Latex y tacones cruzan la mirada
En la fiesta fetish, Rosa y Noelle se excitan follando con tacones y látex hasta correrse a chorros.
La música electrónica vibraba en las paredes de mármol de la mansión, un pulso bajo que se colaba bajo la piel como una caricia indecente. La fiesta fetish privada olía a látex recién pulido, cuero y el dulce rastro de perfume caro mezclado con excitación. Rosa avanzó entre los invitados con la seguridad de quien sabe exactamente el efecto que provoca. El catsuit de látex negro se adhería a su cuerpo como una segunda piel brillante: ceñía sus pechos firmes, marcaba la curva profunda de su cintura y se hundía entre los labios de su coño, dejando apenas un hilo de tela brillante que brillaba bajo las luces rojas. Los tacones de aguja de quince centímetros alargaban sus piernas interminables; los guantes de cuero negro le llegaban casi hasta los codos. Cada paso resonaba con autoridad.
Al otro lado del salón, junto a una mesa baja de cristal, Noelle esperaba con las manos entrelazadas delante del delantal. El uniforme de doncella de látex negro le abrazaba el cuerpo menuda y curvilínea: el corsé empujaba sus pechos hacia arriba hasta casi derramarlos, la falda cortísima dejaba al aire las medias de seda con costura trasera perfecta que subían por sus muslos suaves hasta el liguero. Los stilettos rojos relucientes le hacían arquear los pies de un modo delicioso. Cuando sus miradas se cruzaron, el aire entre ellas se cargó de electricidad.
Rosa no apartó los ojos. Se acercó con calma, se sentó frente a ella y, sin una sola palabra, deslizó la punta afilada de su tacón negro por el empeine del stiletto rojo de Noelle, subiendo lentamente hasta rozar el tobillo envuelto en seda. El contacto fue deliberado, provocador. Noelle contuvo el aliento; un temblor le recorrió los muslos. Su lengua húmeda se asomó un segundo entre los labios pintados y soltó un gemido bajito, casi inaudible, pero suficiente. Una sonrisa ansiosa curvó su boca.
—Te he visto mirarme toda la noche —murmuró Rosa, la voz grave y calmada, como si estuviera comentando el tiempo—. Esa carita de sumisa hambrienta… ¿Quieres algo, preciosa?
Noelle tragó saliva. El látex de su uniforme ya le pegaba a la entrepierna húmeda.
—Sí, señora… quiero lo que usted quiera darme.
Rosa levantó una ceja, satisfecha. El tacón siguió rozando, ahora presionando con más firmeza el arco del pie de Noelle bajo la mesa, subiendo y bajando con una lentitud cruel. Noelle apretó las rodillas, pero el calor ya le subía por el vientre. El roce del látex contra su coño afeitadito era tortura.
—Levántate y sígueme —ordenó Rosa al fin, levantándose. El movimiento hizo que el catsuit crujiera suavemente—. Ahora.
Noelle obedeció al instante. Cruzaron el salón ignorando las miradas curiosas; Rosa abrió una puerta lateral y las condujo a una habitación privada de paredes forradas en terciopelo oscuro, iluminada solo por lámparas bajas que dejaban brillos húmedos sobre el látex. El olor a cuero y goma se intensificó. Rosa se detuvo en el centro, junto a un diván ancho, y se giró.
—De rodillas.
Noelle cayó al suelo con elegancia sumisa, las rodillas abiertas sobre la alfombra gruesa, la falda de látex subiendo hasta dejar al descubierto el borde de las medias y el brillo de su coño ya empapado. El delantal crujió. Rosa alzó un pie y le puso la punta del tacón negro justo bajo la barbilla de la chica, obligándola a levantar la cara.
—Lame. Empieza por los tacones. Quiero sentir esa lengua servicial.
