First Night In The Truck
Emmett folla duro a Paulina la crossdresser en su camión.
La carretera se extendía como una herida negra bajo la luna, y el aire de la cabina olía a diésel, cuero gastado y café rancio. Emmett apretaba el volante con manos grandes, callosas, cuando los faros del camión recortaron una silueta al borde del arcén. Piernas largas, falda cortísima que apenas cubría el arranque de los muslos, medias de seda brillando con el frío, blusa ajustada que marcaba el pecho. Frenó. El aire helado entró de golpe al abrir la puerta del pasajero.
—Sube antes de que te congeles —dijo con voz grave, raspada por kilómetros de soledad.
Paulina trepó con cuidado, olor a perfume barato y piel fresca. Veintidós años, labios pintados de un rojo tembloroso, ojos grandes que lo miraban de reojo. Emmett, treinta y cinco, hombros anchos, camiseta ceñida bajo la chaqueta de trabajo, notó cómo se le apretaba el estómago. Aquella feminidad no era perfecta ni falsa: era deseada, ofrecida, viva.
—Gracias… de verdad —susurró ella, acomodándose. La falda subió un centímetro más. Las ligas negras asomaban al cruzar las piernas—. Hace un frío de mierda.
Emmett arrancó. El motor roncó. Durante kilómetros solo se oyó el viento contra el parabrisas. Él sentía la tensión en la entrepierna, pesada, creciente. Ella jugueteaba con el borde de la blusa, nerviosa.
—Oye… —Paulina habló bajo, casi ahogada—. Tengo que decirte algo. No quiero… no quiero que te enfades o me dejes tirada.
—Suéltalo.
Ella tragó saliva. La voz le salió fina, confesional:
—Soy trans. Crossdresser… bueno, más que eso. Me visto así porque es como me siento. Y… siempre he fantaseado con que un hombre de verdad, grande, fuerte, como tú… me desee. No como un juego. Como a una chica. De verdad.
Emmett no desvió la vista de la carretera, pero su respiración se hizo más profunda. La atracción ya estaba ahí, cruda, desde el segundo en que la vio. Ahora se multiplicaba. Imaginó esas medias rozándole la cara, esa falda alzada, esa confesión torpe y valiente.
—Joder —murmuró—. Me excita. Tu feminidad… me pone duro de una puta vez. No es pena ni curiosidad. Es ganas. Ganas de tocarte como la mujer que eres esta noche.
Paulina soltó un suspiro que era casi un gemido. Las mejillas se le encendieron. Cruzó las piernas con más deliberación, dejando que la falda se subiera hasta revelar el extremo de las ligas y el arranque suave de la piel interior del muslo. La seda brillaba bajo la luz débil del panel.
—Estoy… mojada —admitió, voz temblorosa de vergüenza y hambre—. Desde que subí. Desde que te vi. Siento el calor entre las piernas, la humedad en la braga. Me late.
Emmett extendió la mano derecha sin dudar. La posó primero en la rodilla de ella, gruesa y caliente, y luego subió despacio por el muslo. La media era fría al tacto por fuera, pero debajo la carne ardía. Acarició con el pulgar el borde de la liga, sintiendo el elástico y la piel tersa. Paulina abrió un poco más las piernas, invitándolo, un suspiro escapándosele de los labios pintados.
—Dime si quieres que pare —dijo él, voz ronca, dominando sin forzar—. Porque si sigo, te voy a tratar como la chica bonita que eres. Te voy a tocar, te voy a querer oír gemir, te voy a hacer sentir deseada hasta que se te olvide el frío de esa puta carretera.
—No pares —rogó ella al instante. La mano de Emmett subió otro tramo; los dedos rozaron la humedad ya palpable en la tela fina de la braga—. Trátame así. Por favor. Quiero… quiero que me hagas sentir mujer de verdad esta noche. Que me mires, que me uses con ganas, que me digas cosas sucias mientras me follas como si fuera tuya. Llevo tanto tiempo fantaseando con un camionero como tú… grande, que me recoja, que me vea así y no se asuste. Que se ponga duro por mí.
