Noche en la Azotea con la Suegra
Un yerno torpe folla a su suegra Brigitte en la azotea.
Vale, voy a contarlo tal cual me pasó, porque si no me revienta la cabeza. Tengo treinta y pico, la cara de quien lleva diez años tragándose PowerPoints y el alma hecha puré de oficina. Vivo en el mismo edificio que mi suegra. Sí: Brigitte. Cuarenta y ocho, divorciada, cuerpo de escándalo que se niega a envejecer en silencio y una lengua afilada capaz de filetear un ego en tres frases. Mi mujer, Selena, se había ido tres días a un congreso de no-sé-qué en Valencia. Yo me había quedado con el piso, el microondas y la vergüenza de abrir Tinder a las once de la noche como un adolescente con sueldo de adulto.
El móvil vibró. Mensaje de Brigitte: Sube a la azotea. La antena del wifi está hecha una mierda y tú eres el único inútil disponible. Trae cerveza.
Subí. Medianoche. El aire de Madrid todavía caliente, el cielo sucio de luces. Ella estaba allí, en vaqueros negros que le agarraban el culo como si le debieran dinero y una camiseta blanca finísima sin sujetador. Los pezones se le marcaban con una desfachatez olímpica. Me miró de arriba abajo y soltó una carcajada.
—Mírate, yerno. Cara de quien acaba de masturbarse con la app y aún no ha cerrado la pestaña. ¿O es que te ha salido match con alguna cuarentona desesperada?
Me atraganté con mi propia saliva. Porque sí: los dos estábamos en la misma puta app. Yo lo sabía. Ella lo sabía. Llevábamos meses fingiendo que no nos habíamos cruzado esas fotos —ella en bañador rojo en alguna playa, yo intentando no parecer un oficinista deprimido— y cubriendo la química con chistes baratos.
—No empieces, Brigitte —dije, dejando las cervezas en el suelo y agarrando la escalera oxidada junto a la antena—. Selena se pone de los nervios si se cae el wifi. Arreglo esto y bajo.
—Selena se pone de los nervios si te ve mirarme el escote más de tres segundos. Y mira cómo me estás mirando ahora, torpe.
Me subí a la escalera. Ella me sujetaba por los tobillos, los dedos calientes rozándome la piel por encima del calcetín. La antena estaba torcida; di un tirón, el pie resbaló, ella gritó un “¡coño!” y caímos los dos de lado. Aterrizamos sobre una colchoneta inflable que algún vecino había abandonado como si fuera un souvenir de fiesta. El aire salió con un pedo ridículo. Brigitte quedó encima de mí, pechos aplastados contra mi pecho, la risa ya fuera de control.
—Yerno torpe con paquete interesante —jadeó entre carcajadas, moviendo la cadera solo lo justo para que yo notara exactamente a qué se refería—. Dios, Wesley, estás duro. ¿Es de la caída o de que te estoy montando como una adolescente en un sofá prestado?
Me quemaba la cara. Y la polla. Las dos cosas a la vez.
—Es… la situación —balbuceé—. Y tú. Siempre has sido… jodidamente imposible de ignorar.
Ella no se levantó. Se acomodó mejor, las piernas a ambos lados de mis caderas, y me miró con esa sonrisa de quien ya ha decidido el crimen.
—Llevo meses fantaseando con follarte —confesó, sin bajar la voz, como si hablara del tiempo—. Para vengarme un poco de mi hija, sí. Pero sobre todo porque me pones. Esas fotos tuyas en la app… te ves serio, un poco triste, y yo me corría pensando en desmontarte pieza a pieza. ¿Y tú?
Tragué saliva. El confesionario se había abierto y ya no había marcha atrás.
—Tus fotos me tienen cachondo desde hace semanas. La del bañador rojo. La de la cocina con la camisa abierta. Me palmeaba la polla en el baño de la oficina como un cretino y después fingía que no pasaba nada cuando te veía en el ascensor. Quiero follarte como un loco. Ahora. Aquí. Si tú quieres.
Ella se rió, pero la risa ya era otra cosa: más baja, más mojada.
—Quiero. Consentido, claro y con ganas de que me dejes coja. Bésame, torpe.
Nos besamos con hambre. Lenguas torpes al principio, después voraces. Su boca sabía a cerveza y a menta. Mis manos subieron por su espalda, le agarré el culo con las dos palmas y ella gimió dentro de mi boca. El rozamiento de su coño contra mi erección, todavía dentro del pantalón, era obsceno y perfecto.
Brigitte tomó la iniciativa con ese descaro que la define. Se bajó por mi pecho, me desabrochó el cinturón como quien abre un regalo que ya se merecía, bajó la cremallera y sacó mi polla de un tirón. Estaba roja, dura, palpitando. Ella me miró a los ojos, se lamió el labio y se rió.
—Mírala. Dura como si no te la hubieras tocado en meses. Pobrecito yerno…
Y se la metió entera. Garganta profunda, sin asco, sin prisa fingida. Chupaba y se reía a la vez, vibraciones calientes alrededor de la cabeza, saliva bajándome por las bolas. Yo gemía como un idiota, las manos en su pelo rubio oscuro, mirándola mientras ella me devolvía la mirada y se reía con la boca llena.
