Una Última Noche Juntos Antes de Irme

Hana se folla a su novio y a su amigo en una doble penetración salvaje antes de mudarse.

14 min read August 23, 2026New

En la casa de la playa el calor del verano pegaba incluso de noche. El aire acondicionado apenas podía con la humedad que entraba por las ventanas abiertas y el olor a sal y a arena caliente se metía en todo. Hana, de veintiocho años, estaba descalza en el sofá grande mirando a Dante, su novio de treinta, y a Errol, el mejor amigo de este, de veintinueve. Mañana ella se iba del país. Maletas casi listas, billete impreso, y esa era la última noche que los tres compartirían bajo el mismo techo.

Estaban completamente sobrios. Ni una cerveza. Solo el ruido de las olas y el crujido de la madera vieja. Dante le pasó la mano por el muslo a Hana y ella no se apartó. Errol la miraba sin disimulo, la camiseta fina de ella dejando ver los pezones duros por el calor y la excitación que ya no escondían.

—Siempre lo he pensado —dijo Hana de golpe, la voz ronca—. Los dos. Quiero sentiros a los dos follándome antes de irme. No es un secreto. Os he imaginado metiéndomelas a la vez mil veces.

Dante se le acercó más, le agarró la nuca y la besó con hambre. Errol no esperó permiso: se inclinó y le apretó un pecho por encima de la tela, el pulgar rozándole el pezón hasta que ella gimió dentro de la boca de su novio.

—Joder, Hana… —murmuró Errol—. Llevo años queriendo esto.

La tensión se rompió de una puta vez. Hana se giró y besó a Errol mientras Dante le subía la camiseta. Los labios de Errol eran más duros, más urgentes. Las manos de Dante le bajaron el short y le metieron dos dedos en el coño, que ya estaba empapado. Ella se arqueó.

—Chupádmelas —ordenó casi, y se arrodilló en la alfombra entre las piernas abiertas de los dos.

Les bajó los pantalones de un tirón. La polla de Dante saltó gruesa y venosa, la de Errol un poco más larga, la cabeza ya brillante de precum. Hana no perdió el tiempo. Abrió la boca y se la tragó a Dante hasta la base, la nariz contra su pubis, mientras con la mano derecha bombeaba la de Errol. Saliva le corría por la barbilla. Sacó la polla de Dante con un sonido obsceno y se pasó a la de Errol, lamiéndole el glande en círculos, chupando fuerte, mirándolos a los dos con los ojos entrecerrados de puta feliz.

—Así, nena… mamá las dos —gruñó Dante, agarrándole el pelo.

Ella alternaba: una mamada profunda a uno, una lengüetada larga al otro, las dos manos trabajando al mismo tiempo, los pulgares presionando las venas, los labios hinchados y brillantes. Los gemidos de ellos llenaban la sala. Errol le sujetó la cabeza y le embistió la garganta un par de veces; ella no se apartó, solo baboseó más y se tocó el coño con dos dedos. Cuando Dante dijo “al dormitorio, ya”, los tres se levantaron casi tropezando.

La cama grande crujió al tirarlos encima. Hana quedó de espaldas. Dante se colocó entre sus piernas, le abrió los labios del coño con los dedos y se la embistió de una sola embestida hasta el fondo. Ella gritó. Errol se arrodilló junto a su cara y le metió la polla en la boca. La follaban así: Dante en misionero, caderas potentes golpeándole el clítoris con cada embestida, Errol follándole la boca con ritmo lento y profundo. Hana se ahogaba de placer, babeaba, se agarraba a los muslos de ambos.

—Más fuerte, joder —pidió cuando Errol le sacó la polla un segundo para que respirara—. Quiero las dos.

La pusieron a cuatro patas. Dante se tumbó debajo de ella; ella se sentó en su polla de un golpe seco, el coño tragándosela entera. Errol se arrodilló detrás, escupió en su culo, le metió primero un dedo, luego dos, abriéndola con paciencia sucia mientras ella se movía sobre Dante.

