Susurros Calientes Bajo la Mirada de Todos
En la fiesta, Monica se pone cachonda mientras su marido Rafael la anima a que el toro de Callum la folle duro delante de todos.
La fiesta en el ático de Mateo brillaba con luces cálidas y el murmullo constante de colegas de la firma mezclado con el tintineo de copas. Monica entró del brazo de Rafael sintiendo ya las miradas clavársele en la piel. El vestido negro le llegaba a media muslo, escotado hasta casi el ombligo, la tela ceñida resaltando las tetas firmes y el culo redondo que tanto le gustaba a su marido apretar. Tenía veintiocho años y sabía exactamente el efecto que provocaba; lo había elegido a propósito esa tarde, con Rafael mirándola desde la cama mientras se lo ponía.
—Joder, mona… esta noche vas a poner a todos duros —le había dicho él, y ella había sonreído, mojada ya solo con la idea.
Ahora, entre el gentío elegante, Rafael le rozó la cintura y le susurró al oído:
—Mira cómo te miran. Especialmente Callum. Lleva rato sin quitarte los ojos de encima.
Callum estaba junto a la barra, vaso de whisky en la mano, traje oscuro que le marcaba los hombros anchos y la pechuga de toro. Treinta y pico, compañero de departamento de Rafael, de esa sonrisa pícara y esa polla que Monica ya había imaginado más de una vez cuando los tres cenaban. Se acercó sin prisa, saludó a Rafael con un apretón de manos firme y luego bajó la mirada abiertamente al escote de Monica.
—Rafa, no sé cómo no te la comes a besos en mitad de la oficina todos los días —dijo, voz grave, mirándola a ella—. Monica… ese vestido es un crimen. Te queda de puta madre.
Ella sintió el calor subiéndole por el pecho. Rafael no se apartó; al contrario, le pasó el brazo por los hombros y la atrajo contra su costado.
—Dile la verdad, cariño. Que te pone cachonda que te digan estas cosas.
Monica se humedeció los labios. El coño ya le latía.
—Me pone muchísimo —admitió, mirando a Callum a los ojos—. Me gusta que me miren… y que mi marido lo sepa.
Callum soltó una risita baja, rocoso.
—Pues entonces no voy a fingir. Llevo meses queriendo saber cómo se siente ese culo en mis manos.
Rafael se inclinó hacia el oído de Monica, los labios rozándole el lóbulo mientras Callum los observaba sin disimulo.
—Escúchame bien… me pone la polla como una piedra verte deseada. Quiero que coquetees. Quiero que sientas su mirada en tus tetas y en tu coño. Si te apetece, déjale tocar. Yo estoy aquí. Estoy duro solo de imaginarlo.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Monica asintió, la respiración entrecortada. La aprobación explícita de Rafael era el lubricante más sucio que conocía.
La conversación se alargó entre risas y copas. Callum no dejaba de rozarle el brazo, de bajar la vista al escote cuando ella se inclinaba, de decirle en voz baja lo bien que le quedaban las tetas empujadas hacia arriba. Cada cumplido sucio lo recibía Rafael con una sonrisa ladeada y un apretón en la cadera de su mujer, como si le estuviera entregando el permiso en tiempo real. Monica sentía el tejido de las bragas ya empapado; el roce de los muslos al caminar le recordaba lo hinchado que tenía el coño.
Cuando la música subió y la gente empezó a llenar la pista improvisada junto a los ventanales, Callum le tendió la mano.
—¿Bailamos, Monica? Con el permiso del jefe, claro.
Rafael levantó su vaso en un brindis lento, los ojos oscuros de deseo.
—Dale. Y no seas tímido, cabrón. Quiero verla mojada.
Monica dejó que Callum la guiara hasta el centro. La canción era lenta, pegajosa. Él la atrajo de inmediato contra su cuerpo, una mano grande en la parte baja de su espalda, casi en la raja del culo, la otra en su cintura. El pecho duro de Callum contra sus tetas. Y entonces lo sintió: la polla gruesa, ya semidura, presionando exactamente contra el hueco de su culo a través de la tela fina del vestido y el pantalón de él.
—Hostia… —gimió ella bajito, sin poder evitar molerse un poco hacia atrás.
—Sí —gruñó Callum contra su pelo—. Llevo toda la puta noche así por tu culpa. Tu marido está mirando, ¿lo ves?
