Cerveza Compartida Con Su Madrastra
Diego comparte cervezas con su madrastra y cruzan el tabú.
El sol de Guadalajara pegaba sin piedad aquella tarde de verano, calentando los azulejos de la casa familiar hasta hacerlos casi quemar. Diego llegó sudado desde la universidad, la mochila colgando de un hombro, y empujó la puerta de la cocina. Allí estaba Isabel, su madrastra, sola, con una cerveza fría entre los dedos. Tenía cuarenta y dos años, curvas generosas que la camiseta holgada apenas contenía, y el pelo oscuro suelto sobre los hombros. El padre de Diego estaba de viaje de negocios otra vez; la casa respiraba ese silencio denso que solo se sentía cuando él no estaba.
Isabel levantó la mirada y sonrió, esa sonrisa lenta que Diego había captado durante meses. Miradas robadas en el pasillo, el roce accidental de una mano al pasar el plato, el calor que subía por su cuello cada vez que ella se inclinaba a recoger algo del suelo. Sabían los dos que cualquier roce verdadero entre hijastro y madrastra destrozaría la familia, y eso mismo lo hacía más pesado, más caliente.
—Hola, Diego —dijo ella, la voz ronca por el calor—. ¿Quieres una? Están bien frías.
Él asintió, se acercó y tomó la botella que ella le ofrecía. Se sentaron a la mesa de madera, frente a frente. Isabel se inclinó hacia adelante para alcanzar la botella abridora; el escote generoso se abrió y Diego vio el borde de encaje negro, la curva pesada de sus tetas, el sudor brillando en el valle entre ellas. Tragó saliva. La cerveza le bajó amarga y fría por la garganta, pero no apagó nada.
—Debes sentirte solo, ¿no? —susurró Isabel, girando la botella entre los dedos—. Un chico joven, lejos de la uni, sin novia… y yo aquí, extrañando la atención. Tu padre siempre de viaje. A veces me pregunto si alguien se da cuenta de lo que falta.
Diego la miró a los ojos. El deseo que llevaba meses guardado le subió de golpe.
—Isabel… llevo fantaseando contigo desde hace tiempo. Con tus tetas, con cómo te mueves por la casa. Sé que está mal. Sé que eres mi madrastra. Pero no puedo parar.
Ella sonrió con lujuria pura, los labios húmedos.
—Yo también te deseo, Diego. Cada noche. Vamos a cruzar esa línea. Ahora.
Se levantaron al mismo tiempo. Las botellas quedaron olvidadas. Diego la agarró por la cintura y la besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando labio. Isabel respondió igual de voraz, manos en su nuca, apretándolo contra su cuerpo blando y caliente. El beso sabía a cerveza y a taboo. Manos ansiosas bajaron: él le metió las palmas bajo la camiseta, palpando las tetas pesadas, pellizcando pezones ya duros; ella le desabrochó el pantalón con dedos torpes de prisa.
Isabel se arrodilló primero sobre el suelo de baldosas. Le bajó los pantalones y el bóxer de un tirón. La verga gruesa de Diego saltó fuera, ya dura, venosa, la cabeza brillante de precum. Ella la miró un segundo, lamiéndose los labios, y luego la engulló. Boca caliente, lengua plana en la parte de abajo, tragándosela hasta el fondo. Diego gimió, una mano en su pelo. Isabel lo miraba a los ojos mientras la punta le tocaba la garganta; saliva espesa le corría por la barbilla, los labios estirados alrededor del grosor. Chupaba con voracidad, subiendo y bajando, una mano apretando los huevos, la otra rodeando la base para lo que no cabía. Diego sentía el calor húmedo, el sonido obsceno de succión, el hecho prohibido de que su madrastra le estuviera mamando la polla en la cocina de la casa familiar.
—Joder, Isabel… así, trágatela toda —jadeó él.
Ella se la sacó solo para decir, con voz pastosa:
—Sabes a pecado, hijastro. Me encanta.
Volvió a meterla hasta el fondo, ojos fijos en los de él, hasta que Diego la levantó del suelo con fuerza. La sentó sobre la mesa de la cocina, empujando platos a un lado. Le arrancó las bragas negras de un tirón; el olor de su coño mojado llenó el aire. Diego se metió entre sus muslos, alineó la verga gruesa y la embistió de un solo golpe, hondo, hasta el fondo. Isabel arqueó la espalda y gritó un gemido ahogado. Él la follaba en misionero profundo, caderas chocando, la mesa crujiendo, manos agarrándole las tetas por encima de la camiseta. Cada embestida sacaba un “sí” sucio de ella.
