a Nadia, esta vez más sucio, mordiéndole el labio inferior mientras le metía dos dedos dentro del coño caliente. Ella se empinó de puntillas, gimiendo en su boca, las manos agarrándole los bíceps sudados.
—Más… más profundo… ah, sí, así…
Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo obsceno. El pulgar le rozaba el clítoris en círculos firmes. Nadia temblaba, las rodillas flojas, el orgasmo ya construyéndose bajo la piel. Silas le hablaba al oído, voz baja para que Otto también oyera:
—Voy a follarte en ese ring. Te voy a poner a cuatro patas sobre la lona y te voy a abrir el coño con esta polla mientras tu marido se corre mirándonos. ¿Eso quieres, hotwife?
—Sí… te lo ruego… fóllame delante de él… lléname…
Otto dio un paso más cerca, lo bastante para oler el sexo de su mujer mezclado con el sudor de Silas. Nadia alargó una mano y le tocó la mejilla un segundo, conexión de pareja en medio de la transgresión, antes de volver a aferrarse al boxeador.
Silas le sacó los dedos, se los ofreció a Otto. El marido dudó solo un instante y luego los lamió, saboreando a Nadia en la mano de otro hombre. El gemido que soltó Nadia fue casi un grito.
—Otto… joder, cómo me pone eso…
Silas la levantó entonces, con esa facilidad de alguien acostumbrado a cargar peso, y la sentó sobre una de las mesas de masaje cercanas al ring. Le abrió las piernas de par en par. Otto se colocó a un lado, polla en mano, respiración entrecortada. Silas se arrodilló entre los muslos de Nadia y le lamió el coño de arriba abajo, lengua ancha, chupando el clítoris con fuerza. Ella se agarró a su pelo corto y empujó la cadera contra su cara.
—Ahí… no pares… te voy a correr en la boca…
Silas gruñó contra su carne y metió la lengua dentro, follándola con ella mientras los dedos le apretaban el culo. Nadia miraba a Otto todo el tiempo, ojos vidriosos, labios entreabiertos.
—Voy… voy a correrme… Otto, mírame…
El orgasmo la sacudió en oleadas. El coño le palpitaba contra la boca de Silas; las piernas le temblaban; un hilo de saliva y jugo le bajaba por el muslo. Silas no se apartó hasta que ella dejó de sacudirse. Entonces se puso de pie, se bajó los pantalones cortos y sacó la polla gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Nadia la miró con hambre abierta y extendió la mano para tocarla, midiendo el grosor, sintiendo el calor.
Otto se acercó más, casi tocándolos.
—Dile lo que quieres, cariño.
Nadia levantó la vista hacia Silas, luego hacia su marido, y la voz le salió rota de ganas:
—Quiero esa polla dentro. Quiero que me folles fuerte en el ring, que me dejes marca, que Otto vea cómo me corres dentro si él quiere… o en la cara… lo que digáis. Solo… no me dejes así. Fóllame. Fóllame mientras mi marido nos mira y se corre con nosotros.
Silas le acarició la mejilla con el dorso de la mano, un gesto casi tierno en medio de tanta crudeza, y luego la cargó otra vez. Dio dos pasos y la depositó sobre la lona del ring. Nadia se quedó a gatas, culo en alto, tetas colgando, mirando por encima del hombro a los dos hombres. Silas subió detrás de ella, se arrodilló, y le frotó la polla gruesa entre los labios del coño sin entrar todavía, untándola de jugo. Otto se subió también, se sentó en la esquina de las cuerdas, y se masturbó con la mirada clavada en el punto exacto donde la polla de Silas se deslizaba adelante y atrás, amenazando con hundirse.
Nadia empujó el culo hacia atrás, impaciente.
—Métela… por favor… ya…
Silas le agarró las caderas con fuerza, la punta ya abriendo un poco la entrada resbaladiza, y miró a Otto una última vez en busca de esa confirmación muda. Otto asintió, ojos negros de lujuria. Nadia gimió, temblando de anticipación, el coño contrayéndose alrededor de nada todavía, rogando en voz alta que la llenaran de una vez mientras el ring vacío esperaba el primer empujón verdadero y la noche apenas empezaba a tragárselos a los tres.
