Reencuentro ardiente bajo las estrellas

Después de quince años, la arquitecta de 32 años Marisol se masturba y se deja follar con ganas por Omar en un mirador público bajo las estrellas, exponiéndose sin pud

9 min read September 13, 2026New

Quince años. Quince malditos años sin verlo y, de pronto, allí estaba Omar en aquella terraza abarrotada de la fiesta de antiguos compañeros, con la misma sonrisa torcida y esos ojos oscuros que siempre me desnudaban sin permiso. Yo, Marisol, arquitecta de treinta y dos años, con mi estudio propio y mis planos ganadores, me sentía otra vez la chica del instituto que se corría en silencio pensando en él. Él tenía treinta y cuatro, fotógrafo freelance, la cámara colgada al hombro como una extensión de su cuerpo. Nos saludamos, hablamos de tonterías, y la tensión se fue espesando entre copas hasta que me inclinó y susurró: «Salgamos. Hay un mirador arriba. Nadie sube de noche».

Subimos el sendero de tierra entre risas nerviosas. El cielo estaba negro y cuajado de estrellas. El mirador era una plataforma de piedra con una barandilla baja que daba al precipicio; abajo, lejos, se veían las luces de la ciudad y el camino que serpenteaba. Me senté en la barandilla, las piernas colgando, el vestido corto negro subiendo por los muslos. Omar se plantó frente a mí y no habló. Solo miró. Esa mirada hambrienta recorrió mi escote, la tela ceñida sobre las tetas, el trozo de piel que dejaban mis muslos abiertos a medias. Me mojé al instante. Sentí el calor subirme por el coño y decidí provocarlo. Abrí las piernas del todo, despacio, deliberada, y el vestido se subió solo hasta dejar ver la braga negra.

—Mírame —le dije, confesándomelo a mí misma en voz alta—. Me pones tan cachonda solo con los ojos que quiero que veas lo que me haces.

Omar tragó saliva. Su polla ya marcaba el pantalón.

—Marisol… estás preciosa. Y expuesta. Cualquiera puede subir.

—Que suban —respondí, y me subí el vestido hasta la cintura. Me corrí la braga a un lado y metí dos dedos entre los labios hinchados. Estaba empapada. Me acaricié el clítoris en círculos lentos mientras lo miraba a los ojos—. Quiero que me mires mientras me toco. Quiero que saques esa cámara y me fotografíes. Con mi permiso. Ahora.

Él no dudó. Sacó la réflex profesional, ajustó el objetivo bajo la luz de las estrellas y el flash débil de la luna. El clic del obturador me atravesó la espalda como un escalofrío. Cada foto era una confesión: mis dedos brillantes de jugos, el coño abierto, las tetas casi saliéndose del escote cuando me arqueé.

—Así… más —ordené, voz ronca—. Enfoca mi coño. Quiero que quede claro lo mojada que estoy por ti después de quince años.

Disparó otra vez. Y otra. El riesgo me volvía loca: el sendero crujía con el viento, y cualquier pareja borracha podía aparecer de un momento a otro. Me arrodillé en la piedra fría delante de él, le abrí la cremallera y saqué su polla gruesa, caliente, ya goteando.

—Fóllame la boca —supliqué, mirándolo desde abajo—. Aquí, bajo las estrellas. Que me llenen la garganta. Si alguien viene, que nos vea.

Omar agarró mi pelo y empujó. Su polla me llenó la boca de un solo golpe. Chupé con ganas, saliva cayéndome por la barbilla, gemidos ahogados contra su glande. Él fotografiaba con una mano mientras la otra me guiaba la cabeza. El sabor salado, el olor a hombre, la idea de que el flash pudiera delatarnos… me froté el coño con la mano libre, empapándome los dedos.

Cuando no pude más, me levanté, me giré y me incliné sobre la barandilla, de espaldas al precipicio. El viento frío me rozó el culo desnudo.

—Métela. Duro. Ahora.

Omar apartó la cámara un segundo, me agarró las caderas y me penetró de un embiste seco y profundo. Grité. Su polla me abrió hasta el fondo, estirándome, follándome con embestidas potentes que hacían golpear mis tetas contra la barandilla. Cada embite resonaba en la noche.

—Más fuerte… que nos oigan abajo si quieren —jadeé.

