Noche en el Coche Cama con la Esposa de Mi Marido
La esposa de su jefe la seduce en el coche cama.
El traqueteo del tren nocturno hacia Madrid marcaba un ritmo hipnótico en la oscuridad del compartimento privado. Laura se acomodó en la litera inferior, el pijama de seda rozándole la piel mientras el olor a madera barnizada y lavanda impregnaba el aire acondicionado. Tenía treinta y dos años, el cuerpo firme de quien pasa horas en el gimnasio entre reuniones, y aquella noche compartía el coche cama de lujo con Valeria, la esposa de su jefe. Veintinueve años, curvas generosas que la seda de su camisón apenas contenía, pechos pesados y caderas anchas que siempre habían captado la mirada de Laura en las cenas de empresa. Valeria la observaba con esa chispa disimulada, labios entreabiertos, como si saboreara algo prohibido.
Laura cerró los ojos fingiendo dormir, pero el tren dio un sacudón brusco en una curva. Sus cuerpos se rozaron bajo las sábanas compartidas en la estrecha litera. El muslo caliente de Valeria rozó el suyo, suave y desnudo por la abertura del camisón. Laura contuvo la respiración. Valeria no se apartó. Al contrario, su mano se posó un segundo más de lo necesario en la cadera de Laura, y cuando sus ojos se encontraron en la penumbra azulada del pasillo, ambas lo supieron. Meses de copas alzadas, de miradas que se alargaban demasiado cuando el jefe se distraía con el teléfono. El anhelo reprimido ardió de golpe.
—Perdona —susurró Valeria, pero su voz era un hilo cargado de algo más. Se giró hacia ella, el pecho rozando el de Laura a través de la tela fina—. Este compartimento es… íntimo, ¿verdad?
Laura tragó saliva. El perfume de Valeria, vainilla y algo más animal, le subía a la nariz.
—Demasiado —respondió, y su mano, traicionera, no se retiró del todo del muslo ajeno—. Llevo meses mirándote en esas cenas y fingiendo que no.
Valeria soltó una risa baja, casi un gemido. Su mano se deslizó deliberadamente sobre el muslo de Laura, subiendo por la curva interna, los dedos rozando la piel caliente bajo el pijama.
—Fantaseo contigo desde el primer brindis —confesó contra su oído, el aliento húmedo—. Con cómo te quedas quieta cuando te miro el culo al levantarte de la mesa. Con meterte los dedos debajo de la falda en el baño de mujeres. Dime que tú también.
Laura no respondió con palabras. Se inclinó y la besó. Lento al principio, labios blandos explorando, lengua deslizándose con hambre contenida. Valeria abrió la boca de inmediato, gimiendo en el beso, y el tren volvió a sacudirse, empujándolas una contra la otra. Bajo la manta, sus cuerpos se frotaron: pechos aplastados, pezones duros rozándose a través de la seda, caderas buscando fricción. Laura metió la mano bajo el camisón de Valeria y encontró el calor húmedo entre sus muslos. Ya estaba empapada.
—Joder, Valeria… —jadeó Laura contra su boca—. Quítatelo. Ya.
Manos ansiosas tiraron de bragas y pantalones de pijama. La tela se enredó en los tobillos y cayó al suelo del compartimento. Desnudas de cintura para abajo, se acomodaron de lado, muslos entreabiertos, coños rozándose en un contacto eléctrico y resbaladizo. Valeria subió una pierna sobre la cadera de Laura y empezó a frotar su coño mojado contra el de ella, labios hinchados deslizándose, clítoris chocando en un roce rítmico y desesperado. El tribbing era intenso, húmedo, el sonido obsceno de piel contra piel ahogado por el traqueteo del tren.
—Así, joder, fótame con tu coño —rogó Valeria, montando a Laura ahora, sentada a horcajadas en la litera estrecha, caderas balanceándose con fuerza. Sus pechos pesados rebotaban, pezones oscuros y erectos. Besaba a Laura con lengua profunda mientras restregaba su vagina abierta contra la de ella, jugos mezclándose, clítoris hinchados puliendo uno contra el otro en círculos cada vez más rápidos. Laura le agarró las nalgas, abriéndoselas, empujándola más fuerte, sintiendo cómo el calor y la humedad le empapaban el vello púbico.
Valeria gemía ahogado, mordiendo el hombro de Laura para no gritar. El orgasmo le temblaba cerca, pero Laura la volteó de golpe, aprovechando un vaivén del tren. Ahora Valeria quedó boca arriba, piernas abiertas de par en par en la litera. Laura se arrodilló entre ellas, el espacio tan estrecho que sus hombros rozaban las paredes acolchadas, y bajó la cara al coño brillante y abierto de Valeria. Olía a sexo puro, a deseo acumulado. Sacó la lengua y lamió de abajo arriba, lenta, saboreando los pliegues hinchados, chupando los labios mayores antes de centrarse en el clítoris hinchado y duro.
