Tatuajes y Susurros Después de Horas
Valeria domina a su clienta lesbiana en la camilla tras el cierre.
La persiana metálica bajó con un estruendo sordo que resonó por la tienda de tatuajes del centro, sellando el exterior ruidoso de la calle. Valeria giró la llave con dedos manchados de tinta negra y se pasó la mano por el pelo corto teñido de un azul oscuro que contrastaba con la piel pálida cubierta de dibujos: serpientes enroscadas en los brazos, flores negras trepando por el cuello, un dragón que se perdía bajo la camiseta ajustada. Tenía veintiocho años y el cuerpo de quien no se disculpa por ocupar espacio: caderas anchas, tetas firmes que empujaban la tela, muslos fuertes de horas de pie trabajando. Sofía se había quedado, de pie junto a la pared llena de diseños, admirando un sketch de labios mordidos. Veinticuatro años, tímida en la superficie pero con esa curiosidad que le brillaba en los ojos castaños cada vez que Valeria se inclinaba sobre ella durante las sesiones. El tatuaje fresco en su cadera derecha —unas enredaderas finas que abrazaban el hueso— aún ardía un poco bajo el plástico transparente.
—Puedes quedarte un rato si quieres —dijo Valeria, apagando las luces principales y dejando solo las lámparas cálidas de la zona de trabajo—. Nadie más va a entrar.
Sofía asintió, mordiéndose el labio inferior. Durante las tres sesiones anteriores la tensión había crecido como tinta bajo la piel: miradas que se alargaban, el aliento de Valeria rozándole la oreja mientras le explicaba el trazo, el roce inevitable de guantes contra carne sensible. Ahora, sin guantes, sin excusas, se miraron de verdad. El deseo era evidente, crudo. Valeria lo sintió en el bajo vientre, un calor espeso. Sofía lo notó en cómo se le humedecía el coño solo de imaginar esas manos manchadas abriéndole las piernas.
Valeria se acercó sin prisa, deteniéndose a un palmo. —Deja que revise cómo quedó.
Sus dedos se deslizaron bajo el borde del pantalón de Sofía, apartando la tela con cuidado. Rozaron la piel sensible alrededor de la tinta fresca, más tiempo del necesario, trazando círculos lentos que hacían que Sofía contuviera el aliento. La yema del pulgar bajó un centímetro más, rozando el elástico de las bragas.
—Te queda de puta madre —susurró Valeria pegada a su oreja, la voz grave y ronca—. La tinta se te come la piel como si hubiera nacido ahí. Me encanta cómo te arde un poco todavía. Te pones roja… y mojada, ¿verdad?
Sofía soltó un suspiro tembloroso, las piernas abriéndose un poco sin pensarlo. Su mirada se cargó de lujuria pura cuando se giró hacia ella.
—He fantaseado contigo desde la primera sesión —confesó, la voz baja pero firme—. Con tu boca en mi coño mientras me tatuabas. Con tus dedos gruesos follándome aquí mismo, en la camilla. No podía concentrarme. Solo pensaba en chuparte las tetas y que me dominaras.
Valeria no esperó más. El beso fue hambriento, iniciado por las dos al mismo tiempo: bocas abiertas, lenguas chocando, dientes rozando labios. Valeria la empujó contra la pared de diseños, una mano enredada en el pelo de Sofía, la otra bajando directo a apretarle el culo. Sofía gimió dentro de su boca, frotándose contra el muslo de la tatuadora, sintiendo cómo el coño se le empapaba. El sabor a menta y tabaco, el olor a tinta y piel caliente. La pasión que habían contenido se desató como tinta derramada.
Sin soltarla, Valeria la guió hasta la camilla de tatuajes, esa superficie acolchada negra donde Sofía había pasado horas inmóvil. La tumbó de espaldas con un empujón suave pero firme.
—Quítate todo. Ya. Quiero verte el coño depilado que te has dejado suave solo para mí.
Sofía obedeció con dedos torpes, bajándose los pantalones y las bragas de un tirón, luego la camiseta y el sujetador. Quedó desnuda, las tetas pequeñas con pezones duros, el monte de Venus liso, el coño hinchado y brillante de jugos. Valeria se quitó la camiseta también, enseñando las tetas pesadas tatuadas con rosas negras, los pezones perforados. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Sofía y sin preámbulos le separó los labios con los pulgares.