—Te va a dar un patatús —dijo al separarse un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios a mi glande—. Respira, Wesley. Aún no te he montado la cara.
Se giró, se bajó los vaqueros y las bragas negras de un empujón y se puso en vaquera inversa sobre mi cara. El olor de su coño me golpeó: salado, caliente, ya empapado. Me agarró la polla otra vez y volvió a chupármela mientras yo le abría los labios con la lengua y le comía el clítoris como si me fuera la vida. Ella se movía sobre mi boca, frotándose, mojándome la barbilla, y entre chupada y chupada soltaba risas ahogadas.
—Así… joder, sí… come, yerno. Cómeme mientras te la chupo. Qué ridículo y qué rico a la vez.
Cuando ya no aguantaba más sin correrme, ella se levantó, se puso a cuatro patas contra el borde bajo de la azotea —las luces de la ciudad parpadeando abajo, el viento en la nuca— y me miró por encima del hombro.
—Fóllame. Duro. Y si nos oye el vecino del quinto, que se joda.
Me arrodillé detrás. Le agarré las caderas, le froté la polla entre los labios mojados y entré de una embestida. Apretada, caliente, perfecta. Ella gritó un “¡joder!” entre risa y gemido. Empecé a follarla con fuerza, nalgas chocando, el sonido húmedo y obsceno llenando la azotea. Cada embestida le sacaba un jadeo y una carcajada corta, como si no pudiera creerse lo bien que le cabía y lo absurdo del escenario al mismo tiempo.
—Más… así, torpe… rómpeme el coño mientras mi hija está de congreso… aaaah…
Cambié de posición. La giré, la tumbé de espaldas sobre la colchoneta que aún chisporroteaba aire. Me metí entre sus piernas, le subí la camiseta y le comí las tetas: pezones duros, areolas grandes, la piel tibia. Chupé, mordisqueé suave, y al mismo tiempo volví a penetrarla en misionero. Profundo. Lento al principio para sentir cada centímetro, después más rápido. Ella me rodeó con las piernas, me arañó la espalda por encima de la camisa y me miró a los ojos con esa mezcla de burla y lujuria que me estaba volviendo loco.
—Me encanta cómo me miras mientras me la metes —susurró—. Como si no pudieras decidir si reírte o correrte dentro. No te corras aún. Quiero más. Quiero que me levantes, que me pongas contra la pared de la caseta de la azotea y me folle…
No terminó la frase. Un ruido metálico —¿una puerta?, ¿un vecino?— nos hizo congelarnos un segundo, mi polla todavía enterrada hasta el fondo, su coño apretándome en espasmos nerviosos. Ella se mordió el labio, los ojos brillantes de adrenalina y cachondeo, y me susurró al oído con esa sonrisa de demonio:
—Si alguien sube… vamos a tener que inventarnos una historia muy creativa, yerno. Pero primero termina lo que empezaste. Y esta noche… no pienso dejarte bajar hasta que me hayas corrido al menos dos veces más. ¿Trato?
Yo asentí, sin aliento, sin dignidad, con la polla latíéndole dentro y la certeza absurda de que el wifi seguía sin ir y que eso era lo de menos. El aire de la azotea olía a sexo y a risa contenida. Brigitte movió la cadera, me apretó otra vez, y supe que el resto de la noche apenas acababa de empezar.
Seguí follándola allí mismo, todavía con el corazón a mil por el ruido de esa puta puerta que no se abrió. Brigitte me apretó el culo con las uñas y se rió bajito contra mi cuello, como si el susto le hubiera subido la temperatura otros diez grados.
—Sigue, torpe. Si es el portero, que se espere. Si es un vecino cotilla, que aprenda.
La levanté tal como me había pedido. La polla salió de ella con un sonido obsceno y resbaladizo; ella se quejó con un gemido dramático y yo la empujé contra la pared de la caseta de la azotea, esa caseta de ladrillo feo donde guardan las sillas plegables y el cubo de la fregona. La camiseta blanca ya estaba subida hasta las tetas; se la quité del todo de un tirón y se me quedó mirando con esa sonrisa de “por fin, gilipollas”. Le agarré un muslo, se lo enganché a la cadera y volví a entrar de un golpe seco. El aire se le escapó en una carcajada ahogada.
—Joder, Wesley… así, sí. Contra la puta pared como en las pelis malas. ¿Notas lo empapada que estoy? Llevo media hora goteándote encima y tú todavía con cara de PowerPoint.
La follé de pie, profundo, con las rodillas temblando y el viento de Madrid dándonos en la espalda. Cada embestida le hacía rebotar las tetas y ella se agarraba a mis hombros, mordiéndome la oreja entre risas y tacos. El pezón se me metía solo en la boca; lo chupé fuerte, tiré un poco con los dientes y ella soltó un “hijo de puta” que sonó a elogio. Me miró a los ojos mientras yo le machacaba el coño y me soltó, sin pudor ninguno:
—Más alto. Quiero que el quinto se entere de que su yerno torpe me está partiendo en dos. Vamos, grítame algo ridículo.
