Dare que Desató el Deseo por su Madrastra
Diego se folla a su madrastra Harriet después de un juego de verdad o reto.
Diego dejó la maleta en el hall de mármol y sintió de inmediato el perfume de ella flotando en el aire acondicionado de la casa. Harriet apareció por el pasillo con una bata de seda corta que apenas le cubría los muslos y se abrió un poco al caminar, dejando ver el escote generoso de unos pechos pesados y firmos que llevaban años atormentándolo. Tenía cuarenta y un años, el cuerpo voluptuoso de quien se cuida y se sabe deseada, labios pintados de un rojo oscuro y esa sonrisa perezosa que usaba solo cuando el padre de Diego no estaba.
—Cariño… por fin —murmuró, acercándose y rodeándole el cuello con los brazos todavía húmedos de la ducha—. Te he echado de menos estos meses.
Diego, veintidós años, hombros anchos de gimnasio universitario y la sangre ya caliente, la abrazó con cuidado de no apretar demasiado. Su polla, traidora, se endureció contra la tela fina de la bata. Sabía que desear a su madrastra era lo más prohibido del mundo. Llevaba casada con su padre desde que él tenía quince. Y aun así, cuando ella se separó un poco y le miró la entrepierna sin disimulo, él no apartó la vista de la curva de su culo al girarse.
—Papá llega el viernes, ¿verdad? —preguntó con la voz más grave de lo normal.
—Negocios en Singapur. Toda la semana —respondió Harriet, paseándose descalza hacia la cocina. La bata se pegaba a las nalgas redondas. Diego la siguió devorándola con los ojos, imaginando cómo se abrirían esas piernas, cómo gemiría si se la follara contra la isla de mármol.
Cenaron en el comedor amplio, luces bajas, una botella de tinto casi vacía. Harriet se había cambiado a un camisón negro de tirantes finos que marcaba los pezones duros. Cada vez que se inclinaba a servirle más vino, Diego veía el valle profundo entre sus tetas y se le hacía agua la boca.
—Juguemos a algo —dijo ella de pronto, lamiéndose una gota de vino del labio inferior—. Verdad o reto. Como cuando eras más joven… pero adultos. ¿Te atreves?
Diego sonrió torcido, el alcohol y la tensión acumulada haciendo cosquillas en la base de la polla.
—Verdad.
—¿Te has corrido alguna vez pensando en mí?
El silencio se densificó. Él tragó saliva.
—Sí. Muchas veces. En la ducha de la residencia, en la cama… me la jalo imaginando tu boca, tus tetas, tu coño. Es una mierda de secreto, Harriet. Eres la mujer de mi padre.
Ella no se inmutó. Al contrario: sus pupilas se dilataron y se pasó la lengua por los dientes.
—Mi turno. Verdad —pidió ella.
—¿Cuánto tiempo llevas fantaseando con que te folle?
Harriet soltó una risa baja, casi un gemido.
—Desde que volviste el verano pasado con esos brazos y esa mirada de querer comerme. Me toco por las noches cuando tu padre ronca. Me meto los dedos y me corro diciendo tu nombre en voz baja. Quiero tu polla, Diego. Quiero que me uses.
El límite se rompió ahí. Ella se levantó, rodeó la mesa y se plantó entre sus piernas. Diego la agarró de la cintura y la atrajo. La besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando labios, manos subiendo bajo el camisón hasta apretar esas nalgas desnudas. Harriet jadeó en su boca y frotó su coño ya mojado contra el muslo de él.
—Hazlo —susurró ella—. Fóllame. Ahora. Mientras podamos.
Lo llevó al salón sin soltarle la mano. Allí, frente al sofá grande de cuero, Harriet se arrodilló. Le abrió el pantalón con dedos temblorosos de ganas, sacó la polla gruesa y dura y la miró un segundo con lujuria pura antes de abrir la boca y engullirla. La mamada fue profunda y babosa desde el primer segundo: lengua plana debajo, garganta relajada, saliva corriendo por las bolas mientras lo miraba fijamente a los ojos. Diego gruñó, le agarró el pelo castaño y embistió suave al principio, luego más hondo, viendo cómo se le hinchaban las mejillas y cómo le brillaban los ojos de deseo.
—Joder, madrastra… te la comes entera —masculló, y ella gorgoteó alrededor de su carne, chupando con fuerza al subir, dejando hilos de saliva brillantes.
