Ella perdió la apuesta a propósito

Monica, la camarera de 28 años, pierde el póker a propósito para que Nikolai y Felix, sus amigos del gimnasio, la follen salvajemente a la vez en un tr

13 min read September 17, 2026New

En el apartamento de Nikolai, ubicado en un edificio antiguo del centro con vistas a las luces titilantes de la ciudad, la mesa de póker estaba preparada con precisión militar. Monica, la camarera de 28 años que servía copas en el bar de la esquina y mantenía su cuerpo escultural gracias a las duras rutinas del gimnasio, llegó puntual, vestida con una falda corta de jean que apenas cubría la mitad de sus muslos tonificados y una blusa negra ajustada que marcaba sus pechos firmes y redondos. Llevaba el cabello castaño suelto sobre los hombros, y sus labios pintados de rojo oscuro ya insinuaban la picardía que guardaba dentro. Nikolai, de 32 años, alto, de hombros anchos y brazos tatuados que se hinchaban bajo una camiseta gris ceñida, la recibió con una sonrisa lobuna mientras abría la puerta. Felix, de 30 años, con el torso definido por horas de pesas y una mandíbula afilada que endurecía su expresión, estaba sentado ya barajando las cartas, sus ojos oscuros recorriendo el cuerpo de Monica como si ya supiera que esa noche no terminaría solo con naipes.

Se sentaron alrededor de la mesa baja de madera, el aire cargado con el olor a cerveza fría y el leve sudor masculino que emanaba de sus amigos después de un día de entrenamiento. Monica cruzó las piernas con deliberada lentitud, sintiendo cómo la tela de las bragas se pegaba ya a su coño. Llevaba semanas masturbándose furiosamente en su habitación pensando en ellos dos. Imaginaba las pollas gruesas de Nikolai y Felix abriéndola al mismo tiempo, uno hundiéndose en su coño empapado mientras el otro le follaba la boca o el culo, sus cuerpos sudorosos golpeando contra ella hasta dejarla temblando y llena de semen. Esa fantasía la había consumido. Por eso, esta noche perdería la última mano a propósito. Habían acordado al inicio, entre risas y tragos, que el perdedor de la mano final se sometería a un “castigo” elegido por los ganadores. Ella sabía exactamente qué castigo quería.

La partida empezó suave. Nikolai repartió las primeras cartas con manos grandes y venosas. Monica recibió un par de sietes. Apostó conservadora, ganando una pequeña pila de fichas cuando Felix se retiró con una mano débil. Su risa era ligera, pero por dentro su mente ardía. “Miradme, cabrones. No tenéis ni idea de lo que estoy planeando”, pensó mientras recogía las fichas, sintiendo sus pezones endurecerse contra el sujetador de encaje. En la siguiente mano, Felix ganó con una escalera baja. Se inclinó hacia delante, su aliento cálido rozando el brazo de Monica, y ella dejó que su rodilla tocara la de él bajo la mesa. La tensión ya flotaba, espesa. Nikolai se pasó una mano por el pecho, marcando los músculos bajo la camiseta, y sus ojos se detuvieron un segundo de más en el escote de ella.

—Estás jugando raro esta noche, Monica —comentó Felix con una sonrisa torcida, sus dedos tamborileando sobre la mesa—. Como si tuvieras la cabeza en otra cosa.

—Tal vez —respondió ella, mordiéndose el labio inferior con fingida inocencia. Su coño palpitaba. Podía sentir la humedad empezando a filtrarse, mojando la tela fina de sus bragas negras. Recordó la última vez que los vio en el gimnasio: Nikolai levantando pesas, el bulto evidente en sus pantalones cortos; Felix secándose el sudor del abdomen marcado. Se había corrido esa misma noche con los dedos dentro de sí, susurrando sus nombres.

Pasaron las manos intermedias. Monica ganó una con un full de reinas, pero dejó escapar otra aposta fuerte cuando tenía color, permitiendo que Nikolai se llevara un buen montón de fichas. Cada decisión era calculada. Quería llegar a la última mano con todo perdido menos su dignidad, que estaba dispuesta a entregar gustosa. La conversación fluía entre bromas subidas de tono: Nikolai contando cómo una clienta del gimnasio le había mirado el paquete, Felix riendo y diciendo que Monica era la única que podía manejar a dos como ellos. Ella reía, pero su interior era un incendio. “Quiero que me usen. Quiero sentir sus pollas estirándome, follándome sin piedad hasta que no pueda caminar derecho mañana”.