—Brigitte… te estoy follando en la azotea y el wifi sigue sin ir —jadeé, y ella se partió de risa con mi polla dentro, contrayéndose alrededor de mí de una forma que casi me hace correr allí mismo.
—Eres un desastre. Te quiero exactamente así. Ahora sácamela y lámame otra vez. Quiero correrme en tu cara antes de que me vuelvas a meterla.
Obedecí como el cretino caliente que soy. Me arrodillé en el suelo de cemento, le abrí las piernas y le comí el coño de rodillas mientras ella se apoyaba en la pared, una mano en mi pelo y la otra apretándose una teta. Sabía a sexo y a risa; estaba hinchado, brillante, el clítoris duro como una bolita. La chupé sin prisa fingida, metiendo dos dedos y curvándolos justo donde sabía que le iba a dar el tembleque. Ella se movía contra mi boca, frotándose, y entre jadeos me iba soltando monólogos absurdos:
—Mírate… el yerno serio de los ascensores… ahora con la cara llena de mi coño y las rodillas raspadas. Si Selena viera esto… joder, no pares… ahí, más lengua… voy a…
Se corrió la primera vez agarrándome la cabeza con las dos manos, temblando, soltando un grito ahogado que terminó en carcajada histérica. El orgasmo le duró lo suficiente para mojarme la barbilla y el cuello; yo seguí lamiendo suave mientras ella se recuperaba, riéndose todavía y dándome palmadas torpes en el hombro.
—Uno —contó, con la voz ronca—. Te quedan al menos dos, como quedamos. Y no me mires con esa cara de “ya he ganado”. Aún no te has corrido tú y yo quiero verte perder la dignidad del todo.
Me levantó del suelo tirándome de la camisa. Me la quitó, me bajó los pantalones hasta los tobillos —quedé ridículo, con los calcetines puestos y la polla apuntándole a la barriga— y me empujó de nuevo hacia la colchoneta que seguía deshinchándose con pedos tristes. Se montó a horcajadas, se agarró mi polla con la mano y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, mirándome fijamente.
—Dios, qué gruesa… me llena entero. Si te corres antes de tiempo te juro que te la vuelvo a chupar hasta que se te ponga otra vez. ¿Entendido, oficinista?
Asentí, sin aire. Empezó a cabalgarme con ritmo lento y cruel, subiendo hasta casi sacársela y bajando de golpe. Las tetas le rebotaban delante de mi cara; se las agarré, las apreté, le pellizqué los pezones y ella aceleró. El sonido de su coño tragándome era obsceno, húmedo, perfectísimo. Me hablaba bajito, confesional y sucia a la vez:
—Llevo semanas imaginando esto. En la ducha. En la cama. Una vez en el baño del súper. Me metía los dedos pensando en tu cara de idiota serio y en cómo me ibas a follar cuando por fin te pillara. Y mira… aquí estamos. Tú abajo, yo montándote como una cabrona y el cielo de Madrid de testigo. Ríete conmigo, Wesley. Ríete y fóllame más fuerte.
Me reí, de verdad, un sonido ronco y perdido, y le agarré las caderas para empujar hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El choque fue brutal. Ella echó la cabeza atrás, el pelo rubio oscuro pegado al sudor de la nuca, y se corrió otra vez encima de mí, apretándome en oleadas calientes, soltando un “joder, joder, sí” entre risitas temblorosas. Dos. Conté yo también, mentalmente, como un gilipollas con checklist.
Pero no me dejó descansar. Se bajó, se puso a cuatro patas otra vez y me miró por encima del hombro con la boca abierta y los ojos brillantes.
—Ahora por detrás otra vez. Y esta vez quiero que me hables sucio. Inventa. Sé el yerno torpe y obsceno. Dime lo que harías si Selena nos pillara ahora mismo. Hazme reír y cógeme al mismo tiempo.
Entré de nuevo. La follé con ganas, nalgas rojas del impacto, una mano en su espalda baja y la otra rodeándole la cintura para tocarle el clítoris. Le hablé al oído entre embestidas, la voz entrecortada por el esfuerzo y la risa:
—Le diría… que la antena… necesitaba un reset completo… y que tú… aaaah… que tú estabas ayudándome a comprobar la señal con el coño. Que el wifi… solo funciona si te la meto hasta el fondo. Y que… joder, Brigitte… que si quiere ver el informe… que baje a por cerveza.
Ella se partió de risa, el coño contrayéndose alrededor de mi polla con cada carcajada, y eso me puso todavía más duro. Aceleré. El borde de la azotea estaba a un metro; las luces de la ciudad parpadeaban abajo como si el puto Madrid estuviera de acuerdo con nosotros. Sudábamos. Olíamos a sexo, a cerveza caliente y a cemento. Mis pelotas le golpeaban el clítoris con cada embestida y ella empezó a gemir de verdad, más bajo, más serio, aunque la sonrisa no se le borraba.
—Así… no pares… me voy a correr otra vez si sigues tocándome ahí… Wesley, hijo de puta, te estoy usando y me encanta… más duro…
Sentí el orgasmo subiendo por la base de la espalda como una amenaza. Me contuve a duras penas, le dije al oído que no pensaba correrme todavía, que ella había pedido tres y yo iba a cumplir como el yerno más puntual del edificio. Ella se corrió la tercera vez maldiciendo y riendo a la vez, el cuerpo entero temblando, el coño ordeñándome en espasmos que casi me sacan el alma. Me tuve que morder el labio hasta casi sangrar para no soltarla dentro.