Desde la barra, Rafael no apartaba la vista. Tenía una mano en el bolsillo, disimulando la erección, y asintió despacio cuando sus ojos se cruzaron con los de Monica. Un asentimiento cargado, lascivo, que le decía sigue, enséñale, déjale que te frotre esa polla.
Callum apretó más. La mano del culo bajó un centímetro y le apreció un glúteo entero, amasándolo mientras movía las caderas en un vaivén descarado. La polla ya estaba completamente dura, un tubo grueso y caliente que se le clavaba en la raja del culo a través de la ropa. Monica sentía cada pulso, cada roce; el vestido se le había subido un poco y el aire fresco le rozaba la piel de los muslos internos. Estaba empapada. El clítoris le latía contra las bragas humedecidas y cada embestida disimulada de Callum le arrancaba un jadeo que intentaba tragar.
—Tu coño tiene que estar chorreando —le susurró él al oído, la voz ronca—. Lo noto en cómo te pegas. Rafael tiene razón: eres una putita elegante que le encanta que la usen con su marido mirando.
—Sí… joder, sí —respondió ella, la frente apoyada un segundo en su hombro—. Me vuelve loca. Siento tu polla… está enorme. Quiero…
No terminó la frase. Callum le giró la cara con dos dedos bajo el mentón y la miró a los labios.
—El balcón. Ahora. Antes de que me corra en los pantalones solo de frotarme en tu culo.
La sacó de la pista con la mano en la cintura. Rafael los siguió con la mirada y, sin prisa, se despegó de la barra y caminó hacia los ventanales grandes que daban al balcón exterior. Monica lo vio. Su marido quería el espectáculo completo.
Fuera, el aire de la noche les golpeó la piel caliente. El balcón era amplio, con barandilla de cristal y suficiente penumbra; desde dentro se veía, pero el ruido de la fiesta tapaba las voces. Callum la empujó suavemente contra la barandilla, de frente a la ciudad, y se pegó a su espalda otra vez. Esta vez no hubo disimulo: le alzó el vestido por detrás hasta la cintura, le acarició los muslos y metió la mano entre ellos, encontrando las bragas empapadas.
—Dios… estás hecha un río —murmuró, frotándole el coño por encima de la tela mojada—. Rafael va a flipar cuando te vea así.
Monica gimió alto cuando dos dedos le apartaron la braga y le rozaron directamente los labios hinchados, resbaladizos de lubricante. Se giró entre sus brazos y le buscó la boca. El beso fue voraz, lenguas chocando, dientes, saliva. Callum le agarró el culo con ambas manos y la levantó un poco para frotar su polla dura, aún dentro del pantalón, contra el montículo empapado de ella. Monica se enredó las piernas en su cadera y se frotó sin pudor, el clítoris recibiendo la presión del bulto grueso.
Rafael apareció en el umbral del balcón, copa en mano, la erección claramente marcada. No intervino. Solo se apoyó en el marco y miró, respiración profunda, ojos fijos en cómo su mujer se comía la boca de otro hombre y le molía el coño contra la polla.
Monica se separó del beso jadeando, los labios hinchados, y miró a su marido mientras Callum le chupaba el cuello y le metía ya dos dedos gordos dentro del coño, abriéndola, mojándolos del todo.
—Rafa… joder, sus dedos… están tan profundos —gimió, la voz rota de excitación—. Callum, quiero que me folles esta noche. Quiero tu polla entera dentro. Duro. Que me dejes el coño abierto y que mi marido lo vea todo.
Callum le mordió el hombro con un gruñido, los dedos curvándose contra ese punto que la hacía temblar.
—Se lo voy a pedir yo mismo —dijo, mirando a Rafael por encima del hombro de Monica—. Rafa, ¿me dejas follarme a tu mujer? Quiero reventarle el coño delante de ti. Quiero oírla gritar mi nombre mientras tú te corres mirándonos.
Rafael se acercó dos pasos, la voz grave, cargada de lujuria pura.
—Hazlo. Quiero ver cómo le metes esa polla de toro hasta el fondo. Quiero verla corrida y goteando. Monica… dile exactamente lo que quieres.
Ella estaba temblando, los dedos de Callum todavía follándola despacio, el pulgar frotándole el clítoris hinchado. Se agarró a los hombros de Callum y habló mirando a los dos, la cara encendida, el vestido todavía subido, las tetas a punto de salirse del escote.
