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Rooftop Sin Vergüenza: Nos Sorprenden Desnudos y Nos Entregamos el Culo

Tamara, una oficinista de 28 años, y Dante, su compañero de 32, se desnudan en la azotea, se comen el culo y terminan follando

11 min read October 08, 2026New

El calor de julio se pegaba a la piel como una segunda camisa. Tamara, oficinista de veintiocho años, subió los últimos peldaños de la escalera de servicio con la blusa blanca ya abierta dos botones y el aire denso del edificio de apartamentos empujándola hacia arriba. Detrás de ella, Dante, su compañero de contabilidad de treinta y dos, cargaba un paquete de cigarros y una botella de agua, la camisa arremangada, el cuello sudado.

—Si el aire acondicionado del piso se muere otra vez, juro que me mudo a la azotea —dijo ella, riendo bajo mientras empujaba la puerta metálica.

La noche los recibió con un cielo abierto y el murmullo lejano de la ciudad. Luces de ventanas, un farol roto, el olor a asfalto caliente. Dante cerró la puerta tras de sí y sacó dos cigarrillos. El mechero chispeó. Tamara se acercó, tomó el suyo entre los labios y dejó que él se lo encendiera. El humo subió entre ellos. Ella lo miró de reojo, sin vergüenza.

—Te ves demasiado serio para alguien que acaba de escaparse conmigo —murmuró.

—Es que estoy pensando en lo que vas a hacer cuando te quite esa falda —respondió él, directo, sin adornos.

Ella soltó una carcajada corta, cruda, y dio una calada. Luego dejó el cigarro en el borde de un muro bajo y se desabrochó el resto de los botones. La blusa cayó sobre el suelo de concreto. El sujetador negro siguió. Sus tetas, firmes, con los pezones ya duros por la brisa, quedaron al aire. Dante no apartó la vista. Apagó su cigarro a medias, se quitó la camisa de un tirón y la tiró al lado. El pecho velludo, el vientre plano, el cinturón todavía abrochado.

Tamara se acercó, le metió los dedos en el cinturón y tiró.

—Desnúdate del todo. Quiero verte la polla ya.

Él obedeció. Pantalones, boxers, todo al suelo. Su polla saltó gruesa, medio dura, engordando a la vista de ella. Tamara se bajó la falda y las bragas de un solo movimiento, quedando completamente desnuda bajo las estrellas. El vello del pubis recortado, el coño ya brillando un poco entre los labios. Se pusieron frente a frente, piel contra piel cuando ella se pegó a su pecho y le mordió el hombro sin delicadeza.

—Joder, Tamara… —gruñó él, agarrándole el culo con las dos manos, apretando las nalgas, separándolas un segundo para que el aire le tocara el agujero.

Se besaron con hambre. Lenguas, dientes, saliva. Él le pellizcó un pezón; ella le rodeó la polla con la mano y la bombó lento, sintiéndola endurecerse del todo contra su palma. El calor del verano ya no importaba: el que les quemaba venía de adentro. Se tocaron sin prisa fingida—dedos en pezones, uñas en espalda, la polla rozando el vientre de ella, el coño de Tamara frotándose contra el muslo de Dante cuando se alzó de puntillas.

—Quiero chupártela —susurró ella contra su boca—. Ahora.

Se arrodilló sobre la ropa amontonada. La polla de Dante le golpeó la mejilla, caliente, con una gota ya en la punta. Tamara la lamió de base a glande, saboreando la piel salada, y luego se la metió entera hasta que la nariz le rozó el vello. Dante soltó un gemido bajo, una mano en la nuca de ella, sin forzar, solo sujetando. Ella chupó con ansia, hueca de mejillas, saliva espesa bajándole por la barbilla, la lengua girando en la cabeza cada vez que retrocedía. Escupió un poco sobre el tronco, lo untó y volvió a engullir, mirándolo arriba con los ojos húmedos de esfuerzo y ganas.

