Cata Privada: Su Culo Entregado al Deseo

Vanessa, una divorciada de 38 años, le entrega el culo a su vecino Omar de 29 en una cata privada de vinos.

13 min read September 08, 2026New

Vanessa giró la copa entre los dedos y observó cómo el tinto dejaba lágrimas densas en el cristal. Tenía treinta y ocho años, el divorcio fresco todavía como una cicatriz que ya no dolía, y el apartamento lucía exactamente como ella quería: luces bajas, cortinas pesadas, el sofá amplio de cuero y la mesa baja con tres botellas abiertas. Omar, su vecino del piso de enfrente, tenía veintinueve y se había presentado en punto, camisa oscura arremangada, esa boca que ella llevaba semanas mirando al cruzarse en el ascensor.

—Este es un Priorat de verdad —dijo ella, ofreciéndole la copa—. Intenso. Te deja la lengua pesada.

Omar probó, sostuvo la mirada y sonrió sin disimulo.

—Igual que tú cuando te pones así de seria. Llevo semanas pensando en follarte, Vanessa. Sin rodeos. Cada vez que te veo bajar la basura en ese vestido corto se me pone dura.

Ella soltó una risa baja, caliente, y dio otro trago. El vino le quemó la garganta de la forma correcta.

—Yo también. Me toco pensando en tu polla. En cómo me la meterías. No finjo demencia, Omar. Quiero que me uses.

El aire cambió. Él dejó la copa, dio un paso y otro hasta quedar pegado a ella. Vanessa notó el calor de su pecho, el olor a colonia barata y buena, y cuando Omar la besó fue con hambre, lengua profunda, mano en la nuca. Ella abrió la boca y se dejó, gimiendo contra sus labios mientras él le bajaba las manos por la espalda y le agarraba el culo con las dos palmas, apretando fuerte a través del vestido ceñido.

—Hostia, qué nalgas —murmuró contra su cuello—. Redondas, firmes… me las quiero comer.

Un dedo se coló entre los cachetes por encima de la tela, juguetón, presionando justo donde el vestido se hundía en la hendidura. Vanessa arqueó la espalda y frotó la palma abierta contra la polla de Omar, ya dura, gruesa, marcando el pantalón.

—Así… joder, sí. Llevo días mojada de solo imaginarlo. Quiero que me uses el culo esta misma noche, Omar. Que me lo destrocies. Prepárame. Por favor.

Él gruñó, le subió el vestido hasta la cintura y descubrió que no llevaba bragas. El culo desnudo, la raja ya brillante. La guió al sofá sin perder el contacto. Vanessa se puso a cuatro patas sin que se lo pidiera, rodillas hundidas en el cuero, espalda arqueada, y con las dos manos se abrió las nalgas, ofreciendo el agujero rosado y el coño chorreante.

—Míralo —jadeó—. Está para ti. Cómemelo.

Omar se arrodilló detrás, le separó aún más los glúteos y le pasó la lengua plana desde el clítoris hasta el culo. Vanessa gritó ahogado cuando la punta se clavó dentro, caliente, húmeda, removiéndose. Él la comió sin prisa y sin piedad: lengüetazos profundos, saliva que goteaba, labios chupando el anillo mientras dos dedos ya lubricados —había sacado un bote de la mesita; ella lo había dejado a propósito— empezaban a abrirse paso.

—Qué estrecho estás… y qué puta. Empujas hacia atrás. Te gusta que te abra el culo con la lengua, ¿verdad?

—Sí, joder, sí… mételos más. Ábreme.

Los dos dedos entraron hasta el nudillo, torsión lenta, y Vanessa gimió con la cara contra el respaldo. Omar los movió, las tijeras, el empuje, mientras la otra mano le acariciaba el clítoris. Cuando la sintió temblando, se incorporó, se bajó el pantalón y la ropa interior de un tirón. La polla saltó gruesa, venada, la cabeza ya brillante. Se frotó el glande contra el coño empapado y empujó de golpe.

—Primero te mojo entera —dijo entre dientes—. Quiero que chorrees en mi polla antes de metértela en el culo.

La folló con embestidas largas y profundas, el sonido húmedo llenando el salón. Vanessa empujaba hacia atrás, las tetas colgando dentro del vestido medio bajado, los pezones duros rozando el cuero. Cada embestida le sacaba un gemido gutural.

—Más fuerte… úsame el coño como calentamiento, cabrón. Después quiero el culo. Quiero sentirte ahí.