Noelle no dudó. Sacó la lengua y lamió la aguja brillante del tacón, subiendo por el cuero liso hasta el empeine envuelto en látex. El sabor amargo y limpio del material le llenó la boca. Besó la puntera, después el arco, y cuando Rosa levantó el pie para ofrecerle la planta, Noelle se inclinó y pasó la lengua ancha y caliente desde el talón hasta los dedos aprisionados. Un gemido ahogado le vibró en la garganta. Rosa observaba desde arriba, los labios entreabiertos, una mano enguantada enredándose en el cabello de Noelle para guiarla.
—Así… más profundo. Chupa la punta. Imagina que es mi coño, putita. Mójalo bien.
Noelle obedeció con avidez, cerrando los labios alrededor del tacón y chupando con fuerza mientras su otra mano subía temblorosa a acariciar la bota de cuero de Rosa. El roce de las medias de seda contra el látex de las botas hacía un sonido suave y obsceno. La excitación le chorreaba ya por los muslos internos; sin poder contenerse, Noelle bajó las caderas y empezó a frotar su coño hinchado y goteante contra el caña alta de la bota de Rosa, deslizando los labios hinchados arriba y abajo, manchando el cuero negro con su jugosidad brillante.
—Mira cómo te restregas, zorra —dijo Rosa con voz ronca, empujando un poco más el pie para que Noelle tuviera mejor ángulo—. Te estás poniendo perdida solo por lamer mis pies. ¿Sientes cómo te late ese coñito? Dilo.
—Sí, señora… me estoy mojando toda… me duele de ganas —jadeó Noelle entre lamidas, la lengua ahora explorando entre los dedos de los pies de Rosa a través del látex fino—. Sus pies… huelen tan bien… quiero follarme con ellos…
Rosa sintió el calor subirle por el vientre. El catsuit le apretaba el clítoris de un modo casi doloroso. Tiró del cabello de Noelle para apartarla un segundo y la miró a los ojos brillantes de lujuria.
—Túmbate. Boca arriba. Piernas abiertas. Ahora.
Noelle se dejó caer de espaldas sobre la alfombra, las medias de seda tensas, los stilettos rojos aún puestos. El látex de la falda se arremolinó en su cintura. Rosa se quitó un guante con los dientes y se pasó dos dedos por su propio coño a través de la entrepierna del catsuit, comprobando lo empapada que estaba también ella. Después se arrodilló a horcajadas sobre el pecho de Noelle, de espaldas a su cara, y colocó la planta del pie calzado en látex justo sobre el montículo hinchado y brillante de la sumisa.
—Mira lo que te voy a hacer —susurró, y empezó a frotar.
El talón firme y el arco del pie envuelto en látex se deslizaron entre los labios de Noelle, aplastando el clítoris hinchado con presión precisa. Rosa movía el tobillo con control, follándola con el pie: subiendo, bajando, girando para que la punta del tacón rozara la entrada goteante sin penetrar del todo todavía. Noelle arqueó la espalda y gritó bajito, las manos agarrando las pantorrillas de látex de su ama.
—Chúpame los dedos mientras te follo el coño con el tacón —ordenó Rosa, girando un poco más para acercar el otro pie a la boca de Noelle.
La sumisa abrió la boca con avidez y lamió, chupó, metió la lengua entre los dedos aprisionados por el látex mientras el otro pie de Rosa empujaba más fuerte. El tacón se hundió un centímetro dentro de su coño empapado, después otro, follandola con movimientos cortos y crueles. El sonido húmedo de carne contra látex llenó la habitación. Noelle gemía alrededor de los dedos de los pies, babeando, las caderas empujando hacia arriba para tomar más.
Rosa no aguantó más la distancia. Se giró con agilidad felina y se colocó en un 69 invertido, el culo de látex justo sobre la cara de Noelle, su propia boca bajando hacia el coño rojo y abierto de la chica. Las medias de seda ya estaban rasgadas en la entrepierna por el roce anterior. Rosa abrió los labios hinchados de Noelle con los dedos y lamió de un trazo largo, de la entrada al clítoris, saboreando el sabor salado y dulce. Al mismo tiempo, empujó las caderas hacia abajo.
—Lame mi culo. Y mis pies. No pares.
