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Silencio Ardiente: La Timida del Grupo se Entrega al Mejor Amigo de su Marido

La tímida esposa de 32 años se entrega con ganas al dominante mejor amigo de su marido mientras él mira y se masturba.

29 min read October 08, 2026New

Soy Nadia, una tímida ama de casa de 32 años que durante ocho años ha vivido su matrimonio con Sergio en una rutina cómoda y silenciosa. Siempre he sido la que habla poco en las reuniones del grupo, la que se sonroja cuando las bromas suben de tono y prefiere bajar la mirada antes que sostenerla. Warrick, el mejor amigo de mi marido, tiene 35 años y es todo lo que yo no soy: dominante, seguro de sí mismo, con un cuerpo trabajado, hombros anchos y una voz grave que parece vibrar dentro del pecho de cualquiera que lo escuche. Ha estado en todas nuestras cenas, en todas las escapadas de fin de semana, y yo he fingido durante años que sus miradas no me afectaban. Pero lo hacían. Cada vez que pasaba cerca de mí, mi pulso se aceleraba y un calor traicionero se instalaba entre mis muslos.

Aquella confesión llegó una noche de martes, mientras Sergio y yo estábamos ya en la cama. La habitación olía a lavanda del difusor que siempre enciendo antes de dormir. Él estaba más callado de lo habitual, girando la alianza en su dedo una y otra vez. Por fin habló, con la voz entrecortada: «Nadia… llevo meses con una fantasía que no me deja en paz. Imagino que te entregas a otro hombre. Que te follan delante de mí. Y el hombre que veo en mi cabeza es siempre Warrick». Me quedé helada, con el corazón golpeándome las costillas. Esperaba sentir celos, rabia, algo oscuro. En cambio, un latigazo de excitación me atravesó el vientre y sentí cómo mi coño se humedecía sin que yo lo pidiera.

Le pregunté por qué él, precisamente. Sergio tragó saliva y me explicó, con las mejillas rojas, que le ponía ver cómo un hombre dominante como Warrick me quitaba el control que yo siempre mantenía. Me confesó que se masturbaba pensando en eso casi todas las noches. Yo, temblando, le admití en voz muy baja que Warrick me había hecho tocarme en la ducha más de una vez, imaginando sus manos fuertes sujetándome las caderas. Hablamos durante más de una hora, con sinceridad absoluta. Acordamos que exploraríamos esa fantasía los tres, de forma voluntaria y consciente. Nada de alcohol que nublara las decisiones, nada de presiones. La cena del viernes en casa sería el punto de partida. Si en cualquier momento yo quería parar, solo tenía que decirlo. Sergio me besó con ternura y, por primera vez en años, follamos con una pasión que llevaba mucho tiempo dormida.

El viernes por la tarde me preparé con una mezcla de miedo y deseo que me tenía empapada antes de que llegara nadie. Elegí un vestido verde oscuro, de escote moderado pero que se ajustaba a mis pechos y a la curva de mi culo de mujer de 32 años. Debajo, unas braguitas de encaje negro que ya sentía húmedas. Cuando Warrick llamó a la puerta, Sergio abrió con la voz algo ronca. Warrick entró oliendo a madera y a algo masculino que me mareó. Su mirada se posó en mí inmediatamente, recorriéndome de arriba abajo sin disimulo. «Nadia… joder, qué bien te ves», dijo con esa voz que siempre me desarmaba.

La cena fue un lento ascenso de temperatura. Sergio había preparado salmón al horno y ensalada, sirvió vino pero solo dos copas por persona; todos queríamos estar completamente presentes. Al principio hablamos de tonterías del trabajo, pero las miradas de Warrick eran cada vez más pesadas. Me miraba la boca cuando bebía, el cuello, el nacimiento de los senos. En un momento, mientras Sergio iba a la cocina, Warrick se inclinó sobre la mesa y me susurró: «Llevas todo el rato apretando los muslos, tímida. ¿Estás mojada ya?». No pude responder; solo asentí, mordiéndome el labio. Cuando Sergio regresó, me puso la mano en la rodilla por debajo del mantel y apretó, como dándome permiso.

Los roces comenzaron poco después. El pie de Warrick encontró el mío, subió por mi pantorrilla, separó mis rodillas con calma. Sentí la presión de su calcetín contra el interior de mi muslo y luego más arriba, rozando la tela empapada de mis bragas. Jadeé bajito. Sergio lo notó todo. En lugar de enfadarse, se acercó a mi oído y murmuró: «Déjate tocar, amor. Quiero verte perder el control con él». Sus palabras me derritieron. Mi coño palpitaba, mis pezones se marcaban contra el vestido.

Terminamos de comer casi sin probar el postre. Pasamos a la sala. Warrick no esperó más. Se sentó a mi lado en el sofá, muy cerca, y Sergio ocupó el sillón frente a nosotros. El aire estaba cargado, eléctrico. Warrick me tomó la barbilla con dos dedos, me obligó a mirarlo y preguntó: «¿Quieres esto, Nadia?». «Sí», respondí sin dudar, con la voz temblorosa de deseo. Entonces me besó.