Llegó la mano final. El ambiente había cambiado. Las luces tenues del salón proyectaban sombras sobre sus rostros. Nikolai repartió con lentitud, como si supiera que algo se cocía. Monica miró sus cartas: dos ases y un rey de corazones. Una mano excelente. Podría haber jugado conservadora y ganado, pero en cambio empujó todas sus fichas al centro con un movimiento deliberado, fingiendo confianza excesiva. Felix subió la apuesta. Nikolai igualó. Cuando llegó el momento de mostrar, ella volteó sus cartas con una sonrisa que ya no era inocente. Nikolai reveló un trío de reyes. Felix tenía full de doses.

Silencio.

Monica levantó la mirada, sus ojos brillando con picardía descarada. Una sonrisa lenta, traviesa, se extendió por sus labios rojos. Se recostó en la silla, separando ligeramente las piernas, dejando que la falda subiera un par de centímetros más.

—Perdí a propósito —dijo con voz baja, ronca, cargada de deseo—. Llevo semanas fantaseando con que me folléis los dos a la vez. No quería ganar. Quería esto.

Las palabras cayeron como una bomba. Nikolai parpadeó, luego soltó una risa grave que vibró en su pecho ancho. Felix se pasó la lengua por los labios, sus pupilas dilatándose mientras la observaba como a una presa.

—Hostia puta, Monica… —murmuró Nikolai, levantándose despacio. Su polla ya marcaba una tienda de campaña gruesa bajo los pantalones deportivos—. ¿Estás hablando en serio? ¿Has estado perdiendo adrede para que te follemos como animales?

Ella asintió, sin apartar la mirada. —Completamente en serio. Os deseo a los dos. Quiero vuestras pollas dentro de mí al mismo tiempo. Todo lo que pase esta noche lo quiero. Lo he ansiado tanto que me duele el coño solo de pensarlo.

La confesión prendió fuego a los dos hombres. Entre carcajadas cargadas de sorpresa y miradas que quemaban, Nikolai rodeó la mesa. Su presencia era imponente, el olor a hombre y deseo llenando el espacio. Felix se colocó al otro lado, respirando más pesado. Las risas se volvieron más bajas, más sucias.

—Entonces no hay más que hablar —dijo Nikolai con voz autoritaria, pero los ojos llenos de lujuria mutua y respeto—. De rodillas, Monica. Ahora mismo. Muéstranos lo mucho que lo deseas.

Ella no dudó ni un segundo. Con el corazón latiéndole en la garganta y un chorro de humedad escapando de su coño, Monica se deslizó de la silla hasta el suelo. Sus rodillas tocaron la alfombra suave. Levantó la cara hacia ellos, boca entreabierta, lengua rozando su labio inferior. “Esto es real. Por fin”, pensó, sintiendo cómo sus muslos temblaban de anticipación. Sus pechos subían y bajaban rápidos, los pezones duros como piedras visibles bajo la blusa.

Felix no esperó. Se movió detrás de ella con rapidez felina. Sus manos callosas subieron la falda de un tirón, dejando al descubierto las nalgas redondas y firmes de Monica, bronceadas por el sol del gimnasio. Con dos dedos enganchó el borde de las bragas empapadas y las apartó a un lado. El olor de su excitación llenó el aire. Sin preguntar —porque la sonrisa de ella y sus palabras lo habían dejado todo claro—, introdujo dos dedos gruesos de golpe en su coño chorreante.

—Joder… —gruñó Felix, moviéndolos profundo, sintiendo las paredes calientes y resbaladizas apretarlo con fuerza—. Nikolai, está empapadísima. Le chorrea por los muslos. Esto es exactamente lo que quería, la muy puta.

Monica soltó un gemido largo y gutural, arqueando la espalda como una gata en celo. Los dedos de Felix entraban y salían con ritmo lento pero firme, curvándose para frotar ese punto hinchado dentro de ella que la hacía ver estrellas. El sonido obsceno de su coño mojado llenaba la habitación: chap, chap, chap. Sus jugos le corrían por la muñeca a Felix.

—Sí… joder, sí —jadeó ella, empujando hacia atrás contra la mano de él—. Os deseo tanto como vosotros a mí. Llevo tocándome pensando en vuestras pollas abriéndome. Todo es consensuado. Lo quiero salvaje. Quiero que me folléis los dos a la vez hasta que no pueda pensar. Por favor…

Nikolai se desabrochó el botón del pantalón, sacando su polla gruesa y venosa que ya goteaba precum. La acercó a la cara de Monica sin meterla aún, solo rozando la punta contra sus labios entreabiertos.

—Buena chica —ronroneó con tono degradante pero cariñoso—. Arrodillada como la zorra cachonda que eres. Vamos a darte lo que has estado pidiendo, pero primero vamos a jugar un poco más. Quiero oírte suplicar mientras Felix te abre ese coño con los dedos.