—Date, Errol. Métela —rogó Hana, la voz hecha pedazos.

La cabeza de la polla de Errol empujó contra su ano. Hana contuvo el aliento y empujó hacia atrás. Entró centímetro a centímetro, el ardor mezclado con el placer brutal de tener el coño y el culo llenos a la vez. Cuando estuvo enterrada del todo, los tres se quedaron quietos un segundo, sudando, jadeando.

Luego empezaron a moverse. Dante subía las caderas, Errol embestía el culo con embestidas largas y salvajes. Alternaban ritmos: uno rápido, el otro lento; los dos a la vez hasta que Hana gritaba. Dante le agarró las tetas y le pellizcó los pezones. Errol le dio una nalgada fuerte, el sonido húmedo resonando, y luego otra.

—Qué puta tan buena eres —le soltó Errol al oído—. Te estamos reventando y lo pides más.

—Sí… folladme más duro… llenadme —contestó ella, la cara contra el pecho de Dante, besándolo con lengua mientras el otro le martilleaba el culo.

Las nalgas de Hana rebotaban. El sonido de piel contra piel, de pollas entrando y saliendo de sus agujeros mojados, llenaba la habitación. Ella se corrió primero, un orgasmo violento que le contrajo el coño y el culo alrededor de las dos pollas, obligándolos a gemir. Dante no aguantó: se corrió dentro de su coño con un gruñido profundo, chorros calientes llenándola. Errol embistió tres veces más y se vació en su culo, apretándole las caderas con fuerza mientras le soltaba todo el semen.

Los tres se derrumbaron. Hana quedó en medio, temblando, el semen de ambos escapándosele por los muslos. Besó a Dante con ternura, luego a Errol, saboreando la sal y el sexo.

—Esta noche… es el mejor regalo de despedida que podía pediros —susurró, la voz suave por primera vez—. Me voy sabiendo que me habéis follado completa.

Se levantaron tambaleándose y entraron en la ducha juntos. El agua caliente les corría por los cuerpos. Se enjabonaron entre risas bajas y caricias: las manos de Dante limpiándole el coño con cuidado, los dedos de Errol pasando por su culo todavía sensible, ella masturbándolos a medias solo para sentirlos duros otra vez bajo el agua. Se besaron los tres bajo el chorro, lentos, poseyéndose todavía con la boca.

Cuando volvieron a la cama, húmedos y olorosos a jabón y sexo, Hana se metió entre los dos. Dante le rodeó la cintura. Errol le besó el hombro. Ella cerró los ojos sintiendo todavía el pulso de las dos pollas dentro, el semen secándosele en la piel, la marca de las nalgadas. Sabía que se llevaría grabada esa sensación… pero el calor de sus cuerpos contra el suyo no la dejaba del todo en paz. Algo más tiraba de ella, una necesidad que no se había apagado del todo con el orgasmo. Mañana se iba. Esta noche todavía no había terminado.En la casa de la playa el calor del verano se pegaba a la piel como una segunda capa. Las ventanas abiertas dejaban entrar el olor a salitre y a madera caliente; el ventilador de techo giraba perezoso sin aliviar casi nada. Hana, veintiocho años, estaba sentada en el sofá grande con las piernas recogidas. A su derecha, Dante, su novio de treinta. A su izquierda, Errol, el mejor amigo de Dante, veintinueve. Mañana ella cogía un avión y se mudaba a otro país. Esta era la última noche.

Nadie había bebido. Estaban sobrios, sudados, y la tensión sexual se palpitaba en el aire espeso. Hana miró a los dos sin rodeos.

—Siempre lo he fantaseado —dijo con voz clara, casi desafiante—. Los dos a la vez. Quiero que me folléis esta noche. Que me reventéis el coño y el culo antes de irme. No quiero quedarme con las ganas.