Fue un beso brutal desde el primer segundo. Su boca tomó la mía con autoridad, su lengua entró profunda, exigente, lamiendo la mía mientras una de sus manos grandes se cerraba en mi nuca y la otra subía por mi muslo hasta meterse bajo el vestido. Gemí dentro de su boca cuando sus dedos rozaron la tela empapada de mis bragas. «Llevo años deseándote en silencio, Warrick», confesé entre beso y beso, casi sin aliento. «Cada vez que venías a casa me imaginaba que me follabas contra la pared mientras Sergio miraba». Él gruñó, excitado por mis palabras, y metió dos dedos dentro de mis bragas, acariciando mi clítoris hinchado. Me arqueé, gimiendo más fuerte. Sergio había sacado su polla y se masturbaba despacio, con los ojos brillantes de humillación y lujuria.

Warrick se separó solo para decir con voz ronca: «A la habitación. Ahora. Quiero follarte en tu propia cama mientras tu marido se toca como el cornudo que es».

Caminamos por el pasillo casi corriendo. En nuestro dormitorio, la luz de las lámparas laterales era cálida y suave. Warrick me empujó suavemente sobre la colcha y se tomó su tiempo para desnudarme. Bajó los tirantes del vestido, dejó que cayera al suelo, desabrochó mi sujetador y liberó mis pechos. Los sopesó, pellizcó mis pezones hasta que gemí. Luego me quitó las bragas despacio, separando mis piernas para mirar mi coño brillante y abierto. «Mira qué puta está tu mujer, Sergio. Empapada solo de besarme».

Se desnudó. Su polla era gruesa, venosa, más larga y más pesada que la de mi marido. Se colocó entre mis piernas en misionero, frotando la cabeza gruesa contra mi entrada. «Míralo a los ojos, Nadia. Quiero que veas su cara mientras te meto lo que él no puede darte». Empujó. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro hasta que sus huevos tocaron mi culo. «¡Dios! Es mucho más gruesa… me está estirando tanto», gemí, sin apartar la mirada de Sergio. Warrick empezó a follarme con embestidas profundas y lentas al principio, luego más rápidas. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba la habitación. «Díselo», ordenó tirándome del pelo. «Tu polla nunca me ha llenado así, Sergio. Eres un cornudo inútil. La de Warrick es mucho mejor». Mi marido gimió fuerte y aceleró la mano sobre su verga.

Me corrí por primera vez con un grito ahogado, contrayéndome alrededor de esa polla gruesa. Warrick no se detuvo. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y tiró de mi cabello como si fueran riendas. Me penetró de golpe desde atrás, follándome con fuerza, golpeando mi culo con sus caderas. El placer era casi doloroso de tan intenso. Sacó la polla de repente y me la puso en la boca. «Chúpala, tímida. Prueba cómo sabe tu coño de cornuda». La lamí con ganas, chupando mis propios jugos, mirándolo a él y luego a Sergio, que se masturbaba desesperado. «Soy tu puta ahora», le dije a mi marido entre mamada y mamada. «Tu mejor amigo me está usando delante de ti y me encanta».

Warrick me volvió a follar por detrás, tirándome del pelo, dándome palmadas en el culo. Me corrí por segunda vez, gritando su nombre. Luego me hizo girarme otra vez, me abrió las piernas y me folló en misionero profundo, mirándome a los ojos. «Una vez más, Nadia. Córrete en mi verga mientras tu cornudo se toca». El tercer orgasmo me atravesó como un rayo. Mientras yo temblaba y apretaba su polla con mi coño, Warrick rugió y se corrió dentro de mí, llenándome de chorros calientes y espesos de semen que sentí inundarme por completo.

Aún con su polla palpitando dentro, lo besé con lengua, saboreando el sabor de la traición. Luego miré a Sergio, que seguía con la polla en la mano, al borde. Lo atraje hacia la cama y lo besé profundamente, metiendo mi lengua en su boca para que probara todo. Después empujé su cabeza hacia abajo. «Lame, cornudo. Lame todo el semen que tu amigo acaba de dejar en mi coño». Su lengua obediente entró en mí, recogiendo los restos cremosos que salían de mi interior. Mientras lamía, le susurré al oído con voz ronca de placer: «Disfruté cada segundo traicionándote, amor. Su polla es muchísimo mejor. Me hizo sentir deseada, usada, llena… cosas que tú nunca has logrado».

Warrick se vistió con calma, observándonos con una sonrisa satisfecha y oscura. Se abrochó los pantalones y dijo con tono de quien da por hecho que esto se repetirá: «Esto solo ha sido el aperitivo, Nadia. Volveré cuando me dé la gana. Y la próxima vez… quizás no estemos solos. El grupo tiene derecho a ver lo que la tímida es capaz de hacer». Se marchó sin esperar respuesta, dejando la puerta de la calle cerrarse con un sonido seco que reverberó en la casa.