Noelle obedeció con desesperación. Su lengua subió por la hendidura del catsuit, empujando el material fino entre los glúteos de Rosa para lamer el agujero apretado a través del látex, mientras una mano agarraba el tobillo de su ama y llevaba el pie de nuevo a su boca. Rosa devoraba el coño de Noelle con hambre, chupando el clítoris, metiendo la lengua dentro, follándola también con dos dedos enguantados que entraban y salían con fuerza. El pie libre de Rosa seguía frotando y empujando contra la entrada de Noelle al ritmo de su boca.
El orgasmo construyó rápido, pesado, inevitable. Noelle temblaba sin control, los muslos sacudiéndose, los stilettos rojos clavándose en la alfombra. Rosa sintió la presión subir desde el bajo vientre, el clítoris latiendo contra el látex. Separó un segundo la boca solo para gruñir:
—Córrete. Ahora. Quiero sentirte chorrear en mi boca.
Noelle gritó, el cuerpo entero en arco, y se corrió con violencia. El jugo le brotó a chorros calientes que salpicaron la cara y la lengua de Rosa, empapando las medias ya rasgadas y el látex del delantal. Rosa no se detuvo; siguió lamiendo y follándola con el pie y los dedos mientras su propio orgasmo la aplastaba. Se incorporó un poco, se bajó la entrepierna del catsuit lo justo y se frotó el coño hinchado contra el pecho y el cuello de Noelle, y entonces llegó: un chorro potente, caliente, que salió a presión desde su interior y cayó en cascada sobre las medias rotas de Noelle, sobre su vientre, manchando el látex brillante y la seda. Rosa gimeó largo y bajo, el cuerpo sacudiéndose, los tacones clavados a ambos lados de la cabeza de la sumisa.
Cuando las oleadas empezaron a ceder, Rosa se dejó caer de lado, jadeando, el pecho subiendo y bajando dentro del catsuit pegajoso de sudor y jugos. Con ternura inesperada, tomó uno de los pies de Noelle —aún calzado en el stiletto rojo, el empeine enrojecido y brillante de saliva y sudor— y lo acarició con la yema de los dedos desnudos, masajeando el arco sensible, rozando los dedos a través de la seda húmeda. Noelle temblaba todavía, los ojos vidriosos, un hilo de saliva en la comisura de los labios.
—Qué bien te portas… —susurró Rosa, la voz todavía ronca, sin soltar el pie sudoroso y caliente—. Pero esto no ha terminado. Hay invitados esperando… y yo aún no he decidido cuántas veces más te voy a hacer correrte esta noche con estos tacones.
Deslizó la uña por la planta sensible de Noelle y sonrió al verla estremecerse de nuevo, ya mojándose otra vez. La puerta de la habitación seguía entreabierta; la música del salón se filtraba como una promesa. Rosa acercó los labios al tobillo de la sumisa y dejó un beso lento, posesivo, sabiendo que la noche apenas empezaba y que el hambre entre las dos solo había crecido.
Rosa no soltó el pie de Noelle. Siguió masajeando el arco enrojecido con los dedos desnudos, sintiendo el calor húmedo de la seda y la saliva secándose ya pegajosa. Noelle jadeaba todavía, el pecho subiendo y bajando bajo el corsé de látex que le aplastaba los pechos hinchados, los pezones duros rozando el interior brillante. El coño de la sumisa seguía abierto, goteando un hilito transparente que le bajaba por el culo hasta la alfombra. Rosa sonrió, esa sonrisa lenta y posesiva que prometía más.
—Levántate —ordenó, la voz todavía ronca—. Quiero verte de pie con esos tacones rojos. Quiero follarte de verdad con ellos.
Noelle obedeció temblando. Se incorporó con las piernas flojas, las medias rotas colgando en jirones sedosos, la falda de látex arrugada en la cintura. Los stilettos rojos crujieron al apoyar el peso. Rosa se puso de pie también, el catsuit negro reluciente de sudor y jugos, la entrepierna aún entreabierta donde se la había bajado. Se acercó, agarró a Noelle por la nuca y la besó con lengua profunda, saboreando su propia esencia mezclada con la de la chica. El sabor salado y dulce las hizo gemir las dos al unísono.