Dante le agarró la mandíbula y la besó con hambre. Errol no esperó: le subió la camiseta y le apretó un pecho por encima del sujetador, el pulgar rozando el pezón ya duro. Hana gimió dentro de la boca de su novio y alargó una mano hacia la entrepierna de Errol, notando la polla creciendo bajo el pantalón corto.

—Joder, Hana… —murmuró Errol—. Llevo años imaginándome esto.

La escalada fue rápida y sucia. En el sofá, Hana besaba a Dante con lengua mientras Errol le sacaba las tetas y se las chupaba, lamiendo y mordisqueando los pezones hasta dejarlos hinchados y rojos. Ella se retorcía, el coño empapado empapándole la braga. Se arrodilló en la alfombra sin que nadie se lo pidiera. Les bajó los pantalones a los dos. La polla de Dante salió gruesa, venosa, ya goteando; la de Errol un poco más larga, la cabeza morada y brillante. Hana no dudó. Se la metió a Dante hasta la garganta, la nariz contra el vello púbico, mientras con la mano derecha bombeaba la de Errol. Saliva le corría por la barbilla y le caía entre las tetas. Sacó la polla de Dante con un sonido obsceno y se pasó a Errol, chupando fuerte, lamiendo desde las pelotas hasta la punta, mirándolos a los dos con los ojos entrecerrados.

—Qué puta más hambrienta —gruñó Dante, agarrándole el pelo.

Ella alternaba sin parar: una mamada profunda a uno, una lengüetada lenta al otro, las dos manos trabajando al mismo tiempo, los dedos apretando las bases. Los gemidos de ellos llenaban la sala. Cuando Errol le embistió la boca un par de veces y Dante le dijo al oído “te vamos a follar ya”, se levantaron y la llevaron al dormitorio casi a empujones.

La cama crujió. Hana quedó de espaldas. Dante se colocó entre sus piernas, le abrió los labios del coño con los dedos y se la clavó de una embestida hasta el fondo. Ella gritó. Errol se arrodilló junto a su cara y le metió la polla en la boca. La follaban así: Dante en misionero, caderas potentes golpeándole el clítoris, Errol follándole la garganta con ritmo profundo. Hana se ahogaba de placer, babeaba, se agarraba a los muslos de ambos.

—Las dos… quiero las dos ahora —rogó cuando Errol le sacó la polla un segundo.

La pusieron a cuatro patas. Dante se tumbó debajo; ella se sentó en su polla de un golpe seco, el coño tragándosela entera. Errol se arrodilló detrás, escupió en el culo de Hana, le metió primero un dedo, luego dos, abriéndola mientras ella se movía sobre Dante.

—Métela, Errol. Dámela entera —exigió ella, la voz rota.

La cabeza de la polla de Errol empujó contra su ano. Hana contuvo el aliento y empujó hacia atrás. Entró centímetro a centímetro, el ardor mezclado con el placer brutal de tener ambos agujeros llenos. Cuando estuvo enterrada del todo, los tres se quedaron quietos un segundo, sudando, jadeando.

Luego empezaron a moverse de verdad. Dante subía las caderas, Errol embestía el culo con embestidas largas y salvajes. Alternaban ritmos: uno rápido, el otro lento; los dos a la vez hasta que Hana gritaba. Dante le pellizcaba los pezones. Errol le daba nalgadas fuertes, el sonido húmedo resonando, y le soltaba palabras sucias al oído.

—Mírate, llena de polla por los dos lados. Eres nuestra puta esta noche.

—Sí… folladme más duro… llenadme el coño y el culo —contestaba ella, besando a Dante con lengua mientras el otro le martilleaba el culo.

Las nalgas de Hana rebotaban. El sonido de piel contra piel, de pollas entrando y saliendo de sus agujeros empapados, llenaba la habitación. Ella se corrió primero, un orgasmo violento que le contrajo el coño y el culo alrededor de las dos vergas. Dante no aguantó: se vació dentro de su coño con un gruñido profundo. Errol embistió tres veces más y se corrió en su culo, apretándole las caderas mientras le soltaba todo el semen caliente.