Sergio y yo nos quedamos abrazados en la cama revuelta, su cara todavía húmeda de semen y de mis jugos, mi coño todavía palpitando y goteando. Lo abracé fuerte, sintiendo su respiración agitada contra mi cuello, pero mi mente no descansaba. El placer aún latía en cada nervio, y una parte de mí, la que acababa de despertar, ya estaba imaginando la próxima vez. Ya estaba preguntándose quién más del grupo lo sabría, quién más querría mirar… o participar. La tímida del grupo ya no existía. Y eso solo acababa de empezar.

La habitación seguía oliendo a sexo, a sudor masculino y a mi propio coño abierto y usado. Sergio me abrazaba con fuerza, pero yo sentía su polla pequeña y dura contra mi muslo, palpitando sin atreverse a pedirme nada. Mi mente no paraba de reproducir el momento en que Warrick se había corrido dentro de mí, esos chorros calientes y espesos que todavía se escurrían entre mis labios hinchados.

—Lámeme otra vez —susurré contra su oído, empujando suavemente su cabeza hacia abajo—. Quiero que pruebes todo lo que tu mejor amigo dejó en mi coño de treinta y dos años.

Sergio gimió, avergonzado y excitado a partes iguales, y bajó obediente. Su lengua tibia rozó primero mi clítoris sensible, luego lamió los pliegues empapados, recogiendo el semen blanco y espeso que salía en lentos hilos. Yo abrí más las piernas, plantando los talones en el colchón, y le sujeté el pelo con una mano mientras hablaba sin filtro.

—Sabes que su polla es mucho más gruesa, ¿verdad? Me abrió como tú nunca has podido. Cada vez que empujaba sentía que me llegaba al fondo del vientre. Me corrí tres veces, Sergio… tres veces gritando su nombre mientras tú te tocabas como un cornudo inútil.

Él lamió con más ganas, metiendo la lengua dentro de mí para sacar hasta la última gota. Su humillación me mojaba de nuevo. Sentía mi propio coño contraerse alrededor de su lengua y un calor traicionero volvía a subir por mi columna. Me corrí otra vez, más suave pero igual de intenso, inundándole la boca con mis jugos mezclados con los de Warrick. Cuando por fin levantó la cara, tenía los labios brillantes y la mirada perdida en una bruma de placer degradante.

—No puedo creer que lo hayamos hecho… —murmuró, pero su voz temblaba de deseo.

—Yo sí —respondí, atrayéndolo para besarlo con lengua, probando el sabor salado y dulce de la traición—. Y quiero más. Quiero que vuelva pronto. Quiero que me use hasta que apenas pueda caminar.

Dormimos poco esa noche. Cada vez que me movía, el semen residual se escapaba y manchaba las sábanas. Por la mañana, mientras preparaba café en la cocina con solo una camiseta larga, sentía las piernas débiles y el coño dolorido de una forma exquisita. Sergio me miraba desde la mesa con una mezcla de amor y celos que me ponía cachonda otra vez. No hablamos mucho, pero cada mirada era una promesa silenciosa de que aquello no había terminado.

Los siguientes días fueron una tortura deliciosa. En el supermercado, mientras elegía frutas, recordaba las manos grandes de Warrick sujetándome las caderas. En la ducha me tocaba pensando en su voz grave ordenándome que me corriera. Me corrí dos veces contra los azulejos, mordiéndome el labio para no gemir su nombre demasiado alto. Sergio y yo follamos todas las noches, pero era distinto: yo cerraba los ojos y le describía en voz baja cómo Warrick me había follado mejor, cómo sus huevos pesados golpeaban mi clítoris con cada embestida, cómo me había llamado puta tímida mientras me llenaba. Sergio se corría siempre antes que yo, humillado y feliz.

El miércoles por la tarde recibí un mensaje de Warrick. Solo tres palabras: «Mañana. Nueve. Sola». Se lo enseñé a Sergio, que tragó saliva y asintió. Acordamos que él estaría en casa, escondido al principio en el pasillo, mirando. Quería ver cómo entraba sin que yo supiera que ya estaba allí. La idea me empapó las bragas al instante.

El jueves me preparé como nunca. Me depilé completamente, me puse un conjunto de lencería negra que apenas cubría nada: un sujetador que apenas contenía mis tetas de ama de casa de treinta y dos años y un tanga que se hundía entre mis nalgas. Encima, un vestido corto color vino que se abría con facilidad. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho.

Cuando Warrick llamó a la puerta, abrí con las rodillas temblando. Entró sin decir una palabra, me empujó contra la pared del recibidor y me besó con esa brutalidad que ya conocía. Su lengua invadía mi boca mientras una mano grande me subía el vestido y metía dos dedos directamente bajo el tanga, encontrándome empapada.

—Joder, Nadia… sigues siendo una putita tímida que se moja solo con verme —gruñó contra mis labios—. ¿Tu cornudo está en casa?

—Arriba… pero no sabe que vas a follarme ahora mismo —mentí a medias, porque sabía que Sergio ya estaba escondido en el hueco de la escalera, mirando.

Warrick sonrió con esa arrogancia que me desarmaba. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al salón. Me tiró en el sofá, se abrió la cremallera y sacó esa polla gruesa y venosa que tanto había echado de menos. Sin preámbulos, me agarró del pelo y me la metió en la boca hasta el fondo. Sentí cómo me abría la garganta, cómo sus huevos pesados golpeaban mi barbilla mientras me follaba la cara con embestidas cortas y profundas.

