Reencuentro prohibido en la bodega

Fiona, la madura dueña de la bodega, se folla salvajemente al joven Lorenzo entre las cajas del sótano.

4 min read August 20, 2026New

El sol de agosto apretaba como una mano sobre el pueblo cuando Fiona abrió la pesada puerta de la bodega familiar. A sus cuarenta y dos años, el calor le pegaba el vestido de lino blanco a las curvas generosas: tetas pesadas que se movían con cada paso, cadera ancha y ese culo redondo que siempre había sabido cómo mirar. Lorenzo estaba ya dentro, camiseta oscura empapada en sudor, veinticuatro años y los brazos fuertes del chaval que había vuelto para ayudar con la reforma. El hijo de su mejor amiga. El mismo al que, tres veranos atrás, le había dejado rozar el muslo bajo la mesa en una cena y le había susurrado que ojalá no fuera tan jodidamente joven.

Se miraron. El aire olió a vino viejo y a algo más espeso.

—Lorenzo —dijo ella, voz baja—. Has crecido.

—Y tú sigues igual de puta tentadora, Fiona —respondió él sin rodeos, la mirada clavada en el escote donde el sudor brillaba entre sus tetas—. No he olvidado nada.

Ella sonrió, lasciva, y le entregó una caja. Bajaron al sótano.

El sótano era oscuro, húmedo, paredes de piedra que sudaban frío. Olor a madera y a humedad antigua. Empezaron a apilar cajas entre las estanterías. Fiona se agachó a propósito, de espalda a él, el vestido subiendo hasta enseñar el borde de las bragas negras y el redondeo perfecto de su culo. Se inclinó más, el escote abriéndose del todo: pezones duros rozando la tela, tetas colgando pesadas. Lorenzo soltó un jadeo ronco. Cuando ella se enderezó, lo vio: la polla gruesa y dura marcándole el pantalón, casi saliéndose.

—No puedo más —confesó él, la voz rota de ganas—. Te deseo desde hace años. Quiero follarte hasta dejarte coja. Aquí. Ahora.

Fiona se le acercó, le puso la mano encima del bulto y apretó.

—Yo también te quiero, cabrón. Te he imaginado metiéndome esta polla hasta el fondo cada noche que me tocaba. Ven aquí.

Se lanzaron el uno al otro. El beso fue hambre pura: lenguas sucias, dientes, saliva. Lorenzo le agarró las tetas con las dos manos, las amasó fuerte, le pellizcó los pezones hasta hacerla gemir. Fiona le bajó la cremallera, sacó la polla gruesa y caliente, la masturbó con la mano experta mientras él le subía el vestido y le metía los dedos entre las piernas. Estaba empapada. Se empujaron contra las cajas, tocándose con desesperación, sudor mezclado, respiraciones entrecortadas, lujuria consentida que ya no tenía freno.

Ella se arrodilló sobre el suelo de piedra. Le abrió más los muslos a Lorenzo y se embutió la polla en la boca de un solo golpe. Gruesa, salada, venosa. La chupó con glotonería, tragándosela hasta la garganta, babeando, los labios estirados alrededor del tronco. Lorenzo le agarró el pelo con las dos manos y gimeó alto.

—Joder, Fiona… qué puta más buena chupando. Trágatela entera.

Ella lo hizo. Saliva cayendo por la barbilla, ojos llorosos de placer, garganta abierta para él. Lo mamó como si quisiera sacarle el alma a chupetones, la lengua enrollándose en la cabeza, una mano apretándole los huevos. Cuando ya no aguantó más, él la levantó, la puso contra las estanterías de madera y le subió el vestido hasta la cintura. Le arrancó las bragas de un tirón. El coño de Fiona quedó al aire: hinchado, chorreando, el clítoris duro.

La embistió de un solo empujón en perrito. La polla se le hundió hasta el fondo, abriéndola de golpe. Fiona gritó.

—¡Así, fóllame salvaje!

Lorenzo la cogió de las caderas y empezó a dar embestidas brutales, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el sótano. Le propinó nalgadas fuertes, la marca roja subiendo en su culo blanco.

—Te gusta que te den como a una zorra en tu propia bodega, ¿eh?

—Sí, joder, sí… más fuerte…

La folló sin piedad, los pechos golpeando las cajas, el coño haciendo ruidos obscenos cada vez que la polla entraba y salía. Luego se sentó en una caja gruesa de vino y la atrajo hacia sí. Fiona se montó a horcajadas, le metió la polla sola y empezó a rebotar como una puta insaciable. Las tetas grandes subían y bajaban salvajes; él se las agarró y se las chupó mientras ella se empalaba hasta el fondo.

—Me encanta follarte en secreto —jadeó ella—. Tu polla joven destrozándome el coño maduro… ¡ah, Lorenzo!

—Y a mí me encanta que me montes como la zorra que eres. Correte en mi polla, Fiona.

Rebotaron juntos, gritando, sudando, el sótano lleno de sus gemidos. Ella se corrió primero, el coño apretándole en espasmos violentos, el líquido corriéndole por los muslos. Lorenzo la siguió segundos después, hundido hasta las pelotas, llenándole el coño de leche caliente a chorros espesos. Se quedaron temblando, unidos.

Fiona se bajó despacio. Se arrodilló otra vez y le limpió la polla con la boca, saboreando su propia corrida mezclada con el semen de él: salado, espeso, sucio. Lo chupó limpio con lengüetazos lentos mientras él la miraba con una sonrisa cómplice.

Se vistieron entre risas bajas y caricias todavía calientes. Acordaron en voz baja que este reencuentro prohibido en la bodega no sería el último: cada tarde de reforma, el sótano sería suyo.

Mientras subían las escaleras, Lorenzo le apretó el culo una última vez, convencido de que aquello era solo deseo puro. Fiona sonrió en la penumbra. Él no sabía que su madre —la mejor amiga de Fiona— le había confesado la semana anterior que sospechaba algo desde aquel verano, y que esta misma noche pensaba venir a la bodega «a echar un vistazo».

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