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Primer Toque que Despierta en la Oficina

Javier, un ejecutivo de 32 años, folla salvajemente a su compañero Diego de 28 en la oficina hasta correrse dentro de él.

11 min read October 03, 2026New

La oficina de marketing del piso dieciocho seguía iluminada a las once de la noche, un mar de monitores apagados excepto los dos que aún brillaban en el rincón del fondo. Javier se pasó una mano por la barba recortada y miró de reojo a Diego, que tecleaba con la camisa arremangada y el cuello abierto. Treinta y dos años, hombros anchos de quien se mata en el gimnasio tres veces por semana, Javier no había dejado de fijarse en ese culo escultural desde que el chico de veintiocho se unió al equipo. Diego tenía los glúteos firmes, redondos, que se marcaban perfectos cada vez que se inclinaba a recoger un archivo o se estiraba en la silla. Semanas de miradas cargadas, de bromas cada vez más sucias en el chat interno, de “te veo cansado, ¿necesitas que te desahogue?” dichas entre risas pero con la polla semi-dura.

—Joder, este puto deadline me tiene los huevos hinchados —murmuró Diego sin dejar de mirar la pantalla, aunque su voz salió ronca—. Si no terminamos esto hoy, me voy a tener que correr en el baño solo pensando en lo que me estás mirando todo el rato.

Javier soltó una risa baja, dominante, y se acercó con dos cafés fríos. El aire olía a toner, a sudor de jornada larga y a la colonia barata pero efectiva que Diego usaba. Ambos sabían lo que pasaba: la tensión sexual había crecido como una mecha. Las bromas de “te comería el culo en la sala de juntas” ya no eran solo chistes. Javier sentía la polla pesada dentro del pantalón de traje cada vez que Diego se inclinaba y ese culo se ofrecía sin pudor.

—Deja de hacerte el monito, puto. Sabes perfectamente que te estoy mirando el culo desde las siete —dijo Javier, apoyándose en el borde del escritorio de Diego. Su voz era grave, segura—. Llevas semanas provocándome con esa sonrisa de zorra y esas piernas abiertas cuando te sientas. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo se te marca la polla cuando te digo que eres un puto descarado?

Diego giró la cabeza, los ojos oscuros brillando de ganas. Sonrió con picardía, lamiéndose el labio inferior.

—Y tú llevas semanas con esa polla dura rozándome cuando pasas detrás. No finjas, Javier. Me encanta. Me pongo cachondo solo de olerte cerca. Fantaseo contigo follándome hasta dejarme cojo contra esta puta mesa.

El silencio que siguió fue espeso, eléctrico. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y la respiración acelerada de los dos. Javier se movió. Se colocó justo detrás de la silla de Diego, fingiendo mirar el PowerPoint del proyecto urgente. Su cuerpo musculoso eclipsó la luz. Entonces empujó las caderas hacia adelante y rozó, deliberado, el bulto duro de su paquete contra el culo de Diego a través de la tela. La polla de Javier ya estaba media erecta, gruesa, y se notaba el calor incluso con la ropa.

Diego jadeó, empujó el culo hacia atrás con una sonrisa pícara y se frotó contra él como una gata en celo.

—Joder… sí. Así. Llevo semanas fantaseando con que me uses. Que me cojas como tu puta personal, que me abras las piernas y me llenes. Quiero que me trates como tu zorra de oficina esta noche, Javier. Que me folles salvaje, sin piedad. Dime que sí. Por favor.

Javier agarró el cuello de la camisa de Diego y lo hizo girar en la silla. Se inclinó y lo besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando labios. Diego respondió con la misma urgencia, manos subiendo a los hombros anchos del ejecutivo, tirando de la corbata. El beso era sucio, saliva compartida, gemidos ahogados. Se arrancaron la ropa con consentimiento total, excitación compartida: botones saltando, cinturones abiertos, pantalones bajados a los tobillos. Javier se quitó la camisa y mostró el pecho velludo y muscular; Diego quedó en boxers, la polla ya dura y goteando contra la tela. Cuando los boxers cayeron, el culo de Diego se reveló perfecto, liso, redondo, el agujero rosado entre las nalgas.