—Mira qué coño más rico… todo mojado y rosadito.
Hundió la lengua de golpe, lamiendo desde la entrada hasta el clítoris con una pasada ancha y sucia. Sofía arqueó la espalda y gritó, las manos agarrando la cabeza de Valeria para apretarla más contra su centro. Valeria chupó el clítoris entre los labios, lo azotó con la punta de la lengua, luego metió dos dedos gruesos de una vez, curvándolos hacia arriba para follarla con fuerza, el sonido húmedo y obsceno llenando la tienda.
—Joder, sí… así, Valeria, fóllame el coño con tus dedos… más fuerte —gimió Sofía, empujando las caderas contra la cara de la tatuadora—. Chúpame el clítoris, no pares, me voy a correr en tu boca.
Valeria gruñó contra su carne, lamiendo y chupando como si quisiera devorarla entera, los dedos entrando y saliendo rápido, el nudillo del meñique rozándole el culo. El olor a coño caliente, el sabor salado y dulce. Sofía apretó más la cabeza de Valeria, frotándose descarada, los muslos temblando alrededor de sus orejas.
Cuando sintió que Sofía estaba al borde, Valeria se separó con un hilo de saliva conectando su boca al clítoris hinchado.
—Ahora tú. Siéntate en mi cara. Quiero que me cabalgues la lengua hasta correrte.
Se tumbaron al revés en la camilla estrecha. Valeria se recostó y Sofía se subió encima, plantando el coño empapado directo sobre su boca. Empezó a cabalgarla con movimientos salvajes, frotándose de adelante atrás, el clítoris rozando la nariz y la lengua de Valeria. Al mismo tiempo se inclinó hacia adelante, abrió las piernas de la tatuadora y le enterró la cara entre los muslos. El coño de Valeria estaba peludo y empapado, los labios gruesos, el clítoris grande y duro. Sofía lo lamió con hambre, metió la lengua dentro, chupó y mordisqueó mientras se mecía sobre la cara de Valeria en un sesenta y nueve sucio y desesperado.
—Así, puta… cómeme el coño —ordenó Valeria entre gemidos, la voz vibrando contra la carne de Sofía—. Cabalga mi lengua. Quiero tu jugo en toda la cara. Y tú chúpame bien, no dejes ni una gota.
Sofía gemía contra el coño de Valeria, lamiendo y follándola con la lengua al ritmo de sus caderas. El sonido era obsceno: chupadas, jadeos, el chapoteo de jugos. Valeria le clavó las uñas en el culo, abriéndole más las nalgas para meterle la lengua más profundo. Las dos sudaban, el pelo pegado a la frente, los cuerpos temblando. Sofía se corrió primero, un grito entrecortado contra el coño de Valeria, las caderas sacudiéndose violentas mientras se corrían los jugos calientes directamente en la boca de la tatuadora. Valeria la siguió segundos después, empujando la pelvis hacia arriba, corriendo con un gemido largo y gutural mientras Sofía le chupaba el clítoris sin parar.
Quedaron así un rato, sudadas, temblando de placer, respirando agitadas sobre la camilla manchada. Valeria se incorporó despacio, recogió un rotulador negro de piel de los que usaba para diseños temporales y se arrodilló de nuevo entre las piernas de Sofía. Con mano firme dibujó justo encima del monte de Venus dos labios entrelazados, pequeños y perfectos, como un sello secreto.
—Ahí —murmuró, soplando suavemente sobre la tinta fresca—. Para que te acuerdes de mi boca cada vez que te toques.
Sofía la miró con ternura y lujuria mezcladas, la atrajo hacia sí y la besó despacio, saboreando su propio sabor en los labios de Valeria. Se vistieron entre risas bajas y susurros, dedos que se rozaban al abrochar botones, miradas que prometían más.
—Vamos a repetir esto —dijo Valeria, apretándole el culo una última vez mientras Sofía se subía el pantalón—. La próxima vez te ato a la camilla y te hago correrte hasta que ruegues. Y tal vez… te deje un tatuaje de verdad justo donde dibujé los labios. Uno que solo yo pueda ver cuando te baje las bragas.
Sofía sonrió, aún temblando un poco, el coño sensible rozando la tela.