—Chupa, tímida. Muéstrame cómo la tímida del grupo se ha convertido en una mamadora de pollas ajenas.

Lloraba de gusto, la saliva me caía por la barbilla y manchaba mis tetas. Lo miraba desde abajo, con los ojos llorosos, y gemía alrededor de su grosor. De reojo vi la sombra de Sergio en el pasillo, la mano moviéndose despacio dentro de sus pantalones. Saber que nos miraba me ponía aún más caliente.

Warrick me sacó la polla de la boca, me dio la vuelta y me puso de rodillas en el sofá, con el culo en pompa. Bajó el tanga de un tirón y me dio una palmada fuerte que resonó en toda la casa. Luego otra, y otra, hasta que mis nalgas ardían rojas. Después frotó la cabeza gruesa de su verga contra mi coño abierto y empujó de golpe, metiéndomela hasta el fondo en una sola embestida.

—¡Ahhh, joder! —grité, clavando las uñas en el respaldo del sofá.

—Díselo a tu marido —ordenó, tirándome del pelo para arquearme—. Quiero que oiga cómo te gusta que te folle un hombre de verdad.

—Sergio… —gemí, sabiendo que estaba a pocos metros—. Su polla me está partiendo en dos… es mucho más grande… me llena como tú nunca podrás…

Warrick empezó a follarme con fuerza, golpeando mi culo con sus caderas en un ritmo salvaje. El sonido húmedo y obsceno de mi coño tragándose esa verga gruesa llenaba la sala. Cada embestida me empujaba hacia delante y me hacía gritar. Me corrí por primera vez en menos de dos minutos, contrayéndome alrededor de él, apretándolo con fuerza mientras le mojaba los huevos.

No se detuvo. Me levantó una pierna, me abrió más y siguió martilleándome. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes internas. Me pellizcaba los pezones por encima del sujetador, me mordía el cuello, me susurraba al oído lo puta que era por entregarme al mejor amigo de mi marido en su propia casa.

—Dile que vas a dejar que te folle cuando quiera. Que eres mía ahora.

—Soy tuya, Warrick… —jadeé entre gemido y gemido—. Puedes venir a follarme cuando te dé la gana… mi coño es tuyo…

Sergio salió entonces de su escondite, con la polla en la mano, los ojos brillantes de lágrimas de humillación y placer. Se sentó en el sillón frente a nosotros sin decir nada, solo mirando cómo su mejor amigo me destruía el coño.

Warrick me cambió de postura. Me puso a horcajadas sobre él en el sofá, de cara a Sergio, y me bajó lentamente sobre su polla. Sentí cada centímetro abriéndome de nuevo. Me sujetó las nalgas con las dos manos y me hizo rebotar arriba y abajo como una muñeca. Mis tetas saltaban dentro del sujetador. Sergio tenía una vista perfecta de cómo esa verga gruesa desaparecía completamente dentro de mí y salía brillante de mis jugos.

—Míralo —me ordenó Warrick, mordiéndome el hombro—. Mira la cara de cornudo de tu marido mientras te corres en la polla que él nunca tendrá.

Me corrí otra vez, gritando, echando la cabeza hacia atrás. Mis jugos salpicaron los muslos de Warrick. Él no paraba. Me follaba desde abajo con embestidas brutales, levantando las caderas para clavármela más profundo. Luego me susurró algo que me hizo temblar:

—La próxima vez voy a traer a Marco. Ese cabrón lleva años mirándote el culo en las barbacoas. Quiero que te vea así… quiero que el grupo entero sepa qué clase de puta tímida has sido todo este tiempo.

La idea me atravesó como un relámpago. Marco, el amigo del grupo, el de la risa fácil y las miradas discretas. Treinta y ocho años, casado, tan dominante como Warrick a su manera. La posibilidad de que más ojos me vieran, de que más pollas se pusieran duras por mí, me hizo correrme una tercera vez con tanta fuerza que casi me desmayo.

Warrick rugió y se corrió dentro de mí otra vez, inundándome con un segundo cargamento de semen caliente. Sentí cómo me llenaba hasta rebosar, cómo salía alrededor de su polla mientras seguía bombeando. Cuando por fin me levantó, un chorro espeso cayó sobre el sofá.

—Límpiala —le ordenó a Sergio sin miramientos.

Mi marido se arrodilló entre mis piernas abiertas y empezó a lamer con devoción. Mientras su lengua recogía todo el semen de Warrick, yo acariciaba el pelo de Sergio y miraba al hombre que acababa de destruirme.

—Esto solo está empezando —dijo Warrick mientras se abrochaba los pantalones—. El sábado hay cena en casa de Marco. Todos van a estar. Y tú, Nadia… vas a llevar el vestido más corto que tengas. Sin bragas. Quiero que pases toda la noche sabiendo que tu coño está lleno de mi semen y que cualquiera de ellos podría descubrirlo.

Se marchó con esa sonrisa oscura que prometía mucho más.