—Así, puta rica… mírame mientras me la comes —dijo él, la voz ronca.

Tamara gimió alrededor de la polla, el sonido vibrándole en la garganta. Se tocó el coño con dos dedos mientras chupaba, abriéndose, mojándose más. Cuando se separó, un hilo de saliva unió sus labios a la punta.

—Tú ahora —ordenó ella, casi sin aliento—. Cómeme. El coño y el culo. Quiero tu lengua hasta adentro.

Dante la tumbró de espaldas sobre la camisa extendida, le abrió las piernas y se metió entre ellas. Primero lamió el coño de arriba abajo, chupando el clítoris con fuerza, metiendo la lengua entre los labios hinchados. Tamara arqueó la espalda y agarró su pelo.

—Más abajo —jadeó—. El culo. Cómeme el culo, Dante.

Él no dudó. Le levantó las piernas, le expuso el agujero rosado y le pasó la lengua plana desde el perineo hasta el centro del ano. La rodeó, la empujó, la folló con la punta de la lengua mientras Tamara gemía sin control, las nalgas temblando. Se la comió con hambre experta: lengüetazos húmedos, saliva goteando por la raja, un dedo pulgar abriendo un poco el agujero para meter la lengua más hondo. Al mismo tiempo le frotaba el clítoris con los dedos libres. Ella se corría casi solo de eso, el cuerpo sacudido, pero se contuvo, mordiéndose el labio.

—Dante… escucha —dijo ella, la voz rota de placer cuando él alzó la cabeza, la boca brillante—. Quiero que me folles el culo esta noche. Aquí. Sin tapujos. Me tienes loca y lo necesito. Métimela por atrás hasta que no pueda pensar.

Él se lamió los labios, la polla palpitándole contra el muslo de ella.

—¿Estás segura?

—Más que segura. Quiero sentirla entera abriéndome. Empieza con los dedos. Lubrica bien y mételos.

Dante escupió generosamente sobre el agujero de Tamara, untó dos dedos con saliva y con el jugo de su coño, y los presionó contra el anillo apretado. Ella respiró hondo y empujó hacia afuera, ayudando. El primer dedo entró lento, caliente, estrecho; el segundo lo siguió cuando ella asintió con la cabeza, gimiendo.

—Joder, sí… así… más profundo.

Los dos dedos se deslizaron dentro, curvados, follándola con ritmo constante. Dante los sacaba casi del todo y los volvía a clavar, abriéndola, preparándola, mientras con la otra mano le masturbaba el clítoris. Tamara se empujaba contra la mano de él, el culo tragándose los dedos hasta el nudillo, los pechos subiendo y bajando con cada jadeo.

—Me los como enteros… míralo —gimió ella—. Quiero más. Quiero tu polla. Estoy lista, Dante, de verdad. No pares. Sigue abriéndome que esta noche te voy a entregar el culo completo.

Él aceleró el vaivén de los dedos, tijera suave por dentro, estirándola. El sonido húmedo de la saliva y el deseo llenaba el silencio de la azotea. Tamara tenía las piernas abiertas del todo, las rodillas hacia el pecho, el agujero palpitando alrededor de los dedos de su compañero. Cada embestida de la mano le sacaba un gemido más alto, más sucio.

—Dios, qué apretada estás… vas a reventarme la polla cuando te la meta —dijo él, la voz cargada—. Dime otra vez que lo quieres.

—Te lo doy. El culo es tuyo esta noche. Métimela cuando quieras… solo no pares de follarme con los dedos ahora. Me tienes al borde. Si sigues así me voy a correr solo con esto y después te la voy a montar yo misma.

Dante se inclinó y le chupó un pezón mientras los dedos seguían su trabajo profundo, torcidos, insistentes. Tamara cerró los ojos un segundo, sintiendo el calor subirle desde el ano hasta la nuca, el coño contrayéndose vacío, pidiendo también. Cuando los abrió, miró hacia la puerta de la azotea un instante—nadie, solo ellos, desnudos, su saliva y sus gemidos—y volvió la vista a Dante.