—Vendré mañana después de cerrar. Y la noche siguiente. Quiero que me uses como quieras, Valeria. Quiero que me marques.
Valeria apagó la última lámpara pero no abrió la persiana todavía. La tensión seguía ahí, espesa, el aire cargado del olor a sexo y tinta. Había mucho más que hacer en esa camilla, y las dos lo sabían.
Valeria no abrió la persiana. La oscuridad cálida de la tienda los envolvía todavía, el aire espeso a sexo y tinta fresca. Sofía tenía apenas los pantalones a medio subir cuando la tatuadora la agarró de nuevo por la muñeca y la arrastró de vuelta a la camilla.
—Todavía no te vas a ninguna parte —gruñó Valeria—. Te dije que te iba a usar. Quítate eso otra vez y tiéndete boca abajo. Ahora.
Sofía obedeció sin una sola protesta, el coño ya volviendo a mojarse solo de oír ese tono. Se desnudó del todo otra vez, se tumbió de pechos contra el vinilo negro, el culo alzado. Valeria le abrió las nalgas con las manos manchadas de tinta y le escupió directo al culo, un hilo grueso y viscoso que resbaló entre los pliegues. Luego metió dos dedos de golpe en el coño hinchado de Sofía, follándola seco y rápido mientras le frotaba el clítoris con el pulgar.
—Mira cómo te abre el coño… todavía chorreando de antes. Eres una puta de camilla, ¿verdad? Te encanta que te revienten después de horas.
—Sí… joder, sí, fóllame más fuerte —jadeó Sofía, empujando el culo hacia atrás—. Mételos todos. Quiero sentir tu puta mano entera.
Valeria metió un tercero, luego el meñique, abriéndola hasta los nudillos. El sonido chapoteante llenaba el local cerrado. Con la otra mano le agarró el pelo corto y le levantó la cabeza.
—Abre la boca. Chúpame los dedos de tinta mientras te destrozo el coño.
Sofía chupó los dedos sucios de Valeria, saboreando su propio jugo mezclado con la tinta negra. La tatuadora la follaba sin piedad, los dedos curvados golpeando ese punto que hacía que las piernas de Sofía temblaran y se le escaparan gritos ahogados. Cuando sintió que estaba a punto de correrme otra vez, Valeria se los sacó de golpe, le dio una palmada seca en el coño hinchado y le dio la vuelta.
—Rodillas al pecho. Quiero verte el agujero bien abierto.
Sofía se agarró las rodillas, expuesta por completo. Valeria se bajó el pantalón y las bragas, se subió a la camilla a horcajadas sobre la cara de Sofía y se sentó pesada, aplastándole la boca con el coño peludo y empapado.
—Lame. Toda la lengua dentro. Quiero que me limpies el coño mientras te meto los dedos otra vez.
Sofía lamió con hambre, metiendo la lengua lo más profundo que pudo, chupando los labios gruesos, el clítoris grande y duro. Valeria se frotaba despacio al principio, luego más fuerte, ensuciándole toda la cara de jugos, mientras le hundía de nuevo cuatro dedos en el coño de Sofía y le masajeaba el culo con el pulgar. El olor era denso, ahembrado, a corrida anterior y sudor.
—Así se chupa, zorra… más lengua. Voy a correrme en tu puta cara y tú te lo vas a tragar todo.
Valeria se cabalgó la boca de Sofía con violencia, las tetas tatuadas rebotando, los pezones perforados duros. Se corrió con un gemido bajo y gutural, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Sofía, inundándole la lengua y la barbilla de jugo caliente y espeso. Sofía tragó lo que pudo, tosiendo un poco, la cara brillante.
Pero Valeria no paró. Bajó, se arrodilló entre las piernas abiertas de Sofía y le metió la lengua en el culo de lleno, follándoselo sucio mientras le frotaba el clítoris con dos dedos rápidos.
—Me voy a comer este culo. Te lo voy a dejar rojo y abierto. Y tú te vas a correr otra vez o te dejo aquí mojada y sin acabar.
Sofía gritaba ya sin control, las uñas clavándose en el borde de la camilla. Valeria le metió la lengua más hondo, la sacó, le escupió otra vez y le metió el pulgar en el culo mientras le follaba el coño con tres dedos duros. El orgasmo le subió a Sofía como una descarga: el coño se contrajo con fuerza, chorreando jugos claros que mancharon la muñeca y el antebrazo tatuado de Valeria. Se sacudió entera, gemidos rotos, las tetas pequeñas temblando.
