Reencuentro en el Karaoke Privado
Dos amigas universitarias se reencuentran en un karaoke privado y terminan follando como lesbianas insaciables.
Diez años. Diez putos años sin verte y, aun así, el segundo en que abrí la puerta del karaoke privado supe que nada se había enfriado. Reservé el salón entero para celebrar mi divorcio —libertad en forma de copas, luces tenues y un micrófono que nadie iba a usar en serio—, y ahí estabas tú, Ana, con esa misma sonrisa ladeada que me volvía loca en la residencia. Veintiocho años las dos, piel de mujer hecha y un hambre que se me subió entre las piernas antes siquiera de abrazarte.
—Colette —dijiste, y mi nombre en tu boca me recorrió la espalda como una uña.
Te miré de arriba abajo sin disimulo. Vestido corto negro, escote que enseñaba la curva de tus tetas, piernas largas que yo conocía de memoria. Tus ojos me hicieron lo mismo: me despellejaron. Bajaron por mi cuello, se detuvieron en mis pechos apretados bajo la blusa blanca, siguieron la línea de la falda hasta mis muslos y volvieron a subir con una lentitud descarada. Sentí cómo se me humedecía el coño solo con eso. Un latido bajo la braga, caliente, traicionero. Y entonces vino el recuerdo, nítido como si hubiéramos cerrado la puerta del dormitorio ayer: tú y yo en la litera de arriba, faldas subidas, dedos resbalando entre los pliegues, jadeos ahogados contra la almohada para que las compañeras no oyeran. Cómo te corrías con la boca abierta y los ojos vidriosos. Cómo yo te lamía los dedos después, saboreando tu jugo dulzón.
—Joder, Ana… te ves ilegal —murmuré, y la risa que te salió fue baja, cómplice.
Entramos. El sofá enorme frente a la pantalla, la mesa con botellas, el aire acondicionado a una temperatura que no hacía nada por enfriar lo que ya me quemaba entre las piernas. Pedí una botella de tinto y me senté. Tú te acomodaste demasiado cerca. Nuestras rodillas se tocaron al instante. No apartaste la tuya. Yo tampoco.
Encendimos el karaoke casi por compromiso. Elegiste una balada lenta, de esas que se pegan a la piel. Cuando empezaste a cantar, tu voz me rozó el oído aunque estuvieras a medio metro. Me levanté, tomé el otro micro y me uní, pero no miraba la letra. Te miraba a ti. Cómo se te movían los labios, cómo se te hinchaba el pecho al respirar hondo, cómo una hebra de pelo se te pegaba a la mejilla. Cada estribillo nos empujaba un centímetro más cerca en el sofá. Mis muslos rozaron los tuyos. El roce de tela contra tela me mandó una corriente directa al clítoris. Tragué saliva.
Apagué el micro a mitad de la canción y lo dejé a un lado. Tú hiciste lo mismo. El silencio que quedó fue espeso, solo el hilo musical de fondo y nuestra respiración.
—Llevaba años fantaseando con esto —confesé, la voz ronca—. Con volver a tenerte cerca. Con probarte otra vez.
Tus dedos bajaron sin pedir permiso. Empezaron en mi rodilla y subieron por el interior del muslo, despacio, abriendo un camino de piel de gallina. No había disimulo. Acariciabas la carne blanda justo donde la falda se terminaba, rozando el borde de la braga sin cruzarlo todavía. Me abrí un poco más. Un gemido se me escapó al sentir la presión de tus yemas.
—Dime —susurraste pegada a mi cuello—. Dime exactamente qué has fantaseado.
Me incliné hasta tu oreja. El perfume de tu pelo me mareó.
—He fantaseado con abrirte las piernas en este mismo sofá. Con bajarte la braga con los dientes y comerte el coño hasta que grites mi nombre. Con meter la lengua bien adentro, lamiéndote el clítoris hinchado mientras te agarro del culo y te empujas contra mi cara. He soñado con follarte con los dedos, con tres metidos hasta el fondo, curvados, buscándote ese punto que te hacía temblar en la residencia. Y después que tú me lo hagas a mí. Que me dejes empapada, que me chupes hasta el último gota.