Omar se retiró chorreando de jugos de ella, se untó bien el rabo con más lubricante y con los dedos le embadurnó el agujero hasta que brilló. Apoyó la cabeza contra el anillo tenso.

—Respira. Voy a entrar.

Empujó. El glande abrió, se clavó, y Vanessa soltó un gemido largo, casi un sollozo de placer, mientras el anillo cedía milímetro a milímetro. Él no paró hasta tener la mitad dentro, después todo, hasta los huevos pegados a su coño.

—Joder, qué apretado… me estás chupando la polla con el culo, Vanessa.

—Muévete. Fóllame. Destroza ese agujero.

Empezó con embestidas brutales, el sofá crujiendo, las nalgas de ella temblando a cada golpe. Él le agarraba las caderas y tiraba hacia atrás para clavársela entera. El sonido era obsceno: carne contra carne, el lubricante haciendo espuma, los gemidos de Vanessa cada vez más altos.

—Me lo estás abriendo… se siente tan grande… no pares.

La giró sin sacar del todo, la tumbó de espaldas un segundo y luego la hizo montar en vaquera inversa: ella de espaldas a él, las piernas abiertas a horcajadas, bajando el culo sobre la polla hasta tragarla completa otra vez. Omar le azotó una nalga, después la otra, marcas rojas que ella sentía arder.

—Rebota. Cabalga esa polla con el culo, puta rica. Quiero ver cómo te la tragas.

Vanessa se movía arriba y abajo, las manos en las rodillas de él para impulsarse, el culo abriéndose y cerrándose alrededor del rabo grueso. Cada bajada le sacaba un grito. Él le azotaba las nalgas al ritmo, le pellizcaba los pezones por encima del vestido bajado y le metía dos dedos en el coño mientras la follaba por detrás.

—Voy a correrme si sigues… joder, Omar, me lo estás destrozando y me encanta.

La tumbaron de lado en el sofá. Él se pegó a su espalda, le levantó un muslo y volvió a clavársela hasta el fondo, esta vez lento, profundo, casi ritual. Cada embestida era un empujón largo que le llenaba el recto por completo. Vanessa tenía la boca abierta, babeando contra el cojín, una mano en su propio clítoris frotando en círculos desesperados.

—Así… hasta el fondo… lléname el culo. Quiero tu leche dentro.

—Se me va a salir… estoy a punto… aprieta.

Ella contrajo el anillo a propósito y él se vino con un gruñido salvaje, embistiéndola a fondo mientras chorros calientes le llenaban el recto. Vanessa se corrió en el mismo instante, el coño palpitando vacío, el culo contrayéndose alrededor de la polla que latía y bombeaba. El orgasmo le sacudió las piernas, le arrancó un grito ronco, y sintió cómo el semen empezaba a rezumar alrededor del rabo todavía enterrado.

Respiraban agitados. Omar se quedó dentro unos segundos más, acariciándole el vientre, besándole el hombro. Después, despacio, retiró la polla. El agujero quedó abierto, rosado, goteando hilos blancos y brillantes que bajaban por el perineo hasta el coño. Vanessa se giró, se arrodilló en el suelo entre sus piernas y le tomó la polla blanda y sucia en la boca. La limpió con la lengua, chupó el glande, saboreó su propio culo y la leche de él mezclados, y levantó la vista con una sonrisa satisfecha, labios brillantes.

—Ya soy adicta a que me destrocen el culo —dijo, voz ronca—. A esta polla. A cómo me la metes.

Omar la atrajo hacia arriba y la besó con complicidad, sabiendo su propio sabor en la lengua de ella. Las manos todavía le recorrían el culo abierto, un dedo juguetón rozando el borde sensible.

—Esto es solo el comienzo, Vanessa. Ni se te ocurra pensar que con una ronda me basta. Todavía tengo ganas de verte llorar de placer con el culo lleno otra vez. Y la noche es larga. Hay más vino… y yo no me voy a ninguna parte.

Ella se rio contra su boca, todavía temblando, el semen escurriéndole por el muslo interior, y se acomodó contra su pecho sintiendo cómo la polla de él ya empezaba a despertar de nuevo bajo sus dedos. Fuera, la ciudad seguía ruidosa e indiferente. Dentro, el sofá olía a sexo, a tinto derramado y a promesa sucia. Vanessa sabía que no había terminado; apenas acababan de abrir la botella.

Vanessa se acomodó contra el pecho de Omar y sintió cómo su polla, todavía manchada de saliva y restos de semen, latía otra vez bajo sus dedos. Él le pasó una mano por el pelo y le ofreció la copa de Priorat que había quedado a medio beber.