—Ahhh, Laura, sí, cómeme… —Valeria se arqueó, manos enredadas en el pelo de Laura, empujándola más contra su coño. Laura chupó el clítoris con fuerza rítmica, lengua vibrando, dos dedos metiéndose de golpe en el agujero apretado y chorreante, curvándolos hacia arriba para rozar ese punto esponjoso. Valeria gritó, un gemido largo y salvaje que el ruido del tren apenas disimuló, muslos temblando alrededor de la cabeza de Laura mientras se corría, jugos dulces inundándole la boca y la barbilla.
Sin darle respiro, Laura se giró, trepando hasta quedar en 69 sobre ella. Su propio coño goteaba sobre la cara de Valeria, que la recibió con lengua ansiosa, chupando y lamiendo con voracidad. Ahora ambas devoraban. Laura metió la lengua dentro del coño todavía palpitante de Valeria, follándola con ella mientras chupaba el clítoris, y al mismo tiempo sentía cómo Valeria le abría los labios con los dedos y le metía la lengua hasta el fondo, lamiéndole el clítoris hinchado en círculos rápidos. Dedos se unieron a las bocas: Laura le metió tres en el coño resbaladizo, follándola con fuerza, y Valeria le respondió igual, curvando los dedos dentro de ella mientras chupaba. El compartimento se llenó de sonidos húmedos, chupeteos, gemidos sofocados contra la carne.
Se corrieron juntas. El orgasmo de Laura explotó primero, un temblor violento que le recorrió las piernas y le hizo morder el muslo interno de Valeria mientras su coño se contraía alrededor de los dedos ajenos, chorros de placer empapándole la cara. Valeria la siguió segundos después, gritando contra el coño de Laura, cuerpo convulsionando, más jugos calientes brotando sobre la lengua de Laura. Se lamiaron hasta el último espasmo, temblando, sudorosas, el sabor salado y dulce mezclado en sus bocas.
Después se derrumbaron abrazadas en la litera estrecha, pechos sudorosos pegados, piernas enredadas, el tren siguiendo su camino hacia Madrid con su traqueteo constante. Se besaron con ternura ahora, lentas, saboreándose la una a la otra en los labios, en la barbilla, en el cuello. Laura le acarició el pelo húmedo a Valeria, sintiendo aún los restos del orgasmo latirle entre las piernas.
Valeria susurró contra su boca, voz ronca y satisfecha pero cargada de promesa:
—Esto solo es el comienzo, Laura. Una aventura secreta. Mañana, en Madrid… y las noches que hagan falta. Nadie tiene que saberlo. Solo nosotras.
Laura asintió, besándola otra vez, más profundo, mientras el agotamiento las vencía. Se durmieron abrazadas, desnudas de cintura para abajo, el sabor de la otra aún en la lengua, el cuerpo ajeno caliente contra el propio. Pero incluso en el umbral del sueño, Laura sintió la mano de Valeria deslizarse otra vez hacia su muslo, y supo que el deseo no se había apagado del todo. El tren avanzaba, y con él una tensión nueva, más peligrosa, que apenas empezaba a desplegarse.
El traqueteo del tren no las había soltado del todo. Laura abrió los ojos en la penumbra azulada y notó al instante la mano de Valeria todavía posada en su muslo interior, los dedos extendidos, cálidos, casi inocentes si no fuera por la presión deliberada con que rozaban el borde de su coño aún hinchado y sensible. El cuerpo de Valeria estaba pegado al suyo, pechos sudorosos aplastados contra los de ella, el camisón de seda subido hasta las axilas. El olor a sexo fresco impregnaba la litera estrecha: jugos secos en los muslos, saliva en el cuello, vainilla mezclada con el tufo animal del orgasmo.
—No has dormido —susurró Laura, la voz ronca.
Valeria sonrió contra su clavícula. No respondió con palabras. En su lugar deslizó dos dedos entre los labios hinchados de Laura y los encontró empapados otra vez, abiertos, listos. Los metió despacio, curvándolos, y Laura arqueó la espalda con un gemido ahogado. El tren dio un vaivén y las empujó juntas; el clítoris de Laura rozó la palma de Valeria y un escalofrío le subió por la espalda.
—Te quiero dentro de mí otra vez —dijo Valeria al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar mañana en Madrid. Que me dejes marcada.
Laura la volteó con urgencia. El espacio era ridículo: hombros rozando las paredes acolchadas, rodillas chocando con el borde de la litera. Pero no les importó. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Valeria, le apartó los muslos con las manos y contempló el coño brillante, los labios hinchados y rojos, el clítoris todavía erecto asomando entre ellos. Bajó la cara y lamió una tira larga, de la entrada hasta arriba, saboreando el sabor salado y dulce que ya conocía. Valeria se retorció, agarrándole el pelo.