—Quiero que me folles esta misma noche, Callum. Aquí o donde sea, pero pronto. Quiero sentir cómo me abres. Quiero que me levantes las piernas y me la metas entera de un embestida mientras Rafa nos mira y se toca. Quiero que me llenes… o que me la saques a la cara, lo que te salga de los huevos. Solo… no pares. Estoy tan putamente mojada que no aguanto más.
Callum le sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó mirándola, saboreando su coño delante del marido. Luego se los ofreció a Rafael. Monica contuvo el aliento. Rafael los tomó, olió y lamió los mismos dedos que acababan de estar dentro de su mujer, los ojos negros de deseo.
—Sabe a puta en celo —dijo Rafael con voz ronca—. Exactamente como me gusta. Callum… esta noche es tuya. Fóllatela como se merece. Yo voy a estar ahí, dándote instrucciones si hace falta, o simplemente disfrutando del espectáculo de mi mujer con la polla de otro hasta el fondo.
Monica soltó un gemido largo, casi un sollozo de necesidad. Callum le bajó el vestido con lentitud, le acomodó las bragas —aún empapadas— y le dio un último apretón en el coño, prometedor.
—Vamos a terminar esta fiesta rápido —prometió contra su boca—. Porque en cuanto salgamos de aquí te voy a abrir de piernas y te voy a meter esta polla hasta que no puedas caminar derecho. Y tu marido va a contar cada embestida.
Rafael se acercó, le besó a Monica en los labios con ternura sucia, saboreando todavía el gusto de ella en la boca compartida, y le susurró solo para ella:
—Estoy más duro que nunca, mona. Quiero verte destrozada de placer. Vamos adentro… saluda, sonríe, sé educada un rato más. Pero cada vez que cruce mirada contigo, acuérdate de que esta noche te van a follar delante de mí hasta que grites.
Monica asintió, las piernas flojas, el coño contrayéndose alrededor de la nada, necesitando ya el grosor que había sentido solo a través de la tela. Volvieron a la luz de la fiesta juntos, los tres, la tensión eléctrica colgando entre ellos como un hilo a punto de romperse. Callum le rozaba la espalda baja al pasar entre la gente. Rafael le llenaba la copa y le mordía el lóbulo al oído repitiéndole lo puta que se la iba a poner. Y Monica, sonriendo a los colegas, sintiendo el chorro resbalarle por el muslo interno cada vez que se movía, solo pensaba en la promesa cruda que aún no se había cumplido: la polla de Callum abriéndola en dos mientras su marido miraba, animaba y se corría con el espectáculo.
La noche no había hecho más que calentarse.
Continuaron entre la gente solo el tiempo suficiente para no levantar sospechas. Monica sonreía a medias, las piernas temblándole cada vez que Callum le rozaba la espalda baja al pasar o cuando Rafael le susurraba al oído «mira cómo se te marca el pezón, putita, ya no aguanta más». El coño le chorreaba por el muslo. Al fin Rafael inclinó la cabeza hacia un pasillo lateral y murmuró:
—Habitación de invitados. Al fondo. Llave en el cajón de la consola. Vamos.
Los tres se deslizaron sin prisa. La puerta se cerró con un clic suave y el ruido de la fiesta quedó amortiguado. La habitación olía a sábanas limpias y a madera. Cama grande, luz tenue de una lámpara de mesa. Callum no perdió tiempo. Se soltó el cinturón, bajó la bragueta y sacó la polla gruesa, ya dura como piedra, la cabeza morada y brillante de precum. Monica se le acercó temblando de ganas, se arrodilló en la alfombra y se la metió en la boca de un solo movimiento, chupando con ansia, salivando, las mejillas hundidas mientras su lengua recorría la vena gruesa de abajo.
—Joder, qué puta tan hambrienta —gruñó Callum, clavándole los dedos en el pelo—. Mírala, Rafa. Se la come entera.
Rafael ya tenía la polla fuera, masturbándose despacio, los ojos fijos en cómo los labios de su mujer se estiraban alrededor de aquel tronco. Monica gemía alrededor de la carne, babas resbalándole por la barbilla, una mano apretándole los huevos a Callum mientras la otra se metía bajo el vestido y se restregaba el clítoris hinchado.
—Más profundo, mona —ordenó Rafael con voz ronca—. Quiero oírte atragantarte. Quiero ver cómo te corre el moco por la cara.
Ella obedeció, empujando hasta que la glande le golpeó la garganta y las lágrimas le saltaron. Chupaba con ruido obsceno, succionando, lamiendo, besando la base y volviendo a engullir. Callum embestía la cara con suavidad brutal, follándole la boca mientras Rafael se tocaba más rápido.