Me folló sin piedad, las manos clavadas en mi culo, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño resonando bajo las estrellas. Luego me giré, salte a horcajadas sobre él cuando se sentó en el borde de la plataforma. Me sujeté de su cuello, hundí su polla otra vez dentro y empecé a cabalgarlo con movimientos salvajes, subiendo y bajando, el culo golpeándole los muslos, mis tetas liberadas del escote rebotando frente a su cara. Gemíamos sin control, ruidos sucios, nombres, tacos.

—Alguien… en el camino… podría vernos perfectamente —dijo él entre dientes, agarrándome las caderas para clavarme más hondo.

—Que nos vean —grité yo, cabalgándolo más rápido, el clítoris rozándole el pubis en cada bajada—. Quiero que me vean follada, llena de ti.

La excitación me subió como una ola. Omar me bajó de golpe, me puso de rodillas otra vez sobre la piedra y se sacó la polla, masturbándose frente a mis tetas expuestas.

—Ábrelas —ordenó.

Las juntas con las manos. Él se corrió con un gemido largo, chorros calientes y abundantes salpicándome las tetas, el escote, incluso la barbilla. El semen me resbalaba entre los pechos mientras yo me metía tres dedos en el coño y me masturbaba con furia, mirándolo, oliendo su corrida. Me corrí gritando, las piernas temblando, el orgasmo sacudiéndome el vientre entero, el eco de mi voz perdiéndose hacia el precipicio.

Todavía temblando, me limpié las tetas con los dedos y me los llevé a la boca, lamiendo su semen despacio, mirándolo a los ojos con una sonrisa traviesa.

—Sabe a quince años de ganas acumuladas —susurré.

Omar se rió bajo, todavía con la polla medio dura, y me ayudó a bajar el vestido. Empezamos a vestirnos entre risas sofocadas, él recogiendo la cámara, yo acomodándome las bragas empapadas. El sendero crujió de nuevo, más claro esta vez: pasos. Nos miramos. No habíamos terminado. Ni de lejos. La noche todavía tenía estrellas de sobra y yo todavía tenía el coño latiendo, lista para lo que viniera después.

Todavía temblando, con el semen de Omar secándoseme entre los pechos y el sabor salado pegado a la lengua, oí los pasos otra vez. Más cerca. El crujido de gravilla y hojas secas subiendo por el sendero. Omar y yo nos miramos a medias vestidos, él con la polla todavía brillante y medio dura colgando del pantalón abierto, yo con el vestido arrugado en la cintura y las bragas empapadas torcidas a un lado. El coño me latía, abierto, resbaladizo, exigiéndome más.

—Que suban —susurré, confesándomelo en voz alta mientras me acercaba a él otra vez—. Quince años esperando esto y no voy a parar porque un par de borrachos se pierdan. Quiero que me vean si hace falta. Quiero que me folles otra vez aquí, ahora, con la ciudad mirándonos desde abajo.

Omar no discutió. Su mirada se oscureció de hambre pura. Me agarró por la cintura, me hizo girar y me empujó de nuevo contra la barandilla baja. El viento frío me golpeó el culo desnudo y las tetas todavía pringosas. Él se arrodilló detrás de mí un segundo, me abrió los labios hinchados con los dedos y me lamió el coño de un solo trazo largo, sucio, desde el clítoris hasta el agujero. Gemí alto, sin cuidado. La lengua se me clavó dentro, saboreando lo que él mismo había dejado y lo mío mezclado. Me empapó más. Me abrí de piernas sobre la piedra fría, arqueando la espalda para ofrecerle todo.

—Así… lámelo mientras alguien puede aparecer —jadeé—. Quiero que sepa a mí y a ti a la vez.

Disparó un par de fotos más con la cámara en una mano, el flash débil iluminando mi coño abierto, la saliva brillando, el culo en alto. Luego se puso de pie, se frotó la polla ya dura otra vez contra mi entrada y me penetró de un solo embiste brutal. Grité. Me llenó hasta el fondo, estirándome de nuevo, más gruesa, más exigente. Empezó a follarme con embestidas largas y profundas que hacían golpear mis caderas contra la barandilla. Cada estocada sonaba húmeda, obscena, bajo las estrellas. Mis tetas rebotaban, el semen seco tirándome de la piel. Me sujeté fuerte, mirando al precipicio y a las luces lejanas, imaginando que alguien abajo podía oír mis gemidos y levantar la vista.