—Sácate los dedos y ponme la polla en la raja —pidió—. Úntatela entre el culo y el coño. Quiero sentirla latir ahí antes de que me la entres.

Él obedeció. Los dedos salieron con un sonido obsceno. La polla gruesa, venosa, se apoyó entre las nalgas de Tamara, deslizándose arriba y abajo por el surco lubricado, rozándole el agujero sin entrar todavía. Ella se movió contra esa fricción, buscando la punta, empujando el esfínter contra el glande.

—Ahí… justo ahí —susurró—. Estoy tan abierta. Si empujas ahora entra. Hazlo. Fóllame el culo, Dante. Ahora.

La noche seguía caliente a su alrededor. La polla de él latía contra el anillo húmedo y entregado de ella, los dos respirando agitados, el punto de no retorno brillando entre sus cuerpos desnudos bajo las estrellas, listos para cruzarlo.

El calor de la noche les quemaba la piel cuando Dante empujó. La cabeza de su polla gruesa se abrió paso en el anillo apretado de Tamara, que soltó un gemido largo, ronco, clavando las uñas en la camisa extendida bajo su espalda.

—Joder… entra… —jadeó ella—. Toda. Métela entera.

Él empujó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo de ella lo tragaba, caliente, estrecho, resbaladizo de saliva y deseo. Cuando estuvo hasta las pelotas, se quedó quieto un segundo, respirando agitado, mirándola a los ojos.

—Qué puta tan rica eres… ofreciéndome el culo así, en la puta azotea —gruñó—. Te lo voy a follar hasta que grites.

La levantó de un tirón y la puso a cuatro patas justo en el borde bajo del muro. Tamara se agarró al concreto, el pecho colgando, el culo en alto, el agujero ya dilatado y brillando alrededor de la polla de Dante. Él se posicionó detrás, le agarró las caderas con fuerza y empezó a embestir.

Primero lento, profundo, sacándola casi del todo y clavándola de nuevo hasta el fondo. El sonido obsceno de piel contra piel llenó el aire. Cada embestida hacía que las nalgas de Tamara temblaran. Dante le dio una nalgada seca, el ruido seco y el ardor rojo marcando la carne.

—¿Lo sientes? ¿Cómo te abre mi verga? Eres una puta de oficina que se desnuda en el techo y me entrega el culo —le decía, la voz grave, acelerando el ritmo—. Dime lo que eres.

—Soy tu puta… fóllame el culo más duro —gimió ella, empujando hacia atrás para encontrarlo—. Dámela toda, Dante. No pares.

Él alternaba: ráfagas rápidas y brutales que la hacían gemir sin control, el culo chapoteando, el cuerpo sacudiéndose hacia delante, y luego embestidas lentas, tortuosas, girando la cadera para rozarle cada nervio interno. Otra nalgada. Otra. Las marcas rosadas se amontonaban. Tamara tenía la cara contra el muro, sudor corriendo por el cuello, el coño goteando en el concreto mientras el ano se le contraía alrededor de la polla gruesa.

—Mírate… en cuatro patas en el borde, con mi polla enterrada hasta las pelotas. Si alguien mira desde abajo te ve el culo lleno —jadeó él, clavándola fuerte—. Te gusta el peligro, ¿verdad, puta?

—Sí… me encanta… más profundo… —suplicó ella.

Dante la folló así un rato largo, sudando, el pecho velludo pegado a su espalda a ratos, una mano rodeándole el torso para pellizcarle un pezón mientras la otra le sujetaba la cadera. El placer le subía por la espalda a Tamara como fuego. Cada embestida profunda le arrancaba un gemido gutural; las rápidas la hacían temblar al borde.

Cuando sintió que ella empezaba a perder el control, la giró. Se sentó él mismo en el borde del muro bajo, la polla erecta y brillante de jugos, y la atrajo hacia su regazo. Tamara se montó de cara a él, en vaquera anal, guiando la verga de nuevo a su agujero. Bajó despacio, gimiendo al sentirse llena otra vez hasta el fondo, las nalgas abiertas sobre los muslos de él.