—Más fuerte… fóllame como si no fueras mi hijastro —suplicó.
Diego le bajó la camiseta, sacó una teta y se la metió en la boca mientras la cogía sin piedad, el glande rozándole el punto que la hacía temblar. Luego la giró, la puso a cuatro patas sobre la encimera. El culo redondo y firme de Isabel quedó expuesto; él le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja, y luego otra. Penetró por detrás de un empujón, agarrándole las caderas, follándola salvaje. El sonido de piel contra piel llenaba la cocina, mezclado con sus gemidos.
—Es tan prohibido… madrastra e hijastro follando así —gimeó Isabel, la cara contra el mármol frío—. Tu padre no puede saberlo nunca… joder, más duro.
Diego alternaba: embestidas profundas y brutales, luego se inclinaba sobre su espalda para besarla torcidos, lengua contra lengua mientras le daba en el clítoris con los dedos. La nalgadas seguían, el culo de ella rebotando, el coño apretándolo como un puño caliente. Sudor, cerveza derramada, el calor del verano entrando por la ventana abierta. Él le hablaba al oído:
—Tu coño me pertenece cuando él no está. Dime que te gusta que te folle tu hijastro.
—Me gusta… me encanta… córrete dentro, Diego, llena a tu madrastra.
El orgasmo los alcanzó juntos, intenso. Diego se corrió profundo, chorros calientes llenándola mientras Isabel se contraía alrededor de él, gemiendo su nombre y la palabra “tabú” como un mantra. Se quedaron temblando un momento, unidos, respirando entrecortado.
Después, despacio, él se salió. Isabel se giró, se limpió el semen que le bajaba por los muslos internos con dos dedos, se los llevó a la boca y sonrió satisfecha, lamiéndolos. Se acercó a Diego, aún con la verga medio dura y brillante, y le susurró al oído, la voz baja y cómplice:
—Esto será nuestro secreto más caliente cada vez que tu padre se ausente. Cada viaje. Cada noche que la casa quede sola. Tú y yo, cruzando la línea otra y otra vez.
Se besaron con esa complicidad nueva, lenta, saboreando el sabor de ambos. El calor de la tarde seguía pegajoso. Afuera un perro ladró a lo lejos. Dentro, la tensión no se había resuelto del todo: Diego notaba ya cómo la polla volvía a latirle, y en los ojos de Isabel había una promesa abierta de más, de habitaciones que aún no habían usado, de posiciones que aún no habían probado. El padre volvería en tres días. Tres días enteros. La cerveza se calentaba olvidada sobre la mesa mientras ellos se miraban, ya sabiendo que la noche apenas empezaba y que el taboo acababa de volverse adictivo.
Diego la miró con la polla ya palpitando de nuevo contra su muslo, brillando todavía con los restos de su semen y de los jugos de ella. Isabel se pasó la lengua por los labios, saboreando lo que había lamiido de sus propios dedos, y le tomó la mano.
—Ven —susurró—. La cocina ya no basta. Quiero que me folles en la cama de tu padre.
Subieron las escaleras sin soltarse. El calor del verano entraba por las ventanas abiertas y pegaba la ropa al cuerpo; la camiseta de Isabel seguía arremangada sobre una teta, el pezón hinchado y húmedo de saliva. En el pasillo, Diego la empujó contra la pared, le alzó la falda y le metió dos dedos en el coño todavía resbaladizo. Ella abrió las piernas y jadeó contra su cuello.
—Así… remueve lo que me dejaste dentro. Quiero sentirlo gotear mientras me llevas.
Llegaron al dormitorio matrimonial. Las sábanas olían a colonia del padre, un detalle que les sacó una risa oscura y caliente a los dos. Isabel se quitó la camiseta de un tirón y se dejó caer de espaldas en la cama, las tetas pesadas abiertas a los lados, el coño rosado y abierto, goteando semen por el muslo. Diego se desnudó del todo, se arrodilló entre sus piernas y le pasó la lengua de abajo arriba, lamiendo su propio corrido mezclado con el sabor ácido y dulce de ella. Isabel arqueó la espalda y le agarró el pelo.
—Joder, hijastro… límpiamelo con la boca. Traga lo que me metiste.
Él chupó el clítoris hinchado, metió la lengua dentro, bebió lo que salía. Cuando ella empezó a temblar, se subió, alineó la verga gruesa y la enterró de un solo empujón hasta el fondo. La cama crujió. Isabel envolvió las piernas alrededor de su cintura y lo atrajo más hondo.
—Más fuerte. Quiero que la cama huela a nosotros cuando él vuelva.