Silas no esperó más. Agarró a Nadia por el pelo, tirando con firmeza justo lo suficiente para hacerla girar sobre la lona. Ella soltó un gemido gutural al sentirse forzada a arrodillarse frente a él, las rodillas hundiéndose en la superficie blanda del ring. La polla de Silas le rozaba los labios, gruesa, pesada, con una gota de precum brillando en la punta. Nadia abrió la boca de inmediato, hambrienta, y se la engulló hasta donde pudo, mirando de reojo a Otto todo el tiempo. Los ojos de su marido estaban clavados en ella, la mano subiendo y bajando por su propia verga con ritmo lento y tortuoso.
—Míralo, Otto… —jadeó Nadia entre chupadas, la voz pastosa de saliva—. Cómo se me hincha la boca con esta polla… joder, es más gruesa de lo que imaginé…
Silas empujó las caderas hacia adelante, hundiéndose más profundo en la garganta de ella. Nadia se atragantó un segundo, los ojos llorosos de placer, pero no retrocedió. Chupaba con ansia, la lengua enrollándose alrededor del glande, las manos apretándole los huevos sudados mientras babas le resbalaban por la barbilla hasta las tetas. Cada vez que levantaba la vista hacia Otto, su coño se contraía vacío, chorreando sobre la lona. Pensaba en cómo su marido la veía convertida en una puta sedienta, y eso la ponía más mojada todavía. Silas gruñía, los dedos enredados en el cabello de Nadia, follándole la boca con embestidas cortas y brutales.
—Trágala bien, hotwife —ordenó Silas, voz ronca—. Que tu marido vea cómo te comes mi verga.
Otto se acercó más, arrodillándose al lado, la polla goteando en su puño. Nadia extendió una mano y le acarició el muslo a su marido mientras seguía chupando, el contacto eléctrico. Se sentía llena de poder y sumisión a la vez, el sabor salado de Silas invadiéndole la lengua, el olor a sudor y sexo impregnando el aire del gimnasio vacío.
Cuando Silas se retiró con un pop húmedo, un hilo de saliva unía aún los labios de Nadia a su polla. La giró de nuevo, empujándola a cuatro patas. Las nalgas de ella se alzaron altas, el coño abierto y brillante. Silas se alineó y entró de un solo embiste salvaje, hasta el fondo. Nadia gritó, el grito ahogado contra la lona, el coño estirándose alrededor de esa verga gruesa que la abría sin piedad.
—¡Ah, joder… sí, así de duro! —aulló ella, empujando el culo hacia atrás para recibirlo todo—. Fóllame como una puta, Silas… que Otto lo vea todo…
Silas la follaba sin freno, las caderas chocando contra su culo con un sonido obsceno de carne contra carne. Las manos le apretaban las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas rojas. Cada embestida hacía rebotar las tetas de Nadia, los pezones rozando la lona fría. Ella miraba a Otto entre jadeos, los ojos vidriosos, la boca abierta en un gemido continuo. Por dentro, se sentía deshecha de placer: el grosor de Silas rozándole el punto exacto una y otra vez, el clítoris hinchado rozando el aire con cada sacudida. Otto se masturbaba más rápido ahora, la respiración agitada, murmurando “sí, cariño, tómala toda” mientras veía cómo la polla del boxeador entraba y salía cubierta de jugos.
—Más fuerte… rompeme el coño —rogó Nadia, la voz rota—. Quiero que me dejes coja de tanto follar…
Silas obedeció, acelerando el ritmo hasta que el ring crujía bajo ellos. Le dio una cachetada sonora en una nalga, el impacto resonando. Nadia gimió más alto.
—Otra… pégame otra en el culo… ¡ah, sí!
