Una Última Sesión en el Gimnasio
La española cachonda seduce a su vecino nigeriano en el gimnasio desierto.
En el gimnasio casi vacío de un edificio de oficinas en el centro de Madrid, pasadas las once de la noche, Talia terminaba su última serie de sentadillas. Tenía veinticuatro años, el cuerpo marcado por años de entrenamiento, piel clara brillando de sudor bajo la luz fría de los fluorescentes. Llevaba un top deportivo negro que apenas contenía sus tetas y unas mallas que se le pegaban al culo redondo cada vez que bajaba. Estaba sola. O eso creía.
La puerta del vestuario de hombres se abrió y apareció Damon. Nigeriano de veintiocho años, vecino del piso de arriba, casi dos metros de músculo sudado, camiseta sin mangas pegada al pecho ancho y shorts que no escondían el bulto grueso entre las piernas. Vino directo a las pesas libres. Sus miradas se cruzaron. Él no disimuló: la miró de arriba abajo mientras ella bajaba otra vez, muslos temblando, y Talia sintió un calor subirle entre las piernas. El silencio del local amplificaba el metal de las discos y su propia respiración acelerada. Cada vez que se erguía, notaba sus ojos oscuros clavados en el arco de su espalda y en el modo en que el lycra se le metía entre los labios del coño. Ella también lo miraba: los brazos gruesos, el pecho subiendo y bajando, la polla marcándose contra la tela. Los dos adultos, los dos conscientes de la atracción interracial que crecía sin palabras.
Talia decidió no aguantar más. Arqueó la espalda de más en la siguiente sentadilla, sacó el culo hacia atrás y soltó un gemido bajo, deliberado, al subir. Damon dejó la barra. Se acercó con una sonrisa lenta, cómplice, oliendo a hombre y a esfuerzo.
—Joder, se te ve de puta madre sudando así —dijo en un español con acento profundo—. Esas mallas no te dejan nada a la imaginación, española.
Ella se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y le sostuvo la mirada.
—Y a ti se te marca toda esa verga, Damon. No finjas que no me estabas comiendo con los ojos.
Se rozaron “sin querer” cuando él le pasó al lado para coger una toalla: el dorso de su mano rozó el costado de la teta de ella, y ella dejó que sus dedos rozaran un segundo la dureza de su muslo. El flirteo subió de tono en segundos.
—Llevo rato deseando metértela a esta cachonda —murmuró él, bajando la voz—. Esa polla negra gorda que no te quitas de la cabeza, ¿verdad?
Talia se mojó los labios.
—Quiero follar con ese negro enorme. Aquí. Ahora. Sin rollos.
Damon agarró su nuca con una mano grande y la besó duro, lengua profunda, sabiendo a sal y a ganas. Ella respondió con la misma hambre. Se empujaron hacia el banco de pesas del fondo, lejos de las cámaras que ya no grababan a esa hora.
La puso a cuatro patas sobre el banco estrecho. Le bajó las mallas hasta los muslos, dejando el culo al aire, el coño ya reluciente. Se sacó la polla: gruesa, negra, venosa, la cabeza hinchada y brillante de precum. La frotó entre los labios de Talia y ella empujó hacia atrás.
—Métela de una puta vez —gimió ella.
Damon la penetró de un embestida larga y profunda. El grueso glande abrió su coño apretado y ella gritó, las manos agarrando el borde del banco.
—¡Hostia, qué gorda…! Más duro, joder, fóllame como una puta.
Él le agarró las caderas y empezó a darle con fuerza, la polla negra desapareciendo entera dentro de la española, el sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenando el gimnasio. Cada embestida le hacía rebotar las tetas dentro del top. Talia gritaba pediendo más, el coño agarrándole la verga como si no quisiera soltarla.
Sin sacársela del todo, Damon la levantó en el aire como si no pesara nada. La puso de pie contra la pared de espejos, una pierna enganchada en su codo, y la embistió de pie, profunda y brutal. Le apretó las tetas por encima de la tela, pellizcándole los pezones duros mientras le hablaba al oído:
—Mira cómo te come esta polla negra, Talia… tu coñito blanco chorreando por mí.
Ella se miraba en el espejo: abierta, empalada, la cara roja de placer. Se corrió así, gritando, el orgasmo sacudiéndole las piernas.
Cuando bajó un poco la intensidad, la tumbaron en el suelo de goma. Talia se montó a horcajadas, se guió la verga hasta el fondo y empezó a cabalgarlo salvajemente, culo golpeando contra sus muslos, tetas fuera ya del top. Damon le agarraba las caderas y empujaba hacia arriba, follándola desde abajo.
—Córrete en mi polla, española de mierda… échalo todo.
Ella se corrió otra vez, gritando su nombre, el coño contrayéndose alrededor de aquella verga interracial hasta que las piernas le fallaron.
Damon la bajó de rodillas delante de él. Se masturbó rápido, la mano grande recorriendo el fuste negro brillante de jugos de ella.
—Saca la lengua.
Talia abrió la boca, obediente y excitada. Él se corrió con un gruñido grave, chorros espesos y calientes salpicándole la cara, los labios, la lengua extendida. Se lo tragó lo que pudo y dejó que el resto le chorreara por la barbilla hasta el pecho.
Se limpiaron con las toallas del gimnasio, todavía jadeando, besándose más despacio entre risas bajas. Talia le susurró contra la boca:
—Ha sido la mejor sesión de mi puta vida. Toma mi número. Cuando quieras repetir, me escribes y vengo corriendo.
Le tecleó el número en el móvil de él. Damon asintió, todavía con la polla semidura colgando, y le dio un último beso en la frente sudada.
Mientras recogían las cosas y se vestían a medias, Talia sintió un nudo frío en el estómago. Miró el banco manchado, el suelo, el espejo donde todavía se veía el vaho de su aliento. Damon ya estaba recogiendo su bolsa, amable pero distante de repente, como si el hechizo se hubiera roto en cuanto el semen se enfrió en su piel. Ella se preguntó, con una duda amarga que le apretó el pecho, si de verdad volvería a escribirle… o si para él solo había sido un polvo fácil con la vecina cachonda del gimnasio vacío. La mejor sesión, sí. Y sin embargo, al salir cada uno por su lado hacia el ascensor silencioso, Talia no pudo quitarse de encima la sensación de que algo importante se había quedado a medias, o peor: de que quizá nunca debió haber empezado.
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