Diego la folló con embestidas largas y profundas, el glande rozándole el cuello del útero, las tetas rebotando con cada golpe. Sudor corría entre sus pechos. Él se las agarró, las apretó, se las metió a la boca una y otra vez mientras le hablaba al oído:
—Tu coño de madrastra me está ordeñando la polla. Dime que eres mía solo cuando la casa está vacía.
—Soy tuya… fóllame hasta que no pueda caminar. Córrete otra vez adentro, lléname otra vez.
Cambió de posición sin salirse. La giró a cuatro patas, le dio una nalgada sonora que dejó la marca roja brillando, y la penetró por detrás con fuerza brutal. El culo de Isabel rebotaba contra su pelvis; el sonido húmedo de piel contra piel llenaba la habitación. Diego le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y la besó torcido, lengua profunda, mientras le daba en el clítoris con los dedos libres.
—Voy a follarte el culo también —jadeó—. Quiero marcar cada agujero.
Isabel gimió sí con la cara contra la almohada. Él se salió, le escupió en el culo, repartió la saliva con el pulgar y empujó la cabeza de la polla contra el anillo apretado. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo ella se abría y se contraía. Cuando estuvo dentro del todo, empezó a moverse, primero suave, luego más duro, follándole el culo con las mismas embestidas salvajes que le había dado al coño. Isabel gritaba de placer puro, una mano entre sus propias piernas frotándose el clítoris.
—Tan apretado… mi madrastra tiene el culo hecho para la polla de su hijastro.
Se corrió profundo otra vez, chorros calientes llenándole el recto mientras ella se venía temblando, el coño contrayéndose en el vacío. Se desplomaron juntos, pegajosos, respirando entrecortado. Pero la polla de Diego no bajó del todo. Isabel se rió bajo, se giró y se la metió otra vez en la boca, chupando el sabor de su propio culo y del semen. Lo dejó semi-duro otra vez en minutos.
Bajaron a la ducha juntos. El agua fría no apagó nada. Contra la pared de azulejos, él la levantó, le abrió las piernas y la empaló de pie, follándola bajo el chorro mientras ella se aferraba a sus hombros y gemía su nombre mezclado con “tabú” y “secreto”. El agua arrastraba semen y sudor por el desagüe. Después, todavía mojados, volvieron a la cama. Isabel se montó a horcajadas, se guió la verga hasta el fondo y cabalgó despacio al principio, tetas balanceándose frente a la cara de Diego. Él le chupaba los pezones, le pellizcaba el culo, le decía cosas sucias:
—Muéstrate. Muéstrale a la casa cómo te folla el hijo de tu marido.
Ella aceleró, rebotando, el coño haciendo ruidos obscenos. Se corrieron casi al mismo tiempo por tercera vez: él disparando otra carga caliente dentro, ella contrayéndose alrededor y chorreando un poco sobre su vientre. Se quedaron abrazados un rato largo, el ventilador de techo girando perezoso, el olor a sexo y cerveza todavía en la piel.
Al caer la noche comieron fruta fría desnudos en la cocina, se rieron de lo fácil que se les había hecho cruzar la línea y volvieron al sofá del salón. Allí ella se arrodilló otra vez y le mamó despacio, saboreando, hasta que él la levantó, la puso de lado y la folló cuchara, una mano en su clítoris, la otra apretándole una teta. Hablaban bajo, repitiendo lo prohibido como un rezo erótico: madrastra, hijastro, lo que destruiría el matrimonio si se descubriera, lo adictivo que se había vuelto en una sola tarde.
Cuando el reloj del pasillo marcó casi la una de la madrugada, Diego se salió despacio. Isabel se quedó tumbada de lado, el semen nuevo resbalándole otra vez por el muslo, una sonrisa perezosa y satisfecha en la cara. Él se vistió en silencio: pantalones, camiseta, zapatillas. No había enfado ni arrepentimiento; solo esa sensación densa de haber llegado al fondo de lo que ambos querían por esa noche.
Se inclinó, le besó la sien y le susurró:
—Descansa. Mañana seguimos si quieres.
Isabel asintió sin abrir del todo los ojos, ya medio dormida entre las sábanas que olían a los dos. Diego cogió las llaves de la cocina, abrió la puerta principal y salió a la calle todavía cálida. La puerta se cerró con un clic suave detrás de él. Caminó hacia la esquina sin mirar atrás, el cuerpo cansado y la mente llena del sabor de su madrastra, sabiendo que en tres días el padre volvería y el secreto seguiría vivo entre las paredes.
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