Tus dedos se clavaron un segundo en mi muslo. Respiraste entrecortada.
—Joder, Colette…
Te giraste y me besaste. No fue un beso tímido. Fue lengua de golpe, caliente, insistente, sabiendo a vino y a ganas acumuladas. Abrí la boca y te recibí. Nuestras lenguas se enredaron, húmedas, urgentes. Te mordí el labio inferior y gemiste contra mí. Mi mano subió a tu pecho, apretó la teta por encima del vestido, notó el pezón duro ya. La otra mano —la que no podía esperar más— bajó directo bajo tu falda.
Encontré el calor primero. Después la humedad. Tu braga estaba empapada, el algodón pegado a los labios hinchados, resbaladizo. Aparté la tela con dos dedos y toqué carne desnuda. Estabas chorreando. El jugo te resbalaba por el pliegue hasta casi el culo. Deslicé la yema por tu raja abierta, recogiendo esa viscosidad caliente, y subí hasta el clítoris. Lo encontré duro, palpitante. Te sobé en círculos lentos mientras seguíamos besándonos como si nos fuéramos a devorar.
—Estás empapada… —jadeé contra tu boca—. Tan ansiosa como yo.
—Más —insististe, abriendo más las piernas sobre el sofá—. Mételos. Por favor.
Hundí dos dedos de una vez. Tu coño me tragaró con un sonido obsceno, húmedo, perfecto. Estabas tan caliente por dentro que se me cerró la garganta. Empujé hasta los nudillos, curvé las falanges y busqué ese punto esponjoso que recordaba. Lo hallé al segundo intento. Tu cadera se levantó del asiento y un gemido largo se te escapó directo a mi lengua. Empecé a follarte con la mano, entrada y salida lenta al principio, después más profunda, más rápida, el pulgar frotándote el clítoris al ritmo.
—Así… joder, Colette, así… no pares.
Mi propio coño latía contra la braga, empapándola ya. Cada vez que movías la cadera contra mis dedos, mi muslo rozaba el tuyo y la fricción me sacaba un suspiro. Seguías besándome, pero ahora era desordenado: lengua, dientes, saliva. Tu mano había subido bajo mi blusa y apretaba mi teta desnuda, pellizcando el pezón hasta dolerme rico. Yo empujaba los dedos más hondo, sintiendo cómo te contraías alrededor, cómo el jugo me bajaba por la muñeca.
La pantalla del karaoke seguía proyectando letras que nadie leía. La luz azulada nos pintaba la piel. El olor a sexo ya llenaba el salón pequeño: tu coño abierto, mi mano working, el vino derramado un poco sobre la mesa cuando tiré de ti para sentarte a horcajadas sobre mi muslo. Sentí tu humedad caliente empaparme la falda. Frotaste el clítoris contra mi pierna mientras yo te metía los dedos desde abajo, el ángulo perfecto para llegar más lejos.
—Te voy a correr aquí mismo —te dije al oído, la voz rota—. Y después vas a bajarme la braga y me vas a chupar como en la uni, ¿te acuerdas? Cuando te arrodillabas entre mis piernas y no parabas hasta que me venía en tu cara.
Tus paredes me apretaron fuerte. Estabas al borde. Yo también. Pero no dejé que llegara del todo. Saqué los dedos despacio, te los llevé a la boca y te hice chupar tu propio gusto. Lo hiciste con los ojos entornados, lamiste cada pliegue de mis nudillos, chupaste ruidoso.
—Sigue —suplicaste cuando los soltaste—. No te detengas ahora.