—Mírate —gruñó Javier, dándole una nalgada sonora—. Ya estás goteando y ni te he tocado el culo todavía. Qué puta más fácil.

Lo dobló sobre el escritorio, papeles volando. Diego abrió las piernas de buena gana, ofreciendo ese culo escultural. Javier se arrodilló detrás, separó las nalgas con las manos grandes y se lanzó a comérselo. Lengua profunda, salvaje, empujando dentro del anillo apretado, lamiendo, chupando, metiendo saliva. Diego gemía alto, empujando el culo contra la cara de Javier.

—Ah, joder, sí… cómeme el culo, úsame la lengua… soy tu puta, fóllame con esa lengua sucia…

Javier escupió en el agujero, lo abrió con los pulgares y volvió a meter la lengua hasta el fondo, saboreando el sabor a hombre, a ganas acumuladas. Cuando Diego temblaba, Javier se levantó, se escupió en la mano, se untó la polla gruesa y dura —veintitantos centímetros de carne venosa— y sin más preámbulos se alineó. Empujó crudo, sin condón, sin piedad. La cabeza gruesa abrió el culo de Diego de un solo tajo. Diego gritó de placer, agarrándose al borde de la mesa.

—Joder, qué estrecho… qué zorra más fácil, abriéndote así de la nada —le dijo Javier mientras empezaba a embestir en posición de perrito, brutal, caderas chocando contra nalgas con sonidos húmedos y obscenos—. Te gusta que te destroce el culo, ¿verdad? Mi puta personal de la oficina. Di lo que eres.

—Soy tu puta… tu zorra… fóllame más duro, Javier, lléname… —Jadeaba Diego, el culo rebotando con cada embestida profunda.

Javier lo agarró del pelo, tiró hacia atrás y le metió la polla hasta las bolas una y otra vez, el escritorio crujiendo. Después lo giró de un manotazo, lo puso de espaldas sobre la mesa, le levantó las piernas y se las apoyó en los hombros. En posición de misionero profundo volvió a entrar de un golpe, follándolo mientras se besaban, lenguas enredadas, saliva cayendo. Diego se masturbaba a sí mismo con la mano libre, la polla roja y goteante.

—Vas a correrte con mi polla dentro, zorra. Quiero verte pintar tu abdomen mientras te lleno el culo de leche —ordenó Javier, embistiendo más rápido, más profundo, las bolas golpeando.

El orgasmo los pilló juntos. Javier gruñó, se clavó hasta el fondo y se corrió a chorros gruesos dentro del culo de Diego, leche espesa bombeando, llenándolo. Diego gritó, se masturbó más rápido y eyaculó sobre su propio abdomen, chorros calientes salpicando pecho y ombligo. Se quedaron jadeando, sudados, pegados. Javier sacó la polla todavía dura del culo lleno de semen; un hilo blanco goteó por la raja abierta de Diego.

—De rodillas. Ahora —dijo Javier con voz de mando, pero suave, de deseo compartido.

Diego obedeció al instante, rodillas en la alfombra de la oficina, mirando hacia arriba. Javier le puso la polla manchada de semen y de culo en los labios.

—Limpia los restos como la buena puta que eres. Chúpame todo. Eres un puto buen chico cuando te portas así… tan abierto, tan hambriento de mi leche.

Diego abrió la boca y chupó, lamiendo la polla gruesa, saboreando su propio culo y el semen caliente de Javier, gimiendo alrededor del glande. Javier le acarició el pelo, alabándolo en voz baja, sucia, mientras miraba cómo ese culo aún goteaba sobre la alfombra. La tensión no se había ido; al contrario. Afuera, en el pasillo, se oyeron pasos lejanos de algún vigilante nocturno, y Javier sonrió con malicia, todavía duro, pensando en todo lo que le quedaba por hacerle a su compañero antes de que amaneciera.