Cuando estuvo a punto de corrérsele en la boca, la levantó de un tirón. La empujó contra la pared del salón, le alzó el camisón hasta la cintura y le separó las piernas. El coño de Harriet estaba afeitado, hinchado, chorreando. Diego alineó la polla y entró de una embestida brutal, hasta el fondo. Ella gritó un “sí” roto y se aferró a sus hombros. La folló de pie, embestidas duras y profundas que hacían golpear el culo de ella contra la pared, tetas rebotando fuera del escote. Harriet le mordió el cuello y le habló al oído entre gemidos:
—Más fuerte… rómpeme el coño, Diego… es tuyo esta noche… ah, joder, qué gruesa la tienes…
Él la sujetó de los muslos, la levantó del todo y la embistió sin piedad, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba la casa vacía. Cuando las piernas de ella temblaron, la cargó hasta el sofá y la puso en cuatro. Harriet arqueó la espalda, ofreciéndole el culo redondo y el coño goteante. Diego le dio una nalgada seca que dejó la marca roja, luego otra, y ella gimió de gusto.
—Azótame… tire del pelo… fóllame como si me odiaras por lo mucho que te pongo.
Él le agarró la melena con una mano, le hundió la cara un poco en el cojín y la penetró de nuevo por detrás con fuerza salvaje. Cada embestida hacía temblar la carne de sus nalgas. Alternaba: sacaba la polla casi entera, se la metía de un golpe hasta rozarle el fondo, y de vez en cuando sacaba, le escupía en el culo y le metía dos dedos en el agujero apretado mientras la follaba el coño con la otra mano o de nuevo con la polla. Harriet gritaba y pedía más, empapando el cuero del sofá, empujando hacia atrás para que se la metiera más hondo.
—Los dedos en el culo… sí, así… me voy a correr, Diego… no pares…
Él le azotó el culo otra vez, le tiró del pelo hasta hacerle arquear el cuello y aceleró las embestidas. El coño de ella se agitó en espasmos violentos; se corrió gritando su nombre, chorreando alrededor de la polla. Diego la siguió segundos después, enterrándose hasta las bolas y llenándola de semen caliente a chorros, gruñendo como un animal.
Cayeron exhaustos y sudorosos sobre el sofá, todavía unidos, jadeando. El camisón de Harriet estaba hecho un desastre, pegado al pecho. Ella temblaba de placer residual, el culo marcado de manos y el coño goteando mezcla de ambos. Se giró lo justo para mirarlo a los ojos, labios hinchados, voz ronca:
—Esto solo ha comenzado, mi amor. Cada vez que tu padre se vaya… te voy a buscar. Quiero que me folles en su cama, en la ducha, en el coche. Quiero chupártela bajo la mesa en Navidad si hace falta. Nadie puede saberlo. Nadie.
Diego le acarició el culo todavía caliente de las nalgadas y sintió cómo la polla, todavía dentro de ella, daba un latido nuevo. La casa era enorme, silenciosa, llena de rincones. El padre no volvería hasta el viernes. Tenían días enteros. Y aun así, la idea de los momentos robados después —las miradas en la cena familiar, las manos bajo la mesa, el riesgo de que alguien sospechara— le calentaba la sangre otra vez.
Harriet le besó la mandíbula y susurró contra su piel, sellando el pacto con la lengua:
—La próxima vez quiero que me des por el culo. Despacio primero… y luego sin piedad. ¿Me lo vas a dar, Diego?
Él la apretó contra sí, ya imaginando cómo se la iba a coger mañana por la mañana en la cocina, con el riesgo de que el jardinero apareciera, y cómo tendría que morderse el puño para no gritar cuando ella se arrodillara otra vez.
—Te lo voy a dar todo —prometió—. Cada agujero. Cada noche que podamos.
Fuera, la ciudad seguía su ritmo. Dentro, el deseo prohibido apenas acababa de despertar, hambriento, y ya planeaba la siguiente embestida.
Diego la apretó más contra su pecho todavía sudoroso, la polla latía dentro del coño resbaladizo de Harriet y empezaba a endurecerse de nuevo con solo oírla pedir el culo. Ella se movió un poco, un gemido bajo saliéndole de la garganta cuando sintió cómo crecía otra vez entre sus paredes hinchadas.
—Todavía no he terminado contigo —murmuró él contra su oreja, mordisqueándole el lóbulo—. Me dijiste que quieres que te lo meta por detrás. Ahora. Aquí. Antes de que se nos pase el momento.