Sonreí, sucia, y volví a meter la mano bajo tu falda, esta vez tres dedos. Te abriste con un gemido gutural. El sofá crujió. Mis pechos subían y bajaban contra los tuyos. El divorcio, los diez años, las canciones… todo se había reducido a esto: tu coño goteando en mi palma, tu lengua otra vez en la mía, y la certeza de que lo que venía después iba a ser peor, más profundo, más sucio. Todavía no te había probado con la boca. Todavía no te había obligado a montarme la cara. Todavía no te había dicho que me follaras con la lengua hasta que me temblaran las piernas.
Te miré a los ojos mientras te penetraba despacio, saboreando cada contracción.
—Esto no se queda aquí, Ana.
Tu respuesta fue un jadeo y un “hazlo” que se me clavó entre las piernas como un dedo invisible. Seguí moviendo la mano, sintiendo cómo te acercabas otra vez al límite, y yo conmigo misma al borde de correrme solo de tenerte así, abierta, mojada, mía otra vez después de tanto tiempo. El micro apagado en el suelo. La puerta cerrada. Y todo el puto resto de la noche por delante.
Diez putos años y aquí estábamos otra vez, con mis dedos todavía resbalando dentro de ti y tu jugo corriendo por mi muñeca como si el tiempo no hubiera pasado. No aguanté más. Saqué la mano de golpe, me puse de pie y tiré de ti hacia arriba.
—Desnúdate. Ya. —Mi voz salió ronca, ordenando y rogando al mismo tiempo.
Nos quitamos la ropa con prisa de putas en celo. Yo me arranqué la blusa blanca sin desabotonarla del todo, los botones saltaron y rebotaron en la mesa. Me bajé la falda y la braga juntas, empapada, el hilo de humedad brillando entre mis muslos. Tú te liberaste del vestido negro de un tirón por encima de la cabeza; las tetas rebotaron libres, pezones duros y oscuros que yo conocía de memoria. La braga te la bajé yo misma, arrodillándome un segundo para olerte antes de tirarla al suelo. Quedamos desnudas, sudando ya, el aire acondicionado incapaz de enfriar el calor que nos salía de la piel.
Te empujé. Te tumbé de espaldas en el sofá enorme, las piernas abiertas de par en par, ese coño hinchado y brillante mirándome directo a la cara. Me arrodillé entre tus muslos y no pedí permiso. Te comí el coño con devoción de quien ha estado muriendo de sed. La lengua plana, de abajo arriba, recogiendo todo ese jugo dulzón y salado que me recordaba a la residencia. Te abrí los labios con los dedos y chupé el clítoris hinchado, lo lamí en círculos lentos y después lo atrapé entre los labios y lo chupé fuerte. Metí dos dedos de golpe en tu agujero apretado. Estabas tan caliente y tan resbaladiza que entraron hasta el fondo con un sonido obsceno. Curvé las falanges, busqué ese punto esponjoso y lo froté sin piedad mientras te comía.
—Colette… joder, Colette… —gemiste mi nombre, la voz rota, las manos enredadas en mi pelo, empujándome más contra tu raja—. Así, así, no pares, cómemelo entero…
Yo gemia contra tu coño, el sabor llenándome la boca, la nariz pegada a tu monte, respirando tu olor a sexo y a años acumulados. Mis dedos entraban y salían rápidos, el pulgar a veces rozándote el culo, y tú levantabas la cadera para follarme la cara. Cada vez que te contraías alrededor de mis nudillos yo sentía cómo se me empapaba más el propio coño, goteando ya sobre el sofá. Te comí hasta que tus muslos temblaron contra mis mejillas, hasta que tu grito se hizo más agudo.
Pero no te dejé correrte sola. Te solté un segundo, me tumbé de espaldas y te miré con la boca brillante de tu jugo.
—Súbete. 69. Ahora. Quiero chuparte mientras me devoras.