Rosa la giró de golpe y la empujó contra el diván ancho. Noelle cayó de pecho sobre el terciopelo, el culo en alto, las piernas abiertas. El látex del delantal crujió. Rosa se arrodilló detrás, levantó un pie y colocó la planta del stiletto negro justo contra el coño empapado de Noelle. Empujó. El cuero frío y duro se hundió entre los labios hinchados, aplastando el clítoris ya hipersensible.
—Ahhh… señora… —gimió Noelle, las uñas clavándose en el diván—. Me lo está metiendo… el tacón…
—Cállate y empújate hacia atrás —gruñó Rosa. Movió el tobillo con precisión cruel, frotando la aguja afilada arriba y abajo por la raja goteante, dejando que la punta rozara la entrada sin penetrar del todo. El sonido húmedo era obsceno: chapoteo de jugos contra cuero. Cada roce hacía que Noelle arqueara la espalda y que un chorrito nuevo le resbalara por los muslos. Rosa sintió su propio coño latir dentro del látex; se pasó dos dedos por la raja abierta y se frotó el clítoris hinchado mientras follaba a la sumisa con el pie.
Noelle empezó a empujar las caderas hacia atrás, follándose sola el tacón. El cuero se manchaba de blanco y transparente. Rosa inclinó el pie y dejó que la punta se hundiera dos centímetros dentro del agujero caliente y apretado. Noelle gritó, un grito ahogado y roto.
—Más… por favor, señora, fóllame el coño con tu tacón… quiero sentirlo dentro…
Rosa obedeció. Empezó a embestir con el tobillo, cortas y precisas, el stiletto entrando y saliendo con un ruido sucio de carne mojada. Con la mano libre agarró el otro pie de Noelle —el stiletto rojo aún puesto— y lo levantó hasta su propia boca. Lamió la planta sudorosa a través de la seda, chupó los dedos aprisionados, mordisqueó el empeine. El sabor a sal y látex le encendió más el vientre. Noelle temblaba tanto que casi no se tenía en pie; el orgasmo le subía otra vez, pesado, inevitable.
—No te corras todavía —advirtió Rosa, sacando el tacón de golpe. Un hilo de jugos se estiró desde la punta hasta el coño abierto—. Date la vuelta. Quiero ver tu cara mientras te destrozo.
Noelle se giró, se recostó de espaldas en el diván, las piernas abiertas en V, los stilettos rojos brillando. Rosa se subió encima a horcajadas, de frente, y colocó ambos pies calzados a ambos lados de la cabeza de la chica. Después bajó el culo de látex hasta que su coño empapado quedó a centímetros de la boca de Noelle. Al mismo tiempo, agarró uno de los stilettos rojos de la sumisa, se lo quitó con cuidado y lo usó como juguete: la aguja fina y roja se hundió de un solo empujón dentro del coño de Noelle hasta la mitad.
Noelle abrió la boca en un gemido largo y Rosa se sentó sobre ella. La lengua de la sumisa encontró al instante la raja hinchada, lamió el clítoris hinchado a través del látex fino, empujó el material dentro y chupó con fuerza. Rosa movía las caderas en círculos lentos, frotándose la cara de Noelle mientras follaba el coño de la chica con el tacón rojo. Entraba y salía, torcía la muñeca para que la curva del zapato rozara el punto dulce. El sonido era puro sexo: chupidos, gemidos, el crujido del látex, el chapoteo de los jugos.
—Así… lámelo todo, putita de látex —jadeó Rosa, tirando del cabello de Noelle para pegarla más contra su coño—. Quiero correrme en tu lengua otra vez. Y tú vas a chorrear alrededor de mi tacón. ¿Me oyes?