Valeria no le dio respiro. Se subió encima, montó una pierna de Sofía y empezó a frotar su coño peludo contra el de ella, labios contra labios, clítoris rozando clítoris en un tijereteo húmedo y brutal. El chapoteo era obsceno. Se agarraron de las tetas, se pellizcaron los pezones, se escupieron en la boca y se besaron con dientes.
—Frota más fuerte, puta —ordenó Valeria—. Quiero que me dejes el coño mío lleno de tu porquería. Voy a correrme otra vez frotándome en ti.
Las caderas golpeaban, resbaladizas, los jugos se mezclaban. Valeria le mordió el cuello, le chupó un pezón hasta dejarlo morado y le susurró al oído:
—Mañana vienes otra vez. Te ato las muñecas a la camilla con las correas de cuero. Te dejo el coño y el culo abiertos toda la noche. Te meto la máquina de tatuar apagada por el coño solo para sentirte temblar. Y te tatuo de verdad esos labios aquí —le apretó el monte con la palma—. Para que cada vez que te toques sepas que eres mi puta de después de horas.
Sofía se corrió de nuevo solo de oírlo, el cuerpo arqueándose, el coño convulsiónando contra el de Valeria. Valeria la siguió, frotándose desesperada hasta que se le escapó un gemido largo y sucio, mojando todavía más los muslos de las dos.
Se quedaron un momento jadeando, pegadas, pero Valeria se levantó de inmediato. Agarró el rotulador de nuevo y le dibujó flechas sucias apuntando al coño de Sofía, y debajo escribió en letra negra y gruesa: “Para uso de Valeria”. Luego le abrió las piernas otra vez, le metió la lengua una última vez hasta el fondo del coño y se la sacó llena de jugo.
—Lame. Come lo que te queda en mi boca.
Sofía se incorporó temblando y lamió la lengua de Valeria, chupando su propio sabor mezclado con el de la otra. Valeria le agarró la cara con las dos manos, le escupió dentro de la boca abierta y le ordenó tragar.
Después la tumbió otra vez de espaldas, le subió las piernas a los hombros y le metió la mano entera casi hasta la muñeca, follándola lento y profundo mientras le hablaba al oído:
—Mira cómo te entra. Este coño es mío ahora. Lo abro cuando quiero, lo chupo cuando quiero, lo dejo chorreando en mi camilla cuando quiero. Mañana te traigo un arnés grueso y te lo meto hasta que no puedas caminar. Te voy a follar tan fuerte que el plástico del tatuaje se te va a despegar del jugo. Y tú me lo vas a pedir. Me vas a rogar que te destroce.
Sofía solo podía gemir y asentir, el coño abierto y rojo, los jugos bajándole por el culo hasta la camilla. Valeria le sacó la mano empapada, se la frotó por las tetas de Sofía y le obligó a chuparse los pezones limpios.
La última vez Valeria se tumbió y se hizo sentar a Sofía a horcajadas mirando hacia afuera, abriéndole el coño con los dedos desde atrás mientras Sofía se tocaba el clítoris. Le metió la lengua en el culo otra vez, lamiendo y follando el agujero apretado hasta que Sofía se corrió por tercera vez con un grito ronco, chorreando sobre los dedos y la cara de Valeria.
Cuando por fin se separaron, Valeria le dió una última palmada fuerte en el coño hinchado y le dijo, voz baja y sucia:
—Vete así, con mi saliva en el culo y mi tinta en el monte. Y no te laves el coño. Quiero olerlo mañana cuando te baje los pantalones y te lo vuelva a comer entero.
Sofía se vistió con las piernas temblando, el coño palpitándole contra la tela mojada. Valeria no la besó. Solo le apretó el culo una vez más, le metió dos dedos por encima de la ropa y se los chupó después, mirándola a los ojos.
La persiana seguía bajada. Valeria se quedó de pie junto a la camilla manchada de jugos y tinta, las tetas al aire, el coño peludo todavía brillante, y le dijo a Sofía mientras esta llegaba a la puerta:
—La próxima vez te dejo el coño tan abierto que vas a gotear tinta negra por las piernas cuando te corras.
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