Otra palmada, y otra, dejando la piel ardiendo y marcada. Nadia pedía más entre gemidos, el dolor dulce mezclándose con las embestidas profundas. Silas la levantó entonces por la cintura, sin sacar la polla, y la sentó encima de él al girarse. Ella quedó a horcajadas, la espalda contra el pecho sudado del boxeador, y empezó a cabalgar con fuerza, subiendo y bajando las caderas como si quisiera clavar esa verga hasta el útero.
Silas le apretó las tetas con ambas manos, los dedos pellizcando los pezones duros hasta hacerla chillar. Cada vez que ella bajaba, él empujaba hacia arriba, follándola desde abajo con potencia brutal. Las cachetadas en el culo no paraban: una, dos, tres, el sonido húmedo llenando el espacio vacío.
—¡Más cachetadas… por favor… azótame el culo mientras te monto! —suplicaba Nadia, la voz temblorosa de orgasmo cercano—. Otto, míralo cómo me aprieta las tetas… cómo me usa…
Otto se acercó hasta rozarles, la polla a centímetros del rostro de su mujer. Nadia se inclinó y le lamió el glande un segundo, saboreando el precum de su marido mientras seguía cabalgando a Silas. Por dentro hervía: el placer construyéndose en oleadas, el coño apretando la polla gruesa, las nalgas ardiendo de las palmadas. Silas le mordió el hombro, gruñendo.
—Eres una puta perfecta… cabalga más fuerte…
Ella obedeció, rebotando con violencia, el sudor resbalándole entre los pechos. Cuando sintió que el orgasmo la iba a partir, Silas la tumbó de espaldas sobre la lona, abriéndole las piernas en misionero profundo. Le dobló las rodillas hasta el pecho y se hundió hasta las bolas, embistiendo con furia. Cada embestida le golpeaba el fondo, el clítoris aplastado contra el pubis del boxeador. Nadia gritaba sin control, las uñas clavándose en la espalda de Silas.
—¡Dentro… córrete dentro… lléname! —rogó, mirando a Otto—. Quiero tu leche, Silas… y que mi marido lo vea…
Otto se masturbaba al lado, la mano rápida, los ojos fijos en el punto donde la polla de Silas desaparecía en el coño hinchado de su esposa. Silas empujó una última vez, profundo, y se corrió con un gruñido animal, chorros calientes inundando a Nadia. Ella se vino al mismo tiempo, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la verga que la llenaba, el orgasmo sacudiéndole todo el cuerpo hasta hacerla temblar sin control. Un hilo de semen y jugo le resbaló por el culo mientras Silas seguía bombeando los últimos chorros.
Aún dentro, Silas la besó con posesión, lengua profunda, saboreando su propia sal en la boca de ella. Nadia temblaba todavía, el coño palpitando. Cuando él se retiró, un chorro espeso de semen le brotó del interior. Ella se arrastró entonces hasta Otto, a gatas, y lo besó con la boca llena del sabor de la polla de Silas, la lengua sucia empujando el gusto del otro hombre dentro de su marido. Otto la abrazó con orgullo, apretándola contra su pecho mientras se corría él también, salpicándole el vientre y las tetas con su propia leche.
Silas se puso de pie, mirándolos con una sonrisa satisfecha, la polla aún semi-dura y brillante.
—Cuando quieran… vuelvo a follarla. Solo avisen.
Nadia se acurrucó un segundo en los brazos de Otto, el cuerpo marcado de huellas rojas en las caderas, el culo y los pechos, el semen de Silas goteándole por los muslos. La dinámica quedaba sellada en el aire espeso del ring vacío: hotwife, consentida, usada y deseada.
Otto le susurró al oído mientras le limpiaba un poco de corrida de la barbilla con el pulgar: “Eres mía… y de él cuando yo diga”. Nadia solo sonrió, las piernas abiertas todavía, el coño abierto y goteando, lista para que la follaran de nuevo en cuanto la polla de Silas se endureciera otra vez sobre la lona manchada de jugos y semen.
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