Los tres se derrumbaron. Hana quedó en medio, temblando, el semen de ambos escapándosele por los muslos y el culo. Besó a Dante con ternura, luego a Errol, saboreando la sal y el sexo.

—Esta noche ha sido el mejor regalo de despedida —susurró, la voz suave—. Me voy sabiendo que me habéis follado completa.

Se levantaron tambaleándose y entraron en la ducha juntos. El agua caliente les corría por los cuerpos. Se enjabonaron entre risas bajas y caricias: las manos de Dante limpiándole el coño con cuidado, los dedos de Errol pasando por su culo todavía sensible y abierto, ella masturbándolos a medias solo para sentirlos endurecerse otra vez bajo el chorro. Se besaron los tres lentos, posesivos, el agua arrastrando el semen y el sudor.

Cuando volvieron a la cama, húmedos y olorosos a jabón y sexo, Hana se metió entre los dos. Dante le rodeó la cintura. Errol le besó el hombro y le mordisqueó la nuca. Ella cerró los ojos sintiendo todavía el pulso fantasma de las dos pollas dentro, el semen secándosele en la piel, la marca de las nalgadas ardiendo. Sabía que se llevaría grabada esa sensación… pero el calor de sus cuerpos contra el suyo no la dejaba del todo en paz. Algo más tiraba de ella, una necesidad que no se había apagado con el orgasmo. Mañana se iba. Esta noche todavía no había terminado del todo.

Hana se removió entre los dos cuerpos calientes. La noche no había terminado; lo sentía en el coño todavía abierto, en el culo que latía con el recuerdo de la polla de Errol, en la necesidad que le subía otra vez por la espalda como un calor nuevo. Extendió una mano hacia atrás y encontró la verga de Errol, ya a medio endurecer. Con la otra rodeó la de Dante, gruesa y pesada contra su muslo. Los acarició despacio, sintiendo cómo crecían bajo sus dedos.

—Otra vez —susurró contra el pecho de Dante—. Quiero que me la metáis otra vez. Las dos. Más profundo. Hasta que no pueda caminar mañana al aeropuerto.

Dante gruñó y le capturó la boca, lengua gruesa y posesiva. Errol se pegó a su espalda, le mordió el hombro y le abrió las nalgas con las manos, el pulgar rozándole el ano todavía sensible y resbaladizo de jabón y semen anterior.

—Estás hecha un desastre precioso —murmuró Errol al oído—. Vas a chorrear otra vez de los dos agujeros.

La giraron. Hana quedó a cuatro patas otra vez, pero esta vez Dante se arrodilló delante y le ofreció la polla ya dura, venosa, la cabeza goteando. Ella la engulló sin dudar, salivando, empujando hasta que le llenó la garganta y las lágrimas le picanron los ojos. Errol se colocó detrás, escupió una vez más en su culo y empujó. La cabeza abrió el anillo apretado; Hana gimió alrededor de la polla de Dante mientras centímetro a centímetro Errol se la enterraba otra vez. El ardor era delicioso, familiar ya, y cuando estuvo hondo del todo se quedó quieto solo un segundo antes de empezar a embestir.

Dante le agarró el pelo y le folló la boca al mismo ritmo. Hana babeaba, se atragantaba, el coño chorreando vacío y pidiendo. Se metió dos dedos ella misma, frotándose el clítoris con rabia.

—Sácame la polla y súbete —ordenó Dante con voz ronca.

Se tumbaron de lado. Dante se metió en su coño de un solo empuje mientras Errol seguía en el culo. Ahora las dos pollas estaban dentro otra vez, separadas solo por esa pared delgada que latía. Hana gritó, la cabeza echada hacia atrás contra el hombro de Errol. Se movían en contratiempo: cuando Dante entraba, Errol salía casi del todo; luego los dos a la vez, embistiendo profundo, llenándola hasta que el aire le faltaba.