El camión avanzaba lento por la noche infinita. Emmett apartó un segundo la vista de la carretera para mirarla: labios entreabiertos, pechos subiendo y bajando bajo la blusa, muslos abiertos para su mano. Sacó la mano solo para cambiar de marcha y volver a posarla más arriba, apretando la carne suave, rozando con la yema el bultito ya endurecido bajo la braga, sintiendo cómo Paulina se arqueaba y soltaba un gemido ahogado.
—Estás empapada, cariño —gruñó él—. Esa pollita linda ya está dura y mojada porque te estoy tocando. Porque te deseo. Porque me encanta cómo te vistes, cómo te ofreces, cómo me confiesas que quieres ser follada por un tío de verdad.
Paulina se mordió el labio inferior. Su mano libre bajó y cubrió la de Emmett, presionándola contra su sexo, guiándola para que frotara con más firmeza.
—Sí… exactamente así. Háblame más. Dime que soy tu chica bonita. Que esta noche el camión es nuestro y que me vas a abrir las piernas en esa litera de atrás. Quiero oírte respirar fuerte cuando me levantes la falda. Quiero sentir tus dedos dentro… y después algo más grueso. Hazme sentir mujer, Emmett. Te lo ruego. Me tienes tan caliente que casi no puedo pensar.
Él apretó el muslo con fuerza posesiva, el pulgar dibujando círculos húmedos sobre la tela empapada. El olor de la excitación de ella empezaba a llenar la cabina, dulce y salado, mezclado con el diésel. Emmett sentía su propia polla latear contra el pantalón, gruesa, pesada, exigiendo. Pero no se detuvo aún. Dejó que la tensión creciera, que el roce de sus dedos se volviera más insistente, que Paulina moviera las caderas en busca de más presión.
—Cuando encontremos un área de descanso —prometió con voz baja, intensa—, te voy a bajar de ese asiento, te voy a girar, te voy a alzar esa faldita y te voy a lamer hasta que tiembles. Después te voy a follar despacio primero, para que sientas cada centímetro, y luego duro. Como mereces. Porque eres preciosa así. Porque me pones enfermo de ganas.
Paulina jadeó, la cabeza echada hacia atrás contra el asiento, las medias brillando, las ligas tensas. Sus dedos se aferraron al muslo de Emmett, subiendo peligrosamente cerca de la erección marcada.
—No pares de hablarme así… no pares de tocarme. Quiero despertarme mañana oliendo a ti, con marcas de tus manos en las caderas y la certeza de que un hombre me quiso exactamente como soy. Hazlo, Emmett. Esta noche. En tu camión. Hazme tuya.
El motor seguía ronroneando. La carretera no terminaba. Emmett mantuvo la mano entre sus piernas, acariciando, reclamando, mientras la noche fría se quedaba fuera y dentro solo existía el calor creciente, la confesión aceptada, el deseo mutuo que aún no había estallado del todo. La litera de atrás esperaba en la oscuridad, las sábanas sin tocar, el aire cargado de promesas sucias que todavía no se habían cumplido.
El camión redujo la marcha cuando Emmett divisó la entrada polvorienta de un área de descanso abandonada, apenas un rectángulo de asfalto agrietado rodeado de pinos densos y oscuridad total. Ninguna luz, ningún otro vehículo. Frenó, apagó el motor y el silencio cayó de golpe, roto solo por la respiración agitada de ambos y el crujido del cuero del asiento. La mano que aún tenía entre las piernas de Paulina apretó con más posesión antes de soltarla.
—Bájate el cinturón —ordenó él, voz gruesa—. Ahora.
Paulina obedeció con dedos torpes. Emmett se inclinó sobre ella de un solo movimiento, tomándole la cara entre las manos grandes y callosas, y la besó. Fue un choque de bocas, lengua profunda que empujaba, labios que chupaban el rojo de los suyos, dientes rozando. Ella gimió dentro de su boca, abriéndose, ofreciéndose. Mientras la besaba, su mano derecha bajó, agarró el borde de la falda cortísima y la subió de un tirón hasta la cintura. El aire frío de la cabina rozó la piel desnuda de los muslos, las ligas negras, la braga ya empapada que apenas cubría el bultito erecto y sensible.