Cuando se le pasó el temblor se giró, se sentó sobre la colchoneta deshinchada y me miró con la polla todavía dura y brillante de ella delante de la cara.
—Tres —susurró, lamiéndose los labios—. Cumpliste. Ahora te toca a ti… pero no aquí. Quiero que me la corras en la boca, despacio, mirándome. Y después… después vamos a hablar de lo que hacemos con el resto de la noche, porque el wifi sigue roto, mi hija no vuelve hasta pasado mañana y yo no he terminado de desmontarte. ¿O creías que tres orgasmos eran el final? Torpe. Apenas estamos calentando.
Se acercó de rodillas, me agarró la base con la mano y me lamió la cabeza con una lentitud cruel, saboreando. Yo gemí, las manos en su pelo, el cielo sucio encima y la certeza absurda de que alguien, en algún momento, iba a subir a esa azotea. Ella me miró desde abajo, la boca abierta alrededor de mi glande, y se rió con la garganta llena de mí.
El aire olía a nosotros. La antena seguía torcida. Y yo supe, mientras ella empezaba a chuparme de verdad otra vez, que la noche iba a ser mucho más larga, más ridícula y más jodidamente buena de lo que ninguno de los dos había planeado cuando subimos con las cervezas.
Vale, ahí me tenías, de pie en mitad de la azotea con los pantalones en los tobillos, los calcetines todavía puestos como el payaso que soy, y Brigitte de rodillas frente a mí lamiéndome la cabeza de la polla con esa lentitud de puta experta que sabe exactamente cuánto me está matando. El cielo de Madrid seguía sucio de luces y el aire olía a sexo nuestro, a cerveza caliente y a ese cemento que se te pega en las rodillas cuando te arrodillas a comer coño. Ella me miró desde abajo, la boca entreabierta, un hilo de saliva brillándole en el labio inferior, y se rió con la garganta ya llena de mí.
—Mírate —murmuró contra el glande, la voz vibrándome por toda la verga—. El yerno serio de los PowerPoints, temblando porque tu suegra te va a ordeñar la polla en la azotea. ¿Respiras o te vas a desmayar antes de correrte?
No contesté. No podía. Solo le agarré el pelo rubio oscuro con las dos manos y empujé un poco, despacio, sintiendo cómo me tragaba centímetro a centímetro otra vez. La lengua se le movía en espirales crueles, chupaba fuerte, soltaba, volvía a bajar hasta que la nariz le rozó el vello. Vibraba de risa mientras lo hacía, y cada carcajada me recorría la polla como una corriente eléctrica barata y perfecta. Me corrí casi sin avisar, un gemido ronco, ridículo, de oficinista que se corre en la cara de su suegra a las doce y pico de la noche. Ella no se apartó. Se lo tragó todo, despacio, saboreando, mirándome a los ojos con esa sonrisa de “te lo dije, torpe”. Cuando terminó me lamió los restos con la punta de la lengua, se pasó el dorso de la mano por la boca y se rio otra vez.
—Cuatro para mí, uno para ti. Vamos empatando en indignidad. Ahora levántate, que me estás goteando en el pecho y esto no ha terminado ni de coña.
Me ayudó a quitarme del todo los pantalones y los calcetines —quedé en bolas bajo las estrellas falsas de Madrid, la polla todavía medio dura y brillante de su saliva— y me empujó hacia la colchoneta que seguía deshinchándose con pedos tristes cada vez que alguien se movía. Ella se tumbió de espaldas, se abrió de piernas y me hizo un gesto obsceno con dos dedos.
—Ven aquí. Quiero que me la metas otra vez, pero lento. Quiero sentirte crecer dentro otra vez. Y mientras lo haces… cuéntame qué foto mía te hacía más daño en la oficina. La del bañador o la de la cocina.
Me arrodillé entre sus muslos. La polla ya se me estaba poniendo otra vez solo de olerla, de verle el coño hinchado, rojo, aún goteando de los tres orgasmos anteriores. Me frotré la cabeza entre los labios, empujé despacio, sentí cómo me tragaba otra vez, caliente, resbaladiza, perfecta. Ella arqueó la espalda y soltó un “joder, sí” que sonó a mitad gemido y mitad carcajada.
—La del bañador rojo —confesé, empezando a moverme con embestidas largas y profundas—. Esa donde te sale media teta y miras a la cámara como si ya supieras que me la iba a estar palmeando en el baño de la tercera planta. Me corrí dos veces esa semana pensando en metértela justo así, con la gente del quinto abajo sin enterarse de una mierda.
—Qué asco das —dijo ella, pero lo dijo con la voz rota de placer, las uñas clavándoseme en el culo para pedirme más—. Me encanta. Ahora más rápido. Y tócame el clítoris. Quiero el cuatro antes de que se nos ocurra algo todavía más estúpido.