—Sí… sí, señora… me estoy corriendo… no puedo… —la voz de Noelle salió ahogada, vibrando contra el clítoris de Rosa. Sus caderas subían al encuentro del stiletto rojo. Rosa aceleró. Metió el tacón más profundo, lo giró, lo sacó casi del todo y lo volvió a clavar. Con la otra mano se bajó del todo la entrepierna del catsuit y se abrió los labios para que Noelle pudiera lamerla sin barreras. La lengua caliente y servicial se clavó dentro, lamió el agujero, subió al clítoris y chupó como si quisiera sacarle el alma.
El orgasmo llegó como un golpe. Rosa se arqueó, las manos clavadas en los muslos de Noelle, y se corrió a chorros potentes que salpicaron la cara, la lengua y el cuello de la sumisa. El líquido caliente le resbaló por las mejillas y le manchó el corsé de látex. Al mismo tiempo Noelle gritó contra el coño de su ama y se corrió con violencia: el coño se contrajo alrededor del tacón rojo y un chorro espeso brotó a presión, salpicando el pecho de Rosa, el diván, las medias rotas. Rosa no paró; siguió follándola con el zapato mientras ambas temblaban, alargando las oleadas hasta que Noelle lloriqueó de exceso de placer.
Cuando las sacudidas empezaron a aflojar, Rosa sacó el tacón despacio. Estaba brillante, cubierto de hilos blancos y transparentes. Se lo llevó a la boca y lo lamió limpio delante de los ojos vidriosos de Noelle, saboreando el sabor de las dos. Después se lo volvió a calzar a la sumisa con ternura casi cruel.
—Todavía no —susurró—. Una más. De pie.
Las levantó a las dos. Rosa empujó a Noelle contra la pared de terciopelo, le levantó una pierna y se la enganchó a la cadera. Los tacones de ambas se clavaron en el suelo. Rosa bajó un poco las caderas y frotó su coño desnudo contra el de Noelle, labios contra labios, clítoris contra clítoris, el látex crujiendo entre ellas. Al mismo tiempo metió la punta del stiletto negro entre ambas rajas y las frotó juntas, usando el zapato como puente resbaladizo. El roce era eléctrico, sucio, perfecto. Noelle se agarró a los hombros de Rosa, las uñas rayando el catsuit, y empujó las caderas al ritmo.
—Mírame —ordenó Rosa, la frente pegada a la de Noelle—. Quiero ver cómo te corres una vez más con mis tacones entre nosotras.
Noelle no pudo hablar. Solo gimió, abrió la boca y se dejó besar mientras el roce se volvía frenético. Rosa movía el pie con precisión diabólica, el tacón resbalando arriba y abajo entre los dos coños hinchados, aplastando los clítoris a la vez. El calor subió otra vez, más intenso, más profundo. Noelle empezó a temblar primero; sus muslos se pusieron rígidos, el coño se abrió y soltó otro chorro caliente que mojó el látex de Rosa y le bajó por las botas. Rosa la siguió segundos después, un gruñido largo y gutural mientras su propio líquido salía a presión, mezclándose con el de Noelle, chorreando por las piernas de ambas hasta los stilettos.
Se quedaron así un largo momento, pegadas a la pared, respirando la una contra la boca de la otra, los cuerpos todavía sacudiéndose en espasmos suaves. Rosa bajó despacio la pierna de Noelle y la sostuvo cuando las rodillas de la sumisa flaquearon. Las dos resbalaron hasta el suelo, sentadas una frente a la otra sobre la alfombra empapada, las piernas abiertas, el látex brillante de sudor y jugos, los tacones aún puestos. Rosa tomó de nuevo el pie de Noelle —el stiletto rojo manchado y caliente— y lo acercó a su cara. Lamió la planta con lengua lenta, casi reverente, saboreando la sal y el látex y el sexo.
Noelle cerró los ojos, un temblor residual recorriéndole el vientre. Rosa dejó un último beso húmedo en el arco del pie y susurró contra la seda:
—Qué puta tan perfecta eres…
El pulso de la música del salón seguía filtrándose por la puerta entreabierta. Rosa no soltó el pie. Lo acarició con los dedos desnudos, sintiendo el calor que aún latía ahí, y sonrió con los labios brillantes de jugos mientras el afterglow las envolvía a las dos en un silencio cargado y húmedo.
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