—Traga —ordenó en voz baja—. Quiero sentir el vino en tu lengua mientras te abro el culo otra vez.

Ella bebió sin apartar la mirada. El tinto le quemó la garganta y le bajó caliente hasta el estómago. Omar le quitó la copa, la dejó en la mesa y la empujó suavemente hacia adelante hasta que Vanessa quedó a cuatro patas otra vez sobre el sofá de cuero. El vestido colgaba ya inútil de su cintura; las tetas pesadas colgaban libres y los pezones rozaban el respaldo cada vez que se movía. Él se arrodilló detrás, le separó las nalgas con las dos manos y escupió directo sobre el agujero todavía abierto y grasiento.

—Míralo cómo se abre solo… todavía goteas mi leche. Putita de treinta y ocho años con el culo destrozado y pidiendo más.

Vanessa empujó hacia atrás, ofreciéndose.

—Métela. No te andes con rodeos. Quiero sentirla gruesa otra vez, quiero que me la hinches hasta que no pueda cerrarlo.

Omar se untó más lubricante en la polla ya dura como piedra y apoyó el glande contra el anillo hinchado. Empujó de un solo golpe, sin piedad. El culo de Vanessa cedió con un sonido húmedo y obsceno; la polla se hundió hasta la base y los huevos le golpearon el coño chorreante. Ella gritó contra el cuero, un gemido largo y gutural que le salió de lo más hondo.

—Joder… qué profundo… se siente más grande que antes. Fóllame como si fuera tu puta personal.

Él empezó a embestir con fuerza, las caderas golpeando las nalgas con un ruido seco y rítmico. Cada embestida sacaba espuma del lubricante y del semen anterior. Vanessa apretaba el anillo a propósito, chupándole la polla con el recto, y Omar gruñía de placer.

—Aprieta más, cabrona. Me estás ordeñando el rabo con ese culo vicioso. ¿Así te follaba tu marido? ¿O te dejaba con las ganas?

—Él nunca… nunca me lo metió así… tú sí… destrozámelo, Omar, úsame.

La mano de él se deslizó por debajo y le encontró el clítoris hinchado. Lo frotó en círculos rápidos mientras la follaba sin piedad. Vanessa temblaba, las rodillas resbalaban en el cuero, y el orgasmo le llegó de golpe: el coño se contrajo vacío, el culo se cerró alrededor de la polla como un puño y ella gritó el nombre de él mientras se corrían las piernas.

Omar no se detuvo. La sacó de encima del sofá, la tumbó de espaldas en la alfombra y le subió las piernas hasta los hombros. La polla volvió a clavar el culo de un solo empujón. Desde esa posición se veía todo: el agujero rosado estirado alrededor de la verga gruesa, el semen anterior que salía a borbotones cada vez que él se retiraba casi del todo y volvía a entrar.

—Mírate —jadeó él—. Divorciada elegante con el culo lleno de polla de vecino. Te voy a dejar el agujero abierto para siempre.

Vanessa se tocaba los pechos, se pellizcaba los pezones y miraba hacia abajo, fascinada y asqueada de sí misma al mismo tiempo.

—Más fuerte… azótame mientras me la metes… quiero que me duela mañana cuando baje la basura.

Omar le dio una palmada seca en una nalga, después en la otra. Las marcas rojas aparecieron al instante. Él aceleró, embestidas cortas y brutales, el sonido de carne contra carne llenando el salón junto al crujido de la alfombra. Cuando sintió que se acercaba otra vez, se retiró, se arrodilló sobre su pecho y le puso la polla sucia en la boca.

—Limpia. Chupa tu culo de mi rabo.

Vanessa abrió la boca y lo recibió entero. El sabor era salado, amargo, a semen y a su propio interior. Lengüetazos largos, chupadas profundas, saliva que le bajaba por la barbilla. Omar le agarró el pelo y le folló la garganta un rato, hasta que se cansó y la giró otra vez de culo.

Esta vez la sentó a horcajadas encima de él, cara a cara, y la obligó a bajar despacio. Vanessa sintió cómo el glande abría el anillo una vez más, cómo el tronco se hundía centímetro a centímetro hasta que estuvo sentada del todo, el culo aplastado contra los huevos de él. Empezó a cabalgar, rebotando, las tetas sacudiéndosele delante de la cara de Omar. Él las chupó, las mordió, le clavó los dientes en un pezón mientras ella se movía arriba y abajo.

—Así… rebota más fuerte… quiero ver cómo se te abre y se te cierra… puta de lujo con el culo de carne de cañón.