Te giraste y te montaste encima de mí al revés. Tu coño bajó directo sobre mi boca y al mismo tiempo sentí tu aliento caliente entre mis piernas. Abrí más las piernas y tú te lanzaste. Empezamos a comernos al mismo tiempo, urgentes, sucias. Yo te lamía el clítoris hinchado y te metía la lengua lo más hondo que podía mientras mis manos te agarraban el culo y te abrían para chuparte mejor. Tú me devorabas el clítoris con hambre de loca, chupándolo, mordisqueándolo suave, metiendo dos dedos dentro de mí y follándome rápido. El sabor de las dos se mezclaba en el aire. Gemíamos contra el coño de la otra, los sonidos húmedos y obscenos llenando el reservado. Yo empujaba la cadera hacia arriba contra tu boca y tú te restregabas contra la mía. Sentía cómo se me cerraba el vientre, cómo el orgasmo subía como una ola.
—Me corro… Ana, me estoy corriendo… —jadeé contra tu raja.
—Juntas —suplicaste con la boca llena de mí—. Juntas, puta, córrete conmigo.
Nos vinimos gritando. Un orgasmo simultáneo que nos partió por la mitad. Yo grité tu nombre contra tu coño mientras me contraía alrededor de tus dedos y chorreaba en tu lengua. Tú temblaste encima de mí, el jugo te brotó a borbotones y yo lo tragué todo, lamiendo y chupando mientras tu grito se ahogaba entre mis muslos. El sofá crujió bajo nosotras. Las luces del karaoke nos pintaban de azul mientras nos sacudíamos, jadeando, riendo bajito de lo absurdo y lo perfecto que era volver a esto.
Todavía no habíamos terminado. Me bajaste de encima despacio, los muslos temblando. Te levantaste, fuiste hasta tu bolso y sacaste algo que me hizo abrir los ojos de par en par: un strap-on grueso, negro, realista, con arnés de cuero. Te lo ajustaste alrededor de las caderas con movimientos seguros, la polla falsa apuntando hacia mí, ya brillante de lubricante que sacaste de un sobrecito.
—¿Quieres que te folle como te gusta? —preguntaste, la voz baja y dominante—. ¿Quieres que te domine exactamente como me lo vas a suplicar?
Me puse de rodillas en el sofá, de espaldas a ti, mirándote por encima del hombro.
—Sí. Fóllame fuerte. En perrito. Contra el cristal. Ázotame el culo y tírame del pelo. Domíname, Ana. Por favor. Necesito que me uses.
Te colocaste detrás. Me agarraste de las caderas y me empujaste hacia el cristal del reservado, el que daba a la penumbra del pasillo vacío. Mis tetas se aplastaron contra el vidrio frío, los pezones duros rozando la superficie. Sentí la cabeza del strap-on rozando mi entrada empapada. Empujaste de un solo golpe, hondo, llenándome por completo. Grité. Era grueso, me abría hasta el fondo, el arnés golpeándote el monte contra mi culo.
Empezaste a follarme fuerte, embestidas profundas y rápidas, el sonido de piel contra piel llenando el salón. Cada embestida me empujaba contra el cristal, mis pechos aplastados, la mejilla pegada al vidrio frío mientras tú me clavabas esa polla de juguete hasta el fondo. Me azotaste el culo con la palma abierta, un golpe seco que me hizo gemir más alto y contraerme alrededor del dildo.
—Más fuerte —supliqué—. Ázotame otra vez. Tírame del pelo. Úsame.
Agarraste un puñado de mi pelo y tiraste hacia atrás, obligándome a arquear la espalda mientras me follabas sin piedad. Otro azote en el culo, y otro, la piel ardiendo, el escozor mezclándose con el placer de sentirte dominarme exactamente como te lo pedía. Gemía tu nombre, te rogaba que no pararas, que me follaras más hondo. Tus manos me agarraban las caderas con fuerza, los dedos clavándose, y la polla falsa entraba y salía resbaladiza, mojada de mi jugo que ya goteaba por mis muslos hasta el sofá.
—Eres mía otra vez —gruñiste al oído, tirándome más del pelo—. Diez años y todavía te mojas igual de puta cuando te domino.