Diego se arrodilló más firme sobre la alfombra desgastada de la oficina, las rodillas abiertas, la espalda arqueada hacia adelante mientras su boca se cerraba voraz alrededor de la polla gruesa de Javier. El sabor era intenso: semen caliente mezclado con el rastro amargo de su propio culo, saliva espesa y el olor a sudor de horas de follar. Chupó con ganas, la lengua plana recorriendo la vena gruesa de la base hasta el glande todavía hinchado, lamiendo cada gota blanca que goteaba. Javier le agarró el pelo corto con fuerza, no para obligarlo, sino porque Diego empujaba la cabeza solo, tragando más profundo, la garganta abriéndose con un sonido húmedo y obsceno.

—Así, puta… limpia bien esa polla que te ha destrozado el culo —gruñó Javier, la voz ronca de placer—. Mírate, de rodillas en la puta oficina, chupándome la leche que te acabo de meter dentro. Eres mi zorra personal, ¿verdad? Dilo mientras me la comes.

Diego soltó la polla solo un segundo, un hilo de saliva y semen uniéndole los labios al glande brillante.

—Soy tu puta de oficina… tu zorra… me encanta saborear mi culo en tu polla —jadeó, y volvió a engullirla hasta que la nariz rozó el vello púbico de Javier. Los ojos se le humedecían de esfuerzo y de ganas, pero no paraba. Con una mano se agarraba los huevos de Javier, pesados y calientes, masajeándolos mientras chupaba. La otra se deslizó entre sus propias nalgas, metiendo dos dedos en el agujero todavía abierto y lleno, empujando la leche que se le escapaba. El culo le ardía delicioso, estirado, usado, y cada movimiento de los dedos le sacaba un gemido ahogado alrededor de la carne.

Javier miraba hacia abajo, el pecho velludo subiendo y bajando, la polla volviendo a ponerse de piedra dentro de esa boca caliente. Treinta y dos años y nunca se había corrido tan duro como hace minutos, y ya estaba listo otra vez. El culo de Diego, ese culo redondo y firme que llevaba semanas provocándolo, seguía goteando sobre la alfombra: hilos blancos que resbalaban por los muslos y se perdían en el suelo. Los pasos lejanos del vigilante se habían callado un momento, pero la adrenalina solo les subía más la polla.

—Basta de limpiar —ordenó Javier, tirando suavemente del pelo para que Diego soltara con un pop obsceno—. Quiero follarte otra vez. Quiero reventarte el culo hasta que no puedas sentarte mañana en esa puta silla. ¿Lo quieres, Diego? Dime que sí, zorra.

Diego se levantó de un salto, los labios hinchados y brillantes, la polla propia ya dura otra vez contra el abdomen todavía manchado de su primer corrida.

—Joder, sí. Fóllame otra vez. Úsame hasta que amanezca. Quiero que me llenes otra vez, que me dejes el culo goteando para que mañana sienta tu leche cada vez que me mueva —suplicó, y se giró, apoyando las manos en el escritorio del compañero de al lado, abriendo las piernas y ofreciendo ese culo perfecto otra vez. Las nalgas se separaron solas; el agujero rosado, hinchado, brillaba con saliva y semen residual. —Mira cómo me dejas… abierto y listo. Métela de una, Javier. No te contengas.

Javier no se contuvo. Escupió en la raja, untó la polla gruesa con la mezcla y se alineó. Empujó de un solo golpe, enterrándose hasta las bolas. Diego gritó de puro placer, la espalda arqueándose, los nudillos blancos contra la madera.

—¡Joder… qué grande… me partes en dos…! —jadeó Diego, empujando el culo hacia atrás para tragarla toda—. Más duro, cabrón. Fóllame como la puta que soy.

Javier empezó a embestir salvaje, las caderas chocando contra las nalgas con un sonido húmedo y rítmico que llenaba la oficina vacía. Agarró las caderas de Diego con ambas manos, los dedos hundiéndose en la carne firme, y tiró hacia atrás al mismo tiempo que empujaba adelante, follándolo profundo, el glande rozando ese punto que hacía a Diego temblar y gemir como una zorra en celo. El escritorio crujía. Papeles caían al suelo. El aire olía a sexo crudo, a semen, a sudor de dos tíos follando sin freno.