—Basta —jadeó Callum al cabo de un rato—. Quiero ese coño ahora.
La levantó como si no pesara, le subió el vestido hasta las axilas, le arrancó las bragas empapadas y la puso a cuatro patas sobre la cama. Se arrodilló detrás, le abrió los glúteos y se embistió de un solo golpe hasta el fondo. Monica gritó, el grito ahogado contra la almohada, el coño abriéndose alrededor de aquella polla de toro que la rellenaba por completo.
—¡Hostia, qué grande… me parte…! —gimió ella, empujando el culo hacia atrás.
Callum la agarró de las caderas y empezó a follarla con embestidas brutales, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la habitación. Cada estocada le sacudía las tetas, le hacía rebotar el culo. Rafael se acercó, se arrodilló delante de ella y le metió los dedos en la boca para que los chupara mientras veía cómo la polla gruesa entraba y salía del coño de su mujer, brillando de jugos.
—Mira cómo te abre, cariño. Ese coño es mío pero se lo estoy prestando al toro para que te destroce. Dile lo que sientes.
—Me folla tan rico… tan profundo… joder, Callum, no pares, reventame —balbuceó Monica, la voz rota, el orgasmo subiéndole ya como una ola.
Callum la sacó, se tumbó de espaldas y la montó a horcajadas. Monica se clavó la polla de un descenso lento y luego empezó a cabalgar con furia, las tetas rebotando, el clítoris frotándose contra la base gruesa. Gritaba de placer, la cabeza echada atrás:
—¡Mi toro… sí, mi toro, fóllame el coño, lléname, úsame delante de mi marido! ¡Me corro, me corro en tu polla!
El orgasmo la sacudió, el coño contrayéndose en espasmos, chorros resbalando por los huevos de Callum. Ella no paró; siguió rebotando, buscando más. Rafael se subió a la cama, se colocó detrás de ella y le escupió en el culo. Con dos dedos la abrió con cuidado, luego con la cabeza de su propia polla, y empujó.
—Los dos a la vez, mona. Quiero sentirte llena de nosotros.
Monica soltó un gemido largo cuando la polla de su marido se abrió paso en el culo mientras Callum seguía embistiendo el coño. El doble penetro salvaje la dejó sin aire. Los dos hombres se movían a ritmo, uno entrando cuando el otro salía, estirándola, rellenándola, las manos apretándole las tetas, los muslos, el cuello. Palabras sucias caían como lluvia:
—Qué puta tan bien follada… mira cómo te gotea el coño por la polla de Callum… aprieta ese culo, me la voy a correr dentro…
—Tu mujer es un agujero perfecto, Rafa… la voy a marcar…
Monica gritaba, lloraba de placer, pedía más fuerte, más hondo. Cuando Callum gruñó y se corrió, inundándole el coño de corrida caliente y espesa, Rafael se salió del culo, le giró la cara y se corrió en su boca abierta, chorros espesos pintándole la lengua, los labios, la barbilla. Ella tragó lo que pudo, el resto le resbaló por la comisura. Callum se retiró y le metió dos dedos en el coño rebosante, sacó semen y se lo ofreció a la boca; ella lamió todo.
Después, todavía temblando, con la boca manchada de semen ajeno y propio, se giró hacia Rafael, lo besó profundamente, compartiendo el sabor salado y amargo, la lengua empujando la corrida de Callum dentro de la boca de su marido. Le susurró contra los labios, la voz ronca y feliz:
—Te amo tanto por dejarme ser tu puta caliente compartida… me encanta que me follen delante de ti, que me llenen, que me uses como quieras… soy tuya, Rafa, tu putita de fiesta.
Se limpiaron a medias, se acomodaron la ropa. Monica aún goteaba por los muslos cuando bajaron. En la puerta de la calle Callum les guiñó el ojo, esa sonrisa de toro satisfecho que ya sabía que formaba parte de sus juegos de hotwife consentidos.
—Pronto otra vez —prometió Monica, apretando la mano de Rafael—. Muy pronto.
Rafael asintió, la miró con esa mezcla de orgullo y lujuria, y los tres se separaron bajo las luces de la ciudad.
Pero cuando Monica se giró una última vez desde el taxi y sonrió, no era la sonrisa de una esposa compartida: era la de quien había orquestado cada roce, cada permiso y cada embestida desde el primer whisky, sabiendo que al final el verdadero toro de la noche siempre había sido ella.
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