Harriet se rio con voz ronca, pero ya estaba empujando las caderas hacia atrás, ofreciéndose. Se separó con un chasquido húmedo, el semen de Diego resbalándole por el muslo interno mientras se giraba del todo en el sofá de cuero. Se arrodilló de nuevo en cuatro, pero esta vez abrió las nalgas con las dos manos, mostrando el agujero rosado y apretado que parpadeaba con cada respiración.
—Lénate la polla con mi coño primero —ordenó ella, mirándolo por encima del hombro con los ojos entrecerrados—. Úsame para lubricarte. Quiero sentirte entrar despacio… y después que me destroces.
Diego no necesitó que se lo repitiera. Se arrodilló detrás de ella, agarró la base de su polla todavía brillante de jugos y semen, y la hundió de un golpe en el coño empapado. Harriet gritó, el sonido ahogado contra el cojín. Él embistió tres, cuatro veces con fuerza brutal, salpicando el cuero, sintiendo cómo el calor de ella lo envolvía otra vez. Luego se sacó por completo, alineó la cabeza hinchada contra el agujero más estrecho y empujó.
La resistencia fue inmediata, caliente, casi dolorosa. Harriet jadeó fuerte, los dedos clavándose en el sofá.
—Joder… despacio, Diego… ah, sí, así… ábreme…
Él escupió sobre el punto de unión, frotó la saliva con el pulgar y volvió a empujar. La cabeza se abrió paso centímetro a centímetro. El anillo de músculo se estiró alrededor de él, tragándolo con una lentitud tortuosa que le hizo gruñir por lo bajo. Cuando por fin la corona desapareció dentro, Harriet soltó un gemido largo, casi un llanto de placer.
—Estás… tan jodidamente apretada —masculló él, las manos abriéndole las nalgas para ver cómo su polla se hundía en ese culo prohibido—. Mira cómo me lo comes. La madrastra de mierda que se deja follar el culo por el hijo de su marido.
—Más… métela entera —rogó ella, empujando hacia atrás—. Quiero sentir las bolas contra mí. Rómpeme.
Diego obedeció. Empujó hasta el fondo en una embestida lenta y profunda que le arrancó un grito a Harriet. Se quedó quieto un segundo, dejando que ella se acostumbrara, sintiendo las contracciones irregulares alrededor de su carne. Luego empezó a moverse. Primero sacadas cortas, luego más largas, cada una haciendo que el culo de ella se abriera y se cerrara con un sonido obsceno y húmedo. El semen que todavía le goteaba del coño le servía de lubricante extra; resbalaba hacia abajo y le untaba las bolas.
La casa entera olía a sexo: a sudor, a vino derramado, a coño usado. Diego le agarró la cadera con una mano y con la otra le rodeó el torso para apretarle una teta pesada, pellizcándole el pezón duro hasta hacerla gritar.
—Te lo estoy metiendo entero, Harriet. Toda la polla en tu culo. ¿Así lo querías cuando te tocabas pensando en mí?
—Sí… joder, sí… más fuerte ahora —gimió ella, la voz rota—. Azótame mientras me lo das. Quiero que me duela mañana cuando me siente a desayunar contigo como si nada.
La palma de Diego cayó seca sobre la nalga derecha. El sonido resonó. Otra vez. La carne tembló y se puso roja al instante. Harriet empujaba hacia atrás con cada embestida, pidiendo más, el coño goteando un hilo transparente hasta el sofá. Él aceleró el ritmo, embistiendo ahora con fuerza real, el golpe de piel contra piel llenando el salón. Cada vez que se hundía hasta las bolas, ella soltaba un gemido gutural que le subía por la espina.
Sacó la polla casi del todo, solo la cabeza dentro, y se la volvió a clavar de un solo empujón brutal. Harriet se corrió así, sin que nadie le tocara el clítoris: el orgasmo le llegó desde el culo, un espasmo violento que le cerró el agujero alrededor de Diego como un puño. Gritó su nombre, temblando, las rodillas fallándole. Él la sostuvo por la cintura y siguió follándola a través del clímax, sin piedad, sintiendo cómo las contracciones lo llevaban al borde.
—No te corras todavía —jadeó ella cuando pudo hablar—. Sácala… quiero chupártela sucia. Quiero saborear mi culo en tu polla.