—Joder, se sienten… las dos… tan grandes —jadeó ella—. Más fuerte. Reventadme.

Errol le sujetó una teta y le pellizcó el pezón hasta que le dolió rico. Dante le frotaba el clítoris con el pulgar cada vez que embestía. El sonido era obsceno: carne húmeda chocando, gemidos roncos, la cama crujiendo como si fuera a romperse. Hana se corrió de nuevo, un orgasmo que le subió desde el culo y el coño a la vez, contrayéndose alrededor de las dos vergas con fuerza brutal. Dante maldijo y aceleró; Errol le dio una nalgada sonora y le mordió el cuello.

No pararon. La pusieron encima de Dante otra vez, cabalgándolo de frente. Errol se arrodilló detrás y volvió a entrar en su culo. Ahora ella controlaba un poco el ritmo, subiendo y bajando, empujando el culo hacia Errol cada vez que bajaba sobre la polla de su novio. Las tetas le rebotaban. Sudor le corría entre los pechos, por la espalda, hasta el punto donde las dos pollas la abrían. Se miró en el espejo del armario: la cara sonrojada, la boca abierta, los ojos vidriosos de puta saciada y aún hambrienta.

—Mirad cómo me folláis —dijo con voz rota—. Las dos dentro… me voy a ir del país con el coño y el culo rotos de vosotros.

Dante le subió las caderas y embistió hacia arriba con fuerza. Errol aceleró, embestidas cortas y brutales que le hacían ver estrellas. Hana se corrió otra vez, más fuerte, el orgasmo sacudiéndole las piernas hasta que casi se derrumbó. Dante no aguantó: se vació dentro de su coño con un gruñido largo, chorros calientes que ella sintió latiendo. Errol la siguió segundos después, clavándose hasta las pelotas y llenándole el culo otra vez, el semen caliente saliéndole por los bordes mientras él gemía contra su nuca.

Se quedaron así, unidos, temblando. Cuando por fin salieron de ella, el semen de ambos le resbaló por los muslos internos, mezclado, espeso. Hana se dejó caer de lado, respirando entrecortada, el cuerpo marcado de manos y nalgadas, los agujeros abiertos y goteando.

Dante le besó la frente, luego la boca, lento. Errol le pasó la mano por el costado, subiendo hasta una teta, acariciándola sin prisa.

—Te vamos a echar de menos —dijo Dante en voz baja.

—Ya lo sé —contestó Hana, la voz ronca de tanto gritar y chupar—. Pero esta noche me la llevo entera. Cada embestida. Cada gota.

Permanecieron en silencio un rato, solo el ventilador y las olas lejanas. El calor seguía pegajoso. Hana cerró los ojos y sintió los cuerpos a ambos lados, el pulso todavía acelerado, el olor a sexo y jabón y salitre. Estaba llena. Estaba completa. Y al mismo tiempo sabía que el reloj seguía corriendo hacia la mañana.

Errol fue el primero en moverse. Se incorporó despacio, se pasó una mano por la cara y buscó la ropa en el suelo. Se puso los pantalones cortos, la camiseta. No había prisa ni rabia en sus gestos; solo esa quietud de alguien que ha tomado lo que necesitaba y ahora se va.

—Me voy a mi habitación —dijo con naturalidad, mirándolos a los dos—. Descansen. Mañana es un día largo.

Se acercó un segundo, le besó a Hana en la sien, le apretó el hombro a Dante, y salió del dormitorio. La puerta se cerró con un clic suave. Sus pasos se alejaron por el pasillo de madera hasta perderse.

Hana se acurrucó contra Dante. Él la rodeó con un brazo. Afuera el mar seguía, indiferente. Dentro, el semen se enfriaba en su piel y la noche, por fin, empezaba a apagarse.

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