Obedecí. Le froté el clítoris con el pulgar en círculos rápidos mientras la follaba de verdad, el sonido húmedo y obsceno llenando la azotea otra vez. Las tetas le rebotaban con cada golpe; se las agarré, las chupé, le mordí un pezón lo justo para que soltara un taco y una risa al mismo tiempo. El ruido metálico de antes volvió —una puerta, definitivamente una puerta en algún rellano de abajo— y los dos nos congelamos un segundo, mi polla enterrada hasta las bolas, su coño apretándome en espasmos nerviosos de adrenalina.
—Si sube alguien te juro que le digo que estamos revisando la antena con el método tradicional —susurró ella al oído, mordiéndome el lóbulo—. Ahora cógeme más fuerte, yerno. Quiero correrme gritando por si acaso.
Aceleré. La colchoneta se quejaba debajo de nosotros como un animal herido. Ella se corrió la cuarta vez agarrándome la espalda con las uñas, el cuerpo entero en un arco tenso, soltando un grito ahogado que terminó en carcajada histérica contra mi cuello. El coño me ordeñaba en oleadas calientes; tuve que morderle el hombro para no correrme otra vez dentro. Cuando se le pasó el temblor me miró con los ojos brillantes y la boca entreabierta.
—Sácamela. Ahora. Quiero probar algo que llevo meses imaginando y que es de lo más ridículo que se te puede ocurrir en una azotea.
Me saqué. Ella se giró a cuatro patas otra vez, pero esta vez se apoyó en el borde bajo de la azotea, el culo en alto, las luces de la ciudad dibujándole la silueta. Me miró por encima del hombro y se señaló el culo con un dedo.
—Lámeme ahí. Despacio. Y después méteme un dedo mientras me follas el coño. Quiero sentir las dos cosas a la vez. Y si te da asco eres libre de bajar las escaleras con la polla dura y la dignidad hecha polvo, pero ya sabes que no vas a hacerlo.
No me dio asco. Me arrodillé detrás, le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua por el agujero apretado, saboreando el sabor a sexo y a ella. Brigitte se estremeció y soltó una risa baja, ronca.
—Así… hijo de puta… más lengua… joder, qué bien lo haces para ser un torpe de oficina.
Le metí la lengua, después un dedo bien lubricado de su propio coño, y al mismo tiempo le volví a enterrar la polla de un solo empujón. Ella gritó de verdad esa vez, un sonido crudo que debió de oírse hasta el tercero. La follaba y le movía el dedo al mismo ritmo, sintiendo cómo se apretaba alrededor de los dos, cómo le temblaban los muslos. Me hablaba entre jadeos, confesional y sucia:
—En la ducha me lo imaginaba exactamente así… tú detrás… usándome… riyéndote de lo absurdo… y yo dejándote porque me pones de una forma que mi hija nunca va a entender. Más duro. Méteme otro dedo. Quiero el cinco y quiero que me lo saques tú.
Le metí el segundo dedo. La follé sin piedad, el borde de la azotea a un metro, el viento dándonos en la espalda sudada. Ella se corrió otra vez —cinco— apretando el culo alrededor de mis dedos y el coño alrededor de mi polla con una fuerza que me hizo ver estrellas. El orgasmo le duró eternidades; yo seguí moviéndome despacio dentro de ella mientras se recuperaba, riéndose todavía y dándome patadas torpes en la pantorrilla.
—Para… un segundo… joder, Wesley… me has dejado las piernas de gelatina. Ven aquí.
Se giró, se sentó en el borde mismo de la azotea con las piernas abiertas y me hizo acercarme. Me agarró la polla —otra vez dura, otra vez palpitante— y me la frotó contra los labios de su coño sin dejarme entrar del todo.
—Ahora te toca decidir —dijo, la voz ronca, los ojos brillantes de cachondeo y de esa adrenalina de casi pillarnos—. ¿Te corres otra vez dentro de mí aquí mismo, con el riesgo de que el portero suba a ver qué coño pasa con la antena… o me la metes en el culo de una vez por todas y me dejas coja de verdad? Porque yo quiero las dos cosas. Y tenemos toda la noche. Selena no vuelve hasta pasado mañana y el wifi… bueno, el wifi ya es lo de menos, ¿verdad?
Me miró esperando. Yo respiraba como un fuelle, la polla latíéndole entre los labios mojados, el corazón a mil por el ruido de pasos lejanos que quizás eran imaginación o quizás no. Brigitte se rio bajito, se acercó a mi oído y me mordió el lóbulo.
—Elige, torpe. Y elige rápido. Porque acabo de oír la puerta del rellano otra vez… y esta vez suena más cerca.
La antena seguía torcida. La colchoneta seguía pedorreándose. Y yo supe, con la polla a un centímetro de volver a desaparecer dentro de ella, que lo que viniera después iba a ser todavía más largo, más absurdo y más jodidamente bueno de lo que ninguno de los dos había planeado cuando subimos con las putas cervezas.
Vale, ahí estaba yo, la polla latíéndole entre los labios del coño, el corazón a mil y Brigitte mirándome con esa sonrisa de demonio que ya sabía la respuesta antes de que yo abriera la boca. Los pasos del rellano sonaban más cerca, metálicos, como si el portero o algún vecino cotilla estuviera subiendo las escaleras de servicio. Ella no se movió. Solo abrió un poco más las piernas, sentada en el borde bajo de la azotea, y me frotó la cabeza contra su entrada empapada.