Diego se retiró con un gemido. La polla salió con un pop húmedo, roja, venosa, brillante de saliva y de los restos de ella. Harriet se giró enseguida, se tiró de espaldas al sofá y lo atrajo hacia su boca. Se la engulló entera de un solo movimiento, la nariz aplastada contra el vello púbico, tragando el sabor a sí misma y a él. Chupó con hambre, lengua girando alrededor de la cabeza, garganta abriéndose para tomarlo más hondo. Diego le sujetó la cabeza con las dos manos y embistió suaves, follándole la boca mientras ella lo miraba con los ojos llorosos de esfuerzo y lujuria.
Cuando estuvo a punto otra vez, la apartó.
—A la cama de mi padre —ordenó con la voz grave—. Ahora. Te voy a correr dentro del culo ahí, donde él duerme contigo.
Harriet sonrió, los labios hinchados y brillantes. Se levantó tambaleante, el camisón negro hecho jirones alrededor de la cintura, las tetas al aire, el semen y los jugos resbalándole por las piernas. Subieron las escaleras juntos, ella delante, el culo marcado de manos rojas balanceándose a cada peldaño. Diego no pudo evitar darle una nalgada más en el rellano; ella se rio y aceleró el paso.
La habitación principal olía a perfume caro y a las sábanas limpias que la empleada había cambiado esa mañana. Harriet se tiró de bruces sobre el colchón enorme, abrió las piernas y se ofreció otra vez. Diego no perdió tiempo. Se montó encima, alineó la polla contra el agujero ya abierto y se la metió de un embestida profunda. El culo la recibió más fácil esta vez, caliente y resbaladizo. Empezó a follarla con ritmo constante y salvaje, las sábanas del matrimonio arrugándose bajo las rodillas de ellos.
—Esto es lo que haces cuando él no está —gruñó Diego al oído de ella, mordiéndole el hombro—. Te dejas llenar el culo por su hijo. Te corres gritando mi nombre en su cama.
—Más… dime más —suplicó Harriet, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida—. Dime que soy tu puta. Que me vas a usar toda la semana.
Él le agarró el pelo, le arqueó el cuello hacia atrás y aceleró. El sonido de sus caderas contra las nalgas de ella era obsceno, rítmico, lleno de humedad. Con la mano libre le metió dos dedos en el coño todavía goteante y los movió en tijera mientras la follaba por detrás. Harriet se deshizo. Se corrió otra vez, más fuerte, el cuerpo entero convulsionando bajo el de él, el coño apretando los dedos y el culo apretando la polla al mismo tiempo.
Diego no aguantó más. Se enterró hasta el fondo, las bolas apretadas contra ella, y se corrió con un gruñido animal. Chorros calientes y espesos llenaron el interior de Harriet; él siguió embistiendo corto mientras se vaciaba, empujando el semen más adentro. Cuando por fin se detuvo, se quedó encima de ella, jadeando, la polla todavía latente dentro del culo dilatado.
Harriet temblaba. Giró la cabeza lo suficiente para buscarle la boca. Se besaron sucios, lentos, saboreando el cansancio y la lujuria.
—Mañana por la mañana te quiero en la ducha —susurró ella contra sus labios—. Y después en la cocina, con la puerta del jardín abierta. Quiero el riesgo. Quiero que me folles sabiendo que cualquiera podría vernos. Y cuando llegue el miércoles… quiero que me des las dos cosas a la vez. Polla en el coño y dedos en el culo. O al revés. Como tú quieras. Solo no pares nunca.
Diego se sacó despacio, viendo cómo el agujero de ella se cerraba a regañadientes, un hilo blanco de semen saliendo a la luz. Se tumbó a su lado en la cama de su padre, la mano grande recorriéndole la espalda marcada de sudor y de uñas.
—No voy a parar —prometió, la voz todavía ronca—. Mientras él esté fuera, este culo, este coño y esta boca son míos. Y cuando vuelva… vamos a seguir igual. En secreto. En los baños de los restaurantes. En el coche cuando digamos que vamos al supermercado. Te voy a follar hasta que no puedas caminar derecho y todavía me vas a pedir más.
Harriet se acurrucó contra él, una pierna echada sobre su cadera, los dedos trazando círculos perezosos en su pecho. Fuera, la noche avanzaba. Dentro, el aire olía a sexo prohibido y a promesas rotas. La polla de Diego ya daba indicios de volver a la vida solo de imaginar el miércoles, la ducha, la cocina, las manos de ella temblando de ganas bajo la mesa del comedor familiar en cuanto el padre regresara.