—Más fuerte. Chúpame como si quisieras comerme entera.
Laura obedeció. Abrió la boca y engulló el clítoris, chupando con fuerza rítmica mientras metía tres dedos de golpe en el agujero chorreante. El coño de Valeria se cerró alrededor de ellos, caliente, resbaladizo, y ella embistió con la muñeca, curvando las yemas contra ese punto esponjoso que ya había memorizado. La lengua no paraba: circulaba, aleteaba, presionaba. Valeria gemía sin control, las caderas empujando contra la cara de Laura, los pechos pesados rebotando con cada sacudida del tren.
—Así… joder, Laura, me vas a hacer correrme otra vez… no pares…
Laura sacó los dedos solo para reemplazarlos con la lengua, follándola con ella, empujándola lo más hondo posible mientras el pulgar frotaba el clítoris hinchado en círculos rápidos. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, el chapoteo de los jugos, los gemidos sofocados de Valeria que el traqueteo apenas disimulaba. Cuando sintió las primeras contracciones, Laura se subió a horcajadas sobre su muslo, se frotó el coño abierto contra la piel tibia y dura, y se inclinó para besarla con la boca llena de su propio sabor.
Valeria la agarró de las nalgas y la obligó a bajar más. Sus coños se encontraron otra vez: labios hinchados contra labios hinchados, clítoris chocando, jugos mezclándose en un deslizamiento caliente y resbaladizo. Empezaron a frotarse con fuerza, caderas en círculos desesperados, pechos aplastados, pezones duros rozándose. Laura le mordió el hombro para no gritar. Valeria le metió dos dedos por detrás, buscándole el coño desde abajo mientras seguían restregándose, y los embistió al ritmo del tren.
—Mira cómo me mojas… cómo nos mojamos —jadeó Valeria—. Tu coño está goteando encima del mío. Quiero que te corras así, follándome con esa concha caliente.
Laura aceleró. El roce era brutal, delicioso, el clítoris de ambas puliéndose una contra la otra hasta que el placer se volvió casi doloroso. Sudor les corría entre los pechos. El compartimento olía solo a ellas. Cuando el orgasmo la alcanzó, Laura se arqueó hacia atrás, un grito ahogado escapándosele, el coño convulsionando en espasmos violentos que le empaparon el muslo de Valeria. Valeria la siguió al instante: gritó contra el pecho de Laura, el cuerpo entero temblando, más jugos calientes brotando entre ellas mientras se aferraban una a la otra.
No se separaron. Aún temblando, Laura se deslizó hacia abajo otra vez, abrió los labios de Valeria con los dedos y le lamió la corrida fresca, lenta, saboreando cada gota. Valeria jadeaba, hipersensible, pero le abrió más las piernas.
—Méteme la lengua… limpia todo…
Laura lo hizo. Metió la lengua dentro del agujero aún palpitante, lamió las paredes internas, chupó los labios mayores hasta dejarlos limpios y brillantes. Luego trepó de nuevo y le ofreció su propio coño a la boca de Valeria. Esta la recibió con hambre, chupando el clítoris hinchado, metiendo la lengua profunda, dos dedos follándola con fuerza mientras Laura se balanceaba sobre su cara. El segundo orgasmo de Laura llegó más rápido, más intenso: un chorro de placer que le hizo morderse el dorso de la mano, las piernas temblando a ambos lados de la cabeza de Valeria, el sabor salado inundándole la boca a la otra mujer.
Se derrumbaron juntas, jadeando, sudorosas, el tren cantándoles la misma canción monótona. Laura se acomodó de lado, una pierna echada sobre la cadera de Valeria, el pecho aún agitado pegado al suyo. Se besaron despacio, saboreándose la una a la otra en la lengua, en los dientes, en el aliento caliente. Los cuerpos todavía se contraían con restos de placer. Valeria le acarició la espalda mojada, los dedos perezosos dibujando círculos en la piel.
—Mañana en Madrid… —susurró contra sus labios, la voz rota de tanto gemir—. Quiero que me folles en la ducha del hotel. Que me dejes el coño rojo y abierto para cuando vuelva con él. Que sepas que cada vez que me mire voy a estar pensando en tu lengua.
Laura asintió, besándola otra vez, más profundo, mientras el calor de sus cuerpos se enfriaba poco a poco bajo la manta revuelta. El sabor de Valeria seguía en su boca. El tren avanzaba hacia la ciudad y ellas se quedaron así, enredadas, pechos pegados, muslos húmedos, el último temblor del orgasmo aún latiéndoles entre las piernas.
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