—Elige, torpe —repitió, la voz baja y ronca—. O te corres dentro y nos arriesgamos a que nos pillen con la antena torcida… o me la metes en el culo de una vez. Yo quiero las dos. Empieza por el culo. Quiero que me dejes coja de verdad antes de que esa puerta se abra.
No pensé. No pude. Agarré la cerveza que quedaba a medio beber, me echamos un trago a la boca y escupí sobre mi polla y sobre su agujero apretado. Ella se rio, esa carcajada sucia que me subía la temperatura otros diez grados, y se giró de nuevo a cuatro patas, el culo en alto hacia las luces de Madrid, las nalgas todavía rojas de las embestidas anteriores. Le abrí las mejillas con las dos manos, le pasé la lengua otra vez por el ano solo para oírla jadear, y después alineé la cabeza.
—Despacio, yerno —susurró por encima del hombro—. Quiero sentirte abrirme centímetro a centímetro. Si me duele te lo digo y paramos, pero no vas a parar, ¿verdad? Porque me pones demasiado.
Empujé. La resistencia inicial me hizo gemir como un idiota; ella apretó los puños contra el borde de cemento y soltó un “joder, joder…” que era mitad dolor mitad risa histérica. Avancé despacio, sintiendo cómo me tragaba, caliente, imposible de creerme. Cuando la cabeza entró del todo se le escapó un grito ahogado que terminó en carcajada temblorosa.
—Ahí… hijo de puta… qué gruesa… me estás partiendo y me encanta. Más. Todo. Quiero sentirte hasta las bolas.
Le agarré las caderas y empujé el resto. El aire se le escapó en un jadeo largo, obsceno. Estaba dentro de su culo, apretadísimo, palpitando, y el contraste con lo empapado que tenía el coño me volvía loco. Empecé a moverme con embestidas cortas y profundas, el sonido húmedo y sucio llenando la azotea otra vez. Ella se empujaba hacia atrás al mismo tiempo, montándome al revés, las tetas colgando y rebotando.
—Háblame —exigió entre jadeos—. Dime lo ridículo que es esto. Dime qué cara pondría Selena si viera a su marido torpe follándole el culo a su madre en la puta azotea.
—Le diría… —jadeé, acelerando un poco— que la antena necesitaba una calibración anal completa… y que tú… aaaah… que tú eras la única técnica disponible. Que el wifi solo vuelve si te la meto hasta el fondo del culo. Y que… joder, Brigitte… que si quiere el informe técnico… que baje con más cerveza y se siente a mirar.
Ella se partió de risa con mi polla enterrada, el culo contrayéndose alrededor de mí con cada carcajada, y eso casi me saca el alma. Metí dos dedos en su coño al mismo tiempo, curvándolos, frotándole el clítoris con el pulgar. El doble estímulo la hizo gritar de verdad, un sonido crudo que debió de oírse dos pisos abajo. Los pasos se detuvieron un segundo. Silencio. Después se alejaron. Los dos soltamos el aire en una risa compartida, nerviosa, caliente.
—Casi… casi nos pillan y tú sigues follándome el culo como si nada —dijo ella, la voz rota de placer—. Más duro ahora. Quiero el seis. Sácalo del culo y mételo en el coño cuando esté a punto. Quiero correrme con las dos sensaciones.
Obedecí. La follé el culo con ganas, nalgas chocando, sudor resbalándonos por la espalda, el viento de Madrid dándonos en la nuca. Cuando sentí que se le acercaba el orgasmo —el temblor en los muslos, el agujero apretándome en espasmos— saqué la polla de un tirón resbaladizo y se la enterré de un golpe en el coño. Ella gritó, se corrió la sexta vez en oleadas violentas, el cuerpo entero en arco, soltando tacos y risitas histéricas contra el cemento. El coño me ordeñaba; tuve que morderle el hombro otra vez para no correrme dentro.
Cuando se le pasó el temblor se giró, se sentó de nuevo en el borde y me miró con la boca abierta, los ojos brillantes, la polla todavía dura y brillante de los dos agujeros delante de su cara.
—Seis —contó, lamiéndose los labios—. Estás cumpliendo como el yerno más puntual del puto edificio. Ahora te toca a ti otra vez… pero no te corras todavía. Quiero probar algo todavía más absurdo.
Se levantó, me agarró de la mano y me llevó cojeando un poco —sí, cojeando, y se reía de ello— hasta la caseta de ladrillo feo. Abrió la puerta oxidada. Dentro olía a sillas plegables, a cubo de fregona y a humedad. Me empujó dentro, cerró la puerta a medias y se subió a una de las sillas plegables, las piernas abiertas, el culo justo al borde.
—Entra. Las dos a la vez si puedes. Un dedo en el culo, la polla en el coño. Y fóllame aquí dentro como si fuéramos dos adolescentes escondidos del portero. Porque esa puerta del rellano… joder, Wesley, acabo de oírla otra vez. Más cerca.