Monica lamió la punta de la polla de Nikolai con devoción, saboreando el gusto salado, mientras Felix aceleraba el movimiento de sus dedos, añadiendo un tercero que la estiraba deliciosamente. Su clítoris palpitaba sin que nadie lo tocara aún. El placer subía en oleadas, pero ninguno de los tres quería que terminara pronto. Los tres sabían que esto era solo el comienzo de una noche que iba a romperla de placer. Nikolai y Felix intercambiaron una mirada oscura, llena de promesas sucias. La respiración de Monica se volvió entrecortada, su cuerpo temblando al borde del primer orgasmo, pero ellos ralentizaron el ritmo a propósito, manteniendo la tensión al rojo vivo, dejando claro que la noche apenas empezaba y que la follada salvaje que tanto había soñado estaba a punto de desatarse de formas que ni siquiera ella había imaginado del todo.

Monica gimió de frustración cuando Felix redujo la velocidad de sus dedos, sacándolos casi por completo antes de volver a hundirlos con fuerza en su coño empapado. El sonido húmedo y obsceno resonaba en el salón, mezclado con su propia respiración entrecortada. Nikolai mantenía la gruesa polla venosa rozando sus labios, pintándolos con el precum que brotaba de la punta hinchada.

—Todavía no te vas a correr, zorra —gruñó Nikolai, agarrándola del pelo castaño con una mano grande y tatuada—. Has perdido a propósito, así que ahora vas a suplicar como la puta cachonda que eres. Dinos exactamente qué quieres que te hagamos.

Monica levantó los ojos hacia él, las pupilas dilatadas de puro deseo. Sentía el coño latiendo alrededor de los tres dedos de Felix, que los movía en círculos lentos, frotando su punto G sin piedad. Sus jugos le chorreaban por los muslos tonificados, empapando la alfombra. “Esto es mejor que todas mis noches masturbándome sola”, pensó, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que iba a explotar. Había fantaseado con esto durante semanas, pero la realidad era más cruda, más caliente, más sucia.

—Quiero vuestras pollas dentro de mí al mismo tiempo —jadeó ella, lamiendo la base de la polla de Nikolai con la lengua plana—. Nikolai follándome el coño y Felix metiéndomela por el culo. Quiero que me rompáis, que me uséis como vuestra puta personal. Por favor… no paréis.

Felix soltó una risa baja y oscura, sacando los dedos de golpe. El vacío la hizo protestar con un quejido, pero él ya le estaba bajando las bragas negras hasta los tobillos. Nikolai tiró de su blusa hacia arriba, liberando sus tetas firmes de 28 años de camarera que tanto sudaban en el gimnasio. Sus pezones oscuros estaban duros como guijarros. En segundos la dejaron completamente desnuda, solo con la falda arrugada alrededor de la cintura como un cinturón inútil.

—Ponla a cuatro patas —ordenó Nikolai, quitándose la camiseta gris para mostrar el torso marcado y los brazos hinchados por las pesas.

Felix la empujó hacia delante con firmeza pero sin brusquedad innecesaria. Monica se apoyó en las manos y las rodillas, arqueando la espalda como una gata en celo. Sus nalgas redondas y bronceadas quedaron expuestas, el coño hinchado y brillante abierto para ellos. Felix se arrodilló detrás, escupiendo en su mano para lubricar su polla gruesa y larga. Nikolai se colocó también atrás, frotando su verga contra los labios empapados de su coño.

—Primero te vamos a abrir bien —dijo Felix, presionando la cabeza gruesa contra su ano fruncido—. Respira, Monica. Queremos que lo sientas todo.

Ella empujó hacia atrás, ansiosa. El primer centímetro de la polla de Felix la hizo jadear; era gruesa, caliente, invasora. Nikolai esperó, frotando su polla contra su clítoris hinchado, hasta que Felix estuvo enterrado hasta las bolas en su culo apretado. Solo entonces Nikolai empujó hacia delante, abriendo su coño de un solo golpe profundo. La doble penetración la llenó por completo. Monica gritó de placer, los ojos en blanco, sintiendo cómo ambas pollas se rozaban dentro de ella separadas solo por una fina pared de carne.

—Joder… está tan apretada —gruñó Nikolai, empezando a embestir con fuerza. Sus caderas golpeaban contra sus nalgas con un sonido seco y húmedo: plaf, plaf, plaf—. Este coño y este culo son nuestros ahora, ¿verdad, puta? Dilo.

—Sí… son vuestros —gimió Monica, las tetas colgando y balanceándose con cada embestida salvaje—. Follaos a vuestra zorra. Más fuerte. Quiero sentiros los dos rompiéndome por dentro.

Felix la agarró de las caderas con manos callosas, dejando marcas rojas en su piel. Le dio una nalgada fuerte que resonó en el salón, luego otra y otra más, mientras aceleraba el ritmo en su culo. Nikolai metía la mano por debajo para pellizcarle el clítoris, tirando de él con cada embestida. El placer era brutal, casi insoportable. Monica sentía que la estaban partiendo en dos de la manera más deliciosa posible. Su mente se nublaba; solo existían las pollas gruesas estirándola, el sudor que les corría por los cuerpos musculosos, el olor a sexo crudo que llenaba el apartamento.