—Joder, mira cómo estás —murmuró Emmett contra sus labios, sin dejar de besarla—. Toda mojada, temblando, con esa faldita subida como una puta ansiosa. Eres preciosa así, Paulina. Mi chica.
Le enganchó los dedos en la braga y tiró hacia abajo. La tela fina se deslizó por las medias, se enredó un segundo en los tobillos y él la arrojó al suelo de la cabina. La pollita de Paulina saltó libre: pequeña, delgada, dura como piedra, la cabeza rosada y brillante de líquido pre-seminal, tan sensible que el simple roce del aire le arrancó un gemido agudo. Emmett bajó la cabeza sin dudar. Se acomodó torcido entre el volante y el asiento del pasajero, le abrió más las piernas y se la metió entera en la boca.
El calor húmedo lo envolvió. Chupó con hambre, lengua plana lamiendo desde la base hasta la punta, succionando con fuerza suave, sin piedad. Paulina se arqueó, una mano en el pelo corto de Emmett, la otra aferrada al asiento.
—Emmett… joder, sí… así… me chupas tan rico… mi pollita… aaah…
Él gruñó alrededor de ella, vibrando. La chupaba como si fuera el caramelo más dulce, tomando cada centímetro, saboreando la salinidad, sintiendo cómo se ponía aún más dura y temblorosa en su lengua. Subía y bajaba, mejillas hundidas, ojos alzados para mirarla: labios hinchados, ojos vidriosos, pechos falsos subiendo y bajando bajo la blusa. Cada lametón la hacía gemir más alto, las caderas empujando hacia arriba, buscándole la garganta. Emmett le agarró las nalgas, las apretó, y siguió chupando hasta que Paulina soltó un grito ahogado y casi se corrió.
—No todavía —dijo él, soltándola con un sonido húmedo—. Quiero metértela primero.
La giró con facilidad brutal. Paulina quedó a cuatro patas sobre el asiento ancho del pasajero, falda amontonada en la cintura, medias brillantes tensas, culo alzado y expuesto. Emmett se bajó la cremallera, sacó su polla gruesa, venosa, ya goteando, y escupió en la mano para humedecerla. Se arrodilló detrás de ella lo mejor que pudo en el espacio reducido, le separó las nalgas con los pulgares y empujó la cabeza contra el agujero rosado y apretado.
—Relájate, cariño. Voy a follarte el culo como te mereces.
Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo se abría alrededor de él, caliente, estrecho, reclamándolo. Paulina jadeó, la frente contra el asiento, empujando hacia atrás.
—Más… dámela toda… quiero sentirte entero…
Emmett obedeció. Empujó hasta el fondo de un solo golpe profundo y posesivo. Ella gritó de placer. Empezó a follarla duro: embestidas largas y fuertes que hacían crujir el asiento, caderas chocando contra su culo, polla desapareciendo y reapareciendo brillante. Le agarró la cintura con las dos manos, la mantuvo firme, y embistió como un animal, profundo, reclamando cada centímetro de ese culo caliente.
—Qué culo más puto… tan apretado… tan de chica… te estoy follando el culo en mi camión y te encanta, ¿verdad? Dilo.
—Sí… me encanta… fóllame más duro… soy tu puta vestida… aaah…
Cada embestida la hacía gemir, las tetas falsas balanceándose bajo la blusa. Emmett se inclinó sobre ella, una mano rodeándole el pecho para apretarlas con fuerza, amasándolas, pellizcando los pezones duros a través de la tela mientras le susurraba al oído, caliente y sucio:
—Qué hermosa te ves así… falda subida, medias, culo abierto para mi polla… la puta más linda que he pillado en la carretera… mi chica bonita… mi sissy perfecta… te voy a llenar el culo hasta que no puedas caminar.
Después de un rato de embestidas profundas y posesivas, se retiró de golpe. Paulina gimió por la pérdida. Emmett se sentó en el asiento del conductor, polla erecta y brillante de saliva y del culo de ella, y la atrajo hacia sí.
—Ahora súbete. Cabálgame. Quiero verte montarme salvaje.