Me metí entre sus muslos. La silla crujió de forma ridícula. Entré en su coño de un empujón y al mismo tiempo le metí el dedo índice bien lubricado en el culo. Ella arqueó la espalda, se agarró a mis hombros y empezó a gemir bajito, confesional:
—Así… las dos… me tienes llena… el yerno serio de los ascensores usándome en la caseta de la fregona. Si Selena viera esto se moriría… o se uniría, quién sabe. Más fuerte. Quiero que la silla se rompa. Quiero oír el ruido y reírme mientras me corres dentro.
La follé sin piedad. La silla crujía, se tambaleaba, amenazaba con ceder. Cada embestida le hacía rebotar las tetas; se las chupé, le mordí los pezones, le hablé al oído entre risas y jadeos:
—Si se rompe… le echamos la culpa al wifi… decimos que la antena… necesitaba un reset desde dentro de la caseta… y que tú… aaaah… que tú estabas comprobando la señal con el coño y el culo al mismo tiempo. Informe técnico completo. Con fotos. Sin filtros.
Ella se corrió la séptima vez riendo a carcajadas, el cuerpo temblando, el coño y el culo apretándome a la vez con una fuerza que me hizo ver estrellas. La silla crujió más fuerte. Casi se rompe. Cuando se le pasó el orgasmo me empujó suavemente, se bajó y se puso de rodillas otra vez en el suelo sucio de la caseta.
—Sácame la leche aquí —dijo, agarrándome la base—. En la boca. Despacio. Quiero saborearla mientras oímos si sube alguien. Y después… después salimos otra vez a la colchoneta, porque aún no te he montado la cara con el culo y yo quiero el ocho antes de que amanezca. Selena no vuelve hasta pasado mañana. Tenemos toda la noche. Y el wifi… bueno, el wifi puede esperar a que yo decida que has cumplido.
Me la metió entera. Chupaba y se reía a la vez, las vibraciones recorriéndome. Yo le agarré el pelo, miré hacia la puerta entreabierta de la caseta, escuché pasos lejanos otra vez —¿imaginación? ¿el portero de verdad?— y sentí el orgasmo subiendo como una amenaza deliciosa. Ella me miró desde abajo, la boca llena, y me soltó un segundo solo para susurrar:
—Córrete. Ahora. Y no grites demasiado… o grita. Que se joda el quinto. Después te voy a chupar otra vez hasta que se te ponga dura y te voy a montar al revés mirando las luces de Madrid. ¿Trato, torpe?
Asentí, sin dignidad, sin aire. Me corrí en su boca con un gemido ronco y ridículo, viendo cómo se lo tragaba todo otra vez, saboreando, lamiendo los restos con esa sonrisa de “te lo dije”. Cuando terminó se levantó, me dio un beso con sabor a mí y a ella, y me miró a los ojos.
—Dos para ti, siete para mí. Vamos empatando en indignidad otra vez. Ahora sal. La colchoneta nos espera. Y esa puerta del rellano… suena cada vez más cerca. Si alguien sube de verdad, le inventamos la historia del reset anal de la antena. Pero primero… primero quiero que me la metas otra vez en el culo, de pie, contra la barandilla, mirando la ciudad. Quiero sentir el viento y tu polla y el riesgo todo junto. ¿Vienes o te quedas temblando en la caseta como el oficinista que eres?
Me agarró la polla —ya medio dura otra vez, traidora— y me tiró hacia fuera, de vuelta al aire caliente de la azotea. La colchoneta seguía deshinchándose con pedos tristes. La antena seguía torcida. Los pasos del rellano se oían claros ahora, subiendo. Brigitte se puso contra la barandilla baja, el culo hacia mí, las luces de Madrid dibujándole la silueta, y se miró por encima del hombro con esa sonrisa de demonio.
—Rápido, yerno. Métela. Y si es el portero… que aprenda cómo se repara de verdad un wifi de mierda.
Entré en su culo otra vez, de un empujón más fácil esta vez, y empecé a follarla de pie mientras los pasos se acercaban al último tramo de escaleras. Ella gemía y se reía al mismo tiempo, apretándome, pidiéndome más, y yo supe —con la polla enterrada, el corazón a mil y la certeza absurda de que la noche apenas calentaba— que lo que viniera cuando esa puerta se abriera iba a ser todavía más largo, más ridículo y más jodidamente bueno de lo que ninguno de los dos había planeado cuando subimos con las putas cervezas.
Vale, ahí me tenías, embistiéndola el culo contra la barandilla baja con las luces de Madrid parpadeando abajo como si toda la puta ciudad estuviera de acuerdo con el espectáculo. Los pasos del rellano ya no eran imaginación: metálicos, cercanos, el crujido de la puerta de servicio a punto de ceder. Brigitte apretó el agujero alrededor de mi polla y se rio bajito, esa risa de demonio que me subía la temperatura otros diez grados.
—No pares, torpe —jadeó por encima del hombro—. Si es el portero, que vea cómo se calibra una antena de verdad. Más hondo. Quiero sentirte hasta las bolas mientras esa puerta se abre.