Me quedé allí, temblando, con la lengua de mi marido aún dentro de mí y la mente ardiendo. La tímida del grupo ya no existía, pero ahora tenía miedo y, sobre todo, un deseo salvaje de que el resto del grupo me viera exactamente como era: una mujer de treinta y dos años dispuesta a entregarse sin límites.

La cena del sábado se acercaba. Y yo ya estaba contando las horas, imaginando las miradas, las preguntas silenciosas, las posibles manos que pronto podrían tocarme mientras Sergio miraba. El silencio ardiente acababa de volverse mucho más ruidoso dentro de mi cabeza. Y aún quedaba mucho por escalar.

La cena del sábado se acercaba y mi cuerpo ya no me pertenecía del todo. Cada hora que pasaba sentía un palpitar constante entre las piernas, como si mi coño de treinta y dos años supiera antes que yo lo que iba a suceder. Por la tarde me depilé con esmero, dejando mi monte completamente liso para que nada ocultara lo hinchado y rosado que estaba. Me puse el vestido más corto que tenía: uno negro, de tela elástica, que apenas me cubría la mitad de los muslos. Sin bragas, tal como Warrick había ordenado. Mis pezones se marcaban contra la tela fina y, cada vez que me movía, el aire fresco me recordaba lo expuesta que iba a estar.

A las siete en punto llamaron a la puerta. Abrí y Warrick entró con esa presencia que llenaba cualquier habitación. Treinta y cinco años, hombros anchos, mandíbula marcada y esa mirada que me convertía en gelatina. Detrás de él, Sergio esperaba en silencio, ya con la polla medio dura dentro del pantalón. Warrick ni siquiera saludó con palabras. Me agarró por la nuca, me empujó contra la pared del pasillo y me besó con violencia, metiendo la lengua hasta el fondo mientras su otra mano subía por mis muslos y comprobaba mi desnudez.

—Buena puta —gruñó contra mi boca—. Ya estás empapada. ¿Cuántas veces te tocaste hoy pensando en esto?

—Dos —confesé jadeando—. Una en la ducha y otra hace media hora, frotándome el clítoris contra el borde de la cama.

Sergio gimió bajito desde el umbral. Warrick sonrió con esa arrogancia que me desarmaba y me llevó a la cocina sin soltarme el pelo. Me dobló sobre la mesa, levantó el vestido hasta la cintura y sacó su polla gruesa, venosa, esa que ya conocía mejor que la de mi propio marido. No hubo caricias. Me abrió las nalgas con las dos manos, escupió sobre mi ano solo para humillarme y empujó su verga directamente en mi coño de un solo golpe brutal.

—Ahhh… ¡joder, sí! —grité, clavando las uñas en la madera.

—Siente cómo te abre, tímida —me dijo al oído, embistiendo con fuerza—. Esta noche vas a cenar con mi semen chorreando por tus muslos. Quiero que Marco y los demás lo huelan. Quiero que sepan que la mujer callada del grupo es una puta sin bragas.

Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran dentro del vestido. El sonido húmedo, obsceno, de mi coño tragándose esa polla gruesa llenaba la cocina. Sergio se había sentado frente a nosotros, con la polla fuera, masturbándose despacio mientras miraba cómo su mejor amigo me follaba como un animal. Yo giré la cara para verlo.

—Mírame, cornudo —le dije entre gemidos—. Mira cómo me está partiendo el coño. Su polla llega donde tú nunca has llegado. Me está tocando el fondo del útero…

Warrick aceleró, dándome palmadas fuertes en el culo que resonaban y dejaban marcas rojas. Me corrí por primera vez en menos de cinco minutos, contrayéndome alrededor de él con tanta fuerza que casi lo expulso. Pero no me dejó escapatoria. Me sujetó las caderas y siguió follándome más duro, gruñendo.

—Díselo otra vez. Quiero que se corra escuchándote.

—Tu polla es inútil, Sergio —jadeé, con la mejilla pegada a la mesa—. La de Warrick me estira, me llena, me hace sentir como una verdadera hembra. Me voy a correr otra vez… ¡mierda, me corro!

El segundo orgasmo me atravesó como un latigazo. Mis jugos le salpicaron los huevos y bajaron por mis muslos. Warrick rugió, me clavó hasta el fondo y se corrió con chorros potentes, calientes, espesos. Sentí cada pulsación, cada descarga inundándome el útero. Cuando sacó la polla, un hilo grueso de semen blanco colgaba de mi coño abierto y goteó sobre el suelo.

—No te limpies —ordenó mientras se abrochaba los pantalones—. Déjalo ahí. Sergio, lame lo que cayó al suelo. El resto se queda dentro de tu mujer.

Mi marido, rojo de vergüenza y excitación, se arrodilló y pasó la lengua por las baldosas mientras Warrick me bajaba el vestido y me daba una última palmada en el culo. Salimos de casa así: yo con la cara sonrojada, el coño lleno y chorreante, y las piernas temblando. Durante el trayecto en el coche, Warrick conducía con una mano entre mis muslos, metiendo dos dedos en mi coño y removiendo su propio semen para que saliera más. Sergio iba atrás, oliendo el sexo que impregnaba el aire.