—Sí… soy tuya… fóllame, Ana, fóllame hasta que no pueda caminar…
Seguiste embistiéndome contra el cristal, azotándome el culo rojo, tirándome del pelo, dominándome con cada embestida mientras yo gemía y me abría más, pidiendo más, siempre más. El orgasmo anterior todavía me temblaba en las piernas y ya sentía otro subiendo, más sucio, más profundo, empujado por esa polla que me llenaba y por tu control absoluto. El reservado olía a sexo, a sudor, a nosotras. La noche todavía era larga y yo sabía que esto solo era el principio de lo que íbamos a hacernos.
Seguías embistiéndome contra el cristal, el strap-on negro hundiéndose hasta el fondo con cada embestida brutal. El vidrio se empañaba con mi aliento caliente y el sudor de mis tetas aplastadas. Cada azote en el culo me hacía contraer las paredes alrededor de esa polla gruesa, el escozor del rojo en la piel mezclándose con el placer que me subía desde el clítoris hasta la garganta. Tirabas de mi pelo con fuerza, obligándome a arquear más la espalda, y yo gemía tu nombre como una puta agradecida.
—Más hondo, Ana… joder, así… me voy a correr otra vez…
No aflojaste. Aceleraste el ritmo, el arnés golpeando mi monte con sonidos húmedos y obscenos, mi jugo resbalando por mis muslos hasta el sofá. Metiste una mano por delante y me frotaste el clítoris hinchado mientras me follabas, dos dedos resbaladizos girando en círculos locos. El orgasmo me explotó de golpe: grité contra el cristal, las piernas temblando, el coño apretándote el dildo en espasmos violentos mientras chorreaba más. Seguí corriendome en oleadas, la visión borrosa, el cuerpo entero sacudiéndose bajo tu control.
Pero tú no paraste cuando yo bajé del pico. Me diste la vuelta con brusquedad cariñosa, me empujaste de espaldas al sofá y te subiste encima. El strap-on todavía brillaba de mi jugo. Me abriste las piernas y lo clavaste de nuevo, esta vez de frente, mirándome a los ojos mientras me penetrabas lento y profundo. Mis manos se agarraron a tus tetas, pellizcando los pezones duros, y te besé con lengua y dientes mientras me follabas.
—Ahora te toca a ti —jadeé—. Quítatelo. Quiero comerte hasta que tiembles.
Te lo quitaste rápido, el arnés cayendo al suelo con un ruido sordo. Te subiste a mi cara al instante. Abrí la boca y te recibí: tu coño empapado bajó sobre mi lengua y yo te chupé con hambre, lamiendo el clítoris hinchado, metiendo la lengua dentro, tragándome todo el jugo dulzón que te brotaba. Tú te restregabas contra mi boca, las manos en mi pelo, gimiendo bajo.
—Colette… sí, cómeme así… me corro en tu cara…
Metí tres dedos en tu agujero mientras te comía y te follé la mano al ritmo de tu cadera. Tu segundo orgasmo llegó rápido y sucio: te sacudiste encima de mí, el grito ahogado, el jugo chorreándote directo a mi garganta. Lo tragué todo, lamiendo hasta el último pliegue, saboreándote como si fueran otra vez las noches de la residencia.
Todavía no bastaba. Me empujaste suavemente a un lado y te tumbaron de espaldas. Me monté a horcajadas sobre tu muslo y empecé a frotarme el clítoris contra tu piel sudorosa, deslizándome arriba y abajo, el roce caliente y resbaladizo. Tú metiste la mano entre nosotras y me penetraste con dos dedos mientras yo me restregaba. Nos besamos otra vez, lentas ahora, lenguas perezosas compartiendo el gusto de las dos. El sofá crujía bajo el vaivén. Yo me corrí así, montando tu muslo, contrayéndome alrededor de tus dedos, el gemido largo y agotado escapándoseme a tu boca.