Ella le besó el pezón y mordió suave.
—Duerme un rato —murmuró—. Porque dentro de una hora te quiero otra vez despierto. Y esta vez voy a montarte yo. Quiero sentarme en esa polla y follarme hasta que me duelan las piernas. Quiero que me mires a los ojos mientras me corro encima de ti y te diga lo mucho que odio lo mucho que te necesito.
Diego sonrió en la oscuridad, la mano bajando otra vez para abrir las nalgas de ella y meterle un dedo perezoso en el culo todavía blando y lleno. Harriet gimió y se apretó más contra él.
Tenían días enteros por delante. Y el hambre solo acababa de empezar a crecer de verdad.
Diego la apretó más contra su pecho, el dedo todavía hundido en ese culo blando y resbaladizo que acababa de follar. Harriet se movió con un gemido perezoso, frotando el muslo contra la polla de él que ya volvía a latir con vida propia. No durmieron ni media hora. El calor de la habitación principal, el olor a sexo y a sábanas caras impregnadas de sudor, los mantuvo despiertos, rozándose, buscando más.
Ella se incorporó de repente, los pechos pesados balanceándose a la luz tenue de la lámpara de noche. Se subió a horcajadas sobre él, alineó el coño hinchado y goteante sobre la polla gruesa y se sentó de un solo descenso lento y profundo. Diego gruñó al sentir cómo esas paredes calientes lo tragaban otra vez, todavía resbaladizas de su propio semen anterior. Harriet arqueó la espalda, las manos apoyadas en su pecho, y empezó a cabalgarlo con movimientos circulares y poderosos, el culo golpeando sus muslos con cada bajada.
—Mírame —ordenó ella, la voz ronca—. Quiero que veas cómo me corro en la polla de mi hijastro. En la cama de tu padre.
Diego le agarró las caderas con fuerza, clavándole los dedos en la carne suave, y la embistió hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El sonido era obsceno, húmedo, rítmico. Las tetas de Harriet rebotaban; él se incorporó a medias para atrapar un pezón entre los labios y chuparlo con hambre, mordiendo lo justo para hacerla gritar. Ella aceleró, follándose a sí misma con desesperación, el clítoris rozando la base de su polla en cada embestida. Cuando se corrió, lo hizo mirándolo a los ojos, el coño apretándose en espasmos violentos, un chorro caliente empapándole el vientre.
—Joder, Harriet… —masculló él, dándole la vuelta de un tirón sin sacarse. Ahora ella estaba de espaldas, las piernas abiertas en ángulo, y Diego la penetró hasta el fondo con embestidas brutales que hacían crujir la cama. Le metió tres dedos en el culo al mismo tiempo, abriéndola, usándola por los dos agujeros como había prometido. Harriet gritaba sin control, pidiendo más, arañándole la espalda.
Se corrió dentro de ella otra vez, llenándole el coño a chorros espeso mientras ella se deshacía en un segundo orgasmo que la dejó temblando. Se separaron jadeantes, el semen brotando de su coño abierto y resbalando hacia el culo todavía dilatado. Pero no era suficiente. Nunca lo era.
A la mañana siguiente la despertó en la ducha. El agua caliente caía sobre sus cuerpos cuando Diego la empujó contra los azulejos, le alzó una pierna y se la metió de pie. El jabón hacía que todo resbalara; la folló despacio al principio, profundo, besándole el cuello mojado, luego más fuerte, el agua golpeando sus nalgas con cada embestida. Harriet se aferró a la barra de la ducha y empujó hacia atrás.
—Más hondo… así, Diego… úsame como tu puta personal —jadeó. Él le metió dos dedos en la boca para que chupara y aceleró hasta corrérsele dentro otra vez, el semen diluyéndose con el agua y escurriéndole por los muslos.
Bajaron a la cocina todavía desnudos bajo albornoces abiertos. Ella se inclinó sobre la isla de mármol, exactamente como él había fantaseado la noche anterior, y se bajó el albornoz. El culo rojo de nalgadas de la noche anterior quedó expuesto. Diego le abrió las nalgas, le escupió en el agujero y se la folló por el culo mientras el jardinero cortaba el césped a menos de veinte metros, la puerta del jardín entreabierta. El riesgo lo ponía duro como piedra. Cada vez que oían el motor del cortacésped acercarse, él se hundía más profundo y ella mordía su propio brazo para no gritar. Se corrieron así, temblando, el semen de él saliendo a borbotones cuando se retiró y le bajó por el muslo hasta la rodilla.