Llegamos a casa de Marco a las nueve. Marco, de treinta y ocho años, empresario de éxito con una sonrisa peligrosa y manos grandes, abrió la puerta. Su esposa Laura, de treinta y cuatro, una morena curvilínea que siempre había sido amable conmigo, nos recibió con besos en las mejillas. Dentro estaban los demás del grupo: Carlos y su novia de treinta y seis, y dos parejas más, todos adultos con vidas hechas, todos con esa mirada curiosa que me hizo sentir desnuda antes de que pasara nada.

La mesa estaba puesta con velas y vino, pero nadie bebió más de una copa. Warrick se sentó a mi lado y, desde el primer plato, su mano ya estaba bajo el mantel. Sus dedos gruesos separaron mis labios hinchados y empezaron a jugar con mi clítoris mientras yo intentaba mantener la conversación. El semen que aún tenía dentro facilitaba todo; sus dedos entraban y salían con facilidad, produciendo un sonido suave y húmedo que solo él y yo podíamos oír.

—¿Estás bien, Nadia? —preguntó Laura desde el otro lado—. Tienes las mejillas muy rojas.

—Está perfectamente —respondió Warrick por mí, hundiendo dos dedos hasta el fondo—. Solo un poco acalorada.

Bajé la mirada, mordiéndome el labio para no gemir. El dedo corazón de Warrick presionaba mi punto G mientras el pulgar dibujaba círculos en mi clítoris. Me corrí en silencio, apretando los muslos alrededor de su mano, inundándole los dedos con una mezcla de mis jugos y su semen. Él sacó la mano y, sin disimulo, se la llevó a la boca delante de Sergio, que estaba sentado frente a nosotros con los ojos vidriosos.

Después del postre, la tensión era insoportable. Marco, que no había dejado de mirarme las tetas durante toda la cena, se levantó y propuso pasar al salón. Warrick me tomó de la mano y me llevó al centro de la habitación. Allí, delante de todos, me besó de nuevo, levantándome el vestido lentamente hasta dejar mi coño completamente expuesto. Un murmullo recorrió el grupo.

—Miradla —dijo Warrick con voz grave, separándome los labios con dos dedos para que vieran el semen blanco que aún salía de mí—. La tímida Nadia. La que se sonrojaba con las bromas. Lleva mi corrida dentro desde hace una hora. ¿Verdad, puta?

—Sí… —susurré, temblando de vergüenza y deseo—. Me folló en mi cocina antes de venir. Me llenó para que todos lo notaran.

Sergio se había sentado en un sillón apartado, con la polla en la mano, masturbándose sin pudor. Marco se acercó, treinta y ocho años de pura arrogancia, y pasó una mano por mi culo desnudo.

—¿Puedo? —preguntó mirando a Warrick, no a mí.

—Todo lo que quieras —respondió él—. Pero el coño es mío esta noche. Puedes usar su boca.

Marco me agarró del pelo con suavidad pero firmeza y me empujó hacia abajo hasta que me arrodillé sobre la alfombra. Su polla era más corta que la de Warrick pero muy gruesa, con una cabeza grande y morada. La saqué de sus pantalones y la lamí desde los huevos hasta la punta, saboreando el olor masculino distinto. Mientras tanto, Warrick se colocó detrás de mí, me levantó el vestido del todo y me penetró de nuevo, follándome con embestidas profundas y lentas que me hacían tragar más polla de Marco.

—Joder… la tímida del grupo —gruñó Marco, sujetándome la cabeza mientras me follaba la boca—. Llevo años queriendo ver estas tetas rebotando. Chupa más profundo, Nadia. Quiero sentir tu garganta.

Las lágrimas me corrían por las mejillas de puro placer. Mi coño hacía sonidos mojados cada vez que Warrick me clavaba hasta el fondo. Los demás miraban en silencio, algunos tocándose por encima de la ropa, Laura con los ojos muy abiertos pero claramente excitada. Me corrí por tercera vez esa noche, gritando alrededor de la polla de Marco, apretando la de Warrick con mis paredes internas.

Warrick me sacó de repente, me levantó y me tiró sobre el sofá grande, abriéndome las piernas para que todos vieran mi coño rojo, hinchado y goteando. Se colocó entre ellas y empezó a follarme con fuerza, haciendo que mis tetas saltaran fuera del vestido. Marco se arrodilló a mi lado y me metió la polla en la boca otra vez, follándome la cara al mismo ritmo.

—Díselo a tu marido —ordenó Warrick, pellizcándome un pezón con saña—. Dile lo que eres ahora.

—Soy una puta… —balbuceé entre mamada y mamada—. Una cornuda que se deja follar por tu mejor amigo y por Marco delante de todos… Su semen me está goteando por el culo… me encanta… me encanta traicionarte así…

Sergio gimió alto y se corrió en su propia mano, humillado y feliz. Warrick aceleró, sudando, con los músculos de los brazos marcados. Me dio una palmada fuerte en la cara interna del muslo y rugió, corriéndose por segunda vez dentro de mí, añadiendo más semen al que ya tenía. Cuando salió, mi coño quedó abierto, rojo, expulsando una crema blanca espesa que bajaba hacia mi ano.