Cambiamos una vez más. Te puse a cuatro patas y te comí el coño desde atrás, la lengua plana recogiendo jugo, los dedos follándote el culo suave mientras te chupaba el clítoris. Tú metiste la mano atrás y me agarraste del pelo, empujándome más. Cuando te corriste de nuevo, el temblor te recorrió entero y te dejaste caer de cara al sofá, riendo jadeante.
Yo estaba igual de rota. Me tumbé a tu lado, el pecho subiendo y bajando, el sudor brillando en toda la piel. El aire del reservado olía a sexo puro, a nosotras mezcladas, a vino derramado y a años recuperados de golpe. Mis muslos temblaban. Tu culo rojo de los azotes se veía precioso a la luz azul del karaoke que nadie había apagado.
Busqué a tientas en mi bolso —siempre llevo toallitas húmedas para emergencias de este tipo, costumbre de divorciada precavida— y saqué el paquetito. Me giré hacia ti. Empecé a limpiarte despacio: primero los muslos brillantes de jugo, después los labios hinchados de tu coño, con ternura, pasando la toallita con cuidado por el clítoris sensible. Tú te estremeciste y soltaste una risita cansada. Luego me limpiaste tú a mí: el pecho sudoroso, el vientre, entre las piernas donde el strap-on me había dejado sensible y abierta. Cada pasada de la toallita iba acompañada de un beso suave. Te besé la boca, sabiendo a las dos. Me besaste el cuello. Nos limpiamos las manos, los dedos pegajosos, las caras brillantes de saliva y jugo.
Nos abrazamos desnudas en el sofá enorme, piernas enredadas, el aire acondicionado por fin empezando a enfriarnos un poco la piel. El micrófono seguía en el suelo. La pantalla proyectaba letras de una canción que ya nadie cantaba.
Ana me miró a los ojos, el pelo revuelto, los labios hinchados de tanto beso y tanto chupar. Pasó el dorso de la mano por mi mejilla.
—Esto no va a ser solo una noche, Colette —dijo en voz baja, confesional, como si lo hubiera estado guardando todo el puto tiempo—. Diez años fueron demasiados. Quiero más. Quiero vernos a escondidas, follarnos en hoteles baratos, en tu piso nuevo de divorciada, en el mío… quiero que me comas el coño cuando salgamos de tomar algo y que yo te meta los dedos en el taxi de vuelta. Quiero que esto sea nuestro secreto delicioso y sucio. ¿Te apunta?
Sonreí. La sonrisa se me escapó amplia, cansada, feliz, sabiendo exactamente lo que acabábamos de abrir. La puerta a muchos más encuentros lésbicos secretos: noches de dedos y lenguas, strap-ons guardados en cajones, mensajes a las tres de la madrugada pidiendo vernos “solo un rato”. El divorcio me había dejado libre y Ana me devolvía el hambre de la uni convertida en algo adulto, más sabroso, más peligroso.
—Me apunta de sobra —susurré contra su boca—. Vamos a follar como lesbianas insaciables hasta que se nos caigan las rodillas. Y después vamos a follar un poco más.
Nos besamos otra vez, lentas, tiernas, el sabor a sexo todavía pegado a la lengua. El sudor se nos secaba en la piel. El reservado seguía cerrado al mundo.
Justo entonces el karaoke, traicionero y automático, cambió de canción solo y empezó a sonar a todo volumen una versión chillona de “Barbie Girl”. Nos miramos. Tú soltaste una carcajada que te salió del pecho. Yo me reí hasta que me dolió el coño todavía sensible.
—Joder —dije, secándome una lágrima de la risa mientras te apretaba contra mí—. Diez años fantaseando con esto y terminamos el reencuentro con Aqua de fondo. La próxima vez reservamos un sitio sin puto karaoke… o al menos sin esa canción. Porque si me vuelves a follar con “come on Barbie, let’s go party” de banda sonora, te juro que me corro de la vergüenza y no del placer.
Tú te reíste más fuerte, me diste un azote suave en el culo ya marcado y murmuraste:
—Trato. Pero la próxima noche traigo dos strap-ons. Y apagamos esa mierda antes de empezar.
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