Paulina no dudó. Se subió a horcajadas, de espaldas a él primero, luego girándose para enfrentarlo. Guió la polla gruesa hasta su agujero ya abierto y se dejó caer de un golpe, tomándola entera. Gritó. Empezó a cabalgarlo con furia, subiendo y bajando las caderas, follándose a sí misma con su polla, el culo rebotando, la falda ondeando. Emmett le agarró las tetas falsas con ambas manos, las apretó fuerte, las amasó, los pulgares rozando los pezones mientras ella rebotaba salvajemente.
—Mírate… qué puta más hermosa… montándome con esa falda y esas medias… cabalgando mi polla como si te murieras de ganas… eres perfecta así, Paulina… tan mujer… tan deseada… dile a papá lo mucho que te gusta.
—Me encanta… me follas tan rico… tus manos en mis tetas… tu polla abriéndome… soy tuya… tu chica puta del camión… más fuerte… apriétamelas…
Ella cabalgaba sin piedad, culo apretando cada vez que bajaba, pollita pequeña rebotando contra el abdomen de Emmett, goteando. Él le susurraba sin parar, voz ronca contra su cuello, mordisqueándole la oreja:
—Qué hermosa y puta te ves vestida así… falda corta, ligas, labios rojos… te recojo en la carretera y te convierto en mi puta personal… te follaré el culo cada noche si quieres… te diré lo bonita que eres mientras te corro dentro…
Paulina aceleró, gemidos rotos, el asiento crujiendo bajo ellos. Emmett le dio palmadas en el culo, le apretó las tetas otra vez, la embistió hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El olor a sexo, diésel y perfume barato llenaba la cabina. Sudor en la frente de él, maquillaje corrido en las mejillas de ella. Seguían follando, cambiando el ritmo: a veces él la sujetaba y la embestía desde abajo con fuerza bruta; a veces ella tomaba el control y se lo montaba como una diosa desesperada.
No se detuvieron. Cuando el orgasmo amenazaba a Paulina, Emmett la bajaba un segundo, la giraba otra vez a cuatro patas y volvía a entrar en su culo con embestidas aún más profundas, más posesivas, susurrándole lo preciosa que era, lo puta que se veía, lo mucho que le gustaba follarla exactamente así. Luego otra vez a caballo. La tensión crecía y crecía, cuerpos resbaladizos, gemidos cada vez más altos, el camión balanceándose ligeramente sobre sus muelles. Paulina estaba al borde, temblando, la pollita goteando sin parar; Emmett también, las bolas tensas, la polla hinchada dentro de ella. Pero aún no se corrían del todo. Se miraban a los ojos en la penumbra, hambrientos, sabiendo que la noche era larga, que la litera de atrás seguía esperando, que esto era solo el principio del hambre que se habían confesado en la carretera.
El ritmo se volvió salvaje, casi desesperado. Emmett la sujetó por las caderas con fuerza bruta y la embistió desde abajo mientras Paulina se dejaba caer una y otra vez sobre su polla gruesa, el culo apretándola con cada embestida, las medias brillando de sudor y la falda hecha un trapo en la cintura. El camión se balanceaba sobre los muelles, el aire denso de gemidos, diésel y sexo crudo. Ella se inclinó hacia delante, las manos en el pecho ancho de él, labios hinchados buscando su boca.
—Emmett… me corro… joder, me estoy corriendo… —jadeó ella, la voz rota.
Él gruñó, la agarró con más posesión y le dio tres embestidas profundas, brutales, que la abrieron del todo.
—Juntos, cariño. Vamos juntos. Lléname el culo mientras yo te lleno a ti.
Paulina gritó. Su pollita pequeña saltó entre ellos, disparando chorros calientes y blancos sobre el abdomen de Emmett, temblando sin control, el orgasmo arrancándole todo el aire del pecho. El anillo de su culo se cerró alrededor de la polla de él como un puño mojado y eso lo empujó al límite. Emmett embistió una última vez hasta el fondo y se corrió con un rugido gutural, chorros espesos y calientes inundándole el interior, pulsando, llenándola hasta que el semen empezó a rezumar por los bordes de su agujero y bajar por las ligas. Paulina se aferraba a él, temblando, recibiendo cada gota, sintiendo cómo la deseaba exactamente así: vestida de mujer, abierta, reclamada.