Marco no esperó. Me dio la vuelta, me puso de rodillas en el sofá y me metió su polla gruesa en el coño usado. No era tan largo, pero la anchura me hizo gritar de nuevo. Warrick se sentó frente a mí, sujetándome el pelo y obligándome a mirarlo mientras su amigo me follaba.

—Esto es solo el principio, Nadia —me dijo con esa voz ronca que me volvía loca—. La próxima vez no serán solo dos pollas. Todo el grupo va a saber exactamente qué clase de zorra eres. Vamos a follarte en esta misma casa, por turnos, hasta que no puedas cerrar las piernas. Y tu cornudo va a limpiar cada gota.

Marco me dio varias palmadas en el culo mientras me embestía, llamándome de todo: puta tímida, esposa infiel, agujero comunitario. Me corrí una cuarta vez, tan fuerte que casi me desmayo, y él se corrió poco después, mezclando su semen con el de Warrick. Cuando salió, sentí cómo todo ese líquido caliente se derramaba sobre el sofá.

Me quedé allí, jadeando, con el vestido arrugado en la cintura, las tetas fuera y el coño completamente destruido y chorreante. Los demás nos miraban con ojos nuevos, llenos de deseo. Laura se mordía el labio, Carlos tenía la mano dentro de los pantalones de su novia. Nadie dijo que se había terminado. Nadie dijo que esto era todo.

Warrick me acarició el pelo con una ternura extraña después de tanta brutalidad.

—Límpiala, Sergio. Con la lengua. Delante de todos.

Mi marido se arrodilló entre mis piernas abiertas y empezó a lamer con devoción, tragándose la mezcla de los dos sementales que acababan de usarme. Mientras su lengua entraba y salía de mi coño sensible, yo miraba a Marco, a Warrick, a los demás… y sentía que el fuego dentro de mí no se apagaba. Al contrario. Crecía.

Porque aunque me habían follado, aunque me habían humillado y llenado delante del grupo, aún quedaba mucho más. Sentía las miradas de las otras parejas, las preguntas silenciosas, las ganas contenidas. La próxima vez no sería solo Warrick y Marco. La próxima vez sería todo el grupo. Y yo, la que antes bajaba la mirada, ya no podía esperar a que llegara ese momento.

Mi coño palpitaba alrededor de la lengua de mi marido, preparándose ya para lo que vendría. El silencio ardiente se había convertido en un rugido que solo yo podía oír… y que pedía más. Mucho más.

La lengua de Sergio seguía moviéndose con esa devoción patética y deliciosa, hundiendo su cara entre mis muslos abiertos mientras tragaba la espesa mezcla de semen que no dejaba de brotar de mi coño. Treinta y dos años de matrimonio rutinario habían quedado atrás; ahora solo existía el calor pegajoso de las corridas de Warrick y Marco resbalando por mi ano, el sabor salado que él lamía con gemidos ahogados y la mirada de todo el grupo clavada en nosotros. Mi clítoris latía contra su nariz, sensible hasta el dolor, y cada pasada de su lengua me arrancaba un suspiro largo y bajo.

Pensé, con el cerebro aún nublado de placer, que ya no había vuelta atrás. La Nadia que se sonrojaba en las cenas había desaparecido. En su lugar había una mujer empapada, con el vestido negro arrugado alrededor de la cintura, las tetas al aire y los pezones duros como piedras. Laura, la morena curvilínea de treinta y cuatro años, esposa de Marco, se acercó primero. Se arrodilló a mi lado y me besó con hambre, metiendo su lengua suave mientras sus dedos pellizcaban uno de mis pezones. «Siempre quise verte así, Nadia… tan abierta, tan puta», murmuró contra mis labios. Su aliento olía a vino y deseo.

Warrick, todavía desnudo y con esa polla gruesa colgando pesada entre sus piernas, sonrió desde el sillón. «Que empiece el verdadero espectáculo. Todos habéis mirado. Ahora podéis tocar. Pero recordad: el coño es mío cuando yo quiera». Su voz grave vibró dentro de mi pecho y mi coño se contrajo alrededor de la lengua de Sergio solo de oírlo.

Carlos, el ingeniero de cuarenta años, alto, de hombros anchos y barba cuidada, se levantó con la polla ya dura apuntando al techo. Se acercó, me agarró del pelo con firmeza pero sin brusquedad y me apartó de Laura. «De rodillas, Nadia. Quiero esa boquita tímida que siempre hablaba poco». Me puse a cuatro patas sobre la alfombra, el culo en pompa, mientras Sergio se hacía a un lado sin protestar, la cara brillante de semen ajeno. Carlos me metió la polla en la boca de un solo empujón. Era larga, con una curva pronunciada, y tocó el fondo de mi garganta haciendo que se me saltaran las lágrimas. La saliva me caía por la barbilla y goteaba sobre mis tetas. Mientras me follaba la cara con embestidas medidas, Luis —el gerente de treinta y nueve años, fuerte y calvo, casado con una rubia callada— se colocó detrás de mí.