—Toma, puta… toma toda esta polla… te voy a dejar el culo destrozado —gruñó Javier, acelerando—. Semanas mirándote el culo, semanas con la polla dura en las reuniones… y ahora te tengo abierto y goteando mi leche. Eres mío esta noche. Di que eres mío.

—Soy tuyo… tu zorra de oficina… fóllame más fuerte, lléname otra vez —Diego se masturbaba con una mano, la polla roja y goteante, los dedos resbalando por el glande. Cada embestida le sacaba un gemido más alto. —Quiero que me corras dentro otra vez… quiero sentirte pulsar… joder, Javier, me voy a correr solo de cómo me usas.

Javier lo sacó de golpe, lo giró y lo levantó contra la pared de cristal que daba al pasillo oscuro. Diego enganchó las piernas alrededor de la cintura musculosa del ejecutivo, los brazos al cuello, y Javier lo empaló otra vez en el aire, follándolo de pie, las nalgas rebotando contra sus caderas. El culo de Diego se abría y cerraba alrededor de la polla gruesa, succionándola, los ruidos obscenos de carne mojada llenándolo todo. Se besaron salvajes, lenguas chocando, dientes mordiendo labios, saliva corriendo por las barbillas.

—Vas a correrte conmigo dentro otra vez —ordenó Javier contra su boca—. Quiero sentir cómo te aprietas cuando te corres. Quiero llenarte hasta que se te salga por los lados.

Diego asentía, incapaz de formar palabras coherentes, solo gemidos y “sí, fóllame, sí, así”. Javier aceleró, embistiendo corto y brutal, las bolas golpeando. Diego se vino primero: la polla entre sus cuerpos disparó chorros calientes que salpicaron el pecho velludo de Javier y el suyo propio, el culo contrayéndose en oleadas locas alrededor de la carne que lo llenaba. Javier gruñó, se clavó hasta el fondo y se corrió por segunda vez, chorros gruesos y calientes bombeando profundo dentro del culo de Diego, llenándolo otra vez hasta que sintió el semen rebosar y resbalar por las bolas y los muslos.

Se quedaron así un momento, pegados a la pared, jadeando, sudados, la polla de Javier todavía dentro, latigueando los últimos chorros. Diego tenía la cabeza echada hacia atrás contra el cristal, ojos cerrados, una sonrisa idiota de puta bien follada.

—Joder… qué bien me has follado… siento tu leche caliente… se me escapa… —susurró Diego, moviendo un poco las caderas para sentir cómo se deslizaba.

Javier lo bajó con cuidado, la polla saliendo con un sonido sucio y un chorro blanco que cayó al suelo entre los pies de Diego. Se miraron, risas bajas, manos aún tocándose. Javier le limpió el semen del pecho con los dedos y se los ofreció; Diego los chupó sin dudar, lamiendo su propia corrida y la de Javier mezcladas.

—Eres un puto buen chico cuando te portas así —dijo Javier, voz más suave pero todavía cargada—. Vamos a limpiarnos un poco… o no. Quiero verte mañana en la reunión con mi leche todavía dentro, caminando raro, sabiendo que te follé como una zorra aquí mismo.

Diego se rió, todavía temblando, y se inclinó a recoger su camisa del suelo. Se la pasó por el culo para secar un poco el desastre, pero el semen seguía saliendo a hilos. Javier se subió los pantalones a medias, la polla aún semi-dura y manchada, y miró el reloj: casi medianoche. El aire acondicionado zumbaba. Todo parecía en calma.

Fue entonces cuando la luz del pasillo se encendió de golpe. Pasos firmes, cercanos, el tintineo de un llavero y la voz del vigilante nocturno que se acercaba justo a la puerta de cristal de la oficina de marketing:

—¿Hay alguien ahí dentro? Se supone que el piso tiene que estar vacío… Voy a entrar a comprobar.

La manilla giró.

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