—Más duro, Omar… fóllame como si no hubiera pasado ni un puto día —pedí, la voz rota—. Quiero correrme otra vez con tu polla dentro, aquí, expuesta. Que el que suba nos pille así.

Él aceleró. Las manos me aplastaron las nalgas, abriéndome para meterse más hondo. Sentía cada vena, cada pulso. El riesgo me volvía loca: los pasos se habían callado un momento, como si la gente se hubiera detenido a escuchar, o tal vez a mirar desde la oscuridad del sendero. Me masturbé el clítoris con dos dedos frenéticos mientras él me embestía. El orgasmo me subió rápido, violento. Me corrí apretándolo, contrayéndome a su alrededor, gritando su nombre y tacos sucios que se perdieron hacia el abismo. Él no paró. Me sacó, me giró, me sentó a horcajadas otra vez sobre él en el borde de la plataforma. Me hundí sola sobre su polla, cabalgándolo salvaje, el culo golpeándole los muslos, las tetas en su cara. Él me las chupó, lamiendo su propio semen de mi piel mientras yo subía y bajaba sin control.

—Mírame —le ordené, mirándolo a los ojos, confesando cada segundo—. Estoy follándote después de quince años en un mirador público. Cualquiera puede vernos. Y me encanta. Sácame más fotos. Quiero el recuerdo de mi cara cuando te corras otra vez dentro.

Omar agarró la cámara, disparó a quemarropa: mi cara sudada, la boca abierta, el pecho manchado, su polla desapareciendo dentro de mí. Luego la dejó a un lado, me agarró la cintura y me clavó más fuerte desde abajo. Yo cabalgaba como poseída, el clítoris rozándole el pubis en cada bajada, el placer construyéndose otra vez. Hablábamos sucio, sin freno:

—Tu coño me está ordeñando… tan puta y tan preciosa expuesta así.

—Lléname… córrete dentro, quiero sentirlo gotear mientras nos miran.

Los pasos volvieron, más claros, más cerca. Voces lejanas, risas. No nos detuvimos. Omar me levantó, me puso de rodillas otra vez sobre la piedra fría, me hizo abrir la boca y me folló la garganta unos segundos, profundo, saliva cayéndome por la barbilla y el cuello. Luego me tiró de espaldas sobre la plataforma, me abrió las piernas en V y me penetró de nuevo mirándome a la cara. Embistió sin piedad, el sonido de piel contra piel llenando la noche. Me toqué las tetas, le ofrecí los pezones, me arqueé. El segundo orgasmo me rompió: me corrí gritando, las piernas temblando alrededor de su cintura, el coño exprimiéndolo. Él gruñó, se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de mí con chorros calientes y abundantes que me llenaron el vientre. Lo sentí pulsar, derramarse, inundarme. Me lo dejó todo, profundo, mientras yo lo apretaba y gemía su nombre.

Nos quedamos así un momento, unidos, jadeando bajo las estrellas. Su polla todavía dentro, el semen empezando a escapárseme por los muslos cuando se movió. Me besó la boca, lento, sucio, saboreándonos. Me ayudó a incorporarme. El vestido todavía subido, las bragas olvidadas a un lado, su corrida resbalándome tibia por la pierna interior mientras intentábamos recomponernos entre risas sofocadas y caricias. Él recogía la cámara, yo me pasaba los dedos por el coño para recoger un poco de semen y llevármelo a la boca otra vez, lamiendo, mirándolo.

—Sabe mejor la segunda vez —susurré, confesando la verdad cruda—. Y todavía no he tenido suficiente. Quince años… y esta noche solo es el principio.

Omar se rió bajo, se abrochó a medias el pantalón, me bajó el vestido un poco. El calor de lo que habíamos hecho todavía me quemaba entre las piernas, el coño latiente, lleno, listo. Estábamos medio vestidos, el aire olía a sexo y a noche, cuando el crujido del sendero se volvió de golpe nítido y cercano. Voces claras ahora: un hombre y una mujer riendo, hablando de “el mirador ese de las fotos”. Linternas de móvil barriendo la oscuridad a pocos metros. Omar y yo nos quedamos helados un segundo, su semen todavía goteándome por el muslo, mi vestido a medio bajar, su cremallera abierta. Las luces se acercaban. No había tiempo de esconder nada del todo.

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