Sentí sus manos abriendo mis nalgas, su pulgar rozando mi ano solo para humillarme, y luego la cabeza gruesa de su verga empujando contra mi coño destrozado. Entró de golpe, aprovechando todo el semen que ya me llenaba. El sonido fue obsceno, húmedo, chapoteante. «Joder, qué caliente está… parece un puto volcán», gruñó Luis mientras empezaba a bombearme con fuerza. Mis tetas se balanceaban con cada embestida, y Carlos usaba mi pelo como riendas para metérmela hasta la garganta. Estaba llena por ambos extremos, el cuerpo sacudido entre dos hombres que no eran mi marido, mientras Sergio miraba desde menos de dos metros, masturbándose despacio, los ojos llenos de esa humillación que tanto le excitaba.

«Mírame, cornudo», logré balbucear cuando Carlos sacó su polla un segundo para dejarme respirar. «Esto es lo que mereces. Dos pollas mejores que la tuya follándome a la vez. Siente cómo me corro…». El orgasmo me atravesó sin aviso, brutal, haciendo que mis paredes internas apretaran la verga de Luis como un puño. Grité alrededor de la polla de Carlos y mis jugos salpicaron los muslos de Luis. Ellos no pararon. Cambiaron de posición sin salir de mí: Luis se tumbó en el sofá y me sentó encima, empalándome hasta el fondo, mientras Carlos se colocaba detrás y, tras escupir sobre mi ano, empezó a presionar para entrar también por atrás.

Dolió un segundo, pero el placer fue mayor. Doble penetración completa, dos pollas adultas abriéndome como nunca. «¡Sí! ¡Así! ¡Partidme el coño y el culo!», grité, perdida ya por completo. Mis treinta y dos años de timidez se deshacían con cada centímetro que me abrían. Podía sentir sus venas palpitando dentro de mí, separadas solo por una fina pared. Sergio se acercó gateando cuando se lo ordené. «Lame mis tetas mientras me follan, inútil». Su lengua tibia rodeó mis pezones mientras los dos hombres me reventaban por dentro.

Pedro, el abogado de treinta y siete años, de mandíbula cuadrada y polla sorprendentemente gruesa, no aguantó más. Se arrodilló a mi lado y me metió su verga en la mano. La masturbe con fuerza mientras me follaban, sintiendo cómo sus huevos pesados se contraían. Uno tras otro fueron usándome. Marco volvió a por más, follándome la boca hasta correrse por segunda vez sobre mi lengua, obligándome a mostrarle el semen antes de tragarlo todo. Warrick me tomó después, tumbándome sobre la mesa del comedor para que todos vieran cómo me destruía el coño otra vez. «Diles lo que eres ahora, Nadia. Dilo alto».

«Soy la puta del grupo… la tímida que se moja con que la usen delante de su marido… ¡Su polla es mucho mejor que la tuya, Sergio! ¡Me llena como tú nunca podrás!». Cada palabra era una liberación. Mi voz ya no temblaba de vergüenza; temblaba de lujuria pura. Me corrí cinco veces más esa noche —perdí la cuenta exacta—, cada orgasmo más largo y devastador que el anterior. Mis jugos y el semen de cuatro hombres distintos chorreaban por mis muslos, manchaban la alfombra, goteaban sobre el pecho de Sergio cuando lo obligaba a tumbarse debajo de mí para que lamiera mientras me follaban.

Las mujeres miraban, tocándose, susurrando entre ellas. Laura se corrió solo con los dedos mientras me veía recibir la tercera corrida en el coño. Nadie estaba borracho. Todos habíamos elegido esto con los ojos bien abiertos. Cada mirada, cada gemido, cada palmada en mi culo rojo era consentida y deseada. Yo pedía más. Pedía que me pusieran de pie, que me doblaran sobre el respaldo del sofá, que me pasaran de mano en mano como la puta comunitaria en la que me había convertido con gusto.

Cuando el último —Luis, corriéndose por segunda vez en mi boca— se apartó, me quedé tendida en el centro de la sala, piernas abiertas, coño y ano abiertos, rojos, palpitantes, expulsando un río blanco y espeso que formaba un charco debajo de mi culo. El olor a sexo era tan denso que casi se podía masticar. Sergio, con la cara completamente cubierta de semen y mis jugos, se arrodilló entre mis piernas una última vez y empezó a limpiar con la lengua todo lo que había quedado dentro y fuera de mí. Lamió mi coño, mi ano, mis muslos, incluso las gotas que habían caído al suelo. Yo le acariciaba el pelo con ternura cruel.

Warrick se acercó, ya vestido, y me besó en la frente con esa posesión tranquila. «La próxima cena es en mi casa. Traeremos juguetes. Y tú, Nadia, vendrás con un plug en el culo desde casa. ¿Entendido?». Asentí, sonriendo con los labios hinchados. Sergio seguía lamiendo, obediente, roto y feliz en su humillación.

Miré a mi marido una última vez, su cara enterrada en mi coño usado por todos sus amigos, y sentí que algo dentro de mí se cerraba para siempre.

La tímida Nadia ya no existía; solo quedaba una zorra insaciable que acababa de entregar su matrimonio entero a las pollas de otros hombres.

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