Empujé. El culo la tenía apretadísimo, caliente, imposible, y el contraste con lo empapado que seguía el coño me volvía loco. Le metí dos dedos otra vez, curvándolos, y ella soltó un gemido crudo que debió de oírse hasta el tercero. La puerta crujió. Se abrió medio palmo. Una voz ronca, la del portero de setenta años que siempre huele a tabaco barato:
—¿Hay alguien arriba? Se oyen ruidos raros con la antena…
Brigitte no se inmutó. Empujó el culo hacia atrás, tragándome entero, y contestó con voz temblorosa de risa y orgasmo a punto:
—¡Somos nosotros, don Manolo! ¡Revisando la señal! ¡El yerno está… calibrando a fondo! ¡Baje, que ya casi lo tenemos!
Silencio. Después una tos nerviosa y el ruido de pasos alejándose a toda hostia. Los dos soltamos el aire en una carcajada histérica compartida. Yo seguí follándola el culo sin parar, nalgas rojas chocando, sudor resbalándonos por la espalda, el viento dándonos en la nuca. Ella se corrió la octava vez apretándome en espasmos violentos, el cuerpo entero temblando contra la barandilla, soltando tacos y risitas contra el cemento.
—Ocho… joder, Wesley… me has dejado las piernas de agua. Sácala. Ahora quiero montarte la cara con el culo como te dije. En la colchoneta. Rápido, antes de que don Manolo llame a los de la policía de la comunidad.
Me saqué con un sonido obsceno y resbaladizo. Ella cojeó —sí, cojeaba de verdad y se partía de risa de ello— hasta la colchoneta que seguía deshinchándose con pedos tristes. Se tumbió de espaldas un segundo, me hizo un gesto obsceno y se giró a vaquera inversa otra vez, pero esta vez el culo directo sobre mi boca. El olor a sexo, a nosotros, a lo que acabábamos de hacer, me golpeó. Le abrí las nalgas y le comí el agujero todavía abierto y brillante de mi polla mientras ella se agarraba mi verga y me la chupaba con ganas, riéndose con la garganta llena.
—Así… come, yerno… limpia lo que has ensuciado… qué asco das y qué rico… si Selena viera a su marido serio con la cara enterrada en el culo de su madre…
Vibraba de risa mientras chupaba. Yo le metí la lengua, después dos dedos otra vez, y al mismo tiempo empujaba cadera arriba para follarle la boca. Ella se corrió la novena solo con eso, temblando encima de mi cara, mojándome la barbilla y el cuello con el coño que goteaba sin parar. Cuando se le pasó el temblor se giró, se montó a horcajadas y se la metió de un golpe en el coño, cabalgándome con ritmo brutal, tetas rebotando, uñas clavándoseme en el pecho.
—Nueve… te queda uno más esta noche y después te corro yo a ti otra vez. Háblame sucio. Inventa la historia que le vamos a contar a don Manolo si vuelve.
—Le diremos… —jadeé, empujando hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba— que la antena necesitaba un reset completo de doble entrada… y que tú… aaaah… que tú eres la técnica especializada en calibraciones anal-vaginales. Que el wifi solo vuelve si te corres diez veces seguidas. Informe técnico con fotos… sin filtros… y con la leche de yerno de testigo.
Ella se partió de risa, el coño contrayéndose alrededor de mí con cada carcajada, y se corrió la décima en oleadas calientes que me ordeñaron hasta casi sacarme el alma. Tuve que morderme el labio para no soltarla dentro. Cuando se le pasó se bajó, se puso de rodillas otra vez y me miró con esa sonrisa de “ahora te toca perder la dignidad del todo”.
—Diez. Cumpliste como el yerno más puntual del puto edificio. Ahora córrete en mi cara. Quiero sentirla caliente mientras miramos las luces y pensamos en lo que le vamos a decir a Selena cuando vuelva… o mejor, en lo que no le vamos a decir.
Me la chupó despacio, cruel, saboreando, y cuando sentí el orgasmo subir como un tren me la saqué y me corrí en su cara, en la boca, en las tetas, gemidos ridículos de oficinista que se corre a las tres de la madrugada en la azotea con su suegra. Ella se lo untó, se lo lamió de los labios, se rio y me dio un beso con sabor a los dos.
Nos quedamos un rato tirados en la colchoneta deshinchada, sudados, oliendo a sexo y a cerveza caliente, riendo bajito cada vez que la antena crujía con el viento. El wifi seguía sin ir. Don Manolo no volvió. Las luces de Madrid seguían ahí, testigos mudos y sucios.
—Selena no vuelve hasta pasado mañana —murmuró ella, trazando círculos en mi pecho con un dedo todavía tembloroso—. Mañana por la noche… subes otra vez. Traes más cerveza. Y esta vez dejamos la puerta de la caseta abierta del todo. Quiero que me folles en la silla hasta que se rompa de verdad. Y después… después vamos a probar lo de la azotea del edificio de al lado. Tienen una terraza mejor. Y una antena que también está hecha una mierda, te lo juro. Ya he mirado. Ya tengo el plan. Tú solo trae la polla dura y esa cara de PowerPoint que me pone tanto.
Me agarró la verga —otra vez medio dura, traidora— y la apretó suave.
—Trato, torpe. Porque esto… esto acaba de empezar. Y el wifi puede esperar a que yo decida que has cumplido todas las calibraciones pendientes.
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