Los días siguientes fueron una embriaguez de sexo prohibido. En el coche, en el garaje, con ella chupándole la polla mientras él fingía hablar por teléfono con un amigo. En el baño de visitas, con Diego sentado en el váter y Harriet montándolo de espaldas, mirándose en el espejo. El miércoles por la tarde, como ella había pedido, la puso en cuatro sobre la mesa del comedor, le metió la polla entera en el coño y tres dedos en el culo a la vez, follándola sin piedad hasta que ella se corrió chorreando el suelo de madera. Luego se la embistió por el culo hasta llenárselo otra vez, gruñendo promesas sucias al oído:
—Eres mía. Este coño, este culo… míos. Cuando él vuelva te voy a follar igual, en secreto, y vas a sonreírle a la cara con mi semen todavía dentro.
El jueves por la noche la tensión había llegado a un punto casi insoportable. Sabían que el padre llegaba al día siguiente. Harriet lo llevó otra vez a la cama matrimonial, se arrodilló y le mamó la polla con devoción lenta, mirándolo desde abajo, saliva corriendo por la barbilla. Después se tumbaron de lado, él detrás, y se la folló despacio por el coño durante lo que pareció una eternidad, una mano apretándole las tetas, la otra frotándole el clítoris. Cuando ella empezó a temblar, él se sacó, se alineó con el culo y entró de un empujón profundo. La folló con ritmo constante y salvaje, el sonido de piel contra piel llenando la habitación, hasta que ambos se corrieron juntos: ella gritando su nombre, él enterrándose hasta las bolas y vaciándose en ese interior apretado y caliente por última vez esa noche.
Cayeron exhaustos entre las sábanas arrugadas y manchadas. El semen de Diego le salía del culo en un hilo lento. Harriet se giró y le besó la boca con ternura cansada, los labios hinchados, el cuerpo marcado de chupetones y huellas de dedos.
Durante un rato solo se oía su respiración entrecortada. Diego le acarició el pelo húmedo de sudor, todavía dentro de ella a medias, la polla ablandándose poco a poco. El placer residual zumbaba en sus venas, pero algo se había roto en el silencio que siguió.
Harriet apoyó la frente contra su pecho y susurró, casi inaudible:
—Mañana vuelve. Y vamos a tener que mirarlo a la cara. Sentarnos a la mesa. Fingir.
Diego no contestó enseguida. El corazón le latía fuerte, pero ya no solo por el sexo. Miró el techo de la habitación de su padre, el armario donde colgaban las camisas del hombre que lo había criado, el perfume de Harriet mezclado ahora con el olor inequívoco de lo que habían hecho. La euforia se estaba enfriando, dejando un hueco amargo en el estómago.
Ella notó el cambio. Se separó un poco, el semen resbalándole todavía por el muslo, y lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué pasa?
—Nada —mintió él, pero la voz le salió más baja—. Solo… joder, Harriet. Esto. Nosotros. Si se entera…
Ella intentó sonreír, esa sonrisa perezosa de siempre, pero no le salió del todo. Se acurrucó otra vez contra él, aunque el cuerpo ya no se relajaba igual. Fuera, un coche pasó por la calle. Dentro, el aire acondicionado hacía un ruido constante y monótono.
Diego le pasó la mano por la espalda marcada y sintió, por primera vez desde que todo empezó, un nudo frío en la garganta. El deseo seguía ahí, latente, hambriento incluso. Podía imaginar follársela mañana mismo en el baño mientras el padre deshacía la maleta abajo. Pero algo se había instalado entre ellos en esa cama enorme: una duda densa, pesada, que no se iba con otro orgasmo. ¿Cuánto tiempo podrían esconderlo? ¿Cuánto tardaría en destrozarlo todo?
Harriet le besó el pecho una vez más, más suave, casi arrepentida.
—Duerme —murmuró ella—. Mañana… ya veremos.
Él asintió en la oscuridad, la polla ya blanda fuera de ella, el semen secándose en las sábanas de su padre. El placer había sido absoluto. Y aun así, mientras el cansancio lo arrastraba, lo único que sentía con claridad era que algo había quedado mal, torcido, irreparable, esperándolos al otro lado del viernes.
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