Durante un rato solo se oyeron las respiraciones agitadas y el crujido lejano de los pinos. Emmett no la soltó. La abrazó contra su pecho sudado, grandes manos callosas subiendo y bajando por su espalda con una ternura que contrastaba con la violencia de lo que acababan de hacer. Le besó la sien, el pelo pegado a la frente, y luego le sujetó la cara con cuidado. El maquillaje de Paulina estaba hecho un desastre: rímel corrido en negros caminos por las mejillas, el rojo de los labios borroso y manchado. Emmett pasó el pulgar con delicadeza, limpiando los restos, alisando lo que podía, mirándola como si fuera lo más precioso que hubiera visto en kilómetros de carretera.
—Qué hermosa te quedas después de correrte —murmuró, voz ronca pero suave—. Incluso con el maquillaje jodido. Especialmente así. Mi chica.
Paulina sonrió, todavía jadeante, los ojos brillantes. Se sentía vaciada y llena a la vez, el semen caliente resbalándole entre las nalgas, las piernas temblorosas. Emmett la levantó con facilidad, saliendo de ella con un sonido húmedo, y la cargó hacia la litera de atrás. El estrecho colchón olía a sábanas limpias y cuero. La recostó con cuidado y se quitó la camiseta, usándola para limpiarle el vientre y los muslos con gestos lentos, casi reverentes. Le dejó solo las medias de seda y las ligas negras; el resto lo fue quitando pieza a pieza hasta que ella quedó desnuda salvo por ese toque de feminidad que a él le volvía loco.
Se metió a su lado, la abrazó de lado y la atrajo contra su pecho peludo y caliente. Paulina se acurrucó de inmediato, la mejilla sobre el latido fuerte de él, una pierna enredada entre las suyas. Las medias rozaban la piel áspera de Emmett; las ligas marcaban suaves surcos en los muslos. Él le peinó el pelo con los dedos, le besó la coronilla y le susurró al oído, la voz baja y segura:
—Quédate toda la noche. Aquí, en la litera. Quiero despertarme contigo, olerte, tocarte otra vez si me da la gana… y que sepas que no es solo follar. Te deseo como la mujer que eres. Completa. Sin filtros. Pasa la noche conmigo, Paulina. Toda.
Ella soltó un suspiro largo, sonriente, el cuerpo todavía sensible y húmedo, el culo tierno y lleno. Se apretó más contra él, sintiendo la mano grande de Emmett recorrerle la espalda desnuda, bajar hasta el culo y quedarse ahí, posesiva pero cariñosa. Por primera vez en mucho tiempo no había vergüenza, ni miedo a ser vista, ni la necesidad de esconder nada. Solo calor, peso masculino, aceptación cruda. Se sentía deseada hasta los huesos, aceptada en cada media, cada liga, cada gota de semen que aún le resbalaba. Mujer. Su mujer esta noche.
—Me siento… tan tuya —confesó ella en un hilo de voz, acariciándole el pecho con la yema de los dedos—. Como si por fin alguien me mirara y no quisiera cambiar nada. Solo tenerme.
Emmett apretó el abrazo, le besó los labios hinchados con lentitud, saboreando el resto de labial y el sabor salado del sexo. La litera era estrecha, el techo bajo, el camión un refugio oscuro en medio de la nada. Afuera el viento movía los pinos; adentro solo existían sus cuerpos pegados, el latido compartido, la promesa de más horas por delante. Paulina cerró los ojos un segundo, sonriendo contra su piel, y luego los abrió otra vez, mirándolo con hambre suave y satisfacción profunda.
Él le acarició la mejilla limpia, el pulgar rozándole la comisura de los labios.
—Mañana temprano seguimos ruta… pero esta noche eres mía en esta litera. ¿Quieres que te vuelva a follar despacio cuando despertemos, o prefieres que te chupe la pollita primero hasta que tiembles otra vez?
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