Ella aceleró, gimiendo sin control, una mano en su propio clítoris frotando como loca. El segundo orgasmo le llegó más fuerte: se arqueó, se contrajo alrededor de la polla y se orinó un poco de puro placer, un chorrito caliente que le mojó los muslos y la ingle de Omar. Él se rió, sucio, y la abrazó más fuerte.

—Me has meado encima de lo caliente que estás. Ahora te voy a llenar otra vez.

La tumbó de lado, se pegó a su espalda y le levantó el muslo superior. La polla entró fácil esta vez, el culo ya abierto y obediente. Embestidas lentas y profundas, casi caricias brutales. Omar le besaba el cuello, le mordía el hombro y le susurraba al oído:

—Cuando salgas al pasillo mañana vas a caminar raro. Todo el edificio va a oler a sexo. Y yo voy a saber que fue mi leche la que te rezuma entre las nalgas.

Vanessa solo podía gemir. Se tocaba el clítoris sin parar, el cuerpo entero temblando. Omar aceleró al final, gruñó como un animal y se corrió profundo, chorros calientes que le llenaron el recto por segunda vez. Ella se vino con él, el coño palpitando, el culo contrayéndose y ordeñándolo hasta la última gota.

Quedaron quietos un rato largo. La polla de Omar se ablandó despacio dentro de ella y al final se resbaló fuera con un sonido húmedo. El agujero quedó abierto, rosado, destrozado, goteando hilos blancos y brillantes que le bajaban por el muslo hasta la alfombra. Vanessa respiraba agitada, la cara contra el suelo, el cuerpo lleno de marcas de manos y de semen.

Omar se levantó, se sirvió más vino y se lo ofreció. Ella bebió un trago largo, todavía de rodillas, y se limpió la boca con el dorso de la mano. Él la miraba desde arriba, satisfecho, la polla brillante y flácida colgándole entre las piernas.

—Mañana te traigo otra botella —dijo con media sonrisa—. Y te la meto entera por el culo antes de descorcharla. ¿Te gusta la idea?

Vanessa asintió en silencio. Se incorporó con torpeza, el culo doliéndole de una forma deliciosa y sucia a la vez. Se arregló el vestido como pudo, se pasó los dedos por el pelo y se sentó en el borde del sofá. El semen le seguía resbalando por dentro del muslo; lo sentía tibio y viscoso.

Omar se vistió sin prisa, se subió la cremallera y le dio un beso en la frente, casi paternal.

—Descansa, vecina. Has sido una puta perfecta.

Salió y cerró la puerta con suavidad. El click del pestillo resonó demasiado alto en el silencio del piso.

Vanessa se quedó sola. El olor a sexo, a vino derramado y a lubricante llenaba el aire. Se tocó el culo con cuidado: el anillo estaba hinchado, sensible, abierto todavía. Se levantó, caminó hasta el baño y se miró en el espejo. El maquillaje corrido, los labios hinchados, el cuello marcado. Tenía treinta y ocho años, un divorcio recién firmado y el culo lleno de la leche de un tío de veintinueve que apenas conocía del ascensor.

Se sentó en el retrete y sintió cómo el semen le salía a borbotones, espeso, sucio. Se limpió con papel y lo miró un segundo de más. La euforia se le iba enfriando como el tinto olvidado en la mesa. Pensó en la mañana siguiente: bajar a por el pan, cruzarse con él en el rellano, sonreír como si nada. Pensó en lo fácil que había sido entregárselo todo, en lo rápido que había abierto las nalgas y pedido que la destrozara.

Se duchó con agua caliente, se enjabonó el culo con cuidado y se quedó bajo el chorro más tiempo del necesario. Cuando salió, el sofá seguía olviendo a ellos. Recogió las copas, tiró el resto del vino por el fregadero y se quedó de pie en la cocina, toalla envuelta, el cuerpo todavía temblando un poco.

Había sido brutal. Había sido exactamente lo que había pedido. Y sin embargo, mientras apagaba las luces y se metía en la cama sola, una duda fría le subió por la garganta. ¿Eso era todo lo que quedaba de ella después del matrimonio? ¿Una mujer que se arrodillaba, se abría el culo y pedía que la usaran como un agujero caliente? El placer todavía le zumbaba entre las piernas, pero algo más amargo se había instalado detrás de los ojos.

Se giró de lado, notó el leve escozor al mover las nalgas, y se preguntó en la oscuridad si mañana, cuando volviera a ver a Omar en el portal, iba a querer que la follara otra vez… o si iba a arrepentirse de haber abierto esa botella.

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