—Así… siéntate del todo —ordenó Dante, agarrándole la cintura.

Ella empezó a rebotar, subiendo y bajando, follándose el culo con la polla de su compañero. Se besaron con hambre, lenguas torpes, saliva compartida, mientras ella se tocaba el clítoris con dos dedos rápidos, circulares, desesperados. El culo se le abría y cerraba alrededor del tronco grueso; cada bajada lo metía hasta el límite. Dante le mordía el labio inferior, le sujetaba una teta, le susurraba contra la boca:

—Qué bien te lo comes con el culo… apriétame. Correte con mi polla adentro. Quiero sentir cómo te vienes.

Tamara aceleró los dedos en el clítoris, el cuerpo tensándose. El orgasmo le subió desde el ano y el coño a la vez, una oleada violenta que la hizo arquearse, gritar contra la boca de él, el esfínter apretándole la polla en espasmos rítmicos. Se corrió fuerte, el jugo del coño salpicando un poco, el culo contrayéndose una y otra vez alrededor de Dante.

Él no aguantó más. La sujetó firme, la embistió desde abajo tres, cuatro veces brutales y se derramó dentro. La leche caliente le llenó el ano a chorros gruesos, bombeando profundo mientras gruñía su nombre. Tamara lo sintió todo: el calor, el pulso, la cantidad. Se quedó sentada encima, todavía temblando, el culo lleno, besándolo suave ahora, el sudor mezclándose entre sus pechos.

Poco a poco, Dante sacó la polla despacio. Salió con un sonido húmedo y un hilo de semen blanco le corrió por la raja del culo a Tamara, goteando hacia el coño. Ella se bajó del regazo, se arrodilló entre sus piernas y le lamió la verga limpia. Chupó la cabeza, saboreando su propio sabor mezclado con la leche espesa, tragando lo que quedaba en el glande y en el tronco. Dante le acarició el pelo mientras ella lo limpiaba con la lengua y los labios, sin prisa, sucia y entregada.

—Qué buena puta… —murmuró él, todavía jadeando.

De pronto oyeron un ruido: pasos lejanos en la escalera de servicio, una risa, alguien que subía. Se miraron a los ojos y soltaron carcajadas cómplices, rápidas, casi nerviosas. Tamara se levantó de un salto, buscó la ropa a tientas. Se metió las bragas y la falda torcida, el sujetador a medio abrochar, la blusa sin botones. Dante se subió los boxers y los pantalones, se echó la camisa por encima sin abotonar. El semen todavía le brillaba un poco en el muslo a ella; él se pasó la mano por la boca y se rió más fuerte.

—Rápido, joder —dijo ella entre risas, recogiendo los cigarros olvidados.

Bajaron las escaleras a trompicones, despeinados, oliendo a sexo y verano, las risas ahogadas contra las paredes. Entraron en el apartamento de Tamara, cerraron la puerta y se apoyaron contra ella, todavía riéndose, el pecho agitado.

Él la atrajo y le besó el cuello.

—Mañana por la noche —susurró Dante contra su oreja—. Otra vez en la azotea. Pero esta vez te voy a atar las muñecas al tubo de la antena y te voy a follar el culo más lento, hasta que me ruegues la leche. Y después te la chupas otra vez delante de las luces de la ciudad. ¿Trato?

Tamara sonrió, los ojos brillantes, ya imaginando el borde del techo otra vez, su culo abierto, la noche siguiente.

—Trato. Y yo voy a llevar solo la falda, sin bragas. Para que me la metas en cuanto cerremos la puerta de la azotea. Te espero a las once. No faltes, Dante… quiero que me dejes el culo otra vez lleno y que me sorprenda quien sea.

Se besaron una última vez, sucios, felices, ya planeando la siguiente sinvergüenza bajo las estrellas.

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