—Así, Nikolai, rómpeme el coño —suplicó ella entre gritos—. Felix, métemela más hondo en el culo. Soy vuestra puta del gimnasio. Usadme. Llenadme.

Los dos hombres gruñían como animales. Nikolai le tiraba del pelo, arqueándole más la espalda, mientras Felix le daba nalgadas rítmicas que le enrojecían la piel. Las embestidas se volvieron más rápidas, más profundas, sincronizadas de forma que siempre había una polla entrando mientras la otra salía. Monica se corrió por primera vez con un chillido agudo, sus paredes internas apretando ambas vergas con fuerza. Sus jugos salpicaron los muslos de Nikolai, pero ellos no se detuvieron. Siguieron follándola sin piedad a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella temblaba como una hoja.

—Ahora vamos a levantarte, guarra —anunció Felix, saliendo de su culo con un sonido húmedo.

La incorporaron entre los dos sin sacarla del todo. Nikolai se tumbó un segundo en el sofá para lubricarse mejor, pero enseguida la levantaron como si no pesara nada. Felix la sujetó por las nalgas, abriéndolas, y la empaló de nuevo en su polla por el culo mientras la sostenía en el aire. Nikolai se colocó delante, agarrándola por los muslos abiertos, y metió su polla gruesa en el coño de un empujón. Ahora la tenían suspendida entre sus cuerpos sudorosos, follándola al unísono. Los pies de Monica no tocaban el suelo. Solo sus brazos alrededor de sus cuellos la mantenían estable mientras ellos la subían y bajaban como una muñeca sexual.

—Hostia puta, sí… —gritó Monica, la cabeza echada hacia atrás. Sentía cada centímetro de ambas pollas invadiéndola en esta posición imposible. Sus músculos internos se contraían sin control—. ¡Llenadme de leche! ¡Tratadme como vuestra puta personal! ¡Más fuerte! ¡Soy vuestra puta del póker, folladme hasta que no pueda caminar!

Nikolai le mordió el cuello, luego le dio una nalgada en el culo mientras la sostenía. Felix le apretaba los pechos con fuerza, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar. El dirty talk era constante, crudo, perfecto.

—Esto es lo que querías, ¿no, Monica? Dos pollas reventándote los agujeros a la vez —gruñó Felix contra su oreja—. Vamos a correrte dentro hasta que te chorree por los muslos. Serás nuestra puta habitual del gimnasio. Cada vez que pierdas una apuesta, te vamos a follar así.

— Sí, por favor… soy vuestra puta —respondía ella entre sollozos de placer, otro orgasmo creciendo en su vientre como una ola gigantesca—. Llenadme. Corréos dentro. Quiero sentir vuestra leche caliente inundándome.

Los tres se acercaban al límite. Los movimientos se volvieron erráticos, desesperados. Nikolai embestía su coño con golpes cortos y profundos, Felix la taladraba el culo con su polla gruesa. Monica se corrió primero, gritando tan fuerte que su voz se quebró. Sus contracciones apretaron ambas pollas al mismo tiempo, ordeñándolas. Nikolai fue el siguiente, rugiendo mientras descargaba chorros espesos de semen en lo más profundo de su coño. Felix lo siguió casi al instante, corriéndose con un gruñido animal en su culo, llenándola hasta que la leche caliente empezó a escaparse alrededor de su polla.

Se quedaron así unos segundos eternos, temblando los tres, sudados y unidos. Con cuidado, la bajaron al suelo. Monica tenía las piernas como gelatina, el semen de ambos goteando de su coño y su ano abierto. Pero no había terminado. Con una sonrisa satisfecha y sucia, se arrodilló de nuevo sobre la alfombra. Agarró las dos pollas semiduras, todavía brillantes con su propia corrida, semen y jugos mezclados.

Lentamente, con devoción, pasó la lengua por la polla de Nikolai primero, limpiándola desde las bolas hasta el glande. Saboreó el gusto salado de su propio coño mezclado con la leche de él. Luego hizo lo mismo con la de Felix, lamiendo cada centímetro, tragando todo lo que encontraba. Besó el glande de Nikolai con ternura, succionando la última gota que salía, y después el de Felix, dejando un beso húmedo y largo en cada punta sensible.

Levantó la mirada hacia ellos, los labios hinchados y brillantes, una sonrisa traviesa iluminando su rostro sudoroso.

—La próxima apuesta la perderé otra vez a propósito —dijo con voz ronca pero clara, sellando las palabras con un último lametón en cada polla—. ¿Queréis que sea vuestra puta personal todas las semanas a partir de ahora?

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